LOS 8 «YO SOY»

YO SOY

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Un elemento significativo del cuarto Evangelio es una serie de expresiones en las que Jesús utiliza un enfático «YO SOY» para introducir enseñanzas importantes sobre su persona. En griego, por supuesto, el sujeto personal del verbo no se expresa normalmente: la forma verbal aclara por sí sola quién es el sujeto. Pero si se desea enfatizar el sujeto, entonces se usa el pronombre apropiado.

Lo que hace esto tan importante en Juan es que encontramos una utilización similar en la traducción al griego del Antiguo Testamento. Allí encontramos que los traductores utilizaron esta expresión enfática de discurso cuando traducían las palabras pronunciadas por Dios. Este tipo de hecho ha sido aceptado entre las personas religiosas. En un pasado no muy lejano, por ejemplo, los diez mandamientos eran comenzados de la siguiente forma: «Tú no» Era una manera de escribir no demasiado frecuente en la conversación normal o en la Escritura, pero parecía apropiada para las palabras de Dios.

Lo que quiero decir es que cuando Jesús utilizaba la construcción «YO SOY», estaba utilizando el estilo de discurso apropiado a una deidad. No sabemos hasta qué punto este detalle era apreciado por las personas que le escuchaban, ya que la construcción verbal a veces aparecía en las conversaciones normales entre seres humanos. Pero los estudiosos de Juan coinciden en que este tipo de lenguaje es una pista significativa sobre lo que Juan nos cuenta acerca de la persona de Jesús.

La construcción se utiliza ocasionalmente en los otros Evangelios, aunque no aparezcan frases con predicados como «YO SOY el pan de la vida» (6:35). Así, Mateo nos dice que Jesús citó las palabras de Dios: «YO SOY el Dios de Abraham…» (Mateo 22:32, citando Éxodo 3:6). Este uso del Antiguo Testamento muestra cómo la expresión se utilizaba para el discurso divino. Mateo también utiliza la expresión para los que dicen «YO SOY el Cristo» (Mateo 24:5), donde el discurso divino y solemne es apropiado, y de forma interrogativa cuando los discípulos preguntan: «¿Acaso soy yo, Señor?» (Mateo 26:22, 25).

Marcos utiliza la expresión para los que dicen ser el Cristo, diciendo «YO SOY» (Marcos 13:6), y dos veces en boca de Jesús: cuando se acercó a los discípulos caminando sobre las aguas (Marcos 6:50), y cuando confirmó su mesiazgo ante el Sanedrín (Marcos 14:62). En las tres ocasiones podemos entender por qué se debe utilizar un discurso de acuerdo con una deidad. Lucas pone la expresión en boca de Zacarías y Gabriel (Lucas 1:18, 19) y en los que claman ser el Cristo (Lucas 21:8). Cita las palabras de Jesús al Sanedrín: «Vosotros decís que YO SOY» (Lucas 22:70), y su afirmación sobre su identidad en una aparición tras la resurrección (24:39). De nuevo vemos por qué Jesús habría recurrido a este tipo de discurso.

Fuera de los Evangelios, encontramos la expresión sólo en Hechos y en el Apocalipsis. En Hechos leemos tres veces «YO SOY Jesús», todas en boca del Cristo exaltado en la visión y conversión de Pablo (Hechos 9:5; 22:8; 26:15), una vez se usa cuando Pedro afirma su identidad (Hechos 10:21), una en la negación de ser el Cristo por parte de Juan el Bautista (Hechos 13:25), y una en la solemne afirmación de Pablo de desear que sus lectores sean «como yo soy» (Hechos 26:29). En Apocalipsis encontramos la expresión cuatro veces, y en todas es la seguridad del Padre o del Cristo exaltado (Apocalipsis 1:8, 17; 2:23; 22:16).

Este rápido recuento muestra que la expresión se usa poco en el Nuevo Testamento. Puede utilizarse para hablar de vida humana normal y corriente, pero no es frecuente. «YO SOY» representa en general el discurso del Padre celestial o del Hijo. Las insinuaciones de deidad que encontramos en su uso en el Antiguo Testamento no se pierden cuando nos trasladamos al Nuevo.

Cuando estudiamos a Juan, se deben considerar dos grupos de frases. En un grupo, Jesús añade un predicado a su «YO SOY», por ejemplo, en «YO SOY el buen pastor», mientras que en el otro grupo los «YO SOY» están solos. Los examinaremos por orden, comenzando por el primer grupo. J. H. Bernard hace una lista de estos pasajes y comenta: «Es claramente el estilo de una deidad… Su fuerza sería apreciada de manera definitiva por alguien familiarizado con la versión Septuaginta del Antiguo Testamento».

