LIBRO TERCERO: SALMOS 73-89

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LIBRO TERCERO: SALMOS 73-89

LIBRO TERCERO: SALMOS 73-89

 

Gracias te damos, oh Dios, gracias te
damos, pues cercano está tu nombre;
los hombres cuentan tus maravillas.
Salmo 75:1

SALMO 73: «EL DESTINO DE LOS MALOS»

Los Salmos 73–89 constituyen el tercer libro del Salterio. En esta sección se destaca la figura de Asaf, con quien se asocian, por lo menos, 12 salmos—p.ej., Sal 50; 73; 74; 75; 76; 77; 78; 79; 80; 81; 82; 83—. Según el testimonio bíblico (1 Cr 15–16), Asaf fue seleccionado por David para cumplir responsabilidades de importancia en la administración del culto en Jerusalén: Junto a Hemán—a quien se atribuye el Sal 88—y Etán—o Jedutún, con quien se relaciona el Sal 89—, supervisaba la música en el Templo.
Este tercer libro del Salterio pondera, analiza y articula el serio problema de los sufrimientos y angustias del pueblo de Dios, Israel, a manos de sus enemigos tradicionales. Los salmistas se plantean una serie importante de preguntas, que intentaban poner de relieve la realidad de los problemas básicos del pueblo: ¿Donde está la justicia, si las naciones idólatras e impías, como Babilonia y Asiria, disfrutan de prosperidad y bonanza, mientras el pueblo del Señor vive en medio de conflictos, dificultades y angustias históricas? ¿Cómo es posible que un Dios justo, redentor y santo, conocido por sus intervenciones salvadoras y transformadoras en medio de las realidades humanas, permitiera esas manifestaciones de injusticia, dolor y desesperanza de Israel?
El Salmo 73 retoma el tema que ya se ha expuesto en otros poemas (p.ej., Sal 37; también 49; 94): Existe una aparente contradicción entre la moralidad humana y el éxito en la vida. De acuerdo con el análisis del salmista, las personas malvadas en la sociedad prosperan, y las piadosas y humildes, a menudo, pasan por angustias y necesidades extremas. Esa situación presentaba un gran desafío teológico e intelectual, pues en la antigüedad se pensaba que el éxito en la vida se relacionaba directamente con la bendición divina, mientras que los fracasos y las dificultades, a menudo se asociaban con el juicio del Señor.
Este salmo, sin embargo, no enfatiza la naturaleza temporera de la prosperidad de las personas malvadas, que ciertamente reconoce como una realidad existencial, sino que reflexiona en torno al tema y pone de manifiesto su descubrimiento: La verdadera prueba del bienestar humano y de la dicha en la vida no está en la ostentación del poder ni el disfrute de las riquezas sino en la relación con Dios. Según el salmista, el sentido de la vida no es un coeficiente de la riquezas, pues éstas pueden conducir a la ruina. El poema pone de relieve un conflicto ético, personal y social complejo y muy serio, que supera los límites del tiempo: ¡La perplejidad que generan las inconsistencias morales en la vida!
Por los temas expuestos y la concatenación de asuntos que incluye, este salmo se puede catalogar como uno de tipo sapiencial, aunque se pueden identificar algunos elementos de lamentos o súplicas personales, o expresiones de gratitud y testimonio. Su contexto inicial en la vida del pueblo de Israel era el educativo, en el cual se pasaban de generación en generación las enseñanzas que provenían de las reflexiones y análisis de la existencia humana. Por la universalidad del tema expuesto, la identificación precisa de la fecha de composición es imposible, aunque quizá proviene del período monárquico. Su autor debe haber sido un israelita que llevaba un vida llena de dolores, tormentos, enfermedades, fatigas y sufrimientos, como la gran mayoría de las personas. El título hebreo del poema lo asocia con Asaf, que es el antepasado de una familia de levitas que eran cantores en el Templo (véase Introducción).
La identificación de la estructura literaria del poema es una tarea compleja, por la extensión de los temas que incluye y por la elaboración de las ideas que desarrolla. Nuestro análisis se fundamenta en la identificación de temas mayores y la siguiente división de estrofas:

• Dios es bueno con su pueblo: vv. 1–3
• La prosperidad de la gente malvada: vv. 4–12
• Las dificultades de las personas justas: vv. 13–17
• La infelicidad de la gente malvada: vv. 18–22
• La esperanza de las personas buenas: vv. 23–28

De acuerdo con otros análisis literarios, que descubren un tipo de estructura concéntrica en el ordenamiento temático interno del salmo, su centro teológico se encuentra en el versículo 17. Revela, ese versículo, el gran descubrimiento intelectual, moral, teológico y espiritual del poeta, al entrar al santuario del Señor: ¡Comprendió el destino final de las personas arrogantes y malvadas! Aunque nosotros no vamos a utilizar esta estructura como fundamento de nuestro estudio, reconocemos la importancia de ese tema y de esa estrofa para la comprensión adecuada del texto bíblico.
vv. 1–3: El salmo comienza con una declaración de fe positiva. Antes de iniciar el análisis del tema fundamental del salmo y descubrir el problema principal del poema, el salmista presenta su conclusión teológica: ¡Dios es bueno con su pueblo! Las personas de «limpio corazón» (v. 1)—es decir, las que actúan con rectitud y buena conciencia en la vida—deben esperar la bondad divina, deben confiar en el favor y la misericordia del Señor.
Junto a esa importante afirmación de fe inicial, el salmista reconoce el problema que inspira sus reflexiones: La prosperidad de las personas impías y arrogantes. Ese descubrimiento le confunde y desorienta, que describe como que casi le hacen resbalar en la vida. La imagen literaria del terreno resbaloso revela la naturaleza compleja y difícil de la crisis: Aunque puede caminar por esos terrenos, su paso no es seguro ni firme.
vv. 4–12: La segunda sección del poema revela el análisis que hace el poeta de la vida de las personas arrogantes. Como están llenos de orgullo, no les preocupa la muerte—¡pues se sienten fuertes!—, no se enfrentan a las dificultades cotidianas, ni les azotan los sinsabores continuos de la vida. Esa actitud de prepotencia, les mueve a actuar con violencia, pues se sienten impunes ante la comunidad que les rodea. Se burlan de la vida y hacen planes para actuar de forma violenta; además, la altanería que manifiestan les hace hablar en contra del cielo, en referencia a Dios, y contra la tierra, en alusión a las personas. La soberbia que les cautiva, las hace hablar y actuar contra el cielo y la tierra, que es imagen literaria que describe la totalidad de lo creado—que equivale a decir, que ¡manifiestan un orgullo óptimo y supremo!—.
La respuesta del salmista a esas manifestaciones de hostilidad e imprudencia, tanto contra las personas como contra la creación, es de afirmación del pueblo de Dios y de rechazo a esas maquinaciones orgullosas. De un lado, el Señor bendecirá a su pueblo con «aguas en abundancia» (v. 10), que representan la prosperidad y el disfrute, ante el asombro y la consternación de las personas impías, que no pueden comprender la sabiduría y el conocimiento de Dios. Para el salmista, el Señor es Altísimo, pues desea destacar la grandeza divina que se basa en la prudencia y la sabiduría, en contraposición a los reclamos de poder que se fundamentan en la prepotencia y la arrogancia.
Las imágenes que utiliza el poeta referente a estas personas malvadas y arrogantes son dignas de mencionar. La soberbia les adorna como una corona o fuente de prestigio (v. 6); la violencia les sirve de vestido o cobertura (v. 6); y están obesos, que en la antigüedad era símbolo de prosperidad económica, prestigio social y disfrute de la vida (v. 7). De acuerdo con el análisis del salmista, esa actitud de orgullo les hace actuar como una especie de monstruo, que les impele a comerse todo lo que existe en el cielo y en la tierra.
vv. 13–17: En esta sección se revela la queja del poeta, se manifiesta que preocupación del salmista. Piensa que sus actitudes justas en la vida han sido inútiles, y entiende que sus buenas acciones han sido en vano, pues lo que ha recibido en la vida son azotes diarios y castigos continuos. ¡El sufrimiento y el dolor han acompañado al salmista todas las mañanas! Inclusive, el poeta, ante la gravedad de su condición, hasta se ha sentido tentado de hablar con arrogancia y orgullo, para engañar a su comunidad; sin embargo, le fue muy difícil (v. 16) tomar esa postura impropia, pues sus convicciones éticas le impedían actuar de esa forma injusta. ¡Ya se había lavado las manos! (v. 13), que en la antigüedad era una señal de inocencia.
El corazón del mensaje se pone en evidencia al leer el versículo 17, que revela el momento de cambio del salmista, subraya el instante de transformación del poeta. Casi resbalan sus pies, y próximo a ceder ante la tentación de la vida orgullosa, vacía y arrogante, entra la santuario de Dios, que representa la presencia divina, y descubre el fin de ese tipo de personas y actitud. El descubrimiento de la revelación divina le permite al salmista rechazar con autoridad y seguridad las tentaciones de la vida prepotente y agresiva. Únicamente el poder divino es capaz de brindar las fuerzas necesarias para resistir las tentaciones persuasivas de la vida fundamentada en los anti-valores de maldad, injusticia y violencia.
vv. 18–22: Se articula en esta sección las implicaciones del descubrimiento del poeta (v. 17), que es una revisión del tema que se desarrolla anteriormente respecto a la gente malvada (vv. 4–12). En esa ocasión se descubren las desdichas y los conflictos de ese tipo de persona que fundamenta sus actos en la maldad. Y la base de las angustias de la gente mala proviene de la acción divina, que los pone «en deslizaderos» o terrenos escurridizos, para que resbalen y se caigan. De acuerdo con el salmista es el Señor quien interviene para transformar sus felicidades en a los problemas serios y complicados que tienen (v. 18).
Las desdichas y dificultades de las personas malvadas se describen como «asolamientos» (v. 19), para enfatizar la profundidad de la crisis, que los lleva a perecer. Sus triunfos son como un sueño pasajero, como una ilusión temporera, como una pesadilla que al despertar inspira rechazo (v. 20).
La reacción inicial del salmista ante los triunfos de ese tipo de persona, que fundamenta sus acciones en la maldad, era de amargura y rechazo. Su torpeza, que se compara a la irracionalidad de los animales, le impedía comprender las diferencias entre las acciones justas de la gente buena y las decisiones de las personas malas. Las riquezas que se fundamentan en la maldad son engaño y conducen a la ruina, son como un espejismo ilusorio. El poeta, al percatarse del fundamento inestable de las riquezas, y de quienes la disfrutan de forma injusta, reconoce que su preocupación y angustia carecían de sentido.
vv. 23–28: La nota final del salmo es de felicidad y alegría, pues el tema que concluye el poema pone en justa perspectiva su análisis y experiencias. El fundamento de la seguridad y el contentamiento de las personas es Dios, no son las riquezas que son efímeras. El salmista afirma, respecto a su seguridad y confianza, que el Señor le toma de la mano derecha (v. 23), le orienta y le guía, y lo recibe «en gloria» (v. 24), que en este contexto del Antiguo Testamento es una alusión a la honra y el honor que le corresponden a las personas de prestigio reconocido; no es una referencia al concepto de eternidad y cielo que se manifiesta posteriormente en la Biblia. Otra posible traducción de esa particular frase (v. 24), es la siguiente, que refleja el paralelo poético con la linea anterior: «y me guías con tu gloria». El Dios del salmista, que describe como «roca» y «porción» (v. 26), es capaz de satisfacer sus necesidades de forma permanente, no solo en la tierra sino en el cielo, que es una manera de poner de relieve la extensión y grandeza de su poder.
Los pensamientos que concluyen el salmo destaca el contraste entre las personas que, como el poeta, confían y esperan en el Señor, y las que se apartan de su voluntad y amor: ¡Serán destruídos y perecerán! Finaliza el poema con la misma confianza teológica que comenzó: El bien es acercarse al Señor y contar sus obras (v. 28), pues Dios es bueno con las personas de limpio corazón (v. 1).
Una vez más la poesía del Salterio revela los serios conflictos sociales, económicos, políticos y espirituales entre las personas justas y las malvadas. Los hombres y las mujeres que fundamentan sus acciones en la vida en la bondad divina, y en las implicaciones éticas y morales que generan esas convicciones, enfrentan las adversidades con sentido de esperanza y valor, y no sucumben ante la tentación de seguir los caminos de la mentira, el engaño y las injusticias. La gente de bien espera en el Señor, y no fundamenta su confianza en las riquezas que pueda obtener en la vida. El camino de las personas malvadas está plagado de arrogancias, maldades, soberbias, violencias, pecados, mentiras, engaños, injusticias, opresiones, burlas … Y el paso de la gente noble y buena no puede desviarse atraído por esas actitudes que pueden llamar la atención pero que no conducen a la paz ni se basan en la integridad humana.
De acuerdo con este salmo, el poder que mueve a las personas a superar las tentaciones que producen las riquezas es la cercanía a Dios. Es esa intimidad la que brinda el poder necesario para rechazar las tentaciones de ver la prosperidad de la gente malvada y los sufrimientos que padecen los hombres y las mujeres justas. Las personas de buen corazón confían en el Señor; y las malvadas, en las riquezas. Jesús habló con mucha autoridad respecto a los engaños que generan el amor a las riquezas (Lc 12:12–14; 16:19–31; Mt 6:19–34), y en la Epístola de Santiago se critica de forma severa a los terratenientes ambiciosos (Snt 5:1–6). En su conversión, la gran lección que recibió Zaqueo se relaciona con las virtudes del compartir y con el rechazo absoluto a las riquezas que se fundamentan en el engaño y la mentira (Lc 19:1–10).
En el Sermón del Monte, Jesús tomó el pensamiento inicial de este salmo y señaló como bienaventuradas y felices a las personas de «limpio corazón» (Mt 5:8), que de acuerdo a la teología del salmista describe a la gente que tiene un compromiso serio con la justicia. Y respecto a este mismo tema es importante destacar el contraste que hace Jesús entre los pobres bienaventurados y los ricos malditos (Lc 6:20–26).


SALMO 74: «APELACIÓN A DIOS EN CONTRA DEL ENEMIGO»

El Salmo 74 es un tipo de oración que solicita la intervención divina para que se haga justicia. El poeta clama al Señor para que cambie el estado de cosas que afecta adversamente a su comunidad. Reunido en las mismas ruinas del Templo, que había sido destruido y profanado por los ejércitos babilónicos, el pueblo de Israel apela al Señor y expresa sus angustias y dolores al percatarse de las consecuencias e implicaciones físicas, económicas, morales, políticas y religiosas de la catástrofe que se produjo con la derrota militar, la deportación del liderato del pueblo y el exilio a Babilonia. La comunidad se siente abandonada y desmoralizada, y le pide a Dios su pronta intervención, ayuda y socorro.
Este poema es una especie de continuación del salmo anterior, pues la destrucción del Templo de Jerusalén a manos de los babilónicos es una manifestación específica y concreta de la crisis existencial a la que se alude anteriormente. Además, se relaciona estrechamente con los Salmos 78 y 79, que también tocan y analizan la destrucción de la santa ciudad. Es también tema común en estos poemas la presentación de Dios como pastor de Israel.
La tragedia nacional no se relacionaba únicamente con la destrucción física de la ciudad y del Templo, sino con las implicaciones espirituales de la derrota y la profanación del santuario. La idea de que Dios les había abandonado, constituía para el pueblo un grave problema ético y teológico, pues el Señor se caracterizaba por sus intervenciones salvadoras y liberadoras en la historia nacional. En ese momento de crisis política y dolor espiritual, Israel se preguntaba: ¿Porqué Dios le había abandonado? ¿Porqué no había sido fiel al Pacto?
Fundamentado en su análisis temático, este poema se puede catalogar como un salmo de súplica nacional, en el cual el pueblo se presenta ante el Señor para implorar su intervención liberadora frente a una catástrofe nacional. Posiblemente este sentido hondo de clamor se relaciona con la extensa devastación producida por los ejércitos de Babilonia, cuando Nabucodonozor destruyó la ciudad y el Templo, y llevó al exilio al pueblo de Israel, por los años 587/6 a.C. La lectura del salmo parece indicar que todavía están vivas las imágenes de la derrota militar y que aún persistían las angustias que se desprendieron de la crisis.
Quizá el autor del salmo es un poeta que presenció la guerra y experimentó los dolores relacionados con esa devastadora derrota militar. Con el paso del tiempo, este poema se relacionó con otras catástrofes históricas del pueblo, pues sus pensamientos ponen de manifiesto el sentimiento de dolor profundo que produce ese tipo de calamidad. Posiblemente el salmo se utilizó en primera instancia en las ceremonias que se llevaban a efecto en las mismas ruinas del Templo, y posteriormente en incorporó a la liturgia del Segundo Templo en los días de recordación de las crisis nacionales. El título hebreo del salmo lo relaciona con Asaf e indica que es un masquil, en posible referencia al uso educativo que se le daba a este poema (véase la Introducción).
La determinación de una estructura literaria que facilite la comprensión y el análisis del salmo revela algunas peculiaridades que deben ser tomadas en consideración. Las mayores acciones del poema—p.ej., que se manifiestan en la alternancia en el uso de verbos imperativos y perfectos—, revelan una estructura concéntrica, que destaca los versículos 10–11—¡que enfatiza la victoria sobre los enemigos!—. Además, el poema manifiesta una serie de palabras y conceptos que se repiten con cierta frecuencia: p.ej., acuérdate (vv. 2, 18); el vociferar (v. 4) y gritar (v. 23) de los enemigos; y la idea de perpetuidad o eternidad, que se revela claramente en las siguientes expresiones: para siempre, eternas, perpetuamente (vv. 1, 3, 10, 19).
Una posibilidad de estructura literaria del poema, para destacar el centro teológico del salmo, es la siguiente:

A Apelación: Recuérdanos: vv. 1–3
B Recordatorio: Lo que los enemigos han hecho: vv. 4–9
C Petición básica: Destruye a los enemigos: vv. 10–11
B′ Recordatorio: Lo que el Señor ha hecho: vv. 12–17
A′ Apelación: Acuérdate de nosotros: vv. 18–23

La estructura que utilizaremos para nuestro estudio será la siguiente, aunque reconocemos la importancia temática que se revela en el análisis anterior:

• Dolor por el abandono divino: vv. 1–9
• ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?: vv. 10–18
• Acuérdate de nosotros: vv. 19–23

vv. 1–9: El salmo comienza con una serie de preguntas clave, que ponen claramente en perspectiva la preocupación básica del poeta (vv. 1–3): ¿Por qué han sucedido estos eventos inimaginables? ¿Hasta cuándo durará esta situación desesperante? ¿Por qué Dios ha desechado a su pueblo? ¿Por qué el Señor—conocido como pastor de su pueblo (Sal 23)—ha manifestado su furor contra su rebaño? ¿Será el juicio divino para siempre o eterno?
Junto a las preguntas fundamentales del poeta, se incluyen dos clamores intensos: En el primero solicita el recuerdo divino, y en el segundo reclama la visita del Señor. El salmista, amparado en la angustia que le embarga, le pide a Dios que se acuerde de su congregación, que recuerde a su pueblo. Y junto a su clamor, el poeta evoca las manifestaciones divinas que le dan sentido de pertenencia e identidad a Israel: El acto de selección desde los tiempos antiguos—en referencia al pacto con Abraham (Gn 12:1–9)—; la redención divina para hacerla «tribu de su herencia»—en alusión a la liberación de Egipto (Ex 15:13; Sal 28:9)—; y la ubicación del santuario y la habitación del Señor en Sión, donde estaba enclavado el Templo—que apunta hacia el pacto hecho con el rey David (2 S 7:1–29)—. El salmista le suplica a Dios que se percate de todo el mal que los ejércitos babilónicos hicieron en Jerusalén, específicamente le invita a «dirigir sus pasos» o visitar los lugares de gran significación espiritual para el pueblo, como el Templo, que describe como «las ruinas eternas» (v. 3).
La oración revela la profundidad de la crisis, pone en evidencia la extensión de la dificultad. La imagen del pastor contrasta la relación grata que en la antigüedad se pensaba que los pastores tenían con sus rebaños—p.ej., «ovejas de su prado»—y la hostilidad que presuponen las acciones del juicio divino que el pueblo experimentaba con la crisis babilónica. ¡Los símbolos nacionales han sido destruidos! ¡El pueblo está en peligro de perder su identidad!
Luego de plantease la naturaleza de la catástrofe, el poeta procede a describir las acciones de los enemigos (vv. 4–9), que según la oración son también adversarios de Dios.
Los enemigos babilónicos gritan en medio del pueblo (v. 4) y han puesto señales de triunfo en la ciudad, que son posiblemente estandartes públicos con los cuales proclamaban la victoria de sus dioses. El poeta describe las acciones bélicas del ejército invasor con la figura de un leñador, que trabaja con sus hachas y martillos para abrirse paso en el bosque. El objetivo de la imagen es doble: subrayar la violencia de la invasión y presentar la destrucción total de la ciudad (v. 6). Además, quemaron impunemente el Templo y lo destruyeron (v. 7), que era entendido como una profanación del nombre divino.
En medio de ese ambiente de destrucción física, derrota militar y angustia espiritual, el poeta se siente profundamente desmoralizado pues no ve posibilidades ni señales de triunfo. En su crisis, inclusive, no ve la presencia de los profetas ni entiende hasta cuándo durará la devastación.
vv. 10–17: La segunda parte del poema comienza con la pregunta anterior: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? Fundamentado en su preocupación existencial, el salmista inquiere en torno a los insultos y las blasfemias de los enemigos. De acuerdo con este análisis, la humillación del pueblo es también una afrenta a Dios, y las respuestas divinas son formas de defender su honor. El poeta no entiende la inacción divina, que describe como si Dios «escondiera su mano» (v. 11). En la antigüedad se pensaba que la mano derecha era símbolo de acción, poder y autoridad. El hecho de mantener la mano inerte en el pecho es símbolo de total inactividad.
Pero en respuesta a la inactividad divina, el salmista hace un recuento de las acciones pasadas del Señor en favor de su pueblo. Se pone de manifiesto en el poema un himno de alabanza, confianza y profesión de fe, que se fundamenta en la seguridad de que Dios es rey y que ha manifestado su poder salvador y libertador a través de la historia de su pueblo. El Señor, según el poema, dividió el mar-que repite la alusión al Mar Rojo y la victoria sobre los ejércitos egipcios (Ex 14:21–22; 15)—, abre la fuente y los ríos—que alude al paso por el río Jordán y la entrada a la Tierra Prometida (Jos 3:14–17)—, y aplasta la cabeza de los monstruos de las aguas y del Leviatán (Is 27:1; Job 3:8; Sal 104:26)—que son formas poéticas antiguas para describir las acciones creadoras de Dios—.
En los pueblos del antiguo Oriente Medio se pensaba con frecuencia que el mundo había sido creado en medio de una lucha cósmica, en la cual los dioses derrotaban a un monstruo temible que vivía en las aguas y que representaba el caos. El salmista utiliza estas imágenes antiguas para poner de relieve el poder divino sobre la naturaleza y los ejércitos de Babilonia. Añade, además, que ese poder creador del Señor se manifiesta de forma clara en el poder sobre los días y las noches, en el establecimiento del sol y la luna, en la manifestación de las estaciones del año, y en la fijación de la tierra y la naturaleza. El Dios del salmista es Señor de la historia y de la naturaleza.
vv. 18–23: Fundamentado en esos conceptos teológicos, el salmista articula sus peticiones finales. Se manifiesta en el clamor un sentido de urgencia y vigor. Una serie de imperativos y peticiones gobiernan el ambiente del poema: Acuérdate (en dos ocasiones, vv. 18, 22), no entregues (v. 19), no olvides (en dos ocasiones, vv. 19, 23), mira (v. 20), aboga (v. 22), y levántate (v. 22). La idea del clamor es clara: Que el Señor no olvide ni ignore lo que los enemigos—descritos como insensatos—han hecho en Jerusalén.
El triunfo de los enemigos de Israel es una blasfemia contra el nombre de Dios. Además, el clamor del poeta evoca la misericordia divina al invocar a las personas pobres, afligidas y menesterosas, y al hacer referencia al pacto. Para el salmista el Señor no puede ignorar lo que los enemigos han hecho pues estaría ofendiendo su propia naturaleza y no avanzaría su causa. Levántate es un grito de guerra, es un clamor a la batalla, es una forma de llamar a las armas. La idea es que Dios intervenga nuevamente en la historia, como lo hizo en el período de la conquista, para liberar a su pueblo. La imagen utilizada es reveladora: La tórtola representa al pueblo de Israel, y las fieras, a Babilonia.
La aplicación de las enseñanzas de este salmo es importante para los creyentes, por la relación de la imagen de pastor con la figura de Jesús. El análisis de esta imagen puede ayudarnos en el proceso. De acuerdo con el poeta, el Señor es el pastor que ha permitido que las fieras ataquen y devoren a sus ovejas. Revela el salmo inicialmente un sentido de crisis y derrota. Las fieras son los enemigos; y las ovejas—descritas también como tórtolas—, el pueblo de Dios. El pastor, que debe preocuparse por el bienestar y la seguridad del rebaño, ¡en el salmo es descrito como quien deja que las ovejas sean atacadas y heridas!
El salmista, sin embargo, revela la importancia de la oración. Aún en medio de las adversidades de la derrota y la crisis, el pueblo clama a Dios e implora su misericordia para que culmine el problema y la angustia lo antes posible. La pregunta «hasta cuando» es una forma de pedir, suplicar e implorar que avance la liberación divina que pondrá término al sufrimiento del pueblo. Las ovejas claman al pastor que tiene la responsabilidad y el poder de liberarlas. Se manifiesta en el poema un sentido de esperanza que revela la relación entre pastor y rebaño. Las ovejas esperan la intervención liberadora del pastor.
Jesús, según las narraciones del Nuevo Testamento, continuó esa tradición de pastor libertador, al utilizar esa misma imagen para describir su acción salvadora (Mt 9:36; 18:12–14; Mr 6:34; Lc 15:4–7; Jn 10:7–21). En la parábola del redil (Jn 10:1–6) indica que las ovejas conocen la voz del pastor y la distingue de quienes vienen a usurpar esa importante labor, a quienes llama ladrones, salteadores y extraños. El pastor de los pastores llama a su iglesia a que lleve a efecto una tarea pastoral que ponga en evidencia el compromiso salvador del pastor con su pueblo.


SALMO 75: «DIOS ABATE AL MALO Y EXALTA AL JUSTO»

El Salmo 75 continúa el tema y responde a las preguntas que se articulan en el poema anterior: ¿Hasta cuándo Dios permitirá los triunfos de los malvados e ignorará las victorias de la gente burladora? Esas personas, de acuerdo con el sentir y las experiencias del salmista, continuarán viviendo en la arrogancia e impunidad hasta que Dios, que las utilizó para el juicio al pueblo de Israel, imponga su juicio en su vez. Esas reflexiones teológicas y personales ponen claramente de manifiesto una percepción de la vida que es fundamental, indispensable e importante: El Dios bíblico es el Señor de la historia.
Esa afirmación teológica del poder divino sobre la historia humana es tema destacado de los himnos y poemas que la gente de fe le ha expresado a Dios a través de la vida, la Biblia y, en este caso, los Salmos. Desde las manifestaciones de gozo y liberación que el pueblo de Israel le expresó a Dios por sus victorias sobre los ejércitos de Egipto y el faraón a las orillas del Mar Rojo (Ex 15), hasta los cánticos de triunfo, gozo y esperanza de Ana, María y Zacarías, que le cantaron al Señor por su triunfo sobre los enemigos (1 S 2; Lc 1), el pueblo de Dios ha cantado libremente al Creador por sus intervenciones salvadoras en medio de las realidades más complejas y difíciles de la vida. Inclusive, la literatura apocalíptica se une a esa tradición de alabanzas, al indicar que las criaturas angelicales de los cielos entonan himnos por las acciones liberadoras y redentoras del Señor (Ap 15; 19).
Las personas de fe afirman y celebran que Dios está en control del tiempo y la historia. Generalmente sus acciones redentoras solo se notan a través de la fe, aunque hay instantes donde la revelación divina es obvia y pública. Y, aunque en ocasiones hay períodos en que parece que la maldad triunfa en la vida y el mundo, la fe del salmista no está cautiva en lo que ve y palpa, sino está consciente del poder que ya se ha hecho realidad en la historia del pueblo de Israel y que está disponible para redimir nuevamente. Para el salmista, el Dios bíblico tiene el poder de intervenir y cambiar los planes de los gobiernos del mundo.
El Salmo 75 es difícil de clasificar en las categorías tradicionales del Salterio por las complejidades temáticas y literarias que manifiesta. Y aunque el poema contiene una introducción hímnica y se ha evaluado como un poema de acción de gracias comunal, posiblemente es una especie de denuncia o exhortación profética que presenta con seguridad y firmeza el juicio divino a las personas arrogantes. Este tipo de salmo, que tiene su contexto vital en los procesos educativos del Templo, está relacionado con los círculos proféticos que se congregaban en Jerusalén, y que participaban con cierta regularidad en el culto pre-exílico. Algunos estudiosos han relacionado este salmo con episodios específicos en la historia del pueblo de Israel (p.ej., 2 R 19:35); sin embargo, este tipo de poema, aunque pudo haber sido escrito con algún evento particular en mente, no revela con claridad su contexto histórico preciso. De esa manera le provee al pueblo de Dios un recurso litúrgico extraordinario que supera los niveles del tiempo. El autor debe haber sido un profeta cúltico que respondió con firmeza a las actitudes insanas e inadecuadas de las personas prepotentes y orgullosas.
El título hebreo del salmo lo relaciona con el «músico principal, en referencia a David; identifica posiblemente la tonada en el cual debe ser cantado, «No destruyas»; se relaciona con Asaf, como la mayoría de los salmos del tercer libro del Salterio; y se afirma que es un cántico, para identificar la forma precisa en que debía ser utilizado en el culto.
La comprensión adecuada del salmo puede fundamentarse en la siguiente estructura literaria, que destaca los temas que son prioridad para el poeta.

• Himno de acción de gracias, que celebra el nombre de Dios: v. 1
• Mensaje profético u oráculo al pueblo: vv. 2–3
• Mensaje a los arrogantes e insensatos: vv. 4–8
• Compromiso del poeta ante Dios: vv. 9–10

v. 1: El salmo comienza con una gran afirmación de fe, con un buen himno de acción de gracias a Dios. El salmista agradece a Dios la revelación de su nombre (Ex 3:14), que es símbolo de su presencia y acción, y declara que las personas celebran y relatan las acciones e intervenciones salvadoras del Señor, conocidas en el poema como «maravillas», para destacar la naturaleza extraordinaria de sus manifestaciones. El salmista comienza su poema con una expresión gozosa de triunfo y seguridad: El Dios bíblico ha revelado su nombre en la historia como un anticipo de su capacidad salvadora y como una clara demostración de su poder redentor.
vv. 2–3: En esta segunda sección del salmo alguien, posiblemente un profeta cúltico, toma la palabra para hablar en nombre del Señor, e introduce con claridad el gran tema del poema: el juicio divino. El castigo divino se hará realidad en el tiempo adecuado—véase la expresión, «en el tiempo que yo decida»—, que es una manera solapada de afirmar nuevamente el poder de Dios sobre la naturaleza y la historia. La justicia divina es recta y adecuada, y la manifestación del juicio del Señor hará que en la tierra se manifiesten cataclismos que afectarán a todos sus habitantes. Como es Dios quien sostiene al mundo, la manifestación del juicio divino tiene un poder extraordinario, pues al mover los cimientos de la tierra se afectan adversamente sus moradores. En torno a este tema es importante recordar que en la antigüedad el pueblo de Israel pensaba que la tierra era plana y que estaba sostenida por una serie de columnas que le daban estabilidad y firmeza (véase Sal 46). ¡Solo Dios tiene el poder de tocar y mover los cimientos de la tierra!
vv. 4–8: La tercera sección del poema presenta al salmista, que a la vez es profeta y poeta, dirigiéndose a las personas arrogantes, insensatas, impías, malvadas y prepotentes, que son el blanco primordial del juicio divino. El profeta afirma con seguridad y valentía que ese tipo de personas recibirán su merecido. El llamado del salmista es a no enorgullecerse, a no jactarse en la vida, a no hacer alarde del poder que ostentan, a no actuar con orgullo. Se identifica de esta forma con claridad la actitud en la vida que genera el juicio divino. Esas diversas formas de orgullo y prepotencia generan juicio y destrucción.
En hebreo, la expresión «cerviz erguida» o «alzar la frente» literalmente significa «levantar los cuernos», que es una imagen literaria del toro que levanta su cabeza en forma desafiante y agresiva. Hay que tomar en cuenta, además, al estudiar este salmo que esa imagen del toro aguerrido también se relaciona con el culto a la fertilidad o fecundidad que se manifestaba en Canaán. Con una sola imagen el salmista no solo rechaza las actitudes humanas que no revelan humildad y que también se opone a los cultos antiguos cananeos y extra-israelitas.
El poder que hace realidad el juicio divino no proviene de algún lugar identificable en el mundo. No es del oriente, ni del occidente, ni del desierto—formas poéticas para referirse a las naciones y los centros del poder antiguos—que proviene la autoridad divina que hace realidad el juicio del Señor. El juez eterno implanta la justicia, de acuerdo con sus criterios eternos y perfectos, y brinda a cada cual lo que se merece. El poeta utiliza una vez más la imagen de la copa y el vino para referirse al juicio divino: La gente malvada y los impíos de la tierra apurarán la copa de la ira divina y recibirán los resultados adversos de sus acciones impropias y malsanas.
vv. 9–10: La parte final del poema presenta al salmista manifestando sus compromisos con Dios. Promete dos cosas fundamentales: En primer lugar se comprometa a anunciar y cantar alabanzas al Señor, al que se refiere como Dios de Jacob. El salmista, además, está seriamente comprometido con la voluntad divina, que intenta destruir el poder de la gente pecadora, pues desea exaltar y afirmar el poder y la virtud de la justicia divina. En el texto hebreo la referencia al «poder» se indica con la palabra «cuerno», poniendo de manifiesto nuevamente la alusión a los toros y a las actitudes de las personas arrogantes y prepotentes.
Las enseñanzas principales de este salmo se pueden relacionar claramente con tres imágenes poéticas: Las referencias al mundo cuyos cimientos tambalean y se mueven, las alusiones a la copa, y las menciones de los cuernos. Son tres las figuras literarias que revelan de formas diferentes la idea del próximo juicio divino. La primera alude al juicio del Señor que afectará no solo a las personas sino a la tierra; en la segunda se piensa en el juicio que trae la bebida, que desorienta, confunde y marea; y finalmente el juicio se asocia a los cuernos, que pintan un cuadro de orgullo, violencia, hostilidad y arrogancia.
En efecto, este poema responde a los interrogantes básicos del mensaje anterior (Sal 74): El Dios bíblico responderá con firmeza, y en el momento preciso, a las personas arrogantes y hostiles que piensan que sus malas acciones humanas son impunes ante Dios y la humanidad. En el instante adecuado, Dios mismo actuará con justicia y rectitud, y responderá a las acciones impías de la gente malvada con juicios que pondrán claramente de manifiesto el compromiso divino con su pueblo y su deseo de justicia en el mundo.
La lectura cuidadosa de este salmo revela que no son ciertas las convicciones malvadas de que Dios no interviene en el mundo, la historia y el universo. Este salmo asegura que el Señor tiene el compromiso y el deseo de actuar en favor de la justicia y en contraposición de la impunidad y la arrogancia. El Señor es un fiel aliado de la las causas que ponen de relieve la justicia en el mundo.
En su ministerio, Jesús de Nazaret mostró de forma extraordinaria la actualización y contextualización de este poema. Jesús fue un profeta de autoridad que anunció con fuerza y vigor el juicio divino a las personas e instituciones que en sus acciones y decisiones afectaban adversamente a las personas humildes y necesitadas. Los mensajes del famoso predicador palestino revelan la aplicación precisa de la teología del Salmo 75: Dios está al lado de la gente que sufre, es aliado de las personas en necesidad, está a merced de los individuos marginados, apoya a los hombres en angustia, y libera a las mujeres en cautiverio.


SALMO 76: «EL DIOS DE LA VICTORIA Y DEL JUICIO»

El Salmo 76 es una magnífica alabanza al Dios que tiene poder sobre los reyes de la tierra y que, además, tiene la capacidad y el deseo de intervenir en medio de las crisis humanas, para salvar la ciudad de Jerusalén y redimir al pueblo de Israel. El poema comienza y finaliza con la descripción de la fama divina fundamentada en sus victorias históricas. La alabanza inicial destaca el reconocimiento que recibe el Señor de parte de su pueblo; las alabanzas finales ya no están relacionadas con Israel sino con las naciones y los monarcas que previamente se habían revelado contra Dios.
Al igual que el Salmo 75, este poema intenta responder a la gran pregunta existencial del Salmo 74, que intenta explicar con sabiduría la prosperidad de la gente malvada y los dolores y angustias de las personas de bien. Aunque no se identifica el momento histórico preciso de la victoria divina que puede relacionarse con este salmo, el salmista desea poner claramente de manifiesto que el Dios bíblico responde al clamor de su pueblo con intervenciones de justicia en el momento adecuado.
De acuerdo con este salmo, que ciertamente debe describirse como un himno o particularmente como uno de los cánticos de Sión, los armamentos humanos no tienen el poder de resistir la ira divina. Y aunque las milicias y sus generales traten de amedrentar al pueblo de Israel, el salmista afirma con seguridad que esos preparativos militares no son efectivos ante la revelación divina. Este poema puede entenderse y estudiarse en la tradición del Salmo 46 (véase también Sal 48; 84; 87; 122; 132), que pone de manifiesto el poder divino en momentos de calamidad extrema. Estos salmos de Sión prestan particular atención a la ciudad de Jerusalén, en la cual está enclavado el Templo, que es la morada visible del Dios invisible.
Posiblemente este es un poema pre-exílico, pues puede relacionarse con algunos eventos específicos de la historia de Israel. Quizá alude a la gran victoria de Israel ante los ejércitos asirios guiados por el famoso general Senaquerib, en el año 701 a.C. (2 R 18:13–19:37). Ese importante episodio en la historia nacional sirvió de base para que se desarrollara en el pueblo una muy importante teología popular que afirmaba con seguridad y esperanza la doctrina de la inviolabilidad de Sión. De acuerdo con esa percepción teológica, Dios evitaría la caída y la destrucción de la ciudad de Jerusalén, porque es ese lugar está el Templo que es su morada visible y terrenal. Este salmo posiblemente se leía en los festivales nacionales, en las celebraciones del reinado del Señor sobre su pueblo y el mundo. El autor es quizá un adorador que ha reconocido y afirma la intervención salvadora de Dios en medio de una crisis que tenía el potencial de convertirse en catástrofe nacional.
El título hebreo del salmo lo relaciona con David, como el músico principal; alude a «Neginot», que es posiblemente una referencia musical; lo asocia a Asaf, al igual que la mayoría de los salmos de esta sección del Salterio; y se afirma que es un cántico. En la versión griega de este salmo se añade una muy importante referencia a los asirios, con el propósito de ubicar el poema en el contexto histórico de la guerra de Israel contra Asiria (701 a.C.).
Aunque para algunos estudiosos la estructura literaria del salmo puede entenderse en cuatro secciones, nuestro análisis identificará solo tres, basado no solo en la temática del poema sino en la identificación de los dos selah (vv. 3, 9; véase Introducción) que claramente dividen sus estrofas.

