De Egipto Llamé A Mi Hijo

 

«Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo»

(Mateo 2:13–15).

En la mayoría de las Biblias, los editores marcan una división entre los versículos 12 y 13 del segundo capítulo del Evangelio de San Mateo. Esto tiene cierta lógica si la visita de los Magos es considerada el tema principal de la primera parte del capítulo, puesto que ellos desaparecen de la narración a partir del versículo 12.
Sin embargo, un análisis literario del capítulo nos conduce a otra clase de división. Hemos visto que en tres ocasiones distintas Mateo nos cuenta la visita del ángel a José, y en cada una emplea las mismas fórmulas para describirla: «Un ángel del Señor apareció a José en sueños, y le dijo… Y José, levantándose del sueño, obedeció al ángel. Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta». Podemos añadir que estas fórmulas están empleadas al final de cada sección.
Siendo así, la narración de la huída a Egipto se relaciona estructuralmente más bien con la visita de los Magos, y debe ser entendida como una parte integral de la lucha política entre Herodes y Cristo. La cuarta sección empezaría en el versículo 16 y trata las consecuencias sociales y humanas de esta lucha.

Tabla de Contenidos


PELIGRO DE ASESINATO

Por segunda vez el niño Jesús está en peligro. Por segunda vez interviene el ángel de Dios para avisar del peligro. Por segunda vez José obedece inmediatamente las instrucciones del ángel. Por segunda vez el peligro es evitado. Por segunda vez todo ocurre para que las Escrituras sean cumplidas.
En la primera ocasión, el peligro tenía que ver con el estigma social que habría marcado al Niño, de haber nacido de madre soltera, sin hogar, sin padre y sin protección. Al recibir a María por esposa, José no sólo obedeció al ángel y proveyó para el Niño la necesaria protección social, sino pagó el alto precio de ser objeto del chismorreo de Nazaret, al traer a su casa a una mujer embarazada.
Por cierto, el hecho de que el nacimiento tuviera lugar en Belén, y no en Nazaret, ¿no es una pequeña evidencia de la gracia de Dios y de su vindicación de la fidelidad de José? Si Jesús hubiera nacido en Nazaret, el escándalo habría sido mayor. La providencia divina que hizo que César Augusto promulgara el decreto del censo, y que José y María se trasladaran a Belén, permitió que el parto tuviera lugar lejos de las malas lenguas.
Sin embargo, el peligro que ahora amenaza al Niño es mucho más grave. Sin saberlo, los Magos han caído en un enredo, desencadenando una persecución política que acabará en una terrible matanza. Han ido directos al palacio de aquel rey paranoico, obsesionado por la seguridad de su trono y víctima de una manía persecutoria, y le han informado del nacimiento de un príncipe. Ahora él pondrá en marcha los mecanismos de violencia e intriga de su reino, a fin de eliminar a este rival.
A fin de comprender la grandeza del peligro, debemos dejar de lado los aires de la libertad democrática que tenemos el privilegrio de respirar, y situarnos en el ámbito opresivo de una tiranía, en la que no hay ningún recurso legal contra la crueldad del rey. Su sola palabra, por muy injusta, es ley. Las crueldades más terribles pueden ser practicadas impunemente.
En tales circunstancias, enfrentado con un adversario sin ningún escrúpulo moral, José necesita desesperadamente la protección divina. Y la recibe a través de la segunda visita del ángel. Después que partieron los Magos, «he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate, y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo».


RESPONSABILIDAD HUMANA Y SOBERANÍA DIVINA

Sin embargo, es importante ver la naturaleza de la protección divina y de observar las maneras en las que Dios no interviene. Nosotros quizás diríamos que, puesto a intervenir, Dios podría haber elegido un medio más eficaz. Por ejemplo, con hacer que Herodes muriera de un infarto, habría eliminado el peligro contra Jesús y a la vez salvado la vida de los inocentes. O bien, si quería que la familia sagrada bajara a Egipto, en vez de enviarles un ángel podría haberles transportado allí por un milagro. Así habría evitado todo el peligro del viaje.
Pero Dios no actuó así. Se limita a enviar un ángel. No podemos dudar de que Dios sea poderoso para tomar medidas más contundentes, pero no elige hacerlo. ¿Por qué?
No podemos dar una respuesta definitiva ni completa a esta pregunta, porque no nos es dado poder sondear las profundidades de la providencia divina, y sería una gran presunción de nuestra parte pretender hacerlo. Pero sin duda, la respuesta tendrá algo que ver con el respeto que Dios muestra hacia la personalidad del hombre y hacia la naturaleza significativa y responsable de nuestros actos.
La intervención divina en este caso no fue de tal manera que neutralizara los efectos de la personalidad de Herodes ni que representara una coacción sobre la libertad y responsabilidad de José. Creo que esto es de gran importancia para nuestra comprensión de la actuación de Dios en la vida humana.