 Ambas construcciones son, de algún modo, poco usuales, y se convierten en un distintivo joánico. Están conectadas con otras enseñanzas del Nuevo Testamento, pero lo que nos aportan es fundamentalmente nuevo. Leonhard Goppelt llama la atención sobre el uso de Jesús del «YO SOY» en Marcos 14:62 y continúa: «No obstante, el significado de las fórmulas joánicas estuvieron en contraste con este uso. En ellas, el “yo soy” no identificaba a Jesús con algo ya sabido. Desvelaba para el hombre algo de otra manera desconocido e inaccesible».

«YO SOY el pan de vida»

En el discurso que sigue del milagro de la alimentación de la multitud, Jesús dice a las gentes: «Yo soy el pan de vida» (6:35). La frase se encuentra en un contexto en el que la gente le pregunta: «¿Qué, pues, haces tú como señal para que veamos y te creamos? ¿Qué obra haces? Nuestros padres comieron maná en el desierto, como está escrito “les dio a comer pan del cielo”» (6:30, 31).

Jesús señaló dos errores: No fue Moisés quien les dio el maná, sino Dios y, más aún, Dios no sólo dio, sino «da» el pan verdadero del cielo. Prosigue diciendo: «Porque el pan de Dios es el que (en griego también significa “lo que”) baja del cielo, y da vida a la Tierra» (6:33). Las personas muestran un deseo de tener este pan, y Jesús les dice que Él es el pan de la vida. A las palabras «YO SOY», añade: «el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed» (6:35).

En el milagro de la alimentación de la multitud, Juan ha dejado claro que Jesús es capaz de suplir las necesidades físicas de las personas mediante un milagro, y en el discurso que sigue al milagro, Juan muestra que Jesús es capaz de mucho más. En su interior las personas sienten una intensa hambre espiritual. Juan nos hace ver que Jesús satisface esta hambre y que estas ansias solamente pueden ser satisfechas en Él.

Así que aparta a la gente de la atención que prestaban al maná antiguo, indicando que el Dios que sigue proveyendo para las necesidades sigue en activo. Tanto es así que Jesús mismo es el pan de vida, el que trae vida a los muertos espiritualmente. Quizás resulta inesperado encontrar el artículo definido con «pan» («el pan», no «un pan» o simplemente «pan»), porque los nombres en el predicado normalmente no llevan artículo.

A T. Robertson comenta que «cuando el artículo aparece con el sujeto (o el sujeto es un pronombre personal o un nombre propio) y con el predicado, ambos son definidos, tratados como idénticos, la misma cosa, intercambiables». La identidad es importante. Si no existiera el artículo, podríamos entender que otras personas podrían reclamar ser «pan de vida»: Jesús sería «un pan de la vida», uno entre varios. El artículo significa que Jesús y solamente Jesús, es el pan de vida. Un comentario similar merecen los artículos equivalentes que encontraremos en todas las ocasiones en que Jesús dice «YO SOY».

Debemos recordar que, en la Antigüedad, el pan era el componente principal de la dieta. Las personas no tenían acceso a la variedad de alimentos que nosotros tenemos hoy en día, y el pan podía significar prosperidad (Deuteronomio 8:9, Proverbios 12:11, etcétera), y la falta de pan podía significar adversidad (Lamentaciones 1:11). En muy pocas ocasiones aparece como «sustento de pan» (Levítico 26:26; Salmos 105:16; Ezequiel 4:16, etcétera), es decir, el sustento de toda la vida. De esta manera se con-vierte en un símil natural para la idea de la vida espiritual. Cuando Jesús habla del «pan» de vida, no habla de algo periférico, sino de lo esencial para la vida eterna.

La frase se repite con variaciones: «YO SOY el pan que descendió del cielo» (6:41); «YO SOY el pan vivo que (o quien) descendió del cielo» (6:51); y con una simpleza impresionante, «Yo soy el pan de la vida» (6:48). Los judíos refunfuñan y protestan por oír a Jesús decir esto: la cita no es exacta, pero lo suficientemente cercana como para darle significado. Dentro del estilo joánico, todos debemos entender que estas pequeñas variaciones no alteran el significado de la idea. La repetición ayuda a enfatizar la importancia de la frase. Jesús no deja lugar a dudas sobre su origen celestial y el hecho de que Él solo sea el que satisface las necesidades espirituales de las personas. Ambas ideas son importantes para entender los pensamientos de Juan acerca de Jesús.