• La fama divina: vv. 1–3
• Elogio a Dios por sus victorias como guerrero: vv. 4–10
• Llamado a hacer votos ante Dios: 11–12

vv. 1–3: La primera sección del poema introduce los temas teológicos que el salmista desea destacar. Alude a las manifestaciones extraordinarias de Dios, hace referencia a su fama, identifica la morada divina y celebra las acciones liberadoras del Señor. Para el poeta, el Señor es conocido en Judá e Israel, que es una forma de referirse a todo el pueblo de Dios. Esa referencia es también geográfica, pues es el lugar preciso donde se manifiesta el poder que le brinda la fama al nombre divino, que en la antigüedad era una manera figurada de aludir a la esencia de alguna persona, en este caso a Dios. Con el nombre Salem el poeta se refiere a la ciudad de Jerusalén; y el de Sión alude al monte santo, donde está enclavado el Templo.
De acuerdo con el poeta, en ese preciso lugar histórico, la ciudad de Jerusalén, Dios destruyó los poderes militares de los enemigos, a los cuales alude con sus armas de guerra. Las armas de guerra son las siguientes: las flechas o saetas (en hebreo, «relámpagos») de los arcos—que aluden al equipo que se utiliza a la distancia—; el escudo—que es una referencia a la protección o los sistemas que se usan en conflictos cercanos, cuerpo a cuerpo, o también para protegerse de ataques a la distancia—, y la espada—que es una manera de presentar el conflicto cercano, su dimensión íntima y personal.
La referencia a la ciudad es de suma importancia: ¡El nombre «Jerusalén» significa «ciudad de paz»! Para el poeta, el Dios bíblico finalizará con las guerras en la ciudad de la paz. La destrucción de las armas es una manera de destacar y afirmar el poder divino sobre los conflictos bélicos, y sobre las dinámicas humanas que los generan. La reputación de Dios se fundamenta, de acuerdo con el salmo, en su capacidad extraordinaria y en su firme deseo de traer la paz a la ciudad, que es símbolo de los deseos de justicia e igualdad de la humanidad a través de la historia.
vv. 4–10: La sección segunda del salmo es un gran elogio al Dios que es capaz de finalizar con las dinámicas de guerra en el mundo, particularmente en el pueblo de Israel. Esta sección utiliza, para llevar a efecto esta importante descripción del poder divino, un particular lenguaje de guerra y jurídico. La mayoría de las palabras hebreas que se utilizan en esta porción están tomadas de la vida militar o del mundo legal, particularmente de los entornos judiciales: p.ej., despojados (v. 5), carro y caballo (v. 6), juicio (v. 8), y juzgar (v. 9). De esa forma se pinta el cuadro de crisis, que manifiesta tanto dimensiones jurídicas como bélicas.
Para el poeta, Dios es poderoso y temible, y en su intervención histórica manifiesta ira, justicia, juicio y salvación. Su poder es mayor que los montes, y hace que los valientes y fuertes sean derrotados. No hay quien pueda permanecer incólume ante la presencia del Dios de Jacob, que cuando se «levanta», que es una manera de poner de manifiesto su grito de guerra (Is 60:1), reprende a los guerreros y establece sus juicios en los cielos y en la tierra.
De particular importancia teológica para el salmista es su firme deseo y compromiso de salvación de «todos los mansos de la tierra» (v. 9). La implantación de la justicia de Dios consiste eminentemente en la salvación de su pueblo, descrito en este poema como «los mansos», para enfatizar que la victoria no es el resultado de la sabiduría o de las intervenciones prudentes del pueblo de Israel sino que es el producto de las manifestaciones liberadoras y redentoras del Señor.
En efecto, según la teología del poeta, Dios es glorioso, poderoso, temible, justo y salvador. La victoria del pueblo de Israel sobre sus enemigos y el disfrute de la paz, que se fundamenta en la justicia, no es el producto de las acciones humanas, ni el resultado de los esfuerzos militares de las personas poderosas, sino la manifestación del pode de Dios que destruye las armas para finalizar con los conflictos, que lo que traen a la humanidad es calamidad y dolor.
vv. 10–12: La sección final del salmo presenta al salmista en el contexto de alguna asamblea, a la que exhorta a hacer votos ante el Señor y a cumplirlos. La afirmación final es que los pueblos dominados deben traer sus ofrendas al Señor, que es una manera de reconocimiento del poder y la autoridad del Dios de Israel.
Aunque la idea que se transmite en el versículo diez es entendible, su traducción precisa es compleja. El texto enfatiza el resultado liberador de la ira divina, que no viene con intensión de fulminar al ser humano sino para rescatarlo. Los juicios de Dios redundan en agradecimiento del pueblo por la salvación que producen. Otra posibilidad de comprensión y traducción del versículo enfatiza la ira de las personas; sin embargo, ambas interpretaciones del pasaje revelan el resultado redentor del juicio divino. Tanto la ira divina como la humana son en contexto de las manifestaciones salvadoras del Señor.
Este salmo puede relacionarse con varios episodios importantes de la historia de Israel, específicamente en la vida de la ciudad de Jerusalén. El pueblo celebra esas manifestaciones divinas que son símbolo de su poder redentor y restaurador. Dios ha actuado con ira contra los enemigos de Israel pues han tratado de destruir su morada, que es una referencia poética a la ciudad de Jerusalén y al Templo. Este poema es una reacción teológica a los intentos de las naciones enemigas de Israel de someter al pueblo de Dios a la dominación extranjera. El salmista rechaza de forma directa y firme esas actitudes imperialistas de los vecinos de Israel.
Una lectura cuidadosa del poema revela las formas de referirse a Dios. De singular importancia son las alusiones a Dios como temible. El poeta presenta a Dios como guerrero y juez, que preparan el camino para esa particular descripción divina que destaca componentes de temor. En efecto, el Dios de Israel, que se especializa en intervenciones históricas para salvar a su pueblo, se presenta como fuente de temor para los enemigos del pueblo de Dios. Aunque es el Dios del pacto o alianza con su pueblo, y manifiesta su amor a Israel, es implacable contra quienes se organizan para destruir los símbolos de su presencia y poder, como lo son la ciudad de Jerusalén y el Templo. Estos cánticos de Sión enfatizan ese peculiar amor divino hacia la ciudad, que representa su compromiso con la salvación no solo del pueblo de Israel sino de la humanidad. Estos salmos de Sión revelan el firme deseo de Dios de vivir en medio de las dinámicas históricas de su pueblo.
Esa percepción teológica de presencia divina en el salmo se pone claramente de manifiesto en uno de los nombres del Mesías, «Emanuel», pues Dios está al lado de su pueblo. El Dios bíblico no está ajeno a las realidades cotidianas, sino que camina con la comunidad las dinámicas reales de la existencia. No está lejano el Señor de las vivencias diarias, en donde se manifiestan las injusticias y donde se ponen de manifiesto los clamores más intensos del alma humana.
Para la fe cristiana, Jesús de Nazaret se hizo hombre, no para enseñarnos cómo se muere, sino para demostrar cómo se vive. De acuerdo con el evangelista Juan, el Señor Jesús estableció su tienda o morada en medio de las personas (Jn 1:14), y aunque la ciudad de Jerusalén lo rechazó, su nacimiento, vida, ministerio, enseñanzas, milagros, pasión y resurrección, dieron paso a las manifestaciones extraordinarias de la Nueva Jerusalén que desciende del cielo de Dios (Ap 21:1–2).


SALMO 77: «MEDITACIÓN SOBRE LOS HECHOS PODEROSOS DE DIOS»

El Salmo 77 continúa las preguntas críticas de la fe. Prosigue el gran tema que se pone de manifiesto en los tres poemas anteriores (Sal 74–76), y explora aún más la crisis fundamental de la vida: ¿Mostrará el Señor nuevamente su amor, gracia, favor y misericordia hacia su pueblo? El tono del poema y el asunto expuesto revela la naturaleza y extensión de la dificultad y expone la profundidad y amplitud del dolor humano. El clamor intenso del salmista puede presuponer e indicar que el Señor ha abandonado a su pueblo y hasta puede asumir y entender que Dios ignora las oraciones y las plegarias de la gente de fe. Este salmo, en efecto, prosigue ese complejo e impostergable tema existencial, tanto desde la perspectiva de las preguntas ante Dios como desde las respuestas humanas ante la dificultad: ¿Se habrá Dios cansado de responder las oraciones de su pueblo y ha sustituido sus respuestas por el silencio inmisericorde?
El poema es un salmo de súplica colectiva, que se articula en la voz de una persona en angustia extrema y dolor intenso. Este grito y petición de ayuda nace de la imposibilidad humana de entender lo que le sucede, de la complejidad de la angustia que le embarga y de las implicaciones de la crisis que experimenta el salmista y el pueblo. Una persona clama con intensidad, y su clamor sobrepasa los límites del día y penetra con vigor en las profundidades de la noche. El contexto inicial de este salmo, en su forma actual, es el culto de un pueblo que clama para que se supere el dolor que atormenta no solo al adorador sino a la comunidad.
El título hebreo del salmo relaciona el poema con «el músico principal» (véase la Introducción), y también lo asocia con Jedutún (Sal 39; 62)—que era un músico destacado del Templo de Jerusalén (1 Cr 16:41)—y, como la mayoría de los poemas de esta sección, con Asaf.
Aunque el idioma de dolor y crisis que se utiliza en el salmo puede ser antiguo, las descripciones de las calamidades nacionales sobrepasan los límites del tiempo. Este poema posiblemente utilizó las ideas tradicionales de las victorias de Dios en la historia y la liberación del éxodo para expresar una nueva angustia histórica, nacional y personal. Posiblemente el salmo, que recibe las ideas del período pre-exílico de Israel, se fija finalmente luego del exilio en Babilonia. Quizá el trauma que siente el poeta es la agonía indecible de la deportación a tierras extrañas. El autor es posiblemente un adorador post-exílico que amparado en las intervenciones salvadoras de Dios en el pasado añora una nueva manifestación divina.
La estructura literaria del salmo revela dos partes principales. La primera (vv. 1–9) pone de manifiesto un ambiente de nostalgia, un clima de dolor, un sentido de añoranza, una dinámica de pesimismo; en la segunda (vv. 10–20) el salmista revisa el pasado del pueblo e identifica algunos elementos que generan esperanza. Tradicionalmente la primera sección se ha identificado como un lamento comunal; y la segunda, como un himno de gratitud o de alabanzas a Dios. Sin embargo, la unidad literaria del poema se revela cuando se analiza con detenimiento y se descubre continuidad e intensidad en el uso de varias palabras que se incluyen en ambas partes del poema—p.ej., «voz», vv. 1, 18; «mano», vv. 2, 20; «acordar», vv. 3, 6, 11, y «olvidar» v. 9—, y cuando se descubre una estructura concéntrica que relaciona las dos secciones del salmo (vv. 8–20) e identifica como centro teológico la afirmación que inicia el salmo (vv. 11–13): La celebración y afirmación de las obras, los hechos, las maravillas y el poder de Dios.
Nuestro análisis del salmo se fundamenta en la siguiente estructura temática, que ciertamente reconoce y distingue la presencia del término técnico hebreo selah (véase Introducción):

• El clamor del salmista: vv. 1–9
• Recuento de las intervenciones del Dios: vv. 10–20

vv. 1–2: El poema comienza con una expresión muy seria del alma humana: «Con mi voz clamé al Señor». La primera palabra del salmista es un grito, un clamor que nace el día de la angustia que se levanta en la noche, que puede ser tanto una referencia física a lo nocturnal como una expresión figurada para describir la complejidad y dificultad de la crisis. La expresión «alzar las manos» más que un acto físico es una expresión metafórica de adoración y alabanza a Dios. El salmista implora a Dios, con fuerza y autoridad, justicia y misericordia.
vv. 3–9: Luego del clamor, el poeta recuerda el pasado y revela su crisis personal. En medio del dolor, el salmista se conmovía, se quejaba, su espíritu desmayaba, no podía dormir, y estaba quebrantado y mudo. En efecto, el salmo describe los efectos físicos del dolor nacional, y alude a las implicaciones personales del dolor y problema. ¡Era una especie de pesadilla! La confusión del poeta se fundamenta en la imposibilidad de reconciliación entre el pasado glorioso del pueblo y los problemas presentes que parece no tienen solución. Se revela un muy claro contraste entre el recuento del pasado y el análisis del presente. Solo hay una serie de preguntas sin contestaciones adecuadas, sin respuestas precisas.
Las preguntas que se ponen de manifiesto en el salmo revelan lo más intenso del dolor y lo más profundo de la confusión (vv. 7–9). Las interrogantes del salmista se relacionan con el comportamiento divino, se asocian directamente con las intervenciones históricas del Señor: ¿Desechará el Señor para siempre a su pueblo? ¿Finalizó la misericordia divina? ¿Se sustituyó la piedad del Señor por su ira?
En efecto, esas son las preguntas básicas que se desprenden del análisis del dolor y de la evaluación sosegada de la crisis. Con ese ambiente emocional y espiritual el poeta prosigue el salmo. El recuerdo de las acciones liberadoras de Dios en el pasado lo que hacen es confundir al pueblo pues no se pueden reconciliar esas acciones liberadoras del Dios que se especializa en intervenciones salvadoras con el dolor presente y el cautiverio de la comunidad de fe.
vv. 10–20: Como el poeta no consigue fundamentar su esperanza en el análisis inicial de la historia del pueblo (vv. 1–9), para lograr consuelo y descubrir porvenir el autor del salmo no solo revisa esas intervenciones divinas sino que enfoca su oración en la liberación del pueblo de Israel de las tierras de Egipto. El salmista revisa la historia nacional y recuerda algunas manifestaciones poderosas y liberadoras de Dios: las obras (vv. 11–12), los portentos (v. 11), las hazanas (v. 12), las maravillas (v. 14) y el poder (v. 12). El poeta reconoce que no hay Dios tan grande y poderoso en el mundo como el Señor de Israel, pues tiene la capacidad, la voluntad y el deseo de intervenir en la historia, en medio de las realidades cotidianas de la comunidad, para rescatar de Egipto y la esclavitud a su pueblo, identificado en el poema como «los hijos de Jacob y José» (v. 15).
La historia de la liberación de Egipto es fundamental para resucitar la esperanza del pueblo de Israel. Esa experiencia redentora fue determinante en el nacimiento de Israel como pueblo, a la vez que se convirtió en el paradigma básico que pone de manifiesto la capacidad divina de liberación y salvación. La alusión a la experiencia del éxodo es una forma de afirmar que el Dios bíblico no está cautivo ni ignora el dolor y los cautiverios de su pueblo.
En el poema se evoca de forma figurada la experiencia de la liberación de Egipto, aunque se añaden algunos detalles que no se incluyen en las narraciones del libro del Éxodo (caps. 3–15). De acuerdo con el salmo, la manifestación divina del Sinaí incluye truenos, relámpagos, rayos y terremotos, que en la tradición bíblica se asocian a las teofanías, que son manifestaciones extraordinarias de Dios. El poema de esta forma relaciona directamente dos de las tradiciones más importantes y fundamentales de la formación del pueblo de Israel: la liberación de Egipto y el establecimiento del pacto o la alianza del Dios y su pueblo. El salmo, además, identifica los dos protagonistas de las narraciones de la liberación: Moisés y Aarón. De forma figurada también se identifica a Dios como el gran pastor de Israel, que debe guiar a su pueblo del cautiverio y la redención (v. 20).
El recuento de esas experiencias pasadas de liberación se constituyen en los fundamentos básicos de la esperanza del salmista. Ese sentido grato de esperanza del poeta se ancla firmemente en la capacidad divina de liberación: ¡El Dios que intervino en la historia nacional para sacar al pueblo de Israel de Egipto, con mano poderosa y autoridad, puede actuar nuevamente para transformar la experiencia amarga del dolor presente en un futuro liberado.
El peor de los tormentos del salmista es reconocer que la diestra del Señor ha cambiado (v. 10), que es una manera de indicar que Dios ya no está interesado en la liberación del pueblo. La pregunta sobre qué dios es tan grande como el Señor (v. 13), revela que el salmo proviene de un período cuando el monoteísmo no se había desarrollado de forma plena. Las referencias a «los hijos de Jacob y José» enfatizan las experiencias de la liberación de Egipto (v. 15).
Los versículos 16–19 ponen claramente de manifiesto las magníficas capacidades poéticas del autor, pues aluden a la experiencia de la liberación de Egipto de forma extraordinaria: p.ej., las aguas vieron a Dios y temieron (v. 16); los abismos se estremecieron (v. 16); los cielos tronaron y enviaron rayos (v. 17); y las pisadas divinas no dejaron rastro (v. 19). En efecto, estamos ante una magnífica pieza poética que contiene no solo gran belleza literaria y buena articulación artística sino que le añade una extraordinaria dimensión teológica de liberación.
La primera impresión al leer este salmo es de tristeza y derrota. Una mirada superficial al poema puede quedar cautiva en el clamor que se basa en el dolor y la desesperanza humana. Sin embargo, cuando se revisa el salmo con detenimiento se descubre que el poeta invoca al Señor continuamente. El clamor del poeta está dirigido al Señor que tiene la capacidad y el deseo de liberación. Dios está presente en el clamor del salmista que comienza su oración con un sentido de añoranza del pasado y la termina con afirmaciones de seguridad, que describen a Dios como el buen pastor que guía a su pueblo.
La teología fundamental de este salmo cobra dimensión nueva en la vida de Jesús de Nazaret, descrito en el Nuevo Testamento como el pastor por excelencia, particularmente como el «buen pastor» que da su vida por las ovejas, es decir, su pueblo (Jn 10). En su ministerio público, el predicador palestino no solo cautivó a las multitudes con su verbo elocuente sino que sus palabras se convirtieron en la manifestación del poder divino que hacía obras, portentos, hazañas y maravillas. No estaba confinado el mensaje de Jesús al sistema auditivo de la comunidad sino que intervino en la historia, como la encarnación de la plenitud de Dios, para traer a los seres humanos la palabra que liberaba y daba sentido de dirección y futuro a las personas.


SALMO 78: «FIDELIDAD DE DIOS HACIA SU PUEBLO INFIEL»

El Salmo se identifica tradicionalmente como un poema histórico pues cuenta las experiencias y vivencias del pueblo de Israel en el desierto y en peregrinar antes de entrar a la Tierra Prometida, y, además, pone claramente de manifiesto la historia de la salvación; es decir, el poema recuenta las intervenciones divinas en medio de las realidades cotidianas del pueblo (véase los Sal 105; 106; 136). Este tipo de salmo no cuenta toda la historia del pueblo pues destaca solamente los temas y asuntos que se desean enfatizar en el proceso educativo. El poema presupone una persona que educa y comunica, y una comunidad que escucha y recibe el mensaje. Y en su forma actual tiene más relación estilística y temática con el libro de Deuteronomio (p.ej., el discurso poético de Moisés en Dt 32) que con el resto del Salterio.
La lectura detenida del Salmo pone de relieve que se trata de una serie de enseñanzas descritas en el poema como «ley» (v. 1), «palabras de la boca de Dios» (v. 1), «parábolas» (v. 2), y «cosas escondidas» (v. 2). El propósito del autor es enfatizar la importancia de la comparación para su finalidad pedagógica. Se exhorta al pueblo, al evaluar y revisar la historia nacional, a evitar los errores de los antepasados del pueblo para de esa forma no recibir los resultados que esas acciones pecaminosas le trajeron a la comunidad.
Para lograr su objetivo pedagógico, el salmista articula dos fundamentos básicos para la comparación y las enseñanzas. En primer lugar, el pueblo no actuar como «sus padres» o antepasados, que eran una generación «contumaz y rebelde» (v. 8); tampoco deben reaccionar como «los hijos de Efraín», en alusión al reino del norte, que actuaron de forma irresponsable al fragor de la batalla (v. 9). Esas dos imágenes, en efecto, se convierten en el fundamento de las enseñanzas que se quieren afirmar. Para el salmista, la lectura y el recitar de la historia nacional tiene una gran importancia educativa: Las futuras generaciones del pueblo deben evitar y aprender de los errores del pasado, a la vez que deben afirmar las conductas de fidelidad que trajeron bendición a la comunidad.
El autor del salmo debe haber sido alguna persona sabia involucrada en actividades educativas, posiblemente un levita, que revisa la historia nacional para identificar y afirmar valores que puedan contribuir a la formación y transformación de la comunidad israelita. Como el poema manifiesta un rechazo del reino del norte, Efraín, lo más seguro es que se escribiera en el reino del sur, Judá. El salmo es posiblemente pre-exílico, pues los temas que expone se relacionan con la importancia de David y del Templo, aunque es también posible que con el tiempo se hayan incorporado al poema original algunas reflexiones posteriores que actualizaban las enseñanzas del poema. En contexto original del salmo es posiblemente los círculos educativos de los levitas, que destacaban la importancia del Templo y la centralidad de la adoración para el futuro de la nación. El título hebreo lo identifica como un masquil y lo relaciona con Asaf (véase la Introducción).
Respecto a la estructura literaria del poema se han propuesto varias alternativas. Algunos estudiosos dividen el Salmo en tres secciones, que enfatiza las dos grandes imágenes infidelidad relacionadas con los pecados del pueblo: La primera sección se relaciona con las actitudes en la salida de Egipto y el peregrinar por el desierto; y la segunda pone de relieve los actos impropios de la comunidad en Canaán, particularmente en tierras relacionadas con el reino del norte.

• Introducción: vv. 1–11
• Errores de los antepasados en el desierto: vv. 12–39
• Errores de los antepasados al entrar a la Tierra Prometida: vv. 40–72

Otra posibilidad de estructura literaria del Salmo es la siguiente, que destaca el rechazo y la elección de Dios.

• Recital de rechazo: vv. 9–64
* Rechazo de Yahvé por el pueblo: vv. 9–58
* Evento e interpretación: vv. 9–11
* Primer recuento: vv. 12–39
* Segundo recuento: vv. 40–58
* Rechazo del pueblo por Yahvé: vv. 59–64
• Recital de elección: vv. 65–66

Una tercera estructura literaria del Salmo afirma no solo la importancia del tema de la infidelidad para el salmista en el primer nivel temático sino que pone de relieve los paralelos entre las dos secciones básicas del cuerpo del poema. Además, este análisis destaca la gracia divina como el marco de referencia temático y teológico en el recuento de la historia nacional. De esa forma es la esperanza el tema que se afirma en el proceso educativo.

