Compartiendo La Verdad

Algunos Resultados De La Salvación

Tabla de Contenidos

Una lista de los resultados y beneficios de la salvación se concibe que pudiera incluir cientos de puntos. yo solamente intento tratar algunas de las cosas principales que Dios ha hecho, está haciendo, o hará en virtud del sacrificio consumado de Cristo.

JUSTIFICACION

La justificación es no sólo uno de los grandes beneficios de la muerte de Cristo, sino también una doctrina cardinal del cristianismo, porque lo distingue como una religión de gracia y de fe. Y la gracia y la fe son las piedras angulares de la justificación.

El significado de la justificación

Justificar significa declarar justo. Tanto la palabra hebrea (—sadaq—) como la griega (—dikaioo—) significan anunciar o pronunciar un veredicto favorable, declarar justo. El concepto no significa hacer justo, sino atribuir justicia. Es un concepto de los tribunales, así que, justificar es dar un veredicto de justicia. Nótese el contraste entre justificar y condenar en Deuteronomio 25:1; 1 Reyes 8:32; y Proverbios 17:15. Como anunciar la condenación no hace que una persona se convierta en malvada, tampoco la justificación hace a una persona justa. No obstante, con condenar o justificar se anuncia el estado verdadero y real de la persona. Sin embargo, la persona malvada ya es malvada cuando se pronuncia el veredicto de condenación. Igualmente, la persona justa ya es justa cuando se anuncia el veredicto de justificación.

El problema en la justificación

Puesto que esta es una idea forense, la justificación se relaciona con el concepto de Dios como Juez. Este tema se encuentra por toda la Biblia. Abraham reconoció a Dios como el Juez de toda la tierra, que tenía que hacer lo justo (Génesis 18:25). En el canto de Moisés la justicia y la rectitud de Dios son reconocidas (Deuteronomio 32:4). Pablo le llama a Dios el Juez justo (2 Timoteo 4:8). El escritor de Hebreos llama a Dios el Juez de todos, y Santiago les recuerda a sus lectores que el Juez estaba delante de la puerta (Santiago 5:9).
Si en Dios, el Juez, no hay injusticia y es completamente justo en todas Sus decisiones, entonces ¿cómo puede El declarar justo a un pecador? Y todos somos pecadores. Dios solamente tiene tres opciones cuando los pecadores comparecen ante Su tribunal: Condenarlos, comprometer Su propia justicia para recibirlos tal y como están, o transformarlos en personas justas. Si El puede ejercer esta tercera opción, entonces los puede declarar justos. Pero cualquier justicia que un pecador posea tiene que ser auténtica, no ficticia; real no imaginaria; aceptable por las normas de Dios, y ni aun un poquito menos que eso. Si esto se pudiera llevar a cabo, entonces, y solamente entonces, puede El justificar.
Job expresó el problema con precisión cuando preguntó: “¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?” (Job 9:2).

El procedimiento en la justificación (Romanos 3:21-26)

Dios pone en efecto esta tercera opción: El puede transformar a los pecadores en personas justas. ¿Cómo? Haciéndonos justicia de Dios en Cristo (2 Corintios 5:21), constituyendo justos a los muchos (Romanos 5:19), dándoles a creyentes el don de la justicia (v. 17). Hay cinco pasos en el proceso, como se detalla en el pasaje central tocante a la justificación, 3:21–26.

El plan (Romanos 3:21).

El plan de Dios para proveer la justicia necesaria se centró en Jesucristo. Fue aparte de la ley. La construcción no lleva el artículo, lo que indica que era aparte no sólo de la ley mosaica, la cual no podía proveer la justicia (Hechos 13:39), sino también de toda complicación legal. Fue manifestada (una forma perfecta pasiva) en la encarnación de Cristo, y los efectos de esa gran intervención en la historia continúan. Es constantemente atestiguado por la Ley y los Profetas, que dieron testimonio del Mesías venidero (1 Pedro 1:11). Así que, el plan se centra en una persona.

El requisito previo (Romanos 3:22).

