LA DOCTRINA DEL HOMBRE

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LA DOCTRINA DEL HOMBRE

¿Por qué nos creó Dios?
¿Cómo nos hizo Dios a su imagen?
 ¿Qué quiere decir la Biblia por «alma» y «espíritu»?

En esta próxima sección nos enfocamos en el pináculo de la actividad creadora de Dios: la creación de los seres humanos, como hombre y mujer, para que fueran más como él que todo lo demás que hizo. Consideraremos primero el propósito de Dios al crear al hombre y la naturaleza del hombre según Dios lo creó (caps. 11–12). Luego veremos la naturaleza del pecado y la desobediencia del hombre a Dios.

Uso de la palabra hombre para referirnos a la raza humana

Antes de considerar el tema, es necesario considerar brevemente si es apropiado usar la palabra hombre para referirse a la raza humana entera (cómo en el título de este capítulo). En algunos países, algunos hoy objetan el hecho de que se use siempre la palabra hombre para referirse a la raza humana en general (incluyendo tanto a hombres como a mujeres), porque se aduce que tal uso es insensible a las mujeres. Los que hacen esta objeción preferirían que usemos solamente términos tales como humanidad, seres humanos, o personas para referirse la raza humana.
Después de considerar esta sugerencia decidí seguir usando la palabra hombre (así como otros de estos términos) para referirme a la raza humana en este libro porque tal uso tiene garantía divina en Génesis 5, y porque pienso que hay en juego una cuestión teológica. En Génesis 5:1–2 (RVR) leemos: «El día en que creó Dios al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados» (cf. Gn 1:27, RVR). El término hebreo que se traduce «hombre» es adam, que es el mismo término que se usó como nombre propio del primer hombre, y el mismo término que a veces se aplica al hombre a distinción de la mujer (Gn 2:22, 25; 3:12, Ec 7:28, RVR). Por consiguiente, la práctica de usar el mismo término para referirse (1) a los seres humanos varones y (2) a la raza humana en general es una práctica que se originó con Dios mismo, y no debemos hallar esto objetable ni insensible.
Alguien podría objetar de que esto es simplemente un detalle accidental del idioma hebreo, pero este argumento no es persuasivo, porque Génesis 5:2 específicamente describe la actividad de Dios al escoger un nombre que se aplicaría a la raza humana como un todo.
No estoy diciendo que siempre debemos duplicar los patrones bíblicos del habla ni que esté mal usar a veces términos neutros en género para referirnos a la raza humana (tal como lo hice en esta oración), sino más bien que la actividad de Dios al nombrarlos que se informa en Génesis 5:2 indican que el uso de «hombre» para referirse a la raza entera es una alternativa buena y apropiada, y que no deberíamos evadir.1
La cuestión teológica es si hay sugerencia de liderazgo masculino o cabeza en la familia desde el principio de la creación. El hecho de que Dios no escogió llamar a la raza humana «mujer», sino «hombre», probablemente tiene algo de significación para entender el plan original de Dios para los hombres y las mujeres. Por supuesto, esta cuestión del sustantivo que usamos para referirnos a la raza no es el único factor en el debate, pero es un factor, y nuestro uso del idioma respecto a esto tiene en efecto alguna significación en el debate de los papeles de hombres y mujeres hoy.

¿Por qué fue creado el hombre?

