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el centurión en la cruz

EL CENTURIÓN ANTE LA CRUZ

“Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39).

Entre las personas que estuvieron ante la Cruz del Señor Jesucristo, ya hemos reflexionado sobre el caso de los soldados romanos que maltrataron al Señor, que lo llevaron al lugar de ejecución, que le crucificaron, que se burlaron de Él cuando estaba en la Cruz y que echaron suertes para ver quién se quedaba con la ropa del Señor. Pero ahora tenemos que volver a uno de aquellos soldados en particular: al jefe de ellos, el centurión.
Aunque no sabemos casi nada de él —no sabemos cómo se llamaba, ni qué aspecto tenía, ni de dónde era, ni si estaba casado o si tenía hijos, etc.—, podemos hacernos una idea de cómo sería un centurión romano de aquel entonces. Para haber ascendido al rango de centurión, es probable que tuviera unos treinta y tantos años, tal vez más. Sería un soldado profesional que llevaría ya al menos la mitad de su vida en el Ejército. En un tiempo cuando el imperio romano seguía extendiéndose y cuando, al mismo tiempo, había que mantener la paz romana que se había impuesto en medio mundo, las guerras estaban a la orden del día, y un centurión habría visto de todo; hasta no es nada improbable que este centurión, como otros muchos, llevara en su cuerpo las cicatrices de más de un roce con la muerte. Sería un hombre duro; era la única manera de sobrevivir y la consecuencia de haber sobrevivido.
Sin embargo, para este centurión, ¡el día que le tocó supervisar las ejecuciones de tres hombres en las afueras de Jerusalén sería el día que cambió su vida! Porque no cabe duda de que la muerte de Jesús de Nazaret tuvo sobre él un gran impacto. Por eso exclamó: “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”

¿Cuál fue LA CAUSA de ese impacto sobre el centurión?

Creo que hubo al menos tres cosas en particular que debieron de impactarle:

El comportamiento del Señor

Jesús de Nazaret era diferente. Imaginándonos cómo sería el condenado a muerte normal y corriente, y sabiendo lo que sabemos del Señor, sería totalmente inconcebible que el centurión no notara en su “preso estrella” algo diferente. Jesús era el Hijo de Dios hecho hombre. No había en Él nada de pecado, ni siquiera en aquellas circunstancias de tanto sufrimiento y tan injusto. ¿Y qué diremos de las palabras del Señor? Tanto en el camino hacia el Lugar de la Calavera como cuando el Señor estaba ya en la Cruz, el centurión le oiría hablar de una manera extraña e impactante. Sin duda llegaría a la misma conclusión a la que llegaron los alguaciles del Templo cuando estos fueron —supuestamente— a arrestar al Señor: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46). Lo que uno dice cuando sabe que va a morir —aun cuando se está muriendo— revela la clase de persona que es. Las palabras del Señor durante las últimas horas de su vida no pudieron menos que sorprender e impresionar al hombre responsable de su ejecución.

Ciertos acontecimientos que acompañaron la muerte del Señor

Aquel viernes, a las doce del mediodía, descendieron sobre la escena en el Calvario unas tinieblas sobrenaturales (cf. Mateo 27:45) y allí permanecieron justo hasta el momento cuando el Señor expiró. Hubo, además, un terremoto (cf. Mateo 27:51b, 54), y Mateo deja claro que tanto el centurión como los que estaban con Él fueron testigos de aquel terremoto. De los otros sucesos sobrenaturales que también tuvieron lugar como consecuencia directa de la muerte del Señor —“el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mateo 27:51a) “y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron” (Mateo 27:52)— el centurión no se enteraría hasta después. Sin embargo, lo lógico es que un hombre medianamente inteligente se preguntara si entre aquellas tinieblas durante las horas de más luz, aquel temblor de la tierra y la muerte del hombre en la Cruz del medio, podía existir alguna misteriosa relación.

La forma en que el Señor murió

Para pensar que la manera de morir del Señor pudo ser lo que más influyó en la reacción del centurión no hace falta recurrir a la conjetura. Marcos dice claramente que el centurión dijo lo que dijo —“verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”— “viendo que después de clamar había expirado así” (Marcos 15:39, énfasis añadido). ¿Cómo murió el Señor?
a) Murió orando, hablando con su Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).
b) ¡Murió orando por sus verdugos!: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34a).
c) Murió “clamando a gran voz” (Lucas 23:46a).
d) ¡Murió por su propia voluntad y decisión!: “Habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46b). (¿Por qué murió el Señor antes que los dos ladrones? ¿Porque ellos eran más fuertes que Él? ¿Porque el Señor fue crucificado primero? A mí no me cabe la menor duda de que fue porque el Señor quiso morir. Para ello había venido desde el Cielo. De ello dependía la salvación de los suyos).
El centurión habría visto morir a muchos, en otras ejecuciones como esta, en el campo de batalla, etc.; ¡pero nunca habría visto a nadie morir así! Y no pudo evitar exclamar al verlo: “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”.
Creo que estas tres cosas fueron la causa del gran impacto que produjo aquel día sobre el centurión. Pero hay otra pregunta también importante:

el centurión en la cruz

¿Cuál fue LA EVIDENCIA del impacto sobre el centurión?