• Introducción: vv. 1–11
• Primer recuento de eventos: Eventos en el desierto: vv. 12–39
* Manifestación de la gracia divina: 12–16
* Rebelión del pueblo: vv. 17–20
* Ira divina y juicio: vv. 21–32
* Manifestación de la gracia divina: vv. 33–39
• Segundo siclo de eventos: De Egipto a Canaán: vv. 40–72
* Manifestación de la gracia divina: vv. 40–55
* Rebelión del pueblo: vv. 56–58
* Ira divina y juicio: vv. 59–64
* Manifestación de la gracia divina: vv. 65–72

vv. 1–11: La primera sección del Salmo es la introducción, que pone en contexto las enseñanzas que se van a destacar en el recuento de la historia nacional. Es una especie de catequesis que intenta responder a ciertas interrogantes fundamentales de la vida. ¿Cuál es el objetivo de contar y recontar la historia del pueblo? ¿Qué valores educativos y morales se desean afirmar en el recuento y descripción de la historia antigua? ¿Cómo esas enseñanzas morales, éticas y espirituales pueden contribuir a la formación de las nuevas generaciones de israelitas? En efecto, estas preguntas implícitas revelan que en este contexto educativo hay educador y educando. Ciertamente el poema comienza con una serie importante de afirmaciones teológicas y presupuestos morales que ubican el Salmo en un claro entorno pedagógico.
Para el salmista el análisis pertinente de la historia es el fundamento adecuado de la educación transformadora. En efecto, en este salmo se ponen de manifiesto los actos de infidelidad del pueblo, que no deben repetirse; a la vez, que se afirman las manifestaciones de la gracia de Dios. Aprender de la historia es identificar los errores de los antepasados para evitarlos en el presente y el futuro. Ese acto de reflexión sobria y sabia no solo nota y evita las acciones infieles sino que descubre los actos de virtud para de esa forma mejorar aún más lo que ha hecho bien. De acuerdo con el salmista, la historia es «proverbio» (v. 2), que en este contexto es una clara referencia a la importancia de la sabiduría en los procesos educativos.
La persona sabia e inteligente, de acuerdo con el salmista, es la que descubre en la historia los valores necesarios e importantes para vivir con dignidad y valor. Esa, en efecto, es la gran virtud de la tradición: No es el recuento del pasado de forma acrítica, sino el análisis adecuado y sabio de la historia que nos permite vivir con prudencia y justicia el presente y el futuro. La memoria histórica es un elemento fundamental para vivir con salud emocional y espiritual. Y en esa memoria nacional de Israel, Dios juega un papel protagónico.
La tradición es fundamental en la experiencia religiosa del pueblo de Dios. Y el presupuesto filosófico y pedagógico de esa expresión es que la tradición es esencial para la existencia misma de Israel. Para el salmista, el pueblo de Dios es como una gran familia que tiene una identidad teológica y espiritual que supera los límites del tiempo. Esa identidad nacional hay que afirmarla de generación en generación, para mantener la salud social, política y religiosa de la comunidad. Según el poeta, la importancia de la tradición es no encubrir a los hijos (e hijas) y a las generaciones venideras las alabanzas a Jehová, y su potencia, y las maravillas que hizo (v. 4).
El poema comienza con la exhortación del salmista o maestro en torno a la «ley»—hebrero, torá—(v. 1), que en este contexto es mucho más que regulaciones jurídicas sino enseñanzas. La invitación al oyente o lector es a «escuchar» e «inclinar el oído» (v. 1), pues Dios va a «abrir su boca» y «hablar cosas escondidas» (v. 2). De esa forma se le brinda al salmo su contexto de sabiduría y educación. La palabra hebrea traducida en castellano como «proverbios» o «parábolas» (v. 2) se refiere a los mensajes que requieren estudios cuidadosos de parte del oyente o que se necesite un tipo de análisis comparativo para descubrir su real significado. Ese tipo de enseñanza esencialmente se transmite utilizando un lenguaje figurado, que ciertamente aumenta las posibilidades de interpretación y aplicación. El propósito de «esas cosas escondidas» que el salmista afirma es que los educandos piensen y analicen con sobriedad y detenimiento el contenido de la enseñanza—p.ej., que se articula en «proverbios» o «parábolas»—, para entenderla y aplicarla a sus vidas.
vv. 13–39: El primer ciclo de reflexiones históricas, de acuerdo con el salmista, destaca la actitud pecaminosa de Israel: ¡La infidelidad del pueblo comenzó en Egipto! Afirma el poeta que, aunque Dios siempre ha sido fiel, el pueblo de Israel ha manifestado desde el comienzo mismo de su historia una fuerte tendencia hacia la infidelidad. Contrapone de esta forma el salmista las infidelidades del pueblo y las manifestaciones extraordinarias y los milagros de Dios.
De acuerdo con el poeta, Dios libera al pueblo de Egipto y les ayuda a pasar el Mar Rojo (v. 13), les envía la nube que les oriente de día y la columna de fuego en las noches (v. 14), provee de la roca el agua necesaria para la subsistencia (vv. 15–16), y les brinda el maná (vv. 23–24) y las codornices (vv. 26–28) para la alimentación; además, para facilitar la salida de las tierras de Egipto, envió las plagas (vv. 43–51). El poema hace un breve resumen de los sucesos narrados en el Pentateuco, particularmente en los libros de Éxodo y Números; comienza con lo sucedido en Egipto y finaliza con lo acaecido en el mismo lugar.
vv. 40–72: De singular importancia en el análisis del poema es que el autor solo enumera siete plagas o calamidades en Egipto (vv. 43–51) en su segundo ciclo de reflexiones: Los ríos convertidos en sangre (v. 44), los enjambres de moscas (v. 45), las ranas (v. 45), las langostas (v. 46), los granizos que destruyen y congelan (v. 47), las lluvias con rayos, relámpagos y pedriscos (v. 48), y finalmente la muerte de los primogénitos (vv. 49–51). Se han identificado solo siete plagas para destacar lo perfecto y completo de los juicios divinos.
En la sección final del Salmo se incluye el peregrinar hacia la Tierra Prometida: Se alude a la conquista de Canaán (v. 53), se hace referencia a la distribución equitativa de las tierras (v. 55), y se presentan las consecuencias nefastas de la infidelidad del pueblo. De acuerdo con el salmista, la falta de lealtad a Dios produce la pérdida del Arca del pacto (v. 60), genera el triunfo de los filisteos sobre Israel (vv. 61–66), afirma el rechazo del reino del norte luego de la muerte del rey Salomón (v. 67), subraya la elección y establecimiento del reino del sur, Judá, como el centro único de adoración y administración pública (v. 68), y culmina con la elección del rey David, que es descrito en el poema como un pastor sabio e íntegro (vv. 70–72).
El vocabulario relacionado con el pecado y los errores del pueblo es de singular relevancia teológica en el Salmo. Esas capacidades lingüísticas y amplitud literaria contribuyen significativamente al descubrimiento del sentido del poema. El pecado contra Dios tiene diferentes y variadas manifestaciones: Es incredulidad e infidelidad (vv. 8, 22, 32), rebelión (v. 17), tentación al Señor (vv. 18, 41, 56), hablar contra Dios (v. 19), no guardar el pacto y los testimonios (vv. 10, 37, 56), y olvidarse de las obras redentoras del Señor (vv. 7, 11). En efecto, el pecado del pueblo es, a la vez, fundamento del juicio divino y base de la misericordia de Dios Ante ese tipo de actitud de rebelión consistente y continua, se necesita, de acuerdo con el poema, la gracia divina.
El estudio cuidadoso y sobrio de este Salmo pone de relieve varios principios teológicos de gran relevancia pedagógica y espiritual. En primer lugar, se revela la importancia que tiene la tradición y la educación en los pueblos y en las comunidades de fe. El poema presupone un ambiente educativo transformador, en el cual se repasa la historia no como un acto de entretenimiento superficial sino como fundamento de vida, como maestra de la existencia. La tradición, lejos de ser un lastre histórico que debe rechazarse, es un instrumento vital para preservar la identidad y afirmar la salud mental y espiritual. Y la historia, estudiada desde este perspectiva analítica, se convierte en fuente de sabiduría, pues nos permite vivir con prudencia y sabiduría al evitar errores pasados y afirmar acciones que se relacionan con la voluntad de Dios.
De singular importancia es el concepto de Dios que el poema presupone. El Dios del salmista es justo, misericordioso y perdonador. Aunque rechaza firmemente las actitudes de infidelidad del pueblo no fundamenta su ira y sus acciones en esas actitudes de deslealtad humana sino que actúa de acuerdo con su extraordinaria naturaleza misericordiosa. El Dios bíblico camina con su pueblo y le acompaña en los momentos de liberación, para celebrar sus victorias, y está atento a los actos fallidos del pueblo, sin perder la paciencia, para manifestar sus juicios y poner de relieve su amor. ¡El propósito divino es que la humanidad aprenda de sus errores!
El Nuevo Testamento presupone el conocimiento de estas tradiciones bíblicas. Y Jesús de Nazaret creció y se desarrolló como predicador y maestro al amparo de estas enseñanzas antiguas de su pueblo. En sus mensajes, Jesús demostró no solo que conocía la historia nacional y que afirmaba las tradiciones de su pueblo sino que respondía con creatividad y seguridad a las interpretaciones que hacían los fariseos. De acuerdo con Mateo, Jesús era el Emmanuel, en la tradición del libro de Isaías; y según el evangelista Juan, el Señor era la encarnación del Dios viviente en medio de la humanidad.
Una gran enseñanza del Salmo es que los creyentes, las iglesias y los pueblos deben leer sus historias personales, denominacionales y nacionales desde la perspectiva de la fe. Para afirmar la salud integral en individuos y comunidades, es necesario descubrir la mano de Dios en el pasado e identificar, con humildad y sobriedad, los errores en la vida. De esa forma las personas y las instituciones se pueden proyectar con fuerza al futuro, para conquistar el mañana y disfrutar el porvenir.


SALMO 79: «LAMENTO POR LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN»

El Salmo 79 es un poema de lamento colectivo que implora a Dios justicia en medio de una crisis de graves proporciones históricas. El salmista reacciona ante una realidad llena de desesperación y angustia, clama al Señor con todas sus fuerzas pues no solo es el poeta que articula los dolores y las frustraciones del pueblo sino el adorador que participa y siente la crisis de su comunidad.
Este poema está en la misma tradición de los Salmos 44 y 74, que desean mover la mano salvadora de Dios ante las acciones destructivas y burladoras de las naciones en general y sus vecinos en particular. El gran tema del poema es que Jerusalén, la santa ciudad, y el Templo, la morada del Dios viviente, han sido invadidos y destruidos por los enemigos. Este Salmo se une al anterior por la referencia a las iniquidades y los pecados de los antepasados (v. 8).
El análisis literario y temático del salmo revela que su autor es ciertamente un israelita que presenció las calamidades y la devastación descritas. Quizá el contexto histórico del poema es la destrucción de Jerusalén de parte de los babilónicos en el año 587/6 a.C., aunque otras catástrofes y crisis nacionales pueden relacionarse con las frases y el idioma empleado por el salmista. Posiblemente este salmo era utilizado en asambleas nacionales en las cuales se recordaba la destrucción del Templo, o era parte de las liturgias que se hacían en el Templo frente a la posibilidad de alguna catástrofe, p.ej., alguna sequía o la posibilidad o amenaza de alguna guerra.
La estructura literaria del Salmo no es compleja, pues revela las prioridades temáticas del autor:

• El pueblo se queja ante Dios: vv. 1–4
• Recomendaciones: Lo que debe hacer Dios con las naciones paganas: vv. 5–7
• Recomendaciones: Lo que debe hacer Dios con Israel: vv. 8–12
• El pueblo alaba a Dios: v. 13

El análisis detenido del Salmo revela también que el lenguaje utilizado es común en la literatura bíblica, particularmente popular y usado en las expresiones de lamento del pueblo. Los ecos y los paralelos del lenguaje de este poema con otra literatura bíblica se ponen en evidencia en la siguiente tabla:

• v. 1c: Jer 26:18; Mic 3:12
• v. 4: Sal 44:15
• v. 5: Sal 6:4; 13:2; 89:47
• vv. 6–7: Jer 10:25
• v. 8c: Sal 142:7; 116:6
• v. 9d: Sal 23:3; 25:11; 31:4; 54:3; 106:8; 109:21; 143:11
• v. 11: Sal 102:21
• v. 11c: 1 Sam 26:16
• v. 12: Sal 89:51–52; 44:14; Gen 4:15, 24; Lev 26:18, 21, 24

vv. 1–4: La primera sección del poema presenta al pueblo dirigiéndose a Dios en una oración de súplica colectiva. La comunidad expone lo que las naciones le han hecho, y articula una serie de acciones nefastas y hostiles contra el pueblo de Israel: Vinieron e invadieron el país—identificado como «la heredad divina»—(v. 1), profanaron y quemaron el Templo de la ciudad santa (v. 2), destruyeron y redujeron a escombros la ciudad de Jerusalén (v. 2), dejaron los cadáveres sin enterrar para que sirvieran de comida a las aves y las bestias (v. 2), derramaron la sangre sin que nadie la enterrara—como se afirma en las costumbres del pueblo—(v. 3), y convirtieron al pueblo en objeto de burla y mofa por parte de los enemigos (v. 4).
En las acciones enemigas descritas se ponen claramente de manifiesto la extensión y naturaleza de la dificultad y la crisis. De un lado, el pueblo había perdido la infraestructura económica que le permitía vivir de forma adecuada en la ciudad; y del otro, los símbolos de la salud y el bienestar espiritual de la comunidad se habían esfumado con la destrucción del Templo, que simbolizaba la presencia de Dios, y con la interrupción del sistema de sacrificios, que propiciaba el perdón para el pueblo.
Los pronombres posesivos utilizados en la oración ponen de manifiesto la urgencia del clamor y la importancia de la plegaria. El salmista, angustiado y horrorizado, comenta la extensión y amplitud de la desgracia indicando quien vive esos dolores es nada menos que «tu heredad» (v. 1), «tu santo templo» (v. 1), «tus siervos» (v. 2) y «tus santos» (v. 2). Esa intimidad en la comunicación revela la profundidad del dolor y la urgencia en la necesidad de la intervención de Dios.
vv. 5–7: La segunda parte del Salmo incorpora las preguntas clásicas de las crisis: ¿Hasta cuándo, Señor? Una vez se ha articulado el dolor y se ha descrito la desolación, el pueblo inquiere ante Dios: ¿Qué sucederá a quienes les han causado tanto mal? ¿Que pasará con las naciones que se prestaron para humillarles y destruirles?
El pueblo reacciona desde el dolor, la comunidad ora con las heridas abiertas, Israel interpela a Dios en medio de la calamidad, que se presenta con dimensiones magnas. La oración del pueblo se convierte, entonces, en recomendaciones concretas a Dios. El poema incorpora de esta forma una serie de imprecaciones o maldiciones que ponen de relieve el dolor y la angustia de Israel. Y entre las recomendaciones se encuentra la siguiente: Derrama tu ira contra las naciones y sobre los reinos paganos (v. 6) pues actuaron en contra del pueblo de Dios. El poeta utiliza una vez más la imagen del fuego para describir la ira divina (v. 5).
vv. 8–13: En la última parte del Salmo el poeta continua la oración de súplica, aunque ahora cambia el objetivo de la plegaria. Ya no clama por lo que Dios debe hacer con sus enemigos sino por lo que necesita hacer por Israel. Ya no está preocupado por sus adversarios sino reclama a Dios la manifestación de su misericordia.
En la oración, el pueblo y el salmista piden a Dios lo siguiente: Que no se acuerde de los errores, las culpas y las iniquidades de sus antepasados (v. 8), que les ayude, libere y perdone los pecados (v. 9), que el gemido de los presos llegue a la misma presencia de Dios, que salve a las personas que están sentenciadas a muerte (v. 11), y que devuelva a los pueblos vecinos, multiplicada por siete, las afrentas hechas al pueblo y a Dios.
El Salmo finaliza con una expresión de gratitud y alabanza a Dios (v. 13). El Señor es descrito como pastor, y el pueblo como ovejas de su prado. De esa forma se une este poema al Salmo 80, que comienza con una plegaria a Dios como pastor de Israel (Sal 80:1).
Este Salmo pone de manifiesto las oraciones que se levantan ante Dios en medio de las crisis y adversidades de la vida. El dolor para el poeta no es una experiencia teórica sino una vivencia real e inmediata. Y desde esos dolores intensos en la vida expresa sus sentimientos más hondos, que revelan no solo el deseo de superación de la adversidad sino un firme deseo de justicia, que en este contexto es el juicio a las naciones que participaron en la destrucción del pueblo de Dios.
El Dios del salmista es capaz de escuchar y responder al clamor del pueblo, aunque en la articulación de esa oración se expresen sentimientos que pueden herir las susceptibilidades de personas que no han experimentado la profundidad del dolor que ha vivido el pueblo y que ha sentido el salmista. El Dios del poeta es misericordioso, pues escucha el clamor y responde a las plegarias.
Ese concepto de Dios compasivo y misericordioso fue el que vivió y predicó Jesús de Nazaret. En sus enseñanzas destacaba el valor del perdón, afirmaba las virtudes de la misericordia, y celebraba el poder del amor. No estaba interesado el Señor en predicar a un Dios que no estuviera cerca del alma humana, ni fundamentaba sus enseñanzas en teologías de divinidades que no se solidarizaran con el dolor humano y la miseria de la humanidad. El Dios de Jesús es pastor, como en el Salmo, pues no deja nunca abandonado a su rebaño, ni deja huérfano a su pueblo.
Los versículos 2 y 3 de este Salmo son citados en 2 de Macabeos en relación a la muerte de los hasídicos cuya confianza fue violada y ofendida por los gobernantes que deshonran la justicia. Y Apocalipsis 16:6 alude al v. 3 de este Salmo para referirse a la sangre inocente derramada por santos y profetas.

LIBRO TERCERO: SALMOS 73-89

                                              LIBRO TERCERO: SALMOS 73-89


SALMO 80: «SÚPLICA POR LA RESTAURACIÓN»

El Salmo 80 continúa el tema general de los anteriores (Sal 78; 79), que pone de relieve la angustia y crisis de la destrucción, la posibilidad del peligro, las desesperanzas relacionadas con las guerras, los dolores asociados a las invasiones. En efecto, el contexto del salmo es la destrucción y la dificultad; sin embargo, no se trata ahora de la crisis relacionada con la ciudad de Jerusalén ni con la destrucción del Templo. El salmista se allega a Dios en oración para presentarle al reino del norte, que enfrentaba las amenazas de sus enemigos y debía responder con valor y sabiduría al ambiente de crisis internacional que le rodeaba. El propósito del salmista es suplicar e implorar a Dios su intervención redentora y liberadora para traer la restauración al pueblo que se sentía herido, cautivo y deprimido.
La identificación del poema con el reino del norte se fundamenta en las referencias al pueblo de Dios con las antiguas tribus de Efraín, Benjamín y Manasés (v. 1). Y aunque Judá, en el sur, mantuvo la preocupación por las tribus que se dividieron en el norte para evitar la adoración en Jerusalén, para la mentalidad profética el pueblo seguía siendo uno (véase 2 Cr 31:10; Ez 37), como se pone claramente de manifiesto en este salmo.
El salmo es una súplica colectiva o lamento comunitario que se presenta en momentos de una grave crisis nacional. Ese tipo de salmos tenía su contexto litúrgico en actividades cúlticas del pueblo ante las amenazas de algún ejército o enemigo mortal, o, inclusive, frente a la posibilidad de alguna calamidad nacional o desastre natural. La referencia que añade la Septuaginta (LXX) al título hebreo del salmo—p.ej., «referente a los asirios»—, posiblemente es una manera antigua de relacionar el poema con el contexto histórico de la hegemonía internacional de esa nación, quizá por los años 732–722 a.C. cuando el reino del norte fue destruido por los escuadrones y la milicia de Asiria.
Las posibilidades de autor son varias: Pudo haber sido algún adorador del sur que en el Templo de Jerusalén imploraba a Dios la restauración y unión de los dos reinos; también pudo haber sido un israelita del norte que respondió con dolor, angustia y esperanza a la derrota militar frente a los asirios. Algunos estudiosos que ubican la composición del poema en el período luego del exilio en Babilonia, indican que este salmo puede ser un clamor nacional para la restauración de todo el pueblo de Israel, tanto del norte como del sur, luego de la catástrofe del 587/6 a.C. El título hebreo del Salmo lo relaciona con «el músico principal» y con Asaf, además, alude a «lirios» y «testimonio» (véase la Introducción).
La estructura literaria del poema se puede relacionar inicialmente con el estribillo que presenta. Esta repetición, que aparece con algunas variantes en tres ocasiones (vv. 3, 7, 19), identifica el tema general del poema y divide en tres secciones mayores el salmo.

