LOS LÍDERES RELIGIOSOS

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LOS LÍDERES RELIGIOSOS

LOS LÍDERES RELIGIOSOS

A pesar de que el Señor Jesucristo murió en las afueras de Jerusalén, la ciudad santa del judaísmo, las personas a quienes hemos visto hasta ahora ante la Cruz no han sido precisamente representativas de la religión judía: Simón de Cirene probablemente era judío, pero pertenecía a los judíos de la diáspora, aquella dispersión del pueblo judío a través del mundo conocido; aquellas mujeres que “lloraban y hacían lamentación por él” (Lucas 23:27), por el hecho de ser mujeres, no “pintaban” nada en cuanto a la voz oficial del judaísmo; se supone que los soldados romanos eran gentiles, o sea, paganos; los dos ladrones que fueron crucificados junto con el Señor, aunque fuesen judíos, serían una vergüenza para su pueblo; y aquellos que “pasaban” probablemente no estarían empadronados en la capital judía. Sin embargo, no faltaron los líderes religiosos, las principales autoridades del judaísmo de aquel entonces.

¿Quiénes eran aquellos líderes religiosos?

Lucas, en su relato de la muerte del Señor, dice: “Aun los gobernantes se burlaban de él” (Lucas 23:35). Mateo nos da más detalles: habla de “los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos” (Mateo 27:41). Tenemos, pues, cuatro “cargos”: (1) los principales sacerdotes; (2) los escribas; (3) los fariseos; y (4) los ancianos. Todos ellos eran hombres, ¿pero qué más se sabe de ellos?
1. Los principales sacerdotes eran los máximos responsables del cumplimiento de la Ley ceremonial judía, e incluían al sumo sacerdote y a cualquier antiguo sumo sacerdote que aún viviera, junto a otros miembros de sus familias.
2. Los escribas se dedicaban a estudiar, interpretar y enseñar toda la Ley de Moisés.
3. Los fariseos constituían el sector más estricto dentro del judaísmo (cf. Hechos de los Apóstoles 26:5), con su acento en la pureza (pureza que, como queda demasiado patente en los Evangelios, era más externa que del corazón).
4. Los ancianos eran una especie de “patriarcas”, jefes de familias o de tribus, que actuaban como portavoces de su gente.
Estos cuatro grupos, juntos, constituían el “Sanedrín”, el máximo concilio judío ante el cual el Señor fue obligado a comparecer (cf. Mateo 26:57 y siguientes, y los pasajes paralelos). Fueron ellos los primeros en juzgar al Señor después de arrestarle en Getsemaní; fueron ellos los que decidieron que el Señor merecía la pena de muerte; fueron ellos los que le llevaron a Pilato —sin él, no podían conseguir esa pena de muerte—; fueron ellos los que instigaron a la gente para que exigiera al gobernador la crucifixión del Señor; y, para asegurarse de la ejecución y de la muerte del Señor, ellos también estuvieron presentes ante la Cruz.

¿Qué hicieron los líderes religiosos?

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El papel que desempeñaron estos en la muerte del Señor se puede resumir en tres intervenciones suyas:
En primer lugar, como ya se ha apuntado, fueron aquellos líderes religiosos los que realmente consiguieron la ejecución del Señor. Afirmar eso no es resucitar ningún tipo de calumnia antisemítica; es, simplemente, aceptar el testimonio del Nuevo Testamento. Fueron los componentes del concilio judío quienes planearon la muerte del Señor (cf. Mateo 26:1–5; Juan 11:45–53; etc.), quienes “firmaron” el acuerdo con Judas Iscariote (cf. Mateo 26:14–16; etc.), quienes hicieron arrestar al Señor (cf. Mateo 26:47 y siguientes; etc.), quienes primero le juzgaron y condenaron (cf. Mateo 26:57 y siguientes; etc.), quienes lo llevaron a Pilato (cf. Mateo 27:1–2; etc.) y quienes manipularon a la multitud en el “juicio” ante Pilato (cf. Mateo 27:20; Marcos 15:11) para conseguir la pena de muerte. Humanamente hablando, sin el papel decisivo de los líderes religiosos el Señor no habría sido condenado y ejecutado, sobre todo teniendo en cuenta que Pilato sabía que era inocente.
En segundo lugar, estando el Señor ya en la Cruz, los principales sacerdotes se quejaron a Pilato del título que este había mandado poner sobre la Cruz del Señor: “JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS” (Juan 19:19–22). Leyendo un poco entre líneas, podemos hacernos una idea de lo que pasó: Una vez llegados al lugar de ejecución, los soldados romanos clavarían al Señor a su Cruz y el título sobre Él; levantarían la Cruz y la meterían en el lugar preparado para ello; los espectadores se quedarían mirando al crucificado y leyendo (los que sabían leer) el título sobre la Cruz. Tal vez hubiera algunos comentarios al respecto en voz alta; los “pastores” judíos se mirarían unos a otros como diciéndose: “Ese título podría hacer mucho daño”; entonces, ya que “el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad” (Juan 19:20), una representación del concilio bajaría deprisa a la residencia del gobernador para hacer su protesta y para instarle a Pilato a que rectificara su “error”, cosa que, como sabemos, no consiguió. Pero llama la atención el “celo pastoral” del “clero” judío. ¡El haber conseguido su objetivo principal —la muerte del Señor— no era suficiente para ellos!
Y en tercer y último lugar, como ya hemos visto, los líderes religiosos se burlaron del Señor mientras este estaba muriendo: “Se burlaban de él” (Lucas 23:35); le escarnecieron (cf. Mateo 27:41–43; Marcos 15:31–32a). Es una imagen que da pena: los “guías espirituales” del pueblo judío uniendo sus voces (supuestamente más cultas) a las del resto de la gente en la más cruel e inhumana burla imaginable del moribundo Mesías.

