TODO SOBRE LA MUERTE [ 2022]

DOS MUJERES MIRANDO UNA FOTO DE UNA PERSONA FALLECIDA . TODO SOBRE LA MUERTE

Tabla de contenidos

EL HECHO Y EL SIGNIFICADO DE LA MUERTE HUMANA

TODO SOBRE LA MUERTE
  • ¿Cuál es el concepto bíblico del lugar de la muerte en el mundo?
  • ¿Simplemente cómo y por qué mueren los seres humanos?
  • ¿De qué manera Dios y Satanás se hallan conectados con este evento aparentemente inevitable?
  • ¿Es la muerte un enemigo o un amigo?

TODO SOBRE LA MUERTE: ARTíCULO PDF

Tomado de:

La fe una vez dada por Jack Cottrell.

Una traducción al español del libro publicado originalmente por College Press Publishing Company, Joplin, Missouri bajo el título: The Faith Once for All Derechos reservados 2002, College Press Publishing Company.


Traducción: Dennis O’Shee y Dale Meade.
Redacción: Bob y Mary Marsh, Guillermo Menjivar, Ralph y Cindy Shead.
Revisión: Rafael Gasca; Guillermo Crandall y su equipo de estudiantes.
Formateo: Cindy Shead.

 

La muerte humana

Pierre Maury ha dicho que la antropología cristiana, o el estudio cristiano del hombre, “es esencialmente una consideración de la muerte y de las razones de ella”. No sólo deberíamos concordar con esta observación, sino que deberíamos también ampliar su enfoque, diciendo que todo el estudio cristiano del pecado y la salvación es una consideración de la muerte y su remedio.

Nos concentraremos especialmente en el hecho y el significado de la muerte humana. ¿Cuál es el concepto bíblico del lugar de la muerte en el mundo? ¿Simplemente cómo y por qué mueren los seres humanos? ¿De qué manera Dios y Satanás se hallan conectados con este evento aparentemente inevitable? ¿Es la muerte un enemigo o un amigo?

La esencia de la muerte

La muerte literal puede ser definida solamente en términos negativos con relación a la vida. Un diccionario define “muerto” como “ya no vivo, privado de vida, no dotado de vida”. “Morir” es “dejar de vivir”; la “muerte” es “el fin de la vida, la ausencia de vida”. Algunos materiales (p.ej., plásticos, minerales, piedras) carecen de vida; pero esto es irrelevante porque, para empezar, ellos nunca tuvieron vida, y nunca fueron diseñados para tenerla, de manera que usualmente no nos referimos a ellos como a algo “muerto”.

La esencia misma de la muerte implica así que el estado normal es la vida, es decir, que el estado normal y original de cualquier cosa muerta es su estado previo de vida. En la naturaleza nada procede de muerte a vida; las cosas muertas siempre comienzan como cosas vivas, y no viceversa. La vida proviene de otra vida, y las cosas vivas mueren. De modo que la vida es la norma; y la muerte es la ausencia de vida, la remoción del principio de vida, la separación de la fuente de vida.

Está claro que el hombre fue destinado a estar vivo. El Dios vivo hizo al hombre un “ser viviente” (Génesis 2:7) con la intención que él viviera para siempre en comunión con su Hacedor. Pero cuando entró el pecado, también entró la muerte (Génesis 2:17; Romanos 5:12), y el hombre la criatura que vive llegó a ser el hombre, la criatura que muere. Y esto sucede porque el pecado separa a la criatura de Dios (Isaías 59:2a).

Esta separación ocurre porque el pecado por su misma naturaleza es lo opuesto a Dios, la contradicción misma de su propia esencia moralmente pura y santa (Salmo 5:4–6; Isaías 6:3–5; Habacuc 1:12–13; 1 Pedro 1:15–16). De manera que el pecado por su naturaleza misma involucra e incluso requiere una separación de Dios. El pecador le da la espalda a Dios, y Dios vuelve su rostro del pecador (Isaías 59:2b; 64:7). Por eso, el pecador llega a estar muerto dado que es separado de la única fuente verdadera de vida, el único que “tiene vida en sí mismo” (Juan 5:26). El pecador es “ajeno de la vida de Dios” (Efesios 4:18).

Los aspectos de la muerte

En la Biblia la terminología referente a la muerte se usa en varios sentidos. Algunas veces el evento al que se hace referencia es un aspecto positivo de nuestra salvación, p.ej., morir con Cristo (Romanos 6:4, 7–8; Colosenses 2:20; 3:3) y morir al pecado (Romanos 6:2, 11; ver 8:13). Más frecuentemente, sin embargo, los términos relevantes se refieren a la maldición de la muerte que por nuestros pecados hemos traído sobre nosotros. Esta maldición de la muerte asume tres formas: espiritual, física, y eterna.

La muerte espiritual es llamada “espiritual” porque afecta primariamente el alma o espíritu de un pecador. En realidad, se refiere a lo mismo que la segunda parte del “problema doble” tratado en el capítulo anterior.

Es el estado de pecaminosidad o depravación que penetra la naturaleza de un pecador como una enfermedad. El pecador está “muerto” en sus delitos y pecados (Efesios 2:1, 5; Colosenses 2:13). Al hijo pródigo, en la etapa caída de su vida, se lo describe como muerto (Lucas 15:24, 32); una viuda hedonista “viviendo está muerta” (1 Timoteo 5:6; ver Apocalipsis 3:1).

