Herodes y La Matanza de Los Niños

Herodes y La Matanza de Los Niños

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron».
(Mateo 2:16–18)

LA REACCIÓN DE HERODES

Belén está a unos ocho kilómetros de Jerusalén en dirección al sur, en el camino de Hebrón, que sigue por Beerseba hacia Egipto. Como punto de partida para la huida a Egipto, era idóneo.
Era un pueblo bien conocido por Herodes, porque en sus proximidades él había hecho construir uno de sus palacios, el llamado Herodium. Situado en lo alto de una colina cónica de difícil acceso, desde fuera parecía más una fortaleza que un palacio. Lo había construido para que también sirviera como mausoleo. Allí está en el día de hoy, todo un monumento a la manía persecutoria que Herodes sufría. Desde sus baluartes se vislumbra claramente el pueblo de Belén.
Herodes siempre estaba dispuesto a cometer cualquier atrocidad con tal de mantenerse en el trono. Hasta tal punto habían llegado sus excesos que las autoridades imperiales, que no tenían fama precisamente de benignidad, le habían llamado la atención en más de una ocasión.
Si así era Herodes en condiciones normales -suspicaz e implacable- más aún lo era cuando sus intrigas eran frustradas. Él había contado con el retorno de los Magos a fin de poder eliminar al príncipe rival por medio de su información. De haber ocurrido así, habría sido un pequeño detalle olvidado por la historia. Pero Herodes fue «burlado» por los Magos. No volvieron a Jerusalén. Él que quería utilizar el engaño como medio para destruir al Mesías, descubre que él mismo es víctima del engaño. Ahora pues deja de lado toda sutileza. Se entrega a la furia. Si no ha tenido éxito con la intriga, probará la violencia.
De todo esto es capaz la persona «religiosa» que profesa creer en Dios y actuar en su nombre, pero ni le conoce ni se somete a su voluntad. Herodes se había convertido al judaísmo, probablemente más por motivos políticos que por convicciones firmes. Era superescrupuloso en cuanto a las formas externas. Por ejemplo, hacía gran alarde de nunca comer cerdo, lo cual hizo que el Emperador dijese en una ocasión: ¡Mejor ser el cerdo de Herodes que el hijo de Herodes! (En su paranoia Herodes había hecho asesinar a dos de sus hijos). Por haber construido el magnífico Templo en el lugar de la pobre reconstrucción de Zorobabel, era tenido por ser un hombre de gran piedad, y por la misma razón había logrado poner en su bolsillo a los líderes de los judíos. A fin de cuentas había devuelto a Jerusalén la gloria que no había visto desde tiempos de Salomón.
En una palabra, Herodes había aprendido a utilizar la religión para sus fines políticos. Era un gran manipulador de la piedad. Públicamente participaba en la esperanza mesiánica de los judíos, y manifestaba deseos de adorar al Cristo. Pero no vaciló ni por un momento en su intención de destruir al Hijo de Dios.
No seamos ingenuos. La profesión de piedad no vale nada si no va acompañada por una conversión interior. Por sus frutos los conoceremos. Lo que importa no es sólo lo que decimos con nuestros labios, sino lo que somos de verdad. Muchos en un momento tienen una gran apariencia de piedad, luego demuestran ser capaces de destruir la obra de Dios con tal de mantener sus propios intereses creados.

LA MATANZA DE LOS NIÑOS

                                                        herodes

Muchos niños han sufrido una muerte violenta por causa de la barbarie humana. Aun en nuestro siglo, son innumerables los que han perecido en guerras y genocidios. Pero pocas veces la crueldad humana ha llegado al extremo de practicar un infanticidio colectivo y sistemático.
De hecho el único caso que me viene a la mente, aparte de los inocentes de Belén, son los niños hebreos matados por el Faraón de Egipto en tiempos de Moisés. (Ya hemos indicado que es bien probable que este caso también estaba en la mente de Mateo).
El texto del Evangelio calla el horror de aquel acontecimiento. Sólo podemos imaginar la desesperación y dolor de aquellas familias cuando de repente, sin previo aviso, las tropas herodianas irrumpieron en el pueblo de Belén y en todas las aldeas de alrededor. Mataron brutalmente, sin explicaciones. Y sin explicaciones se marcharon.
Mateo corre un velo de discreto silencio sobre la angustia de los padres de aquellos niños. Nosotros haremos lo mismo.
No muy lejos de Belén está la aldea de Ein Karem, hoy en día casi un barrio de las afueras de Jerusalén. Aquí, según la tradición, residían Elisabet y Zacarías, los padres de Juan el Bautista. Y aquí la tradición también señala una gruta a la cual huyó Elisabet con su hijo a fin de salvarle de los soldados de Herodes. Es una tradición que, a estas alturas, ni se puede probar ni refutar, pero encaja bien con los acontecimientos.
Otras muchas madres, sin embargo, no eran tan afortunadas como Elisabet y María. Mateo describe el horror de su sufrimiento, no mediante una descripción directa de él, sino por medio de una cita de Jeremías:

«Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron» (Mateo 2:18; Jeremías 31:15)

LA CITA DE JEREMÍAS

Volvamos quinientos años hacia atrás. Por segunda vez Jerusalén ha sido conquistada por los babilonios, y en contraste con la primera ocasión, ahora los vencedores no muestran ninguna piedad. Son pocos los habitantes que se escapan de la espada de Nabucodonosor. Los supervivientes son llevados a Ramá, un pueblo a unos ocho kilómetros al norte de Jerusalén.
Allí son divididos en dos grupos. A un lado están los jóvenes y los adultos fuertes y sanos; ellos serán llevados a Babilonia como esclavos. Al otro lado están los viejos, lisiados, enfermos, débiles y heridos, como también los niños, todos aquellos que serían un estorbo en la larga marcha a Babilonia. Y allí, ante la mirada horrorizada del grupo de los fuertes, los débiles son matados a sangre fría. Los jóvenes ven morir a sus padres; los hermanos a sus parientes incapacitados; y sobre todo los padres a sus hijos pequeños.
Posiblemente fue uno de aquellos padres que escribió, tiempo después, en el cautiverio de Babilonia, las terribles palabras del Salmo 137:

«Hija de Babilonia la desolada, Bienaventurado el que te diere el pago de lo que tú nos hiciste. Dichoso el que tomare y estrellare tus niños Contra la peña» (Salmo 137:8–9).

El profeta Jeremías fue testigo de esta tragedia (ver Jeremías 40:1). Tragedia por otra parte innecesaria. Habría sido evitada si el pueblo de Israel hubiese vuelto a la obediencia de Dios. Jeremías mismo había avisado al pueblo, y profetizado la caída de Jerusalén. Había sufrido la cárcel y la amenaza de muerte por parte de sus compatriotas por su fidelidad al Señor.
El pueblo de Ramá está en territorio de Benjamín, y Raquel era la madre de Benjamín. Un poco más al norte empiezan los territorios de Efraín y Manasés, los dos hijos de José, cuya madre también era Raquel. Jeremías, por lo tanto, imagina a Raquel que, desde la tumba, contempla la muerte de sus hijos y llora desconsolada.
Ella, que tanto había deseado tener hijos, que en su desespero había clamado a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero (Génesis 30:1), ve como primero los del norte son matados o llevados al cautiverio por Asiria, y luego los del sur por Babilonia. Tanto los descendientes de José como los de Benjamín, le son quitados.
Ahora, en tiempos de Herodes, en escala más pequeña la historia se repite. O como dice Mateo, se cumple. Ahora la referencia es apropiada, no tanto porque se trata de los descendientes de Raquel (los niños de Belén serían más bien de la tribu de Judá) como porque Raquel está enterrada en las afueras de Belén:

«Murió Raquel, y fue sepultada en el camino de Efrata, la cual es Belén» (Génesis 35:19; cp. Génesis 48:7).

Desde su tumba, esta madre de la nación nuevamente contempla una matanza de sus hijos.
Sin embargo, no todo es tragedia y oscuridad. Los primeros lectores de Mateo conocían bien el contexto de la cita de Jeremías, tan entrañable en su historia nacional. Ellos sabían que procede de un capítulo que, si bien parte del dolor y del sufrimiento, sin embargo contiene un gran mensaje de consuelo y esperanza.
Al principio del capítulo Jeremías había hecho referencia a la matanza de los niños de Egipto. Luego, sigue recordando a sus lectores que «el pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo» (Jeremías 31:2). Así también, en medio del sufrimiento babilónico, las palabras de Dios son de esperanza:

«Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongaré mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel… Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes y los viejos juntamente; y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor… Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo y… esperanza hay también para tu porvenir» (Jeremías 31:3–4, 13, 16–17).

