NIÑOS DE LA BIBLIA [ Lucas 10:21]

NIÑOS DE LA BIBLIA

Tabla de contenidos

¿Qué niños se mencionan en la Biblia?

Algunos niños de la biblía son llamados por Dios; muestran misericordia en vez de rencor, llegan a ser reyes y algunos tienen un propósito divino.

«En aquel momento Jesús, lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños. Si, Padre, porque esa fue tu buena voluntad.»

Lucas 10:21

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ALGUNOS NIÑOS QUE ENCONTRAMOS EN LA BIBLIA

Un niño llamado por Dios

En 1 Samuel 1 al 3 se nos cuenta la historia de una mujer llamada Ana. Ana tenía un gran deseo, un gran anhelo: ella quería ser madre. Un día, estando en el templo, ella derramó su corazón delante del Señor pidiéndole un hijo. 

El Señor escuchó su oración, y al tiempo nació Samuel. Samuel había sido dedicado a Dios, y por eso, cuando aún era pequeño, sus padres lo llevaron al templo para que se formara con Elí, que era el sacerdote en ese momento.

Cierta noche, cuando Samuel era todavía un muchachito, de repente oyó una voz que lo llamaba por su nombre: «¡Samuel, Samuel!». 

Acudió rápidamente al sacerdote para preguntarle qué necesitaba, pero el sacerdote le dijo que él no lo había llamado, y que se volviera a dormir. Ocurrió lo mismo dos veces más, hasta que Elí se dio cuenta de que era el Señor quien estaba llamando a Samuel. 

Entonces le indicó que la siguiente vez que oyera su nombre, se pusiera a disposición de lo que Dios quisiera decirle. Así fue como Samuel aprendió a reconocer la voz del Señor y, siendo todavía pequeño, pudo responder a su llamado diciendo: «Habla, Señor, porque tu siervo oye».

Tenemos aquí entonces a un muchachito que aprende a distinguir la voz de Dios y a responder a Su llamado.

Una niña que muestra misericordia en vez de rencor

En 2 Reyes 5 encontramos la historia del jefe sirio, Naamán, enfermo de lepra. Lo interesante en esta historia es que una muchacha israelita había sido capturada por los sirios y llevada como esclava para trabajar en la casa de este jefe del ejército. 

Cuando esta muchacha se enteró de la enfermedad de su amo, le dijo a su esposa que en Samaria había un profeta que lo podía sanar. Ella había sido arrancada de su casa y de su vida junto a su familia, alejada de su pueblo. Había sido tomada como esclava, y no tenemos detalles sobre las duras tareas que le tocaría hacer, pero seguramente su vida no era muy sencilla. 

Sin embargo, y a pesar de todo, esta niña no dudó en hacer el bien y decirle a su ama que había alguien que podía traer sanidad a su esposo. Ella se movió por compasión, y no por venganza. Ella estaba lejos de su casa, pero sabía en quién podía confiar. Sabía que en su tierra había un profeta que podía traer sanidad de parte de Dios.

La historia termina con la sanidad del jefe sirio, y todo gracias a esta muchachita que decidió actuar con misericordia y no con resentimiento.

Un niño rey

Siempre me llamó la atención la vida de Josías (2 Reyes 22–23). Lo primero que me impactó fue descubrir en las Escrituras que Josías fue rey a los ocho años de edad. Un niño pequeño, frente a una gran tarea. Y lo más hermoso de Josías es que él fue un rey del cual la historia diría: 

«Josías hizo lo que agrada al Señor…» (2 Reyes 22:2). 

¡No era común que los reyes actuaran bien! A la mayoría se los recuerda haciendo lo malo, desviando al pueblo. Pero Josías fue diferente.

¿Qué hizo de este niño un rey diferente? Quizás la poca edad y la falta de experiencia lo hicieron pedir consejo, tomar decisiones con cautela y, sobre todo, tener un corazón sensible a la voz de Dios. 

Esto se hace evidente cuando, haciendo arreglos en el Templo, encuentran el Libro de la Ley. Al escuchar lo que decía el libro, Josías se humilló delante del Señor y pidió perdón, porque se dio cuenta de que no habían cumplido sus mandatos, y que se habían apartado del consejo divino. Y no solo él buscó el favor de Dios, sino que animó al pueblo a buscar al Señor de corazón. Por esta actitud recibió el perdón de Dios.

