¿QUÉ ES LA VERDAD?

¿QUÉ ES LA VERDAD?

«¿Qué es la verdad?» Las palabras de Pilato resuenan con el cinismo de un hombre que la ha buscado sin encontrarla jamás. Implican que no existe cosa tal como la verdad. Pilato no es el único. Muchos han seguido la misma senda. Las escuelas enseñan la misma cínica conclusión: No hay verdad.

Ese punto de vista no es una opción para el cristiano, porque Jesús dijo: «Tu Palabra es verdad» (Juan 17:17), y repitió: «Yo soy la verdad» (Juan 14:6). Hay verdad, pero ¿cuál es la naturaleza de la verdad? Más importante aún, ¿cómo podemos conocer la verdad?

¿Ha oído esto?: «Lo que es verdad para ti puede no serlo para mí» O, ¿qué tal algo así?: «Realmente me alegro que hayas encontrado algo que te sea útil» ¿De qué sirve hablarle de Jesús a alguien que no se da cuenta cuando uno le dice?: «Esto es verdadero para todos, en todas partes y en todo tiempo, y es incompatible con cualquier otro sistema de ideas opuestas»

Si vamos a decirle al mundo que tenemos la verdad, entonces, mejor es que tengamos idea de qué es la verdad; de lo contrario ¿cómo nos vamos a dar a entender?

Tabla de Contenidos

¿VERDAD ABSOLUTA O RELATIVA?

Podemos entender la afirmación de que la verdad es relativa en dos

formas. Es relativa al tiempo y al espacio («fue verdadero entonces, pero ahora no»), o a las personas («verdad para mí, pero no para ti»). Por otro lado, la verdad absoluta supone, al menos, dos cosas: 1) que lo verdadero en un tiempo y lugar es verdad en todo tiempo y lugar; y 2) que lo verdadero para una persona es verdad para todas las personas. La verdad absoluta no cambia; la verdad relativa cambia de época en época, de persona a persona.

El relativista diría que la frase «El lápiz está a la izquierda del cuaderno» es relativa, porque depende del lado del escritorio en que uno esté. El lugar siempre es relativo a la perspectiva, afirman. Pero la verdad puede vincularse al tiempo también. En una época fue perfectamente correcto decir: «Reagan es presidente», pero ahora es difícil decirlo. Fue cierto en un momento, pero ya no. La verdad de tales declaraciones es irrevocablemente contingente al momento en que se expresan.

De la misma manera, el relativista clama que la verdad depende de la persona que formula la declaración. Si un cristiano dice: «Ustedes son dioses» (Juan 10:34), significa que tenemos la imagen de Dios y que somos sus representantes. Pero si un mormón dice lo mismo, se refiere a su esperanza de ser la deidad de su propio planeta. Si lo afirma un panteísta, quiere decir que los seres humanos son Dios. La verdad depende de los puntos de vista de quien formula la declaración y de su propósito. Además, «Me siento enfermo» puede ser cierto para mí, pero no para todos los demás habitantes del mundo. Todas esas expresiones son verdaderas solo en relación a la persona que las plantea.

Aquí parece, no obstante, haber un malentendido.

La interpretación del relativista aparenta estar mal dirigida. La perspectiva del orador respecto al tiempo y el espacio se entiende en la expresión misma; por ejemplo: «Reagan es presidente» era cierto cuando se dijo en 1986, pero siempre será verdadera, ya que en ninguna época dejará de ser verdad que Ronald Reagan fue presidente de los Estados Unidos de Norteamérica en 1986. Si alguien afirma lo mismo en 1997, plantea, entonces, una nueva proclama verdadera porque el tiempo verbal en presente se emplea en 1997, a once años de distancia y fuera del contexto de la otra expresión. El contexto «espacio-temporal» de las declaraciones es parte inherente del contexto que determina el significado de esa aseveración. Sin embargo, si la frase «Reagan es presidente» (dicha en 1986), es siempre verdadera para todos en todas partes, entonces es una verdad absoluta. Lo mismo puede decirse del lápiz sobre el escritorio. La perspectiva del orador es entendida como parte del contexto. Es una verdad absoluta.

¿Qué sucede, entonces, con la segunda versión del relativismo que indica que la verdad es relativa a las personas?

«Toda verdad depende de la perspectiva»

Mucha gente dice que toda verdad es realmente verdadera desde cierto punto de vista o perspectiva. La vieja anécdota de los seis ciegos y el elefante suele usarse para ilustrar esta posición.

El ciego que solo palpó la trompa del animal, dijo que era una serpiente. Otro le tocó las orejas y concluyó que era un ventilador. El que se tropezó con el cuerpo, dijo que era una pared; y luego de encontrar y tocarle una pata, otro dijo que era un árbol. Otro que le agarró la cola, afirmó que era una cuerda. Por último, el ciego que faltaba, se topó con un afilado colmillo y dijo que era una lanza.