Dios permite que se desarrollen las consecuencias de las acciones de los hombres, aun de un hombre tan maligno como Herodes.

Los niños de Belén mueren como resultado del pecado de Herodes, y Dios no interviene para impedirlo. Esto no es evidencia de la impotencia divina sino de la grandeza de la responsabilidad que Dios ha concedido al hombre.
Si Dios interviniera para anular las consecuencias de nuestros actos negativos, dejaríamos de ser hombres creados a imagen de Dios, significativos y responsables. Finalmente sería un atentanto contra aquella dignidad humana que Él mismo nos ha concedido. Nos convertiríamos en animales, títeres, robots o máquinas manipuladas y controladas por Dios, sin capacidad para tomar decisiones significativas ni de asumir la responsabilidad de nuestros actos.
Además ¿dónde tendría Dios que poner el límite de su intervención? Nosotros en seguida opinamos que Herodes, o Hitler o Stalin, son ejemplos muy claros y que Dios tendría que haber impedido su maldad. Pero nos olvidamos que todos llevamos dentro de nosotros semillas de la misma maldad que floreció en aquellos tiranos. Si Dios empezara a intervenir para cortar toda injusticia, acabaría destruyéndonos a todos. Y efectivamente Él ha dicho que un día acabará de una vez con todo pecador. Mientras tanto, si Él demora el día del juicio, no es por indiferencia ante la maldad humana, sino porque, en su misericordia, nos concede un período de reflexión, una oportunidad de arrepentimos y encontrar salvación en el Señor Jesucristo. No podemos esperar, pues, que Dios vaya a intervenir para salvarnos de todas las consecuencias negativas de la maldad de los hombres, ni de las nuestras propias. Somos seres humanos. Y una parte esencial de nuestra humanidad es que cosechamos las consecuencias de lo que sembramos.

la intervención divina no es de tal orden que neutralice aquella fe y obediencia que necesitamos ejercer a fin de crecer en madurez espiritual

Por otro lado, en el caso del creyente la intervención divina no es de tal orden que neutralice aquella fe y obediencia que necesitamos ejercer a fin de crecer en madurez espiritual. Así pues, aquí Dios no interviene de tal manera que su intervención sea el sustituto de la responsabilidad humana de José, sino para estimularla.
Por supuesto, sería una especulación inútil intentar decidir lo que habría ocurrido si José no hubiera obedecido la voz del ángel. Pero el solo hecho de poder plantearnos esta posibilidad indica el tremendo significado de la responsabilidad de José en la infancia de Jesús. Dios nos trata como seres responsables y significativos. Estos capítulos de Mateo están llenos de intervenciones divinas. Pero también lo están de responsabilidades humanas. Una cosa no elimina la otra. En realidad en aquel momento el destino de toda la humanidad dependía de la fidelidad de José.
La historia de la Navidad da sobradas evidencias del hecho de que Dios sujeta en sus manos las riendas de la historia humana. Pero la soberanía y control divino sobre la historia no constituyen una simple manipulación. No se realizan en la superficie de los hechos sino a niveles que se escapan a nuestro análisis. Aun en el caso de los creyentes, Dios no interfiere con nuestra personalidad de tal manera que nos obligue a actuar como robots en el cumplimiento de sus propósitos. No. La actuación «sobrenatural» de Dios en nuestras vidas es sorprendentemente «natural». Su soberanía, repito, respeta nuestra humanidad. No atenta contra ella.

Dios interviene, pues, en la historia narrada en estos versículos.

