LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

LA SEGUNDA VENIDA

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La segunda venida es mencionada más de trescientas veces en el Nuevo Testamento. Pablo se refiere a ella en sus epístolas cuando menos cincuenta veces. Se afirma que la segunda venida es mencionada ocho veces más que la primera. Libros enteros (1 y 2 Tesalonicenses) y capítulos completos (Mateo 24; Marcos 13) están dedicados a ella. Es sin duda alguna una de las doctrinas más importantes del Nuevo Testamento.

La forma de su venida

Será personal (Juan 14:3; Hechos 1:10, 11; 1 Tesalonicenses 4:16; Apocalipsis 1:7; 22:7), literal (Hechos 1:10; 1 Tesalonicenses 4:16, 17; Apocalipsis 1:7; Zacarías 14:4), visible (Hebreos 9:28; Filipenses 3:20; Zacarías 12:10) y gloriosa (Mateo 16:27; 2 Tesalonicenses 1:7–9; Colosenses 3:4; Mateo 25:31).

Se mantienen interpretaciones que buscan evitar el punto de vista de la venida personal o literal de Cristo. Algunos enseñan que la muerte es la segunda venida de Cristo. Pero la segunda venida se presenta como algo opuesto a la muerte, puesto que los muertos en Cristo resucitarán cuando Cristo venga de nuevo. En la muerte vamos a El, pero a su venida, viene por nosotros. Ciertos versículos (Mateo 16:28; Filipenses 3:20) carecen de significado si sustituimos la segunda venida por la muerte. Finalmente, la muerte es un enemigo, mientras que la segunda venida es una esperanza gloriosa.

Algunos afirman que la segunda venida de Cristo fue el descenso del Espíritu, el día de Pentecostés. Otros enseñan que Cristo vino en la destrucción de la ciudad de Jerusalén, en el año 70 d. C. Pero en ninguno de estos casos ocurrió la resurrección de los muertos, ni el arrebatamiento de los vivos, ni otros acontecimientos que deben acompañar la Segunda Venida.

La época de su venida

Se han hecho intentos para calcular la fecha de la venida de Cristo, y todos los cálculos han fracasado. El Señor ha declarado que la época exacta de su venida está oculta en los consejos de Dios (Mateo 24:36–42; Marcos 13:32, 33). Esa ordenación es sabia. ¿A quién le gustaría, por ejemplo, saber de antemano el día exacto de su muerte? Dicho conocimiento tendería a perturbar a la persona e incapacitarla para los deberes de la vida. Es suficiente saber que la muerte puede llegar en cualquier momento y por lo tanto uno debe trabajar mientras es de día, puesto que la noche viene cuando nadie podría trabajar. Con el mismo razonamiento se puede aplicar con respecto al “día de la muerte” de la edad presente. Ese día no se nos ha revelado. Pero sabemos que será repentino (1 Corintios 15:52; Mateo 24:27) e inesperado (2 Pedro 3:4; Mateo 24:48–51; Apocalipsis 16:15). La palabra del Señor para sus siervos que esperan es la siguiente: “Ocupaos hasta que venga.”

A continuación ofrecemos una información general con respecto a la enseñanza de Cristo relativa a su venida: Después de la destrucción de Jerusalén los judíos andarán errantes por todas las naciones, exiliados de su tierra, la cual quedará bajo el dominio de los gentiles hasta el fin del período, cuando Dios juzgará a las naciones gentiles (Lucas 21:24). Durante este período los siervos de Cristo llevarán a cabo su labor (Lucas 19:11–27) predicando el evangelio a todas las naciones (Mateo 24:14). Será un tiempo de demora cuando la iglesia a menudo se preguntará por qué el Señor no aparece (Lucas 18:1–8) cuando algunos se prepararán y otros caerán en la negligencia, mientras el Esposo tarda (Mateo 25:1–11) cuando ministros infieles caerán en la apostasía, diciéndose para sí: “Mi Señor tarda en venir” (Lucas 12:45). “Y después de mucho tiempo” (Mateo 25:19), “a la media noche” (Mateo 25:6), en una hora de un día que ninguno de los discípulos conoce (Mateo 24:36, 42, 50) el Señor aparecerá de repente para reunir a sus siervos y juzgarlos de acuerdo con sus obras (Mateo 25:19 y 2 Corintios 5:10). Más tarde, cuando la gente del mundo viva en completo desconocimiento de la catástrofe que se avecina, como en los días de Noé (Mateo 24:37–39) y como en los días de la destrucción de Sodoma (Lucas 17:28, 29) el Hijo del hombre aparecerá en gloria exterior y poder para juzgar y gobernar las naciones todas del mundo (Mateo 25:31–46).