1. Dios no tenía que crear al hombre, y sin embargo nos creó para su gloria. En la explicación de la independencia de Dios, en el capítulo 5 (vea pp. 95–98), notamos varios pasajes bíblicos que enseñan que Dios no nos necesitaba ni a nosotros ni al resto de la creación para nada, y sin embargo nosotros y el resto de la creación le glorificamos y le damos gozo. Puesto que había perfecto amor y comunión entre los miembros de la Trinidad por toda la eternidad (Jn 17:5, 24), Dios no nos creó porque se sentía solo ni porque necesitaba compañerismo con otras personas; Dios no nos necesitaba por ninguna razón.
No obstante, Dios nos creó para su gloria. En nuestra consideración de la independencia de Dios notamos que él habla de sus hijos e hijas de los extremos de la tierra como «al que yo he creado para mi gloria, al que yo hice y formé» (Is 43:7; cf. Ef 1:11–12). Por consiguiente, debemos hacer «todo para la gloria de Dios» (1 Co 10:31).
Este hecho garantiza que nuestras vidas sean significativas. Cuando nos damos cuenta de que Dios no necesitaba crearnos y que no nos necesita para nada, podríamos concluir que nuestra vida no tiene ninguna importancia. Pero la Biblia nos dice que fuimos creados para glorificar a Dios, indicando que somos importantes para Dios mismo. Esta es la definición final de importancia o significación genuina en nuestra vida: Si somos verdaderamente importantes para Dios por toda la eternidad, ¿qué mayor medida de importancia o significación podríamos querer?

2. ¿Cuál es nuestro propósito en la vida? El hecho de que Dios nos creó para su propia gloria determina la respuesta correcta a la pregunta: «¿Cuál es nuestro propósito en la vida?» Nuestro propósito debe ser cumplir la razón por la que Dios nos creó: glorificarle. Cuando hablamos respecto a Dios mismo, ese es una buena síntesis de nuestro propósito. Pero cuando pensamos en nuestros propios intereses, hacemos el feliz descubrimiento de que debemos disfrutar de Dios y deleitarnos en él, y en nuestra relación con él.2 Jesús dice: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10:10). David le dice a Dios: «Me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha» (Sal 16:11). Anhela morar en la casa del Señor para siempre, «para contemplar la hermosura del SEÑOR y recrearme en su templo» (Sal 27:4), y Asaf exclama:

¿A quién tengo en el cielo sino a ti?
Si estoy contigo, ya nada quiero en la tierra.
Podrán desfallecer mi cuerpo y mi espíritu,
pero Dios fortalece mi corazón;
él es mi herencia eterna (Sal 73:25–26).

 

Hay plenitud de gozo en conocer a Dios y deleitarse en la excelencia de su carácter. Estar en su presencia, disfrutar de comunión con él, es una bendición mayor que cualquier otra bendición que se pueda imaginar. Por consiguiente, la actitud normal del corazón del creyente es regocijarse en el Señor y en las lecciones de la vida que él nos da (Ro 5:2–3; Fil 4:4; 1 Ts 5:16–18; Stg 1:2; 1 P 1:6, 8; et ál.).3
Al glorificar a Dios y disfrutar de él, la Biblia nos dice que él se regocija en nosotros. Leemos: «Como un novio que se regocija por su novia, así tu Dios se regocijará por ti» (Is 62:5), y Sofonías profetiza que el Señor «se deleitará en ti con gozo, te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos como en los días de fiesta» (Sof 3:17–18).
Este concepto referente a la creación del hombre tiene resultados muy prácticos. Cuando nos damos cuenta de que Dios nos creó para glorificarle, y cuando empezamos a actuar de maneras que cumplan ese propósito, empezamos a experimentar una intensidad de gozo en el Señor que nunca antes habíamos conocido. Cuando añadimos a eso el darnos cuenta de que Dios mismo se regocija en nuestra comunión con él, nuestro gozo se vuelve «indecible y lleno de gloria celestial» (1 P 1:8, paráfrasis ampliada del autor).