Interviene poderosa y milagrosamente, a través del ángel. Pero no interviene para neutralizar la actuación humana de Herodes, ni para sustituirla responsabilidad humana de José. Sobre José recayó el deber de corresponder con fe y obediencia a la intervención divina, y la posibilidad de reaccionar con incredulidad y desobediencia. José podría haberse despertado del sueño y decidido que lo que había visto y oído era demasiado extravagante y difícil como para obedecerlo. La libertad y la responsabilidad humanas entran en acción aquí. No son eliminadas por la soberanía de Dios.
Es cierto, por lo tanto, que la suerte del Niño Jesús dependía de la intervención de Dios. Pero es igualmente cierto que dependía de la fe y obediencia humanas. Notemos bien que la soberanía divina y la responsabilidad humana no eran dos opciones alternativas: las dos eran necesarias. El hecho de la protección divina no descarta la necesidad de la obediencia humana; por otra parte la responsabilidad humana nunca bastaría en sí. Depende totalmente de la soberanía divina.

Esta complementariedad es algo que necesitamos aprender y poner por obra en nuestra propia vida.

No debemos esperar que Dios intervenga para solucionar todos nuestros problemas al margen de nuestra responsabilidad humana. Él es poderoso para hacerlo. Pero no suele hacerlo porque su intención no es la de mermar nuestra responsabilidad humana sino cultivarla. No intervendrá para salvarnos por medio de acciones que en el fondo destruirían nuestra plena humanidad. Al crecer en la vida cristiana podemos esperar encontrarnos más bien en situaciones que vayan a extender el horizonte de nuestra responsabilidad. Habremos de obedecer la Palabra de Dios en circunstancias difíciles y costosas. Pero por mucho que nosotros tengamos que asumir la responsabilidad de ciertas decisiones y acciones, estamos muy lejos de cuestionar nuestra plena dependencia de la protección y soberanía de Dios. Si Dios no nos rodeara de su poder salvador, nunca llegaríamos al final del camino.
La vida de fe sigue como línea intermedia entre dos extremos igualmente erróneos. Uno es la autosuficiencia humana: creer que yo me basto para mí mismo; confundir la responsabilidad humana con la autonomía; dejar de depender humildemente de Dios. El otro es aquella parálisis que procede de una comprensión errónea de la soberanía de Dios: creer que, porque Dios es soberano, luego no soy responsable ni tampoco importa si no respondo con fe y obediencia ante la Palabra de Dios.


LA OBEDIENCIA DE JOSÉ

Es cuando llegamos a comprender el peso específico de la responsabilidad humana en esta historia, que vemos la gran valentía y las maravillosas cualidades humanas de José.
En realidad sabemos muy poco de su vida. Los evangelistas no tienen gran interés en contarnos sus atributos personales. Ni siquiera Mateo (quien, como hemos visto, nos narra la Navidad desde el punto de vista de José) nos cuenta mucho acerca de él. Sólo nos habla de tres ocasiones decisivas de su vida.
Vienen momentos en la vida de todos nosotros que son cruciales en nuestro desarrollo espiritual, momentos en los cuales somos «probados» por Dios. Nos obligan a responder de una manera u otra, a poner de manifiesto el estado real de nuestra confianza en el Señor y nuestra disposición de servirle y obedecerle. No necesariamente son decisiones trascedentes; pueden ser cuestiones relativamente secundarias. Pero según cómo respondemos, determinamos el progreso o el estancamiento de nuestra vida espiritual en el futuro. Son momentos que exigen la afirmación de nuestra fe, la renovación de nuestro compromiso con el Señor.Cuando estos momentos llegaron en el caso de José, él respondió con una sencilla e inmediata obediencia.

La obediencia no es la más popular de las virtudes hoy en día.

Puesto que admiramos la independencia, la iniciativa y el individualismo, la obediencia es percibida como síntoma de debilidad y servilismo. Fácilmente olvidamos que la obediencia, en determinadas circunstancias, es algo sumamente difícil y costoso. Lo débil es desobedecer. La obeciendia puede exigir una afirmación de autenticidad personal y una valentía enorme.
Habitualmente es así cuando se trata de la obediencia a la voz de Dios, porque Dios casi siempre nos llama a nadar contra corriente. Es por esto que las Escrituras conceden tanta importancia a la obediencia. En el Antiguo Testamento Dios da preferencia a la obediencia por encima de todo rito y sacrificio de la ley (1o̱ Samuel 15:22). En el Nuevo Testamento, Cristo añade que la obediencia es la verdadera medida de nuestro amor hacia Él (Juan 14:15, 21).
Si analizamos bien algunas de las grandes historias de la Biblia, descubrimos que la fe y la obediencia son inseparables. No puede haber fe allí donde falta la obediencia. A fin de cuentas ¿fue por fe o por obediencia que José se levantó del sueño y llevó al Niño y a María a Egipto? ¿No fue por las dos cosas a la vez?

