ANTE LA CRUZ: MUCHAS MUJERES

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ANTE LA CRUZ: MUCHAS MUJERES

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“Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo” (Mateo 27:55–56).

Muchos consideran la Biblia un libro machista que refleja un mundo machista. Es verdad que hay en la Biblia algunos pasajes que, a primera vista, podrían dar esa impresión. Pero sería un error sacar conclusiones al respecto demasiado precipitadas y demasiado superficiales. Un examen más cuidadoso revelará que la Biblia honra a las mujeres, reconociéndolas como “coportadoras”, junto con los hombres, de la imagen de Dios y, por tanto, exactamente iguales a los hombres en dignidad, y merecedoras del mismo respeto que los hombres. Es más, lo que le da a la mujer, al igual que al hombre, la verdadera Libertad, es precisamente el Evangelio (compárese la situación de las mujeres en los países de mayor influencia cristiana con la de aquellos países donde predomina cualquier otra influencia religiosa). Y nadie más que el Señor Jesucristo elevó la posición de la mujer en la sociedad. No es de extrañar, pues, que ante la Cruz de Cristo hubiera “muchas mujeres” (Mateo 27:55).
Ya hemos visto la compasión que mostraron para con el Señor, en su caminar hacia el Calvario, aquellas “hijas de Jerusalén” (Lucas 23:27). Y es un hecho difícil de negar que casi todo lo que de comportamiento censurable hubo ante la Cruz se atribuye a los hombres presentes: la indiferencia y la crueldad de los soldados; la hipocresía de los dirigentes religiosos; la blasfemia del ladrón que no se arrepintió; etc. Y en cuanto a los amigos del Señor, vemos ante la Cruz a un solo hombre, el apóstol Juan, y sin embargo a “muchas mujeres”. Ni Mateo ni los demás Evangelistas quitan nada del valor y el amor de las mujeres ante la Cruz; al contrario, todos ellos las honran.


¿Quiénes eran esas mujeres?

Se nos dicen los nombres de solo algunas de ellas: María Magdalena (cf. Mateo 27:56; Marcos 15:40); María la madre de Jacobo y de José (cf. Mateo 27:56; Marcos 15:40; ¿Juan 19:25?); y Salomé (cf. Marcos 15:40). Pero en cuanto a la mayoría de ellas no sabemos cómo se llamaban ni sabemos casi nada acerca de ellas, excepto el detalle de que “habían seguido a Jesús desde Galilea” (Mateo 27:55), lo cual probablemente indica que eran de esa región. Pero son, para nosotros, mujeres anónimas, como son también anónimos la gran mayoría de los actores en el drama de la Historia del mundo. Los nombres de unos pocos destacan —para bien o para mal— y pasan a la Historia, pero siempre muchos quedan en el anonimato. Pero, a fin de cuentas, lo que importa no es que seamos “figuras”, sino que dejemos atrás la huella de una serie de virtudes como las que manifestaron aquellas “muchas mujeres” que estuvieron ante la Cruz.


“Estaban allí […] mirando de lejos […]”

¿Por qué “mirando de lejos”? La frase nos recuerda al apóstol Pedro, solamente unas cuantas horas antes, siguiendo al Señor “de lejos” (Mateo 26:58). ¿Por qué, en el caso de Pedro, seguía al Señor “de lejos”? Las circunstancias de la caída de Pedro sugieren que era por miedo. Es el miedo lo que nos lleva a distanciarnos del peligro. ¿Sería por miedo que las mujeres estaban “mirando de lejos”? Si así era, no es para echárselo en cara; al contrario, si estaban ante la Cruz con miedo, era porque su amor al Señor había podido más que su miedo. Pero hay otras posibles explicaciones en cuanto a por qué estaban “mirando de lejos”:


1. Tal vez fuera por humildad

No se sentían lo suficientemente importantes ni dignas de estar más cerca de su Señor y Maestro.


2. Tal vez fuera por modestia

En presencia de tantos hombres —entre ellos los soldados, que ya habían demostrado la clase de hombres que eran— sería natural que aquellas mujeres no quisieran llamar la atención hacia sí mismas, sino más bien mantenerse un poco al margen.


3. Tal vez fuera por “la ternura de su sexo”

¡Sí, hay también hombres tiernos y mujeres que no lo son tanto! Pero a mí me cuesta imaginarme a unas sensibles seguidoras del Señor asistiendo al horrible espectáculo de la ejecución pública por crucifixión de tres hombres sin pasarlo muy mal.

