LIBRO SEGUNDO: SALMOS 42-72

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LIBRO SEGUNDO: SALMOS 42-72

LIBRO SEGUNDO: SALMOS 42-72

 

¿Por qué te abates, alma mía,
y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios,
porque aún he de alabarlo,
¡salvación mía y Dios mío!
Salmo 42:5

Tabla de contenidos

SALMO 42: «MI ALMA TIENE SED DE DIOS»

SALMO 43: «PLEGARIA PIDIENDO VINDICACIÓN Y LIBERACIÓN»

Comienza con estos poemas (Sal 42–43) el llamado segundo libro del Salterio (Sal 42–72), que incluye la segunda de las colecciones relacionadas con David (Sal 51–65; 68–70), y otros grupos de salmos que se asocian a «los hijos de Coré» (Sal 42–49) y Asaf (Sal 50).
La división entre los libros segundo y tercero del Salterio (Sal 42–72 y 73–88) es muy difícil de justificar desde las perspectivas temática y literaria, pues las personas que leen los salmos de forma cautelosa y sistemática pueden identificar, en el análisis de los bloques de poemas, una muy importante disposición casi perfecta en quiasmo o de forma concéntrica que no puede obviarse.

• De los hijos de Coré: Sal 42–49
• De Asaf: Sal 50
• Salmos de David: 51–65; 68–70; 86
• De Asaf: Sal 73–83
• De los hijos de Coré: Sal 84–85; 87–88

Esa disposición estructural destaca la importancia de David en el mismo centro esta sección del Salterio, asunto que también se pone claramente de manifiesto en los temas que articulan los salmos que se relacionan con el antiguo monarca israelita.
Los Salmos 42 y 43—con los cuales comienza el segundo «libro» o sección del Salterio, véase la Introducción—son esencialmente un solo poema. Su contenido es una oración intensa de alguna persona piadosa que, lejos del Templo de Jerusalén, añora estar en sus moradas. Posiblemente el salmista estaba en tierras extrañas, quizá exiliado, en medio de un ambiente lleno de hostilidad. Fundamentado posiblemente en esa lejanía y añoranza, el poeta se presenta ante Dios con esta súplica de gran belleza literaria y extraordinario contenido teológico.
La unidad literaria y temática de estos salmos se pone claramente de manifiesto al descubrir y analizar las siguientes particularidades:

• La repetición en tres ocasiones del famoso estribillo en 42:5, 11; 43:5
• El doble uso de las mismas afirmaciones teológicas y expresiones poéticas (p.ej., 42:9 y 43:2; 42:3b y 42:10b).
• El descubrimiento de manuscritos hebreos antiguos que presentan ambos salmos como una sola composición.
• Y la falta de título en el Salmo 43, que es algo muy raro en el segundo «libro» del Salterio.

Respecto al género literario del poema, aunque es posible interpretarlo como un lamento comunitario o como una plegaria real, es mejor analizarlo como una súplica o lamento individual. El salmo revela, en efecto, el clamor sentido de algún sacerdote o levita, que decide articular sus sentimientos de frustración y pena de la vida en el exilio. ¡Es posiblemente un poema de la Diáspora judía que pone de manifiesto su origen postexílico! Cabe también la posibilidad, y no debe descartarse, de que el poema exprese las penurias y los sentimientos de una persona enferma que no puede llegar al Templo a adorar por su condición de salud. Respecto al título hebreo del salmo, que relaciona el salmo «al músico principal» y como un «masquil de los hijos de Coré», véase la Introducción.
El análisis de la estructura literaria y temática de todo el poema revela su disposición en formas alternadas entre las súplicas y los estribillos. Esta estructura, lejos de fijar el salmo de manera estática y aburrida, le brinda al poeta la capacidad de moverse de la angustia y la desolación a la seguridad y la esperanza. Esos artificios literarios le brindan al poema belleza literaria y amplitud teológica.

• Súplica y anhelo por la casa de Dios: 42:1–4
• Estribillo: Por qué te abates, alma mía: 42:5
• Súplica y recuerdo de las intervenciones de Dios: 42:6–10
• Estribillo: Por qué te abates, alma mía: 42:11
• Oración de liberación: 43:1–4
• Estribillo: Por qué te abates, alma mía: 43:5