Hay cuatro cosas:

El centurión tuvo miedo

“El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera” (Mateo 27:54, énfasis añadido). Ese gran temor, y máxime en un hombre tan duro como lo sería el centurión, fue la primera señal del impacto que se había producido no solo en el centurión mismo sino, como nos dice Mateo, también en los demás soldados.

El centurión creyó

Las palabras del centurión, las únicas palabras suyas de las que tenemos conocimiento —“verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39)— constituyen una profesión de fe en Jesús de Nazaret como Hijo de Dios. Es cierto que no dijo “[…] el Hijo de Dios” y que en los principales manuscritos del Nuevo Testamento no se distingue entre minúsculas y mayúsculas (se podría argumentar que no dijo más que: “[…] Este hombre era un hijo de Dios”). Sin embargo, parece más que probable que, al decir “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”, estuviera refiriéndose al debate en torno a Jesús: su propia pretensión de ser el Hijo de Dios; el rechazo, claro e indignado, de ello por parte de los dirigentes religiosos y otros; y las inevitables opiniones de la gente al respecto. Es como si el centurión, a la luz de la evidencia ante sus propios ojos (y oídos), pronunciase de manera espontánea y muy decidida su propio veredicto: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Él ya era creyente. Tal había sido el impacto sobre él que había pasado, en tan solo unas pocas horas, de la indiferencia y el escepticismo a la fe en el Hijo de Dios.

El centurión habló

¿Cómo sabemos que el centurión llegó a creer? Solo por lo que dijo. En teoría hubiera podido creer sin decir nada; en ese caso, su fe no habría sido en absoluto menos auténtica, pero nosotros no lo habríamos sabido. La fe es un asunto del corazón, pero solo se ve en sus efectos externos: las palabras y los hechos. Y cuando hay en el corazón una fe verdadera, difícilmente se puede contener dentro de las paredes del corazón; ¡tiene que salir!, ¡tiene que manifestarse! Y la recién nacida fe de aquel centurión no podía evitar exclamar: “¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!”.

El centurión “dio gloria a Dios”

Es Lucas quien añade este detalle: “Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo” (Lucas 23:47, énfasis añadido). No solo tuvo miedo, no solo llegó a creer, no solo habló; también “dio gloria a Dios”. Lo hizo diciendo lo que dijo. Sus palabras dieron gloria a Dios por cuanto, al reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, estaba reconociendo también al Padre como el Padre de Jesús en un sentido especial y único, y estaba reconociendo públicamente lo que Dios estaba haciendo en la persona de su Hijo: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19).

En estas cuatro cosas, pues, está la evidencia del gran impacto que tuvo sobre el centurión la muerte del Señor.
Todo esto clama haciéndose eco en nosotros. Las preguntas que surgen son obvias y muy sencillas: ¿Qué efecto ha causado la muerte del Señor en nosotros? ¿Nos ha impactado? Si es así, ¿en qué se nota?
Es cierto que el centurión parece llevarnos una ventaja insalvable: él estuvo presente cuando el Señor murió y nosotros no. ¿Cómo podemos esperar sentir lo que él sintió? Pero quizá su ventaja no sea tan grande como parece. Todo lo que a él le impactó, nosotros podemos leerlo en los Evangelios y podemos dejar que también nos impacte a nosotros. Además, podemos leer acerca de los otros acontecimientos que acompañaron a la muerte del Señor: el velo del templo, cómo se abrieron los sepulcros y de ellos salieron creyentes que habían estado muertos, etc. Y tenemos la enorme ventaja de poder leer también el resto de las Escrituras inspiradas del Nuevo Testamento, las cuales nos explican una y otra vez el significado de la muerte del Hijo de Dios para salvar a los pecadores. Según el apóstol Pablo, la fe no viene por el ver —por el haber estado presente en la crucifixión del Señor—, sino “por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17), ¡y en esto somos nosotros los que le llevan ventaja al centurión!

¿Y las evidencias en nuestro caso del impacto de la muerte del Señor? No creo que sean otras que las que hemos visto en el caso del centurión: (1) un santo temor ante la Cruz de Cristo; (2) fe en Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios, el Mesías prometido y el Salvador del mundo; (3) palabras de testimonio como las del centurión; porque, como dijo uno de los salmistas inspirados: “Creí; por tanto hablé” (Salmo 116:10a), algo lógico que el apóstol Pablo aplica a los cristianos: “Nosotros también creemos, por lo cual también hablamos” (2 Corintios 4:13); y (4) el darle gloria a Dios, por ser el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo y el que merece toda la gloria, entre otras cosas, de nuestra salvación. ¿Qué hay de estas evidencias en nosotros? ¿En qué se ve en nosotros el impacto de la Cruz de Cristo?

EL CENTURIÓN ANTE LA CRUZ

 

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