La justicia llega por la fe en el ahora revelado Jesucristo. El Nuevo Testamento nunca dice que somos salvos a causa de la fe (esto requeriría dia con el acusativo). Siempre hace de la fe el canal por el cual recibimos la salvación (dia con el genitivo). Pero, por supuesto, la fe necesita tener el objeto correcto para que sea efectiva, y el objeto de la fe salvífica es Jesucristo.

El precio (Romanos 3:24–25).

Muy claramente, el precio pagado fue la sangre de Cristo. El costo para El fue lo máximo. A nosotros el beneficio nos llega gratuitamente (la misma palabra se traduce “sin causa” en Juan 15:25), es decir, sin alguna causa en nosotros, y por lo tanto por Su gracia.

La posición.

Cuando el individuo recibe a Cristo, es situado en Cristo. Esto es lo que hace a la persona justa. Somos hecho justicia de Dios en El. Sólo esta justicia conquista nuestra desesperada condición pecaminosa, y cumple con todas las demandas de la justicia de Dios.

El pronunciamiento (Romanos 3:26).

La justicia de Cristo que tenemos no sólo cumple las demandas de Dios, sino que también demanda que Dios nos justifique. Somos justos de hecho, no en ficción; por lo tanto, el Dios santo puede permanecer justo y justificar al que cree en el Señor Jesucristo.
Por consiguiente, nadie puede acusar a los elegidos de Dios, puesto que en Cristo somos justos a la vista de Dios. Y por esto es que Dios puede justificarnos.

La prueba de la justificación

La justificación se prueba por la pureza personal. “El que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7). Nuestra posición es la de absueltos del pecado, de modo que éste no tiene ya dominio sobre nosotros. La justificación ante el tribunal de Dios se demuestra por la santidad de vida aquí en la tierra ante el tribunal de los hombres. Esta era la perspectiva de Santiago cuando escribió que somos justificados por las obras (Santiago 2:24). Fe no productiva no es fe genuina. Los creyentes han de mostrar por sus obras ante los hombres lo que son en Cristo. La fe sola nos justifica delante de Dios y nos permite entrar en el cielo. Las obras nos justifican ante los hombres.
Para concluir: La justificación nos asegura la paz con Dios (Romanos 5:1). Nuestra relación con El es justa, legal y eterna. Esto constituye el fundamento seguro para la paz con Dios.

EL JUICIO DE LA NATURALEZA PECAMINOSA

Un segundo beneficio muy importante de la muerte de Cristo relaciona Su muerte con el juicio de la naturaleza pecaminosa del creyente (Romanos 6:1–14). La justificación, ya hemos visto, se muestra en una vida de santidad: y la base para esa vida de santidad, como para la justificación, es la muerte de Cristo.
En el capítulo anterior Pablo usó esa frase sorprendente “el don de la justicia” (5:17). Esto hace surgir la pregunta de 6:1. Si la justicia es una dádiva, entonces ¿no sería mejor continuar en el pecado para que entonces la gracia se pusiera más de relieve? Si la salvación fuese por obras, esta pregunta nunca se habría hecho, puesto que uno tuviera que continuar haciendo buenas obras para poder merecer la salvación. Pero si es por gracia, entonces ¿no podría uno pecar cuanto quisiese y realmente no haría esto que la gracia fuera más notable? Pablo responde a esta pregunta con un no enfático. El da dos razones de por qué la persona justificada no continuará en el pecado.

El juicio nos libera del dominio del pecado (Romanos 6:2-10)

Su realización (Romanos 6:2–4).

Nuestra unión con la muerte y la resurrección de Cristo es lo que realmente efectúa nuestro traslado del dominio de la vida vieja al de la vida nueva. La muerte al pecado, entonces, no es una esperanza sino una realidad, porque Cristo murió al pecado una vez y nosotros nos unimos a El en esa muerte por el bautismo.
La muerte significa separación, no extinción. Así que la muerte en este párrafo significa la separación de su dominio o esfera, no la extinción de su presencia. El bautismo significa nuestra asociación o identificación con alguien o algo. Aquí se refiere a nuestra identificación con Cristo en Su muerte, cuyo resultado es que hemos sido separado del poder del pecado. El bautismo aquí no puede referirse a una ceremonia ni aun a un sacramento, sino más bien a una unión relacional con el Señor (similar a la de los israelitas con Moisés al cruzar el mar Rojo, 1 Corintios 10:2). El bautismo ritual, o en agua, ilustra esta unión, pero no la puede efectuar. Así, este bautismo nos une a Cristo en Su muerte al pecado (separación de su dominio), a Su sepultura (para demostrar definitivamente que Su muerte fue real), y a Su resurrección (para darnos novedad de vida).

