ELECCIÓN Y REPROBACIÓN

Ahora vamos a examinar la manera en que Dios aplica esa salvación a nuestra vida. Empezamos con la obra de Dios en la elección, es decir, su decisión de elegirnos para ser salvos desde antes de la fundación del mundo.

Todos hemos pecado

ELECCIÓN Y REPROBACIÓN: En el artículo anterior hablamos de la realidad de que todos hemos pecado y merecemos el castigo eterno de parte de Dios, y del hecho de que Cristo murió y ganó nuestra salvación. Pero ahora en esta sección vamos a examinar la manera en que Dios aplica esa salvación a nuestra vida. Empezamos en este capítulo con la obra de Dios en la elección, es decir, su decisión de elegirnos para ser salvos desde antes de la fundación del mundo. Esta acción de elegir no es, por supuesto (hablando estrictamente) parte de la aplicación de la salvación a nosotros, puesto que sucedió antes de que Cristo ganara nuestra salvación cuando murió en la cruz. Pero tratamos la elección en este momento porque es cronológicamente el comienzo de los tratos de Dios con nosotros en una forma bondadosa. Por tanto, es correcto pensar en ello como el primer paso en el proceso de recibir la salvación de Dios individualmente.
Otros pasos en la obra de Dios de aplicar la salvación a nuestra vida incluye el oír el llamamiento del evangelio, el ser regenerados por el Espíritu Santo, nuestra respuesta en fe y arrepentimiento, el perdón de Dios de nuestros pecados y que él nos haga miembros de su familia, como también el concedernos crecimiento en la vida cristiana y mantenernos fieles a él a lo largo de toda la vida. Al final de nuestra vida morimos y vamos a su presencia, y luego, cuando Cristo regrese, recibiremos cuerpos de resurrección, y así se completará el proceso de adquirir la salvación.
Varios teólogos han dado nombres específicos a varios de estos eventos, y los han mencionado en un orden específico en el cual creen que han ocurrido en nuestra vida. Esa lista de los sucesos en la cual Dios nos aplica la salvación es conocida como el orden de la salvación, y nos referimos a ella en ocasiones mediante la frase latina, ordo salutis, que significa «orden de la salvación». Antes de empezar a examinar estos elementos en la aplicación de la salvación en nuestra vida, podemos mencionar aquí una lista completa de los elementos que trataremos en los siguientes capítulos:
«El orden de la salvación»

1. Elección (Dios escoge a personas para que sean salvas)
2. El llamamiento del evangelio (proclamación del mensaje del evangelio)
3. Regeneración (nacer de nuevo)
4. Conversión (fe y arrepentimiento)
5. Justificación (posición legal correcta)
6. Adopción (llegar a ser miembros de la familia de Dios)
7. Santificación (conducta correcta en la vida)
8. Perseverancia (permanecer como cristianos)
9. Muerte (ir a vivir con el Señor)
10. Glorificación (recibir un cuerpo resucitado)

Debemos notar aquí que los pasos 2–6 y parte del 7 están todos incluidos en el proceso de «llegar a ser cristiano». Los números 7 y 8 tienen lugar en esta vida, el número 9 sucede al final de esta vida, y el número 10 ocurre cuando Cristo regrese.
Empezamos nuestro estudio del orden de la salvación con el primer elemento: La elección. En relación con esto examinaremos al final de este capítulo la cuestión de la «reprobación», la decisión de Dios de pasar por alto a los que no serán salvos, y castigarlos por sus pecados. Como explicaré más abajo, la elección y la condenación son diferentes en varios aspectos importantes, y es importante distinguirlos a fin de que no pensemos de manera equivocada acerca de Dios o lo que hace.
El término predestinación aparece también con frecuencia en este estudio. En este libro de texto, y en la teología reformada en general, predestinación es un término amplio e incluye los dos aspectos de la elección (de los creyentes) y la reprobación (de los incrédulos). Sin embargo, el término doble predestinación no ayuda mucho porque da la impresión que la elección y la reprobación Dios las realiza en la misma forma y que no hay diferencias esenciales entre ellas, lo que absolutamente no es cierto. Por tanto, los teólogos reformados no usan generalmente la expresión doble predestinación, aunque se usa a veces para referirse a la enseñanza reformada aquellos que la critican. No usaremos, pues, en este libro la expresión doble predestinación para referirnos a la elección y la condenación, puesto que oscurece las distinciones entre ellas y no aporta una indicación exacta de lo que en realidad se está enseñando.

EXPLICACIÓN Y BASES BÍBLICAS

Podemos definir la elección de la siguiente manera: La elección es un acto de Dios antes de la creación mediante el cual él elige a algunas personas para ser salvas, no en base de méritos previsibles en ellos, sino porque ese es su soberano deseo.
Ha habido mucha controversia en la iglesia y mucho malentendido acerca de esta doctrina. Muchas de las cuestiones controversiales relacionadas con la voluntad y la responsabilidad del hombre y en lo concerniente a la justicia de Dios con respecto a las decisiones humanas ya las hemos considerado con cierta amplitud en relación con la providencia de Dios (capítulo 16). Nos enfocaremos ahora aquí solo en aquellas cuestiones adicionales que se aplican específicamente al asunto de la elección.
Nuestro plan en este capítulo será antes que nada citar una serie de pasajes del Nuevo Testamento que tienen que ver con la elección. Luego intentaremos entender el propósito de Dios que los autores del Nuevo Testamento ven en la doctrina de la elección. Por último, intentaremos clarificar lo que entendemos de esta doctrina y responder a algunas objeciones, y también considerar la doctrina de la reprobación.

¿Enseña el Nuevo Testamento la predestinación?

Varios pasajes en el Nuevo Testamento parecen afirmar con bastante claridad que Dios ordenó de antemano los que serían salvos. Por ejemplo, cuando Pablo y Bernabé empezaron a predicar a los gentiles en Antioquía de Pisidia, Lucas escribe: «Al oír esto, los gentiles se alegraron y celebraron la palabra del Señor; y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna» (Hch 13:48). Es significativo que Lucas menciona el hecho de la elección casi de pasada. Es como si eso fuera algo muy normal cuando se predicaba el evangelio. ¿Cuántos creyeron? «Todos los que estaban destinados a la vida eterna».
En Romanos 8:28–30, leemos:

Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.3

En el siguiente capítulo, cuando Pablo habla acerca de que Dios eligió a Jacob en vez de Esaú, dice que no fue por alguna cosa que Jacob hubiera hecho y Esaú no, sino solo para que pudiera continuar el propósito de la elección divina.

Antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor.» Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú.» (Ro 9:11–13)

En cuanto al hecho de que algunos del pueblo de Israel fueron salvos, pero otros no, Pablo dice: «¿Qué concluiremos? Pues que Israel no consiguió lo que tanto deseaba, pero sí lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Pablo indica aquí de nuevo que había dos grupos distintos dentro del pueblo de Israel. Los «elegidos» obtenían la salvación que habían buscado, mientras que los no elegidos habían sido «endurecidos».
Pablo habla explícitamente sobre la elección divina de creyentes desde antes de la creación del mundo al comienzo de Efesios.

«Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:4–6)

Pablo está escribiendo aquí a creyentes y dice específicamente que Dios «nos escogió» en Cristo, refiriéndose a los creyentes en general. En una forma similar, varios versículos más tarde, dice: «A fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:12).
Al escribir a los tesalonicenses, dice: «Hermanos amados de Dios, sabemos que él los ha escogido, porque nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Ts 1:4–5).
Pablo está diciendo que el hecho de que los tesalonicenses creyeran al evangelio cuando él se lo predicó («porque nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción») es la razón por la que él conoce que ellos fueron escogidos. Cuando abrazaron la fe Pablo concluyó que Dios los había escogido hacía mucho según y, por tanto, ellos habían creído cuando él les predicó. Más tarde escribe a esa misma iglesia: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad» (2 Ts 2:13).
Aunque el siguiente versículo no menciona específicamente la elección de seres humanos, es interesante notar también en este punto lo que Pablo dice acerca de los ángeles. Cuando él da un mandamiento solemne a Timoteo, escribe: «Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad» (1 Ti 5:21, RVR 1960). Pablo está consciente de que hay ángeles buenos que son testigos de su mandamiento y también de la respuesta de Timoteo, y está tan seguro que es un acto de elección de Dios que ha afectado a cada uno de esos ángeles buenos que puede llamarlos «ángeles escogidos».
Cuando el apóstol habla acerca de la razón por la que Dios nos ha salvado y nos ha llamado, niega explícitamente que sea debido a nuestras obras, sino que señala más bien al propósito mismo de Dios y a su gracia inmerecida en la eternidad pasada. Dice: «Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 Ti 1:9).
Cuando Pedro escribe una epístola a cientos de creyentes en muchas iglesias en Asia Menor, les dice: «Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos, extranjeros dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia» (1 P 1:1). Más tarde dice que ellos «son linaje escogido» (1 P 2:9).
En la visión de Juan en Apocalipsis, los que no se rinden a la persecución y empiezan a adorar a la bestia son personas cuyos nombres están escritos en el libro de la vida desde el comienzo de la creación del mundo: «Se le concedió hacer guerra contra los santos y vencerlos; y se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. Y la adorarán todos los que moran en la tierra, cuyos nombres no han sido escritos, desde la fundación del mundo, en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado» (Ap 13:7–8, LBLA).4 En una forma similar, leemos acerca de la bestia en el fondo del abismo en Apocalipsis 17: «La bestia que has visto es la que antes era pero ya no es, y está a punto de subir del abismo, pero va rumbo a la destrucción. Los habitantes de la tierra, cuyos nombres, desde la creación del mundo, no han sido escritos en el libro de la vida, se asombrarán al ver a la bestia, porque antes era pero ya no es, y sin embargo reaparecerá» (Ap 17:8).

¿Cómo presenta el Nuevo Testamento la enseñanza de la elección?

Después de leer esta lista de versículos sobre la elección, es importante que veamos esta doctrina en la manera en que el mismo Nuevo Testamento la ve.

Como un consuelo.

Los autores del Nuevo Testamento presentan a menudo la doctrina de la elección como un consuelo para los creyentes. Cuando Pablo asegura a los creyentes en Roma que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Ro 8:28), menciona la obra de Dios de la predestinación como algo por lo que podemos estar seguros de esta verdad. Lo explica en el siguiente versículo: «Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó» (Ro 8:29–30). Lo que Pablo está diciendo es que Dios siempre ha actuado para el bien de aquellos que ha llamado. Si Pablo extiende su mirada al pasado distante de antes de la creación del mundo, ve que Dios conoció de antemano y predestinó a sus hijos para que fueran transformados conforme a la imagen de su Hijo.5 Si mira hacia el pasado reciente encuentra que Dios llamó y justificó a sus hijos que había predestinado. Y si entonces mira hacia el futuro a cuando Cristo regrese, ve que Dios ha determinado dar a los que creen en Cristo cuerpos perfectos y glorificados. Desde la eternidad a la eternidad Dios ha actuado teniendo en mente el bien de sus hijos. Pero si Dios ha actuado siempre pensando en nuestro bien, Pablo razona, ¿no obrará también en nuestras presentes circunstancias para que redunden en nuestro bien? En este sentido se ve la predestinación como un consuelo para los creyentes en los sucesos diarios de la vida.

Como motivo para alabar a Dios.

Pablo dice: «Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5–6). Del mismo modo, dice: «A fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:12).
Pablo les dice a los cristianos de Tesalónica: «Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes cuando los mencionamos en nuestras oraciones.… Hermanos amados de Dios, sabemos que él los ha escogido» (1 Ts 1:2, 4). Pablo da gracias a Dios por los cristianos tesalonicenses porque sabe que Dios es en última instancia el que da la salvación y los ha escogido para que sean salvos. Esto queda aún más claro en 2 Tesalonicenses 2:13: «Nosotros, en cambio, siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes, hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos». Pablo se sentía obligado a dar gracias a Dios por los cristianos en Tesalónica porque sabía que en definitiva la salvación de estos se debía a que Dios los había escogido. Por tanto, era apropiado que Pablo diera gracias a Dios por ellos en vez de alabarlos a ellos por la propia fe salvadora que tenían.
Entendida de esta manera, la doctrina de la elección hace que aumente nuestra alabanza a Dios por nuestra salvación y disminuya de veras cualquier orgullo que podamos sentir si pensamos que nuestra salvación se debe a algo bueno que hay en nosotros o a algo que se nos debe reconocer.

Como un estímulo para la evangelización:

Pablo dice: «Todo lo soporto por el bien de los elegidos, para que también ellos alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús» (2 Ti 2:10). Sabe que Dios ha elegido a algunas personas para que sean salvas, y ve esto como un estímulo para predicar el evangelio, incluso si eso significa soportar grandes sufrimientos. La elección es la garantía de Pablo de que habrá éxito en la evangelización, porque sabe que algunas de las personas con las que habla serán elegidas, y creerán en el evangelio y serán salvas. Es como si alguien nos invitara a ir de pesca con él y nos dijera: «Le garantizo que pescará algunos peces, pues estos están hambrientos y esperando».