Así es que aquí tenemos a un niño rey, un niño líder, un niño que hace las cosas mucho mejor de lo que las habían hecho sus antepasados.

Un niño con propósito divino

Zacarías y Elisabet no podían tener hijos. Elisabet era estéril. Pero el Dios de los milagros, en un tiempo inesperado, le envió un hijo a este matrimonio de ancianos. Su nombre: Juan el Bautista. Y Juan tenía un propósito especial.

«…porque él será un gran hombre delante del Señor… será lleno del Espíritu Santo aun desde su nacimiento. Hará que muchos israelitas se vuelvan al Señor su Dios.» (Lucas 1:15–16).

Este niño sería el hombre que prepararía el camino para el Señor Jesús. Juan, con su mensaje de arrepentimiento, prepararía los corazones de la gente para la llegada del Mesías.

Al analizar estos casos, no podemos más que estar de acuerdo con Enrique Pinedo cuando escribe:

«Estos niños y estas niñas registrados en la historia divina no aparecen de una forma irrelevante y decorativa, sino como protagonistas y como colaboradores activos en la misión de Dios» (en «Niñez, adolescencia y misión integral», pág. 27). Ten en cuenta eso cada vez que releas sus historias.

Niños en peligro

También encontramos en la Biblia historias sobre niños en peligro, y en especial dos relatos estremecedores que tienen que ver con la matanza de niños pequeños.

Fíjate en Éxodo 1 y 2.

Moisés fue un niño en peligro. El Faraón de Egipto quería evitar que el pueblo se siguiera multiplicando, y dio la orden de matar a todo bebé hebreo que fuera varón. Moisés nació bajo un decreto de muerte. Decenas de bebés varones perdieron la vida siendo arrojados a las aguas del río Nilo por orden del Faraón. ¡Pero Dios tenía algo especial para la vida de Moisés! No solo iba a salvarlo de la muerte, sino que iba a permitir que fuera criado en el palacio, teniendo a la hija del Faraón como madre sustituta. Moisés iba a ser instruido, capacitado, preparado… porque Dios tenía un propósito.

La familia de Moisés también fue parte en este cuidado de Dios. Una madre de fe, que pese a todo y contra todo, confió en Dios para preservar la vida de su pequeño hijo. Una hermana que no descansó hasta comprobar que su tierno hermanito estaba en manos seguras. Y ese contexto dispuesto por Dios ayudó para librar a Moisés de una muerte segura. Y lo preparó también para la gran tarea que, años después, llevaría a cabo con la guía divina: la de ser el libertador de Su pueblo.

Ahora el relato en Mateo 2.

Jesús también fue un niño en peligro. Poco después de que María, José y el niño se instalaran en una casa en Belén, recibieron la visita de unos sabios de oriente. Estos hombres venían desde tierras lejanas siguiendo una estrella que los guiaba, y querían conocer al rey de los judíos que había nacido. Por el alboroto que generaron, seguramente se trataba de una gran comitiva. 

Ellos le fueron a preguntar a Herodes dónde se encontraba el niño, porque querían adorarlo. Ya podemos imaginar la escena… El rostro de Herodes cambió de repente al saber que había nacido un rey. ¡Una competencia para su trono! Después de hacer algunas averiguaciones, Herodes despidió amablemente a los sabios, pidiéndoles que luego de encontrar al niño le dijeran dónde hallarlo, ya que «él también quería adorarlo» …

Los sabios encontraron al niño Jesús y le entregaron valiosos obsequios, pero recibieron por revelación divina la indicación de no volver por el mismo lugar. Cuando Herodes se vio burlado por ellos, decidió ordenar la matanza de todos los niños menores de dos años. ¡De alguna manera había que eliminar al futuro rey!

El pueblo de Belén se estremeció de dolor por los niños que eran arrebatados de los brazos de sus madres para ser traspasados por espadas. Incluso en Mateo 2:18 se hace referencia a Jeremías 31:15: 

«Así dice el Señor: Se oye un grito en Ramá, lamentos y amargo llanto. Es Raquel, que llora por sus hijos y no quiere ser consolada; ¡sus hijos ya no existen!». 

