LOS DOS LADRONES

los dos ladrones

El Señor Jesucristo no murió solo. Sí, espiritualmente hablando murió solo, porque sus discípulos le habían abandonado y hasta su Padre le dio la espalda —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”—; y, sobre todo, porque lo que tenía que hacer debía hacerlo solo. Pero en otro sentido no murió solo: le acompañaron otros dos hombres. Le acompañaron por las calles de Jerusalén, por la puerta de la ciudad hasta el Lugar de la Calavera y, desde allí, a la muerte. Por todo ello, aquellos dos hombres —al igual que Simón de Cirene, algunas de “las hijas de Jerusalén”, los soldados romanos y otros— estuvieron, aunque fuera sin querer, ante la Cruz.

¿Quiénes eran aquellos dos hombres que fueron crucificados juntamente con el Señor sin darse cuenta de que ello les convertiría en dos de los más famosos —aunque anónimos— condenados a muerte de toda la Historia? ¿Qué se sabe acerca de ellos y qué podemos aprender en el relato bíblico acerca del final de sus vidas?


Eran criminales

La palabra que usa Lucas para describirlos es la palabra “malhechores” (Lucas 23:32, 33, 39). Se trata de una palabra general: eran delincuentes, criminales. Mateo y Marcos son más específicos; los llaman “ladrones” (Mateo 27:38, 44; Marcos 15:27). En este caso, la palabra original parece implicar la idea de robo con violencia. Según la última confesión de uno de los dos, tanto él como su compañero eran culpables: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos” (Lucas 23:41). No cabe ninguna duda, pues, de que los dos eran criminales. No sabemos nada más de ellos —no sabemos cómo se llamaban, de dónde eran, sus edades, si estaban casados, si tenían hijos, su aspecto físico, etc. Pero eran dos personas que, fuera como fuese, habían acabado en el mundo del crimen y cuyas vidas estaban a punto de llegar a un trágico y horrible fin.

Al lado de personas así, la mayoría de nosotros nos sentimos bastante bien. Nos produce cierta satisfacción el poder compararnos con gente “peor que nosotros”. Nos hace sentirnos justos y en un plano moral superior al de ellos. Pero eso no es bueno; es más, es peligroso, porque el mensaje cristiano —el Evangelio— empieza con el reconocimiento de nuestra necesidad espiritual. Y aunque no seamos criminales ante la Ley humana, todos somos pecadores ante la Ley divina. ¿Qué es el pecado? Según el apóstol Juan, “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). ¿Y quién de nosotros no ha infringido la Ley de Dios? “Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20), y ese conocimiento del pecado es lo que nos lleva a buscar al Salvador de los pecadores.


Sabían que iban a morir ese día

Son pocas las personas que saben qué día van a morir. Pero entre los pocos que sí lo saben están los condenados a muerte. Aquellos dos criminales sabrían que el viernes de “ferias” iba a ser su último día. Es probable que la noche del jueves (mientras no muy lejos de ellos el Señor estaba siendo arrestado, llevado de un sitio a otro, juzgado y condenado) los dos ladrones durmiesen poco. Darían vueltas en el suelo de su celda y le darían vueltas a sus vidas sin sentido a punto de ser cortadas. La imparable salida del Sol aquel amanecer, más rápida que nunca para los dos condenados, sellaría su trágica suerte. Sabían que iban a morir.
A diferencia de aquellos dos ladrones, nosotros no sabemos cuándo vamos a morir. Pero lo que sí sabemos es que no vamos a seguir viviendo aquí en este mundo para siempre. En este mismo momento está en marcha el proceso físico que nos está llevando hacia la muerte, y eso sin contar con la verdadera posibilidad de que tengamos una muerte no natural —un accidente o lo que sea— que se podría adelantar al lento pero inevitable deterioro natural. Y, aparte del hecho de la muerte, está también el hecho —según la Palabra de Dios— de la siempre cercana Venida del Señor Jesucristo. Pero, ya sea que muramos o que el Señor venga antes, después viene el Juicio final. Aunque nosotros no sepamos cuándo vamos a morir, pues, deberíamos vivir cada día como si pudiera ser nuestro último día.

los dos ladrones


“Se metieron” con el Señor

En la historia de los dos ladrones hay una aparente contradicción: mientras que tanto Mateo como Marcos dicen que los dos “injuriaban” al Señor (Mateo 27:44; Marcos 15:32), Lucas nos informa que “uno de los malhechores […] le injuriaba” (Lucas 23:39), pero que el otro reprendió a su compañero por hacerlo (Lucas 23:40–41). La explicación más sencilla de esta aparente contradicción es que, dado el tiempo que transcurrió —sabemos que el Señor estuvo en la Cruz durante seis horas (desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde; cf. Marcos 15:25, 33–37)—, no es tan difícil imaginarse que al principio los dos ladrones le estuvieron injuriando, pero que hubo un cambio en uno de ellos, tal vez por algo que hubiera oído o que hubiera visto en el hombre que tenía a su lado. Pero no hay ninguna razón de peso para no aceptar el testimonio (inspirado) de todos los Evangelistas. Los dos ladrones, pues, estuvieron injuriando al Señor. Aparte de lo que nos dice Lucas (cf. 23:39), no sabemos qué más le dirían. La palabra “injuriar” es, literalmente, “blasfemar”, lo que nos podría dar una idea de la clase de cosas que le decían.