Cuando Pablo entró en la edad de la responsabilidad, él dice, “el pecado revivió, y yo morí” (Romanos 7:9). “El ocuparse de la carne es muerte” (Romanos 8:6). La conversión es pasar de un estado de muerte a un estado de vida (1 Juan 3:14).

Esta depravación espiritual es verdaderamente un estado de muerte porque un pecador llega a estar separado de la fuente de vida, que es Dios mismo (Isaías 59:2; Efesios 4:18). La vida espiritual del pecador desaparece; él ha perdido su energía y poder espiritual; la descomposición se ha iniciado.

Él se ha alienado de Dios, y es indiferente hacia Dios, teniendo una conciencia cauterizada que carece de sentimiento y sensibilidad (1 Timoteo 4:2). Leon Morris señala que Romanos 8:6 no dice solamente que la mente carnal está destinada a la muerte o merece la muerte; más bien, es muerte. Y en el versículo siguiente esto se iguala con enemistad u hostilidad contra Dios, “lo que parece presentar la esencia de la muerte como enemistad con Dios” que es “el verdadero horror de la muerte”.

La segunda forma de la muerte es aquella con la que todos estamos familiarizados, a saber, la muerte física. El hombre ha sido destinado a ser una unidad de cuerpo y espíritu. Mientras los dos permanecen unidos, el cuerpo está vivo. La presencia del espíritu de alguna manera está ligada a la vida del cuerpo; Santiago 2:26 dice, “el cuerpo sin espíritu está muerto”. La muerte física ocurre cuando el espíritu deja el cuerpo (ver Juan 19:30).

Sin embargo, hay un sentido en que el cuerpo ya está muerto, incluso antes de su decisiva separación del espíritu. “El cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado” (tiempo presente), dice Pablo (Romanos 8:10). Esto puede referirse a la muerte espiritual que penetra el cuerpo como resultado del pecado que habita en él (Romanos 7:17–18, 23). Es decir, el cuerpo se encuentra tan asido por el poder del pecado que puede ser llamado un “cuerpo de muerte” (Romanos 7:24) en un sentido espiritual de la palabra. Sin embargo, más obviamente, Romanos 8:10 se refiere a la muerte física de la que el cuerpo ya es un prisionero. Aunque está actualmente vivo, ya está sujeto a la muerte, golpeado por la muerte, bajo la maldición de la muerte, destinado a morir. Ya está experimentando los presagios de la muerte en forma de una multitud de enfermedades, deformidades, debilidades, dolores y ataques.

El tercer aspecto de la maldición de la muerte sigue al juicio final. Es llamada muerte eterna porque adopta la forma del castigo eterno en el infierno. Ser lanzado al “lago de fuego y azufre” es “la muerte segunda” (Apocalipsis 20:14–15; 21:8).

Morris (Wages [La Paga], 18–19) incluye esta segunda muerte eterna en la expresión “dos veces muertos” o “doblemente muertos” en Judas 12, puesto que Judas 13 parece igualarlo con “la oscuridad de las tinieblas” que ha sido reservada para los malvados. Aquellos que están eternamente perdidos experimentarán esta muerte tanto en sus espíritus pecaminosos como en sus cuerpos pecaminosos reconstituidos no redimidos (Mateo 10:28).

En el estado final los malvados experimentarán la verdadera esencia de la muerte en su máxima intensidad, es decir, una separación eterna e irreversible de Dios y, por lo tanto, una ausencia absoluta de vida y esperanza. “Apartaos de mí” estarán entre las palabras finales que ellos escucharán del Juez (Mateo 7:23; 25:41). Ellos pasarán la eternidad “excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:9). No tendrán parte en “la santa ciudad, la nueva Jerusalén”, donde Dios mismo morará entre los redimidos (Apocalipsis 21:1–3, 27).

Cuando el enfoque global de la muerte — espiritual, física, y eterna — es entendido de esta manera, podemos ver fácilmente, como dice L. Morris (Wages [La Paga], 20), que “la muerte no es solamente un evento; es un estado, el ámbito en el que el mal tiene su dominio, y los pecadores están, y deben estar, dentro de este ámbito con todo lo que eso significa, hasta que ellos sean redimidos de ella”. Por supuesto, “si un hombre continúa en pecado, él continúa en muerte” — para siempre.

Puesto que la muerte espiritual fue tratada más completamente en el capítulo anterior, y puesto que la muerte eterna será tratada más adelante en la sección de escatología, el resto de este capítulo tratará solamente de la muerte física, con excepción de unas pocas referencias en la sección siguiente.

La fuente de la muerte

“¿Por qué muere la gente?”     

dos mujeres en el cementerio

Esta pregunta envuelve, en realidad, dos preguntas. Una es acerca de la muerte como tal: ¿por qué existe, para empezar, tal cosa como la muerte física? Es decir, ¿por qué muere aun una persona? La otra pregunta es acerca de la muerte de individuos específicos: ¿por qué esta persona murió de esta manera particular en este momento particular? Es importante considerar que estas dos preguntas no pueden responderse de la misma manera.