El hombre a imagen de Dios

1. El significado de «imagen de Dios». De todas las criaturas que Dios hizo, de sólo una, el hombre, se dice que fue hecho «a imagen de Dios». ¿Qué significa esto? Podemos usar la siguiente definición: El hecho de que el hombre es imagen de Dios quiere decir que el hombre se parece a Dios y representa a Dios.
Cuando Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Gn 1:26, RVR), el significado es que Dios planeaba hacer una criatura similar a sí mismo. Tanto la palabra hebrea que se traduce «imagen» (tsélem) y la palabra hebrea que se traduce «semejanza» (demut) se refieren a algo que es similar pero no idéntico a lo que representa o de lo que es «imagen». La palabra imagen se puede usar para decir que representa a otra cosa.
Los teólogos han pasado mucho tiempo intentando especificar una característica del hombre, o unas pocas, en la cual se vea primordialmente la imagen de Dios. Algunos han pensado que la imagen de Dios consiste en la capacidad intelectual del hombre, otros en su poder para tomar decisiones morales y voluntarias. Otros han pensado que la imagen de Dios se refiere a la pureza moral original del hombre o su creación como hombre y mujer (véase Gn 1:27, RVR), o su dominio sobre la tierra.
En esta consideración sería mejor enfocar la atención primordialmente en los significados de las palabras imagen y semejanza. Como hemos visto, estos términos tenían un significado muy claro para los lectores originales. Cuando nos damos cuenta de que las palabras hebreas traducidas «imagen» y «semejanza» simplemente informaban a los lectores originales que el hombre era como Dios, y que de muchas maneras representaría a Dios, mucho de la controversia sobre el significado de la frase «a imagen de Dios» parece una búsqueda de un significado demasiado estrecho y demasiado específico. Cuando la Biblia informa que Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Gn 1:26, RVR), simplemente eso les habría querido decir a los lectores originales: «Hagamos al hombre para que sea como nosotros y que nos represente».
Debido a que «imagen» y «semejanza» tenían estos significados, la Biblia no necesita decir algo como: «El hecho de que el hombre es a imagen de Dios quiere decir que el hombre es como Dios de las siguientes maneras: capacidad intelectual, pureza moral, naturaleza espiritual, dominio sobre la tierra, creatividad, capacidad para tomar decisiones éticas, e inmortalidad» (o alguna afirmación similar). Tal explicación es innecesaria, no sólo porque los términos tenían significados claros, sino también porque ninguna lista así haría justicia al asunto: El texto sólo necesita declarar que el hombre es como Dios, y el resto de la Biblia da más detalles que lo explica. En realidad, conforme leemos el resto de la Biblia, nos damos cuenta de que una plena comprensión de la semejanza del hombre a Dios exigiría una plena comprensión de quién es Dios en su ser y en sus acciones, y un pleno entendimiento de quién es el hombre y de lo que hace. Mientras más conocemos de Dios y del hombre, más similitudes reconoceremos y más plenamente comprenderemos lo que la Biblia quiere decir cuando expresa que el hombre es a imagen de Dios. La expresión se refiere a cualquier manera en la que el hombre es como Dios.

2. La caída: La imagen de Dios queda distorsionada, pero no se pierde. Podríamos preguntarnos si todavía se podría pensar que el hombre sigue siendo como Dios después que pecó. Esta pregunta queda contestada muy temprano en Génesis, en donde Dios le da a Noé la autoridad para establecer la pena de muerte por el asesinato entre seres humanos, poco después del diluvio: «Si alguien derrama la sangre de un ser humano, otro ser humano derramará la suya, porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios mismo» (Gn 9:6). Aunque las personas son pecadoras, todavía queda en ellos tanta semejanza a Dios que asesinar a otra persona («derramar sangre» es una expresión del Antiguo Testamento que denota quitarle la vida a un ser humano) es atacar la parte de la creación que más se parece a Dios, y manifiesta un intento o deseo (si uno pudiera) de atacar a Dios mismo. El hombre sigue siendo a imagen de Dios. El Nuevo Testamento da confirmación a esto cuando en Santiago 3:9 dice que los hombres en general, y no solo los creyentes, fueron «hechos a la semejanza de Dios».
Sin embargo, dado que el hombre ha pecado, claro que no es tan plenamente como Dios como lo era antes. Su pureza moral se ha perdido y su carácter de pecado ciertamente no refleja la santidad de Dios. Su intelecto se ha corrompido con falsedades y los malos entendidos; su habla ya no glorifica continuamente a Dios; sus relaciones a menudo son gobernadas por el egoísmo antes que por el amor, etc. Aunque el hombre sigue siendo a imagen de Dios, en todos los aspectos de la vida algunas partes de esa imagen han quedado distorsionadas o se han perdido. En resumen, «Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones» (Ec 7:29, RVR). Aun después de la caída somos a imagen de Dios; todavía somos como Dios y todavía representamos a Dios, pero la imagen de Dios en nosotros está distorsionada; somos menos como Dios que lo que fuimos antes de la entrada del pecado.
Por consiguiente, es importante que comprendamos el pleno significado de imagen de Dios no simplemente desde la observación de los seres humanos del presente, sino a partir de las indicaciones bíblicas de la naturaleza de Adán y Eva cuando Dios los creó y cuando todo lo que Dios había hecho era «muy bueno» (Gn 1:31). La plena medida de la excelencia de nuestra humanidad no se verá de nuevo en la vida en la tierra sino cuando Cristo vuelva y hayamos obtenido todos los beneficios de la salvación que él ganó para nosotros.