vv. 1–4: La afirmación inicial del salmo, que se presenta con una imagen que proviene de la naturaleza y del mundo animal, revela los anhelos más hondos y sinceros del poeta (v. 1). Como los ciervos buscan las corrientes de aguas, que son indispensables para vivir de forma saludable, refrescante y balanceada, así el «alma» del salmista, que identifica su vida completa, desea la presencia y el favor divino. La sed espiritual del salmista se revela en esta imagen, su anhelo de Dios se manifiesta en esta idea, su necesidad de la presencia divina se presenta en los versículos.
Luego de la declaración poética inicial se explica su intensión teológica. ¡El salmista tiene sed de Dios! Sin embargo, cualquier divinidad no puede mitigar su sed. Su «alma», es decir, su existencia total demanda la presencia del «Dios vivo», que es una forma de contraponer al Señor del salmista con las divinidades paganas, que no tienen vida ni poseen la indispensable capacidad de movimiento que producen bienestar.
La pregunta retórica en torno a llegar ante la presencia de Dios (v. 2), puede ser una referencia al Templo, y expresa el deseo ardiente del salmista de regresar a la Casa de Dios y participar de sus actividades litúrgicas. La pregunta también puede traducirse como «¿Cuándo iré a ver el rostro de Dios?» (Sal 27:4).
La lejanía del Templo y la incapacidad de participar en sus festivales le hacen llorar, «sus lágrimas fueron su pan de día y de noche» (v. 3). Del símil del agua viva el poeta se mueve a la metáfora de las lágrimas continuas. Al percatarse de esa dolorosa realidad, las personas que le rodean le preguntan: «¿Dónde está tu Dios?» (v. 3), que era una manera de reprochar su fidelidad, una forma de criticar su devoción. La pregunta, en efecto, transmite implícitamente el sarcasmo de las personas infieles que critican al pueblo de Dios cuando pasan por alguna tribulación o cuando no les va bien en la vida (Sal 79:10; 115:2; Jl 2:17; Miq 7:10). El interrogante, además, puede revelar el contexto histórico del salmo, pues en el exilio, se pensaba, que el Señor les había abandonado.
Al sentirse alejado del Templo y abandonado por Dios el salmista recurre a las memorias para superar su depresión. Su condición anímica, que le impele a «derramar su alma» (v. 4), que ilustra su gesto sincero de introspección y profundo análisis personal. En su deseo de superar la crisis que le embargaba, el poeta recuerda los tiempos mejores: los peregrinares al Templo y su liderato en esos procesos, las alegrías y alabanzas del pueblo, y las fiestas solemnes. Ante la angustia existencial de la distancia y frente la imposibilidad real de regresar al Templo, el salmista recuerda, pues recordar es volver a vivir esas experiencias de gran significación cultural y espiritual.
v. 5: Con este estribillo el salmo se divide en tres partes (vv. 5, 11; 43:5), que contribuyen de forma particular, significativa y específica al desarrollo del tema general del poema: la angustia y el abatimiento del salmista, junto al anhelo de Dios y la nostalgia por el Templo.
Fundamentado en los recuerdos de memorias gratas y extraordinarias, el salmista le habla a su alma, que es una forma poética de afirmación personal y reflexión íntima: La exhorta a no abatirse, la llama a no turbarse, y la motiva a alabar y esperar en el Señor, pues le reconoce como su fuente de salvación y su Dios. Aún en medio de las angustias producidas por la separación, la distancia y la crítica, el salmista decide mantener su esperanza en el Señor, reafirma su confianza en Dios, y celebra la presencia divina.
vv. 6–10: El salmo prosigue con el reconocimiento de que la depresión continúa. Ante la aceptación de esa realidad existencial, el poeta recurre nuevamente a Dios: Le recuerda que su alma prosigue «abatida» (v. 6), que revela su estado anímico débil, y pone de manifiesto su depresión profunda. Y una vez más el recuerdo de las pasadas intervenciones de Dios son el fundamento de su esperanza.
El poeta trae a la memoria, ya no los festivales y las celebraciones en el Templo, sino una serie de importantes alusiones geográficas. Se trata posiblemente de una referencia al lugar de su nacimiento, o a varios lugares de interés que el salmista visitó durante su vida. Las montañas de Hermón—de donde proceden «los hermonitas» (v. 6)—identifican el origen del río Jordán, y aunque el monte Mizar es de ubicación incierta, puede estar ubicado en por esa misma región. Esos lugares le evocan la presencia divina, que en el momento de crisis personal se convierten en fuente de esperanza.
En el versículo 7 se regresa nuevamente a las imágenes del caos y la dificultad. Los abismos que responden a la voz divina han caído sobre el salmista. Son figuras literarias que aluden a problemas serios, conflictos graves y adversidades mortales: En efecto, ¡las aguas y los abismos tienen poder destructor! El texto puede ser una indicación del origen divino de sus dificultades.
¡La experiencia de dolor persiste! ¡La depresión continúa! ¡La angustia se mantiene! La referencia al agua, que es un elemento constante en el salmo, se convierte en elemento que atenta contra la vida del poeta. Sin embargo, el salmista confía en la misericordia divina, que se revela en sus cánticos, y, fundamentado en esa convicción teológica, eleva su oración al Dios de su vida (v. 8).
La oración del salmista (vv. 9–10) contiene una afirmación de esperanza, una preocupación seria, una motivación personal, y una reacción a sus críticos. El Dios del salmista es como una roca. Esa imagen divina revela estabilidad, fortaleza, seguridad, defensa, firmeza. Es una forma de contraponer la dinámica de los ríos en movimiento con lo estable y firme de la presencia de Dios. Aunque está herido por las diversas circunstancias de la vida, el salmista afirma que su Dios no se mueve ante los avances del caos destructor, y se mantiene incólume frente a las fuerzas aniquiladoras de los ríos caudalosos. La inclusión del nombre personal de Dios, Yahvé o Jehová, en este salmo elohísta (véase Introducción) es posiblemente una adición posterior.
Como no puede entender adecuadamente el origen de su calamidad, el salmista sinceramente se pregunta, ¿por qué el Señor lo ha olvidado? La naturaleza de sus dolores y la extensión de su depresión no pueden explicarse de otra forma, según el sentimiento del poeta, que no sea el olvido divino. Sin embargo, a la vez que acaricia esa posibilidad de olvido, también se reafirma en su convicción teológica y espiritual. Su Dios, que es como una roca firme, le impele a superar el luto y el dolor que provienen de las opresiones de sus enemigos. Esos enemigos son los que le afrentan y hieren sus huesos, y los que también le desafían diariamente preguntándole por su Dios (vv. 3, 10).
v. 11: Una vez más el estribillo del salmo reafirma la fe del poeta y le inspira a esperar y confiar en el Señor.
43:1–4: La sección final de poema se incluye en el Salmo 43. Del lamento y las súplicas de las primeras dos secciones (42:1–4; 6–10) se pasa a la oración que reclama justicia, defensa, liberación divinas. El salmista le presenta directamente a Dios su causa, e implora que le libere de la gente impía, engañadora e inicua (v. 1). Del recuerdo y las memorias pasadas, el salmista se mueve a la petición directa a Dios, que describe como fortaleza, que pone de manifiesto las ideas de protección, seguridad y victoria (v. 2). El poeta en esta ocasión no intenta superar la depresión evocando la historia pasada, sino fundamenta su caso en la naturaleza divina que tiene la capacidad de ayudarle a superar su crisis. Ya no está interesado en describir la acción de sus adversarios sino los presenta ante Dios.
Mientras que el salmista anteriormente indicaba que el Señor lo había olvidado (42:9), ahora entiende que lo ha «desechado» o rechazado (43:2), elevando de esta forma su crítica y revelando así la profundidad de su dolor. Sin embargo, como Dios es su fortaleza, superará la tentación de mantenerse derrotado y en luto (v. 2).
En su oración, además, implora que se manifiesten la luz y la verdad divinas, que son los valores y los principios que le ayudarán a regresar al Templo. Esa actitud de confianza en el Señor le ha permitido superar la depresión, y llegar al altar de Dios para manifestarle su alegría, gozo y alabanzas. En vez de luto, ahora el salmista manifiesta el contentamiento que expresa con su arpa al reconocer nuevamente que el Señor es su Dios.
v. 5: El salmo finaliza con el estribillo que una vez más pone de manifiesto la seguridad y esperanza del salmista en el Dios que es su salvación.
Para las iglesias y los creyentes, el gran tema que se desprende de la lectura y análisis de este importante poema bíblico se relaciona con la ausencia divina y con el silencio de Dios. El salmista en su oración nos presenta el dolor agónico y la depresión que se manifiestan al sentirnos alejados del Señor y al entendernos distantes de los símbolos que le representan. La evaluación del salmo revela el alto nivel de depresión que puede llegar a las personas que anidan internamente esos sentimientos de frustración, añoranza y lejanía.
En definitiva, aunque el recuerdo de las intervenciones divinas y el recuento de las acciones pasadas de Dios son fuente de esperanza y seguridad, es la oración sabia y sobria la que nos ayuda a superar los estados de ánimo que se contraponen a nuestra salud mental y emocional. Ese sentido de alabanza y gratitud que le ayudó al salmista a vencer su depresión no es enajenación ni negación de la realidad, sino una demostración firme y grata de confianza y seguridad que provienen de la fe en Dios.