Malentendidos en cuanto a la doctrina de la elección

La elección no es fatalista ni mecánica.

A veces los que objetan la doctrina de la elección dicen que es «fatalismo» o que presenta un «sistema mecanicista» del universo. Tenemos aquí dos objeciones que son de alguna forma diferentes. «Fatalismo» es un sistema en el que las elecciones y decisiones humanas no sirven prácticamente para nada. En el fatalismo, no importa lo que nosotros hagamos, las cosas van a terminar sucediendo como han sido previamente ordenadas. Por tanto, es inútil intentar influenciar el resultado de los acontecimientos de nuestra vida haciendo algunos esfuerzos o haciendo elecciones significativas, porque no van a servir para nada a fin de cuentas. Por supuesto, en un sistema fatalista auténtico, que nuestra humanidad quede destruida no significa en realidad nada, y queda eliminada la motivación para la responsabilidad moral.
En un sistema mecanicista la imagen es la de un universo impersonal en el que todas las cosas que suceden han sido determinadas inflexiblemente hace mucho tiempo por una fuerza impersonal, y el universo funciona en una forma mecánica de manera que los seres humanos son más máquinas o robots que persona genuinas. Aquí también la personalidad humana genuina quedaría reducida al nivel de una máquina que solo funciona de acuerdo a planes predeterminados y en respuesta a causa e influencias predeterminadas.
Contrario a la imagen mecanicista, el Nuevo Testamento presenta todo el proceso de nuestra salvación como algo que nos trae un Dios personal en relación con criaturas personales. Dios «nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad» (Ef 1:4–5, RVR 1960). El acto de elección de Dios no fue impersonal ni mecánico, sino que estuvo impregnado de amor personal hacia aquellos a quienes escogió. Además, el cuidado personal de Dios por sus criaturas, aun incluso por las que se rebelan en contra suya, lo vemos claramente en la petición de Dios por medio de Ezequiel: «Diles: Tan cierto como que yo vivo afirma el Señor omnipotente, que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva. ¡Conviértete, pueblo de Israel; conviértete de tu conducta perversa! ¿Por qué habrás de morir?» (Ez 33:11).
Cuando habla acerca de nuestra respuesta a la oferta del evangelio, la Biblia siempre nos ve no como criaturas mecánicas o robots, sino como personas genuinas, criaturas personales que toman decisiones por voluntad propia para aceptar o rechazar el evangelio.6 Jesús invita a cada uno: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11:28). Y leemos la invitación al final de Apocalipsis: «El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”; y el que escuche diga: “¡Ven!” El que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida» (Ap 22:17). Esta invitación y muchas otras como esta son dirigidas a personas auténticas que son capaces de oír la invitación y responder a ella mediante una decisión voluntaria. En cuanto a aquellos que no aceptarán a Jesús, él enfatiza claramente el endurecimiento de su corazón y su rechazo obstinado de no acudir a él: «Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida» (Jn 5:40). Y Jesús exclama con dolor y tristeza en cuanto a la ciudad que lo había rechazado: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste!» (Mt 23:37).
En contraste con la acusación de fatalismo, vemos también un cuadro muy diferente en el Nuevo Testamento. No solo que hacemos elecciones por propia voluntad como personas que somos, sino que también esas elecciones son auténticas elecciones porque afectan el curso de los acontecimientos en el mundo. Afectan nuestras vidas y también la vida y destino de otros. De modo que «el que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3:18). La decisión que hacemos de creer o no creer en Cristo tiene consecuencias eternas en nuestra vida, y las Escrituras están muy dispuestas a hablar acerca de nuestra decisión de creer o no creer como el factor que determina nuestro destino eterno.
La implicación de todo esto es que debemos ciertamente predicar el evangelio, y el destino eterno de las personas depende de si nosotros lo proclamamos o no. Por tanto, cuando el Señor le habló a Pablo una noche y le dijo en una visión: «No tengas miedo; sigue hablando y no te calles, pues estoy contigo. Aunque te ataquen, no voy a dejar que nadie te haga daño, porque tengo mucha gente en esta ciudad» (Hch 18:9–10), el apóstol no sacó la conclusión de que esa «mucha gente» que pertenecía a Dios se salvaría independientemente de si él se quedaba allí o no. Más bien «se quedó allí un año y medio, enseñando entre el pueblo la palabra de Dios» (Hch 18:11), esta fue la estadía más larga de Pablo en una ciudad, excepto en Éfeso durante sus tres viajes misioneros. Cuando Pablo escuchó que Dios tenía mucho pueblo escogido en Corinto, él se quedó más tiempo y se dedicó a predicar a fin de que aquellas personas elegidas pudieran ser salvas. Pablo nos dice con mucha claridad que a menos que los creyentes proclamen las buenas noticias del evangelio otros no se salvarán:

Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique?… Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo. (Ro 10:14, 17)

¿Sabía Pablo antes de ir a una ciudad a quiénes había elegido Dios para salvación y a quiénes no? No, no lo sabía. Eso es algo que Dios nunca nos lo muestra por adelantado. Pero una vez que las personas aceptan a Cristo por la fe, podemos estar seguros de que Dios los había escogido con antelación para la salvación. Esa es exactamente la conclusión de Pablo en cuanto a los tesalonicenses: dice que sabía que Dios los había elegido a ellos porque cuando les predicó, el evangelio les llegó con poder y gran convicción: «Hermanos amados de Dios, sabemos que él los ha escogido, porque nuestro evangelio les llegó no sólo con palabras sino también con poder, es decir, con el Espíritu Santo y con profunda convicción» (1 Ts 1:4–5). Lejos de decir que no importaba lo que él hiciera, y que los elegidos de Dios serían salvos ya fuera que él predicara o no, Pablo soportó una vida llena de dificultades a fin de llevar el evangelio a aquellos que Dios había escogido. Al final de una vida llena de sufrimiento, dijo: «Así que todo lo soporto por el bien de los elegidos, para que también ellos alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús» (2 Ti 2:10).

La elección no está basada en el conocimiento anticipado de Dios de nuestra fe.