Sin embargo, Dios le avisó en sueños a José que huyeran hacia Egipto, y así lo hicieron. De ese modo el niño Jesús fue librado de la muerte.


HISTORIAS DE LA BIBLIA PARA NIÑOS


























¿QUÉ NOS DICEN LOS EVANGELIOS SOBRE LOS NIÑOS?

Jesús y los niños

En Lucas 18:17 Jesús nos habla diciendo: 

«Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él».

De este verso nos surgen algunas preguntas: ¿Qué veía Jesús en los niños? ¿Qué características especiales mostraban los niños? ¿Qué diferencias veía Jesús entre la fe de los niños y la fe de los adultos?

Sin lugar a dudas, Jesús, que conocía muy bien a los niños, veía en ellos expectativa, asombro, sorpresa, confianza, humildad… y esas son las características que el Señor busca en las vidas de las personas, de cualquier edad, para que puedan «recibir el Reino de Dios». Este es un Reino que viene con novedad, que no es previsible, que demanda nuestra rendición total, y que nos necesita entregados para que sea solo el Padre quién nos guíe.

Así son los niños, y es precisamente en esa confianza total que muestran los niños que el Dios Todopoderoso puede actuar y puede manifestar Su Reino entre los hombres.

Si te fijas, Jesús pone a los niños de «modelo» para los adultos. ¡Algo totalmente inconcebible para esa cultura y en ese tiempo! Pero es que los niños son, además, un modelo de «dependencia». Ellos no pueden hacer las cosas solos. 

Necesitan ayuda, y no tienen problema en reconocerlo. De alguna manera Jesús reclama esto de los adultos. Ser como niños es entregarse, es mostrarse totalmente dependientes del Padre. Recibir el Reino de Dios como niños, es abrir las manos para el regalo inmerecido que nos da el Señor, solo por gracia, por puro amor.

En cierta oportunidad los discípulos debatían sobre quién de ellos sería el más importante en el Reino de los Cielos. Los discípulos veían que Jesús era un Maestro famoso, y entonces había que «acomodarse» de manera conveniente a su alrededor… Esto sucedió con los discípulos y sucede en la actualidad en nuestras iglesias.

Sin embargo, los seguidores escucharon con gran asombro la respuesta de Jesús, quien puso a un niño en medio de ellos y les afirmó que los más importantes en el Reino son aquellos que se parecen a los niños. Dijo Jesús: «Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos. Y el que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí.» Mateo 18:4–5.

Los más importantes en el Reino son aquellos que muestran humildad, sencillez e inocencia. Los más importantes son los que poseen la capacidad de maravillarse con lo pequeño, y son capaces de perdonar y olvidar (incluso cuando los mayores, y aun sus propios padres, los tratan injustamente).

Así, el Maestro les dio a sus discípulos una lección que nunca olvidarían. Jesús dignificó a los niños, y los puso como modelo de pureza, de simplicidad y de ternura.

Pero Jesús señaló aquí algo más transcendente que la mera descripción de las cualidades de los niños. Sus dichos nos obligan a tomar un compromiso y una responsabilidad frente a la niñez. Jesús dijo: «el que recibe… a un niño… me recibe a mí». Ten siempre presente esto. El que da cuidado y protección a un niño, lo hace como para el mismo Jesús.

Así, la enseñanza de Jesús cobra sentido y contiene una advertencia que silencia toda evasión. «Por todo lo expuesto, se hace necesario que la iglesia discierna bien los signos de los tiempos e incluya con mayor seriedad a la niñez en sus prioridades teológicas, pastorales, eclesiológicas y misionológicas» (Enrique Pinedo en «Niñez, adolescencia y misión integral», pág. 33)

La realidad de los niños en nuestro continente

En la actualidad, la situación de gran parte de los niños en nuestro continente dista mucho de ser satisfactoria, por la falta de condiciones que favorezcan su desarrollo integral. Cuando miramos las cosas que ocurren en nuestros países, no podemos dejar de pensar en los niños…

En los lugares:

  • Donde hay miseria, hay niños jugando al lado de la basura y con los pies descalzos.
  • Donde se vende droga, hay niños llevando, trayendo, o consumiendo.
  • Donde hay violencia de género, hay niños que corren el riesgo de perder a su madre, o que ya la perdieron.
  • Donde se pasa hambre, hay niños que por la falta de buena alimentación nunca alcanzarán el desarrollo de todas sus capacidades.
  • Donde hay internet, hay un nativo digital frente a las múltiples «ofertas» de la web.
  • Donde hay pornografía, hay niños extorsionados para producirla o para consumirla.
  • Donde ocurren desastres naturales o donde hay conflictos armados, hay niños que quedan mutilados o pierden la vida.
  • Dónde hay trata de personas, hay niños explotados sexualmente.
  • Donde hay abusos de distinto tipo, hay niños que sufren y padecen en silencio.

La lista podría continuar y continuar, ya que son innumerables las situaciones en las que los niños quedan desprotegidos y a merced de todo tipo de males. Es evidente que como sociedad hemos perdido los instintos humanos más elementales que tienen que ver con el cuidado de los hijos, de los más pequeños, de los que son más débiles y vulnerables.

El objetivo, entonces, no es quedarnos en la descripción de lo que viven los niños en este tiempo. Lo importante es pensar qué podemos hacer. Qué podemos hacer como padres, abuelos, maestros, líderes y pastores, por los niños que tenemos alrededor, y por aquellos que, estando más lejos, podemos también alcanzar con acciones de bien.

Como sociedad nos encontramos frente a una gran responsabilidad: poner nuestras capacidades y todos nuestros esfuerzos para ayudar a los niños que sufren, que padecen necesidades, que enfrentan privaciones, o que se encuentran en riesgo en distintos sentidos.

Además, nuestras iglesias no son islas. Hoy en día, lo que pasa afuera también está pasando adentro. A veces se contiene, se ayuda, se acompaña, y se enseña… Y a veces se oculta, se tapa y se niega. Quizás un primer paso sea reconocer que tenemos un problema. Reconocer que no hemos hecho las cosas bien, y que necesitamos la intervención divina para poder acompañar, enseñar y cuidar a las nuevas generaciones.

Un desarrollo integral

Una niñez saludable es una niñez sana. Es una niñez que cuenta con todo lo necesario para desarrollarse de manera plena y armoniosa. En la Biblia encontramos textos que nos hablan de la importancia del desarrollo integral de los niños:

  • Acerca de Samuel: «…el niño Samuel seguía creciendo y ganándose el aprecio del Señor y de la gente.» (1 Samuel 2:26)
  • Acerca de Juan el Bautista: «…el niño crecía y se fortalecía en espíritu…» (Lucas 1:80)
  • Acerca de Jesús: «Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente.» (Lucas 2:52)

Estos fueron niños que tuvieron la oportunidad de crecer integralmente. Niños que crecieron en estatura, crecieron en sabiduría y también en espíritu.

Crecer en estatura

Un niño sano crece en estatura. Un niño sano desarrolla su físico. Si analizamos este aspecto del crecimiento en más detalle, encontraremos que hay varios factores que contribuyen al crecimiento en estatura, como por ejemplo: la buena alimentación, el uso de vestimenta adecuada (al frío o al calor), el cuidado de la salud, los controles médicos periódicos, la práctica de deportes, etc.

Como iglesia, podemos hacer un aporte a la niñez teniendo comedores o merenderos para brindarles un plato de comida a los niños de nuestra comunidad que tienen esta necesidad insatisfecha. También podemos recolectar ropa usada, para ofrecerla a niños y familias que no tienen posibilidad de adquirir ropa nueva. Además, todo espacio de juego y deporte que brinde la iglesia a los niños será altamente positivo para su desarrollo físico y social, esto sumado a la posibilidad de estar en un ambiente de amor y respeto, del cual muchos niños carecen.

Crecer en sabiduría

Un niño sabio es disciplinado, conoce los límites, y distingue lo que está bien de lo que está mal. Sabiduría no es sinónimo de inteligencia. Sabiduría es saber vivir. Hay muchas personas inteligentes, pero que no son sabias. Y hay muchas personas sencillas, con pocos estudios, pero que han aprendido a vivir sabiamente.