Lo que la acompaña.

La identificación con Cristo en Su muerte al pecado trae (a) una unión con El en la vida de resurrección (v. 5), (b) una anulación del viejo ego (v. 6), y (c) un liberación del dominio del pecado (v. 7). El tiempo futuro en el versículo 5 indica lo que inevitablemente tiene que ocurrir (como en Gálatas 6:5). Así se refiere a una nueva manera espiritual de vivir, no a nuestra futura resurrección física. El viejo hombre en Romanos 6:6 tiene que ver con nuestro lugar en la vieja creación bajo la influencia del pecado y la muerte. Aunque privado de su dominio, el viejo orden aún busca dominar por medio del viejo hombre (Efesios 4:22) al tratar de expresarse, usando el cuerpo como un vehículo del pecado (lo cual probablemente sea el significado de “cuerpo de pecado”). Para un uso similar e instructivo de “destruido” o “quitado” en Romanos 6:6, (véase Hebreos 2:14) que relaciona la muerte de Cristo con la destrucción del poder de Satanás.

El juicio nos libera del dominio del pecado (Romanos 6:11-14)

Ahora Pablo llama a los creyentes a que se libren del dominio del pecado en virtud de la muerte de Cristo al pecado. El llamamiento abarca considerarse (v. 11), rehusar (v. 12), y presentar (v. 13). Contar o considerar significa calcular, o sumar la verdad de los hechos presentados en los versículos 1–10, y entonces actuar de acuerdo a ello. Además, debemos rehusar obedecer a los deseos malos del pecado, y presentarnos, incluyendo todos los miembros de nuestro cuerpo, a Dios para Su uso. Todas estas frases piden un rompimiento decisivo y urgente con la vida vieja.
Godet juntó bien todas estas ideas cuando escribió: “El rompimiento del cristiano con el pecado es indudablemente gradual en su realización, pero en principio es absoluto y definitivo. Como, para realmente poder romper con una vieja amistad cuya influencia mala todavía se siente, no son suficientes los procedimientos a medias, y el único medio eficaz es una franca explicación, seguida de una ruptura completa que ha de permanecer como una barrera levantada de antemano contra cada nuevo intento de acercamiento; así, para romper con el pecado se necesita un acto decisivo y radical, una obra divina que tome posesión del alma, y se interponga en lo adelante entre la voluntad del creyente y el pecado (Gálatas 6:14). Esta obra divina funciona necesariamente por la acción de fe en el sacrificio de Cristo”

LA BASE PARA LA COMUNION DE LA FAMILIA CRISTIANA

Ningún pasaje es más fundamental para entender la comunión de la familia cristiana que 1 Juan 1:5–10. En él Juan plantea principios vitales para la vida cristiana diaria, y esta comunión se basa en la muerte de Cristo (v. 7). Así, otro beneficio de Su muerte es que hace provisión para el disfrute de la comunión dentro de la familia de Dios.
Que este pasaje se refiere a la comunión familiar, y no a la justificación inicial, parece claro debido a la repetición de los pronombres “nosotros” y “vosotros”. Dieciséis veces aparecen en estos seis versículos. También 2:1 continúa el tema y se dirige claramente a creyentes. La salvación, por supuesto, trae un perdón perfecto, completo, y eterno (Efesios 1:7), pero los cristianos pecan y, por lo tanto, necesitan perdón continuo para poder disfrutar de comunión dentro de las relaciones familiares. Algunos han negado que esto sea necesario, alegando que puesto que los cristianos ya están perdonados, no necesitan pedir lo que ya poseen (para una crítica excelente de este concepto, véase, de Zane Hodges, “Fellowship and Confession in 1 John 1:5–10, ” Bibliotheca Sacra, enero de 1972, 129:48–60). Pero los creyentes sí necesitan perdonar y pedir perdón (véanse Lucas 11:4; 2 Corintios 2:10; Efesios 4:32; Colosenses 3:13).