Con bastante frecuencia las personas están de acuerdo en que Dios predestina a algunos para que sean salvos, pero luego dicen que Dios hace esto mirando al futuro y viendo quién creerá en Cristo y quién no. Si él ve que una persona llegará a la experiencia de la fe salvadora, la predestinará para que sea salva, basado en el conocimiento anticipado que tiene de la fe de esa persona. Pero si ve que una persona no llegará a la fe salvadora, no la predestina para que sea salva. De esa manera, se piensa, la razón definitiva por la que algunos se salvan y otros no, está dentro de las personas mismas, no con Dios. Todo lo que Dios hace en su trabajo de predestinación es confirmar la decisión que él sabe las personas van a hacer por sí mismas. El versículo que comúnmente se usa para apoyar este punto de vista es Romanos 8:29: «A los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo».7

Conocimiento anticipado de personas, no de hechos:

Pero este versículo difícilmente lo podemos usar para demostrar que Dios basó su predestinación en el conocimiento anticipado del hecho de que una persona creería. Mas bien habla de personas que Dios conoció de antemano («a los que Dios conoció de antemano»), no que él conoció algunas cosas acerca de ellas, como el hecho de que creerían. De lo que se habla aquí es de un conocimiento personal, relacional: Dios, mirando al futuro, vio a ciertas personas en una relación salvadora con él, y en ese sentido él los «conoció de antemano» desde hacia mucho tiempo. Ese es el sentido en el cual Pablo puede hablar de que Dios «conoce» a alguien, por ejemplo, en 1 Corintios 8:3: «Pero el que ama a Dios es conocido por él». De igual manera, dice: «Pero ahora que conocen a Dios, o más bien que Dios los conoce a ustedes» (Gá 4:9). Cuando en las Escrituras se dice que las personas conocen a Dios, o que Dios los conoce a ellos, se está refiriendo a un conocimiento personal que implica una relación salvadora. Por tanto, en Romanos 8:29, «a los que Dios conoció de antemano», se entiende mejor en el sentido de que «desde hacía tiempo los veía en una relación salvadora con él». El texto no dice nada acerca de que Dios conociera de antemano ni que previera que ciertas personas creerían, ni tampoco se menciona esa idea en ningún otro texto de las Escrituras.8
A veces las personas dicen que Dios elige grupos de personas para la salvación, pero no a individuos. En algunos puntos de vista arminianos, Dios eligió a la iglesia como un grupo, mientras que el teólogo suizo Karl Barth (1886–1968) dijo que Dios eligió a Cristo, y a todas las personas en Cristo. Pero Romanos 8:29 habla de ciertas personas que Dios conoció de antemano («a los que Dios conoció de antemano»), no a grupos indefinidos. Y en Efesios Pablo habla de ciertas personas que Dios eligió, y entre ellas él mismo: «Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo» (Ef 1:4). Hablar de que Dios elige a un grupo sin personas no es una elección bíblica. Pero hablar de que Dios elige a un grupo de personas significa que él elige a determinados individuos que constituyen ese grupo.9

Las Escrituras nunca hablan de nuestra fe como la razón de la elección divina:

Además, cuando miramos más allá de estos pasajes específicos que hablan del conocimiento anticipado y examinamos versículos que hablan de la razón por la que Dios nos escoge, encontramos que las Escrituras nunca hablan de nuestra fe ni del hecho de que llegaríamos a creer en Cristo como la razón por la que Dios nos escoge. En realidad, Pablo parece excluir explícitamente la consideración de lo que las personas harían en la vida de su comprensión de la elección que Dios hizo de Jacob en vez de Esaú, a este respecto dice: «Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: “El mayor servirá al menor.” Y así está escrito: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú”» (Ro 9:11–13). Nada que Jacob o Esaú hicieran en la vida influenció la decisión de Dios; fue todo a fin de que pudiera continuar su propósito de la elección.
Cuando habla acerca de los judíos que habían llegado a la fe en Cristo, Pablo dice: «Así también hay en la actualidad un remanente escogido por gracia. Y si es por gracia, ya no es por obras; porque en tal caso la gracia ya no sería gracia» (Ro 11:5–6). Aquí de nuevo Pablo enfatiza la gracia de Dios y la ausencia completa del mérito humano en el proceso de la elección. Alguien podría objetar que la fe no se ve como «obras» en las Escrituras y, por tanto, debiera ser excluida de la cita arriba («ya no es por obras»). Basados en esta objeción, Pablo podría en realidad querer decir: «Pero si es por gracia, no es en base de obras, sino sobre la base de si alguien creería». Sin embargo, esto es improbable en este contexto. Pablo no está contrastando la fe humana y las obras humanas; está contrastando la elección soberana de Dios de las personas con cualquier actividad humana, y señala que la soberanía divina será en última instancia la base para la elección de Dios de que los judíos acudan a Cristo.
Del mismo modo, cuando Pablo habla acerca de la elección en Efesios, no se menciona para nada ningún conocimiento de antemano del hecho de que nosotros creeríamos, ni que hubiera algo digno o meritorio en nosotros (tal como una tendencia a creer) que fuera la razón por la que Dios nos haya elegido. Más bien, Pablo dice: «Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado» (Ef 1:5–6). Si la gracia de Dios es la razón de la elección, y no ninguna disposición humana a creer o decisión de creer, una vez más encaja más con Pablo no mencionar nada de la fe humana, sino solo mencionar la actividad de predestinación de Dios, su propósito y su voluntad, y la gracia que otorga libre y gratuitamente.
En 2 Timoteo Pablo dice de nuevo que «Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo» (2 Ti 1:9). Una vez más se ve el propósito soberano de Dios como la razón primordial de nuestra salvación, y Pablo relaciona esto con el hecho de que Dios nos da su gracia en Cristo Jesús desde antes del comienzo del tiempo, lo que es otra forma de expresar la verdad de que Dios concede su favor de escoger sin ninguna referencia a ningún mérito o valor previsto en nosotros.

La elección basada en algo bueno en nosotros (nuestra fe) sería el comienzo de la salvación por méritos.

