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GRACIA COMÚN

Tabla de Contenidos

¿Cuáles son las bendiciones no merecidas que Dios da a todas las personas, creyentes e incrédulos?

Introducción y definición

Cuando Adán y Eva pecaron, se hicieron dignos de castigo eterno y de separación de Dios (Gn 2:17). De la misma manera, cuando los seres humanos pecan hoy se hacen merecedores de la ira de Dios y del castigo eterno: «La paga del pecado es muerte» (Ro 6:23). Esto quiere decir que una vez que las personas pecan, la justicia de Dios requiere solo una cosa: Que queden eternamente separados de Dios, alejados de la posibilidad de experimentar sus cosas buenas y que vivan para siempre en el infierno, recibiendo solo la ira divina para siempre. De hecho, esto es lo que les sucedió a los ángeles que pecaron, y nos podría haber sucedido a nosotros también: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4).
Pero en realidad Adán y Eva no murieron de inmediato (aunque la sentencia de muerte empezó a cumplirse en sus vidas a partir del día que pecaron). La plena ejecución de la sentencia de muerte quedó demorada por muchos años. Además, millones de sus descendientes aun hasta el día de hoy no mueren y van al infierno tan pronto como pecan, sino que continúan viviendo por muchos años, disfrutando de innumerables bendiciones en este mundo. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede continuar Dios dando bendiciones a pecadores que merecen la muerte, no solo a aquellos que al final serán salvos, sino también a millones que nunca lo serán, cuyos pecados nunca serán perdonados?
La respuesta a estas preguntas es que Dios otorga gracia común. Podemos definir la gracia común de la siguiente manera: La gracia común es la gracia de Dios mediante la cual él da a las personas innumerables bendiciones que no son parte de la salvación. Se le llama común porque es común a todas las personas y no está restringido a los creyentes ni a los elegidos.
Para distinguirla de la gracia común, la gracia de Dios que trae salvación a las personas la identificamos con frecuencia como «gracia salvadora». Por supuesto, cuando hablamos de «gracia común» y «gracia salvadora» no estamos indicando que haya dos clases de gracia en Dios, sino es solo la gracia de Dios que se manifiesta a sí misma en el mundo en dos formas diferentes. La gracia común es diferente de la gracia salvadora en sus resultados (no produce salvación), en sus receptores (la reciben por igual los creyentes y los incrédulos), y en su fuente (no fluye directamente de la obra expiatoria de Cristo, puesto que la muerte de Cristo no gana ninguna medida de perdón para los incrédulos y, por tanto, tampoco hace que tengan mérito las bendiciones de la gracia común para ellos). Sin embargo, sobre este último punto debiéramos decir que la gracia común fluye indirectamente de la obra redentora de Cristo, debido al hecho de que Dios no juzgó al mundo de una vez cuando entró el pecado debido primaria y quizá exclusivamente a que planeaba salvar al final a algunos pecadores a través de la muerte de su Hijo.

Ejemplos de gracia común

Si miramos al mundo a nuestro alrededor y lo contrastamos con el fuego del infierno que el mundo se merece, podemos ver inmediatamente la evidencia abundante de la gracia común de Dios en miles de ejemplos de la vida diaria. Podemos distinguir varias categorías específicas en las que vemos esa gracia común.

En la esfera física.

