LOS QUE PASABAN

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LOS QUE PASABAN

los que pasaban

Ante la Cruz de Cristo había toda clase de personas: hombres y mujeres, judíos y gentiles, personas que amaban al Señor y otras que le odiaban. Simón de Cirene estaba allí obligado a ello por los soldados. Estos estaban cumpliendo órdenes. Las mujeres de Jerusalén estaban allí sin duda atraídas por una irresistible curiosidad y para desempeñar un papel que alguien tenía que desempeñar de llorar por los condenados. La presencia de los dos criminales era la menos voluntaria; la Ley había determinado que debían morir y el destino (el divino) había determinado que morirían junto a Jesús de Nazaret.
Pero además de estos actores en el drama, había otros —según nos dicen Mateo y Marcos— que simplemente “pasaban” por allí cuando el Señor estaba muriendo en la Cruz (cf. Mateo 27:39–40; Marcos 15:29–30). Parece probable que fueran de la muchedumbre que había acompañado a los soldados y a los tres condenados fuera de la ciudad y que ahora formaba una especie de morbosa cola que poco a poco iba pasando delante de las tres cruces: un ritual social que servía o bien como gesto colectivo de repulsa hacia aquellos cuyos actos criminales atentaban contra la paz pública o, siendo más realistas, para que se viera mejor el clímax del espectáculo.
De estos que “pasaban”, poco se sabe. Desconocemos cuántos eran: ¿decenas?, ¿centenares? Desconocemos qué proporción habría de hombres y de mujeres. No sabemos nada acerca de ninguno de ellos en particular. Desconocemos si eran todos de Jerusalén (aunque, puesto que eran fechas festivas, parece probable que hubiera una buena representación de gente de otros lugares). Pero el caso es que ellos también estuvieron ante la Cruz. Y no solo estuvieron; tuvieron un pequeño papel en el drama aquel día. Algunos de ellos hablaron, y sus palabras —pocas, pero significativas— quedaron constatadas por dos de los que luego lo dejarían todo por escrito. Sobresalen dos hechos: el conocimiento del Señor que demostraron tener y la actitud hacia el Señor, totalmente negativa, que manifestaron.

Lo que sabían “los que pasaban”

Sabían quién era aquel hombre que estaba en la Cruz del medio

Dijeron: “Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo” (Mateo 27:39–40; Marcos 15:29–30). Es poco, pero suficiente como para saber que esas personas que “pasaban” sabían quién era Jesús de Nazaret. Este no era, para ellos, un total desconocido. Aunque no hubieran conocido al Señor personalmente —y es muy posible que sí le hubieran conocido—, el nombre de Jesús de Nazaret estaría en la boca de casi todo el mundo. Aun en aquellos tiempos de medios de comunicación muy primitivos, desde hacía tres años o más, la fama del “profeta” de Nazaret había ido creciendo; y aquella última semana, que había comenzado con la triunfal entrada del Señor en Jerusalén y ahora terminaba con su ejecución pública, dejaría a muy pocos ignorantes de quién era Jesús.

Sabían algo de lo que el Señor había dicho

No sabemos si ellos mismos habían oído al Señor decir: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19) —palabras, por cierto, que se entendieron mal cuando el Señor las pronunció (Juan 2:20–22) y que luego serían usadas como testimonio (distorsionado) contra Él en su juicio ante el concilio (cf. Mateo 26:59–61)— o si se habían enterado por otras personas; pero el caso es que algo sabían de lo que el Señor había dicho. Nos podemos imaginar el tipo de conversaciones que habría: “Oye, ¿tú estabas en el templo aquel día cuando dijo eso de…?”; “Yo estaba allí cuando sanó a…”.

Sabían que el Señor había dicho ser el Hijo de Dios

Le dijeron: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mateo 27:40). Por tanto, sabían no solamente lo que el Señor había dicho acerca del “templo de su cuerpo” (Juan 2:21), sino también quién había pretendido ser: el Hijo de Dios. Y al decirle: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz”, es evidente que para ellos el ser “Hijo de Dios” no era cualquier cosa —ni siquiera lo que significa ser hijo de Dios para nosotros hoy—; ya que dan a entender que, si el Señor realmente es “Hijo de Dios”, lo podrá demostrar descendiendo de la Cruz, es decir, haciendo un milagro. Como nos lo aclara Juan: “Los judíos aún más procuraban matarle, porque […] decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Juan 5:18).
Por tanto, si bien son pocas las palabras de “los que pasaban”, son suficientes como para mostrarnos algo, por lo menos, de lo que ellos sabían del Señor. Es posible que supieran más —quizá, aun, mucho más—; pero lo que queda claro es el hecho de que sabían quién era Jesús y algo de lo que Él había dicho: el Señor había dicho ser el Hijo de Dios.
¿Pero lo que sabían les sirvió de algo? Como veremos ahora, no les sirvió de nada. Es más, solo sirvió para agravar la culpabilidad de su comportamiento ante la Cruz. Si no hubieran sabido nada acerca del Señor, la forma en que le trataron hubiera sido algo menos reprochable; pero el hecho de saber lo que sabían les deja sin excusa.
¿Y nosotros? Sin duda sabemos mucho más que ellos acerca de Jesús de Nazaret, el Señor Jesucristo. Vivimos al otro lado de la Historia, en la era del Nuevo Testamento, con la gran ventaja de tener la Palabra de Dios escrita en su totalidad. Sabemos, o al menos podemos saber, mucho más que aquellos que pasaban de la persona y la obra del Señor Jesucristo. ¿Pero de qué nos ha servido a nosotros ese mayor conocimiento? ¿Nos ha llevado a creer en Él o es que nos deja aún más culpables por haberlo rechazado?