Al responder estas preguntas debemos proceder en dos etapas. Primero, debemos decidir si la muerte es un fenómeno natural, o si de alguna manera es un producto no natural del pecado. Segundo, si esto último es el caso, debemos entonces decidir si la muerte es una consecuencia natural del pecado, o si es una sentencia judicial deliberada pronunciada por Dios sobre los pecadores.

La muerte es el resultado del pecado

Un concepto de la fuente de la muerte — probablemente la más común — es que la humanidad es una parte del orden natural, de la misma manera que todo lo demás lo es; por lo tanto, la muerte simplemente debe ser tan natural para los seres humanos como lo es para todas las otras criaturas vivientes.

Esto es parte del legado del caballo de Troya de la teoría evolutiva naturalista: la vida humana evolucionó a través del mismo proceso que cualquier otro tipo de vida; por lo tanto, la muerte humana es tan normal como la muerte de un insecto o la muerte de un elefante. Como lo expresa Kubler-Ross: “La muerte siempre ha estado y siempre estará con nosotros. Es parte integral de la existencia humana”.

Muchas personas dentro de la comunidad cristiana, influidas algunas veces por la teoría evolutiva, han hablado también de la muerte como si fuera el fin natural y normal de la vida humana. El teólogo cristiano liberal Paul Tillich dice que “el hombre es naturalmente mortal”. El “proviene del polvo y regresa al polvo” en su “finitud natural”. “El pecado no produce muerte”, pero nos produce una ansiedad innatural acerca de ella. El escritor del Movimiento de Restauración J. S. Lamar declaró que el hombre fue creado originalmente mortal (es decir, destinado a morir), y que la única muerte que resulta del pecado era la muerte espiritual (100–101). Un bien conocido predicador de la actualidad, comentando sobre la muerte como la paga del pecado (Romanos 6:23), declaró que esto debe referirse a la muerte espiritual y no a la muerte física, puesto que “incluso los más santos de Dios mueren”.

Un conferencista en la Convención Cristiana Norteamericana de 1976 dijo:

“La muerte no está relacionada con el pecado, sino que es una parte del orden creado desde el principio”. Un artículo en la Christian Standard (Estandarte cristiana) declara que “la muerte nos pertenece como una parte natural de la existencia. La muerte es tan natural como el nacimiento”.

Decir que la muerte es “una parte natural de la existencia” se aplica a las plantas y animales; no hay base bíblica para la idea de que la muerte animal es el resultado del pecado de Adán. Pero aplicar esto a los seres humanos es un grave error; ignora la clara enseñanza bíblica de que la muerte humana, incluyendo la muerte física, es el resultado del pecado.

La conexión entre el pecado y la muerte se establece en muchos lugares en la Escritura, comenzando con Génesis 2:17, cuando se le advirtió a Adán que, si desobedecía el mandamiento de Dios, ciertamente moriría (ver Génesis 3:19). “El alma que pecare, esa morirá”, dice Ezequiel 18:20 (ver v. 26). En Romanos 1:32 Pablo dice que quienes practican el pecado son “dignos de muerte”. También declara que la muerte es la paga del pecado, y que “el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado” (Romanos 6:23; 8:10).

Santiago 1:15 describe el proceso del pecado hasta llegar a la muerte de la siguiente manera: “Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Romanos 5:12 explica que la muerte entró en el mundo y alcanzó a todos los hombres a través de uno solo, Adán. Es decir, los individuos no mueren necesariamente debido a su propio pecado; es una maldición sobre la raza entera. De modo que incluso cuando los infantes y los santos mueren, es el resultado del pecado.

Es obvio, entonces, que la muerte humana no es un fenómeno natural sino el resultado del pecado. En último análisis no hay tal cosa como la muerte “por causas naturales”. ¿Pero cómo sabemos que los pasajes que conectan la muerte con el pecado están hablando (por lo menos) acerca de la muerte física? Concedemos que probablemente otros aspectos de la muerte pueden estar siendo considerados en algunos de ellos, pero es imposible decir que estos textos no pretenden incluir también la muerte física. Por ejemplo, en Génesis 2:17 el castigo por la desobediencia es la muerte; y cuando este castigo se establece en 3:19, la única clase de muerte mencionada es la muerte física (regresando al polvo).

Una dificultad con este entendimiento de Génesis 2:17 es la calificación de que “el día que de él comieres, ciertamente morirás”. ¿Cómo puede ser esto muerte física, puesto que Adán no murió físicamente ese día, sino que realmente vivió por 930 años (Génesis 5:5)? Hay una respuesta doble a esta pregunta.

Primero, no deberíamos limitar la muerte impuesta sobre Adán a la muerte física. Basado en lo que sabemos de la enseñanza del Nuevo Testamento, también involucraba la muerte espiritual, la que efectivamente ocurrió ese mismo día.

Segundo, incluso la muerte física de Adán comenzó ese mismo día, en el sentido de que Dios canceló su inmunidad a esta muerte, y su cuerpo comenzó el proceso de morir. Aquel día, Adán, la criatura que vive (Génesis 2:7) llegó a ser Adán la criatura que muere. Génesis 3:19 incluye esta muerte como parte de la maldición por el pecado (3:14–19), no como un comentario entre paréntesis: “A propósito, recuerden que un día ustedes morirán”.