Las señales de su venida

Las Sagradas Escrituras nos enseñan que la aparición de Cristo para iniciar la edad del milenio será precedida por una transición perturbadora, caracterizada por perturbaciones físicas, guerras, dificultades económicas, decadencia moral, apostasía religiosa, infidelidad, pánico y perplejidad generales. La última parte de este período de transición se conoce como la Gran Tribulación, un período durante el cual el mundo entero estará bajo el cetro de un gobierno anticristiano, contrario a Dios. Se perseguirá brutalmente a los creyentes en Dios, y la nación judía en particular pasará por el horno de la aflicción.

El propósito de su venida

Con relación a la iglesia

El doctor Pardington escribe lo siguiente:

Así como la primera venida del Señor se extendió por espacio de treinta años, también la segunda abarca acontecimientos diferentes. En la primera venida fue revelado como Niño en Belén, más tarde como el Cordero de Dios a su bautismo, y como Redentor en el Calvario. A su segunda venida, aparecerá primeramente a los suyos secretamente y repentinamente para tomarlos o arrebatarlos a fin de que estén presentes en la Cena del Cordero (Mateo 24:40–41).

La aparición se denomina el arrebatamiento o traslación, o parousía (vocablo griego que significa aparición o llegada). En esta época, los creyentes serán juzgados para determinar las recompensas por los servicios prestados (Mateo 25:14–30).
Después de la traslación, seguirá un período de terrible tribulación que finalizará con la revelación o manifestación abierta de Cristo desde el cielo a fin de establecer el reino mesiánico en la tierra

Con relación a Israel

El Señor, que es la Cabeza y Salvador de la iglesia, el pueblo celestial, es también el Mesías prometido de Israel, el pueblo terrenal. En calidad de Mesías lo liberará de la tribulación, lo juntará de los cuatro cabos de la tierra, lo devolverá a su antigua patria o tierra y reinará sobre él, como el Rey de la casa de David, largamente prometido.

Con relación al anticristo

El espíritu del anticristo está ya en el mundo (1 Juan 4:3; 2:18; 2:22), pero hay un anticristo final que está aún por venir (2 Tesalonicenses 2:3). En los últimos días surgirá del antiguo mundo (Apocalipsis 13:1) y se convertirá en el gobernante del imperio romano, que habrá resurgido para alcanzar dominio mundial. Asumirá un gran poder político (Daniel 7:8, 25) comercial (Daniel 8:25; Apocalipsis 13:16, 17) y religioso (Apocalipsis 17:1–15). Se opondrá a Dios y a Cristo, y perseguirá a todos los creyentes procurando destruir por completo al cristianismo (Daniel 7:25; 8:24; Apocalipsis 13:7, 15). Sabiendo que el hombre necesita tener alguna clase de religión, establecerá una basada en la divinidad del hombre y en la supremacía del estado. Como personificación del estado, demandará adoración, y designará un sacerdocio para poner en vigor esta adoración y fomentarla (2 Tesalonicenses 2:9, 10; Apocalipsis 13:12–15).
El anticristo desarrollará hasta el máximo la doctrina de la supremacía del estado, doctrina que enseña que el gobierno es el poder supremo, al cual debe subordinarse todo, incluso la conciencia del hombre. Y puesto que no hay poder o ley superior al estado, debe abolirse tanto a Dios como sus leyes, y debe adorarse al estado.

El primer intento de rendir culto al estado se encuentra en Daniel 3. Nabucodonosor se sentía orgulloso del fuerte imperio que había fundado. “¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa real?” (Daniel 4:30). Tan deslumbrado estaba de su poder humano, y de gobierno, que el estado se convirtió en dios a sus ojos. ¡Qué mejor forma de impresionar a los hombres con su gloria que ordenándoles que su símbolo fuera venerado! Por lo tanto, erigió una gran imagen de oro, y ordenó que todos, bajo pena de muerte, se inclinaran ante la estatua. La imagen no era una deidad local, sino que representaba al estado mismo. El negarse a adorar la imagen era considerado ateísmo o traición.

Al instituir este nuevo culto, Nabucodonosor dijo en otras palabras al pueblo: “¿Quién os da hermosas ciudades, buenos caminos, magníficos jardines? ¡El estado! ¿Quién vela porque seáis alimentados y tengáis trabajo, quién edifica vuestras escuelas y sostiene vuestros templos? ¡El estado! ¿Quién os defiende de los ataques del enemigo? ¡El estado! ¿No es acaso el estado una fuerza poderosa, ¡qué digo! un dios? En realidad ¿qué otro dios más grande necesitáis que vuestro exaltado gobierno? Inclinaos ante el símbolo de la Gran Babilonia.” Y si Dios no lo hubiera humillado debido a su orgullo blasfemo (Daniel 4:28–37) Nabucodonosor quizá hubiera reclamado adoración para sí, como jefe del estado.