Otra clase de objeción que puede plantearse en contra de la idea de que Dios nos escoge porque él sabía de antemano que creeríamos en Cristo. Si el factor determinante y decisivo en si seremos salvos o no es nuestra decisión de aceptar a Cristo, estaremos más inclinados a pensar que merecemos algo de crédito por el hecho de que fuimos salvos. A diferencia de otras personas que continuaron rechazando a Cristo, fuimos suficientemente sabios en nuestro juicio o suficientemente buenos en nuestras tendencias morales o suficientemente perspicaces en nuestras capacidades espirituales para decidirnos a creer en Cristo. Pero una vez que empezamos a pensar de esa manera disminuimos seriamente la gloria que merece Dios por nuestra salvación. Nos sentimos incómodos hablando como Pablo que dice que Dios «nos predestinó … según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia» (Ef 1:5–6), y empezamos a pensar que «Dios nos predestinó … porque sabía que nosotros tendríamos suficientes buenas tendencias hacia la bondad y la fe dentro de nosotros que llegaríamos a creer». Cuando pensamos de esa manera no empezamos a sonar muy diferente de cuando el Nuevo Testamento habla de elección o predestinación. Por el contrario, si la elección está solo basada en la complacencia de Dios y en su decisión soberana de amar a pesar de la falta de bondad o mérito, tenemos sin duda un sentido de aprecio hacia una salvación que no la merecemos en absoluto y estaremos dispuestos para siempre a alabarle por «su gloriosa gracia» (Ef 1:6).
En última instancia, la diferencia entre estas dos perspectivas de la elección la podemos ver en la manera en que responden a una sencilla pregunta. Dado el hecho de que a la postre algunas personas elegirán aceptar a Cristo y otras personas no lo harán, la pregunta es «¿qué hace a las personas diferir?» Es decir, ¿qué es lo que al final marca la diferencia entre los que creen y los que no creen? Si nuestra respuesta es que está en definitiva basada en algo que Dios hace (esto es, su decisión soberana de los que serán salvos), vemos que la salvación en su nivel más fundamental está basada solo en la gracia. Por otro lado, si respondemos que la diferencia determinante entre los que son salvos y los que no la establece algo en el hombre (una tendencia o disposición a creer o no creer), la salvación depende en última instancia de una combinación de la gracia y de la habilidad humana.10

La predestinación basada en el conocimiento anticipado no le da a las personas decisión libre.

La idea de que la predestinación de Dios de que algunos crean está basada en el conocimiento anticipado que tiene de su fe se enfrenta todavía a otro problema: si lo analizamos, este sistema resulta en que tampoco le da al hombre verdadera libertad. Porque si Dios puede mirar al futuro y ver que la persona A llegará a la fe en Cristo, y que la persona B no llegará a la fe en Cristo, entonces esos hechos están ya fijados, ya están determinados. Si damos por sentado que el conocimiento de Dios del futuro es cierto (que debe serlo), entonces es absolutamente seguro que la persona A va a creer y la persona B no va a creer. No hay forma de que sus vidas sean diferentes de eso. Por tanto, es correcto decir que el destino de estas está determinado, porque no puede ser de otra forma. ¿Pero qué es lo que determina ese destino? Si está determinado por Dios mismo, ya no tenemos la elección basada en última instancia en el conocimiento anticipado de la fe, sino más bien en la voluntad soberana de Dios. Pero si ese destino no lo determina Dios, ¿quién o que los determina? Sin duda ningún cristiano va a decir que hay otro ser poderoso, aparte de Dios, que pueda controlar el destino de las personas. Por tanto, parece que la otra única posible solución es que está determinado por alguna fuerza impersonal, alguna clase de suerte o hado, que funciona en el universo, y que hace que las cosas resulten como las vemos. ¿Pero qué ganamos con eso? Hemos entonces sacrificado la elección por amor de un Dios personal por cierto determinismo de una fuerza impersonal y Dios no recibe reconocimiento por nuestra salvación.
e. Conclusión: La elección es incondicional: Parece mejor, por las cuatro razones anteriores, rechazar la idea de que la elección está basada en el conocimiento anticipado de Dios de nuestra fe. En su lugar concluimos que la elección se debe simplemente a una determinación soberana de Dios: «nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos» (Ef 1:5). Dios nos eligió simplemente porque decidió derramar su amor sobre nosotros. No fue porque viera de antemano alguna fe o mérito en nosotros.
Este concepto de la elección ha sido llamado tradicionalmente «elección incondicional».11 Es «incondicional» porque no está condicionada por nada que Dios vea en nosotros que nos haga dignos de su elección.12

Objeciones a la doctrina de la elección

Debemos decir que la doctrina de la elección como la presentamos aquí no está bajo ningún concepto aceptada universalmente en la iglesia cristiana, ni dentro del catolicismo ni del protestantismo. Hay una larga historia de aceptación de la doctrina como aparece aquí presentada, pero muchos otros también la han rechazado. Entre los actuales evangélicos, los que pertenecen a la mayoría de los círculos reformados o calvinistas (denominaciones presbiterianas conservadoras, por ejemplo) aceptarán esta perspectiva, como también muchos luteranos y anglicanos (episcopales) y un buen número de bautistas y creyentes de iglesias independientes. Por otro lado, será rechazada completamente por casi todos los metodistas, así como otros muchos bautistas, anglicanos e iglesias independientes.13 Si bien algunas de las objeciones a la elección son formas más específicas de objeción a la doctrina de la providencia presentada en el capítulo 16, y que ya han sido respondidas allí más en detalle, unas pocas objeciones debemos mencionar aquí.

La elección significa que no tenemos una opción para escoger si aceptamos a Cristo o no.

Según esta objeción, la doctrina de la elección niega todas las invitaciones del evangelio que apelan a la voluntad del hombre y piden a las personas tomar decisiones en cuanto a responder a la invitación de Cristo o no. En respuesta a esto, debemos afirmar que la doctrina de la elección puede muy bien acomodarse a la idea de que tenemos la posibilidad de escoger y tomar decisiones en cuanto a aceptar o rechazar a Cristo. Nuestras decisiones son voluntarias porque son lo que queremos hacer y lo que decidimos hacer.14 Esto no quiere decir que nuestras decisiones son totalmente libres, porque (como expliqué en el capítulo 16, sobre la providencia), Dios puede trabajar soberanamente a través de nuestros deseos de garantizar que nuestras decisiones terminan resultando lo que él ha ordenado, pero esto todavía puede entenderse como una verdadera elección porque Dios nos ha creado y ha ordenado que esa elección sea real. En resumen, podemos decir que Dios hace que nosotros elijamos a Cristo voluntariamente. La suposición equivocada subyacente en esta objeción es que una decisión debe ser absolutamente libre (esto es, en ningún sentido causada por Dios) a fin de que sea una elección humana genuina.

Basados en esta definición de la elección, nuestras opciones no son reales.