«YO SOY la luz del mundo»

La luz es uno de los grandes conceptos de este Evangelio. Juan narra que Jesús dijo «YO SOY la luz del mundo» (8:12). En otra ocasión dijo: «Luz soy del mundo» (9:5), idéntica expresión a no ser por la forma enfática de la primera. La idea es muy similar, aunque no tiene la fuerza de la primera. Más adelante, Jesús dijo: «Yo, la luz, he venido al mundo» (12:46; este pasaje usa el enfático ego, aunque sin eimi; una frase solemne y significativa).

La luz es uno de los grandes temas de este Evangelio, ya que Juan utiliza phos en 23 ocasiones, más del doble de veces que en ningún otro libro del Nuevo Testamento (el más próximo es el libro de Hechos con diez). La luz es ejemplo natural en el habla para indicar lo que es bueno y justo, y frecuentemente se encuentra en contraste con la oscuridad, a su vez un símbolo de maldad. Juan utiliza este contraste de vez en cuando (por ejemplo, en 3:19). Resulta significativo que utilice una forma de hablar tan poderosa, junto con una que significa tanto para él, como medio para destacar verdades importantes con respecto a Jesús y a su misión.

Juan no especifica exactamente dónde dijo Jesús estas palabras, pero dice que se pronunciaron en «el lugar del tesoro», mientras que «enseñaba en el templo» (8:20). Ya que Jesús estaba en Jerusalén para la fiesta de los tabernáculos, tal y como se narra en el capítulo 7, es muy probable que esta fiesta esté en el trasfondo de la expresión «Yo soy la luz del mundo», ya que la iluminación de los candelabros era una parte importante de la celebración.

Se dice que Jesús habló justo después de la fiesta, cuando la iluminación se había apagado. El contraste entre «la luz del mundo» y la oscuridad de Jerusalén sería impresionante. Otra opinión es que la frase puede ser una referencia a la nube de luz durante el período del Éxodo. Si cualquiera de estas dos posibilidades estaba en la mente de Jesús, sería un trasfondo interesante para la frase. Pero no es preciso buscar algo de este tipo. Después de todo, «la luz del mundo» es una expresión sorprendente que conlleva un significado completo dondequiera que se diga.

El matiz universal emerge pronto en el prólogo, donde encontramos que la vida estaba en el Verbo «y la vida era la luz de los hombres» (1:4). No utiliza la terminología de «la luz del mundo», pero implica el mismo significado. Toda la luz que los hombres tienen viene de la vida que está en el verbo. El uso asociado a la luz se corresponde con la enseñanza de Juan, en otro lenguaje, de que Cristo es la figura significativa en quien se encuentra esperanza para toda la raza humana.

Él sabe bien que las personas no siempre aceptan la luz del mundo como debieran. Hay personas que «amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas» (3:19). Existen personas malvadas que odian la luz y no se acercan a ella (3:20). Por contraste, la persona que «practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas como hechas en Dios» (3:21).

La idea de que la forma de reaccionar ante la luz es importante aparece en otros lugares. Encontramos un pasaje interesante en la resurrección de Lázaro. Jesús habla de la importancia de andar «de día», y explica: «si alguno anda de noche, tropieza, porque la luz no está con él» (11:9, 10). Podríamos haber esperado «porque no anda en la luz», pero la referencia de que la luz no está en él nos muestra que hemos pasado de una iluminación física a una verdad espiritual.

Jesús dice a la gente que quienes le rechacen, quienes no le integren en sus vidas, están en grave peligro. La misma idea se repite más tarde cuando le dice a «la multitud» que la luz está entre ellos solamente por un corto periodo de tiempo (Jn12:35), sin duda una referencia a su inminente muerte. También insta a la gente a «creer en la luz, para que sean hijos de luz» (Jn12:36). La demanda de fe muestra que no se trata de una iluminación física. Jesús pide fe en Él, y su uso de «luz» apunta hacia la iluminación que Él trae a la vida. El rápido apagón de la luz significa que la muerte redentora de Jesús no está demasiado lejos.

La frase explícita «la luz del mundo» no aparece en estos pasajes, pero está claramente implícita. En cada uno de ellos, la idea es que Jesús es la única luz y que las personas deben responder a la llegada de la luz dándole la bienvenida y creyendo en Él. Apartados de Él, están perdidos por la eternidad. Que Jesús es la luz de este mundo y que el destino eterno de las personas depende de su reacción ante Él nos dice algo muy importante acerca de Jesús.