Que la muerte física está incluida en el legado de Adán en Romanos 5:12 es bastante claro por el contexto global del pasaje. En Romanos 5:6–10 se tiene en vista la muerte física de Cristo (ver 6:9), y en Romanos 5:14, la muerte física de infantes. Romanos 8:10 relaciona específicamente el pecado con la muerte del cuerpo. Además, que el pecado de Adán trajo la muerte física, se muestra claramente en el texto paralelo de 1 Corintios 15:22: “Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. Que esto se refiere a la muerte física queda claro por la discusión siguiente acerca de la resurrección del cuerpo.

Algunas consideraciones relacionadas con la salvación también establecen el mismo punto. Por ejemplo, el hecho de que la resurrección del cuerpo es un acto de redención (Romanos 8:23) muestra que la muerte del cuerpo es el resultado del pecado. Además, si la muerte física es natural, ¿en qué sentido la muerte de Cristo en la cruz es una maldición y parte del castigo que él pagó por nuestros pecados? (ver Gálatas 3:13; Hebreos 2:14–15).

Es bastante claro, entonces, que toda forma de muerte humana, incluyendo la muerte física, es la paga del pecado. Sin el pecado, los seres humanos no habrían muerto. El hombre no fue creado con la intención o presunción de que él simplemente moriría en forma natural como todo lo demás.

Podemos decir que los seres humanos fueron creados mortales en el sentido de que ellos eran capaces de morir, o que la muerte era una posibilidad para ellos; pero que no era necesaria o inevitable. Erickson se refiere al estado original de Adán como a una “inmortalidad condicional”. Es decir, “él no era inherentemente capaz de vivir para siempre, pero no necesitaba haber muerto”.

El fondo de esto es que las personas mueren debido al pecado. Que no hay relación entre ambos, es una de las mentiras de Satanás (Génesis 3:4). Esto no significa, sin embargo, que cada persona muere como resultado de su propio pecado personal, o incluso como resultado del pecado de alguna otra persona contemporánea. Esto puede suceder algunas veces, pero el punto básico es que la muerte como tal ha sido traída sobre toda la raza humana como resultado del pecado de Adán. “En Adán todos mueren” (1 Corintios 15:22).

La muerte es el castigo por el pecado

Una cuestión concerniente a la muerte es: “¿Por qué muere la gente?” La respuesta es: “Debido al pecado”. La otra cuestión es si la conexión entre el pecado y la muerte es una conexión natural o una judicial. Es decir, ¿es la muerte simplemente una consecuencia natural e inevitable del pecado, o es un castigo judicialmente impuesto sobre el pecado?

La respuesta a esta pregunta depende de qué aspecto de la muerte tenemos en mente. A mi juicio, la muerte espiritual es primariamente una consecuencia inevitable del pecado; por su propia naturaleza el pecado nos separa del Dios santo. Además, parece claro que la muerte eterna, la segunda muerte en el lago de fuego, es un castigo impuesto sobre los pecadores por el Juez Justo.

¿Pero qué de la muerte física? Algunas veces se sugiere que es solamente un resultado natural del pecado. Por ejemplo, al discutir la advertencia que Dios le hace a Adán en Génesis 2:17, Owen Crouch dice: “Deberíamos notar que la muerte no era una ejecución judicial; ella vendría como una consecuencia implícita en la naturaleza de la elección”: similar a la manera en que la muerte sigue al acto de beber un veneno (12). Este concepto, sin embargo, debe rechazarse. La muerte del cuerpo debe ser considerada como parte del castigo por el pecado. Incluso si hay alguna conexión natural entre el pecado y la muerte, dice L. Morris (Wages [La Paga], 15), hay más; “la muerte y el pecado están conectados por designación divina, de modo que debemos discernir la mano de Dios en la muerte que visita al pecador”.

La Biblia claramente nos señala esta conclusión. El pecado por su naturaleza misma es la transgresión de la ley de la justicia del Dios justo y santo. La santidad divina demanda que el pecado sea castigado y explota contra el pecado en la forma de ira divina. Como dice Berkhof del pecado:

No es solamente una transgresión de la ley de Dios, sino un ataque sobre el gran Legislador mismo, una rebelión contra Dios. Es una infracción de la justicia inviolable de Dios, que es el fundamento mismo de su trono (Salmo 97:2), y una afrenta a la santidad impecable de Dios, que requiere que nosotros seamos santos en toda nuestra manera de vivir (1 Pedro 1:16). En vista de esto, no es sino natural que Dios visite el pecado con castigo.

Berkhof continúa:

“La justicia requiere el castigo del transgresor. Detrás de la ley permanece Dios, y por lo tanto puede decirse también que el castigo tiene como objeto vindicar la justicia y la santidad del gran Legislador. La santidad de Dios necesariamente reacciona contra el pecado, y esta reacción se manifiesta en el castigo del pecado”.

Dios es “justo y recto” (Deuteronomio 32:4). “Él pagará al hombre según su obra” (Job 34:11). En Génesis 3:19 la muerte es incluida en la maldición. Romanos 6:23 dice que la muerte es la paga del pecado. La palabra para paga “denota aquello que se adeuda, y la expresión señala el pensamiento de que el pecado no solamente resulta en muerte, sino que merece resultar en muerte”.