Los padres que conocen a Jesús tienen la responsabilidad de formar a sus hijos en la fe. Ellos deben enseñarles la Palabra de Dios. Además, para criar hijos sabios hay que corregirlos y disciplinarlos en amor. Hay que mostrarles lo que está bien y lo que está mal.

También la iglesia, a través de la tarea de los maestros, debe formar a los niños en sabiduría. Para lograr esto, es importante que los maestros preparen con responsabilidad cada clase, que es el alimento espiritual para la vida de los pequeños. Alentar la memorización de textos bíblicos es otra manera de nutrir a nuestros niños. Ellos deben conocer el consejo de Dios y, aun más, grabarlo en sus mentes y en sus corazones. Hoy contamos con traducciones de la Biblia que emplean un lenguaje sencillo y comprensible. Hay que seleccionar textos que se relacionen con la enseñanza que estamos compartiendo y que sean oportunos para las vidas de los niños, y alentar a los pequeños a que los memoricen.

La Palabra de Dios los hará sabios. En Salmos 119:105 leemos: 

«Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero.»

Crecer en espíritu

Para crecer espiritualmente, un niño necesita «nacer de nuevo». Muchas veces los maestros se sienten frustrados por tener algunos niños que no muestran cambios a pesar de estar muchos años en las clases bíblicas. Tienen siempre las mismas reacciones, las mismas malas palabras, las mismas peleas, y el mismo desinterés por lo espiritual. ¿Qué pasa con estos niños? Lo que sucede es que esos niños no pueden crecer, ¡porque no han nacido! No pueden crecer espiritualmente, porque nunca han entregado su vida a Jesús.

Por eso es fundamental que cada maestro conozca a sus estudiantes y que sepa la situación espiritual de cada uno: quiénes ya son hijos de Dios, quiénes aún no lo son, y de cuáles tiene duda. 

Es importante que en diferentes momentos del año pueda presentar lecciones que terminen con una invitación a los niños a recibir a Jesús en sus vidas. Debemos contarles del amor de Dios y hacer conocer a los niños que Jesús entregó su vida para que nosotros pudiéramos acercarnos nuevamente a Dios. 

Tengamos siempre presente que si un niño no nació espiritualmente, no puede crecer. Una vez que los niños «nazcan» … entonces empezarán a crecer al poner en práctica las enseñanzas de la Palabra de Dios.

En Lucas 2:40 se nos cuenta que: «El niño crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba». Este verso nos señala que cuando un niño crece integralmente en estatura, en sabiduría y en espíritu, se convierte en un niño lleno de gracia para con Dios y para con las demás personas.

Quizás las circunstancias iniciales de su vida no hayan sido las mejores, pero cuando un niño encuentra el amor del Padre Eterno, su historia puede dar un giro sustancial. El Señor es el único que puede transformar las vidas y las historias. A tu alrededor hay toda una generación de niños que esperan encontrarse con jóvenes y adultos que los abracen, que les digan lo valiosos que son, y que los ayuden a crecer integralmente. ¿Puede el Señor contar contigo para esta tarea?

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El Libro de los Proverbios es una inspirada antología de la sabiduría hebrea. Pero esta sabiduría no es meramente intelectual o secular. Es principalmente la aplicación de los principios de una fe revelada a las tareas del diario vivir. 

COMENTARIO A ECLESIASTÉS 

Aunque el libro de Eclesiastés forma parte del Antiguo Testamento en hebreo, su nombre es en realidad una palabra griega que se remonta a la antigua traducción griega del Antiguo Testamento. Eclesiastés significa “maestro”, o “predicador”. La palabra viene del primer versículo del libro: “Palabras del Predicador,…” Por lo tanto, el título se refiere al maestro o al Predicador cuyas palabras conforman el libro.

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El estudio del desarrollo del testimonio cristiano durante los mil años que los historiadores han designado como Edad Media es sumamente complejo. Lo es, primero, por cubrir un período de tiempo tan dilatado, en el que se sucedieron cambios notables en todas las esferas del quehacer humano: política, económica, social, cultural y religiosa. Segundo, en estos siglos el cristianismo llega en su expansión “hasta lo último de la tierra,” en su movimiento hacia el Este (China) y el Oeste (Inglaterra).

DOCTRINAS DE CRISTO

Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología.

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