Los incrédulos continúan viviendo en este mundo únicamente a causa de la gracia común de Dios. Cada vez que las personas respiran es por la gracia de Dios, porque la paga del pecado es muerte, no vida. Además, la tierra no solo produce cardos y espinos (Gn 3:18) ni permanece como un desierto calcinado, sino que por la gracia de Dios produce alimentos y materiales para hacer vestidos y albergues, con frecuencia con gran abundancia y diversidad. Jesús dijo: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos» (Mt 5:44–45). Aquí Jesús está apelando a la abundante gracia común de Dios como un estímulo para que sus discípulos también concedan amor y oraciones por bendiciones para los incrédulos (cf. Lc 6:35–36). Del mismo modo, Pablo les dice a las personas en Listra: «En épocas pasadas él permitió que todas las naciones siguieran su propio camino. Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón» (Hch 14:16–17).
El Antiguo Testamento también habla de la gracia común de Dios que viene sobre los incrédulos así como también sobre los creyentes. Un ejemplo específico es Potifar, el capitán egipcio de la guardia del faraón que compró a José como esclavo: «El Señor bendijo la casa del egipcio Potifar a partir del momento en que puso a José a cargo de su casa y de todos sus bienes. La bendición del Señor se extendió sobre todo lo que tenía el egipcio, tanto en la casa como en el campo» (Gn 39:5). David habla de una forma mucho más general acerca de todas las criaturas que Dios ha hecho: «El Señor es bueno con todos; él se compadece de toda su creación … Los ojos de todos se posan en ti, y a su tiempo les das su alimento. Abres la mano y sacias con tus favores a todo ser viviente» (Sal 145:9, 15–16).
Estos versículos son otro recordatorio de que el bien que encontramos en toda la creación es a causa de la bondad y de la compasión de Dios.
Vemos incluso evidencias de la gracia común de Dios en la belleza del mundo natural. A pesar de que la naturaleza misma está sometida a la «esclavitud de corrupción» y «fue sujetada a vanidad» (Ro 8:21, 20) debido a la maldición de la Caída (Gn 3:17–19), todavía queda mucha belleza en el mundo natural. La belleza multicolor de las flores, de los campos y de los bosques, de los ríos, lagos, montañas y mares, todavía nos recuerdan como un testimonio diario de la continua gracia común de Dios. Los incrédulos no merecen disfrutar de nada de esta belleza, pero por la gracia de Dios pueden disfrutar mucho de ella a lo largo de toda su vida.

En la esfera intelectual.

Satanás es «el padre de la mentira» (Jn 8:44), porque él está completamente entregado a la maldad y a la irracionalidad y comprometido con la falsedad que acompaña al mal radical. Pero los seres humanos en el mundo de hoy, incluso los incrédulos, no están totalmente entregados a la mentira, la irracionalidad y la ignorancia. Todas las personas pueden tener alguna percepción de la verdad; y en verdad algunos tienen gran inteligencia y entendimiento. Esto también debe verse como un resultado de la gracia de Dios. Juan se refiere a Jesús y dice «Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo» (Jn 1:9), porque en su papel como creador y sustentador del universo (no particularmente en su papel como redentor) el Hijo de Dios permite que la iluminación y el entendimiento vengan a todas las personas en el mundo.2
La gracia común de Dios en la esfera intelectual la vemos en el hecho de que todas las personas tienen un cierto conocimiento de Dios: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias» (Ro 1:21). Esto quiere decir que hay un sentido de la existencia de Dios y con frecuencia hambre por conocer a Dios que él permite que permanezca en el corazón de las personas, aun cuando eso con frecuencia resulta en muchas religiones de creación humana. Por tanto, Pablo, aun cuando estaba hablando a personas que sostenían ideas religiosas falsas, podía encontrar un punto de contacto en cuanto al conocimiento de la existencia de Dios, como cuando lo hizo al dirigir la palabra a los filósofos atenienses: «¡Ciudadanos atenienses! Observo que ustedes son sumamente religiosos en todo lo que hacen.… Pues bien, eso que ustedes adoran como algo desconocido es lo que yo les anuncio» (Hch 17:22–23).
La gracia común de Dios en la esfera intelectual resulta también en la capacidad de percibir la verdad y distinguirla del error, y experimentar crecimiento en un conocimiento que puede ser usado en la investigación del universo y en la tarea de sojuzgar la tierra. Esto significa que toda la ciencia y tecnología que desarrollan todos los que no son cristianos es un resultado de la gracia común, lo que les permite hacer descubrimientos e invenciones increíbles para desarrollar los recursos de la tierra en muchos bienes materiales, para producir y distribuir esos recursos y tener habilidad en su trabajo productivo. En un sentido práctico esto significa que cada vez que entramos en un supermercado o manejamos un automóvil, o entramos en una casa debiéramos recordar que estamos experimentando los resultados de la abundante gracia común de Dios derramada para el enriquecimiento de la humanidad.

La esfera moral.