 Aquellos que se entregan al catálogo de pecados mencionados en Romanos 1:28–31 no solamente mueren, sino que son “dignos de muerte”, dice Pablo (Romanos 1:32). No sorprende que “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

En este punto es importante distinguir el juicio santo de Dios como la causa máxima de la muerte como tal y la causa inmediata de la muerte de individuos específicos. Dios impuso la muerte como tal sobre la raza humana como el castigo judicial sobre Adán y sobre toda su descendencia, los cuales pecaron representativamente en él (Romanos 5:12). Además, Dios puede ser la causa inmediata de ciertas muertes específicas (Lucas 12:5), algunas veces como castigo por un pecado personal (Hechos 5:1–11; 12:21–23) y algunas veces por otras razones (2 Samuel 12:15–18). En efecto, algunas veces puede ser un acto de misericordia, como en los casos en que oramos a Dios para que se lleve a los santos que están enfrentando grandes sufrimientos.

Debemos entender, sin embargo, que la causalidad directa de Dios en las muertes de ciertos individuos es la excepción en vez de la regla. La mayoría ocurre bajo el control soberano de la voluntad permisiva de Dios, ya sea permitiendo decisiones individuales de la voluntad libre que conduzcan a la muerte, o permitiendo que el efecto acumulativo de la maldición original cobre su precio vía accidentes, enfermedad, o envejecimiento. Es muy importante recordar esto, especialmente cuando ocurren muertes inesperadas, prematuras, o de gran sufrimiento.

Aquellos que equivocadamente asumen que Dios causa deliberadamente cada muerte específica agoniza sobre cuestiones tales como: “¿Por qué Dios se llevó a mi esposa, la madre de mis tres hijos pequeños?” o “¿Por qué Dios se llevó a mi bebé?” La confusión se agrava para aquellos que piensan de esta manera y no obstante entienden correctamente que la muerte es el castigo por el pecado:

“¿Qué hizo de malo mi hijo adolescente para que Dios lo castigara con la muerte?” o “¿Por qué Dios me está castigando con este cáncer terminal?” Tales preguntas están pasando por alto un punto importante. La mayoría de las muertes individuales no son actos deliberados de Dios, judiciales o no; dichas muertes son el resultado de la imposición de la pena de muerte sobre la raza humana como tal a consecuencia del pecado de Adán.

La confusión sobre el rol de Dios en la imposición de la muerte conduce algunas veces a una confusión similar sobre el rol de Satanás. En respuesta a la pregunta, “¿Por qué mueren las personas?” un escritor correctamente insiste en que las muertes individuales no son usualmente el resultado de algún propósito divino hecho a la medida, ni que las personas mueren porque Dios “los está llamando a casa”. Pero entonces el escritor comete el error de atribuir toda muerte al diablo, razonando que la muerte es causada por el pecado y el pecado es causado por las tentaciones del diablo.

“Así que, entonces, la muerte nos golpea a todos, no mediante la mano de Dios o Su Hijo, Jesús, o a través de su ‘llamado’ o por la voluntad de Dios, sino porque el diablo está operando en este mundo y tienta a todos los hombres a pecar”. De manera que el diablo mismo es “el verdadero autor de la muerte”.

Es cierto que Satanás tiene una conexión indirecta con la muerte en el sentido que él nos tienta a pecar, y la muerte es el castigo por el pecado. Ésta es una razón por la que Satanás es llamado “el que tenía el imperio de la muerte” (Hebreos 2:14). Como el tentador en el jardín de Edén, Satanás estuvo involucrado indirectamente en la maldición universal mortal sobre el pecado de Adán; él es también el tentador y engañador que nos conduce a pecados individuales.

Él puede incluso ser la causa inmediata de algunas muertes específicas (Job 1:12–19). Pero no hay un sentido válido en el que podamos decir que el diablo es “el verdadero autor de la muerte”. Y hay dos razones para ello. La primera, incluso si Satanás es el que tentó a Adán y Eva a pecar, y quien nos tienta a nosotros a pecar, somos todos criaturas de voluntad libre responsables de nuestros propios pecados. Así que si decimos que aquel que causa el pecado es la causa de la muerte que es su castigo, entonces nosotros mismos seríamos el autor de la muerte.

La segunda, y más significativamente, aunque Satanás es el tentador, y aunque nosotros mismos tomamos la decisión real de pecar, todavía es Dios quien decidió desde el principio que la paga del pecado sería la muerte. De modo que incluso si la muerte de cualquier individuo dado no es la voluntad o deseo inmediato de Dios, es la voluntad judicial de Dios que todo ser humano muera debido al pecado. En este sentido Dios es en realidad el verdadero autor de la muerte.

El carácter de la muerte

En vista de los datos anteriores es difícil no considerar la muerte como algo negativo. Pero por razones que explicaremos más adelante, el hecho es que muchos quieren describir la muerte en una luz más positiva. Esta tentación debe ser resistida, y la muerte debe ser desenmascarada para ver lo que ella realmente es: el enemigo de la humanidad. Cuando una persona muere, ella no está simplemente “haciendo lo que de suyo es natural”. Dicha persona ha sido sobrepasada y abrumada por un atacante extraño que la ha perseguido desde su concepción en el rol de un enemigo implacable.