La obediencia, pues, es evidencia de fe, de amor, y de una actitud correcta hacia la autoridad de Dios en nuestras vidas.

No puede haber sucedáneo de la obediencia en la vida cristiana. Su ausencia no puede quedar compensada ni por la devoción, ni por la práctica religiosa, ni por expresiones verbales de amor y fe, porque todas estas cosas sin obediencia no son más que palabras vacías. La obediencia es pieza fundamental en el conjunto de la fe.
Y la obediencia es la gran característica de José. No se nos habla en su caso de grandes iniciativas humanas ni de la profundidad de su comprensión espiritual, ni de su práctica religiosa. Pero Mateo sí nos habla de una obediencia absoluta e inmediata en los tres momentos de su vida cuando su fe fue puesta a prueba.
En el caso que estamos considerando, abandonó la seguridad de su nuevo hogar en Belén para emprender un viaje largo y peligroso a un país extranjero, cargando sobre sí el peso de la responsabilidad de cuidar a una mujer y un niño en el camino por una tierra desierta, y de establecerse en un territorio desconocido. Obedece inmediatamente, cuando aún es de noche (v. 14).

Fue una decisión valiente, a la medida de la salida de Ur del gran antepasado de José, Abraham.

Y la tomó por obediencia a la voz de Dios recibida en visiones, cuando habría sido muy fácil (y según la opinión del mundo, muy sensato) descartarla por inviable y superticiosa. Sólo un hombre que ama más la Palabra de Dios que la opinión «equilibrada» del mundo, sería capaz de entregarse con una obediencia tan incondicional. ¿Cuántos de nosotros no habríamos discutido con el mensajero divino antes de obedecer?
José es ejemplo para nosotros de aquella sencillez obediente que necesitamos si vamos a ser fieles a la voz de Dios a pesar de los prejuicios sociales y los peligros políticos. No es de sorprender que Dios eligiera a tal hombre, aunque fuera sólo un carpintero, para ser el protector de su Hijo.

«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes»

(vs. 14–15a).


LA RAZÓN DE LA HUIDA A EGIPTO

¿Por qué, pues, tuvo la sagrada familia que huir a Egipto? De Egipto Llamé A Mi Hijo

Quizás alguien diga: ¿Cómo plantear esta pregunta a estas alturas? Si la respuesta es muy clara y lo has dicho desde el principio. Tuvieron que huir por razones políticas, porque Herodes quería matar a Jesús.
Esta respuesta es obvia y es cierta, pero no es completa. Hubo otra razón que Mateo ahora nos revela (v. 15), escondida en los propósitos de Dios. Era necesario que Jesús bajara a Egipto para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo (v. 15).
Aquí, sin embargo, se nos presenta una dificultad. Las palabras proféticas en cuestión proceden de Oseas 11:1. Pero si nos volvemos al contexto original de la cita vemos que la referencia no tiene que ver con el Mesías. Oseas está hablando del pueblo de Israel.

Oseas fue aquel profeta que debía quejarse ante Israel en nombre de Dios, protestando por la infidelidad del pueblo y su «fornicación» tras los ídolos paganos.

No sólo debía quejarse verbalmente; también había de casarse con una mujer promiscua e infiel, Gomer, para que las desgracias de su propio matrimonio sirviesen de ilustración de la relación entre Israel y Dios. Pues bien, en medio de sus denuncias, Oseas recuerda al pueblo en qué condiciones se encontraba Israel cuando Dios le tomó por «esposa» y lo constituyó como nación: no era ya una potencia importante con una cultura hermosa y un ejército poderoso. Al contrario, se encontraba hundido en la miseria, pobreza e indignidad de la esclavitud, oprimido por la tiranía de Egipto. No había ningún atractivo en Israel para que Dios lo eligiera. Era el pueblo más insignificante y miserable. Y, sin embargo, Dios lo eligió. «De Egipto llamé a mi hijo».