Para algunos, esto prueba que lo que uno piensa es verdadero, todo depende de la perspectiva que uno tenga de las cosas. Debemos señalar, sin embargo, que todos los ciegos se equivocaron. Ninguna de sus conclusiones fue verdadera; de manera que este ejemplo nada dice de las verdades. Realmente había una verdad objetiva que todos fallaron en descubrir. Además, afirmar que «toda verdad es asunto de perspectiva», o es una declaración absoluta o es asunto de perspectiva. Si es absoluta, entonces no todas las verdades son cosa de perspectiva, puesto que esa no lo es. Si es asunto de perspectiva, entonces no hay razón para pensar que es absolutamente verdadera —solo es una perspectiva.

Si consideramos el caso del cristiano, el mormón y el panteísta…

veremos que tienen el mismo problema de perspectiva excluyente. Usar las mismas palabras no garantiza que tengan igual significado. Debemos tomar en cuenta la realidad de la afirmación en su contexto, antes de poder decir que es verdadera. Veamos la expresión: «Me siento enfermo». Imagínese, los pronombres personales ni siquiera se pronuncian tan bien como los tiempos verbales. No importa que se usen las mismas palabras, ellas adoptan un significado diferente cuando provienen de diversas personas.

¿Es esta declaración cierta para todos? Sí, es verdad que la primera persona de la frase [«yo», implícita en este caso] se sintió enferma en ese momento, y todos deben reconocer eso como verdadero (aunque tengamos que creer lo que dijo ese «yo» [me] en cuanto a cómo se sentía). De la misma manera, los significados asociados a las palabras «Ustedes son dioses» reflejan, en verdad, los puntos de vista de las personas que las pronuncian, y nunca dejarán de ser ciertas para todos en todo tiempo, pues ésa era su perspectiva cuando las expresaron (aunque después cambiaran sus puntos de vista).

A esta altura de la discusión, un relativista diría

«Está de acuerdo conmigo. Usted dice que la verdad es relativa al contexto». Está cerca. Estamos diciendo que el significado es relativo al contexto. En cuanto a la verdad, una vez que el contexto se introduce en el cuadro, se entiende el significado y se hace obvio que esas verdades son absolutas. Entonces, no estamos de acuerdo del todo.

El relativismo, sin embargo, se enfrenta a otros problemas. Si el relativismo fuera verdadero, el mundo estaría lleno de contradicciones. Ese lápiz que mencionamos estaría a los cuatro lados del cuaderno al mismo tiempo. Ese «yo» [me] tendría que estar enfermo, sano, enojado, deleitado, hambriento, satisfecho, entusiasmado y todo eso al mismo tiempo. ¡Cuánta confusión! Tales contradicciones son imposibles.

Además, ningún relativista puede decir: «Es absolutamente cierto que esto es verdadero para mí». Si la verdad solo puede ser relativa, entonces, debe ser relativamente verdadera para él. Pero, ¡un momento! ESO no puede afirmarse en ningún sentido absoluto, solo puede ser relativamente verdad lo que es relativamente cierto para él. ¿Seguimos?

Decir que la verdad es relativa puede ser una declaración absoluta, lo que falsearía la posición relativista, o bien es una afirmación que nunca puede hacerse porque cada vez que se formula, uno tiene que agregar otro «relativamente» más. Eso sería el comienzo de una regresión infinita que nunca producirá una declaración real.

La vida no es sino un sueño

Algunos podrían decir que cada uno cree su propia realidad. Lo que es real para uno no lo es para el otro porque el sueño de uno no es igual al del otro. En efecto, uno solo percibe al otro en su sueño y no sabe si ese otro es o no real. No solo es subjetiva la verdad, sino que no hay realidad absoluta que conocer. Toda realidad no es nada sino imaginación desatada.

Algo nos dice intuitivamente que este enfoque no puede ser verdadero. Primero, esas afirmaciones «nada sino» presuponen «más que» saber, pero, ¿cómo puede alguien saber que está más allá de su propio sueño? pues en lo que a esto concierne, ¿cómo puede uno tener conocimiento de eso que es «más que» toda realidad? Uno tendría que ser omnisciente para decir eso. Además, ¿es esta una declaración acerca de la realidad absoluta o solo sobre el sueño de una persona? Si en realidad es una declaración en cuanto a toda la realidad o en sentido absoluto, entonces no puede ser verdadera, pues, al menos, esto recién dicho es cierto, se lo imagine alguien o no. Pero si es solamente una declaración subjetiva sobre el sueño de una persona, entonces no proclama ser verdadero y puede ser descartado. Puede que sea recordarle a esa persona que no debe hablar cuando sueña.

Hay ciertos beneficios en el relativismo, por supuesto.

Eso significa que uno nunca puede equivocarse, puesto que en la medida en que algo está bien para mí, tendré la razón. ¡Hasta cuando me equivoco! ¿No es eso conveniente? La desventaja radica en que tampoco se puede aprender algo porque aprender es cambiar una creencia falsa por una verdadera, esto es, una creencia absolutamente falsa a una absolutamente verdadera. Quizá es mejor que volvamos a revisar esto de los absolutos.

Algunos tienen problemas con el absoluto. «¿No debes tener la prueba absoluta para creer la verdad absoluta?», dicen. No. La verdad es absoluta pese a los fundamentos que tengamos para creerla. Puede que ni sepamos siquiera una verdad, pero sigue siendo absoluta en sí misma. La verdad no cambia solo porque nosotros aprendamos algo de ella.