3. Redención en Cristo: Una recuperación progresiva de más de la imagen de Dios. Con todo, es alentador volver al Nuevo Testamento y ver que nuestra redención en Cristo quiere decir que podemos, incluso en esta vida, crecer progresivamente en semejanza a Dios. Por ejemplo, Pablo dice que como cristianos tenemos una nueva naturaleza «que se va renovando en conocimiento a imagen de su Creador» (Col 3:10). Conforme adquirimos verdadera comprensión de Dios, su palabra y su mundo, empezamos a pensar más y más los pensamientos que Dios mismo piensa. De esta manera nos vamos «renovando en conocimiento» y llegamos a ser más semejantes a Dios en nuestro pensamiento. Esta es una descripción del curso ordinario de la vida cristiana. Por eso Pablo puede decir que «somos transformados a su semejanza [lit. “imagen”, gr. eikón] con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu» (2 Co 3:18). En toda esta vida, conforme crecemos en madurez cristiana, crecemos en semejanza a Dios. Más particularmente, crecemos a semejanza de Cristo en nuestra vida y en nuestro carácter. Es más, la meta para la que Dios nos ha redimido es que podamos ser «transformados según la imagen de su Hijo» (Ro 8:29) y así seamos exactamente como Cristo en nuestro carácter moral.

4. Cuando Cristo vuelva: Restauración completa de la imagen de Dios. La asombrosa promesa del Nuevo Testamento es que tal como hemos sido como Adán (sujetos a muerte y pecado), así seremos semejantes a Cristo (moralmente puros, nunca sujetos de nuevo a la muerte): «Y así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial» (1 Co 15:49). La plena medida de nuestra creación a imagen de Dios no se ve en la vida de Adán que pecó, ni tampoco se ve en nuestras vidas hoy, porque somos imperfectos. Pero el Nuevo Testamento enfatiza que el propósito de Dios al crear al hombre a su imagen se realizó por completo en la persona de Jesucristo. Él «es la imagen de Dios» (2 Co 4:4); «Él es la imagen del Dios invisible» (Col 1:15). En Jesús vemos la semejanza del hombre a Dios tal como debe ser, y debería ser motivo de alegría para nosotros que Dios nos haya predestinado a ser «transformados conformes a la imagen de su Hijo» (Ro 8:29, RVR; cf. 1 Co 15:49): «Cuando Cristo venga seremos semejantes a él» (1 Jn 3:2).

5. Aspectos específicos de nuestra semejanza a Dios. Aunque hemos explicado antes que sería difícil definir todas las maneras en que somos como Dios, podemos sea como sea mencionar varios aspectos de nuestra existencia que nos muestran que somos más como Dios que todo el resto de la creación.

a. Aspectos morales. Somos criaturas moralmente responsables ante Dios por nuestras acciones. Correspondiendo a esta responsabilidad tenemos un sentido interno del bien y del mal que nos separa de los animales (que si acaso tienen poco sentido innato de moralidad o justicia, pero que simplemente responden por temor al castigo o a la esperanza de una recompensa). Cuando actuamos según las normas morales de Dios, nuestra semejanza a Dios se refleja en conducta santa y justa delante de él, pero, en contraste, nuestra desemejanza a Dios se refleja cada vez que pecamos.