Mateo espera que no nos olvidemos de este contexto de esperanza. La historia se va repitiendo: Egipto, Ramá, Belén. Pero en cada caso, después de la noche viene el día, después de la angustia, la esperanza.
Es así porque el mismo Dios que castiga la maldad de su pueblo, lo ama y desea mostrarle su misericordia. Dios habla de los hijos del norte, matados y presos por Asiria, como si fuera una pérdida personal suya:

«¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito? pues desde que habló él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia» (Jeremías 31:20).

Si conoces bien la Biblia, sabrás que este capítulo de Jeremías es uno de los textos más importantes de todo el Antiguo Testamento por ser descripción del nuevo pacto que Dios promete hacer con su pueblo, y que iba a cumplirse en la venida de Jesucristo:

«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jeremías 31:31–34).

Los propósitos de Dios para su pueblo son de bien y de restauración. La profecía que habla de lloro y desolación, contiene gloriosas promesas de gozo y consuelo. La tragedia no es más que la oscuridad antes del alba, el preludio al derramamiento de las bendiciones de Dios.
La matanza de Egipto dio lugar a la redención de Israel en el Éxodo. La matanza de Ramá fue el triste prólogo al glorioso capítulo de la purificación de un remanente fiel en el exilio y del despertar de la esperanza mesiánica. Así también la historia se cumple en Belén no sólo porque se repite la matanza de los niños, sino también porque detrás de la matanza hay esperanza. La tragedia de Belén conduce al ministerio del Mesías; al Calvario, a la tumba vacía, a Pentecostés, al cumplimiento perfecto de Jeremías 31.

LUZ EN LAS TINIEBLAS

Si Mateo no nos abruma con detalles morbosos sobre la matanza de los niños de Belén, es porque para él el verdadero significado de aquel evento atroz no se encuentra en sus circunstancias inmediatas sino en el cumplimiento de la historia. Como lo había hecho en Egipto y en Ramá, de entre los niños de Belén Dios también salvó a un pequeño remanente.
Un remanente de uno (o quizás algunos pocos más). Pero la esperanza no decrece porque el número sea tan pequeño. Al contrario, este Niño que es salvado de la matanza, traerá la esperanza más gloriosa de todas al pueblo que Dios se ha reservado para sí.
Los niños de Belén murieron en el lugar de Jesús. Así comenzó la vida del Mesías. Pero su vida acabará cuando Él mismo la pone en lugar de todos los hijos de Dios:

«El Hijo del Hombre vino para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).