«¿Qué pasa con los aspectos ambiguos, las cosas intermedias, como la tibieza, o la barba cuando aún no está para afeitarse? ¿Cómo pueden ser absolutas esas cosas?» El hecho es que lo que es ambiguo para mí es un absoluto para todos los hombres, aunque no sea ambiguo para ellos. Además, la condición misma, la temperatura real y el largo exacto de la barba, son condiciones reales objetivas. Esa verdad tampoco cambia.

«¡Es que ustedes, los cristianos, son tan cerrados!»

La amplitud de criterio se ha hecho una virtud que no necesita demostración en la sociedad actual; en tanto que el criterio estrecho es señal de ignorancia y degeneración. Ese modo de pensar, sin embargo, se basa en verdades a medias. Ciertamente, es bueno reconocer la posibilidad de que uno se equivoca, lo malo es mantener una posición sin considerar las pruebas en contra. Además, uno nunca debe adoptar una decisión firme sin examinar desprejuiciadamente todas las pruebas disponibles. La verdad a medias nos ata a este punto de vista, pero esa verdad a medias representa una mentira completa. ¿Seguiremos con nuestro amplísimo criterio cuando toda la razón nos dice que solo puede haber una conclusión? Eso es lo mismo que el error del criterio estrecho. En efecto, la amplitud de criterio es la posición más estrecha de todas porque elimina la consideración del punto de vista del absoluto. ¿Y qué si ese punto de vista del absoluto es verdadero? La amplitud de criterio no puede ser realmente legítima a largo plazo a menos que esté dispuesta a aceptar algunos absolutos reales innegables. La amplitud de criterio no debe confundirse con la ausencia de criterio. Nunca se debe seguir receptivo a una segunda alternativa cuando solo una puede ser cierta.

«Si la verdad es inmutable, no puede haber nueva verdad».

Esto de la nueva verdad, podemos entenderlo en dos sentidos: puede significar «nuevo para nosotros», como ocurre cuando la ciencia descubre algo que, en realidad, no es más que una verdad antigua que apenas recién conocemos. Ella siempre ha estado allí, pero sucede que acabamos de encontrarla. La otra forma de entender la nueva verdad es cuando algo novedoso llega a la existencia, hecho que tampoco resulta conflictivo para el absolutismo. Cuando llegue el 1 de enero de 2022, por ejemplo, nacerá una nueva verdad porque entonces será correcto [o verdadero] decir: «Hoy es 1 de enero de 2022», lo cual nunca antes pudo ser cierto. Las verdades «viejas» no cambian, sino que las «nuevas» pueden emerger en cierto momento.

¿VERDAD CORRESPONDIENTE O COHERENTE?

Hay dos puntos de vista básicos en cuanto a qué es la verdad. Uno afirma que la verdad es lo que corresponde a la realidad. El otro señala que un punto de vista es verdadero si es coherente con una serie de declaraciones que tienen congruencia interna. El primero afirma que la verdad es lo que se corresponde con la realidad. La verdad es «decir las cosas como son». El segundo la compara con una telaraña que cuelga en el espacio de modo tal que su propia red de interconexiones la sostiene. Cada eslabón depende de los otros para sostenerse, como en una cadena.

Las repercusiones de la teoría de la coherencia se refieren a que algunas verdades son más ciertas que otras porque su coherencia es mejor. Hay grados de verdad y toda declaración es verdadera solo en la medida en que encaja en el sistema.

Decir que hay grados de verdad, como lo formulan los seguidores de la teoría de la coherencia, y afirmar que todas las verdades son dependientes, es solo otra manera de proclamar que toda verdad es relativa. Si todos los enunciados son contingentes al sistema, ninguna verdad puede ser absoluta. Ni el sistema como un todo es absoluto porque depende de la coherencia de todas sus partes contingentes. Si un enunciado puede ser más o menos verdadero que otro, ¿no es esto lo mismo que decir que su verdad es relativa a la verdad del otro? Pero ya probamos que la verdad es, y debe ser, absoluta. Si la teoría de la coherencia dice que la verdad es relativa, debe ser errónea.

CÓMO JUSTIFICAR LA VERDAD

Otra objeción planteada al punto de vista de la coherencia es que hace depender la verdad de una regresión infinita que nunca llega a verdad alguna. Si todo enunciado verdadero presupone otro anterior y, así hasta el infinito, entonces tenemos una regresión infinita que nunca nos asegura la llegada a la verdad. Por cada explicación que damos en cuanto a por qué nuestra creencia es verdadera, tendríamos que explicar sus presupuestos y, luego, explicar esa explicación, y así, por siempre. Nunca terminaríamos de explicar algo. Si encontráramos una explicación que no necesitara otra argumentación, llegaríamos a un fundamento (una verdad evidente por sí misma o primer principio innegable); con lo que la teoría de la coherencia demuestra ser errónea desde el principio. C.S. Lewis lo expresa así:

Uno no puede, sin embargo, seguir explicando algo eternamente

en un momento hallará que elimina la explicación misma. No puede uno seguir “viendo a través de las cosas” por siempre. Todo el interés de ver a través de algo es observar alguna cosa a través de ese algo. Bueno es que la ventana sea transparente porque opaca es la calle o el jardín que está más allá. ¿Cómo sería si uno viera a través del jardín también? No es útil tratar de “ver a través de” los primeros principios. Si uno ve todo a través de todo, entonces todo es transparente, pero un mundo enteramente transparente es un mundo invisible. “Ver a través” de todas las cosas es lo mismo que no ver.