Continuando con el estudio del párrafo anterior, alguien podría objetar que si una decisión esta causada por Dios, puede parecernos a nosotros que es algo voluntario y que queremos hacer, pero no es una elección genuina o real, porque no es absolutamente libre. De nuevo debemos responder negando la suposición de que una decisión debe ser absolutamente libre a fin de que sea genuina o válida. Si Dios nos hace a nosotros en una cierta manera y nos dice que nuestras decisiones voluntarias son reales y genuinas, entonces debemos estar de acuerdo en que lo son. Dios es la definición de lo que es real y genuino en el universo. Por el contrario, podríamos preguntar dónde dicen las Escrituras que nuestras decisiones tienen que ser libres de la influencia o control de Dios a fin de que sean reales o genuinas. No parece que las Escrituras hablen alguna vez de ello.

La doctrina de la elección nos convierte en marionetas o robots, no en personas verdaderas.

Según esta objeción, Si Dios de verdad causa todo lo que nosotros elegimos en relación con la salvación, no somos personas auténticas. De nuevo debemos responder que Dios nos ha creado y debemos dejar que sea él el que defina lo que es de verdad ser persona. La analogía de una «marioneta» o «robot» nos reduce a la categoría infrahumana de cosas creadas por el hombre. Pero los seres humanos genuinos son muy superiores a las marionetas o robots, porque tenemos una voluntad genuina y tomamos decisiones voluntarias basadas en nuestras propias preferencias y deseos. De hecho, esta habilidad de tomar decisiones voluntarias es una de las cosas que nos distinguen de muchos de los seres inferiores de la creación. Somos personas verdaderas creadas a la imagen de Dios, y Dios nos ha permitido hacer elecciones genuinas que tienen efectos reales en nuestra vida.

La doctrina de la elección significa que los incrédulos nunca tuvieron la oportunidad de creer.

Esta objeción a la elección dice que si Dios había decretado desde la eternidad que algunas personas no creerían, no hay para ellos una posibilidad verdadera de creer, y todo el sistema funciona injustamente. Podemos dar dos respuestas a esta objeción. Primera, debemos notar que la Biblia no nos permite decir que los incrédulos no tengan la posibilidad de creer. Cuando las personas rechazan a Jesús, él siempre puso la responsabilidad en la propia decisión de ellos de hacerlo, no en algún decreto de Dios el Padre. «¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir» (Jn 8:43–44). Y a Jerusalén le dice: «¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste!» (Mt 23:37). Les dijo a los judíos que le rechazaron: «Ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida» (Jn 5:40). Romanos 1 deja bien en claro que todas las personas se enfrentan a una revelación de parte de Dios con tanta claridad «de modo que nadie tiene excusa» (Ro 1:20). Esta es la pauta coherente de las Escrituras: Las personas que permanecen en la incredulidad lo hacen porque no están dispuestas a acudir a Dios, y la culpa de esa incredulidad siempre la tienen los incrédulos mismos, nunca Dios.
En un segundo nivel, la respuesta a esta pregunta debe ser sencillamente la de Pablo a una objeción similar: «Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?”» (Ro 9:20).

elección y reprobación

Elegidos por dios

La elección es injusta.

En ocasiones las personas consideran la doctrina de la elección como injusta, puesto que enseña que Dios elige a algunos para ser salvos y pasa por alto a otros, a quienes decide no salvar. ¿Cómo puede ser eso justo?
A esto podemos darle dos respuestas. Primera, debemos recordar que sería perfectamente justo que Dios no salvara a nadie, de la misma manera que hizo con los ángeles: «Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al abismo, metiéndolos en tenebrosas cavernas y reservándolos para el juicio» (2 P 2:4).15 Lo que sería perfectamente justo para Dios sería hacer con los seres humanos lo que hizo con los ángeles, esto es, no salvar a ninguno de los que pecaron y se rebelaron en contra de él. Pero decidir salvar a algunos de ellos, es una demostración de gracia que va más allá de los requerimientos de la equidad y de la justicia.
Pero en un nivel más profundo esta objeción diría que no es justo que Dios creara a algunas personas que sabía que pecarían y serían eternamente condenadas, y a quienes él no redimiría. Pablo plantea esta objeción en Romanos 9. Después de decir que «Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer» (Ro 9:18),16 el apóstol entonces plantea esta precisa objeción: «Pero tú me dirás: “Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?» (Ro 9:19). Aquí encontramos la esencia de la «injusticia» de esta objeción en contra de la doctrina de la elección. Si el destino último de cada persona lo determina Dios, no la persona misma (esto es, aun cuando las personas toman decisiones que determinan si serán salvas o no, si Dios está en realidad detrás de esas decisiones haciendo que de alguna manera ocurran), ¿cómo puede ser eso justo?
La respuesta de Pablo no es una que apela a nuestro orgullo, ni tampoco intenta darnos una explicación filosófica de por qué es esto justo. Pablo simplemente invoca los derechos de Dios como el Creador omnipotente:

¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?” ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Ésos somos nosotros, a quienes Dios llamó no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles. (Ro 9:20–24)17

Lo que Pablo dice es que hay un punto más allá del cual no le podemos responder a Dios ni cuestionar su justicia. Él ha hecho lo que ha hecho conforme a su voluntad soberana. Él es el Creador; nosotros somos sus criaturas, y no tenemos a fin de cuentas ninguna base para acusarle de imparcialidad o injusticia.18 Cuando leemos estas palabras de Pablo nos enfrentamos a la decisión de si aceptamos o no lo que Dios dice aquí, y lo que él hace, solo en base a que él es Dios y nosotros no lo somos. Es una cuestión que va profundamente al concepto que tenemos de nosotros mismos como criaturas y de nuestra relación con Dios como Creador.
Esta objeción de injusticia toma una forma ligeramente diferente cuando las personas dicen que es injusto que Dios salve a algunas personas y no salve a otras. Esta objeción está basada en una idea de justicia entre los seres humanos que nosotros sentimos intuitivamente. Nosotros reconocemos en los asuntos humanos que es correcto tratar a personas iguales en una forma igual. Por tanto, nos parece intuitivamente apropiado decir que si Dios va a salvar a algunos pecadores debiera hacerlo con todos los pecadores. Pero en respuesta a esta objeción debemos decir que no tenemos ningún derecho de imponer sobre Dios nuestro sentido intuitivo de lo que es apropiado entre los seres humanos. Siempre que las Escrituras empiezan a considerar esta cuestión vuelven a la soberanía de Dios como Creador y dicen que él tiene el derecho de hacer lo que place con su creación (vea Ro 9:19–20, citado arriba).19 Si en definitiva Dios decide crear algunas criaturas para que sean salvas y otras para que no lo sean, esa fue su decisión soberana, y no tenemos ninguna base moral ni bíblica sobre la que podamos insistir que no sea justo.

La Biblia dice que Dios quiere que todos sean salvos.