«YO SOY la puerta»

En el capítulo en el que Jesús emplea imágenes vívidas sobre las ovejas y el pastor, se refiere a sí mismo en dos ocasiones como «la puerta» (10:7, 9), la primera vez refiriéndose a «la puerta de las ovejas» y la segunda simplemente a «la puerta». El capítulo ha comenzado con una referencia al redil, donde las ovejas encuentran seguridad y a la cual se accede a través de una puerta (cualquiera que salte el muro y no utilice la puerta no es bueno, 10:1).

El pastor pasa por la puerta (Jn10:2), lo que resulta un poco más difícil de entender, más adelante en el capítulo, ya que Jesús habla de Él tanto como de puerta como de pastor. Pero no se trata de un gran problema. Somos capaces de entender una verdad importante al verle como el pastor que tiene derecho a entrar por la puerta (en contraste con los ladrones y asaltadores que escalan los muros), y también somos capaces de entender otra al verle como la puerta a través de la cual las personas entran en la salvación.

Cuando dice «YO SOY la puerta», Jesús dice que Él mismo es el medio por el cual las «ovejas» entran en la vida. Él dice «la» puerta, no «una» puerta. Hay algo exclusivo en la puerta. El redil normal de la época tenía solamente una puerta, y Jesús dice que el camino hacia la vida pasa por Él, y solamente por Él. Él es la puerta. Cuando repite la idea añade: «si alguno entra por mí será salvo, y entrará y saldrá y hallará pasto» (Jn10:9).

No explica «salvo» (un concepto que aparece con mucha más frecuencia en los Sinópticos que en este evangelio), pero lo entendemos como la entrada a la vida eterna (v. 10). Los conceptos de ser «salvo» y tener «vida eterna» se unen en Jn 3:16, 17, y de manera similar lo hacen aquí. Más aún, se enfatiza otra vez en la idea de entrar (por seguridad) y salir (por comida), idea explicada como encontrar pasto.

Una vez más nos encontramos con la idea de una salvación exclusiva, exclusiva en el sentido de que solamente puede accederse por una puerta, Jesucristo. Si solamente existe una puerta para toda la humanidad, entonces se nos recuerda algo muy importante sobre Jesús. Como otras frases con «YO SOY», ésta nos lleva a pensar en la deidad.

«YO SOY el Buen Pastor»

Continuando con la conversación sobre la puerta, Jesús dice: «YO SOY el Buen Pastor» (Jn 10:11). Teniendo en cuenta que la palabra para «bueno» (kalos) también incluye la noción de belleza y de bondad, algunos sugieren que se debería traducir como «precioso» (Cf. E. V. Rieu, «Yo Soy el Pastor, el Pastor precioso»). William Temple ve este significado y prosigue diciendo: «por supuesto, esta traducción exagera. Pero es importante que la palabra “bueno”, en este contexto, representa, no la rectitud moral de la bondad, ni su austeridad, sino su atractivo. No olvidemos que nuestra vocación es practicar la virtud para ganar a los hombres; ¡Es posible ser tan moralmente estirado que cause repulsa!”».

Haríamos bien en prestar atención al aviso de Temple, pero en este pasaje el énfasis no está en la forma de ser moralmente estricto, sino en el atractivo del buen pastor. Pase lo que pase con sus seguidores, Jesús es el pastor precioso y también el buen pastor moral.

El buen pastor, como dice Jesús, «da su vida por las ovejas». Esto es realmente inesperado. Lo que se esperaba de un pastor era que viviera por sus ovejas, no que muriera por ellas. Su tarea era llevarlas al agua y a los pastos, y defenderlas de los animales salvajes. Las ovejas son animales particularmente vulnerables; durante muchas generaciones han sido criadas para servir a las necesidades de la raza humana, y no son muy buenas forrajeadoras (las cabras son mucho mejores).

¿No dice el Salmo sobre el pastor que «en lugares de verdes prados me hace descansar» y «junto a aguas de reposo me conduce» (Salmos 23:2)? No se puede confiar en que las ovejas encuentren ni pastos verdes ni aguas de reposo; dependen de su pastor. Y las ovejas no tienen un gran mecanismo de defensa: son presa fácil para depredadores. En aquellos días existían animales salvajes en Palestina que ahora no están. Así David habló de leones y osos atacando a su rebaño (1 Samuel 17:34–37). Es obvio que el trabajo de pastor no era fácil y que podía poner, al hombre que se preocupara por su rebaño, en grave peligro.

Pero un pastor reconocería que podía hacer frente al peligro. Si no lo creyera así, no sería un pastor. No tenía intención de morir simplemente para defender a alguna oveja. Puede que corriera peligro, pero siempre tendría la tendencia de cuidar de sí mismo primero. Morir por una oveja debía ser algo muy raro y considerado muy trágico.