Si tenemos que mirar tras o a través de toda explicación, nunca encontraremos algo, a fin de cuentas, pero acaso ¿no andamos en pos de la verdad porque esperamos encontrar algo?

Esta regresión infinita hace que la teoría de la coherencia sea imposible pues, en realidad, es una cadena de enunciados sin fundamento. Después de todo, una cadena no cuelga por, y de, sí misma en el aire; tiene que haber un clavo o gancho en alguna parte que la sostenga. Las arañas no tejen su red en el vacío, sino que las sujetan a las paredes. Ningún sistema puede sostenerse sin una verdad absoluta que lo apoye. Además, lo mejor que puede hacer un paladín de la coherencia al evaluar otros sistemas de creencias es decir que su sistema es más coherente. Él nunca puede afirmar que cualquier otro sistema coherente es falso. Si así fuera, nunca refutaríamos al panteísmo porque una vez que se echa la lógica por la borda, todo se vuelve coherente.

La verdad debe basarse en un firme fundamento de verdades evidentes por sí mismas o primeros principios correspondientes a la realidad.

Revisaremos esas verdades evidentes por sí mismas más adelante, pero por ahora, concentrémonos en la parte correspondiente a la definición, ya que hay varias razones, tanto bíblicas como filosóficas, para aceptarla.

Las Escrituras suelen usar el punto de vista de la «verdad correspondiente»; el noveno mandamiento ciertamente lo presupone: «No hablarás contra tu prójimo falso testimonio» (Éxodo 20:16), lo cual implica que puede probarse la verdad o falsedad de una declaración, verificando si corresponde o no a los hechos. Cuando Satanás dijo: «Ciertamente no moriréis», pronunció lo que llamamos mentira, porque no corresponde a lo que Dios dijo.

José también usó esta teoría cuando les dijo a sus hermanos: «Enviad a uno de vosotros y traiga a vuestro hermano … y vuestras palabras serán probadas, si hay verdad en vosotros» (Génesis 42:16).

Moisés indicó que el profeta debía probarse viendo si sus profecías correspondían a hechos reales y efectivos (Deuteronomio 18:22). Cuando el rey Salomón construyó el templo dijo: «[Dios] cúmplase la palabra que dijiste a tu siervo David, mi padre» (1 Reyes 8:26).

Todo lo que no corresponde a la Ley de Dios se considera falso (Salmo 119:163).

La verdad según Jack Rogers

Jack Rogers, profesor del Seminario Teológico Fuller, provee la definición de verdad que se usa hoy para decir que la Biblia es infalible en sus intenciones (propósito), pero no inerrante en sus afirmaciones. Rogers afirma que «nos desvía del serio propósito de la Escritura confundir “error”, en el sentido de exactitud técnica, con la noción bíblica de error como engaño deliberado». Rechaza la idea de que la verdad deba corresponder con «exactitud técnica» a la realidad y, más bien, afirma que la «noción bíblica de error» supone decir una mentira a sabiendas. La verdad radica en la intención del autor más que en lo dicho realmente por él. Y lo corrobora al decir que la inerrancia nos desvía de la «intención» del mensaje de las Escrituras, no del mensaje en sí. No podemos considerar erradas las declaraciones, en nada científicas, que formularon los profetas y los discípulos, pues no supieron decir nada mejor, ya que no hubo engaño intencionado. Aunque Jesús puede haber sabido más, prefirió adaptarse a los puntos de vista populares de modo que el pueblo no se desviara de su mensaje, el Evangelio. Quienes sostienen este criterio son sinceros, pero están sinceramente equivocados.

Jesús dice en el Nuevo Testamento que sus afirmaciones las podían verificar con Juan el Bautista:

«Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él dio testimonio de la verdad». También, los judíos dijeron al gobernador que él podía «saber la verdad» (Hechos 24:8–11) de los cargos formulados contra Pablo si examinaba los hechos.

Desde el punto de vista filosófico, no se puede mentir sin una correspondencia con la realidad. Si no es necesario que lo que digamos se corresponda con los hechos, entonces nunca diremos algo posiblemente incorrecto. No hay verdad ni falsedad si no existe el correspondiente criterio de verdad. No habría diferencia en la exactitud de la descripción de un hecho dado por un sistema porque, en ese caso, no podríamos apelar al hecho como prueba. No se podría juzgar como verdadera o falsa una declaración sino como más o menos coherente. Tiene que haber una diferencia real entre lo que pensamos acerca de las cosas y estas mismas para que digamos que algo es verdadero o falso. Además, hasta las comunicaciones potenciales se romperían. Los enunciados que informan sobre algo deben corresponder a los hechos de los cuales dicen informar. Si esos hechos no se usan para evaluar lo dicho, en realidad nada se dice. Simplemente, se murmura algo que uno debe considerar y sopesar en cuanto a su relevancia para su propio sistema de pensamiento. Esto puede ser muy peligroso, por ejemplo, cuando uno cruza una calle y alguien dice lo necesario para informar que viene un camión enorme, ¿cuánto tiempo requiere comprobar si eso que dijo encaja en la red general de creencias de uno? (¿No implica la misma urgencia el Evangelio?) La correspondencia con la realidad es un requisito filosófico previo a la verdadera comunicación y a la verdad.