Observamos de paso que lo sorprendente de estas palabras de Oseas es que digan «hijo».

Dado el contexto habríamos esperado que el Señor dijera «De Egipto llamé a mi esposa». Pero naturalmente ¡en tal caso estas palabras no podrían haberse cumplido en Jesucristo!
Lo claro de esta cita, entendida en su contexto original, es que se refiere a Israel y no al Mesías. Esto ha conducido a que algunos comentaristas salten a conclusiones erróneas. ¡Ves! -dicen- aquí tenemos un ejemplo claro de lo que no debemos hacer nunca: sacar un texto de su contexto y citarlo con un sentido distorsionado a fin de establecer nuestro argumento con «pruebas» espúreas. Así acusan a Mateo de haber practicado un engaño barato a fin de sostener una tesis cuestionable.
Sin embargo, el problema no está con el rigor exegético de Mateo, sino con el entendimiento superficial de estos comentaristas. ¡Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso! Cuanto más yo estudio el Evangelio de San Mateo, tanto más admiro el rigor y la veracidad del autor y su profunda comprensión del Antiguo Testamento. Aquí no pretende engañarnos (tal engaño habría sido absurdo ya que sus primeros lectores seguramente conocían bien la profecía de Oseas). Más bien quiere abrimos los ojos ante los patrones constantes que subyacen la actuación redentora de Dios a lo largo de la historia. Veamos.
Cuando Mateo afirma que Jesús «cumple» estas palabras del profeta, no necesariamente quiere decir que el profeta haya pensado en el Mesías al pronunciarlas. Hay al menos dos acepciones de la palabra «cumplir» en el Nuevo Testamento. A veces la referencia es a una cita explícitamente profética, en la que el profeta pronostica un acontecimiento antes de que ocurra. El acontecimiento, cuando llega, por supuesto es el cumplimiento de la profecía. Tal es el caso del versículo 6 de nuestro capítulo: los Magos llegan a Jerusalén preguntando por el lugar de nacimiento del nuevo rey; los escribas descubren en Miqueas un texto profético que indica que el Mesías ha de nacer en Belén; y esta profecía de Miqueas es «cumplida» en el nacimiento de Jesús. Este es el sentido que nosotros damos habitualmente a la idea de «cumplimiento».

Sin embargo, no es el único sentido bíblico.

También puede referirse a la repetición de ciertos patrones a lo largo de la revelación bíblica, o a acontecimientos históricos del Antiguo Testamento que se convierten en ilustraciones de realidades espirituales en el Nuevo («tipos» y «alegorías» son otras tantas palabras bíblicas para referirse a estos cumplimientos). Por ejemplo, la liberación del pueblo de Cristo de sus esclavitudes morales queda ilustrada en el Antiguo Testamento por la liberación de Israel de su esclavitud en Egipto. El Éxodo se convierte en alegoría de la salvación. La redención por Jesucristo constituye el pleno «cumplimiento» del Éxodo. Y, sin embargo, no hay ningún texto profético en el libro de Éxodo que diga: en un día futuro la salida de Egipto ha de ser «cumplida» en la redención de la iglesia.
Esto no obstante, si en torno a la crucifixión de Jesús Mateo hubiese dicho: Todo esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el Señor: Veré la sangre y pasaré de vosotros (Éxodo 12:13); habría tenido toda la razón.
Cuando Juan el Bautista ve a Jesucristo, proclama: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Lo que quiere decir es que Jesús es el verdadero Cordero provisto por Dios para que, por medio de su sacrificio expiatorio en la Cruz, pueda justificar al pecador y eliminar la barrera de culpabilidad que separa el hombre de Dios. Es en este sentido que Jesús es el «cumplimiento» de los sacrificios animales descritos en el libro de Levítico. Y, sin embargo, en todo Levítico no hay ningún texto profético que explícitamente diga que los sacrificios tengan que recibir su cumplimiento en Jesucristo.