También mediante la gracia común, Dios refrena a las personas para que no sean todo lo malas que podían ser. Una vez más la esfera demoníaca, dedicada totalmente a la maldad y a la destrucción, nos provee de un contraste claro con la sociedad humana en la que el mal está claramente restringido. Si las personas persisten en entregarse al mal y siguen continuamente pecando a lo largo del tiempo, Dios al final dejará que se hundan cada vez más en el pecado (cf. Sal 81:12; Ro 1:24, 26, 28), pero en el caso de la mayoría de los seres humanos no caen en esas profundidades a las que el pecado las llevaría si se lo permitieran, porque Dios interviene y pone limitaciones en su conducta. Una de las restricciones más eficaces es la fuerza de la conciencia. Pablo dice: «De hecho, cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, ellos son ley para sí mismos, aunque no tengan la ley. Éstos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Ro 2:14–15).
Ese sentido interno de lo que es bueno y malo que Dios da a todas las personas significa que ellos frecuentemente van a aprobar las normas morales que reflejan muchos de los principios morales de las Escrituras. Pablo dice que aun aquellos que se han entregado al pecado «saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte» (Ro 1:32). Y en otros muchos casos este sentido interno de la conciencia lleva a las personas a establecer leyes y costumbres en la sociedad que son, en términos de comportamiento externo que ellos aprueban o prohíben, bastante semejantes a las leyes morales de las Escrituras: Las personas a menudo establecen leyes o tienen costumbres que respetan la santidad del matrimonio y de la familia, protegen la vida humana, y prohíben el robo y la falsedad al hablar.3 A causa de esto, las personas con frecuencia viven en formas que están directa y exteriormente en conformidad con los principios morales de las Escrituras. Aunque su comportamiento moral no puede ganar méritos con Dios (puesto que las Escrituras dicen claramente «que por la ley nadie es justificado delante de Dios», Gá 3:11, y «todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!» Ro 3:12), no obstante, en algún sentido, menos el de ganar méritos o la aprobación eterna de Dios, los incrédulos hacen «el bien». Jesús nos lo indica cuando dice: «¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así» (Lc 6:33; cf. 2 R 12:2 y 2 Cr 24:2, donde se dice que Joás hizo cosas buenas durante su gobierno como rey, con 2 Cr 24:17–25, donde se dice que hizo tales cosas malas que daba la apariencia de no tener fe salvadora en su vida). Por supuesto, en regiones donde el evangelio ha tenido gran influencia y la iglesia es fuerte, habrá una influencia moral más fuerte que en lugares donde el evangelio nunca ha llegado, o donde hay poca influencia restrictiva (por ejemplo, en sociedades caníbales, o incluso en sociedades modernas occidentales donde la creencia en el evangelio y los principios morales absolutos han sido abandonados por la cultura dominante).
Dios también demuestra su gracia común dando advertencias del juicio final en el funcionamiento del mundo natural. Dios ha ordenado de tal manera el mundo que vivir conforme a sus principios morales muy a menudo trae recompensas en la esfera natural, y violar las normas morales de Dios con frecuencia trae destrucción para las personas, lo que indica en ambos casos la dirección última del juicio final. La honradez, la diligencia en el trabajo, mostrar amor y bondad hacia otros, la fidelidad en el matrimonio y la familia traerá (excepto en las sociedades más corrompidas) traerá muchas más recompensas materiales y emocionales en esta vida que la deshonestidad, la pereza, la crueldad, la infidelidad marital, y otras conductas erróneas como la embriaguez, el abuso de drogas, el robo y cosas semejantes. Estas consecuencias normales del pecado o de la rectitud debieran servirnos de advertencia del juicio que viene, y, en este sentido, son también ejemplos de la gracia común de Dios.

La esfera de la creatividad.

Dios ha permitido una buena medida de habilidad en esferas artísticas y musicales, así como también en otros campos en las que se pueden expresar la creatividad y la destreza, tales como el atletismo, el arte culinario, la escritura y cosas similares. Además, Dios no da la capacidad de apreciar la belleza en muchas esferas de la vida. En esto como también en el campo físico e intelectual, las bendiciones de la gracia común son a veces derramadas sobre los incrédulos con más abundancia aun que sobre los creyentes. Pero en todos los casos es un resultado de la gracia de Dios.

La esfera de las relaciones sociales.