Otra objeción a la doctrina de la elección es que contradice ciertos pasajes de las Escrituras que dicen que Dios quiere que todos se salven. Pablo escribe acerca de Dios nuestro Salvador que «quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). Y Pedro dice: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 P 3:9). ¿No contradicen estos pasajes la idea de que Dios ha escogido solo a ciertas personas para ser salvas?
Una solución común a esta cuestión (desde la perspectiva reformada que defendemos en este libro) es decir que estos versículos hablan de la voluntad revelada de Dios (que nos dice lo que debemos hacer), no de su voluntad oculta (su plan eterno para lo que ocurrirá).20 Estos versículos solo nos están diciendo que Dios invita y manda a cada persona que se arrepienta y acuda a Cristo para obtener salvación, pero no dicen nada acerca de los decretos secretos de Dios sobre quiénes serán salvos.
El teólogo arminiano Clark Pinnock no acepta la idea de que Dios tenga una voluntad secreta y otra revelada, y dice que es «una idea excesivamente paradójica la de dos voluntades divinas en cuanto a la salvación».21 Pero Pinnock nunca en realidad responde a la pregunta de por qué no son todos salvos (desde una perspectiva arminiana). En definitiva los arminianos también deben decir que Dios quiere algo con más fuerza que la salvación de todas las personas, porque en realidad no todos son salvos. La afirmación arminiana de que no todos son salvos porque Dios quiere preservar el libre albedrío humano más de lo que quiere que todos se salven. ¿Pero no es esto también hacer una distinción en dos aspectos de la voluntad de Dios? Por un lado Dios quiere que todos sean salvos (1 Ti 2:5–6; 2 P 3:9). Pero por el otro lado quiere preservar el total libre albedrío del hombre. De hecho, él quiere lo segundo más que lo primero. Pero esto significa que los arminianos también deben decir que 1 Timoteo 2:5–6 y 2 Pedro 3:9 no dice que Dios quiere la salvación de todos en una forma absoluta o incondicional: también tienen que decir que estos versículos solo se refieren a un tipo o a un aspecto de la voluntad de Dios.
Aquí podemos ver con claridad la diferencia entre la concepción reformada y arminiana de la voluntad de Dios. Tanto calvinistas como arminianos concuerdan en que los mandamientos de Dios en las Escrituras revelan lo que Dios quiere que hagamos, y ambos están de acuerdo en que los mandamientos en las Escrituras nos invitan a que nos arrepintamos y confiemos en Cristo en cuanto a la salvación. Por tanto, en un sentido ambos están de acuerdo en que Dios quiere que seamos salvos. Esa es la voluntad que él nos revela explícitamente en la invitación del evangelio.
Pero ambas partes deben también decir que hay algo más que Dios considera más importante que salvar a todos. Los teólogos reformados dicen que Dios considera su gloria más importante que salvarnos a todos, y que (según Ro 9) la gloria de Dios es también promovida por el hecho de que algunos no son salvos. Los teólogos arminianos también dicen que hay algo que es más importante para Dios que la salvación de todas las personas: la preservación del libre albedrío del hombre. De modo que en el sistema reformado el valor supremo de Dios es su gloria, y en el sistema arminiano el valor supremo de Dios es el libre albedrío del hombre. Estas son dos concepciones distintivamente diferentes de la naturaleza de Dios, y parece ser que la posición reformada tiene un apoyo bíblico mucho más explícito que el que tiene la posición arminiana en este asunto.22

La doctrina de la reprobación

Cuando entendemos la elección como la decisión soberana de Dios de que algunas personas sean salvas, hay necesariamente otro aspecto de esa decisión: la decisión soberana de Dios de pasar por alto a otros y no salvarlos. Esta decisión de Dios en la eternidad pasada es lo que llamamos reprobación. La reprobación es la decisión soberana de Dios desde antes de la creación de pasar por alto a algunas personas, decidiendo con tristeza no salvarlos, y castigarlos por sus pecados, y de esa manera manifestar su justicia.
En muchos sentidos la doctrina de la condenación es la más difícil de todas las enseñanzas de las Escrituras para pensar en ella y aceptarla, porque tiene que ver con consecuencias tan horribles y eternas para los seres humanos creados a la imagen de Dios. El amor que Dios nos da por nuestros semejantes y el amor que él nos manda tener hacia nuestro prójimo nos lleva al rechazo de esta doctrina, y está bien que sintamos de esa forma al pensar en ella.23 Es algo en lo que no quisiéramos creer, y no creeríamos, a menos que las Escrituras lo enseñen claramente.
Pero ¿hay pasajes de las Escrituras que hablan de una decisión de Dios como esa? Ciertamente hay algunos. Judas habla de algunas personas «que desde hace mucho tiempo han estado señalados para condenación. Son impíos que cambian en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a Jesucristo, nuestro único Soberano y Señor» (Jud 4).
Además, Pablo, en el pasaje arriba referido, habla de la misma manera del faraón y de otros:

Porque la Escritura le dice al faraón: «Te levanté precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra.» Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer.… ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? (Ro 9:17–22).

En cuanto a los resultados del hecho de que Dios no va a escoger a todos para salvación, Pablo dice: «Israel no consiguió lo que tanto deseaba, pero sí lo consiguieron los elegidos. Los demás fueron endurecidos» (Ro 11:7). Y Pedro dice de los que rechazan el evangelio: «Tropiezan al desobedecer la palabra, para lo cual estaban destinados» (1 P 2:8).24
A pesar del hecho de que no nos gusta esta doctrina, debemos ser cuidadosos en cuanto a nuestra actitud hacia Dios y hacia estos pasajes de las Escrituras. Nunca debemos empezar a desear que la Biblia se hubiera escrito de otra manera, o que no contuviera esos versículos. Además, si estamos convencidos de que estos versículos enseñan condenación, estamos obligados a creerlos y a aceptar que es justo de parte de Dios, aunque nos hace temblar de horror pensar en ello. En este contexto puede sorprendernos ver que Jesús da gracias a Dios por ocultar el conocimiento de la salvación de algunos y por revelarlo a otros. Jesús declaró: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son como niños. Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad» (Mt 11:25–26).
Además, debemos reconocer que de alguna manera, en la sabiduría de Dios, el hecho de la condenación y la eterna condenación de algunos mostrarán la justicia de Dios y también redundará en gloria suya. Pablo dice: «¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción?» (Ro 9:22). Pablo también nota que el hecho de tal castigo de los «destinados a la destrucción» sirve para mostrar la grandeza de la misericordia de Dios hacia nosotros: Dios hace esto «para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria?» (Ro 9:23).
También debemos recordar que hay diferencias importantes entre la elección y la condenación tal como aparecen en la Biblia. La elección para salvación se ve como una causa para regocijarse y alabar a Dios, quien es digno de alabanza y de recibir todo el crédito por nuestra salvación (vea Ef 1:3–6; 1 P 1:1–3). A Dios se le ve escogiéndonos activamente para salvación, y haciéndolo con amor y deleite. Pero la reprobación se ve como algo que le causa tristeza a Dios, no deleite (vea Ez 33:11), y la causa de la reprobación se atribuye siempre a las personas o ángeles que se rebelan, nunca sobre Dios (vea Jn 3:18–19; 5:40). De modo que en la presentación que las Escrituras hacen Dios es el origen de la elección, pero el hombre es la causa de la reprobación. Otra diferencia importante es que la base para la elección es la gracia de Dios, mientras que la base de la reprobación es la justicia de Dios. Por consiguiente, la «doble predestinación» no es una frase útil o exacta, porque no tiene en cuenta estas diferencias entre la elección y la reprobación.
La tristeza de Dios por la muerte de los pecadores («no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva», Ez 33:11) nos ayuda a entender cuán apropiado era que Pablo mismo sintiera gran tristeza cuando pensaba en la suerte de los judíos incrédulos que habían rechazado a Cristo. Pablo dice:

Digo la verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me lo confirma en el Espíritu Santo. Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza, el pueblo de Israel … (Ro 9:1–4)

Nosotros también debemos sentir esta gran tristeza cuando pensamos en la suerte de los incrédulos.
Pero se podría objetar en este momento que si Dios siente genuinamente tristeza por el castigo de los malvados, ¿por qué lo permite e incluso decreta que eso suceda? La respuesta debe ser que Dios sabe que esto al final resultará en una mayor gloria para él. Mostrará su poder, su ira, su justicia y misericordia en una manera que de otra forma no podría ser demostrado. Ciertamente en nuestra experiencia humana es posible hacer algo que nos causa mucha tristeza, pero que sabemos que a la larga causará un mayor bien. Por tanto, después de esta apagada analogía humana, podemos quizá entender que Dios puede decretar algo que le causa tristeza pero que a la postre resultará para gloria suya.

Aplicación práctica de la doctrina de la elección

En términos de nuestra relación con Dios, la doctrina de la elección tiene aplicaciones prácticas importantes. Cuando pensamos en la doctrina bíblica sobre la elección y la reprobación, es apropiado que lo apliquemos a nuestra vida individualmente. Es correcto que cada cristiano se pregunte: «¿Por qué soy cristiano? ¿Por qué en definitiva Dios habrá decidido salvarme?»
La doctrina de la elección nos dice que soy cristiano porque Dios en la eternidad pasada decidió derramar su amor sobre mí. ¿Pero por qué decidió hacerlo? No por algo bueno que hubiera en mí, sino simplemente porque quiso amarme a mí. No hay ninguna otra razón para ello.
Pensar de esa manera nos ayuda a ser humildes delante de Dios. Nos permite darnos cuenta que no tenemos ningún derecho a la gracia divina. Nuestra salvación se debe solo y totalmente a la gracia de Dios. Nuestra única y apropiada respuesta es darle a él eterna alabanza.

PREGUNTAS DE APLICACIÓN PERSONAL

1. ¿Piensa que Dios le eligió a usted individualmente para ser salvo desde antes de la creación del mundo? ¿Piensa que lo hizo basado en el hecho de que él sabía que usted iba a creer en Cristo, o fue una «elección incondicional», no basada en nada que él viera de antemano que le hiciera a usted digno de su amor? No importa cómo responda a la anterior pregunta, explique cómo le hace sentirse su respuesta cuando piensa de sí mismo en relación con Dios.
2. ¿Le da la doctrina de la elección consuelo o seguridad acerca del futuro?
3. Después de leer este capítulo, ¿siente usted sinceramente que le gustaría darle gracias a Dios o alabarle por haberle elegido para ser salvo? ¿Siente usted algún tipo de injusticia en que Dios no decidió salvar a todos?
4. Si usted está de acuerdo con la doctrina de la elección tal como aparece en este capítulo, ¿le disminuye eso su sentido de persona individual o le hace sentirse de alguna manera como un robot o una marioneta en las manos de Dios? ¿Cree que debiera hacerle sentir de esa manera?
5. ¿Qué efecto piensa usted que va a tener este capítulo en su motivación para la evangelización? ¿Es este un efecto positivo o negativo? ¿Puede usted pensar en formas en las que la doctrina de la elección puede ser un estímulo positivo para la evangelización (vea 1 Ts 1:4–5; 2 Ti 2:10)?
6. Ya sea que usted adopte una perspectiva reformada o arminiana de la doctrina de la elección, ¿puede usted pensar en algunos beneficios positivos en la vida cristiana que aquellos que sostienen la posición opuesta a la suya parecen experimentar y usted no? Aunque usted no esté de acuerdo con la otra posición, ¿puede mencionar algunas cosas útiles o verdades prácticas acerca de la vida cristiana que usted podría aprender de esa posición? ¿Hay algo que los calvinistas y los arminianos podrían hacer para generar un mayor entendimiento y menos división sobre esta cuestión?

PASAJE BÍBLICO PARA MEMORIZAR

Efesios 1:3–6: Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado.

HIMNO

«Escogido fui de Dios»

Este himno recalca especialmente el hecho de que nuestra elección no se basa en algo bueno que tengamos nosotros mismos, sino en la pura gracia de Dios.

Escogido fui de Dios en el Amado.
En lugares celestiales su bendición me dio.
Antes de la creación el plan fue hecho,
por su santa voluntad.

Coro:
Escondido en Cristo estoy, nadie me apartará.
Y las fuerzas de este mundo no me podrán dañar.
Vivo y ando en esta vida con seguridad,
porque me escogió mi Dios.

Tengo un sello que el Espíritu me ha dado.
Cuando mi confianza puse sólo en mi Salvador.
Prenda que el Señor me dio de vida eterna,
Escogido fui de Dios.

Me escogió para alabanza de su gloria,
Y sentóme en las alturas con Cristo mi Señor.
Grande fue la admiración al ver su gracia,
cuando me escogió mi Dios.

AUTOR: VÍCTOR GARRIDO (TOMADO DE HIMNOS DE FE Y ALABANZA #242)

ELECCIÓN Y REPROBACIÓN

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Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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