La muerte es llamada específicamente un enemigo en 1 Corintios 15:25–26: “Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte”. Es el enemigo de Dios, el enemigo de Cristo y el enemigo de la humanidad.

La muerte es un enemigo reinante

Hemos señalado anteriormente [p. 33] que la palabra clave, el tema dominante para la antigua creación en su estado original, era la vida. Y esto todavía es cierto de muchas maneras; el mundo de la naturaleza aún abunda en seres vivientes. Pero desde el punto de vista del hombre, esto ha cambiado. Con respecto al lugar de la humanidad en el universo, el concepto reinante ya no es la vida sino la muerte. La muerte no es simplemente nuestro enemigo, sino un enemigo reinante. Lo que una vez fue siervo del hombre, ahora es su señor — un usurpador, admitámoslo, pero su señor, no obstante.

El lenguaje de la muerte como un monarca reinante se usa en Romanos 5. Debido al pecado de Adán, la muerte no sólo se esparció entre todos los hombres (v. 12) sino que “reinó” sobre todos (vv. 14, 17). Aquí la muerte es personificada como un tirano que tiene a todos bajo su poder. Descrita como un monarca reinante enfatiza su enfoque universal, su dominación opresora, y su inescapable certidumbre.

La muerte reina como rey porque controla la manera en que enfocamos la vida como tal. La vida llega a ser simplemente la ausencia de la muerte o la postergación de la muerte. El propósito dominante en la vida es simplemente evitar la muerte, una preocupación que puede apreciarse por la manera en que el cuidado de nuestra salud y las preocupaciones por nuestra seguridad se hallan siempre en nuestras mentes. Como parte de la maldición (Génesis 3:17–19), el trabajo mismo ha llegado a significar “ganarse la vida”; es cómo “mantener a la muerte alejada de nuestra puerta”. Una definición sugerida para la vida es “la totalidad de aquellas funciones que resisten a la muerte”.

La muerte reina como un rey porque sus precursores se esparcen como tentáculos a través de toda la vida antes de alcanzar ese evento final mismo. Como dice Wolff (46):

La debilidad, la enfermedad, incluso el encarcelamiento y la opresión, no son sino precursores de la muerte, parte de sus pertrechos. Cada sombra, cada oscuridad misma, es un mensajero del rey de todo terror. El poder de la muerte extiende una sombra sobre toda la vida. El dicho medieval, “en medio de la vida estamos rodeados por la muerte”, es una apropiada descripción.…

La muerte reina como rey porque le pone límites absolutos a la vida. No importa cómo nos enfrentemos a ella, sabemos que moriremos en algún momento. No muchos de nosotros podemos planificar más de algunas décadas por anticipado. Nadie puede planificar con mil años de anticipación, o incluso con cien años. Frente a la muerte inevitable, la vida misma se hace absurda y sin significado, que es un tema importante en la filosofía del existencialismo. A un nivel práctico, esto genera una actitud hacia la vida de “¿A quién le importa?” con una tendencia hacia el hedonismo: “¡Comamos, bebamos y alegrémonos, porque mañana moriremos!”

Finalmente, la muerte reina como rey porque llena toda la vida con un profundo y persistente temor a nuestra propia muerte personal, temor tanto al inminente evento de morir como al estado de muerte que le sigue. Este temor mantiene a la muerte en el trono y nos mantiene a nosotros en un estado de esclavitud durante toda nuestra vida, dice Hebreos 2:15.

La muerte es un enemigo temido

El temor a la muerte es real. “Sicólogos y siquiatras afirman que el temor a la muerte es universal”, y algunos creen que es “la raíz instintiva de todos los otros temores”.

Kübler-Ross dice:

“La muerte todavía es un suceso amenazante y aterrador, y el temor a la muerte es un temor universal incluso si pensamos que la hemos dominado en muchos niveles” .

En sus últimos años, al acercarse a su muerte, el prominente humanista Corliss Lamont, habiendo rechazado la realidad de Dios y el alma, pronunció estas aterradoras palabras:

“Hoy, más que nunca, siento el perturbador sentido de transitoriedad. ¡Si solo se detuviera el tiempo por un momento!… Simpatizo con todo aquel que alguna vez ha anhelado la inmortalidad y deseo que el encantador sueño de la vida eterna pudiera en realidad ser cierto”.

¿Qué hace que los hombres teman a la muerte? Para aquellos como Lamont que niegan cualquiera vida después de la muerte, existe ciertamente el temor a la extinción, el miedo a que su conciencia se extinga para siempre como la llama de una vela. Otros pueden decir que es el temor a lo desconocido.

Lo más probable, sin embargo, es que sea el temor a lo conocido, puesto que la revelación general hace conciente a cada persona de la existencia de Dios como Creador y Legislador (Romanos 1:18–32; 2:14–15). Como pecadores todos sabemos que somos dignos de muerte (Romanos 1:32), y en nuestros corazones sabemos que Hebreos 9:27 es cierto:

“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. Es por eso que la muerte es terrible; no le tememos tanto al momento de la muerte como a lo que sabemos que sigue. La muerte es el umbral de la corte de justicia del Juez Justo, aquel “a quien hemos de rendir cuentas” (Hebreos 4:13). “El aguijón de la muerte es el pecado” (1 Corintios 15:56), y por eso para los pecadores “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31).