La gracia de Dios es también evidente en la existencia de varias organizaciones y estructuras de la sociedad humana. Lo vemos primeramente en la familia humana, evidenciado en el hecho de que Adán y Eva permanecieron como marido y mujer después de la Caída y entonces tuvieron hijos, tanto hijos como hijas (Gn 5:4). Los hijos de Adán y Eva también se casaron y formaron sus propias familias (Gn 4:17, 19, 26). La familia humana persiste hoy, no simplemente como una institución para los creyentes, sino para todas las personas.
El gobierno humano es también un resultado de la gracia común. Fue instituido en principio por Dios después del diluvio (vea Gn 9:6), y en Romanos 13:1 se dice claramente que fue dado por Dios: «No hay autoridad que Dios no haya dispuesto, así que las que existen fueron establecidas por él». Es evidente que el gobierno es un don de Dios para la humanidad en general, porque Pablo dice que el gobernante «está al servicio de Dios para tu bien» y que «si haces lo malo debes temer, entonces debes tener miedo … pues está al servicio de Dios para impartir justicia y castigar al malhechor (Ro 13:4). Uno de los recursos primarios que Dios usa para restringir el mal en el mundo es el gobierno humano. Las leyes humanas, la fuerza de la policía y el sistema judicial proveen de elementos disuasorios poderosos para las acciones malas, y estos son necesarios, porque hay mucho mal en el mundo que es irracional y que solo puede contenerse mediante la fuerza, porque no se logra detener mediante la razón y la educación. Por supuesto, la pecaminosidad del hombre también puede afectar a los gobernantes mismos, de forma que llegan a corromperse y estimular en realidad el mal en vez de alentar el bien. Esto es solo para decir que el gobierno humano, como todas las otras bendiciones de la gracia común que Dios da, se pueden usar lo mismo para propósitos buenos o malos.
Otras organizaciones en la sociedad humana incluyen las instituciones educativas, las empresas y corporaciones, las asociaciones voluntarias (tales como las dedicadas a la beneficencia o grupos de servicios públicos), e innumerables ejemplos de fraternidades humanas comunes. Todas estas funcionan con el propósito de producir bienestar a los seres humanos, y todas son expresiones de la gracia común de Dios.

La esfera religiosa.

Aun en la esfera de la religión humana, la gracia común de Dios trae algunas bendiciones a las personas incrédulas. Jesús dijo: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mt 5:44), y puesto que no hay limitación en el contexto de orar por su salvación, y puesto que el mandamiento de orar por los que nos persiguen va unido al mandamiento de amarlos, parece razonable concluir que Dios tiene la intención de responder a las oraciones que hacemos aun por los que nos persiguen en relación a muchas cuestiones de la vida. De hecho, Pablo manda específicamente que oremos por «los gobernantes y por todas las autoridades» (1 Ti 2:1–2). Cuando procuramos el bien de los incrédulos eso es coherente con la práctica de Dios de hacer «que salga el sol sobre malos y buenos y que llueva sobre justos e injustos» (Mt 5:45) y es también coherente con la práctica de Jesús durante su ministerio terrenal cuando sanaba a todas las personas que acudían a él (Lc 4:40). No hay ninguna indicación de que requiriera de ellos que creyeran en él o que estuvieran de acuerdo en que era el Mesías antes de concederles salud física.
¿Responde Dios a las oraciones de los incrédulos? Aunque Dios no ha prometido responder a las oraciones de los incrédulos como lo ha hecho en cuanto a las oraciones de los que acuden en el nombre de Jesús, y aunque no tiene obligación de responder a las oraciones de los incrédulos, Dios puede en razón de su gracia común escuchar y conceder las peticiones de los incrédulos, demostrando de ese modo su misericordia y su bondad en otra manera (cf. Sal 145:9, 15; Mt 7:22; Lc 6:35–36). Este es al parecer el sentido de 1 Timoteo 4:10, que dice que «el Dios viviente, [es] el Salvador de todos, especialmente de los que creen». Aquí «Salvador» no puede ser restringido a significar «aquel que perdona pecados y da vida eterna», porque esas cosas no las reciben los que no creen; «Salvador» debe tener aquí un sentido más general, es decir, «aquel que nos rescata de la aflicción, aquel que libera». En situaciones de dificultad o aflicción, Dios con frecuencia escucha las oraciones de los incrédulos y en su compasión los libera de la dificultad. Además, aun los incrédulos tienen con frecuencia cierto sentido de gratitud hacia Dios por los bienes de la creación, por la liberación del peligro y por las bendiciones de la familia, el hogar, las amistades y el país. Además, los incrédulos que llegan a estar en estrecho contacto con la iglesia y quizá se asocian con ella por un tiempo pueden tener algunas experiencias religiosas que parecen estar muy cerca de las experiencias de los que son salvos (vea He 6:4–6; Mt 7:22–23).4
Por último, incluso la proclamación del evangelio a aquellos que al final no lo aceptan es una prueba evidente de la misericordia y de la gracia de Dios, que da testimonio claro del hecho de que Dios no se complace en la muerte o condenación de ninguna de sus criaturas (cf. Ez 33:11; 1 Ti 2:4).