SALMO 44: «LIBERACIONES PASADAS Y PRUEBAS PRESENTES»

El Salmo 44 presenta una súplica o lamento de la comunidad después de sufrir una grave derrota militar. En el presente orden canónico, es la primera oración de súplica de la comunidad en el Salterio. El poema revela el profundo sentimiento de angustia, dolor y frustración del rey y su ejércitos al experimentar una derrota, que no solo diezmó sus milicias y les convirtió en objeto de burla entre sus vecinos, sino que les presenta un muy serio problema teológico: ¿Cómo es posible que un Dios conocido en la historia por sus grandes triunfos militares haya perdido esta batalla? ¿Qué explicación lógica puede ayudarles a comprender esa seria contradicción?
El estilo literario o forma de este poema se relaciona con los campos de batalla, particularmente con las experiencias de adoración luego de perder una guerra. De la misma forma que algunos cánticos e himnos se entonaban para celebrar los triunfos militares (Jue 5), también había salmos que se utilizaban para ocasiones de derrota y frustración. No parece ser el Templo de Jerusalén el mejor contexto litúrgico para este salmo, pues de su lectura se desprende que no se trata de una amenaza de guerra o la proximidad de algún peligro mortal. El salmo presupone que ya la guerra se ha perdido (vv. 9–12) y que hay víctimas (v. 12). Posiblemente este salmo es parte de las ceremonias que se llevaban a efecto inmediatamente luego de las batallas.
La identificación precisa de su fecha de composición es muy difícil, pues sus referencias históricas son muy generales y se pueden relacionar con diversas derrotas del pueblo a través de su existencia. Posiblemente el salmo es preexílico, pues presupone que la monarquía está en funciones en Israel y que el rey es el comandante en jefe de los ejércitos; además este es un salmo elohísta que presupone que el pueblo ha sido fiel a Dios, cosa que los escritores luego del exilio no dirían.
El autor del salmo es posiblemente un israelita que presenció y experimentó el fracaso militar, y trajo a la memoria del pueblo la crisis de pérdida que produce una derrota del Dios que se especializa en las victorias. El salmista está teológicamente en la tradición de Job y el Siervo del Señor en el libro de Isaías, pues en medio de las dificultades y los dolores, mantiene su integridad. Respecto al título hebreo del poema, que lo atribuye «al músico principal» y lo identifica como un «masquil de los hijos de Coré», véase la Introducción.
La estructura literaria del salmo se desprende del análisis de las personas que participan de su lectura. El lenguaje de poema revela una disposición alternada entre en primera persona singular y plural, que puede ser un indicar importante de la participación del rey y los soldados. Este análisis también revela una estructura concéntrica o en forma de quiasmo en cada sección mayor del poema.