La muerte es un enemigo engañoso

Debido a que los hombres temen a la muerte, ellos procuran anular este dolor de muchas maneras vanas. Un sentido en que Satanás tiene el poder de la muerte (Hebreos 2:14), es que él explota el temor universal de morir e impulsa a los hombres a manufacturar falsas soluciones a este problema. Este es un sentido real en que los pecadores son esclavos del temor a la muerte (Hebreos 2:15) es decir, se hacen esclavos de miles de mentiras y falsas ideas acerca de la muerte. Ellos crean modos de pensar que hacen del enemigo algo hermoso y amistoso, o por lo menos como una parte normal e inofensiva de la vida. Como los residentes de Jerusalén en tiempos de Isaías, ellos tratan de convencerse que estas mentiras son un lugar de refugio contra la muerte: “Pacto tenemos hecho con la muerte, e hicimos convenio con el Seol; cuando pase el turbión del azote, no llegará a nosotros, porque hemos puesto nuestro refugio en la mentira, y en la falsedad nos esconderemos” (Isaías 28:15).

¿Cuáles son algunos de los tratos que la gente ha hecho con la muerte? Desde una perspectiva secular, el Darwinismo saca el aguijón de la muerte convirtiéndolo en una necesidad evolutiva. Otros han encontrado una falsa esperanza en la criogenética, haciendo congelar sus cuerpos esperando que la ciencia descubra algún día una cura para lo que los está matando y luego sean capaces de descongelarlos y aplicar la cura.

Sigmund Freud “creía que el temor a la muerte es usualmente el resultado de sentimientos de culpa” (“Freud”, 33), lo que por supuesto está muy cerca de la verdad. Pero, concordando con Freud, la psicoterapia incrédula moderna trata de borrar este temor destruyendo los conceptos mismos de pecado y culpa.

Aun otros intentan enfocar solamente el “lado brillante” de la muerte. Kübler-Ross dice:

“Para aquellos que procuran entenderla, la muerte es una fuerza altamente creativa. Los valores espirituales más elevados de la vida pueden originarse a partir del pensamiento y estudio de la muerte. Describiendo la muerte como la más grande inspiradora de la filosofía, la literatura, el arte, y la música, ella defiende el importante mensaje de “que la muerte no tiene que ser algo catastrófico o destructivo; en realidad, puede ser considerada como una de los elementos más constructivos, positivos, y creativos de la cultura y la vida”.

Engaños similares se hallan más abundantemente en contextos religiosos o espirituales. La creencia en la reencarnación es popular en el mundo occidental porque aquí es vista como una manera de anular la muerte. En algunos círculos ocultos la muerte es considerada simplemente como una bienvenida transición a un nivel más alto de existencia.

Este es el principal mensaje del espiritismo: no existe la muerte; no es nada; es simplemente una puerta por la que uno pasa. Las experiencias ampliamente informadas de “cercanía a la muerte” o de “vida después de la vida” son ya sea causadas o explotadas por espíritus demoníacos para describir la muerte como una entrada a la gloria para casi todos, no importa su concepto de Dios o su relación con él. Tales experiencias sirven para “anestesiar la mente contra la punzante realidad de la muerte como maldición y juicio”.

Como dice Wolff:

“Toda falsa glorificación de la muerte es ajena al cristianismo”, y todos dichos pactos son falsos e inútiles.

Dios pronuncia la siguiente sentencia sobre aquellos que tratan de esconderse detrás de estas falsedades: “granizo barrerá el refugio de la mentira, y aguas arrollarán el escondrijo. Y será anulado vuestro pacto con la muerte, y vuestro convenio con el Seol no será firme; cuando pase el turbión del azote, seréis de él pisoteados” (Isaías 28:17–18).

En su naturaleza básica la muerte no es nada sino una maldición, un enemigo, un antagonista. Incluso para los cristianos tanto el evento de morir como el estado incorpóreo de la muerte son innaturales. Pero los cristianos sí saben una cosa que nadie más sabe: aunque la muerte es un enemigo, es un enemigo derrotado.

La muerte es un enemigo derrotado

La muerte reina como rey en la antigua creación, pero es un simulador, un usurpador. No tiene derecho a estar en el trono. Ha perturbado el estado normal de las cosas; ha vuelto al mundo al revés.

La buena noticia es que este usurpador ya está en proceso de ser derrocado y destronado. Jesucristo vino al mundo precisamente con el propósito de enfrentar a este enemigo en batalla y derrotarlo. Esto se declara específicamente en Hebreos 2:14–15:

Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

Cuando Jesús murió y resucitó, y le propinó un golpe mortal a la muerte; y en este sentido el enemigo está ya derrotado. El Cristo resucitado ha puesto a la muerte bajo su control, y es capaz de liberar a sus cautivos (Lucas 4:18). Él proclama: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apocalipsis 1:17–18).