• El pueblo invoca al Pastor de Israel: vv. 1–3
• Preocupación nacional: ¡Hasta cuándo!: vv. 4–7
• Parábola de la viña: vv. 8–19
* Recuento de los actos salvadores de Dios: vv. 8–11
* Descripción presente de la viña: vv. 12–16a
* Súplicas y compromisos: vv. 16b–19

vv. 1–3: La primera sección del salmo presenta las peticiones del pueblo a Dios, que se identifica como «Pastor de Israel». De esa forma el poema se relaciona con el salmo anterior y le brinda al clamor un sentido de intimidad, pertenencia y confianza. La oración es intensa y sentida, y transmite un sentido profundo de urgencia, que se revela claramente en los imperativos, pues dan la impresión de que Dios está dormido: Escucha (v. 1), resplandece (v. 1), despierta (v. 2) y ven a salvarnos (v. 2). En efecto, desde el comienzo mismo del poema se revela la intensidad del clamor.
Las imágenes iniciales son las del pastor y la luz. La primera alude a las responsabilidades del rey-pastor de cuidar, alimentar y proteger al pueblo-rebaño. La segunda imagen, que se incluye en la oración y el estribillo, se relaciona con la salvación. Implorar la luz divina es pedir su intervención salvadora y liberadora. Además, es importante recordar que, de acuerdo con el libro de Génesis, el primer acto de creación fue la luz (Gn 1:3). En ese sentido, el salmista solicita la intervención del Dios que crea, que establece orden, que tiene control sobre la naturaleza y la historia. La referencia a los querubines evoca al Arca del pacto o la alianza, que era el signo visible del Dios invisible, y que también aludía al Señor de los ejércitos, al Dios guerrero que habitaba en medio de las realidades de su pueblo.
El estribillo del salmo es de gran importancia teológica y litúrgica. El pueblo repetía este tipo de estribillo como parte de sus ceremonias y celebraciones. El clamor es de restauración: El pueblo implora la intervención luminosa del Dios que con solo mostrar su rostro demuestra su poder y autoridad. Las variaciones del estribillo—p.ej., que añaden «Dios de los ejércitos» (v. 7) o «Oh Jehová, Dios de los ejércitos» (v. 19)—, ubican el clamor en el contexto del Dios guerrero, del Señor de las batalles, del Dios que triunfa en los conflictos bélicos. Esa afirmación teológica es fuente de esperanza al pueblo que se siente derrotado y en peligro mortal.
vv. 4–7: En esta sección del salmo se ponen de manifiesto las preocupaciones típicas de la gente que enfrenta peligros mortales, se revelan las preguntas básicas de personas que deben responder a desafíos extraordinarios: «¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?». Y, en efecto, ese clamor es más que una expresión tradicional en el culto sino la petición de ayuda que surge de lo más profundo del alma humana. El salmista inquiere en torno a su futuro, pues la calamidad tiene el potencial de aniquilación y destrucción total.
Un componente particular de este clamor es el hecho que el salmista le atribuye a Dios el origen del problema. Fue el Señor el que le dio a comer al pueblo «pan de lágrimas» y le dio a beber «lágrimas en gran abundancia» (v. 5). Además, fue Dios mismo el que propició las condiciones de burla y escarnio de vecinos y enemigos. De acuerdo con el poeta, la crisis que vive el pueblo está relacionada con la voluntad divina, y esa afirmación teológica les hace preguntar «¿hasta cuándo?», es decir, «¿habrá futuro para nosotros?». Y ante esas preguntas existenciales, el salmista responde con la afirmación teológica del estribillo, que reconoce en Dios la capacidad de triunfo y que afirma su poder redentor.
vv. 8–19: La sección final del poema incluye la presentación de una parábola en torno a la viña, que puede dividirse, a su vez, en tres componentes básicos. La primera parte hace un recuento de las intervenciones de Dios en la historia nacional. Comienza en Egipto, prosigue con la entrada a Canaán y alude a los límites territoriales de la Tierra Prometida. La imagen literaria es la de un labrador que trabaja en su viña: Dios es el labrador, y el pueblo de Israel, la viña. El pueblo creció y se extendió: hacia el sur, «los montes» (v. 10); hacia el norte, «los cedros» (v. 10); hacia el oeste, «el mar» (v. 11); y hacia el este, «el río» (v. 11). Esas fronteras evocan los límites territoriales de la época davídica, que son símbolo de protección divina y prosperidad.
Sin embargo, toda esa bendición ha desaparecido, ante la vista asombrada del pueblo. En medio de su desorientación y perplejidad el pueblo pregunta nuevamente: «¿Por qué?» (v. 12). La gran interrogante es la razón por la cual Dios permitió o propició esta crisis que atenta contra la existencia misma del pueblo. Con la misma imagen de labrador y viña el salmista expone su causa: Las acciones de Dios han puesto al pueblo a merced de animales salvajes y transeúntes. Los enemigos son caracterizados en la parábola como «los que pasan por el camino» (v. 12), «el puerco montés» (v. 13) y «la bestia del campo» (v. 13), expresiones despectivas que revelan el desprecio del pueblo hacia sus adversarios. ¡El labrador-divino ha dejado su vid-pueblo sin protección, a merced de la naturaleza! ¡La gran queja y el reproche fundamental del salmista es que el pueblo se siente solo, vulnerable y desprotegido!
La última parte de esta sección pone de manifiesto una serie importante de súplicas y compromisos. El primer clamor es que vuelva el Dios de los ejércitos (v. 14), que es una manera sutil de aludir al Señor triunfante y de conquista. El salmista clama por la visitación y mirada redentora de Dios desde los cielos (v. 14), pues esa acción divina es liberadora. Se solicita con urgencia la intervención divina pues fue el Señor-labrador mismo quien la plantó, pero ahora esa viña-pueblo está en peligro de perecer.
El salmo incluye una petición por el rey de Israel (v. 17): La mano de Dios debe estar sobre el varón que está sentado a la diestra del Señor, sobre la persona (p.ej., «hijo de hombre») que Dios afirmó para sí mismo. En el contexto canónico de este salmo, la petición es que Dios debe proteger al rey pues representa al pueblo. Esta afirmación presupone que la bonanza real es también la paz para la comunidad. Con el tiempo, tanto la comunidad judía como la cristiana, interpretaron esta referencia poética al monarca histórico desde una perspectiva mesiánica.
Una expresión de compromiso final del salmo pone en evidencia una muy importante afirmación teológica. No fue el Dios-pastor el que abandonó su rebaño sino el pueblo que se apartó de su Señor (v. 18). Culmina el poema con la repetición del estribillo, que en este contexto literario le añade al salmo un sentido de seguridad y esperanza.
Los valores y enseñanzas que se desprenden del salmo se revelan en al análisis de las imágenes que utiliza el poeta: Dios es pastor, Señor de los ejércitos y labrador. En efecto, las tres ideas en torno a Dios lo ubican un plano muy cercano al pueblo. El pastor es el que cuida, alimenta y protege al rebaño; el Señor de los ejércitos es el que interviene al fragor de la batalla para darle la victoria; y el labrador es el que se preocupa por mantener la viña en estado óptimo para disfrutar sus frutos. Las tres ideas enfatizan el deseo divino de estar muy cerca de su pueblo, pues esa cercanía incentiva la seguridad, propicia la esperanza y afirma el futuro.
El salmo, sin embargo, presenta a Dios como un mal pastor y labrador; además, solicita la intervención del Señor de los ejércitos pues se siente derrotado y sin esperanzas. El salmista da rienda suelta a su dolor e inseguridad y expresa sus sentimientos más hondos y complejos. Aunque conoce bien la teología de la salvación, no siente que esas grandes afirmaciones teológicas se hacen realidad en su vida. Para el salmista hay discontinuidad entre lo que ha aprendido de Dios y lo que experimenta. Y ante tal confusión se presenta ante el Señor con honestidad y firmeza. No intenta esconder sus sentimientos, los expresa con libertad.
Son los estribillos los que transforman las expresiones de dolor en posibilidades de triunfo y esperanza. Aún en los momentos más agrios de la vida, el salmista reconoció el potencial divino para iluminar con su liberación y salvación las oscuras realidades del dolor humano, tanto personal como nacional.
Jesús de Nazaret se identificó tanto con las imágenes del pastor como con las del labrador de este salmo. Desde la perspectiva del pastor, se presenta como el pastor verdadero que da su vida por las ovejas (Jn 10); para utilizar la imagen del labrador, afirma que él es el verdadero labrador, que hace que la vid de mucho fruto (Jn 15).


SALMO 81: «BONDAD DE DIOS Y PERVERSIDAD DE ISRAEL»

El Salmo 81 es esencialmente una denuncia profética en medio de alguno de los festivales nacionales del pueblo de Israel. Su propósito teológico y educativo es llamar la atención del pueblo en torno a la importancia ética y moral de las celebraciones religiosas y nacionales. El profeta se levanta en medio del acto solemne para denunciar las conductas impropias del pueblo. Por su estilo literario y contenido teológico, este salmo se puede relacionar con el 50 y el 95, que incluyen en el mensaje un muy fuerte tono homilético.
Este poema presupone una de las celebraciones nacionales de Israel, que no es muy fácil identificar con precisión basado solo en la lectura del salmo. Esta fiesta solemne (v. 3) puede ser una referencia a la de los Tabernáculos que se celebraba en otoño, aunque es también posible que aludan a la renovación del Pacto, al Año Nuevo, a la Luna Nueva o, inclusive, a la Pascua. La importancia educativa del poema, sin embargo, no está fundamentada en la identificación particular y específica de la fiesta sino en la seria crítica profética al corazón mismo de las celebraciones nacionales. Para el profeta, esta celebración cúltica es solo el encubrimiento de la ruptura del pacto o alianza con Dios; además, el poeta rechaza a los enemigos y opresores del pueblo, que se esconden en las dinámicas religiosas y litúrgicas para encubrir sus actos malsanos e impropios de injusticia y opresión. De acuerdo con el salmista, esos actos de injusticia son manifestaciones concretas del rechazo a Dios.
Como el resto de los salmos de Asaf, este poema puede relacionarse con las tradiciones del norte. Esa percepción se robustece con la identificación de los nombres del pueblo, a quienes alude como Jacob (v. 1), Israel (v. 4) y José (v. 4), tradicionalmente asociados a la región norte de la Tierra Prometida. Quizá la crítica a las dinámicas sociales y económicas del pueblo nos ayuda a relacionar el salmo con el período del profeta Oseas, alrededor de los años 740 a.C., en Israel, no en Judá ni en Jerusalén. El salmista debe haber sido un profeta que participada del culto, aunque por los temas que expone pudo haber sido también un levita relacionado con la teología del Deuteronomio (véase Dt 33:8). El título hebreo del salmo lo relaciona con el «músico principal», con Asaf y con Gitit, que puede ser una alusión al tono que debía cantarse el poema o a algún instrumento musical que debía acompañar en cántico (véase la Introducción). El salmo incluye también una referencia musical, selah, que subraya su uso litúrgico (v. 7).
La estructura literaria del salmo es la siguiente:

• Celebración y alabanzas: vv. 1–5a
• Mensaje profético: La importancia del oír y obedecer 5b–16
* El pasado: vv. 5a–7
* El presente: vv. 8–10
* El futuro: 11–16

vv. 1–5a: La introducción del salmo es similar a la de los himnos de alabanzas a Dios. Se pone de manifiesto de esta manera una serie de exhortaciones que se articulan en forma imperativa, para destacar un profundo sentido de urgencia y expresión hímnica: «Cantad» (v. 1), «aclamad» (v. 1), «entonad canción» (v. 2), «tañed el pandero» (v. 2), «tocad trompeta» (v. 3). Esas mismas afirmaciones revelan la algarabía y el entusiasmo, revelan la alegría y el gozo: el propósito básico del salmista es enfatizar el contentamiento y la felicidad del pueblo en la fiesta, para contrastarlo posteriormente con la severa y mordaz crítica profética. El evento presupone una importante reunión del pueblo, posiblemente en el Templo de Jerusalén. La identificación de cuatro instrumentos musicales—p.ej., pandero, arpa, salterio y trompeta (no es una referencia al instrumento de metal sino al cuerno de carnero)—, en la simbología bíblica, destaca el hecho de que la alegría era total, completa, absoluta, plena.
La alegría del pueblo se basa en la liberación y posterior salida de Israel de Egipto. Dios mismo hizo del pueblo un «estatuto», una «ordenanza» y un «testimonio» cuando lo liberó de la esclavitud representada por la administración del faraón. Esas expresiones son sinónimas de la palabra hebrea torá, que transmite la idea de enseñanzas e instrucciones, no tanto comunica el sentido actual de la rígida y jurídica expresión castellana «ley». De acuerdo con el salmista, Dios constituyó a Israel para que sirviera de modelo educativo.
vv. 5b–16: En el contexto mismo de la celebración nacional surge la voz solitaria de un profeta que articula un mensaje diferente al que presupone la festividad. La voz del profeta enfría el entusiasmo de la gente, pues les confronta con su realidad moral, espiritual y existencial. Se revela de esta forma la falsedad radical de tanta celebración vacía de valores éticos, desprovista de principios morales, ajena de implicaciones espirituales. El Dios del pacto o alianza está muy cercano al pueblo y demanda obediencia para manifestar su misericordia y amor.
La crítica profética es firme y fuerte: ¡El pueblo que celebra con ritos y ceremonias las hazañas divinas no escucha la voz de Dios! ¡La gente que celebra las acciones de divinas en su historia nacional no presta atención a la revelación del Señor! ¡Las personas que estaban inmersas en las festividades no obedecen la revelación divina que reclama no solo demostraciones litúrgicas sino vivencias justas y nobles.
Esta sección del salmo comienza con una particular voz profética: «Oí lenguaje que no entendía», es decir, que se escuchó una palabra que no estaba en consonancia con lo que se estaba haciendo en la fiesta. De esta forma dramática comienza el mensaje profético, que se fundamenta en la palabra hebrea «oír», que en la tradición bíblica es muy importante pues no se refiere necesariamente al proceso auditivo sino al acto de obedecer. Esa importancia teológica y espiritual se claramente pone en evidencia al estudiar la oración fundamental del pueblo, de acuerdo con el pasaje del Deuteronomio: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Dt 6:4).
Fundamentado en la imagen del oír, el salmista presenta su mensaje profético al pueblo, en medio de la celebración. En primer lugar alude a la experiencia de liberación, que describe como alivio de los trabajos forzosos en Egipto (v. 6), y como respuesta al clamor del pueblo en el peregrinar por el desierto (v. 7). Sin embargo, se queja el Señor, que el pueblo no escuchó sus amonestaciones ni le obedeció (v. 8) cuando se involucró en la idolatría con dioses ajenos y extraños (v. 9). Una gran afirmación teológica culmina la presentación de esas ideas: Dios fue quien liberó al pueblo de la tierra de Egipto, y tiene la capacidad y el deseo de llenar la boca de su pueblo, que es una forma poética de afirmar su compromiso con la alimentación adecuada de Israel, sin importar que esté en Egipto, el desierto o en la Tierra Prometida.
Por no oír y obedecer la palabra y la voz divina el Señor permitió que Israel siguiera sus propios caminos, que produjo la crisis (vv. 11–12). ¡El pueblo de Israel siguió de acuerdo con la dureza de su corazón en sus propios consejos! Esa fue la acción que propició su destrucción: ¡No escucharon la palabra divina, no le hicieron caso a la voluntad de Dios, no atendieron a la voz del Señor! La sección final del salmo revela claramente el deseo divino de conversión. Si el pueblo hubiese escuchado y obedecido no habría experimentado la crisis y la adversidad. Es la desobediencia el primer paso hacia la destrucción, según este poema.
Este salmo pone en contraposición dos temas fundamentales en la literatura bíblica, particularmente en las tradiciones proféticas: La importancia del culto y los festivales, y la necesidad de obedecer y de ser fiel a la voz y la voluntad de Dios. Este poema es un magnífico ejemplo de la crisis que generan las celebraciones vacías, los cultos sin valores, las fiestas religiosas sin implicaciones éticas, las actividades espirituales sin virtud transformacional.
El propósito del salmista no es rechazar de plano las actividades religiosas sino afirmar la importancia de que se lleven a efecto con conocimiento de sus implicaciones morales y éticas. La finalidad profética no fue disminuir la importancia de las celebraciones litúrgicas en Israel sino enfatizar sus componentes humanos, afirmar sus virtudes interpersonales, subrayar sus propósitos de fraternidad y solidaridad humana. No está interesado Dios en festividades lujosas sin paz, ni en celebraciones pomposas desprovistas de amor, ni en eventos magnos que ignoren la justicia.
Jesús de Nazaret se relacionó muy bien con la teología de este salmo, pues pone de manifiesto estos mismos valores en su crítica firme a las autoridades religiosas de su época. En efecto, el Señor rechazó con vehemencia la hipocresía religiosa que se manifiesta en cultos esplendorosos pero vacíos, en formalismos rituales sin implicaciones morales, en dogmatismos férreos sin interés transformacional. Los profetas de Israel lo anunciaron y Jesús se hace eco de esas palabras:

«Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:
Este pueblo de labios me honra;
Mas su corazón está lejos de mí.
Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas,
mandamientos de los hombres» (Mt 15:7–9).


SALMO 82: «AMONESTACIÓN CONTRA LOS JUECES INJUSTOS»

El Salmo 82 continúa y reafirma la tradición profética del Salterio. Presenta una muy firme y clara denuncia a los líderes del pueblo, añade un anuncio inminente de castigo, y culmina con un clamor intenso, una sentida expresión de súplica colectiva y comunitaria. El objetivo es poner en evidencia los actos impropios de las personas que son responsables por la implantación de la justicia en la comunidad, además de afirmar el compromiso divino con la gente débil, huérfana, afligida, menesterosa y necesitada. De acuerdo con el salmista, es Dios mismo quien está comprometido con la justicia y las personas marginadas y heridas de la sociedad.
La comprensión del poema se hace un tanto difícil por el contenido y el carácter del salmo. Literalmente se indica que Dios preside unos procesos judiciales para juzgar a los dioses. En vez de incorporar alabanzas y plegarias a Dios, lo que articula el salmo son citas de palabras divinas, preguntas retóricas de Dios que oficia como juez del caso. El contenido del salmo refleja las dinámicas que se ponían de manifiesto en los antiguos procesos judiciales de Israel, y esas mismas dinámicas e imágenes eran utilizadas con cierta frecuencia en la literatura profética de la Biblia para presentar el juicio divino (Is 1:18–20; 3:13–15; Miq 6:1–5; Os 4:1–3).
Aunque es fácil identificar el carácter profético de este salmo, es más complicado ubicar el poema en las tradiciones literarias del resto del Salterio. Proviene de círculos relacionados con Asaf y contiene el recuento de un diálogo en el concilio celestial. Este concilio, se pensaba en la antigüedad, era una especie de encuentro y diálogo de los dioses, y en la Biblia se incluyen algunos relatos de esas importantes reuniones, en los cuales el Dios de Israel participaba de forma destacada como juez supremo o presidente de la corte (p.ej., 1 R 22:19–23; Job 1:6–12; 2:1–6; Zac 1:7–17; 3:1–5; Is 6:1–13; 40:1–8).
En el particular caso del Salmo 82, las divinidades responden a las órdenes del Dios bíblico. Posiblemente el contexto litúrgico de este salmo es la celebración anual de año nuevo en el cual se celebraba la entronización del Señor. La fecha de composición es quizá el período del destierro a Babilonia, pues los temas que se incluyen son similares a los que se incluyen en la segunda y tercera sección del libro del profeta Isaías (Is 40–66). El título hebreo relaciona el salmo con Asaf (véase Introducción).
La estructura literaria del salmo se pone en evidencia al identificar las escenas que el poema presenta. El poema incluye su contenido básico (vv. 2–7) en medio de una especie de paréntesis temático que ubica el salmo en su adecuado contexto teológico y literario del resto del Salterio (vv. 1, 8).

• Presentación de Dios como juez supremo: v. 1
• Acusación contra los jueces injustos e impíos: vv. 2–4
• Presentación de la sentencia: vv. 5–7
• Súplica y clamor del pueblo: v. 8

Un análisis alternativo del salmo puede revelar una estructura quiástica, una particular disposición concéntrica, que enfatiza el fracaso de los jueces humanos o de los «dioses» (v. 5).