Pero aquello que resulta raro y trágico entre los pastores humanos es característico del buen pastor. «El buen pastor da su vida por las ovejas» (10:11). Ésta es otra forma que Juan utiliza para expresar que la muerte de Jesús no fue un accidente trágico, sino el camino divino apropiado mediante el cual la salvación llegaría a aquellos que confiaran en Él. Las ovejas son animales incapaces, y los pecadores son incapaces de conseguir su salvación. Pero el buen pastor da su vida, y las ovejas son salvas.

En una segunda ocasión, Juan recoge que Jesús dijo: «Yo Soy el buen pastor», esta vez añadiendo: «conozco a mis ovejas, y las mías me conocen, de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, y doy mi vida por mis ovejas» (Jn 10:14, 15). Un rasgo de la vida de un pastor palestino del siglo primero era que conocía a sus ovejas, y éstas a Él. En nuestros días, en los que los rebaños cuentan con miles de ovejas, una sola es irreconocible, pero en aquella época, la gente tenía menos ovejas en sus rebaños.

Jesús habló de un hombre con cien ovejas (Lucas 5:4), mientras que el profeta Natán se refirió al mínimo irreducible para un rebaño, «una corderita» (2 Samuel 12:3). Por lo tanto, los pastores conocían a las ovejas individualmente y, por supuesto, las ovejas conocían a los pastores que las cuidaban. Al principio del capítulo, Jesús había hablado de las ovejas que conocían la voz del pastor y que le seguían, mientras que a un extraño no seguirían, ya que no reconocerían su voz (10:3–5). Es importante para Juan el hecho de que Jesús posee conocimiento de los suyos, y que los suyos le conocen.

Tampoco debemos ignorar la idea de que Jesús dice por segunda vez que un buen pastor da su vida por las ovejas. No se trata de un hecho accidental, más o menos importante. Se trata de la gran verdad central. El corazón del evangelio está preocupado por la provisión que Dios ha establecido para la salvación de sus ovejas, y esto incluye la muerte del pastor.

«YO SOY la resurrección y la vida»

Hasta el momento, los discursos «YO SOY» de Jesús se han dirigido a los judíos en general, más que específicamente a sus seguidores. Pero el resto de frases de este tipo están dedicadas a los que se comprometen con Él. Cuando Jesús habló con Marta después de la muerte de su hermano Lázaro, le dijo que Lázaro resucitaría, lo cual ella entendió como una referencia a «la resurrección en el día final». Entonces Jesús respondió: «YO SOY la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11:23–26).

Jesús no dice simplemente que dará resurrección y vida, sino que Él es la resurrección y la vida. No se trata de una expresión fácil, pero debemos entender que Jesús quería decir que levantar a personas de la muerte y darles vida no era, por decirlo de alguna manera, una actividad rutinaria que Él hacía sin involucrarse demasiado. Está completamente involucrado en traer la vida de la que habla, y se identifica con ella. Que Él sea la resurrección significa que la muerte, que a nosotros nos parece tan definitiva, no es obstáculo, y que Él es la vida significa que la calidad de vida que Él nos imparte aquí y ahora nunca cesa.

Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de la muerte de Lázaro, a quien estaba a punto de resucitar, y Juan claramente quiere que las veamos a la luz de la demostración del poder de Jesús sobre la muerte. Escribe sobre uno que es supremo y que tiene una superioridad impresionante sobre la muerte. Es común para los humanos que al final todos afrontaremos la muerte, y no hay nada que podamos hacer para cambiarlo. Podemos mantenerla a distancia durante un tiempo, pero cuando ocurre es definitivo. Juan habla de un Señor para quien no es final. Es una persona tan grande, que incluso la muerte le cede su lugar.

«YO SOY el camino, la verdad y la vida»

En el aposento alto, la noche antes de ser crucificado, Jesús habló de su inminente partida, terminando con «y conocéis a dónde voy, y sabéis el camino» (Jn 14:4). Tomás le dijo: «Señor, si no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?», a lo que Jesús respondió: «YO SOY el camino, la verdad y la vida», añadiendo «nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14:5, 6). La utilización del «YO SOY» al estilo de las deidades hace de ésta otra frase solemne, pero el significado preciso de las palabras no es fácil de determinar. Algunos piensan que los tres nombres deben ser considerados con toda su fuerza, mientras que otros creen que un par de ellos son adjetivos. Así, Moffatt traduce: «Yo soy el camino real y viviente», y Moule se pregunta si acaso «Yo soy el Camino, yo soy verdad, yo soy vida» no sería mejor.

