JOSÉ DE ARIMATEA

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JOSÉ DE ARIMATEA

A José de Arimatea se le conoce como el que se encargó de la sepultura del Señor Jesucristo. Lo relatan los cuatro Evangelistas (Mateo 27:57 y siguientes; Marcos 15:42 y siguientes; Lucas 23:50 y siguientes; Juan 19:38 y siguientes).
¿Pero estuvo José de Arimatea presente ante la Cruz? Ninguno de los Evangelistas dice explícitamente que estuviera allí. No obstante, hay al menos dos buenas razones para pensar que sí estuvo:

(1) Lo que sí sabemos es que estuvieron ante la Cruz los dirigentes religiosos (Mateo 27:41–43; Marcos 15:31–32a; Lucas 23:35b; Juan 19:19–22), y José de Arimatea era uno de los dirigentes religiosos (cf. Marcos 15:43; Lucas 23:50). Este argumento no es concluyente; pero sí apunta a la probabilidad de que José, como miembro del Concilio judío, estuviera presente en el Calvario.
(2) También sabemos que, en cuanto murió el Señor, José de Arimatea fue al gobernador Pilato para pedirle permiso para bajar el cuerpo del Señor de la Cruz y darle sepultura. Nos dice Marcos que “Pilato se sorprendió de que [el Señor] ya hubiese muerto” (Marcos 15:44), por lo que llamó al centurión para preguntarle si era cierto. La evidente rapidez con la que actuó José sería difícil de explicar de no haber sido porque vio morir al Señor.
Lo que hizo José de Arimatea —dar sepultura al cuerpo del Señor— indica el amor de un discípulo, una impresión que queda confirmada por el testimonio de Mateo (27:57: “José, que también había sido discípulo de Jesús”), de Marcos (15:43: “[…] que también esperaba el reino de Dios”), de Lucas (23:51 dice exactamente lo mismo que Marcos y añade: “[…] y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos [del resto del concilio]”), y de Juan (19:38: “[…] era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos”). La fe de este discípulo del Señor, al igual que la de cualquier otro, tuvo que superar una serie de obstáculos, ¡y los superó!

¿Qué obstáculos tuvo que superar la fe de José de Arimatea?

Su dinero

Lo primero que nos dice Mateo acerca de José es que era “un hombre rico” (Mateo 27:57). Y, aunque no es verdad que el dinero como tal sea “raíz de todos los males” —es “el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10a)—, lo que sí es verdad, según el mismo Señor Jesucristo, es que “difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos” (Mateo 19:23 y pasajes paralelos). Pero todo apunta a que José de Arimatea fue una de las excepciones a la regla. Aun siendo rico, su fe auténtica le llevó a arriesgarlo todo y a poner en primer lugar al Señor y su amor hacia Él como discípulo suyo.

Su religión

Sí, aunque parezca una contradicción, la religión, en vez de ser una ayuda a la fe, puede ser un impedimento para ella. ¡Cuántos ejemplos de ello ha habido en la historia de las religiones! ¡Los principales responsables de la condenación y la ejecución del Mesías fueron precisamente los dirigentes religiosos del judaísmo! José de Arimatea también era un hombre profundamente religioso, pero no permitió que su compromiso con su religión se antepusiera a su amor al Señor.

Su situación

José no solo era judío, y judío practicante; era miembro del concilio más importante del judaísmo. ¡Cuánto le tuvo que costar primero votar en contra de sus compañeros en el Concilio, y luego atreverse a bajar el cuerpo del Señor de la Cruz delante de todo el mundo y llevárselo para darle una sepultura digna! Hubiera sido mucho más fácil, y hasta muy comprensible, haber mantenido el secreto de que era discípulo del Señor. Pero esa tentación también la superó su verdadera fe.