A. Dios juzga en la asamblea divina: v. 1
B. Crítica a los jueces o «dioses»: v. 2
C. Violaciones de los jueces o «dioses»: vv. 3–4
D. Fracaso de los jueces: v. 5
C′. Proclamación del estatus de los jueces o «dioses»: v. 6
B′. Sentencia a los jueces o «dioses»: v. 7
A′. Dios se levanta y juzga la tierra: v. 8

v. 1: El salmo comienza con la presentación de Dios como juez supremo de su pueblo y también como Señor absoluto del panteón antiguo. El contexto literario y teológico del poema es la corte celestial, en donde Dios se levanta entre las divinidades para juzgar, que es una manera firma de mostrar su autoridad y poder. La escena es solemne y extraordinaria: Dios se «levanta» para tomar las declaraciones pertinentes de los acusados—que posteriormente alude como «dioses» (v. 6)—, y para pronunciar la sentencia adecuada y justa. Esos «dioses» eran los jueces y los líderes políticos del pueblo que debían implantar la justicia en la comunidad como representantes divinos. Que Dios se «levanta» es una manera de decir que el juicio ha comenzado y ha iniciado un proceso legal, pues la palabra hebrea transmite el sentido de intervención, autoridad, poder y decisión.
v. 2: Con una pregunta retórica se pone de relieve la naturaleza y gravedad de las acusaciones y los delitos. Esta pregunta retórica tiene claras implicaciones proféticas. La acusación es directa y firme. No está tan interesado el salmista en recibir la contestación a sus interrogantes como de presentar su caso. Las personas responsables de administrar la justicia están confundiendo sus deberes al favorecer a los impíos. Se confronta a los jueces humanos con su condición inmoral, con sus actitudes inicuas, con sus prácticas injustas, con sus decisiones viciadas, con sus acciones impropias, con sus sentencias corruptas. Sin paliativos el salmista convertido en profeta denuncia con firmeza la parcialidad de los jueces. Este versículo termina con la expresión hebrea selah (véase la Introducción).
vv. 3–4: El salmo continua con una muy firme y clara exhortación divina. Las palabras que se utilizan revelan la urgencia y seriedad del reclamo divino: Defended, haced justicia y librad a las personas débiles, huérfanas, afligidas, menesterosas y necesitadas. Con esos imperativos, se revela de manera gráfica el reclamo divino a los jueces y se describe el sector social que recibe el resultado de la imparcialidad jurídica y los dolores de las injusticias humanas.
El salmista pone en justa perspectiva el verdadero proceso judicial: Los jueces deben respetar y afirmar los derechos de la gente marginada y angustiada por la vida. Ha decepcionado a Dios la actitud impropia e injusta de los jueces y líderes del pueblo, que abdicaron a su responsabilidad legal y moral de servir como representantes divinos en la administración de la justicia en Israel. Esos jueces decepcionaron tanto a Dios como a la gente que venía a recibir justicia, pues salieron humillados, maltratados, heridos, indefensos.
vv. 5–7: En esta sección del salmo se presenta la sentencia divina a los jueces injustos. Como estos líderes andan en tinieblas, no saben ni entienden; es decir, no tienen la capacidad de comprender la gravedad de sus actos ni tienen la voluntad para enmendarlos. Esas actitudes son tan adversas y tan desagradables ante Dios que se comparan al temblor de los cimientos o fundamentos de la tierra, que es una manera figurada de revelar la mortalidad de la crisis, una forma literaria de poner de relieve la gravedad de la acusación. La maldad de estos jueces es un grave delito ante Dios, pues sus actos no corresponden a los reclamos divinos de justicia para lo que esencialmente fueron comisionados. ¡Por causa de la maldad en que viven, la tierra está en caos!
El poema identifica la confusión de sus interlocutores, los jueces humanos: ¡Les llama «dioses» e «hijos del Altísimo» (v. 6)! Se les identifica de esta forma pues es una manera de afirmar que representan a Dios en la administración de su voluntad. Sin embargo, en el ejercicio de sus responsabilidades se «endiosaron» al ignorar y rechazar el fundamento ético, legal, espiritual y moral de sus decisiones. La crítica del salmista es que no van a quedar impunes pues aunque se crean «dioses» morirán como cualquier mortal. De esta forma se presenta la sentencia de muerte contra esos representantes injustos de la justicia.
v. 8: El salmo culmina con un grito de fe, esperanza y seguridad. La esperanza del salmista no está en los jueces humanos sino en Dios que es el juez justo de toda la tierra, y que recibirá por herencia las naciones. De esta forma se revela el dominio universal de Dios, se pone en evidencia el poder divino sobre todo el mundo, se hace evidente la autoridad del Señor sobre todo lo creado. Comienza el salmo con la afirmación de que Dios preside la reunión de los dioses y finaliza con una declaración de soberanía divina. Según el salmo, Dios no solo juzga sino tiene control de la tierra y del cosmos. Al final del poema, Dios se «levanta», que es una especie de grito de guerra, una forma de petición de triunfo, una manera de reclamar la intervención transformadora y justa del Señor.
Este salmo revela la importancia que tenían los jueces en la antigüedad, pues eran considerados representantes o mediadores de Dios en la administración de la justicia. Sin embargo, el salmo revela que las actividades de esos jueces no estaban a la altura del cargo que desempeñaban. La gente necesitada no recibía en estas cortes la justicia que necesitaban e imploraban sino por el contrario se tropezaban con manifestaciones mortales y nefastas de injusticias. El salmo pone en clara evidencia el compromiso divino con la justicia y describe claramente el final de los jueces y las personas que actúan con injusticia en la sociedad.
La esperanza del salmista está en Dios. Aunque son necesarios los sistemas humanos de justicia, la fe del poeta no está en la capacidad de los jueces sino en el compromiso divino con la gente necesitada. Y aunque los jueces corruptos no representen adecuadamente la justicia divina, la seguridad de la gente de fe es que Dios tiene la capacidad y la voluntad de intervenir para juzgar con justicia y equidad.
Jesús de Nazaret siguió el modelo de justicia que se revela en este salmo, pues se presenta como el que escucha los clamores del pueblo y responde a sus anhelos de justicia. Esos grandes valores se revelan con claridad en las narraciones del juicio final en que se hace particular justicia a la gente pobre, marginada, menesterosa, angustiada, afligida y perseguida. De acuerdo con ese mensaje del Señor, el criterio básico para recibir la bendición divina no es el despliegue y la celebración de muchas actividades religiosas o de piedad, sino la afirmación de las personas en necesidad. De esa manera la solidaridad se convierte en un criterio teológico y espiritual básico para la vida cristiana.


SALMO 83: «PLEGARIA PIDIENDO LA DESTRUCCIÓN DE LOS ENEMIGOS DE ISRAEL»

El Salmo 83 es una nueva oración de súplica que se presenta a Dios ante un nuevo peligro; es un clamar intenso que invoca la presencia divina, describe la naturaleza y extensión de la crisis, para finalmente suplicar a Dios una serie de imprecaciones contra los enemigos del pueblo y de Dios. Es una oración colectiva ante algún momento de peligro mortal, frente una particular situación de conflicto internacional. El salmista confía que la intervención de Dios, que no debe permanecer pasivo o callado ante este gran desafío, no solo tiene el poder de finalizar la crisis sino que proveerá los recursos para responder con justicia a las actividades traidoras de los enemigos.
El género literario del salmo es de súplica colectiva y su contexto histórico es una alianza internacional que se organiza para invadir y destruir a Israel. La imagen de se ponen de manifiesto al leer el salmo es la urgencia de la plegaria, la gravedad de la amenaza, la profundidad e intensidad de la oración. No se menciona al Templo ni la ciudad de Jerusalén. Y la referencia a las diez naciones que se confabulan en contra del pueblo más que una indicación histórica—¡nunca estas naciones se organizaron contre Israel al mismo tiempo!—, es ciertamente una declaración teológica: Como el número que revela lo completo en la Biblia es el diez, esta referencia alude a la perfección y peligrosidad de este complot. Se organizan contra el pueblo de Dios un grupo de enemigos bien organizado que representa ante el pueblo una amenaza un peligro real e inminente. La referencia a estas naciones es una manera estereotipada para referirse a todas los pueblos que se confabulan contra Israel a través de la historia.
Quizá el análisis literario y temático del poema puede ayudarnos a ubicar el salmo en el período del destierro en Babilonia, pues estas referencias generales a catástrofes magnas y enemigos complejos pueden ser características de la literatura postexílica. El autor debe haber sido un israelita piadoso que articula la magnitud de los dolores del desastre del destierro en eventos cúlticos de la comunidad. El título hebreo indica que este poema es un «salmo», traducido aquí como «cántico», y es el último de esta serie (Sal 73–83) que se relaciona directamente con Asaf.
La estructura literaria del salmo es sencilla y se desprende directamente de su análisis temático y teológico.

• Invocación urgente a Dios: v. 1
• Descripción de la crisis: vv. 2–8
• Recuento de las intervenciones salvadoras de Dios e imprecaciones: vv. 9–18

Una estructura interna paralela se revela en cada sección mayor del poema. En la primera sección (vv. 2–5) revela una estructura quiástica o concéntrica con el tema de los enemigos de Dios (v. 2 y v. 5); y otra disposición similar se manifiesta en la segunda parte del salmo (vv. 10–13) que utiliza con propósitos poéticos y figurados las referencias a los antiguos enemigos de Israel y sus destinos.
v. 1: El salmo comienza con un clamor intenso ante el Señor. Frente a la naturaleza y extensión de la crisis, el poeta clama a Dios para que no permanezca callado, silente y quieto. El propósito es estimular la acción divina ante la posibilidad de una catástrofe nacional. La finalidad poética es poner al Señor ante una importante disyuntiva histórica: La invocación urgente es a que Dios haga algo, pues la comunidad puede tener la sensación de que el Señor ha quedado mudo e inerte (véase 35:22; 39:12; 50:3; 109:1).
vv. 2–8: Comienza esta sección con una descripción genérica de lo que sucede, se articula la crisis, se identifican las naciones enemigas, se presenta la gravedad del problema. Los enemigos del pueblo, que se convierten por asociación en enemigos de Dios, se han organizado para tramar una serie adversa de planes nefastos contra Israel. El objetivo claro de la confabulación internacional es perverso y malsano: ¡Destruir para siempre al pueblo de Dios, borrar su recuerdo de la historia, y finalizar con sus ambiciones nacionales de paz y prosperidad! Intentan lograr sus metas mediante las alianzas traicioneras; desean alcanzar sus objetivos a través de confabulaciones internacionales. El salmista le «recuerda» esas actividades enemigas a Dios pues es una forma sobria no solo de suplicar su intervención liberadora sino una manera humilde de implorar la manifestación de su poder y autoridad. No puede quedar el Señor inmóvil ante las graves amenazas contra su pueblo, su heredad, su nación.
El texto menciona diez naciones que representan a algunos enemigos tradicionales del pueblo de Dios a través de su historia. En efecto, los ejércitos y combatientes edomitas, ismaelitas, moabitas, agarenos, gebalitas, amonitas, amalecitas, filisteos, asirios y tiritas (vv. 6–8) se prepararon para atacar al pueblo de Dios. De acuerdo con las narraciones bíblicas, algunos de esos pueblos están emparentados con Israel—p.ej., los moabitas y los amonitas son descendientes de Lot; y los ismaelitas y los agarenos son hijos de Abrahán—. Otras naciones se han identificado en la historia como enemigas perennes y continuas de Israel—p.ej., los amalecitas y los filiesteos—. Todos estos pueblos se organizaron en una compleja alianza internacional que tenía como finalidad destruir a Israel. Y el salmista no solo identifica el peligro mortal sino clama a Dios por su manifestación salvadora. El versículo ocho finaliza al incorporar la palabra hebrea selah (véase la Introducción).
vv. 9–18: La sección final del salmo retoma el tema de las súplicas, pero en esta ocasión el poeta insiste en que el castigo que los enemigos se proponían darle al pueblo de Dios, que consistía en la destrucción total, ahora caiga sobre ellos mismos. En el poema se alude a varias victorias extraordinarias del Señor en las cuales se pone de relieve su poder punitivo y su virtud de justicia. Se hace referencia a diversos triunfos del Señor en el período de la conquista. Se recuerda a Madián derrotado por Gedeón (Jue 6); a Sísara y a Jabín, derrotados por Débora, Yael y Barac (Jue 4–5); y se alude a Oreb, Zeeb, Zeba y Zalmuna, que cayeron ante Gedeón (Jue 7:25; 8:5–21).
Además, el poema cita con precisión la expresión de los enemigos, que pone en clara evidencia la maldad de sus planes contra el pueblo de Dios: ¡Quieren heredar o tomar posesión de las tierras que el pueblo de Israel había recibido de parte del Señor! Esas tierras son descritas como «moradas de Dios», para destacar la importancia divina de la región y enfatizar la gravedad de los ataques.
Para finalizar el salo el poeta presenta una serie intensa de súplicas y peticiones. Las imágenes que se articulan son gráficas, el propósito es destacar la intensidad del clamor y el firme deseo de justicia: Torbellinos que amedrentan (vv. 13, 15), hojarascas delante del viento (v. 13), fuego que quema el monte (v. 14), llamas que abrasa el bosque (v. 14), y tempestad que persigue (v. 15). El clamor solicita la intervención divina que traiga vergüenza a los enemigos y ponga en evidencia el poder de Dios. La finalidad básica es que los enemigos reciban la afrenta, se sientan turbados, se desorienten y perezcan.
Culmina el salmo con un clamor que tiene un elemento de misericordia: ¡El salmista desea que los enemigos conozcan el nombre de Dios, que es una manera antigua de reconocer su poder y aceptar su señorío, que se extiende sobre toda la tierra! Aunque esas naciones comenzaron con un deseo de destrucción del pueblo de Dios, la oración final del salmista es por su conversión. La referencia a Dios se hace como Altísimo, para enfatizar su extraordinario poder sobre toda la tierra. El salmista clama para que los enemigos del pueblo y de Dios reconozcan el Señorío divino, y le veneren y le adoren.
Las imprecaciones y los deseos de mal que se incluyen en este salmo pueden herir susceptibilidades religiosas de algunos cristianos. La verdad es, sin embargo, que este poema pone en evidencia las ideas religiosas de la época; particularmente es un buen representante de la ley del talión. Sin embargo, no podemos ignorar que al final el salmista incluyó un elemento extraordinario de misericordia divina. La mejor forma de transformar alguna nación o persona enemiga es procurando su conversión. Y esa parece ser el deseo final del salmista.
Las enseñanzas de Jesús de Nazaret encarnas varias verdades que se articulan en este salmo. Aunque el Señor no organizó un programa educativo, profético o evangelizador internacional, tuvo contactos con personas de otros pueblos y naciones. Inclusive indicó que fuera de Israel había encontrado manifestaciones extraordinarias de fe (Mt 7:24–30; Lc 7:1–10; 10:29–37; 17:11–19), y su ministerio tocó de forma dramática no solo a su comunidad judía inmediata sino que llegó a los gentiles (Jn 12:20–32). Además, no ignoró ni rechazó las peticiones y las plegarias de personas y grupos internacionales que se allegaban a él (Mc 9:14–29; Mt 20:29–34).


SALMO 84: «ANHELO POR LA CASA DE DIOS»

Comienza esta sección final del Libro III del Salterio con la segunda serie de salmos relacionados con Coré, que era el líder de un grupo de cantantes levitas relacionados con la época mosaica. La primera colección de esos poemas de Coré se encuentra en Sal 42–49; y la segunda, con la excepción del 86 que se relaciona con David, se incluye en Sal 84–89. Estos poemas, además de enfatizar el gozo de estar en el Templo ante el Señor, utilizan predominantemente el nombre propio de Dios, Yahvé, en contraposición del nombre genérico de la divinidad, elohim, que se incluye en la primera colección de esos salmos.
Aunque el Salmo 84 incluye varias alabanzas al Señor (vv. 1, 12) y algunas súplicas individuales (vv. 8–9), el corazón temático y teológico del poema es la alabanza a la Casa de Dios y Templo de Jerusalén, que de acuerdo con el salmista es la morada terrenal del Dios vivo (v. 2). En efecto, este poema es un himno de Sión, pues su propósito fundamental es el anhelo humano por estar en ese extraordinario recinto de lo eterno.
Este salmo presupone una peregrinación a Jerusalén, posiblemente relacionada con la fiesta otoñal de los Tabernáculos (v. 6b), que se celebrada luego de la vendimia, y recordaba la peregrinación del pueblo por el desierto luego de salir de las tierras del faraón de Egipto. Durante el tiempo festivo, los peregrinos que llegaban a la Ciudad Santa se hospedaban en tiendas de campaña alrededor del Templo, para recordar ese importante período de la historia nacional, y para estar cerca de la Casa de Dios y contemplar sus bellezas y virtudes. El autor es posiblemente un peregrino que al llegar a la ciudad de Jerusalén se dirige al monte Sión, donde estaba ubicado el Templo, y comienza a expresar sus sentimientos más nobles y profundos en torno al lugar, que ciertamente representa la morada del Señor viviente. Para este adorador, el Templo es símbolo de esperanza, y alude a una serie de buenas ideas que se relacionan con refugio, protección, abrigo, reposo y gozo. La fecha de composición exacta es muy difícil de precisar, aunque ciertamente su origen es la época monárquica, cuando el Templo y su esplendor jugaban un papel predominante en la vida y experiencia religiosa del pueblo. El título hebreo del poema lo relaciona con el músico principal y con los hijos de Coré, además, hace una referencia a Gittit, que puede ser una alusión a la tonada en que se debía cantar el salmo o a algún tipo particular de instrumento musical (véase la Introducción; además, Sal 8; 81).
La estructura del salmo puede estudiarse en cuatro partes básicas, que se disponen de la siguiente forma:

• Clamor por estar en el Templo de Jerusalén: vv. 1–4
• Bendición de los peregrinos: vv. 5–7
• Oración por el ungido del Señor: vv. 8–9
• Meditación en torno a bondades de estar en el Templo: vv. 10–12

Una estructura literaria alternativa descubre una disposición en quiasmo o concéntrica del poema, que destaca el tema de Sión y de contemplar la presencia divina en el Templo.

A. Alabanzas al Dios de los ejércitos: v. 1
B. Anhelo por estar en la Casa del Señor: vv. 2–4
C. Bienaventuranzas al hombre que tiene en Dios sus fuerzas: vv. 5–6
D. Ver a Dios en Sión: v. 7
C′. Clamor por el ungido de Dios: vv. 8–9
B′. Virtudes de estar en la Casa de Dios: vv. 10–11
A′. Alabanzas al Dios de los ejércitos: v. 12

vv. 1–4: El salmo comienza con una expresión profunda del alma humana. El poeta pone claramente de manifiesto su gozo y felicidad al llegar al Templo, que representa la presencia y la bendición de Dios. ¡Todo el ser del salmita alaba al Señor! Las referencias a alma, corazón y carne son maneras figuradas de enfatizar la plenitud del gozo. El deseo más importante del poeta es estar en la Casa de Dios, ¡aunque sea solo los «atrios (v. 2) o la entrada!
Las imágenes del gorrión y la golondrina pueden relacionarse muy bien con la idea de protección divina que se transmite con la famosa frase «debajo de tus alas estarás seguro» (Sal 91:4). Y fundamentado en ese concepto de protección y seguridad divina, el poeta afirma y celebra la dicha y bienaventuranza de habitar en la Casa de Dios. ¡La gente protegida y segura ababa al Señor de forma permanente y perpetua!
Las referencias a Dios al comenzar el salmo son importantes. En primer lugar se alude al Señor de los ejércitos, que es una manera de subrayar el poder divino contra las amenazas y peligros nacionales. Además, se canta al Dios vivo, que destaca la capacidad divina de intervenir en medio de las realidades humanas. Finalmente el salmista alude al Señor como «Rey mío y Dios mío» (v. 4), que le añade a la oración la autoridad real y el poder del monarca, a la vez que revela cercanía e intimidad. El Dios poderoso que tiene su morada en el Templo, es Rey que triunfa en las batallas y Señor que se acerca a los adoradores para escuchar sus clamores. El salmo incluye en dos ocasiones (vv. 4, 8) la referencia a selah (véase Introducción).
vv. 5–7: La primera sección del salmo finaliza con una bienaventuranza, al igual que el comienzo de la segunda parte del poema. En esta ocasión, sin embargo, la dicha no proviene del habitar en el Templo sino en la capacidad de depositar las fuerzas en el Señor y de «poner el corazón en los caminos divinos» (v. 5), que destaca las ideas de confianza y fidelidad plena en el Señor. Ese tipo de confianza hace que la persona que adora transforme sus realidades adversas: ¡Cambian las lágrimas en fuentes!
En el v. 7 se encuentra el centro teológico y temático del poema. Los peregrinos en su viaje a Jerusalén se mueven de fortaleza en fortaleza—la traducción Reina-Valera indica: «de poder en poder»—, posiblemente como una medida de seguridad personal en tiempos de peligros para los viajeros. Y ese caminar seguros les permite «ver a Dios en Sión» (v. 7), que es la forma poética para indicar que han llegado al Templo, que están en el lugar que representa la misma presencia de Dios.
vv. 8–9: La experiencia de ver a Dios y disfrutar su presencia mueve al salmista a interceder por el rey, que ciertamente es el ungido de Dios. Se implora al Dios de Jacob, para enfatizar la idea de escudo, seguridad, protección, apoyo, fortaleza y ayuda. Que Dios ponga sus ojos en algo o alguien, en este caso en el monarca, es fuente de esperanza personal y de seguridad nacional, pues parte de las responsabilidades del rey era la implantación de la justicia y las relaciones con los pueblos vecinos.
vv. 10–12: La sección final del poema presenta la tercera bienaventuranza o expresión de dicha (v. 12), y utiliza la hipérbole para reafirmar el tema de la Casa de Dios como fuente de seguridad. Un día ante Dios es mejor que mil distante de la presencia divina; y esa distancia se describe en el poema como «moradas de maldad» (v. 10). La referencia a los miles revela lo completo y absoluto de la imagen: ¡Basta solo un instante ante la presencia divina para disfrutar de manera plena y grata del poder que protege, redime y transforma! Dios, como es sol y escudo (v. 11), tiene la capacidad de proveer a la gente íntegra de gracia y gloria, que son expresiones hebreas que subrayan el tema de la misericordia, el amor y la bondad divina. ¡El Dios bíblico ilumina el camino de la gente fiel y cubre de protección a su pueblo!
El salmo concluye con una muy importante afirmación teológica y ética: Fundamentados en esas convicciones y valores, la persona que confía en el Señor es bienaventurada, que significa que es feliz y dichosa. Para el poeta, la dicha plena se relaciona con el Templo, que es el centro de la presencia protectora y redentora de Dios. La seguridad personal y nacional la brinda el Señor de los ejércitos (vv. 1, 12), representado por el Templo que es la morada visible y grata del Dios viviente.
El tema que se destaca en este salmo es muy importante para los creyentes en la actualidad. La iglesia es la morada de Dios y templo del Espíritu divino. En este sentido el ministerio de la iglesia cristiana debe servir de albergue y protección a la comunidad. En este sentido la gran virtud de la iglesia no está en su estructura física sino en la comunidad que la compone, pues ese grupo representa la presencia divina en medio de las vivencias del pueblo. El símbolo de seguridad lo brinda la presencia del cristo resucitado entre los creyentes, que transmite salvación, seguridad, liberación, sanidad, fortaleza y esperanza.
Las imágenes de la peregrinación que se describen en el salmo nos pueden hace pensar en el último viaje de Jesús a Jerusalén, de acuerdo con los relatos evangélicos. El Señor afirmó su rostro y orientó su vida y ministerio hacia la Ciudad Santa y hacia el Templo. Dos grandes símbolos de la presencia divina se encontraron cara a cara: El Templo, representante de la historia nacional y del pasado del pueblo, y Jesús, representante de la historia universal y el futuro de la humanidad. Con autoridad suprema el Señor indicó que ese antiguo Templo había dejado de ser casa de oración para convertirse en cueva de ladrones (Mt 21:12–13; Mc 11:11, 15–17; Lc 19:45–46; Jn 2:13–22). Jesús de Nazaret se convirtió de esta forma en el símbolo visible de la presencia divina.