¿ES LA VERDAD ASUNTO DE INTENCIONES O DE PERSONAS?

Otra teoría sostiene que la verdad no es cuestión de proposiciones sino de intenciones. Sus adherentes afirman que el significado de cualquier declaración no reside en lo que se diga en cuanto a la realidad, sino en lo que la persona se propuso afirmar cuando lo dijo. Una declaración se considera verdadera si logra el propósito que se propuso, y falsa solo si se propuso engañar o descarriar a alguien. De ahí que uno puede decir cosas que no corresponden a la realidad, pero sin mentir ni errar porque la intención fue decir la verdad, no engañar. Tal perspectiva tiene especial relevancia en la discusión acerca de la inerrancia de la Biblia, puesto que algunos alegan que esta puede tener incoherencias, aunque siguen considerándola infalible. Además, esa posición argumenta que las Escrituras cumplen sin fallar su propósito de conducir a los hombres a Cristo y que sus autores nunca engañaron intencionadamente a nadie.

DOS PUNTOS DE VISTA SOBRE LA VERDAD

 

Correspondencia

 

No correspondencia
Base:RealPráctica
Naturaleza:ProposicionalPersonal
Referencia:RealidadResultados
Medio:LenguajeVida
Ubicación:AfirmaciónIntención
Naturaleza del error:FalsedadMentira
 EquivocaciónEngaño
implicaciones:Toda equivocación es errorNo toda equivocación es error

La perspectiva de la correspondencia dice que la verdad reside en la proposición.

Significa eso un despliegue de las intenciones del autor, que solo puede descubrirse observando lo que en realidad dijo. Pero como no podemos leer la mente del autor, cuando deseamos saber el significado de una afirmación, vemos la declaración misma. Solo cuando vemos la apropiada relación de todos los términos de la frase, y la de esta con el párrafo, etc., entendemos el significado principal de lo afirmado; entonces, lo corroboramos con la realidad para ver si es verdadero o falso.

¿Radica la verdad en una persona más que en una proposición?

El Nuevo Testamento contiene solo un pasaje (Juan 14:6), que incuestionablemente afirma que la verdad es una persona, entre las centenares de veces que usa el término «verdad». Otros textos del Nuevo Testamento se refieren a la verdad que está en una persona (Juan 1:14, 17; 8:44; 1 Juan 2:4), o a andar en la verdad (2 Juan 4). Sin embargo, el contexto de esos pasajes esclarece que la verdad es corroborable a través de la correspondencia que exista entre la conducta o comportamiento de la persona y los mandamientos de Dios, que son proposiciones. De modo que hasta aquí la verdad es correspondiente. Las personas, sus caracteres, y sus conductas pueden corresponder a la realidad tanto como las proposiciones. El texto bíblico destaca ciertamente la verdad proposicional, pudiéndose entender los pasajes en que se usa la expresión «verdad» respecto de una persona, como referentes a la veracidad de lo que dice o hace esa persona en lo que concierne a su correspondencia con la realidad de Dios.

Aun si algunos pasajes bíblicos usan la verdad como una cualidad de las personas, solo el punto de vista de la correspondencia puede acomodar ambas interpretaciones. El punto de vista personal dice que la verdad no reside en las proposiciones, pero el de la correspondencia puede decir que las personas o acciones en cuestión deben corresponder a las expectativas de Dios. Los pasajes bíblicos que muestran claramente la verdad proposicional y a la vez correspondiente, no pueden en absoluto explicarse si se excluye la correspondencia.

Nada más que para redondear la noción expuesta, digamos que es contradictorio todo intento de negar que la verdad se puede expresar en proposiciones. Así, pues, debemos aceptar el punto de vista de la correspondencia que establece que la verdad reside tanto en las personas como en las proposiciones.

¿ES LA VERDAD COGNOSCIBLE?

La gama de creencias relativas a cómo y cuánto podemos conocer de la verdad es muy amplia aun entre cristianos, sobre todo en lo referente a la verdad de Dios. Si lo que dijimos hasta ahora es verdadero, solo una de esas posiciones es realmente razonable.