Su reputación

Marcos nos dice que José era un “miembro noble del concilio” (Marcos 15:43, énfasis añadido). No era un miembro cualquiera; tenía cierta reputación de hombre noble. ¿A quién le gusta perder la buena opinión de los demás? Pero llegó el momento (cuando el Señor murió) de olvidarse del “qué dirán” y de no avergonzarse más de su fe en Jesús como el Mesías.

Su miedo

Hablar del miedo de José no es ninguna calumnia. Ya lo hemos visto: “Era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos” (Juan 19:38). Pero, a la hora de la verdad, su fe en el Señor y su amor a Él pudieron más que ese miedo, hasta el punto de pedir audiencia con el mismo gobernador para poder demostrar lo que realmente sentía por el Señor.

Su bondad

José era un “varón bueno y justo” (Lucas 23:50). Pero hasta la bondad puede llegar a ser un obstáculo a la fe. ¿En qué sentido? Pues en el sentido de impedirnos sentir necesidad alguna del Señor. El Señor vino desde el Cielo para ser el Salvador no de “los buenos”, sino —todo lo contrario— de los malos, de los pecadores. ¿Pero y si no me siento malo? ¿Y si no me siento pecador? Pues no me sentiré necesitado del Señor ni le pediré que me salve. A quienes más les cuesta aceptar el mensaje de Cristo es precisamente a aquellos que se creen buenos: Creen que pueden llegar al Cielo por sí solos.

¿Qué evidencias hay de la fe de José de Arimatea?

Sus palabras

Antes de la muerte del Señor, José ya había dado al menos una evidencia clara de su fe: Cuando en el Concilio había hablado y votado en contra de la mayoría, “no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos” (Lucas 23:51). Tal vez esa fuera la primera ocasión cuando José se atrevió a hacer pública su verdadera actitud hacia el Señor. A pesar de los riesgos, que no eran pocos, rompió su silencio e hizo constar en aquella asamblea tan decisiva del concilio su opinión al respecto.

Su valor

José —nos dice Marcos— “vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús” (Marcos 15:43, énfasis añadido). Aunque hubiera ido a ver a Pilato muerto de miedo, aún así hubiera sido una innegable muestra de valor; pero de hecho “entró osadamente” en la presencia del que ostentaba la máxima autoridad política del lugar. De ese “miedo de los judíos” (Juan 19:38), ¡José había pasado al valor, ante judíos y no judíos! Era otra evidencia de la transformación que efectúa la verdadera fe en el Señor.

Su “bolsillo”

¡Hay quien dice que lo último que se convierte es “el bolsillo”! Cuando este “se convierte”, ¡algo ha pasado! Pues fijémonos en un detalle curioso en la historia de José de Arimatea: “E informado [Pilato] por el centurión, dio el cuerpo a José, el cual compró una sábana, y quitándolo, lo envolvió en la sábana […]” (Marcos 15:45–46). Era viernes. El Señor había muerto sobre las tres de la tarde (cf. Marcos 15:34–37). Cuando José obtuvo el permiso del gobernador para dar sepultura al cuerpo del Señor, serían las cuatro, más o menos. Eso le daba a José solo un par de horas como mucho para ir a una tienda y comprar una sábana (el día de reposo judío empezaba con la puesta del Sol del viernes, por lo que todas las tiendas estarían a punto de cerrar). Nos podemos imaginar a José saliendo de la residencia del gobernador, por un lado respirando porque lo más difícil ya había pasado, pero por otro lado nerviosísimo, pensando en todos los detalles prácticos de la sepultura que le iba a ocupar durante las horas siguientes. A un hombre rico como él, comprar una simple sábana no le suponía nada; ¡pero sin duda compró la mejor que tenían en la tienda!, y ni un hombre rico lo hubiera hecho si no hubiera tenido la fe y la devoción por el Señor que tenía José de Arimatea.