La gracia común y la gracia especial se influencian la una a la otra.

La gracia común, por supuesto, influencia y enriquece a la iglesia, puesto que aparte de la gracia común de Dios dada a los albañiles, carpinteros y otros artesanos no habría templos; aparte de la gracia común dada a los impresores y encuadernadores (e incluso a los que trabajan en las empresas que fabrican el papel y los leñadores que cortan los árboles en el bosque para hacer el papel), no tendríamos Biblias. La iglesia se beneficia de la gracia común de muchas maneras en las actividades diarias.
Por otro lado, la gracia especial que Dios da a los que son salvos trae más bendiciones de gracia común a los incrédulos que viven en la esfera de influencia de la iglesia. Los incrédulos se benefician de los ejemplos de vida cristiana que ven en la sociedad, desde las oraciones y acciones de misericordia que los cristianos hacen por la comunidad, desde el conocimiento de las enseñanzas de las Escrituras y su sabiduría en las que ellos encuentran beneficios morales e intelectuales, y por la influencia de las leyes, costumbres y creencias de una sociedad que vienen por medio de las actividades sociales y políticas de los cristianos. Históricamente la presencia poderosa de aquellos cuyas vidas fueron cambiadas por el evangelio ha sido con frecuencia lo que ha resultado en la liberación de los esclavos (en las colonias británicas y en los Estados Unidos), los derechos de las mujeres, la extensión de la educación pública, el progreso científico y tecnológico, el aumento de la productividad en la economía, el alto valor que tiene el trabajo, el ahorro y la honradez, y otras cosas así.

La gracia común no salva a las personas.

A pesar de todo esto, debemos entender que la gracia común es diferente de la gracia salvadora. La gracia común no cambia el corazón humano ni lleva a las personas al arrepentimiento genuino y a la fe, y, por tanto, no puede salvar a las personas (aunque en la esfera intelectual y moral puede proporcionar algo de preparación para hacer que las personas estén más dispuestas a aceptar el evangelio). La gracia común restringe el pecado, pero no cambia la disposición fundamental de nadie hacia el pecado, ni en ninguna medida significativa purifica la naturaleza humana caída.5
Debemos reconocer también que las acciones de los incrédulos llevadas a cabo en virtud de la gracia común no tienen en sí mismas ningún mérito para conseguir la aprobación o favor de Dios. Estas acciones no son fruto de la fe («Y todo lo que no proviene de fe, es pecado», Ro 14:23, RVR 1960), ni tampoco están motivadas por el amor a Dios (Mt 22:37), sino más bien por el amor a sí mismo en alguna forma u otra. Por tanto, aunque podemos tener la inclinación a decir que las obras de los incrédulos que se conforman externamente a las leyes de Dios son «buenas» en algún sentido, ellos, no obstante, no son buenos en términos de tener méritos para ganar la aprobación divina o hacer que Dios esté obligado hacia el pecador en algún sentido.
Por último, debiéramos reconocer que los incrédulos reciben con frecuencia más gracia común que los creyentes, pues pudieran ser más hábiles, más diligentes, más inteligentes, más creativos o tener más de los beneficios materiales que esta vida puede proporcionar. Esto no indica en lo absoluto que Dios los favorece más ni que van a ganar alguna participación en la salvación eterna, sino solo que Dios distribuye las bendiciones de la gracia común en varias maneras, y concede a menudo bendiciones muy importantes a los incrédulos. En todo esto, ellos debieran, por supuesto, reconocer la bondad de Dios (Hch 14:17), y debieran reconocer que la voluntad revelada de Dios es que la «bondad» de Dios los lleve al arrepentimiento (Ro 2:4).