AGNOSTICISMO/ESCEPTICISMO

Hay una diferencia real entre agnosticismo y escepticismo, pero las respuestas a ambas posiciones son casi idénticas. El agnosticismo plantea que nada puede ser conocido, pero el escepticismo afirma que solo debemos dudar si hay algo que pueda ser conocido. Primero apareció el escepticismo, pero cuando Emmanuel Kant, el célebre filósofo alemán, supo de las dudas que tenía David Hume en cuanto al conocimiento absoluto, decidió llevar esta posición un poco más lejos, renunciando a todo conocimiento de la realidad. Ciertamente ambas posiciones son contradictorias. Si uno sabe que nada sabe, por lo menos sabe ese poco, lo cual significa que uno tiene el conocimiento positivo de algo, de modo que no tiene que seguir siendo agnóstico. De la misma manera, uno puede decir que debe dudar de todo, pero uno no duda de eso. En otras palabras, uno no duda de que debe dudar.

El trato con los escépticos

Hubo un gran filósofo que trataba en forma muy efectiva con el escepticismo. Cuando se encontraba con gente que decía dudar de todo, preguntaba: «¿Duda de su propia existencia?» Si le contestaban que sí, les señalaba que para poder dudar de su existencia tenían que existir y que esa certeza debía eliminar sus dudas. Si le contestaban que no, entonces podía demostrarles que, al menos, había ciertas cosas indudables. Los escépticos decidieron quedarse callados, sin contestar, para contrarrestar este ataque a sus doctrinas. Creyeron que así no caerían en la trampa tendida por el filósofo, que no se inmutó ante esto, limitándose a decir: «Me parece que aquí no hay nadie después de todo, de modo que mejor es que me vaya a hablarle a alguien que exista»; y se fue.

Ahora bien, si hay algo de lo cual uno puede estar cierto (esto es para el escéptico), o algo que uno puede conocer (esto es para el agnóstico), entonces debe haber otras cosas y otras posiciones, de ambos (escépticos y agnósticos, por igual), que prueban ser falsas.

RACIONALISMO

El racionalismo no es un punto de vista que afirma simplemente que usamos la razón para probar la verdad. Proclama que podemos determinar toda la verdad mediante la lógica; esto es, que podemos demostrar racionalmente la existencia y naturaleza de Dios. Ninguna prueba puede contraponerse a una evidencia lógica cuando se trata de racionalistas. Por eso Spinoza negó que hubiese algo en el mundo que tuviera existencia distinta de Dios, o que hubiera libre albedrío, pese a que había demostrado, a toda satisfacción, que toda la realidad estaba unificada en el ser absoluto. Por eso mismo, Leibnitz sostuvo que este es el mejor de todos los mundos posibles pese a cuán peor pueda tornarse el estado de las cosas, ya que el racionalismo lo convenció de que solo podía existir el sumo bien. Toda verdad es lógicamente necesaria para el racionalista.

El gran problema del racionalismo es que es un castillo construido en el aire, sin vínculo con la realidad.

Supone —pero no lo prueba— que es real todo aquello racionalmente ineludible. En efecto, el racionalismo nunca prueba, con toda su lógica racionalización, que haya algo real que exista. La única forma para que el racionalismo pueda superar estas debilidades es dejar de ser racional y empezar por aceptar alguna evidencia empírica. Por ejemplo, mi propia existencia es realmente innegable sin ser lógicamente innecesaria. Nada hay en mi existencia que siquiera sugiera que yo, u otra cosa cualquiera, deba existir; aunque el racionalismo dice, sin prueba firme, que esto es lógicamente necesario. Por último, cuando el racionalismo trata de probar sus propios principios para auto justificarse, falla por partida doble. El intento mismo es fútil porque todos, desde Aristóteles a la fecha, han acordado que no pueden probarse los primeros principios, que deben ser verdaderos en forma manifiesta, sin necesitar más explicaciones. De otra manera, uno tendría que seguir explicándolos por siempre. Los racionalistas vuelven a fallar al no estar de acuerdo sobre qué son los primeros principios. Algunos desembocan en el panteísmo, otros en el teísmo, otros con dioses finitos, pero ninguno con la base racionalmente necesaria que justifique sus creencias, como ellos proclaman.

Racionalismo irracional

Aunque parezca muy raro, los racionalistas más obstinados del mundo son panteístas que no creen en la razón. Desde las primeras avanzadas del panteísmo en la cultura occidental, los panteístas empezaron con un principio derivando todos los demás de aquel: Todo es uno. Ahora bien, si eso es verdadero, afirman, entonces lo que parezca ser más que ese uno debe ser ilusión. De ahí, que no haya materia, ni mal, ni bueno ni malo, etc. Todas esas cosas derivan de ese principio único, y son determinadas por un método racionalista que no permite evidencia contradictoria. Más aun, el racionalismo los lleva a rechazar la razón. En cuanto se elimina la distinción entre verdadero y falso, el racionalismo exige, entonces, que se revoque la lógica. Habiendo llegado tan lejos, ahora debe botarse el racionalismo debido a la naturaleza determinante de su principio original. El racionalismo se vuelve, así, enemigo de la razón.

FIDEÍSMO

El fideísmo sostiene que la única manera en que podemos saber algo de Dios es mediante la fe. La verdad es subjetiva y personal, de modo que podemos creerla sin demostrarla. No hay pruebas racionales ni evidencia empírica que nos pueda llevar a saber de Dios. Sencillamente debemos creer que lo que ha dicho en su Palabra y hecho en nuestras vidas es verdadero. Como dice el antiguo himno, en última instancia: «Me preguntas cómo sé que Él vive. Pues Él vive en mi corazón». Soren Kierkegaard es un vocero de este punto de vista.