b. Aspectos espirituales. No sólo tenemos cuerpos físicos sino también espíritus inmateriales, y podemos por consiguiente actuar de maneras que son significativas en el campo inmaterial y espiritual de la existencia. Esto quiere decir que tenemos una vida espiritual que nos permite relacionarnos con Dios como personas, y también tenemos inmortalidad; no dejaremos de existir, sino que viviremos para siempre.

c. Aspectos mentales. Tenemos una capacidad para razonar, pensar lógicamente y aprender que nos separa del mundo animal. Los animales a veces exhiben asombrosa conducta para resolver laberintos o resolver problemas en el mundo físico, pero con certeza no se dedican al razonamiento abstracto, no existe una «historia de la filosofía canina», por ejemplo, ni tampoco ningún animal desde la creación se desarrolló del todo en su comprensión de problemas éticos o el uso de conceptos filosóficos, y cosas por el estilo. Ningún grupo de chimpancés jamás se sentó alrededor de una mesa para debatir sobre la doctrina de la Trinidad, o los méritos relativos del calvinismo o el arminianismo. Ciertamente, incluso en el desarrollo de destreza física o técnica, somos muy diferentes de los animales. Los castores pueden construir el mismo tipo de diques que han construido por miles de generaciones, las aves hacen el mismo tipo de nido, y las abejas hacen el mismo tipo de panal. Pero nosotros seguimos desarrollando mayor destreza y complejidad en la tecnología, en la agricultura, la ciencia y en casi todo campo de esfuerzo.
Nuestra semejanza a Dios también se nota en nuestro uso de lenguaje complejo, abstracto, nuestra idea de un futuro distante, así como en todo el espectro de actividades humanas creativas en cuestiones como el arte, la música, la literatura y la ciencia. Tales aspectos de la existencia humana revelan las maneras en que diferimos absolutamente de los animales, y no simplemente en cuestión de grado. Además, el grado y complejidad de las emociones humanas indican cuán vasta es la diferencia entre la humanidad y el resto de la creación.

d. Aspectos relacionales. Además de nuestra capacidad única de relacionarnos con Dios (que se explicó antes), hay otros aspectos relacionales en esto de ser a imagen de Dios. Aunque los animales sin duda alguna tienen algún sentido de comunidad entre sí, la profundidad de la armonía interpersonal que se experimenta en el matrimonio humano, en la familia humana cuando funciona de acuerdo a los principios de Dios, y en una iglesia cuando una comunidad de creyentes anda en comunión con el Señor y unos con otros, es mucho mayor que la armonía interpersonal que experimenta un animal. El hombre es como Dios también en su relación con el resto de la creación. Específicamente, al hombre se le ha dado el derecho de gobernar la creación y se le ha dado la autoridad de juzgar a los ángeles cuando Cristo vuelva (Gn 1:26, 28; Sal 8:6–8; 1 Co 6:3).

6. Nuestra gran dignidad como portadores de la imagen de Dios. Sería bueno que reflexionemos en nuestra semejanza a Dios más a menudo. Probablemente nos asombrará darnos cuenta de que cuando el Creador del universo quiso crear algo «a su imagen», algo más como él mismo que el resto de la creación, ¡nos hizo a nosotros! Este concepto nos dará un profundo sentido de dignidad y significación al reflexionar en la excelencia del resto de la creación que Dios hizo: el universo y las estrellas, la tierra abundante, el mundo de las plantas y animales, y los reinos de ángeles son asombrosos, incluso magníficos. Pero nosotros somos más como nuestro Creador que cualquiera de esas otras cosas. Somos la culminación de la obra infinitamente sabia y hábil de Dios en la creación. Aunque el pecado ha estropeado grandemente esa semejanza, de todas maneras ahora reflejamos mucho de ella, y la reflejaremos incluso más conforme crezcamos en semejanza a Cristo.
Sin embargo, debemos recordar que incluso el hombre caído y pecador tiene el estatus de ser a imagen de Dios (véase la explicación dada anteriormente de Gn 9:6). Todo ser humano, por estropeada que tenga la imagen de Dios por el pecado, la enfermedad, la debilidad, la edad o cualquier otra discapacidad, con todo tiene el estatus de ser a imagen de Dios y por consiguiente se le debe tratar con la dignidad y respecto que se le debe al portador de la imagen de Dios. Esto tiene profundas implicaciones en nuestra conducta hacia otros. Quiere decir que las personas de todas las razas merecen igual dignidad y derechos. Quiere decir que los ancianos, los enfermos graves, los retardados mentales y los niños antes de nacer merecen plena protección y honor como seres humanos. Si alguna vez negamos nuestro estatus único en la creación como los únicos portadores de la imagen de Dios, pronto empezaremos a despreciar el valor de la vida humana, tenderemos a ver a los humanos como una forma de animal apenas un poco más alta, y empezaremos a tratarlos como tales. También perderemos mucho nuestro sentido de significado en la vida.