Algunos omiten uno o más de los artículos definidos, por ejemplo, Goodspeed: «Yo soy el camino y verdad y vida». No veo la razón para estas estratagemas, es mucho mejor tomar las palabras tal y como fueron originalmente escritas, con artículos y todo. Parece como si Jesús estuviera afirmando tres cosas sobre Él mismo.

Primero dice: «YO SOY el camino». Como anteriormente, cuando afirmó ser la puerta, observamos un elemento de exclusividad. No afirma ser uno de los caminos, sino «el» camino; y ya que prosigue para decir que nadie llega al Padre si no es a través de Él, queda claro que «el camino» es «el camino a Dios». Juan insiste en que Jesús es el único camino hacía el Padre. Ni por un momento dejará que el camino de los líderes religiosos judíos, con su insistencia en la ley y la importancia de la circuncisión, sea otro camino posible hacia Dios. Digan lo que digan los líderes, Juan afirma que la persona de Jesús es tal, que Él y nadie más puede llevarnos al hogar celestial. No dice que Jesús muestre el camino, sino que Él es el camino. Esto nos enseña sobre la importancia de su muerte salvadora. Al morir por los pecadores, los trae ante Dios.

«YO SOY la verdad» implica más de una lección importante. De entrada, nos recuerda la seguridad completa de Jesús. Juan recoge muchas enseñanzas que atribuye a Jesús, y esta afirmación significa que todo es verdad; todo está asegurado en Él. Y, en este evangelio, la verdad es una cualidad tanto de las obras como de los discursos (Jn 3:21), de modo que deberíamos concluir diciendo que toda la manera de vivir de Jesús expresa que es verdad. Habla de la verdad, y sus obras son acordes a esta verdad.

«La verdad no es la enseñanza sobre Dios transmitida por Jesús, es la misma realidad de Dios revelándose a sí mismo y ¡ocurriendo! en Jesús». Juan no sólo dice que Jesús proclama la verdad, sino mucho más. Por supuesto que lo hace, pero decir que él es la verdad significa, como dice Kümmel, «que (Él) pertenece a Dios. Pero sobre todo dice que, en Jesús, Dios se ha hecho bastante audible personalmente y que, a través del encuentro con esta verdad de que ha aparecido personalmente, la salvación va a ser impartida a los hombres» (Kümmel procede a citar Jn 8:32).

«YO SOY la vida» nos lleva al mismo lugar que la frase «YO SOY la resurrección y la vida». Una vez más Jesús está asociando íntimamente la vida con Él mismo. Es Él únicamente, cuya vida es única, autoexistente como la vida del Padre (Jn 5:26). Él es la vida, y la fuente de vida de otros (Jn 3:16).

Esta frase comprensiva reclama, por lo tanto, una posición exclusiva para Jesús. Es el único camino a Dios, tenemos garantías y seguridad, y tiene una relación con la verdad como ningún otro. Obviamente, lo mismo se puede decir con respecto a su relación con la vida.

«YO SOY la vid verdadera»

Jesús declara que es la vid en dos ocasiones durante el discurso del Aposento alto. En la primera de ellas dice: «YO SOY la vid verdadera» y añade «Mi Padre es el viñador» (Jn 15:1). En la segunda ocasión, el lazo con los creyentes se enfatiza al decir Jesús «YO SOY la vid, y vosotros los sarmientos», y prosigue refiriéndose a la morada mutua del salvador y el salvado (Jn 15:5). Recordemos que existen pasajes del Antiguo Testamento que hablan sobre Israel usando la imagen de la vid (por ejemplo, Salmos 80:8–16; Jeremías 2:21; Ezequiel 15). No obstante, en cada ocasión parece que Dios está señalando el pecado de Israel. Así debemos entender la idea de Cristo como la vid «verdadera», como un contraste con la falta de fe de Israel.

En el Antiguo Testamento, la vid es frecuentemente un símbolo de Israel, a veces de la degenerada Israel: «Pero yo te planté como vid escogida, toda ella de simiente genuina, ¿Cómo, pues, te has vuelto delante de mí sarmiento degenerado de una vid extraña?» (Jeremías 2:21). Debemos entender la frase de Jesús cuando afirma ser la «verdadera» vid frente a tal contexto. El pueblo no había producido el fruto que se esperaba de ellos; eran falsos ante Dios, quien había hecho tanto por ellos.

El salmista podía decir: «Tú removiste una vid de Egipto; expulsaste las naciones y la plantaste» (Salmos 80:8). Pero, a pesar de todo lo que había hecho Dios por ellos, no fueron capaces de vivir su vocación o, para mantener la metáfora, producir el fruto que debían. Pero donde Israel había fallado y se había convertido en una vid falsa vemos ahora a la vid verdadera, la vid en la que el propósito de Dios se realizará.