¿Cuáles son las condiciones para disfrutar de la comunión familiar?

Son dos: conformarse a la norma de la luz, y confesar el pecado.

Dios es luz

—una norma imposible de cumplir para cualquiera que todavía esté en un cuerpo mortal, así que, gracias a El, éste no es el requisito—. El requisito es que andemos en luz. Esto nos coloca en la misma esfera moral del Padre, para que podamos participar de la comunión. El requisito se adapta a cada creyente porque, cual sea su grado de madurez, recibe alguna luz de la Palabra a la cual tiene que responder. A medida que responda, llega más luz y con ella más respuesta. Así que, la comunión crece a medida que se expanda ese círculo de luz.
Por supuesto, no siempre sigue la respuesta. El pecado entra, y se necesita la confesión para restaurar la comunión. ¿Qué es la confesión? Es decir lo mismo que Dios dice acerca del pecado. Es tener la misma perspectiva que tiene Dios en cuanto a ese pecado. Esto tiene que incluir más que simplemente reconocer el pecado, porque la perspectiva de Dios también incluirá que hay que abandonar ese pecado. Por lo tanto, confesar incluye una actitud de abandonar ese pecado.

La confesión privada a Dios siempre es necesaria para restaurar la comunión.

¿Y qué de la confesión pública también? Eso depende. Hay ejemplos bíblicos de confesión pública (Santiago 5:16 da una exhortación general, y Hechos 19:18 un ejemplo específico). El pecado público normalmente requeriría confesión pública. Hace años yo estaba platicando acerca de este tema de la confesión pública con un santo ya anciano. El me dio dos guías valiosas que deben regir en la confesión pública. (1) Esté seguro de que es Dios quien le está impulsando a confesar públicamente. Satanás, las emociones, o la presión pública también lo pueden instar a hacer algo que puede que no sea del Señor. (2) Antes de decir nada, pregúntese si edificará o no a los oyentes, ya que todas las cosas en la asamblea general se deben hacer para edificación.
Cuando confesamos al Padre, El es confiable y justo para perdonar y restaurarnos a la comunión familiar. Esto es cierto, ya sea que lo sintamos o no. Y nótese que El lo hace en virtud de la muerte de Cristo, quien fue la propiciación por nuestros pecados (1 Juan 2:1–2).

EL FIN DE LA LEY

Otro beneficio importante de la muerte de Cristo fue la inauguración del principio de la fe-justicia para reemplazar el principio de la ley-obras. Sin embargo, la declaración de Pablo en Romanos 10:4 de que Cristo es el fin de la ley pudiera entenderse con el significado o bien de terminación, o bien de propósito. En otras palabras, o Cristo puso fin a la ley, o el propósito de la venida de Cristo fue el cumplir la ley (Mateo 5:17). Sin embargo, la terminación parece ser claramente el significado en este contexto, debido al contraste (comenzando en Romanos 9:30) entre la ley y la justicia de Dios. El argumento de Pablo que sigue no es que el judío estaba incompleto y necesitaba la venida de Cristo para perfeccionar su posición ante Dios, sino que su posición bajo el principio de ley-obras estaba absolutamente incorrecto porque buscaba establecer la justicia por el principio de ley-obras en vez de por aceptar el don de ]a justicia de Dios. Aunque es cierto que nuestro Señor cumplió la ley, este pasaje no está enseñando eso, sino más bien, que El puso fin a la ley y proveyó un camino nuevo y vivo hacia Dios.

La naturaleza de la ley

La ley a la que nuestro Señor puso fin fue, por supuesto, la ley mosaica, de acuerdo al contraste que se halla en el pasaje mismo. Para explicar la importancia de este beneficio de la obra de Cristo, primero es necesario observar algunos de los detalles de la ley mosaica.

La ley mosaica era una unidad.