Naturaleza esencial del hombre

1. Tricotomía, dicotomía y monismo. ¿Cuántas partes hay en el hombre? Todos concuerdan en que tenemos cuerpos físicos. La mayoría de las personas (lo mismo cristianos que no cristianos) perciben que también tenemos una parte inmaterial, un «alma» que seguirá viviendo después de que nuestro cuerpo muera.
Pero allí termina el acuerdo. Algunos creen que en adición al «cuerpo» y al «alma» hay una tercera parte, un «espíritu» que se relaciona más directamente con Dios. El concepto de que el hombre está hecho de tres partes (cuerpo, alma y espíritu) se llama tricotomía. Aunque este ha sido el concepto común en la enseñanza bíblica evangélica popular, hay pocas, si acaso alguna, defensas eruditas de esto hoy.4 ¿Qué enseña este concepto?
Según muchos tricotomistas, el alma del hombre incluye su intelecto, sus emociones y su voluntad. Mantienen que todas las personas tienen tal alma y que los diferentes elementos del alma pueden bien servir a Dios o someterse al pecado. Arguyen que el espíritu del hombre es una facultad más alta que cobra vida cuando la persona se convierte a Cristo (véase Ro 8:10: «Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia»). El espíritu de la persona entonces sería esa parte que más directamente adora y ora a Dios (vea Jn 4:24; Fil 3:3).
Otro criterio es lo que se llama dicotomía. Este criterio enseña que el «espíritu» no es una parte separada del hombre, sino simplemente otro término que se aplica al «alma» y que ambos términos se usan intercambiablemente en la Biblia para hablar de la parte inmaterial del hombre, la parte que sigue viviendo después que nuestro cuerpo muere. Por consiguiente, el hombre está hecho de dos partes (cuerpo y alma o espíritu). Los que tienen este criterio a menudo concuerdan en que la Biblia usa la palabra «espíritu» (heb. ruakj y gr. pneuma) más frecuentemente al referirse a nuestra relación con Dios, pero tal uso, dicen, no es uniforme, y la palabra alma también se usa en todas las formas en que se puede usar espíritu. (Sin embargo, muchos que se aferran a alguna especie de dicotomía también afirman que la Biblia más a menudo ve al hombre como una unidad, y que hay mucha interacción entre nuestras partes material e inmaterial.)
Fuera del campo del pensamiento evangélico hallamos otro concepto, el de que el hombre no puede existir aparte de un cuerpo físico, y que por consiguiente el alma no puede existir después que el cuerpo muere (aunque este concepto puede permitir la resurrección de la persona completa en algún tiempo futuro). El concepto de que el hombre es sólo un elemento y que su cuerpo es la persona se llama monismo. Según el monismo, los términos bíblicos alma y espíritu son simplemente otras formas de referirse a la «persona» o a la «vida» de la persona. Este concepto no ha sido adoptado por los teólogos evangélicos en general porque muchos pasajes bíblicos claramente parecen afirmar que nuestra alma o espíritu sigue vivo después que nuestro cuerpo muere (vea Gn 35:18; Sal 31:5; Lc 23:43, 46; Hch 7:59; Fil 1:23–24; 2 Co 5:8; He 12:23; Ap 6:9; 20:4; y el cap. 25, sobre el estado intermedio).

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