¿Cuál es el mensaje en todo esto?

Se puede resumir en pocas palabras: Cuanto mayor el conocimiento, tanto más grande es la responsabilidad, la culpa y la condenación.
Todos sabemos por instinto que esto es así. Es por este principio por lo que distinguimos entre la responsabilidad relativa de un niño, de un adolescente y de un adulto. La justicia humana considera el conocimiento un factor agravante en cualquier crimen; el hecho de que la ignorancia de la Ley no exima de la culpa de infringirla no quiere decir que la Ley no sepa hacer diferencia entre el criminal ignorante y el que sabe perfectamente lo que hace. El canibalismo nos parece algo verdaderamente terrible, sobre todo cuando con el fin de comer a otro ser humano se le asesina (cosa que el canibalismo de por sí no implica necesariamente); ¡pero no es lo mismo un caníbal en alguna isla del Pacífico en el siglo XIX que un caníbal en Nueva York en el siglo XXI! Los líderes religiosos de quienes estamos hablando aquí, pues, eran más culpables de lo que hicieron precisamente por el conocimiento que tenían. Eran los “obispos” y los sacerdotes del judaísmo en aquel entonces. Eran hombres cultos que sabían más que los demás, tanto en general como en cuanto a las Escrituras hebreas, tal como se ve en los pasajes de los Evangelios que los describen. Y, como hemos visto, fueron más responsables que otros de la muerte del Señor. Llegaron a la conclusión de que había que acabar con Él, buscaron la manera y el mejor momento, manipularon al pueblo y consiguieron la sentencia que querían y su pronta ejecución. En su Carta canónica, Santiago advirtió a sus lectores: “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1). ¿Qué quiso decir con eso? Pues que los que enseñan a otros, por el hecho de haber estudiado más y de tener más conocimientos que otros, serán más culpables y recibirán mayor condenación si no son maestros fieles a la Verdad. Para ilustrar este mismo principio justo y lógico, el Señor contó una parábola en la que se habla de dos siervos de un señor: “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lucas 12:47–48). Y el Señor, en sus duras pero justas y necesarias acusaciones contra los escribas y los fariseos, no vaciló en aplicarles a ellos el mismo principio: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación” (Mateo 23:14). La hipocresía de aquellos dirigentes religiosos era un factor agravante en sus abusos de los demás y en su misma apariencia de religiosidad, porque sabían lo que hacían.

Pero no olvidemos que los ejemplos de la Biblia, tanto los malos como los buenos, son ejemplos para nosotros. Y la pregunta ineludible para nosotros es: Según el principio justo de “cuanto mayor el conocimiento, tanto más grande es la responsabilidad, la culpa y la condenación”, ¿nosotros qué? Es difícil resistir la conclusión de que, queramos reconocerlo o no, nosotros tenemos aún más privilegios que aquellos dirigentes religiosos del primer siglo: vivimos después de la resurrección del Señor; tenemos la Palabra de Dios escrita en su totalidad, incluido el Nuevo Testamento; nos podemos beneficiar de lo mejor de veinte siglos de historia cristiana; y vivimos en un tiempo de educación más universal, de información casi sin límite y de libertades que apenas se conocían en el primer siglo. ¿Pero qué hemos hecho —y qué estamos haciendo— con todas estas oportunidades? Si el autor de la Carta a los Hebreos pudo decir a sus destinatarios en aquel entonces: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3), ¿qué diremos de nosotros hoy si no aprovechamos todo el conocimiento a nuestra disposición ahora? Sí, el nombre de los fariseos ha pasado a la Historia y a los diccionarios como sinónimo de hipócritas, y con razón ellos y sus compañeros del concilio judío son los malos de la película de Jesús. Pero si es verdad el dicho del Señor de que “a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lucas 12:48), ¡ay de nosotros si, teniendo todo lo que tenemos, no lo aprovechamos para nuestra propia salvación y para la gloria de Dios!

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