Así como los tres jóvenes hebreos (Daniel 3) fueron perseguidos por negarse a inclinarse ante la imagen de Nabucodonosor, también los creyentes del primer siglo sufrieron por negarse a rendir honores divinos a la imagen de César. Había tolerancia de todas las religiones en el imperio romano, pero con la condición de que la imagen de César fuera venerada como símbolo del estado. Los creyentes eran perseguidos, no principalmente porque reconocían a Cristo, sino porque se negaban a adorar a César y decir: “El César es Señor.” Se abstenían de adorar al estado como si fuera un dios.

La revolución francesa ofrece otro ejemplo de esta política. Se prescindió de Cristo y de Dios, y se convirtió en diosa a la patria o el estado. Uno de los dirigentes dijo: “El estado es supremo en todas las cosas. Cuando habla el estado, la iglesia no tiene nada que decir.” La lealtad al estado fue elevada al lugar de la religión. La legislatura decretó que se erigieran en todos los pueblos y villas de altares con la siguiente inscripción: “El ciudadano nace, vive y muere por la patria.” Se preparó un ritual para el bautismo civil, para el casamiento civil y para la sepultura civil. La religión del estado tenía sus himnos y oraciones, ayunos y fiestas.

El Nuevo Testamento considera al gobierno del hombre como divinamente ordenado para el mantenimiento del orden y de la justicia. El creyente, por lo tanto, le debe lealtad a su país. Tanto la iglesia como el estado tienen una parte en el programa de Dios, y cada uno debe operar en su esfera. Dios debe recibir lo que es de Dios, y César lo que es de César.
Pero con frecuencia César ha demandado lo que es de Dios, con el resultado de que la iglesia se ha encontrado, contra su deseo, en conflicto con el gobierno.
Las Sagradas Escrituras predicen que algún día este conflicto llegará a su punto culminante. La última civilización se opondrá a Dios, y el anticristo será su jefe. El dictador mundial hará que la ley del estado mundial sea suprema sobre toda otra ley, y reclamará adoración como personificación del estado. Las mismas Escrituras nos aseguran que Dios triunfará y que, sobre las ruinas del imperio mundial anticristiano, establecerá un gobierno donde Dios es supremo: el reino de Dios (Daniel 2:34, 35, 44; Apocalipsis 11:15; 19:11–21).

Con relación a las naciones

Las naciones serán juzgadas, los reinos de la tierra derrocados, y todos los pueblos estarán sujetos al Rey de reyes (Daniel 2:44; Miqueas 4:1; Isaías 49:22, 23; Jeremías 23:5; Lucas 1:32; Zacarías 14:9; Isaías 24:23; Apocalipsis 11:15). Cristo gobernará las naciones con vara de hierro, barrerá la opresión y la injusticia de la tierra, e iniciará la Edad de Oro que se prolongará por mil años (Salmo 2:7–9; Salmo 72; Isaías 11:1–9; Apocalipsis 20:6).
“Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre” (1 Corintios 15:24). Hay tres etapas de la obra de Cristo en calidad de Mediador: la obra de Profeta, realizada durante su ministerio terrenal; su obra de Sacerdote, comenzada en la cruz y continuada durante esta edad; su obra de Rey, comenzada a su venida y continuada durante el Milenio. Después del Milenio habrá completado su obra de unir a la humanidad con Dios, de manera que los habitantes de la tierra y del cielo constituirán o formarán una gran familia en la cual Dios será todas las cosas en todos (Efesios 1:10; 3:14, 15). Sin embargo, Cristo reinará como Dios-Hombre, y compartirá el gobierno divino, puesto que “su reino no tendrá fin” (Lucas 1:33).

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO

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COMENTARIO A ECLESIASTÉS 

Aunque el libro de Eclesiastés forma parte del Antiguo Testamento en hebreo, su nombre es en realidad una palabra griega que se remonta a la antigua traducción griega del Antiguo Testamento. Eclesiastés significa “maestro”, o “predicador”. La palabra viene del primer versículo del libro: “Palabras del Predicador,…” Por lo tanto, el título se refiere al maestro o al Predicador cuyas palabras conforman el libro.

HISTORIA DEL CRISTIANISMO

El estudio del desarrollo del testimonio cristiano durante los mil años que los historiadores han designado como Edad Media es sumamente complejo. Lo es, primero, por cubrir un período de tiempo tan dilatado, en el que se sucedieron cambios notables en todas las esferas del quehacer humano: política, económica, social, cultural y religiosa. Segundo, en estos siglos el cristianismo llega en su expansión “hasta lo último de la tierra,” en su movimiento hacia el Este (China) y el Oeste (Inglaterra).

DOCTRINAS DE CRISTO

Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología. Sus otras obras usualmente se tratan bajo la cristología. La doctrina se puede organizar más o menos en orden cronológico. Primero viene un estudio del Cristo antes de su encarnación y esto sería seguido de una sección sobre Cristo en Su humillación, durante Su vida terrenal.

Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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