SALMO 85: «SÚPLICA POR LA MISERICORDIA DE DIOS SOBRE ISRAEL»

El Salmo 85 prosigue la mezcla de temas que se revela en el poema anterior, pues incorpora de forma alternada la pena y el gozo. El salmista disfruta la bondad divina que se revela de forma clara en medio de la historia del pueblo, que implica que esas virtudes no se están sintiendo en el presente de la comunidad. El clamor del poeta es de restauración, que puede implicar una realidad de crisis, cautiverio, dolor y desesperanza. No solo pueden aplicarse las ideas expuestas en el salmo a la época exílica sino que pueden contextualizarse en medio de situaciones de dolor que requieran la intervención salvadora y restauradora de Dios. Para el poeta la crisis es producto de la ira divina.
El contexto de este salmo es la reunión del pueblo de Israel cuando estaban en medio de una crisis mayor, posiblemente una catástrofe nacional. El salmo es una súplica colectiva por la misericordia divina que se puede ubicar históricamente en el período posterior a la vuelta del destierro en Babilonia. Quizá, por las referencias tan seguidas a la tierra (vv. 1, 9, 11, 12), la crisis y calamidad nacional es una sequía, que produce escasez y hambre en la comunidad. El clamor del pueblo pide restauración, perdón y vida. ¡Ya no hay motivos para las festividades! El autor del salmo es posiblemente un israelita que conoce las implicaciones de la sequía en el período que siguió el retorno del pueblo a Judá y Jerusalén. Si no hay agua y la tierra no produce, no hay forma de pagar los tributos a Persia que era la potencia mayor en la región. En efecto, la crisis era grave. La oración es una súplica por la vida. El título hebreo del poema lo relaciona con el músico principal, y lo identifica como un salmo para los hijos de Coré (véase la Introducción). Además, la referencia a la expresión hebrea selah (v. 2), revela el uso litúrgico del salmo.
La estructura literaria del salmo no es compleja y se desprende de una lectura cuidadosa e identificación de los temas expuestos:

• Acciones de gracias por las intervenciones divinas en el pasado: vv. 1–3
• Suplica por la restauración nacional: vv. 4–7
• Oráculo de paz, salvación y justicia: vv. 8–13

vv. 1–3: El salmo comienza con el recuento del pasado reciente. El pueblo reconoce la bondad divina e identifica con claridad las manifestaciones de esas manifestaciones de misericordia: El Señor fue propicio a la tierra, volvió—es decir, finalizó—la cautividad, perdonó la iniquidad, cubrió los pecados, reprimió su enojo, y apartó su ira del pueblo. En esas afirmaciones se pone en evidencia la acción liberadora de Dios y se revela el amor divino hacia su pueblo. Es decir, Dios perdona y libera, fundamentado en su misericordia y amor.
vv. 4–7: En esta sección del poema se revela una falta de de compromiso liberador de parte de Dios. El salmista y el pueblo se sienten cautivos, amargados y desesperados: Sienten que la manifestación de la ira divina no ha concluido; además, perciben que el enojo de Dios no se ha disipado. Tienen la sensación de que el Señor ha olvidado sus actos salvadores de antaño. Y ante esa experiencia de soledad y abandono claman al Señor por restauración, suplican que se manifieste la misericordia y se haga realidad la salvación.
Entre la primera sección y la segunda del poema se manifiestan varias diferencias importantes. En la primera parte (vv. 1–3), Dios restaura a los cautivos de Jacob; en la segunda (vv. 4–7), se necesita una nueva restauración. En la primera sección, la ira divina se había disipado; en la segunda, el pueblo entiende que todavía se manifiesta el furor del Señor. En la primera, el pueblo se alegraba con vida; en la segunda, la comunidad clama por la vida, que está solo en niveles de esperanza. En la primera, el pueblo sentía el amor y la misericordia de Dios; en la segunda, se piden nuevamente esos valores y gracias del Señor.
El corazón de la pregunta retórica del salmista es el siguiente: ¿Hasta cuándo permanecerá el enojo divino? Y añade: ¿Extenderá el Señor su ira a más de una generación de israelitas? Y ante esa posibilidad de crisis mayor, el poeta expresa su clamor con firmeza y seguridad: Se necesita con urgencia la restauración divina, que se fundamenta prioritariamente en la misericordia y se hace realidad en la salvación que produce Dios. Esas acciones redentoras del Señor generarán en el pueblo expresiones de gozo pleno y regocijo.
vv. 8–13: El poema finaliza con una especie de oráculo de esperanza y restauración. Algún profeta en el culto se levanta para articular un mensaje de salvación, redención y paz para la gente fiel, identificados en el salmo como «los santos» (v. 8), y «los que temen a Dios» (v. 9). Esa paz, que de acuerdo con el testimonio bíblico, no es solo ausencia de conflictos y carencia de adversidades sino la manifestación plena de la gracia, bondad y vida de Dios. El mensaje es que la redención y la restauración están próximas a llegar al pueblo: ¡Ya regresará la gloria divina a la tierra! (v. 9).
Los paralelos poéticos del salmo son reveladores y hermosos: ¡La misericordia se encuentra con la verdad! ¡La justicia se besa con la paz! ¡La verdad se manifestará en la tierra y la justicia llenará el cosmos! Y esas manifestaciones de misericordia también se sentirán en la tierra que producirá nuevamente el fruto. En efecto, la restauración divina no solo librará al pueblo sino que traerá bendición a la tierra. El universo será también partícipe de la gloria y la misericordia del Señor.
Este salmo pone en evidencia las complejidades de la vida. En ocasiones vivimos en paz y seguridad; y de repente nos sentimos solos y a merced del dolor y la inseguridad. Con este poema se pone de relieve una vez más la capacidad redentora de Dios y su deseo de restauración. Aunque el pueblo se sienta oprimido y en medio de la desolación y la crisis, Dios está comprometido con los procesos restauradores y liberadores que traen a la vida paz y justicia. Además, el poema pone de relieve la importancia de un profeta anónimo que articuló con firmeza la palabra de futuro y esperanza.
Jesús de Nazaret siguió ese mismo modelo educativo. La última palabra divina al ser humano no es de desesperación, sino de restauración. Inclusive, de acuerdo con el evangelista Juan, el Señor se identificó con la verdad y la vida (Jn 14), que son formas poéticas de referirse a los valores más sagrados y necesarios para la humanidad. La gloria divina que se reveló en el Señor se puso de manifiesto en medio de las vivencias humanas en forma de perdón y misericordia, que representan el camino de la restauración.


SALMO 86: «ORACIÓN PIDIENDO LA CONTINUADA MISERICORDIA DE DIOS»

El Salmo 86 es una súplica individual que revela una gran crisis personal, aunque no se revela con claridad la naturaleza o extensión de la dificultad. El salmista se allega a Dios con un sentido hondo de piedad y humildad para presentar su caso, que ciertamente es algún tipo de conflicto entre la persona que adora y un sector de la comunidad que se ha convertido en una amenaza real y patente. El contraste básico en la oración es que el poeta se presenta como una persona «piadosa» (v. 2), en contraposición a sus adversarios, que el salmo identifica claramente como «soberbios» y «violentos» (v. 14), que son formas figuradas para destacar la maldad y peligrosidad del grupo. En efecto, el salmo pone de relieve el gran dolor humano y personal de verse perseguido y herido por un sector de su misma comunidad.
Posiblemente este salmo tiene su contexto vital y básico en la época que siguió al destierro. Quizá hacia esa misma fecha apunta el uso frecuente de expresiones que ya aparecen en otros salmos. Por esas razones, algunos estudiosos piensan que este poema se utilizó en los procesos educativos y litúrgicos luego del retorno de Babilonia. El autor debe haber sido un israelita piadoso y pobre que se sintió perseguido y marginado por algún sector social y políticamente poderoso de su comunidad. El título hebreo lo relaciona con David, en medio de la colección de los poemas de los hijos de Coré, quizá para darle autoridad religiosa al salmo (véase la Introducción); y es posible que esté ubicado antes del Salmo 87 para afirmar la continuidad del tema de las naciones paganas (Sal 86:9).
La estructura literaria del poema es complicada, dada la discontinuidad temática y las variantes y complicaciones litúrgicas. De primera instancia el salmo puede dividirse en tres secciones básicas:

• Súplicas iniciales: vv. 1–7
• Alabanzas, súplicas y acciones de gracia: vv. 8–13
• Súplicas adicionales y finales: vv. 14–17

Algunos estudiosos han visto en el salmo varios paralelos que pueden revelar una estructura concéntrica o quiástica, que detallamos a continuación. En este análisis el tema que se desea destacar es la importancia de caminar en la verdad divina y la afirmación del temor al Señor y su nombre (v. 11).

A. Alusiones a «tu siervo»: vv. 1–4
B. Referencia a la misericordia divina: vv. 5–6
C. Presentación del día de angustia: v. 7
D. Las naciones paganas adorarán al Señor: vv. 8–10
E. Temer al nombre del Señor: v. 11
D′. El salmista alaba al Señor: vv. 12–13
C′. Los soberbios se levantan contra el salmista: v. 14
B′. Referencia a la misericordia divina: v. 15
A′. Alusiones a «tu siervo»: vv. 16–17

vv. 1–7: El salmo comienza con una serie importan te de súplicas que ubican el poema en su correcto entorno psicológico y existencial: ¡Son como gritos de auxilio de una persona al borde de la muerte! Dos temas se destacan rápidamente: Se clama a Dios y se describe al adorador. Las expresiones imperativas de súplica revelan intensidad, angustia y urgencia: Inclina tu oído, escúchame, guarda mi alma, salva a tu siervo, ten misericordia, alegra mi alma, escucha mi oración y está atento a mi voz. En efecto, estas expresiones del salmista ponen en clara evidencia la necesidad de intervención y gracia de Dios. La realidad del adorador requiere una manifestación especial de la bondad de Dios. Y ante la honda crisis del salmista se suplica por la misericordia infinita del Señor.
La presentación del adorador suplicante y frágil es singular e importante. Se describe a sí mismo como afligido, menesteroso, siervo y piadoso. Rápidamente se presenta el contexto psicológico y espiritual adecuado del clamor: Una persona débil, angustiada y pobre se allega ante el Señor de autoridad y poder para suplicar su misericordia. Con esta descripción propia se incentiva la intervención de Dios. Ante el poder divino el poeta presenta la debilidad humana; ante la virtud de Dios se antepone la pequeñez del salmista; ante la capacidad del Señor se revela la impotencia de la persona que adora. Solo Dios tiene el poder de escucharle, salvarle y alegrarle; solo el Señor tiene el compromiso de manifestarle su bondad y perdón.
El salmista ruega y llama en el día de la angustia porque reconoce que únicamente en Dios se encuentra la virtud y el poder que es capaz de transformar su realidad de necesidad y dolor a un nuevo nivel de paz, sobriedad y seguridad. Solo Dios tiene la capacidad y el deseo de responder a los clamores más hondos del alma humana.
vv. 8–13: La segunda sección del poema entremezcla las alabanzas (vv. 8–10), las súplicas (v. 11) y la gratitud (vv. 12–13). La primera gran afirmación es que el Señor es superior a todas las divinidades locales y nacionales. Y esa particularidad y característica de Dios hace que las naciones paganas se alleguen al Señor para reconocerle y adorarle. Glorificar el nombre divino es una manera de reconocerlo, adorarlo, afirmarlo y celebrarlo. La esperanza del poeta es que su reconocimiento del poder restaurador del Señor incentive el reconocimiento universal del verdadero Dios.
El nombre divino, más que un distintivo lingüístico superficial, es símbolo de su esencia justa y representación de su naturaleza santa, pues transmite sus valores y revela que su ser está comprometido con la misericordia y la justicia. En efecto, Dios es grande y hacedor de maravillas, que son algunas de sus cualidades que le califican para que el salmista le reconozca como fuente de seguridad y esperanza. La referencia a los actos maravillosos de Dios es una manera de referirse a las intervenciones históricas del Señor en la liberación de Egipto. Por esa razón teológica y espiritual el salmista alaba y glorifica al Señor. La misericordia del Señor es tan grande y poderosa que libró la vida misma del salmista de la garras de la muerte, representada poéticamente en el salmo como el Seol (v. 13).
vv. 14–17: El poema culmina con una reiteración y afirmación de las súplicas. Sin embargo, en esta ocasión, ante el ataque inmisericorde y furibundo de sus adversarios y enemigos, descritos como «soberbios», «violentos» (v. 14) y los que le «aborrecen» (v. 17), el salmista reconoce la misericordia y clemencia divina como sus fuentes de triunfo. Además, añade el poeta, que la ira divina no es la característica principal del Señor, sino la misericordia y la verdad. Esa extraordinaria manifestación de gracia le brinda al salmista autoridad y poder, que hace que sus enemigos sean avergonzados, porque el Señor le ayudó y le consoló.
Las referencias al nombre divino son frecuentes en este salmo. El autor enfatiza de esa forma el poder salvador y redentor del Señor, ya que el nombre divino está relacionado íntimamente con la liberación del éxodo y la llegada a la Tierra Prometida del pueblo de Israel. Aunque pobre y menesteroso, el salmista tiene a quién acudir para solicitar apoyo y fortaleza. El Dios del salmista no es un testigo mudo de las vivencias dolorosas del pueblo, sino el testigo que interviene con virtud salvadora y poder restaurador.
Este salmo enfatiza la necesidad humana y la realidad precaria del adorador. Es esencialmente a ese sector social que Jesús de Nazaret orientó su ministerio. De particular importancia para el famoso predicador palestino fueron los sectores más desvalidos, humildes, perseguidos, humillados, desgraciados, doloridos y frágiles de la sociedad—p.ej., las mujeres, los niños y las niñas, las personas enfermas—, a quienes anunció el reino de los cielos como anticipo de la gracia divina que libera, restaura y transforma. Se pone en clara evidencia en este poema que el tema de la liberación y respuesta divina a la gente marginada y angustiada de la sociedad es una categoría teológica prioritaria en las Sagradas Escrituras, no un apéndice temático en la revelación histórica de Dios.


SALMO 87: «EL PRIVILEGIO DE MORAR EN SIÓN»

El Salmo 87 es un cántico o himno de Sión que afirma y celebra el señorío divino sobre las naciones y el mundo (véase Sal 48; 122). Sión es el nombre de la colina donde se erigió el Templo de Jerusalén, y por asociación, y de forma poética, se relaciona tanto con la Casa de Dios y centro cúltico del pueblo como con la ciudad de Jerusalén. La premisa básica de esta familia de himnos es que Sión tiene un carácter teológico particular y privilegiado: ¡Es la ciudad de Dios!; es decir, es el lugar de su morada permanente, el espacio sagrado que el Señor protege y cuida ante los ataques de adversarios y enemigos, y también frente a las calamidades nacionales y catástrofes naturales. En efecto, desde esta perspectiva, Sión es el centro de la vida para la comunidad jerosolimitana, así como el hogar espiritual no solo del pueblo de Israel sino de la humanidad, pues este poema pone de manifiesto un gran sentimiento universalista.
Este es un salmo con claras implicaciones proféticas, pues tiene la visión de Sión o Jerusalén como una especie de centro político, religioso y cultural con dimensiones internacionales. El presupuesto implícito del poema es la aceptación plena del Señor como rey y Dios universal, que permitirá la eliminación y superación de las fuentes de los conflictos nacionales e internacionales. Esa comprensión idealizada de Jerusalén es una de las características más importantes de estos himnos dedicados a Sión.
La brevedad del poema no disminuye los problemas de comprensión pues está plagado de dificultades textuales y desafíos literarios y teológicos. Posiblemente la fecha de composición debe ubicarse en la época temprana luego del retorno de los exiliados de Babilonia, como se desprende de la identificación del tema e ideal del universalismo religioso que durante ese período era muy común; además, el poema no identifica a Asiria entre las naciones, que puede ser una indicación que el salmo se produce luego del año 610 a.C., cuando ese imperio dejó de ser una potencia mundial.
El autor del salmo debe haber sido un israelita piadoso que articuló en este poema sus sentimientos y expectativas del reinado general de Dios sobre las naciones, y que esperaba la superación de los conflictos y las diferencias religiosas para que se manifestara este tipo de experiencia de reconocimiento general del Dios de Israel. Desde esta óptica religiosa, quedaban atrás las estrechas visiones nacionalistas de la divinidad para dar paso a comprensiones teológicas más maduras y profundas, tanto monoteístas como universalistas. Este tipo de teología y comprensión universal de la teología y la religión se nutre de salmos como éste, y también de los mensajes sobrios de profetas como Isaías (Is 23–25) y Zacarías (Zac 8:23).
Quizá el salmo tenía su contexto inicial básico en una de las peregrinaciones anuales al Templo que celebraban el poder de Dios y la centralidad de Jerusalén, que luego del exilio tomó esos niveles teológicos universales. El título hebreo del salmo lo relaciona con los hijos de Coré, como la mayoría de los poemas de esta sección del Salterio; además, provee dos indicaciones musicales: es un salmo y un cántico (véase la Introducción). El poema incluye en dos ocasiones la palabra hebrea selah (vv. 3, 6; véase Introducción).
La estructura literaria básica del salmo es muy sencilla:

• Amor de Dios por Sión: vv. 1–3
• Jerusalén es el centro del mundo: vv. 4–6
• La fiesta universal en Sión: v. 7

Una lectura más atenta del poema, sin embargo, revela otra estructura que no puede obviarse, pues manifiesta una especie de ordenación quiástica o concéntrica. Luego de la introducción del salmo (vv. 1–2), se incluye un quiasmo temático en torno a la ciudad, cuyo centro teológico es la referencia al «Altísimo» que establece y afirma a Sión (v. 5). De esta forma se confirma la prioridad temática de Jerusalén como categoría teológica fundamental en el poema.

A. Cosas gloriosas se dicen de la ciudad: v. 3
B. Naciones dirán nací allá: v. 4
C. El Altísimo la establecerá: v. 5
B′. Naciones dirán nací allá: v. 6
A′. Las fuentes de Dios estarán en la ciudad: v. 7

vv. 1–3: En esta primera sección o estrofa del poema el autor del salmo habla, para destacar varios aspectos importantes de Sión, de la Ciudad Santa, de Jerusalén: La ciudad está fundada sobre el monte santo, que es una manera poética de subrayar la estabilidad y firmeza de la ciudad; además, el poeta indica sin inhibiciones que Dios tiene una especial predilección por Jerusalén. La fama que tiene la ciudad de ser invencible proviene desde antes de los tiempos de David, cuando era sencillamente una fortaleza de los jebuseos (2 S 5:6–10), y se aumenta a través de la historia nacional. Esa percepción de inviolabilidad, en efecto, es el fundamento ideológico de todos estos salmos de Sión.
La referencia a las puertas de la ciudad (v. 2) es muy importante. En ese sector de la ciudad es que se dirimían los asuntos de importancia para la comunidad, particularmente era el lugar de la administración de la justicia. Para el poeta, indicar que solo las puertas de la cuidad son más importantes que todas la moradas de Jacob, equivalía a decir que la ciudad toda era prioritaria para Dios. En Sión está enclavado el Templo, por esa razón Jerusalén es la «ciudad de Dios» y se dicen de ella «cosas gloriosas» (Is 2:2–4; 4:2–6; 28:16). El carácter distintivo de la ciudad se lo brinda esa relación tan especial que tiene con Dios, que la hace espacio sagrado, cima extraordinaria, y centro privilegiado sobre todas las ciudades y montes de Judá, Israel y el mundo (Sal 48; 68:17; 76:2–3; 78:54–68; 102:14–15; 122; 132:13–15; 137).
vv. 4–6: Al comenzar la segunda parte del poema Dios toma la palabra para hablarle a la ciudad e indicar que es el centro del mundo. Las referencias a todos los pueblos de la tierra se hace a través de la mención de ciudades y pueblos de gran importancia geográfica y política para Israel y para el Oriente Medio antiguo. Rahab, que es un antiguo epíteto usado para ridiculizar a Egipto (Is 30:7)—¡la relaciona con un monstruo temible y caótico!—, alude al suroeste de Jerusalén; Babilonia está al este; filistea, al oeste; Tiro, al norte; y al sur, Etiopía (v. 4). Para el salmista esas naciones se encontrarán en Sión para eliminar sus diferencias y conflictos. Todos esos pueblos formarán un solo grupo ante el Dios Altísimo (v. 5).
Ante esa afirmación divina, las naciones responden y confirman lo que ha dicho el Señor. Jerusalén es como una madre que genera vida: ¡Es ciudad santa y madre de naciones! Para el poeta, Sión se convierte en el centro universal pues ha sido establecida por el «Altísimo», que es una referencia al Dios de Israel que lo asocia con Abrahán y la promesa divina de ser padre de multitudes. La madre es Jerusalén, y el oficial notario que inscribe la criatura recién nacida es Dios mismo.
v. 7: El poema finaliza con una procesión de cantantes y músicos. La culminación del salmo denota alegría y festividad. Y una vez se ha reconocido a Jerusalén y a Sión como madre, todas las naciones bailan de regocijo y alegría. El salmo comienza con afirmaciones de solidez y estabilidad y termina con manifestaciones públicas de felicidad. El cántico afirma la importancia de Sión con el mensaje: «Todas mis fuentes están en ti», concepto que posiblemente alude de manera simbólica a las aguas que brotan del altar del Templo (Ez 47:1–7), y preparan la tierra para su fertilidad, fecundidad y vida. Además, esa misma imagen de «fuente» puede ser una referencia a la sexualidad femenina (Prov 5:15–16; Cant 4:12). De esta manera Sión es vista como el útero divino para darle vida a la humanidad representada por las naciones que rodeaban al pueblo de Dios en la antigüedad.
Las implicaciones universalistas del salmo son intensas y extensas. Jerusalén es la madre de las naciones porque ha sido fundada y amada por Dios. Esa particular característica teológica le permite engendrar hijos e hijas innumerables, que superan las barreras de raza, cultura y lengua. De esta manera se revela una muy clara tendencia teológica, importantísima para las iglesias y los creyentes: ¡La ciudadanía en el reino de Dios sobrepasa los límites nacionales, lingüísticos, políticos y religiosos! La identificación de los diversos pueblos y naciones con la misma madre convierte a sus ciudadanos en hermanos y hermanas. En palabras del salmista, Dios mismo los inscribe como sus hijos e hijas, pues es el notario eterno de las naciones y los pueblos.
Jesús afirmó esta teología universalista durante su ministerio, pues con su predicación y enseñanzas cumplió ese particular deseo divino: ¡Su verbo transformador ha llegado con fuerza y vigor a diversas culturas y naciones del mundo a través del tiempo! Además, el día de Pentecostés el mundo fue testigo de una manifestación del Espíritu que superó las barreras lingüísticas y étnicas. Y el libro de Apocalipsis contempla el día en que todos los pueblos y las naciones se presentan ante el trono de Dios como un solo pueblo (Ap 7:9–12).