• Intervenciones divinas en la historia: vv. 1–8
* El pueblo: Intervenciones divinas: vv. 1–3
* El rey: Apropiación del pasado: v. 4
* El pueblo: Fundamento de la confianza en Dios: v. 5
* El rey: Declaración de fe: v. 6
* El pueblo: Declaración de confianza: vv. 7–8
• La súplica o lamento: vv. 9–22
* El pueblo: Dolor por la crisis: vv. 9–14
* El rey: Declaración de vergüenza: vv. 15–16
* El pueblo: Declaración de inocencia: vv. 17–22
• Oración final: vv. 23–26
* El rey y el pueblo oran por liberación y ayuda

vv. 1–8: El salmo comienza con un tono positivo, con una serie de afirmaciones del pueblo en torno a las intervenciones de Dios en la historia nacional. Estas declaraciones de júbilo preparan el camino para las súplicas y lamentos posteriores. Se indica que desde niños escucharon el recuento extraordinario de esas manifestaciones salvadoras del Señor, pues era responsabilidad de cada padre israelita contar a sus descendientes las «maravillas» divinas en favor de su pueblo (Ex 10:2; 12:26–27; 13:14–15; Dt 4:9; 6:20–25; Sal 78:3–8).
Se afirma, además, al comenzar el salmo, que la mano divina les dio al pueblo la tierra para habitar, y que para lograr ese objetivo el Señor tuvo que echar y arrojar a las naciones que vivían en esos lugares. La conquista de la tierra prometida no se llevó a efecto, según esta interpretación teológica de los eventos, mediante el poder y la astucia de las fuerzas militares de Israel, sino por el brazo, la diestra y la luz del rostro del Señor (v. 3), que son metáforas de poder, triunfo, autoridad, favor y ayuda. ¡La existencia misma de Israel como nación antigua se relaciona con las intervenciones de Dios! Y el fundamento teológico y militar de esa acción de conquista fue la misericordia divina que se compadeció del pueblo.
La próxima sección (vv. 4–8) del salmo incluye una oración intensa que revela las convicciones teológicas del salmista. El Señor es rey, que destaca el componente de mando, fuerza, autoridad y poder, y envía su salvación a Jacob, que esa forma antigua y poética de referirse al pueblo de Israel. Fundamentados en la ayuda que le brinda el Dios que es rey y salvador, el pueblo siente que puede sacudir a los enemigos y hollar a sus adversarios (v. 5).
La seguridad de triunfo no la brinda las armas y los equipos bélicos—p.ej., arcos y espadas (v. 6)—, sino la seguridad de que el Señor los guardará y protegerá de sus enemigos, y que avergonzará a los que le aborrecen (v. 7). La afirmación teológica básica que sustenta esas convicciones militares les impele a gloriarse en el Señor y a alabar su nombre para siempre (v. 8). De acuerdo con el salmista, las victorias militares del pueblo dependen directamente de las intervenciones salvadoras de Dios. Para la evaluación y comprensión de la palabra hebrea selah (v. 8), véase la Introducción.
vv. 9–22: El tono del salmo cambia considerablemente en esta sección. Del espíritu inicial de triunfo, confianza, seguridad y celebración, el poema se mueve a la súplica intensa y grave, al lamento hondo y profundo. Ya no se aluden a las victorias históricas ni se hacen referencias a los triunfos militares.
En contraposición a las intervenciones salvadoras de Dios en el pasado, ahora se manifiesta la cruda realidad de la derrota y el sufrimiento. De acuerdo con el salmista, el Señor ha «desechado» o rechazado a su pueblo, y ha permitido que le avergüencen, pues ya no sale al campo de batalla con los ejércitos (v. 9), que era una creencia antigua que le brindaba al pueblo esperanza y seguridad (2 S 5:24; Jue 6:6).
La descripción de la derrota es intensa y viva: Algunos soldados retrocedieron desmoralizados o fueron apresados y saqueados, y otros combatientes fueron asesinados o llevados al exilio como botín de guerra (vv. 10–11). El salmista explica de forma gráfica y descriptiva la naturaleza y extensión de la derrota: ¡El Señor vendió a su pueblo de forma gratuita! Esta imagen de «venta» es común en la Biblia (Dt 32:30; Jue 2:14; 3:8; 4:2, 9; 10:7; 1 S 12:9), y destaca la idea de estar a la completa disposición de los enemigos, evoca la idea de esclavitud, subraya el componente del cautiverio.
La descripción de la derrota continúa, y se explican y amplían aún más las calamidades (vv. 13–16). El pueblo que anteriormente cantaba sus triunfos por las intervenciones de Dios, ahora es objeto de afrenta, escarnio y burla de parte de sus vecinos. ¡La naciones le «mueven la cabeza»! (v. 14) en señal de mofa y rechazo (Sal 22:7; 64:8; 109:25; Jer 18:16; Lam 2:15), y el pueblo se siente avergonzado, humillado, confundido, vituperado y deshonrado. ¡El enemigo y vengativo le ha vencido!
La oración cambia nuevamente de tono cuando el salmista trata de identificar el origen de la calamidad. Aunque les ha llegado el tiempo de la derrota, el pueblo no sa ha olvidado del Señor ni ha faltado al pacto (v. 17); en medio de las adversidades relacionadas con la derrota, el pueblo no ha vuelto su corazón atrás ni se ha apartado del camino divino (v. 18). No entiende el poeta aún por qué el Señor les arrojó «al lugar de los chacales», que es una expresión proverbial de juicio, ruina, devastación y destrucción (Is 34:13; 35:7; Jer 9:11; 10:22; 49:33; 51:37), y permitió que las «sombras de la muerte» le cubrieran, que es una metáfora de problemas agudos y crisis mayores (Sal 23:4; Is 9:1).
Un sentimiento de reproche se asoma al salmista cuando prosigue la presentación de su caso ante Dios (vv. 20–22). El poeta no identifica el origen del problema en la infidelidad del pueblo, pues ese tipo de actitud, descrita como olvido o idolatría (véase Ex 9:29, 33; Esd 9:5; Sal 88:9; 141:2; 143:6; Is 1:15)—p.ej., «alzar las manos hacia un dios ajeno» (v. 20)—, hubiera sido rápidamente descubierta por el Señor, pues conoce los secretos del corazón, es decir, conoce los pensamientos más profundos y los sentimientos más hondos (v. 21). Esa linea de pensamiento le lleva a concluir que las calamidades y derrotas que el pueblo experimenta provienen del Señor, que permite que los maten como ovejas que llevan al matadero (v. 22), que tradicionalmente se relaciona con el juicio a los malvados (Jer 12:13).
vv. 23–26: El salmo concluye con una serie de clamores que reclaman la intervención salvadora de Dios. Los imperativos de las oraciones son categóricos: ¡Despierta, levántate, ayúdanos y redímenos! El salmista llama al Señor para que manifieste su misericordia (v. 26). ¡El Señor no puede permanecer dormido ante el dolor de su pueblo! ¡No puede esconder su rostro e ignorar la aflicción y la opresión de su pueblo! (v. 24). El poeta y el pueblo están extremadamente agobiados, se sienten postrados, derrotados y destruidos.
La palabra final del salmo es de esperanza. «Levántate» es parte de los gritos de combate antiguos que presagiaban las intervenciones salvadoras de Dios (Num 10:35; Jue 5:12; Is 60:1); la palabra se relaciona con la guerra santa y con los triunfos asociados al movimiento del Arca del pacto. El fundamento de esa acción liberadora no es la bondad o inocencia del pueblo sino la misericordia de Dios.
La iglesia cristiana lee el Salmo 44 con sentido de preocupación y esperanza. El poema presenta de forma viva las angustias relacionadas con las derrotas en la vida, cuando tenemos un Dios que tradicionalmente se especializa con victorias y triunfos. El salmo plantea de manera directa el problema del fracaso, articula el desafío que trae la caída, y presenta las implicaciones teológicas que esas esperiencias le presentan a las personas creyentes.
La respuesta a estas interrogantes no es fácil. Una guía podemos tener, posiblemente, al repasar la historia pasada y percatarnos de las intervenciones salvadoras de Dios, que pueden ayudarnos a anticipar triunfos en el futuro. Sin embargo, la fuente de esperanza mayor del salmo es que aunque el salmista había experimentado la derrota, todavía confiaba en la misericordia divina. Una gran enseñanza del salmo es que el futuro de la humanidad está relacionado directamente con las manifestaciones de la gracia de Dios.
El apóstol Pablo leyó este salmo y se impresionó con el v. 22, que alude a las ovejas que son llevadas al matadero. Para el apóstol la idea del texto se relaciona con la experiencia del martirio. De acuerdo con la Epístola a los Romanos (Rom 8:36), nada nos puede separar del amor de Cristo, incluyendo el martirio. Y también es posible que aluda a este mismo versículo del salmo, desde la perspectiva de la muerte, en su Epístola a los Corintios (1 Co 15:31; 2 Co 4:11).