Ambos versículos enfatizan el lazo entre Jesús y su pueblo, y ambos nos muestran la importancia de la fecundidad. La salvación en Cristo no es solamente un proceso que conduce a una pereza magnífica. La salvación en Cristo está pensada para conseguir que el salvo produzca una calidad de carácter acorde con su fe cristiana y un pánico a vivir una vida sin fruto. Después de decir que Él es la vid verdadera y el Padre el viñador, Jesús prosigue para hablar de que las ramas sin fruto de una vid son desechadas.

El propósito de plantar vides es producir uvas, no follaje. Así que, según dice Jesús, aquellos que lo hacen serán tratados de manera que produzcan más fruto. Esto es, en ocasiones, entendido como «poda» (la Good News Bible, entre otras). Pero la palabra no significa «poda», sino «limpia», y esto es importante en el contexto.

Jesús continúa diciendo: «vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado» (v. 3). Ya han respondido al mensaje y son creyentes. Debemos darnos cuenta de que la palabra para «limpios» se utilizó también para aquellos en el aposento alto, excepto Judas, cuando Jesús dijo: «vosotros estáis limpios, pero no todos», a lo que Juan añade como explicación «porque sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: No todos estáis limpios» (Jn 13:10, 11). Esto parece querer decir que las ramas que son cortadas son gente como Judas, aquellos que habían profesado un discipulado sin el compromiso que caracteriza al verdadero discípulo. El primer pensamiento sobre «la vid» pone el énfasis en que los que no están «limpios» no son parte de la vid verdadera.

La segunda idea resalta la importancia del contacto vital con Jesús. «El que permanece en mí y yo en él» dice Jesús, «ése da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer» (Jn 15:5). Es un error pensar que en las energías de la carne seamos capaces de hacer algo que agrade a Dios. Para eso necesitamos la fuerza que únicamente Él puede darnos. La condición de fecundidad en el servicio cristiano es el contacto vital con Cristo. Por nuestra cuenta no podemos hacer nada. En comunión viva con Él todo es posible (Filipenses 4:13).

No se nos explica qué es exactamente «el fruto», pero normalmente en el Nuevo Testamento, significa cualidades del carácter cristiano (Mateo 3:8; Romanos 6:22, Gálatas 5:22, etcétera) y posiblemente el autor lo tuviera en mente aquí. Nos convertimos en cristianos fructíferos cuando nos mantenemos en contacto vital con Cristo y manifestamos los efectos de ese contacto en nuestro carácter y en nuestras obras.

«YO SOY» sin predicado

En algunas ocasiones, Juan recoge que Jesús utilizó la construcción «YO SOY», pero sin calificarla con un predicado, como en los ejemplos anteriores. Esto sucede, por ejemplo, en la conversación que Jesús mantuvo con la mujer en el pozo. Cuando ella le dice que los asuntos de los que hablan deben ser resueltos por el Mesías cuando venga, Jesús responde: «YO SOY, el que habla contigo» (Jn 4:26). Ethelbert Stauffer niega que esto sea una «afirmación mesiánica indirecta», e insiste en que «Juan desea utilizar la respuesta de Jesús para que se entienda como la fórmula teofánica ANI HU».

Como contraste, Edwin D. Freed señala que el Bautista utiliza la fórmula del «YO SOY» en su negación de ser el Cristo (Jn 1:20, repetido en Jn 3:28). Freed añade que la siguiente vez en la que aparece la fórmula es en Jn 4:26, y dice: «Una de las maneras, si no la correcta, de entender el significado del griego ego eimi en este contexto es entender el Mesías/ Cristos de la frase anterior como el predicado del cual ho laon soi es una aposición. En contraste con la sentencia negativa del Bautista, se cuenta que Jesús afirmó su mesiazgo a través del uso de ego eimi». La aproximación de Freed al contexto es impresionante, pero Stauffer nos hace un favor al llamar la atención sobre el hecho de que las palabras son las palabras solemnes de deidad.

Y ésta es, de cierto, la manera en la que debemos entender las palabras de Jesús cuando apareció caminando por las aguas hacia sus discípulos acechados por la tormenta. Estaban aterrorizados ante la aparición de Jesús (los Sinópticos mencionan que pensaban estar viendo un fantasma). Jesús los calmó diciendo: «Soy yo, no temáis» (Jn 6:20). Puede que esto no sea más que una forma de identificarse (como C. K. Barrett piensa), pero el estilo es el estilo de una deidad y, de acuerdo con esto, Jesús apareció caminando sobre las aguas.