los que pasaban
Lo que manifestaron “los que pasaban”

Hemos visto lo que sabían; ¿pero qué hicieron?, ¿qué fue lo que manifestaron? Es una historia bastante triste.

Manifestaron crueldad

Aun si Jesús de Nazaret no significaba nada para ellos, aun si no creían en Él, el caso es que Él estaba muriendo como si fuera la peor clase de criminal, y estaba sufriendo lo indecible en aquella Cruz. Pero ellos solo tuvieron para Él palabras de reproche, palabras de desprecio, palabras crueles. Les faltaba no solo fe en el Hijo de Dios, sino aun humanidad para con un semejante sufriendo y moribundo.

Manifestaron blasfemia

Al igual que los dos criminales (al principio), los que pasaban también blasfemaron al Señor. No se conformaron con no creer en Él; se burlaron de su pretensión de ser el Hijo de Dios. Nos podemos imaginar las carcajadas de los más endurecidos al oír el desafío burlón: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mateo 27:40). La blasfemia, como la ignorancia, es muy atrevida.

Manifestaron ignorancia

“Sálvate a ti mismo —le dijeron—, desciende de la cruz”. ¿Y si lo hubiera hecho? Como ya hemos visto, sabían quién era Jesús, sabían algo de lo que había dicho y que había dicho ser el Hijo de Dios. Pero lo que no sabían era que, si el Señor se hubiera salvado a sí mismo, ¡no hubiera habido salvación para nadie más! Si Él hubiera descendido de aquella Cruz, ¡todos nosotros hubiéramos descendido al abismo que es el Infierno!

Manifestaron incredulidad

Cuando le dijeron: “Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz”, no era un reto sincero. No estaban dándole una oportunidad de demostrar ser quien había dicho ser. No se quedaron esperando a ver si reaccionaba a sus palabras. ¡Simplemente no creían en Él! No creían ni por un momento que aquel hombre fuera el Hijo de Dios. Nos resulta totalmente incomprensible que, al cabo de tres años y medio durante los cuales el Señor había vivido una vida de absoluta integridad y había enseñado como no lo había hecho nadie —y había hecho tantos milagros delante de tantos testigos que ni siquiera los escribas y los fariseos intentaban negarlo—, hubiera tan pocos creyentes en Él, si no fuera por lo que nos enseña la Palabra de Dios a esperar del corazón humano.

Manifestaron indiferencia

No creo que sea una mera coincidencia el que no sepamos los nombres de las personas que aquí estamos considerando, que solo las conozcamos como “los que pasaban”. Por supuesto, no diremos que ni Mateo ni Marcos tuvieran la intención de hacer un juego de palabras, pero el caso es que aquellos que “pasaban” en el sentido literal de la palabra —pasaban por allí— también pasaron del Señor en su sentido metafórico. Se mostraron indiferentes a Él. Pasaban por aquel lugar, se quedaron parados para ver qué pasaba, soltaron sus palabras crueles y blasfemas; y se supone que, tras haber visto el espectáculo hasta el final, seguirían su camino trágicamente indiferentes al que había sido la víctima de su inhumanidad. Eran “los que pasaban”.
Otra vez salta de la página sagrada la pregunta: ¿Acaso no nos parecemos a ellos, a “los que pasaban”? Diremos en nuestra defensa que nosotros nunca hemos dicho lo que ellos ni lo diríamos jamás. ¡Qué fácil es exclamar eso de que “¡yo nunca haría tal cosa!”, ¿verdad? Pero yo no creo que “los que pasaban” fueran ejemplos especialmente malos de la especie. Lo que ellos manifestaron —crueldad, blasfemia, ignorancia, incredulidad e indiferencia— no son más que características del ser humano común. No solo son las “cualidades” que se mencionan en las noticias de cada día; son las que se oyen y se ven en la vida cotidiana de todo el mundo. ¿Dónde está la evidencia de que, en la esfera de lo espiritual, nosotros no somos de los que pasan?

“Los que pasaban”

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