Ciertamente no queremos disminuir la importancia de la fe. En efecto, a menudo citamos a Agustín: «Creo para poder entender». Además, los argumentos lógicos no constituyen la base del compromiso religioso. El fideísmo, sin embargo, tiene las respuestas correctas para las razones erróneas. No podemos empezar por suponer que Dios existe, que se nos ha revelado en la Biblia, y que obra en las vidas de su pueblo.

Esas son las mismísimas cosas que cuestiona el que no cree.

«La verdad es subjetividad»

Soren Kierkegaard, el padre del existencialismo, escribió un ensayo con ese título. Le preocupaba que el cristianismo solo se aceptara como una serie de proposiciones, y que no llevara a una relación con Dios. De allí que, en vez de enfocarse en la verdad objetiva de la fe, destacó que debe ser verdadero para el individuo o no es verdadero en absoluto. La fe de «que» algo es cierto fue sobrepasada por la fe «en» algo.

«La definición anterior es una expresión que equivale a la fe. Sin riesgo no hay fe. La fe es precisamente la contradicción entre la pasión infinita de la interioridad del individuo y la incertidumbre objetiva. Si soy capaz de aprehender objetivamente a Dios, no creo; pero, precisamente por eso, no puedo hacerlo, sino que debo creer. Si deseo preservarme en la fe, debo estar constantemente dedicado a sostener con firmeza la incertidumbre objetiva, de modo que permanezca fuera del abismo, por sobre setenta brazas de agua, preservando aún mi fe». (Kierkegaard’s Concluding Unscientific Postscript, Princeton University Press, Princeton, 1963, p. 182.)

El problema principal es que el fideísmo no reconoce la diferencia entre creer en y creer que.

La evidencia y las pruebas lógicas pueden servirnos para creer que Dios existe, que la Biblia es su Palabra, etc., pero no pueden hacer que nos comprometamos a esas verdades. El compromiso es creer y confiar en el Señor. Los fideístas solo ven lo último y descuidan la necesidad del primero; de ahí que no distingan entre la base de la creencia en Dios (la verdad de su Palabra), y el apoyo o garantía de ese creer. Exigen que los hombres crean en Dios sin permitirles, primero, entender que hay un Dios en, o a, quien creer (Hebreos 11:6).

Además, si la sola fe es la única manera de conocer la verdad, ¿por qué no tener fe en el Corán o el Libro de Mormón? El fideísmo no intenta, en realidad, justificar ninguna creencia, de modo que simplemente podemos creer lo que queramos. El resultado es que el fideísmo no efectúa, en realidad, proclamas de verdad; tiene que ofrecer alguna forma para probar la verdad antes de poder efectuar una proclama tal. Puesto que no tiene prueba de la verdad, no puede, en realidad, efectuar ningún reclamo que sea verdadero. Ni siquiera proclama la verdad. Si alguien empieza a ofrecer alguna explicación acerca de por qué es fideísta, es porque ha dejado de serlo. Cuando uno ofrece algo más que un «¡Créelo!» para respaldar su posición, ha dejado de ser un fideísta y empezado a usar creencias justificables. El fideísmo o no afirma verdad alguna o se anula a sí mismo; en todo caso, no puede responder cuando preguntamos cómo sabemos acerca de Dios.

REALISMO

El punto de vista definitivo dice que podemos saber algunas cosas de Dios. Las otras perspectivas son incongruentes o se anulan a sí mismas, en cambio, esta subsiste. No podemos saber todo (racionalismo) pues no hay forma en que una mente creada (finita, limitada) pueda comprender todo en cuanto a un ser infinito; pero podemos saber algo porque el agnosticismo se niega a sí mismo. Este [realismo] es un punto de vista razonable y real, aunque persista la pregunta: ¿Cómo sabemos lo que sabemos de Dios?, que es lo último que tendremos que considerar.

DOS PUNTOS DE VISTA SOBRE LA VERDAD

Agnosticismo:

Se anula a sí mismo:

¿Cómo saben que no podemos saber?

Escepticismo:

Se anula a sí mismo:

¿Dudan también del escepticismo?

Racionalismo:

Incongruente:

No puede probar que algo sea racionalmente ineludible

Fideísmo:

Se anula a sí mismo:

O es una creencia injustificada o no es fideísmo

Realismo:Podemos conocer [saber] algo

¿ES LA VERDAD LÓGICA?

Podemos saber lo que conocemos de Dios porque el pensamiento se aplica a la realidad y el conocimiento es posible en este contexto. Si pensar no se aplica a la realidad, entonces nada podemos conocer [saber]. La lógica es una presuposición necesaria de todo pensamiento. Sin lógica (la ley del pensamiento) ni siquiera podemos pensar, pero, ¿es la lógica solo una presuposición? ¿Cómo sabemos que la lógica se aplica a la realidad? Lo sabemos porque es innegable.