El porqué de la gracia común

¿Por qué confiere Dios gracia común a pecadores que no se lo merecen y que nunca buscarán la salvación? Podemos sugerir al menos cuatro razones.

Para redimir a los que serán salvos.

Pedro dice que el día del juicio y la ejecución final del castigo se está demorando porque todavía quedan personas que se salvarán: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón» (2 P 3:9–10). En realidad, esta razón es cierta desde el comienzo de la historia humana, porque si Dios quería rescatar a alguna gente de entre toda la humanidad pecadora, no podía destruir a todos los pecadores inmediatamente (porque entonces no hubiera quedado raza humana). Decidió por tanto permitir que vivieran por un tiempo los humanos pecadores y que tuvieran hijos, para permitir que las subsiguientes generaciones vivieran y pudieran escuchar el evangelio y arrepentirse.

Para demostrar la bondad y la misericordia de Dios.

La bondad y la misericordia de Dios no solo se ven en la salvación de los creyentes, sino también en las bendiciones que él da a los pecadores que no se las merecen. Cuando Dios «es bondadoso con los ingratos y malvados» (Lc 6:35), su bondad se revela en el universo, para su gloria. David dice: «El Señor es bueno con todos; él se compadece de toda su creación» (Sal 145:9). En el relato de la conversación de Jesús con el joven rico, leemos:«Jesús lo miró con amor» (Mr 10:21), a pesar de que el hombre era un incrédulo y en un momento le daría la espalda a causa de sus grandes posesiones. Berkhof dice que «Dios derrama innumerables bendiciones sobre todos los hombres y también indica claramente que son expresiones de la disposición favorable de Dios, que, sin embargo, no llega a la volición positiva de personar sus pecados, levantar su sentencia y concederles salvación».6
No es injusto que Dios demore la ejecución del castigo sobre el pecado y derrame bendiciones temporales sobre los seres humanos, porque no olvida el castigo, sino que solo lo aplace. Al demorar el castigo, Dios muestra claramente que no se complace en ejecutar el castigo definitivo, sino que más bien se deleita en la salvación de hombres y mujeres. «Tan cierto como que yo vivo, afirma el Señor omnipotente, [es] que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva» (Ez 33:11); «pues él quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). En todo esto la demora del castigo nos da una clara evidencia de la misericordia, el amor y la bondad de Dios.

Para demostrar la justicia de Dios.

Cuando Dios invita repetidas veces a los pecadores a que acudan con fe y cuando estos rechazan continuamente su invitación, se ve más claramente la justicia de Dios al condenarlos. Pablo advierte a los que persisten en la incredulidad que lo que están haciendo es acumulando ira en contra de ellos: «Por tu obstinación y por tu corazón empedernido sigues acumulando castigo contra ti mismo para el día de la ira, cuando Dios revelará su justo juicio» (Ro 2:5). En el día del juicio todo el mundo callará y quedará convicto delante de Dios (Ro 3:19) y nadie tendrá derecho a objetar que Dios ha sido injusto.

Para demostrar la gloria de Dios.

Por último, la gloria de Dios aparece en muchas maneras por medio de las actividades de los seres humanos en todas las esferas en las que la gracia común se manifiesta. Al desarrollar y ejercer dominio sobre la tierra, los hombres y las mujeres demuestran y reflejan la sabiduría de su Creador, demuestran cualidades semejantes a las de Dios y virtud y autoridad moral sobre el universo, y cosas por el estilo. Aunque todas estas actividades están empañadas por motivos pecaminosos, reflejan, no obstante, la excelencia de nuestro Creador y, por tanto, glorifican a Dios, no de una manera completa y perfecta, pero sí en forma significativa.

Nuestra respuesta a la doctrina de la gracia común

Al pensar en las varias clases de bondad que vemos en la vida de los incrédulos a causa de la abundante gracia común de Dios, debiéramos tener en mente tres cosas:

La gracia común no significa que los que las reciben se salvarán.