Un pasaje similar es aquél en el que Jesús dice: «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el que me envió da testimonio de mí» (Jn 8:18). Es posible que Jesús no quisiera decir más que «Yo doy testimonio», pero no parece factible. Sin duda, está afirmando, al estilo de las deidades, que está más cercano al Padre que el resto de las personas.

Más adelante, Jesús dijo a los judíos: «Si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8:24). El significado de «morir en pecados» no se explica, pero es ciertamente un destino terrible. Y las personas escapan a este destino, dice Jesús, solamente cuando llegan a tener fe en Él como su YO SOY. Luego dice a los discípulos: «Os lo digo ahora, antes de que pase, para que cuando suceda, creáis que soy yo» (Jn 13:19).

En ambos pasajes observamos el énfasis joánico en la importancia de creer, y en ambos se asocia con la propia persona de Jesús. En ambos casos Jesús dice que es importante que las personas a las que se dirige lleguen a confiar en Él, lo que se asemeja más a una petición a compartir la naturaleza de deidad. La gente debe ver a Jesús como uno con el Padre, y por lo tanto creer en Él. Quizás éste es el momento para darse cuenta de que, en la oración del aposento alto, Jesús afirma que el Padre le ha dado su propio nombre (Jn 17:11), lo que parece una afirmación de que comparte todo lo que el nombre de Dios significa.

No es fácil evitar una conclusión similar cuando Jesús dice: «Entonces sabréis que SOY YO» (Jn 8:28), y especialmente cuando dice: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham naciera, yo soy» (Jn 8:58). La idea de haber existido antes de Abraham debe ser o bien un engaño o una afirmación de que el que habla es soberano sobre el tiempo. En ambos pasajes Juan nos cuenta algo sobre la naturaleza de Jesús. No debemos concebirle simplemente como otro hombre. Era un hombre, pero también era más, y los pasajes como éste hablan del «más».

Es significativo que cuando Jesús dijo: «Antes de que Abraham fuera, YO SOY», intentaran apedrearle (Jn 8:59); pensaban que la frase era blasfema. Harner enlaza esto con el intento de apedrearle en Jn 10:31: «Intentan apedrear a Jesús cuando ha dicho ego eimi en Jn 8:58, y también cuando dice “yo y el Padre somos uno” en Jn 10:30. De esta forma Juan indica que ambas frases tienen idéntico significado. Como en Jn 13:19, el ego eimi absoluto en Jn 8:58 expresa la unidad del Padre y del Hijo». Teniendo en cuenta que las lapidaciones eran palabras mayores, no es fácil entender por qué los judíos lo intentaron dos veces a no ser que, como sugiere Harmer, pensaran que Jesús era culpable de blasfemia. Su reclamación iba mucho más allá.

También debemos darnos cuenta de la serie de referencias al «Yo Soy» en el momento del arresto de Jesús. En dos ocasiones obtuvo de los soldados la información de que estaban buscando a «Jesús de Nazaret» (Jn 18:5, 7), y en ambas ocasiones respondió con «YO SOY». «Retrocedieron y cayeron a tierra» (Jn 18:6).

Juan nos describe una escena en la penumbra del jardín, iluminada toscamente por las antorchas de los que querían arrestarle. Pero, en lugar del fugitivo atemorizado que esperaban encontrar escondiéndose en las sombras del jardín, los soldados se encontraron de frente con una figura majestuosa que salió a su encuentro y les habló con el idioma de una deidad. Una vez más, Juan nos cuenta algo sobre el parentesco de Jesús con el Padre celestial. No es ni el discurso ni las acciones de alguien que no es más que un hombre. Caer a tierra parece ser la manera que Juan tiene de decirnos que las palabras tenían una especial importancia; los soldados reaccionaron como los hombres reaccionan en presencia de una deidad.

Juan recoge un «YO SOY» (ἐγω ἐιμι) de nuevo cuando dice Jesús, «Donde “Yo estoy” (evgw evimi), allí estará mi servidor», (Jn 12:26), y cuando el ciego a quien había sanado afirma su identidad. (Jn 9:9). Pero ninguno de estos ejemplos es significativo para nuestro estudio. Son las respuestas humanas normales ante las situaciones descritas, no debemos buscar más. Pero en los otros pasajes, ciertamente parece que el uso que Juan hace de la expresión es distintivo.

No encontramos nada parecido en todo el Nuevo Testamento (con la excepción de un par de pasajes en los Sinópticos); así debemos reconocer que Juan está utilizando la expresión santa para mostrar que su Maestro era uno con una relación especial con el Padre celestial, una relación en la que debe ser considerado como formando parte de la naturaleza

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Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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