Ahora bien, todo eso nos regresa a los primeros principios autoevidentes que ya mencionamos. No nos dejemos asustar por esto. ¿Podemos entender un dibujo animado, como Winnie el Pooh?

Pues bien, Pooh tuvo una aventura que ilustra cómo funcionan estos principios autoevidentes.

Pooh caminaba por el bosque cuando llegó a la casa del conejo.

Se inclinó, metió su cabeza en el agujero de la entrada y llamó:

—¿Hay alguien en casa?

Un ruido como de alguien que arrastraba los pies, dentro del agujero, se oyó; luego hubo silencio.

—¡Pregunté si hay alguien en casa! —insistió Pooh con más fuerza.

—¡No! —respondió una voz—. No tienes que gritar tan fuerte; te escuché perfectamente bien la primera vez.

—¡Qué rabia! —exclamó Pooh—. En verdad, ¿no hay nadie ahí?

—Nadie.

Winnie Pooh sacó su cabeza del agujero, pensó por un momento, y se dijo a sí mismo:

—Tiene que haber alguien ahí porque alguien debe haber dicho: «Nadie».

¿Qué le parece? Es simple.

Lo hemos hecho en todo este libro. Un principio evidente por sí mismo es aquel que no puede negarse sin presuponer que es verdadero en el proceso mismo de negarlo. Lo que dijo el conejo es realmente lo inverso a esto: es contradictorio, se auto elimina, noción repetida en este capítulo. Si uno tiene que presuponer que una declaración es verdadera para negarla, en efecto, es innegable. Esta clase de declaraciones son los primeros principios que constituyen el punto de partida de toda verdad y el fundamento de todo pensamiento.

La lógica aplicada a la realidad es un ejemplo clave. Ahora bien, toda lógica puede reducirse a un solo axioma: la ley de la no contradicción. Esta ley afirma que dos enunciados opuestos no pueden ser verdaderos al mismo tiempo en el mismo sentido. Los lógicos suelen simplificarlo así: A no es igual a «no-A». Si negamos esa ley, tenemos que «dos enunciados contradictorios pueden ser verdaderos», o que «A no es (no no-A)».

Ambas declaraciones tienen un problema al presuponer que estamos tratando de negar.

En la primera se supone que puede existir verdad sin la ley de la no contradicción, pero si los supuestos pueden ser verdaderos, entonces no hay diferencia entre verdadero y falso, de modo que esta declaración no puede ser cierta como lo proclama. La forma simbólica hace lo mismo aferrándose a la idea de que A sigue siendo identificable de cualquier otra cosa. La ley de la no contradicción no puede ser negada, porque toda negación presupone que los opuestos no pueden ser verdaderos y eso es exactamente lo que niega. Así, pues, encontramos que la base de la lógica es un primer principio innegable.

También es innegable enunciar que «la lógica se aplica a la realidad». Uno tiene que formular una declaración lógica pertinente para decir que la lógica no se aplica a la realidad; pero, si se necesita una declaración lógica para negar la lógica, entonces el mismo acto contradice y anula el propósito de lo dicho. La lógica debe aplicarse a la realidad de alguna manera, y si se aplica, entonces podemos usarla para probar las verdaderas proclamas en cuanto a la realidad.

Volvamos atrás un momento.

¿Por qué tiene que haber primeros principios autoevidentes e innegables? Como dijimos, el agnosticismo es contradictorio y se anula a sí mismo. Sabemos [conocemos] algo. Y sabemos que es imposible que toda proclama de verdad dependa de otra, de modo que se inicie una regresión infinita. Por tanto, debe haber algunas verdades que se autosostienen sin mayor justificación. No podemos ir más allá ni «ver a través» de ellas para saber por qué son como son. Por eso mismo se les llama primeros principios, porque no tienen otros inicios previos. No es que carezcan de justificación, sino que, más bien, se auto justifican por ser innegables.

En realidad, podemos reconocer mediante la intuición que estas ideas son evidentes por sí mismas, sin tener que probarlas tratando de negarlas. Sin embargo, a veces no entendemos qué significan realmente, cosa que sale a la superficie a través de la prueba de la negación. En otras palabras, a veces, son autoevidentes en sí mismas, pero no lo son para nosotros porque no las entendemos muy bien. Eso explica por qué estas verdades no son universalmente aceptadas, y por qué, a veces, tenemos que examinarlas para ver que son innegables.

Todo lo que llega a ser es causado.

Estos principios son el fundamento de todo conocimiento. Desde este punto de vista, la lógica y la evidencia pueden confirmar que Dios existe y que Cristo es su Hijo. La verdad tiene un fundamento absoluto de primeros principios innegables y puede ser probada a través de medios lógicos porque, finalmente, corresponde a la realidad. El cristianismo proclama ser verdadero y ruega a todos que vengan, entren y cenen en la mesa de la verdad.

¿QUÉ ES LA VERDAD?

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DOCTRINAS DE CRISTO

Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología. Sus otras obras usualmente se tratan bajo la cristología. La doctrina se puede organizar más o menos en orden cronológico. Primero viene un estudio del Cristo antes de su encarnación y esto sería seguido de una sección sobre Cristo en Su humillación, durante Su vida terrenal.

Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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