Es con esta segunda acepción de «cumplir» que Mateo afirma que Jesús cumple las palabras de Oseas. En absoluto quiere decir que Oseas haya hablado conscientemente del Mesías. No. Mateo está diciendo algo mucho más profundo. Si las palabras de Ose as pueden ser aplicadas a Jesús, es porque Él es el verdadero Hijo de Dios, el verdadero Israel, del cual el pueblo que salió de Egipto no es sino un anticipo o ilustración.
Israel fue constituido como nación, como «pueblo de Dios», al salir de Egipto. Jesús vino para buscar discípulos que fueran un auténtico «pueblo de Dios», «un linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1a̱ Pedro 2:9), el «Israel de Dios» (Gálatas 6:16). ¡Qué apropiado, pues, que Jesús mismo, capitán y primicia de ese pueblo, saliera de Egipto!
Jesús es el cumplimiento perfecto de todo lo que Dios tenía en mente al formar el pueblo de Israel, pero que éste no llegó a realizar por su pecado e incredulidad. Jesús es el verdadero Israel, aquella «simiente de Abraham» en la que todas las promesas hechas a los padres encuentran su realización. Y porque Jesús es el «cumplimiento» de Israel, se le pueden aplicar correctamente palabras cuyo sujeto incial es Israel.

El que vino para romper nuestras cadenas salió Él mismo de aquel país que simboliza la esclavitud.

Él que vino para acabar con nuestra alienación y conducimos a nuestra verdadera patria, había de comenzar su vida en humillación como forastero y exiliado. Y luego viajar con sus padres ala Tierra Prometida.
Por lo tanto Mateo descubre en el hecho de la bajada de la familia sagrada a Egipto un paralelismo histórico de indudable significado espiritual. Jesús está repitiendo -«cumpliendo»- la experiencia de Israel. Pero la similitud entre la experiencia de Jesús e Israel no acaba aquí. Mateo seguirá indicándonos otras «coincidencias».
-Israel salió de Egipto a continuación de una matanza de niños judíos por parte de Faraón.

Jesús sale de Egipto a continuación de una matanza de niños judíos por parte de Herodes (Mateo 2:16–23).

-Nada más salir de Egipto, Israel tiene que afrontar y cruzar el Mar Rojo, símbolo del bautismo según el apóstol Pablo (1a̱ Corintios 10:1–2). En la narración de Mateo, el primer evento de importancia en la vida de Jesús, después de la salida de Egipto, es su bautismo por Juan el Bautista (Mateo 3:1–17).
– Después del Mar Rojo, Israel tuvo que cruzar el desierto y estuvo en él durante cuarenta años. Nada más bautizarse, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, donde permaneció durante cuarenta días y cuarenta noches (Mateo 4:1–2).
-Para Israel el desierto era un lugar de tentaciones y pruebas, en el que repetidamente el pueblo caía en pecado y se resistía a la voluntad del Señor. Para Jesús el desierto también fue un lugar de tentaciones, pero con esta diferencia: que Él repetidamente resistió al diablo y se sometió a la voluntad de Dios.
-Y para que no perdamos de vista el carácter trascendental de esta última «coincidencia», Mateo nos recuerda que los textos que Jesús citó al diablo, cuando refutaba sus tentaciones, procedían precisamente del libro de Deuteronomio (Mateo 4:4, 7, 10; Deuteronomio 8:3; 6:16, 13), ¡de las lecciones que Dios quería enseñar a Israel en el desierto!
El hecho de que Jesús fuera rechazado y perseguido por «toda Jerusalén» y tuviera que huir a Egipto, podría, a primera vista, parecer descalificarle como candidato viable para Mesías. Lejos de esto -nos dice Mateo- en todos estos detalles de su vida se están cumpliendo las Escrituras, en el sentido de que por ellos Jesús revive la experiencia del primer Israel y demuestra ser el nuevo Israel. ¿Qué mejor evidencia podríamos tener de su mesiazgo?
Pero ¡un momento! ¿Qué estamos diciendo? ¿No hemos dicho que Jesús tuvo que huir a Egipto por una persecución política y que Dios no intervino para salvarle de tal manera que impidiera la libre actuación de Herodes y sus nefastas consecuencias?
Efectivamente.
¿Y no hemos establecido que la intervención de Dios en la historia no es una manipulación que destruya nuestra hum anidad, ni nos trata como robots, sino como seres responsables y significativos?
Así es.