La imagen de los dos ladrones muriendo, blasfemando contra el Hijo de Dios encarnado justo cuando Él estaba dando su vida por los pecadores, es realmente escalofriante. Pero también lo es la manera como cada vez más personas hoy se atreven a dirigir contra el Señor toda clase de acusaciones e insultos: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:18). ¿Qué has dicho tú de Él?


¡Uno de los dos se convirtió!

Esto es, sin duda, lo más sorprendente y lo más sublime de la historia de los dos ladrones. Solamente Lucas nos lo cuenta, pero su testimonio es fiable y suficiente. Uno de aquellos dos hombres, aun siendo lo que era, después de haber unido su voz a la de su compañero para blasfemar al Señor a la cara y cuando le quedaban solamente horas de vida, ¡se convirtió!: ¡Se arrepintió y creyó! ¡Había empezado el día con un pie en el Infierno, pero lo iba a terminar en el mismo Paraíso! ¿En qué se ve la conversión del ladrón? En pocas palabras, reconoció su propia culpa y la inocencia del Señor (cf. Lucas 23:40–41); se dirigió al Señor mostrando que le reconocía como el Rey señalado por el título sobre su Cruz, y le pidió que le salvara: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42). ¡Y cómo debió de sonarle, ante la muerte, la respuesta concisa y clara del Salvador moribundo al también moribundo criminal!: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 

Hay un dicho famoso y acertado respecto a que uno de los dos ladrones se salvó para que nadie careciera de esperanza de salvarse, pero que se salvó solamente uno de los dos para que nadie lo diera por hecho. ¡Sin duda la conversión de aquel ladrón es un caso que nos llena de esperanza! No conocemos ninguna buena obra suya, pero sí obras malas; no parece que fuera un hombre especialmente religioso, aunque —eso sí— creía en Dios (cf. Lucas 23:40); no le dio tiempo a ser bautizado ni a demostrar la sinceridad de su nueva fe por medio de una vida transformada. Simplemente se convirtió y luego murió. En esto hay esperanza para cualquiera. ¿Qué hay que hacer para ser salvo?: ¡Solamente creer, creer en el Señor Jesucristo! Eso fue lo único que pudo hacer aquel ladrón; y es también lo único que tú y yo tenemos que hacer. Él fue directamente desde aquella Cruz al Paraíso; y nosotros, si creemos como él creyó, en el mismo momento de nuestra muerte y cualesquiera que sean las circunstancias, iremos inmediatamente al mismo sitio.


Fueron a sus destinos eternos

Los dos ladrones murieron aquel día, el mismo en que murió el Señor. En el caso de estos, para respetar los escrúpulos religiosos de los líderes de los judíos (¡qué pena que no tuviesen los mismos escrúpulos en cuanto al asesinato “legal” del Mesías!), unos soldados fueron a romperles las piernas para adelantar su muerte (cf. Juan 19:31–32). Y murieron. Pero la muerte no es el final: El ser humano no deja de existir; va desde esta vida a su destino eterno: el Cielo o el Infierno. Y los autores inspirados dejan bastante claro que, de los dos ladrones, uno fue al Cielo y el otro al Infierno. Y en el Cielo sigue el uno y en el Infierno el otro. Y aunque aún queda el cierre del tiempo —con la Venida del Señor, la resurrección de todos los muertos y el Juicio Final—, cuando todo ello se haya cumplido, uno de los dos ladrones seguirá en el Cielo y el otro en el Infierno para siempre.

Puede que nosotros no seamos ladrones, pero también vamos a tener que ir a uno de esos únicos dos destinos eternos. Al igual que cada día nos lleva un poco más cerca del final de nuestra vida aquí, también nos lleva un poco más cerca de nuestro destino definitivo, sea el Cielo o el Infierno. ¿Qué determinará cuál de los dos destinos será el nuestro? La historia de los dos ladrones deja muy claro que no será una diferencia meramente humana: ellos eran del mismo sexo, probablemente de la misma nacionalidad y de la misma raza, de la misma religión e igualmente culpables ante la Ley humana y ante Dios. ¿Entonces cuál era la diferencia? ¿Por qué fue uno al Cielo y el otro al Infierno? Porque uno de los dos murió creyendo en el Señor Jesucristo como su Salvador y su Rey y el otro no. Es la única diferencia que importa, la que determinará también el destino de cada uno de nosotros.

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