Generalmente la ley se divide en tres partes: la moral, la ceremonial, y la judicial. Los Diez Mandamientos componen la parte moral (Exodo 34:28). Los juicios comienzan en el 21:2 e incluyen una lista de los derechos entre los hombres con los correspondientes juicios para los ofensores. La parte ceremonial comienza en el 25:1 y regulaba la vida de adoración de Israel. Aunque esta división tripartita es casi universalmente aceptada en la teología cristiana, el pueblo judío o no la reconocía o a lo menos no insistía en ella. Más bien ellos dividían los 613 mandamientos de la ley en doce familias de mandamientos, los cuales entonces eran subdivididos en doce familias adicionales de mandamientos positivos y doce familias adicionales de negativos. Mandamientos específicos que se clasificaban en estas varias categorías se tomaban de muchos lugares dentro de la ley, simplemente, porque la ley se veía como una unidad.

Cuando se toman en cuenta las penalidades conectadas a ciertos mandamientos, se percibe aun más el carácter unido de la ley. Cuando se violó el mandamiento de guardar el sábado (uno de los “mandamientos”) por un hombre que recogía leña en ese día, la penalidad fue la muerte a pedradas (Números 15:32–36). Cuando el pueblo de Israel violó el mandamiento concerniente al año sabático para la tierra (uno de los “juicios”), Dios los mandó al cautiverio donde muchos murieron (Jeremías 25:11). Cuando Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño delante de Dios (una de las “ordenanzas”), ellos murieron inmediatamente (Levítico 10:1–7). Claramente, estos mandamientos de varias partes de la ley eran de igual obligatoriedad y el castigo igualmente severo. La ley era una unidad.
Santiago consideró a la ley como una unidad. El censuró la parcialidad porque violaba la ley de amar el prójimo como a sí mismo, y esta sola violación, dijo él, hizo al pueblo culpable de quebrantar toda la ley (Santiago 2:8). El difícilmente hubiera podido llegar a semejante conclusión si la ley no fuera una unidad.

La ley fue dada a Israel.

El Antiguo Testamento y el Nuevo son unánimes en esto (Levítico 26:46; Romanos 9:4). Además, Pablo estableció un contraste entre los judíos, quienes recibieron la ley, y los gentiles, que no la recibieron (2:14).

El fin de la ley

El Concilio de Jerusalén arregló este asunto temprana y claramente (Hechos 15). Debatiendo la pregunta de que si la circuncisión era necesaria para la salvación o no, el concilio pronunció un no enfático. Pedro describió la ley como un yugo imposible de llevar. Cuando los líderes les escribieron a los creyentes gentiles para limitar su libertad en asuntos que eran ofensivos a los creyentes judíos, no trataron de colocar a los creyentes bajo la ley (lo cual hubiera arreglado el problema rápidamente), porque ellos entendieron que la ley había llegado a su fin.
En 2 Corintios 3:7–11 Pablo aun especifica que la parte de la ley que fue escrita en tablas de piedra (los Diez Mandamientos) había sido abrogada. El se atreve a calificar la parte moral de la ley como un ministerio de muerte y condenación, pero, gracias a Dios, esto ha sido reemplazado por el nuevo pacto, que trae vida y justificación.
En Hebreos 7:11–12 el escritor demuestra la superioridad del sacerdocio de Melquisedec sobre el de Aarón. El concluye que si el sacerdocio aarónico o levítico hubiera podido traer la perfección al pueblo, no habría sido necesario otro sacerdocio basado en Melquisedec. Y ese cambio de sacerdocio hizo necesario un cambio en la ley. En otras palabras, si la ley no se hubiera abrogado, entonces tampoco lo habría sido el sacerdocio levítico, y Cristo no fuera nuestro Sumo Sacerdote hoy en día. Pero si Cristo es nuestro Sumo Sacerdote, entonces la ley ya no puede estar vigente ni ser obligatoria para nosotros.