SALMO 45: «CÁNTICO DE LAS BODAS DEL REY»

El Salmo 45 es un poema real que tiene sus características particulares. En primer lugar no es una oración a Dios, sino un poema dedicado al monarca de Israel en ocasión de su boda con una princesa de la ciudad de fenicia de Tiro (v. 12). El poema describe las vestiduras de los novios y alude a las dinámicas de la celebración nupcial. El salmista idealiza la figura del monarca, que será recordado y reconocido por las naciones de forma permanente (v. 17).
La importancia del salmo se pone rápidamente de relieve al estudiar las bodas de los monarcas en la antigüedad, que constituían un acontecimiento público extraordinario, tanto a nivel nacional como internacional. Estos eventos podían tener implicaciones políticas, pues eran formas de diplomacia para garantizar la paz y afirmar convenios entre naciones; a la vez, eran celebraciones que manifestaban gran importancia religiosa, pues el monarca se asociaba con las divinidades. En el particular caso del pueblo de Israel, el rey era hijo de Dios (Sal 2:7). Y posiblemente su inclusión en el Salterio se relaciona esas las lecturas e interpretaciones mesiánicas que desde muy temprano en la historia se han dado a este poema.
El estilo literario del poema lo identifica en la categoría de salmo real o davídico. Específicamente el salmo debía ser usado durante la ceremonia nupcial del monarca, según se revela en su título hebreo, que lo presenta como una «canción de amores». Como es un salmo sin paralelos en el Salterio, se pueden encontrar algunos paralelos en el libro del Cantar de los cantares. Aunque con el tiempo, el salmo pudo haber sido utilizado en bodas de personas no asociadas a la monarquía—p.ej., en el posterior judaísmo—su contexto inicial fueron las ceremonias reales en Jerusalén. Su autor es posiblemente un sacerdote judío que participaba en ese tipo de ceremonias, y el poema debe provenir del período preexílico, cuando la monarquía tenía el poder para llevar a efecto tratados y ejercer la diplomacia internacional. Respecto al título hebreo del salmo, que relaciona el salmo con «el músico principal», alude a «los lirios» (Sal 60; 69; 80) y hace referencia a «los hijos de Coré», véase la Introducción.
La estructura literaria del poema es la siguiente:

• Introducción del autor: v. 1
• Alabanzas al novio: vv. 2–9
• Alabanzas a la novia: vv. 10–15
• Palabras finales al rey: vv. 16–17

v. 1: Con las palabras iniciales del poema se revela la alegría profunda del poeta que dedica su cántico al rey. «Su lengua», en referencia a la forma de comunicación oral, es como pluma de escribiente diestro, que alude a la facilidad de expresión que manifiesta a su amplio conocimiento (Esd 7:6).
vv. 2–10: El salmista, en su descripción del novio, no ha escatimado en elogios ni ha economizado imágenes. El rey es descrito en todo su esplendor real. Es el más hermoso de los hombres, tiene gracia e inteligencia al hablar (v. 2), posee gran fortaleza física (4), Dios le ha bendecido por siempre (v. 2) y, además, es valiente y próspero (vv. 3–4).
En su descripción del novio, el poeta también pone de manifiesto sus habilidades militares: Utiliza las armas de guerra con propiedad y destreza—p.ej., la espada (v. 3) y las saetas (v. 5)—, y los valores que guían su estilo de vida son la verdad, la humildad y la justicia (v. 4), cualidades indispensables para los monarcas de Israel. La instauración de la justicia y la protección de las personas desvalidas era la principal responsabilidad del rey. Y como el monarca ama la justicia y aborrece la maldad su trono será eterno, que revela la tradición teológica de la promesa de Natán a David (2 S 7:1–14).
Fundamentado en todos esos atributos, el novio recibió la unción divina, que es símbolo del favor del Señor. Las referencias a la mirra, el áloe y la casia revelan el aroma de sus vestidos reales y nupciales, que son reconocidos en otros reinos y monarquías. La mirra se utilizaba tanto en perfumes como en unciones (Ex 30:23), y era considerada como un magnífico regalo. El áloe es una sustancia aromática que puede provenir del sándalo, y se utilizaba en perfumes, embalsamamientos o como incienso para quemar y aromatizar el ambiente. La referencia a la casia, que posiblemente es una adición tardía en el texto, se extrae de arbustos similares a los manzanos, y era un ingrediente especial para elaborar perfumes. La idea del texto es enfatizar el aroma que despedía el novio, que era una forma figurada de simbolizar su alegría y felicidad.
Entre las visitas de importancia que llegan a la boda están hijas de reyes, que revela el poder de convocación del novio. Y la reina exhibe prendas de oro de Ofir, que alude al oro más fino (Is 13:12; Job 28:16). No es posible establecer la localización precisa de Ofir, aunque en la actualidad se piensa que estaba ubicada en Arabia, posiblemente entre las ciudades de Meca y Medina.
vv. 10–15: El poeta se mueve de las alabanzas al novio a la descripción de la novia. La primera afirmación es para que olvide su pasado y aprecie la importancia y las virtudes de su futuro (v. 10). Ya no se conocerá por ser la hija de su padre, sino por ser la reina. Ahora tendrá una nueva identidad que le dará poder y reconocimiento público, particularmente de su tierra natal, Tiro, de donde vendrá la gente con regalos e implorarán sus favores (v. 12). Esa acción de desprendimiento familiar y humildad producirá que el rey reconozca su hermosura y la desee (v. 11).
La novia, también identificada como la «hija del rey» (v. 13), llegará a sus habitaciones con el esplendor de los vestidos y las prendas más hermosas. Los vestidos serán bordados, y sus prendas serán se oro fino (vv. 13–14). Su belleza motivará al resto de las doncellas del harem que le sigan y le admiren, y con alegría y gozo entrarán al palacio real. El salmista, en contraposición al autor del Cantar de los cantares, no destaca la belleza física ni los atributos personales de la novia, únicamente pone de manifiesto sus vestidos y las damas que le escoltan.
vv. 16–17: Las palabras finales del salmo están dedicadas al rey. El futuro del matrimonio es la procreación, y los hijos de esa unión—en este contexto, príncipes—pondrán el alto la memoria de sus padres.
Para la comunidad hebrea, las futuras generaciones tenían la responsabilidad de recordar a sus antepasados. El reconocimiento público y el aprecio general del novio y la novia se manifestará mediante la vida de sus hijos que les recordarán y afirmarán con sus acciones.
Aunque la lectura inicial de este salmo reconoce que se trata esencialmente de un poema de amor, que debe ser leído en la boda del rey de Israel, la iglesia cristiana y también la sinagoga han visto en sus líneas unas muy claras alusiones y mensajes mesiánicos. En la Epístola a los Hebreos se releen los vv. 6–7 y se hace una referencia directa y clara a Jesucristo (Heb 1:8–9). ¡El trono y reinado de Cristo supera los límites del tiempo! Además, el análisis piadoso del poema ha relacionado el amor del rey por la novia como un símbolo especial del amor de Cristo por su iglesia.


SALMO 46: «DIOS ES NUESTRO AMPARO Y FORTALEZA»