La única esperanza final para los niños asesinados, el único consuelo posible para aquellos padres desconsolados, reside en el Niño que fue salvado de la matanza.
Pongámonos en el lugar de una de las madres de Belén. Hace un año te nació un hijo precioso, tu primogénito. Desde entonces él se ha convertido en la gran ilusión de tu vida. Cada día le llevas contigo cuando vas al pozo a buscar agua, y fue allí, hace unos meses, que conociste a María de Nazaret. Ya sabías de los extraños acontecimientos que habían rodeado el nacimiento de su hijo: el testimonio de los pastores de su visión de los ángeles, y últimamente la visita de unos extranjeros astrólogos. Si bien el hijo de María parecía un niño normal, sabías que Dios había intervenido para anunciar que era especial. Abrigabas la esperanza de que él y tu hijo jugarían juntos cuando llegasen a ser más mayores.
Pero ahora tu mundo se ha derrumbado, todas tus ilusiones y alegrías deshechas en mil pedazos. Los soldados de Herodes han matado a tu hijo. María, José y Jesús consigieron escapar, pero tu hijo ha muerto. Y ahora te debates entre dos reacciones. Por un lado el resentimiento. ¿Por qué no murió Jesús? A fin de cuentas fue a Él que buscaban. ¿Por qué tuvo que morir tu hijo por causa de Él? Ahora, sabes muy bien que no es justo culpar al niño. Herodes y sus soldados tienen la culpa. Pero hay en ti un sentimiento irreprimible de protesta, de amargura. Por otro lado sabes que se ha salvado el niño que puede muy bien llegar a ser la esperanza de Israel. Cuando Él sea grande, ¿entonces qué será de Herodes y sus soldados? Quizás tu hijo no ha muerto en vano. En medio de tu angustia surge un pequeño consuelo.
Van pasando los largos años. Tu herida se cicatriza pero no se olvida. Ahora tienes otros hijos. El mayor de ellos pronto cumplirá los treinta. Ahora es cuando empiezan a llegar noticias extrañas acerca de un carpintero de Nazaret. Después de su huida habías perdido las pistas de José y María, aunque algunos decían que se había establecido en el norte, en Galilea. El carpintero tiene el mismo nombre y la misma edad que el hijo de José y María. ¿Será el mismo? Dicen de él que realiza milagros y señales poderosas, tal y como nunca llegaron a hacerlas los profetas de antaño. Dicen que en Galilea es tenido por el Mesías. Hay una gran expectación, especialmente entre las clases humildes.
Luego la tragedia otra vez. Otro Herodes, no el Grande sino Antipas, y el procurador romano han sucumbido ante las presiones de los sacerdotes y le han hecho crucificar. Han acabado con la esperanza de Israel.
Pero unos días después, de nuevo llegan las sorpresas. Noticias tan extrañas que no sabes si creerlas o responder con escepticismo. Ahora dicen que Jesús ha resucitado. Sus seguidores parecen asidos de una valentía inaudita, porque contra la orden expresa de las autoridades, van predicando por todas partes que el reino de Dios verdaderamente ha llegado con Jesús, y que Él es el Mesías, ascendido a la diestra del Padre. Su testimonio es tan convincente que miles de judíos se han bautizado en el nombre de Jesús en Jerusalén esta misma semana. ¿Será o no será?.…
¿Dónde está el consuelo divino para las madres -y los padres- de Belén? Según nuestro criterio, a veces Dios actúa lentamente. Sus respuestas a nuestras tribulaciones no siempre llegan al día siguiente. Pueden pasar muchos años antes de que sus propósitos empiecen a esclarecerse. Pero propósitos hay, sin duda alguna.
Consuelo hay también. Si somos fieles a las intenciones de Mateo en la redacción de su Evangelio, tendríamos que leer las palabras desgarradoras de 2:18 a la luz de la esperanza y consuelo de 4:16. Es así porque la estructura de estos capítulos nos lleva a la conclusión de que la última parte del capítulo 4 es la «respuesta» a la última parte del capítulo 2.
Este no es el lugar de poder profundizar en estas cuestiones estructurales, pero, brevemente, Mateo introduce a Jesucristo en el escenario de la historia de dos maneras: primero en su nacimiento (capítulos 1 y 2); segundo en el comienzo de su ministerio público (capítulos 3 y 4). Las dos partes constituyen un solo prólogo a las enseñanzas y hechos de la vida de Jesús. La primera nos trasmite la lamentable visión de Raquel «que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron». La segunda anticipa la solución de Dios a tales aflicciones:

«El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció» (4:16).

Al leer estas palabras, es posible que tú también estés pasando por momentos de aflicción y de perplejidad por no entender los propósitos de Dios ni ver en ninguna parte su consolación. Sin embargo, Dios puede traernos consuelo hoy. Él conoce nuestras tribulaciones. Quizás desde hace treinta años, como las madres de Belén, has sufrido sin poder ver ni un rayo de esperanza, ni un mínimo de propósito o explicación. Quizás hoy sea el día que Dios te traiga consuelo y comprensión, que Él quiera que sobre ti una luz resplandezca para iluminar tu pasado.
Esta luz, ahora como entonces, es la esperanza de vida eterna en Cristo Jesús.
Los hechos son los hechos. Lo pasado, pasado está, sin posibilidad de ser erradicado ni negado. La vida tiene sus sufrimientos, desilusiones, penas, incluso tragedias, fruto de las terribles dimensiones que alcanza nuestro pecado humano. Pero en medio de la oscuridad más negra, ante la tiranía más injusta, Dios nos señala a aquel Salvador que murió en una Cruz, Él mismo víctima de la tiranía, en medio de la oscuridad, a fin de que por su muerte se nos abriera la puerta de la vida eterna.
Nosotros también podemos pertenecer al remanente. De en medio de los escombros de la tragedia humana, puede brotar en nosotros una fe que nos marque como ciudadanos del pueblo de Dios, salvos por su misericordia. Dios no nos promete que, aun como pueblo salvado, no tengamos que conocer momentos de grandes tinieblas y aflicción. El camino a nuestra Tierra Prometida está sembrado de pruebas. Pero tarde o temprano nos trae su consuelo.

«Queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros» (Hebreos 6:17–18).

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación» (2a̱ Corintios 1:3–5). 

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