Pero ahora estamos diciendo que era necesario que Jesús bajara a Egipto, que esto entraba plenamente dentro de los propósitos de Dios, que Jesús tenía que «cumplir» el precedente establecido en el Éxodo; como si Dios estuviese controlando la situación desde el principio, sabiendo de antemano, y planeando de antemano, que la actuación criminal de Herodes sirviera para promover sus propósitos divínos; como si la misma maldad responsable de Herodes no fuera más que una pieza en el complejo rompecabezas dirigido por Dios siglos antes.
Y así es. No puedo explicarlo. Creo que este nivel de la soberanía divina se escapa de nuestra comprensión. Pero vez tras vez, en nuestra experiencia cristiana, descubrimos que cuando más parecía que se estaban cumpliendo los designios del diablo, cuando la maldad responsable y culpable de los hombres aparentemente tenía rienda suelta, y cuando Dios no parecía intervenir para impedírselo, Dios ha utilizado todo para avanzar sus propios propósitos de bien y salvación.

Aquí el mismo Mesías, Dios mismo en forma humana, tiene que huir para salvar la vida, y Dios Padre permite que esto ocurra.

Las fuerzas del mal aparentemente se ríen de Dios. Parece que actúan impunemente. Pero ¿quién se está riendo de quién? Herodes, el agente de Satanás, contribuye a que las Escrituras se cumplan.
El hombre actúa. Actúa libremente y con responsabilidad. Cosecha las consecuencias, buenas o malas, de sus actuaciones. Reconoce su responsabilidad y, cuando sus acciones son malas, debe reconocer su culpabilidad. Pero después descubre, con sorpresa, que a un nivel profundo, que él mismo no llega a alcanzar, Dios ha estado actuando en medio de aquellas acciones. Ni por un momento Dios ha dejado de sujetar en sus manos las riendas de la historia.


DE EGIPTO LLAMÉ A MI HIJO

Dios no ha dejado de llamar de Egipto a sus hijos. El arquetipo sigue vigente. El patrón queda establecido desde tiempos del Éxodo. Todo aquel que pretende ser un hijo de Dios tiene que «cumplir» este requisito, porque Dios siempre llama a sus hijos de Egipto.
Egipto simboliza algo. Representa la miseria y la esclavitud de la condición humana. Todo ser humano pertenece espiritualmente a Egipto. Tiene que salir de él si quiere pertenecer al pueblo de Dios. Pero si Dios no actúa para nuestra salvación, no hay salida.

¿Qué es ser cristiano?

Es haber sido llamado de Egipto por Dios. Es haber visto de lejos, en medio de nuestra miseria humana, una luz de esperanza; es haber escuchado el llamamiento del Evangelio; es haber abrazado la promesa divina de una Tierra Prometida; habernos levantado en obediencia a la Palabra de Dios, dejando atrás casa y patria, a fin de seguir el llamamiento divino y unirnos al pueblo de Dios; es emprender el viaje por el desierto contando todo lo demás como pérdida con tal de ganar el reino de Dios.
Algunos, que creen que han salido de Egipto, sin embargo se quejan de su situación en el desierto y añoran los ajos y las cebollas de sus años de esclavitud. Puede que se reúnan con el pueblo de Dios el domingo por la mañana pero su espíritu aún está en Egipto.
A todos nosotros en algún momento nos llega el mensajero divino. Levántate del sueño -nos dice- no demores; el asunto es de vida o muerte; apresúrate a salir de viaje. El llamamiento de Dios siempre ha sido así, desde el primer llamamiento de Abraham, el padre de la fe y del verdadero Israel (Romanos 4:11–12, 16–17):

«Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré… y te bendeciré»

(Génesis 12:1–2).

Dios nos trata como seres responsables en su llamada.

No nos obliga. No nos transporta por magia mientras dormimos. Respeta nuestra humanidad. Su intervención es tal que ha hecho todo lo necesario para que podamos escapar de nuestra esclavitud, si así lo deseamos. Pero no ejerce coacción sobre nosotros (lo cual sería sujetarnos a otra esclavitud). Su llamamiento nos llega a través del Evangelio, pero nos corresponde a nosotros reaccionar. Somos seres responsables y significativos. Podemos dar media vuelta en la cama y volver a dormirnos; o podemos obedecer la voz del ángel. En ese caso, con la obediencia sencilla de José, nos levantaremos y saldremos por fe hacia el desierto, hacia un país desconocido, pero confiados de que Aquel que nos ha llamado es capaz de guardarnos en el viaje y traernos a su reino eterno. Si hoy has escuchado su voz, no vaciles; levántate y obedécele.

 

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