A través de su muerte y resurrección Jesús estableció un refugio contra este enemigo mortalmente herido, la muerte. Ese refugio es su iglesia. Después que Pedro lo confesó como “el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, Jesús declaró, “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:16–18). La roca es Jesús mismo, y las puertas del Hades son las fuerzas de la muerte.

Jesús está aludiendo a la promesa divina en Isaías 28:16: “He aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure”. Esta piedra, la Roca sobre la que la iglesia es edificada, es la alternativa de Dios a las mentiras y engaños detrás de las cuales las personas desesperadas tratan de ocultarse del flagelo de la muerte (Isaías 28:14–15), como se discutió antes. Las fuerzas de la muerte arrasarán todas estas mentiras y a aquellos engañados por ellas (Isaías 28:17–19), pero aquellos que se refugian en la iglesia edificada sobre la Roca “no serán perturbados”. Ellos ya han comenzado a compartir la victoria de Cristo sobre el enemigo.

Es cierto que los cristianos aún deben pasar por la experiencia de la muerte y soportar el estado incorpóreo de la muerte (a menos que ellos estén vivos en el tiempo de la segunda venida), pero enfrentamos esto no con temor sino con la confianza en la promesa de la resurrección redentora cuando Cristo regrese. En este glorioso evento la muerte enemiga será completamente abolida (1 Corintio 15:25–26), siendo ella misma lanzada al lago de fuego eterno (Apocalipsis 20:14).

Así que cuando los individuos responden a la predicación del evangelio y aceptan a Cristo como su Señor y Salvador, ellos son liberados de la maldición y del temor a la muerte. En Hechos 17:6 judíos incrédulos acusaron a los cristianos de volver el mundo al revés a través de su predicación. Y en un sentido ellos tenían razón, pero no entendían el panorama completo. El mundo ya había sido vuelto al revés cuando entró el pecado y la muerte ascendió al trono. La predicación del evangelio está simplemente volviendo al mundo a su correcta posición nuevamente, un converso a la vez.

Esta es la razón por la que los cristianos pueden tener una actitud diferente hacia la muerte que el resto del mundo, que todavía permanece esclavo de temores y mentiras. Sabemos que la muerte es un enemigo, pero sabemos que es un enemigo derrotado. Sabemos de esta manera que no necesitamos tenerle temor, y en un sentido podemos considerarla positivamente. En 2 Corintios 5:1–8 Pablo muestra que para los creyentes los aspectos negativos de la muerte son contrarrestados por los positivos. Él expresa temor (v. 4) ante el pensamiento de ser “desnudado” innaturalmente, es decir, sin un cuerpo, durante el intervalo entre la muerte y la resurrección. Pero él sabe que finalmente los cristianos serán revestidos con nuevos cuerpos (vss. 1–3), y que, durante ese intervalo desvestido, nuestros espíritus estarán realmente en la presencia del Señor Jesús (vv. 6–8).

En vista de este último prospecto, podemos en verdad darle la bienvenida a la muerte y “preferiríamos ausentarnos de este cuerpo y vivir junto al Señor” (v. 8). Por eso Pablo dice que “el morir es ganancia” (Filipenses 1:21), y que él mismo tenía el “deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23). Esta es la razón por la que el Salmo 116:15 puede decir, “estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos”. Realmente, “Bienaventurados … los muertos que mueren en el Señor” (Apocalipsis 14:13).

Es importante, sin embargo, recordar que solamente los cristianos tienen esta perspectiva positiva sobre la muerte. Le hacemos un terrible desfavor a los incrédulos cuando de alguna manera endosamos la idea de que la muerte es normal, natural, y amistosa. Aquellos que se encuentran fuera de la gracia salvadora de Cristo deberían permanecer aterrorizados ante la muerte y el juicio que sigue. Queremos que ellos sean libres de ese terror, por supuesto, pero debemos dejar en claro que el único escape verdadero de él es aceptando el evangelio cristiano y siendo parte de la iglesia que está edificada sobre la Roca.

La historia total de la redención es la solución de Dios para el problema de la muerte — espiritual, física, y eterna. La obra salvadora de Cristo nos libera del castigo, del poder y del temor a la muerte. Esto es de todo lo que se trata el cristianismo. Esta es la gloria del evangelio. No debemos robarle al evangelio su gloria al tomar a un enemigo derrotado por un antiguo amigo.

El contenido de este artículo se halla bien resumido en la siguiente cita de Leon Morris:

Lo que surge claramente de nuestro estudio de los documentos del Nuevo Testamento es el hecho de que la muerte es considerada característicamente como algo completamente innatural, un extraño, un horror, un enemigo. No es simplemente un evento, sino un estado, y está conectada muy estrechamente con el pecado. Pero la enseñanza importante del Nuevo Testamento no es que la muerte es un mal, o que el hombre no puede vencerla, sino que la muerte ha sido decisivamente derrotada en la muerte expiatoria del Salvador, quien “quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10). Sobre esto descansa nuestra esperanza.

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DOCTRINAS DE CRISTO

Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología. Sus otras obras usualmente se tratan bajo la cristología. La doctrina se puede organizar más o menos en orden cronológico. Primero viene un estudio del Cristo antes de su encarnación y esto sería seguido de una sección sobre Cristo en Su humillación, durante Su vida terrenal.

Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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