Ni siquiera excepcionalmente grandes cantidades de gracia común implica que los que la reciben se salvarán. Aun las personas más inteligentes, más acaudaladas e influyentes del mundo necesitan el evangelio de Jesucristo o se condenarán por toda la eternidad. Aun los vecinos más amables y decentes necesitan el evangelio de Cristo Jesús o se condenarán por toda la eternidad. Puede parecernos mirándolos desde fuera que no tienen necesidades, pero las Escrituras nos dicen que los incrédulos son «enemigos de Dios» (Ro 5:10; cf. Col 1:21; Stg 4:4) y están en «contra» de Cristo (Mt 12:30). «Se comportan como enemigos de la cruz de Cristo», «solo piensan en lo terrenal» (Fil 3:18–19) y son «por naturaleza objetos de la ira de Dios» (Ef 2:3).

Debemos ser cuidadosos en no rechazar como totalmente malas las cosas que los incrédulos hacen.

Mediante la gracia común, los incrédulos hacen algún bien, y debiéramos ver la mano de Dios en ello y estar agradecidos por la gracia común al verla funcionar en cada amistad, en cada amabilidad, en cada forma de proporcionar bendiciones a otros. Todo esto —aunque el incrédulo no lo sabe— viene en última instancia de parte de Dios y él merece la honra y la gloria por ello.

La doctrina de la gracia común debiera estimularnos a ser mucho más agradecidos a Dios.

Cuando vamos caminando por una calle y vemos casas, jardines y familias que viven con seguridad, o cuando negociamos en el mercado y vemos los resultados abundantes del progreso tecnológico, o cuando caminamos por los bosques y las praderas y contemplamos la belleza de la naturaleza, o cuando vivimos protegidos por el gobierno,7 o cuando somos educados con los amplios conocimientos humanos, debiéramos darnos cuenta no solo de que Dios en su soberanía es en última instancia el que concede todas estas bendiciones, sino también que Dios las concede a pecadores que no las merecen en lo absoluto. Estas bendiciones que vemos en el mundo no son solo la evidencia del poder y la sabiduría de Dios, sino también una manifestación continua de su gracia abundante. Darnos cuenta de esta realidad debiera llenar de gratitud nuestros corazones hacia Dios en cada actividad de la vida.

PREGUNTAS DE APLICACIÓN PERSONAL

1. Antes de leer este capítulo, ¿tenía usted un punto de vista diferente sobre sí los incrédulos se merecen los beneficios comunes del mundo que los rodea? ¿En qué sentido ha cambiado su perspectiva, si es que lo ha hecho?
2. ¿Conoce usted ejemplos en los que Dios ha respondido a las oraciones de los incrédulos que estaban en dificultades, o a sus oraciones por las necesidades de un amigo incrédulo? ¿Ha provisto eso de una oportunidad para hablar del evangelio? ¿Llegó el incrédulo al final a una experiencia de salvación en Cristo? ¿Cree usted que Dios usa a menudo las bendiciones de la gracia común como un medio para preparar a las personas para recibir el evangelio?
3. ¿En qué formas esta doctrina cambiará su manera de relacionarse con sus vecinos o amigos incrédulos? ¿Le hará eso más agradecido por el bien que ve en sus vidas? ¿Cree usted que eso afectará sus relaciones con esas personas en un sentido general?
4. Al mirar usted a su alrededor en el lugar donde está en este momento, ¿puede mencionar al menos veinte diferentes ejemplos de gracia común que puede ver? ¿Cómo lo hace sentirse eso?
5. ¿Ha cambiado este capítulo la manera en que ve las actividades creativas como la música, el arte, la arquitectura o la poesía o (algo que es muy similar) la creatividad expresada en las actividades atléticas?
6. Si usted es amable con un incrédulo y este nunca llega a aceptar a Cristo, ¿ha hecho eso algún bien a los ojos de Dios (vea Mt 5:44–45; Lc 6:32–36)? ¿Qué bien ha hecho? ¿Por qué piensa usted que Dios es bueno con aquellos que nunca se salvarán, y en qué sentido sirve eso a sus propósitos en el universo? ¿Piensa usted que tenemos una obligación de hacer mejores esfuerzos para hacer el bien a los creyentes que a los incrédulos? ¿Puede usted mencionar algunos pasajes de las Escrituras que ayudan a responder esta pregunta?

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