SALMO 88: «SÚPLICA POR LA LIBERACIÓN DE LA MUERTE»

El Salmo 88 es la súplica ante Dios de una persona que siente que está en inmerso en una crisis mayor de la existencia humana: ¡Está al borde de la muerte! Es un poema único en el Salterio pues el clamor desgarrador del salmista se articula con solo un elemento muy tenue y modesto de esperanza, que se incluye como afirmación del Dios salvador (v. 1). Este es un clamor insólito en los Salmos por su tono sombrío, por su sentido de dolor profundo sin aparente fin; inclusive, la palabra final del poema alude a «las tinieblas», dejando un sabor de preocupación profunda y desesperanza intensa en el ambiente. Los temas que predominan son los siguientes: La desdicha del poeta, el dolor de la persona que ora, y la carencia de esperanza en el clamor. Es interesante notar que el salmo no incluye promesas del salmista ni expresiones de confianza ni alabanzas a Dios.
Este salmo de lamentación individual fue escrito por alguien que estaba enfermo posiblemente desde su niñez, que sentía que su vida se extinguía y terminaba sin posibilidades de salud y bienestar. Ya cansado por esa calamidad personal de larga duración, al verse al umbral de la muerte, y sin comprender muy bien lo que sucede a niveles teológicos, biológicos y emocionales, presenta esta serie de súplicas desgarradoras ante Dios. El contexto básico de este salmo se debe encontrar posiblemente en las oraciones que hacían los individuos que experimentaban situaciones que acarreaban peligros mortales, como lo puede ser una enfermedad en su etapa final. Aunque es extremadamente difícil fechar este salmo, por la naturaleza general del tema y por el uso del lenguaje metafórico para describir las adversidades de la vida, quizá se trate de un poema de la época de la monarquía que se revisó luego del exilio en Babilonia para incluirse en el Salterio.
El título hebreo del salmo merece alguna discusión. Es importante notar que su doble encabezado lo ubica en una posición particular en el Salterio. Generalmente en estas referencias la alusión al «músico principal» se incluye al comienzo, pero en este caso aparece a mitad del título. Quizá eso se deba a su similitud con el salmo anterior. Además, el título relaciona el poema con los hijos de Coré, indica que es un «cántico» que debe entonarse «sobre Mahalat-leannot»—esta última expresión se suprime en la traducción de Reina-Valera—, que parece ser una referencia a algún particular sufrimiento o enfermedad, añade que es un Masquil o una enseñanza o aflicción, y culmina con la alusión a Hemán en ezraíta (para la explicación de todas estas referencias, véase la Introducción). El salmo incluye en dos ocasiones la palabra hebrea selah (vv. 7, 10).
La estructura literaria del salmo, que se desprende de su análisis temático es la siguiente:

• Súplica inicial: vv. 1–2
• Descripción de la calamidad: vv. 3–7
• Sentimientos de soledad y abandono en el salmista: vv. 8–13
• Desesperación final del salmista: vv. 14–18

vv. 1–2: El salmo comienza con un clamor intenso y decidido. Suplica el salmista que su oración llegue a la misma presencia divina, que se caracteriza en el poema como «Dios de mi salvación» (v. 1), para que el Señor responda con misericordia y escuche su oración. La urgencia de su necesidad se revela con la referencia a que clama «día y noche», que es una manera de decir que su plegaria es continua.
vv. 3–7: En esta sección el poeta expone la naturaleza de su aflicción y articula su dolor profundo. Una lectura cuidadosa del texto puede dar la impresión que ha habido una especie lucha con Dios, y que el salmista ha salido herido y derrotado del conflicto. Las palabras del poeta son desgarradoras y pictóricas: Su alma está hastiada y su vida está al borde del Seol (v. 3), está casi muerto y sin fuerzas (v. 4), se siente abandonado y herido (v. 5), y percibe su vida como si estuviera en un hoyo profundo y en tinieblas (v. 6). En efecto, las imágenes son descriptivas de la depresión en la cual estaba inmerso, revelan la profundidad de la crisis, expresan la agonía de su ser más íntimo.
Esas experiencias las relaciona el salmista con la ira divina (v. 7), que describe como las ondas del Señor. En efecto, de acuerdo con esa antigua percepción teológica, el causante de sus dolores era Dios mismo. El Seol es una referencia a la morada de los muertos, que se relaciona poéticamente al sepulcro (vv. 3, 4). Con frecuencia en el Antiguo Testamento se relaciona el tema de la enfermedad con el juicio divino. Generalmente se asociaban las enfermedades con los pecados que provocaban la ira de Dios (Sal 38:1–8). En este particular caso del salmista, sin embargo, no se habla de culpabilidad de la persona que adora ni se hace referencia a pecado alguno. Estamos ante un caso similar al de Job, donde la teología tradicional, que relaciona el pecado y las enfermedades con el juicio divino, no es aplicable ni efectiva. Parece que el salmista se siente inocente pues no entiende el origen de sus calamidades ni alude a su culpabilidad o pecado.
vv. 8–13: El tema de la aflicción y la soledad se acentúan, pues, inclusive, se han alejado de la persona que ora hasta sus «conocidos» (v. 8). En esta sección se habla claramente de la «enfermedad de sus ojos» (v. 9), que aunque puede ser una expresión poética para describir su situación total de angustia y desolación, puede muy bien identificar y explicar las causas de su dolor y el desprecio de sus amigos. En ese mismo contexto de soledad, el salmista indica que no ha cesado de orar, con expresiones como «te he llamado» y «he extendido a ti mis manos» (v. 9).
El salmista entonces hace una serie bastante importante de preguntas retóricas. Con este artificio literario el poeta expresa la gravedad de su condición ante Dios, pues repite con insistencia los temas relacionados con la muerte: p.ej., el sepulcro, el Abadón—que también alude al sepulcro y la muerte—, las tinieblas y el olvido (vv. 10–12). La gran preocupación implícita del salmista es en torno a la actividad divina en el mundo oscuro y tenebroso de la muerte: ¿Se manifiesta la misericordia y el perdón de Dios en su realidad adversa, frágil y menesterosa?
Luego de sus preguntas retóricas se manifiesta un nuevo elemento de esperanza, aunque tímido y sobrio. El salmista, aunque se siente solo, enfermo, deprimido y sin fuerzas, continúa e insiste en su oración a Dios (v. 13).
vv. 14–18: El sentimiento de dolor profundo no deja al salmista. Su angustia va en aumento, el drama de su calamidad no disminuye, y además, Dios no se comunica, el Señor no responde. El salmista siente que Dios lo ha atacado con toda su ira y que le ha herido de muerte. Entiende, además, que el Señor lo ha desechado y que ha escondido su rostro, símbolo de su favor y misericordia. Tiene la impresión que Dios mismo lo seleccionó desde su juventud para vivir las calamidades que experimenta, Inclusive, en medio de su dolor, sus compañeros y amigos lo han abandonado (v. 18). En efecto, se siente miserable: afligido, menesteroso, temeroso, oprimido, rodeado, rechazado y en tinieblas. El ambiente psicológico y espiritual del poeta es de depresión profunda, que es la manera que finaliza el salmo. Es trágico ese final: Una persona enferma, abandonada, deprimida y en medio de las tinieblas.
Este salmo pone de forma gráfica los sentimientos humanos más profundos ante la enfermedad terminal o ante cualquier crisis inexplicable y mortal. El salmista reflexiona desde sus experiencias teológicas, que no entendían el horizonte amplio de esperanza que trajo la resurrección de Cristo. El poeta da rienda suelta a su dolor y se deprime, pues parece no escuchar a Dios, ni entiende su voluntad, ni comprende adecuadamente su situación. El salmo expone de forma gráfica el misterio que se relaciona a los dolores y las pasiones de la gente humilde, inocente y frágil.
Las respuestas bíblicas a este tipo de crisis se revelan en el libro de Job y el ministerio de Jesús. Aunque era una persona justa, Job experimentó en su vida una serie intensa de dolores que sobrepasaban sus niveles de comprensión. Sin embargo, a Job le sostuvo su integridad y su fe. Aunque no entendía muy bien el origen de sus calamidades esperó en Dios que le recompensó y restauró en el momento oportuno. En efecto, el caso de Job revela que ciertamente Dios escucha el clamor humano, y responde en el instante adecuado.
Este sentimiento de soledad y desprecio del salmista lo experimentó Jesús en el Huerto del Getsemaní. En medio del complot de las autoridades políticas y religiosas de Jerusalén, y ante el distanciamiento de sus discípulos y amigos, el Señor se concentró en la oración. «Si es posible—decía—, que pase esta copa de mí». Ciertamente el Señor respondió en oración a uno de los problemas más serios de la vida: Ante la traición reaccionó con sobriedad, seguridad y piedad.
El Señor Jesús fue ciertamente compañero y amigo de muchas personas que se sentían como el salmista (Jn 5:1–9; Mt 25:31–46), particularmente apoyó a las personas enfermas y despreciadas por la sociedad. La muerte no tiene la palabra final ante la gente de fe, la enfermedad no es dueña y señora de nuestras vidas, ni la calamidad triunfa sobre las personas de convicciones firmes e integridad.


SALMO 89: «PACTO DE DIOS CON DAVID»

Con el Salmo 89 llegamos al final del Libro III de los Salmos, que esencialmente lamenta profundamente la caída y humillación de la dinastía de David. La humillación al pueblo a través de la derrota del rey era una pérdida particularmente extraordinaria, pues la monarquía representaba una de las instituciones nacionales más importantes en el antiguo pueblo de Israel, pues su fundamentaba en las promesas de Dios (2 S 7). Culmina el salmo con una doxología, como es común al final de cada uno de los cinco libros del Salterio (véase Sal 41:13; 72:20; 89:52; 106:48; 150).
Este salmo está estrechamente relacionado con el anterior pues ambos abordan el tema de la aflicción profunda del pueblo. Una diferencia básica es que en el Salmo 89 se manifiesta un mayor alivio a la tristeza angustiante y desesperante que vive el pueblo, ya que la alabanza inicial es ciertamente más directa, firme, enfática y decidida, además, incorpora el poema una serie importante de promesas divinas. El Salmo 89 también puede asociarse con el 73, que inicia esta tercera sección del Salterio. Los dos poemas confrontan a la gente piadosa con las complejidades de la vida: El 73 presenta el tema de la prosperidad de las personas injustas, y el 89 articula la crisis de la consecución de la monarquía. De esta forma toda esta tercera sección del Libro de los Salmos (Sal 73–89) se enmarca en una temática de crisis ante eventos de gran complejidad y significación en la existencia humana.
El género literario de este salmo es mixto, pues su lectura revela diferencias marcadas de estilo y formas. Es esencialmente un salmo de más de un estilo pues incorpora, junto a un himno de alabanza (vv. 1–18), un recuento del oráculo en torno a la dinastía de David (vv. 19–37), y una súplica en favor del monarca (vv. 38–52), por lo que se le identifica como un salmo real. Algunos estudiosos lo interpretan como un salmo de súplica nacional ante alguna crisis nacional mayor, que muy bien puede relacionarse con la derrota de Jerusalén a manos de los ejércitos de Nabucodonozor, luego de año 587/6 a.C. Su contexto vital original posiblemente eran las celebraciones litúrgicas ante las ruinas del Templo de Jerusalén, luego de la caída de la ciudad, la deportación de sus líderes, y la destrucción abrupta de su infraestructura política, social, económica y religiosa. El autor debe haber sido un judío piadoso que presenció la catástrofe nacional y articula ante Dios esta oración que representa el sentir y las frustraciones del pueblo. El título hebreo relaciona el poema como un maskil, y lo asocia a otro ezraíta (véase Sal 88), en esta ocasión es Etán la persona identificada (véase la Introducción). El salmo incluye en cuatro ocasiones la expresión hebrea selah (vv. 4, 37, 45, 48; véase la Introducción)
Este salmo es largo y complejo, y su análisis literario revela esas dos cualidades. Quizá algunos de sus diversos componentes tienen una historia literaria independiente, que se unieron en el exilio para transmitir los sentimientos de la crisis.

• Himno de alabanza: vv. 1–18
• Recuerdo de la promesa a David: vv. 19–37
• Recuento de la crisis: vv. 38–47
• Súplica por la misericordia divina: vv. 48–51
• Doxología final del Salmo y del Libro III: v. 52

vv. 1–18: El salmo comienza con una breve introducción que puede dividirse en dos secciones menores. El salmista toma la palabra para cantarle a dos de los atributos divinos más importantes del Salterio: La misericordia y la fidelidad—que en algunas ocasiones es traducida en las versiones de Reina-Valera como la verdad—(v. 1). El poeta comienza su clamor anclado en esos dos temas que servirán de apoyo teológico fundamental y de principal agente de unidad en el resto del salmo (vv. 2, 14, 24, 28, 33, 49). En efecto, la misericordia divina es eterna, y su fidelidad, estable como los cielos.
Esos atributos divinos que caracterizan la redacción del salmo se ponen claramente de manifiesto en la historia de Israel. La misericordia y la fidelidad del Señor se hacen realidad en la historia del pueblo a través del pacto o alianza que el Señor hizo con el rey David, identificado en el poema como «su escogido y siervo» (v. 3). Una manera clara de traducir esas categorías teológicas y morales en experiencias históricas concretas es mediante el establecimiento de la dinastía de la casa de David.
El corazón de este himno de alabanza es la proclamación firme del señorío divino sobre el universo, la historia, la humanidad y el pueblo. El único Dios verdadero es el que tiene el poder y la autoridad sobre todo lo creado, representado en las referencias a las diversas maravillas divinas (v. 5): cielos, potentados, santos, mar, Rahab—monstruo marino que representa el caos—, enemigos, tierra, mundo, norte y sur, y los montes Tabor y Hermón. En efecto, ¡es un reconocimiento general! Y ese reconocimiento del poder universal de Dios genera en el pueblo de Israel un gran sentido de confianza y seguridad. Esa convicción hace que el salmista exclame con certeza: «El Señor es nuestro escudo, y nuestro rey es el Santo de Israel» (v. 18). Además, esa convicción genera una afirmación de dicha y felicidad: «Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte; andará, oh Señor, a la luz de la rostro» (v. 15).
vv. 19–37: El salmista prosigue su poema haciendo un recuento de la promesa divina a David. Esa particular promesa divina (2 S 7) es ciertamente un concepto muy importante en la teología bíblica pues fundamenta la institución de la monarquía en Israel e identifica esa institución con David. En el famoso monarca israelita se encarna de manera histórica e institucional la voluntad del Señor.
La primera parte de esa sección (vv. 19–29) hace referencia a la trayectoria del famoso monarca de Israel. El poema alude inicialmente a la unción santa de David (v. 20), y además, hace referencia a sus actividades militares, conquistas políticas y decisiones administrativas que le llevaron al establecimiento, la organización y el desarrollo de un imperio bastante importante en la antigüedad. En efecto, la particular perspectiva teológica del salmo, que revela una vez más la misericordia, el poder y la fidelidad de Dios, ubica a David como hijo predilecto y primogénito de Dios, y lo identifica directamente como «el más excelso de los reyes de la tierra» (v. 27). Culmina esta parte del salmo con la repetición y reiteración de la promesa eterna a la descendencia de David (v. 29).
La segunda parte de esta sección (vv. 30–37) destaca el tema de la fidelidad divina a la casa de David. Aunque el estilo literario del mensaje es de tipo profético, el propósito del autor es posiblemente la afirmación de la misericordia y la celebración del pacto o alianza. Se destaca en estos versículos la lealtad divina que no se detiene ante las actitudes impropias de los descendientes de David. Dios afirma con firmeza y seguridad, pues jura por su santidad, es decir, por su esencia más profunda e intensa, que no se olvidará de sus compromisos ni su promesa de consecución de la dinastía davídica. La firmeza del trono se compara a la perpetuidad del sol, la luna y el cielo (vv. 36–37).
vv. 38–47: En esta sección se pone de relieve la cruda realidad histórica. El monarca, identificado como «ungido» en el poema, ha sido «desechado» y «menospreciado» (v. 38), en una clara alusión a la experiencia de crisis nacional que vive el salmista. La implicación teológica de esa acción divina es que el pacto se ha roto y la monarquía se ha derrocado. El poema pone en contraposición las afirmaciones teológicas del pacto eterno con la realidad histórica de la derrota. El salmo intenta relacionar las promesas divina con la vivencia del pueblo. La promesa es de esperanza; la realidad, de derrota y destrucción.
Las imágenes son reveladoras: Al romperse el pacto, la corona ha sido profanada, las fortalezas están destruidas, los viandantes saquean la ciudad, los enemigos del pueblo se presentan triunfantes, los adversarios están felices, la gloria divina cesó, e Israel está cubierto de afrenta. En efecto, el salmo pone de manifiesto la naturaleza de la crisis y revela la profundidad de la derrota. La humillación ha tocado al rey y la deshonra ha llegado al pueblo; la desesperanza se manifiesta en la comunidad, la incertidumbre se manifiesta en la dinastía.
vv. 48–51: La parte final del salmo presenta la súplica angustiosa: ¿Hasta cuándo? En efecto, el poema finaliza con un clamor a que el Señor acuerde sus misericordias antiguas, y presenta nuevamente la crisis nacional: el pueblo está en oprobio, porque los enemigos lo han deshonrado y herido. La gran pegunta es la siguiente: ¿Dónde están las promesas hechas a David? ¿Por qué la ira divina se manifiesta sin misericordia? La pregunta es muy seria pues pone de relieve la discontinuidad entre las promesas de Dios y las realidades históricas del pueblo.
v. 52: La alabanza final del salmo también se convierte en la clausura del Libro III del Salterio. ¡Dios es bendito por siempre!
La aplicación y contextualización de este salmo es muy importante pues revela la crisis que puede generar la discontinuidad entre las promesas divinas y las experiencias y vivencias humanas. Este salmo pone en clara evidencia una de las dificultades más complejas a las que puede llegar el ser humano: ¿Qué hacer cuando no se ven cumplidas las promesas de Dios? ¿Qué hacer cuando el compromiso de misericordia y fidelidad divina no parecen hacerse realidad? ¿Cómo interpretar las adversidades que hieren profundamente nuestras perspectivas teológicas y nuestras comprensiones de la fe? ¿Cómo enfrentar la vida cuando las circunstancias históricas parecen contradecir las promesas divinas?
El poeta del salmo transforma sus frustraciones en preguntas a Dios, en oraciones sentidas, en peticiones profundas, en clamores sentidos, en súplicas intensas. En efecto, el salmista transforma sus frustraciones en diálogos con Dios, en intimidades con el Eterno, en cercanías con el Señor. El salmista fue sincero y firme en sus preocupaciones, y se allegó ante Dios sin disimulos ni caretas. Aunque no entendía muy bien las complejidades y adversidades que le rodeaban, el salmista transfirió sus preocupaciones ante el Señor eterno.
Una actitud similar de seguridad y fortaleza tomó Jesús de Nazaret en la cruz del Calvario. Ante la sensación de soledad y de aparente abandono divino, el Señor de la iglesia y los creyentes exclamó: «Padre en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23:46; Sal 31).

LIBRO TERCERO: SALMOS 73-89



 

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