Pero, cualquiera que fuese el motivo, lo que parecen resaltar los Evangelistas no es tanto la distancia entre las mujeres y la Cruz, sino su presencia ante la Cruz.

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“Habían seguido a Jesús desde Galilea”

Fueran todas ellas de Galilea o no, desde allí habían seguido al Señor. Se trata de una de esas referencias geográficas de las que hay bastantes en toda la Biblia y que tendemos a dejar pasar sin molestarnos en fijarnos en el mapa correspondiente al final de nuestra Biblia. ¿Pero quién no sabe que Galilea era la región más al norte de Israel y que Jerusalén, donde el Señor fue crucificado, pertenecía a Judea, la región más al sur? Cuando leemos, pues, que estas mujeres “habían seguido a Jesús desde Galilea”, detrás de estas pocas palabras hay un viaje de más de cien kilómetros que, sin lugar a dudas, las mujeres habrían hecho andando, un viaje de al menos varias semanas —si no de meses— en unas condiciones de las que difícilmente podemos hacernos una idea.
Además —no lo olvidemos—, algunas de las mujeres estaban casadas y tenían hijos, algunos de los cuales eran adultos (como es el caso de los hijos de Zebedeo, cf. Mateo 27:56); por tanto, no eran mujeres jóvenes (de hecho, en un tiempo cuando el promedio de vida sería la mitad de lo que es ahora, algunas de estas mujeres serían consideradas más bien “entradas en años”).

Surge la pregunta de por qué “habían seguido a Jesús desde Galilea” con todas las implicaciones de ello. ¿Por qué habían dejado atrás sus hogares y a sus familias a cambio de una existencia imprevisible, insegura y no poco arriesgada? La única respuesta es: ¡Porque eran verdaderas seguidoras del Señor! “Habían seguido a Jesús desde Galilea —nos dice Mateo— sirviéndole” (Mateo 27:55). Es decir, habían acompañado al Señor desde Galilea hasta Judea no por lo que ellas pudieran recibir de Él, sino con el único deseo de servirle. Vienen a la mente las palabras de Lucas 8:1–3: “Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el Evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes”. Los varios puntos en común entre este pasaje y Mateo 27:55–56 —la referencia a “muchas” mujeres acompañando al Señor, el nombre de María Magdalena, la palabra “servir”, etc.— nos hacen pensar que podría tratarse del mismo grupo de mujeres.

El caso es que estas mujeres eran lo que todo creyente debería ser.

Las palabras que mejor las describen son palabras como amor, devoción, fidelidad, compromiso, sacrificio, dedicación, ser vicio, etc. Habían conocido al Señor. Él había cambiado sus vidas. A algunas de ellas las había sanado. Y, como era natural, habían llegado a ser fieles seguidoras suyas, hasta el punto de no querer dejar de estar con Él, de estar dispuestas a seguirle adondequiera que fuera, de pasar toda clase de incomodidades y de correr toda suerte de riesgos, con el único fin de poder servir a su amado Señor.
Cabe preguntar: ¿Dónde hay discípulos así ahora? ¿Lo somos nosotros? Comparémonos con estas mujeres. ¿Qué hemos dejado atrás nosotros? ¿Qué hemos sacrificado? ¿Hasta dónde hemos seguido nosotros al Señor? ¿Hasta dónde llega nuestro compromiso? ¿Qué hemos hecho nosotros —qué estamos haciendo— para servirle? En una palabra: ¿Cuánto amamos nosotros al Señor?

“Uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Lucas 9:57–58). No se nos dice qué hizo entonces aquel hombre, si cumplió su palabra o si la advertencia del Señor le hizo echarse para atrás. Pero lo que sí sabemos es que un grupo de mujeres siguió al Señor hasta el fin. Le siguieron tanto literal como espiritualmente. Le siguieron en Galilea. Le siguieron en el camino. Le siguieron por todo el país. Le siguieron hasta Judea, hasta Jerusalén. Y le siguieron hasta el Calvario. Y, que sepamos, le siguieron hasta el fin de sus vidas. Puede parecernos loable, o aun fanático. Pero ser discípulo de Cristo es así: es un compromiso incondicional que nace del amor, que a su vez nace del amor del Señor. Un discípulo de Cristo no es un “supercristiano”; es un cristiano, sin más. Es un verdadero seguidor del Señor, como aquellas “muchas mujeres” que estuvieron ante la Cruz.

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Una respuesta

  1. […] con frecuencia se adjudica a los persas el invento de la crucifixión, fuentes antiguas atestiguan que varias otras culturas y pueblos también la utilizaban, incluyendo […]

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