Este importante y popular salmo se relaciona temáticamente con los poemas que se conocen como los «Cánticos de Sión»—Sal 48; 76; 84; 87; 122—, en los cuales se alaba la gloria de la ciudad de Jerusalén—conocida poéticamente como Sión—, se destaca su esplendor como ciudad santa, y se le declara «ciudad de Dios» (v. 4), lugar donde vive y reina el Dios Altísimo en su santuario (vv. 4–5; Sal 48:1–3). El salmo es, además, una gran afirmación de fe, pues celebra las intervenciones protectoras y liberadoras de Dios en medio de las dificultades del pueblo. El mensaje fundamental del poema es el siguiente: El Señor es, en momentos de crisis y desesperanza, amparo, fortaleza, auxilio, refugio y fuente de esperanza y seguridad.
El tono general del salmo es en forma de himno, sin embargo, el poema carece de la exhortación inicial a la alabanza, que es característica de ese tipo de género literario en el Salterio (véase Introducción). Y aunque falta una declaración explícita y clara que aluda a Sión o a la ciudad de Jerusalén, esa relación se descubre de forma implícita con la referencia a la «ciudad de Dios» (v. 4). Algunos estudiosos indican, fundamentados en las imágenes y los mensajes que se exponen en el poema, que el salmo es más bien una oración personal de confianza y seguridad.
El salmo incluye los temas del caos primitivo (vv. 2–3) y del río (v. 4), que son comunes en las culturas del Oriente Medio, y que tradicionalmente se han asociado al antiguo dios El. Y como en los documentos descubiertos en la ciudad de Ugarit se indica que el trono de ese dios El estaba ubicado a la cabecera de dos ríos, es posible que el Salmo 46 se deba relacionar con el establecimiento del trono y del culto de David en la cuidad de Jerusalén.
Un importante antecedente hebreo de este salmo se puede encontrar en el Cántico del Mar (Ex 15:1–18), pues ambos poemas manifiestan temas en común: p.ej., la protección divina (Ex 15:2 y Sal 46:1, 7, 11); la autoridad de Dios sobre el caos de las aguas (Ex 15:4–5, 8, 10 y Sal 46:2–3); y la seguridad que produce de la morada divina (Ex 15:17 y Sal 46:4). Este salmo puede ubicarse literariamente en la transición entre los antiguos poemas hebreos y los posteriores Cánticos de Sión, posiblemente se desarrolló durante la monarquía de David, al hacer de la ciudad de Jerusalén el centro político y religioso de Israel. El autor es quizás un oficial del Templo, relacionado tanto con las tradiciones antiguas de la región como con las nuevas dinámicas introducidas en la administración del rey David.
Este salmo también puede estudiarse a la luz de la crisis que provocó el asedio de la ciudad de Jerusalén en el año 701 a.C. Los ejércitos sirios, liderados por el famoso general Senaquerib, esperaban la rendición del pueblo por la falta de agua. Sin embargo, Ezequías, rey de Judá, emprendió una obra extraordinaria de ingeniería, que le permitió superar la crisis y vencer al ejército de Siria: Construyó un túnel para llevar al interior de la ciudad las aguas que provenían de la fuente de Guijón, que estaba a las afueras de los muros de la ciudad, y llegaban a una gran cisterna, conocida como el estanque o piscina de Ezequías (2 R 19:20). Como los israelitas no se rindieron y se manifestó una plaga mortal sobre el ejército asirio, el general tuvo que desistir de sus planes invasores y regresarse a su país para salvar su vida y la de sus soldados (2 R 19:35). El pueblo atribuyó esa victoria a la misericordia divina. El Salmo 46 revela ese sentimiento de triunfo y esperanza.
Respecto al título hebreo del salmo, que lo relaciona «al músico principal» y a «los hijos de Coré», véase la Introducción, al igual que referente a la expresión «Salmo sobre Alamot», de significado incierto, que ha sido traducida en ocasiones como «voces de tono alto».
La estructura del salmo, que destaca el tema del refugio divino, se pone claramente de manifiesto en la identificación de los temas que expone, en la separación que introduce en el poema la palabra hebrea selah (vv. 3, 7, 11; véase la Introducción), y en la repetición del estribillo de seguridad y esperanza (vv. 7, 11).

• Refugio divino en medio de los cataclismos: vv. 1–3
• Refugio divino en medio de las naciones: vv. 4–7
• Refugio divino en medio de los poderes de la naturaleza y los pueblos: vv. 8–11