El problema que se levanta

Si Cristo puso fin a la ley, entonces, ¿por qué incluye el Nuevo Testamento algunas partes de la ley mosaica en su ética? ¿Cómo podía terminar la unidad y aun así contener aspectos específicos que todavía obligan al cristiano? Si el Nuevo Testamento incluyera la totalidad de los Diez Mandamientos, la respuesta sería simple: La ley moral continúa, mientras que el resto ha caducado. Pero el Nuevo Testamento solamente incluye nueve de los diez, y complica más cualquier solución simple, por incluir algunas leyes de otras partes que no son la sección moral de la ley (Romanos 13:9; Santiago 2:8).

Soluciones al problema que se sugieren

La de Calvino.

Calvino enseñó que la abrogación de la ley se refería a la liberación de la conciencia del temor y a la cesación de las ceremonias judías antiguas. El hizo distinción entre la ley moral, de la cual dijo que solamente fue abrogada en cuanto a su efecto de condenar a las personas, y la ley ceremonial, la cual, dijo él, fue abrogada tanto en sus efectos como en su uso. Al tratar con 2 Corintios 3, solamente señaló de manera general la diferencia entre la muerte y la vida en los pactos antiguo y nuevo. El presentó una exposición muy buena de los Diez Mandamientos, pero no consideró que el domingo fuese una continuación del sábado (como lo hizo la Confesión de Westminster). En otras palabras, Calvino, como muchos que lo han seguido, consideraba que parte pero no toda la ley, ha cesado, y que los Diez Mandamientos con la excepción del sábado, el cual él tomó en una forma no literal, son obligatorios para los creyentes hoy en día. (Institución, II, XI, 4 y II, VIII, 33). Obviamente, esto resuelve verdaderamente el problema.

La de Murray.

John Murray afirma claramente que los Diez Mandamientos fueron abolidos, pero los ve como aplicables en un sentido más profundo, cualquiera que sea su significado. El escribió: “Por lo tanto, la abolición de estas regulaciones coincide con una comprensión más profunda de la santidad de los Diez Mandamientos. Es esta misma línea de pensamiento que se ha de aplicar también al cuarto mandamiento. ¿Abolición de algunas de las regulaciones mosaicas? ¡Sí! Pero esto no afecta en ninguna manera a la santidad del mandamiento ni a la obligatoriedad de la observancia que es el complemento de esa santidad” (Collected Writings [Carlisle, Penn: Banner of Truth Trust, 1976], 1:212).

La mía.

La única solución (la cual yo nunca he visto propuesta por ningún otro) que parece hacerle completa justicia al sentido pleno de los varios pasajes de las Escrituras, hace distinción entre un código y los mandamientos contenidos dentro del mismo. La ley mosaica fue uno de varios códigos de conducta ética que Dios ha dado a través de la historia humana. Ese código particular contenía 613 mandamientos. También han existido otros códigos. Adán vivió bajo leyes, que en su totalidad se pudieran llamar el código de Adán o el código de Edén. Se esperaba que Noé obedeciera las leyes de Dios, así que había un código noético. Sabemos que Dios le reveló a Abraham muchos mandamientos y leyes (Génesis 26:5). Estos se pudieran llamar el código abrahámico. El código mosaico contenía todas las leyes de la ley. Y hoy en día vivimos bajo la ley de Cristo (Gálatas 6:2), o la ley del Espíritu de vida en Cristo (Romanos 8:2). Este código contiene cientos de mandamientos específicos registrados en el Nuevo Testamento.

Ahora la ley mosaica fue descartada en su totalidad como código. Ha sido reemplazada por la ley de Cristo. La ley de Cristo contiene algunos mandamientos nuevos (1 Timoteo 4:4), algunos antiguos (Romanos 13:9), y algunos revisados (Romanos 13:4, relativo a la pena de muerte). Todas las leyes del código mosaico han sido abolidas, porque el código lo ha sido. Los mandamientos mosaicos específicos que son parte del código cristiano aparecen allí no como una continuación de la ley mosaica, o para que se observen en un sentido más profundo, sino como específicamente incorporados en ese código, y como tales son obligatorios para los creyentes hoy en día. Una ley particular que fue parte del código mosaico se ha abolido; esa misma ley, si es parte de la ley de Cristo, está vigente. Es necesario establecer ambas verdades para no tener que recurrir a una interpretación no literal de 2 Corintios 3 ó de Hebreos 7, y para no tener que llegar a alguna clase de contorsión teológica a fin de retener parte de la ley mosaica.
Una ilustración de esta idea: A medida que los niños van madurando, los padres instituyen códigos diferentes. Algunos de los mismos mandamientos puede que aparezcan en esos distintos códigos. Pero cuando el nuevo código entra en vigencia, el antiguo se abroga. Así ocurrió con la ley mosaica cuando nuestro Señor llegó a ser el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree.