Su generosidad

No me refiero a lo que acabo de decir acerca de la sábana; me refiero al lugar al que llevó José el cuerpo sin vida del Señor: “Tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña […]” (Mateo 27:59–60). ¡Cuánto hay en estos detalles que nos da Mateo! El sepulcro donde José (con la valiosa ayuda de Nicodemo: cf. Juan 19:39–42) puso el cuerpo del Señor ¡era su propio sepulcro! ¡Y era nuevo! ¡Él mismo lo “había labrado en la peña”!, aunque fuera con la ayuda de sus sier vos (suponiendo que los tuviera). Es decir, el sepulcro que José había hecho para que un día fuera el lugar de descanso de su propio cuerpo, ¡se lo dio al Señor! ¡Nosotros sabemos que el Señor solamente iba a necesitar el sepulcro de José un par de días!, pero José no lo sabía. Manifiesta su fe, que es un “don de Dios” (Efesios 2:8), dándole al Señor.

Su esfuerzo

Nos dice Mateo que José “[hizo] rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro” (Mateo 27:60b). Era la misma piedra que al amanecer del domingo, dos días después, sería quitada por un ángel. En cuanto al asunto del peso que tendría una piedra lo suficientemente grande como para tapar la entrada de un sepulcro como el de José de Arimatea, mucho se ha dicho. Es muy probable que ni siquiera José y Nicodemo juntos hubieran podido poner la piedra en la entrada del sepulcro sin la ayuda de al menos otro par de hombres más. Pero, aunque esto sea mera conjetura, puesto que Mateo dice que fue José el que hizo rodar la piedra a la entrada del sepulcro, a mí me gusta pensar que José mismo también “arrimó el hombro”: un esfuerzo físico que sería otra evidencia de una fe sincera.

Su devoción

He dejado esto para el final no porque fuera la última evidencia de la fe de José en un sentido cronológico, sino porque me parece que esta fue la virtud que produjo e impregnó todas las demás virtudes, nacidas de la fe, de José de Arimatea. A la pregunta de por qué hizo José todo lo que hizo, por qué esas palabras, ese valor, esa compra, esa generosidad, ese esfuerzo físico; creo que la respuesta que más convence es: por su devoción al Señor. Con la valiosa ayuda de Nicodemo, José de Arimatea quitó de la Cruz el cuerpo sin vida del Señor, lo envolvió en aquella sábana que había ido a comprar para ese fin, con ternura echó sobre Él las tradicionales especias aromáticas y lo vistió de lienzos de sepultura, lo llevó —no se sabe exactamente a cuánta distancia— a su propio sepulcro recién hecho, lo puso allí y se despidió de Él. Solo con la ayuda de una imaginación informada por los hechos narrados por los Evangelistas podemos hacernos una idea del cuidado, el afecto —¿y las lágrimas?— con que José hizo lo que hizo. Resulta irresistible la comparación con María, quien, poco antes de la muerte del Señor, preparó el cuerpo suyo para la sepultura con la misma profunda devoción con la que José de Arimatea le dio sepultura después (Juan 12:1 y siguientes). ¡Qué devoción! Es cierto, tristemente cierto, que no todo lo que pasa por devoción obedece a una auténtica fe cristiana; pero no es menos cierto que, donde existe tal fe, no faltará la devoción del creyente.
La historia de José de Arimatea, tan bien documentada por los cuatro Evangelistas pero tal vez no tan bien aprendida por los que se consideran cristianos, nos deja con dos grandes preguntas: (1) ¿Tenemos nosotros esa fe que “mueve montañas”, que supera los muchos obstáculos que se erigen en oposición a ella: el amor al dinero, la religiosidad, nuestra situación en la vida, la buena opinión de los demás, el temor al “qué dirán”, la confianza en la supuesta justicia de uno mismo, etc.? (2) ¿En qué se ve la fe que decimos tener?: ¿hablamos del Señor?; ¿nos arriesgamos por Él?; ¿le damos de lo que tenemos?; ¿qué hay en nosotros de ese espíritu de servicio y de esa devoción que mostró José de Arimatea?

JOSÉ DE ARIMATEA

 

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