ADOPCION

Nuestra adopción en la familia de Dios es otro beneficio de la muerte de Cristo.

El significado de la adopción

La adopción es un acto de Dios que coloca al creyente en Su familia, como adulto. En contraste, el nacer de nuevo enfatiza la idea de entrar en la familia de Dios como bebé, con la consiguiente necesidad de crecimiento y desarrollo (Juan 1:12; 3:3). Pero la adopción enseña las ideas de la edad adulta y los privilegios completos en la familia de Dios. Con la adopción viene el despojamiento de todas las relaciones y responsabilidades del vínculo familiar anterior. Tanto la adopción como el nacimiento ocurren al momento de la fe salvífica, pero indican diferentes aspectos de nuestra relación con la familia de Dios.

El trasfondo de la adopción

La mayoría de las culturas tenían alguna práctica semejantes a la adopción. Moisés, un esclavo, fue adoptado por la hija de Faraón en Egipto. Las tabletas de Nuzu revelan la costumbre de que una pareja sin hijos podía adoptar a uno que los sirviera en la vida y que sería su heredero al morir éstos. Entre las leyes hebreas no se contemplaba la adopción, y la palabra griega para adopción no aparece en la Septuaginta. Esto probablemente se deba a la ley del matrimonio levirato, el cual proveía la manera de que la familia tuviera herederos de la propiedad familiar. La poligamia también pudiera haber sido otra manera de resolver los problemas de no tener hijos.
La adopción era un aspecto muy común de la vida grecorromana, y este es el precedente del concepto neotestamentario. Parejas sin hijos a menudo adoptaban un hijo que entonces llegaba a ser su heredero. Aun si el hijo tuviese padres biológicos vivientes, éstos no tenían más reclamación sobre él después que se efectuara la adopción. A menudo los padres estaban dispuestos a permitir que sus hijos fuesen adoptados por otra familia si ello les proporcionaba una vida mejor.

La doctrina paulina de la adopción

La doctrina es exclusivamente paulina, y él empleó el término cinco veces. (Romanos 8:15, 23; 9:4; Gálatas 4:5; Efesios 1:5).
1. La adopción de Israel como nación (Romanos 9:4). Véase también Exodo 4:22.
2. La adopción de creyentes como individuos. Este acto de Dios fue predestinado (Efesios 1:5), de modo que puede decirse que el plan predeterminado de Dios incluyó nuestro destino como hijos adoptivos. Fue hecho posible por la muerte de Cristo (Gálatas 4:5). Se efectuó cuando creímos y fuimos hechos miembros de la familia de Dios (Romanos 8:15), sin embargo, no tendrá su completa realización hasta que recibamos cuerpos resucitados (Romanos 8:23).

Las consecuencias de la adopción

1. La adopción significa el que se nos sitúe en una familia a la cual no pertenecíamos por naturaleza (cf. Ef 2:3). Los hijos de ira llegan a ser hijos de Dios.
2. La adopción significa ser librados por completo de relaciones anteriores, particularmente de la ley (Gálatas 4:5). En otras palabras, la otra cara de la adopción es la libertad de la ley.
3. La adopción solamente es posible por un acto voluntario del que adopta. Antes de la fundación del mundo el plan de Dios incluía nuestra adopción (Efesios 1:5).
4. La adopción significa que tenemos pleno derecho a todos los privilegios de pertenecer a la familia de Dios (Romanos 8:15). El crecimiento espiritual puede que tenga que ver con el disfrute de esos privilegios, pero todo creyente tiene derecho a ellos desde el momento de la salvación.
Y todo esto es cierto en virtud de la redención efectuada por Cristo (Gálatas 4:5).

Algunos Resultados De La Salvación

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