La estructura del poema revela ciertas peculiaridades literarias y teológicas que no deben ignorarse. La palabra fundamental del salmo es tierra, que se incluye en las tres secciones del poema (vv. 2, 6, 8, 9, 10). Las primeras dos secciones del salmo están íntimamente ligadas por el uso de los siguientes términos: auxilio (vv. 1, 5), remover y conmover (vv. 2, 5), y bramar (vv. 3, 6). Las dos secciones posteriores se relacionan con la afirmación del concepto de naciones (vv. 6, 10), que destaca el tema inicial del poema (v. 1). Y el salmo incluye un refrán (vv. 7, 11) que subraya el propósito teológico del poema: Dios es amparo, fortaleza, auxilio y refugio.
vv. 1–3: El salmo comienza presentando el tema de seguridad que lo caracteriza. La idea es que Dios es la fuente de esperanza del pueblo en momentos de crisis y tribulaciones. La afirmación de fe es contundente y clara: Aunque se manifieste el caos en la naturaleza, la humanidad y el mundo, el poeta permanecerá confiado en Dios. El Señor es la fortaleza del pueblo en momentos peligros, de adversidad y de caos universal.
La gran imagen literaria del poema es la de un gran terremoto que afecta la tierra, los montes y el mar. Aunque la tierra sea removida, los montes se traspasen a la mar, las aguas se turben y bramen, y los montes tiemblen, el salmista no desmayará ni desfallecerá pues confía en el Señor. Ante las amenazas formidables de la naturaleza, se presenta airoso el Dios de la creación, que es capaz de establecer el orden necesario para la convivencia adecuada.
Este lenguaje de los cataclismos que se utiliza en el salmo se incluye también en otras porciones bíblicas (Is 24:19–20; 54:10; Hag 2:6). El objetivo de estas imágenes es poner de manifiesto el poder del caos que atenta contra el orden divino y que se revela contra la creación de Dios. El orden que se manifiesta en la naturaleza es producto de la intervención creadora de Dios (Gen 1:1–2), que con su voz transformó la tierra, que estaba «desordenada y vacía», en un mundo natural que es capaz de sustentar la vida. La «creación» del pueblo de Israel (Ex 15:17) también es el producto de la acción de Dios en la historia, que no solo controla las aguas y detiene el caos sino que interviene en la historia para hacer valer su palabra y redimir a su pueblo.
vv. 4–7: En esta sección del salmo el tema del Dios creador que establece el orden y detiene el caos destructor, cede el paso a la idea de la ciudad de Dios. En esa ciudad, que es «santuario de las moradas del Altísimo», Dios está presente para protegerla de las calamidades y crisis que se originan en las naciones y los reinos. Aunque las dificultades se presenten como «terremotos» de naciones, no hay que temer, hay que mantener la calma y la seguridad. La cuidad de Dios no vacila ni se conmueve, pues la presencia divina le acompaña. En esa ciudad impera el bienestar y la prosperidad, y su mismo nombre lo revela y celebra: ¡El nombre «Jerusalén» significa ciudad de paz.
Como el Señor ha establecido su vivienda en esa ciudad ideal, los ríos la «alegran» (v. 4), que evoca imágenes de abundancia, fertilidad y prosperidad. La referencia a las corrientes también se relaciona con la presencia divina (Is 8:6; 33:21); y trae a la memoria al río que nacía en el jardín del Edén, que posteriormente se dividía en cuatro brazos (Gn 2:10). ¡Las corrientes de aguda dan vida a la ciudad! Y de acuerdo con el salmo, la ayuda divina llega al pueblo «al clarear la mañana» (v. 5), de una forma similar a la que los israelitas, al salir de las tierras de Egipto, fueron liberados de quienes les perseguían (Ex 14:27).
Las formas de referirse a Dios en el poema revelan niveles de sentido de gran importancia teológica y pastoral, y transmiten conceptos de significación extraordinaria. El nombre divino «Dios Altísimo» (v. 5)—en hebreo, El-Elyon—es posiblemente de origen cananeo, pues los jebuseos que vivían en Jerusalén ya adoraban al Señor con esa fórmula (Gen 14:18–24). La inclusión de «Jehová de los ejércitos» en el estribillo (vv. 7, 11) revela la idea militar del poeta: ¡El contexto es de guerra!, y el Señor es el comandante en jefe del las huestes. La frase «está con nosotros» evoca la teología del Emanuel (Is 7:14; 8:8, 10), pues la compañía del Señor es un elemento básico en la religión de Israel (Gen 21:20; 26:3, 24; Ex 3:12; Dt 31:6; Jos 1:5; 3:7; Jue 6:12; Sal 23:4; Am 5:14). Y la alusión al «Dios de Jacob» (vv. 7, 11), que es una manera poética de referirse al Dios del pueblo de Israel, pone de manifiesto la importancia del pacto y la alianza que el Señor ha hecho con su pueblo (Sal 20:1).
El estribillo o refrán del salmo (vv. 7, 11) asegura la presencia divina en medio de las realidades del pueblo de Israel. En la época de la conquista, los ejércitos eran los soldados, y en el período del exilio aluden a las estrellas y los astros del cielo. La idea del poema es subrayar que el Señor es como un castillo, como un alcázar, como una fortaleza impenetrable; y su presencia liberadora y restauradora se convierte en lugar de refugio y defensa contra los ataques de los enemigos.
vv. 8–11: La sección final del salmo invita a los lectores a contemplar las obras de Dios no solo en la ciudad de Dios, Jerusalén, sino en todo el mundo. La paz que se necesita en la humanidad es producto de la intervención divina de forma extraordinaria, que el poeta describe como «portentos» (v. 8), que son manifestaciones especiales de Dios que sobrepasan nuestros límites de comprensión.
El Dios de la paz finaliza con las guerras, al destruir los armamentos bélicos—p.ej., quiebra el arco, corta la lanza y quema los carros de fuego—(v. 9). Y el reconocimiento de esa intervención divina hace que los creyentes confíen en el Señor, reconozcan su capacidad transformadora y exalten a Dios en medio de la multitud de las naciones de la tierra.
El salmo finaliza con el estribillo ya estudiado (vv. 7, 11), que confirma la teología que se ha expuesto en todo el poema. El Dios de los ejércitos, que alude a las conquistas militares, y el de Jacob, que hace referencia al pacto, acompaña al pueblo para servirle de fuerza, refugio, seguridad, fortaleza, castillo y alcázar.
Este salmo sirvió de inspiración a Martín Lutero para escribir el himno «Castillo fuerte es nuestro Dios», que ha servido de apoyo a diversas generaciones de creyentes que deben enfrentar las mil y una adversidades en la vida. Tanto el salmo como el himno celebran la presencia divina en los problemas y afirman la confianza que se debe tener en Dios para superar las crisis. En el salmo, Dios interviene a través de la ciudad, y en el himno es mediante las manifestaciones salvadoras de Cristo.
El Dios del salmo interviene en la ciudad y es un aliado indispensable de su pueblo. En esa tradición teológica, Mateo presenta a Jesús de Nazaret como el Emanuel (Mt 1:23), que es una manera de poner de manifiesto nuevamente la importancia de la presencia divina en el pueblo. Jesús inspira confianza en los creyentes y es fuente de esperanza y seguridad en la humanidad: Venció al mundo (Jn 16:33), calmó las fuerzas de los vientos y las aguas (Mr 4:35–41), sanó a los enfermos (Mr 7:31–37), liberó a los endemoniados (Mr 5:1–20), respondió a las necesidades de la gente (Mt 15:21–28; Mr 7:24–30), es fuente de paz (Jn 20:21) e, inclusive, venció los poderes de la muerte (Mt 28:1–10; Mr 16:1–8; Jn 20:1–10).


SALMO 47: «DIOS, EL REY DE TODA LA TIERRA»

El Salmo 47 pertenece al grupo de poemas del Salterio que celebran a Dios como rey de Israel, de las naciones y del universo. Este particular grupo de poemas se conoce también como «Salmos de entronización» (Sal 47; 93; 96–99) y destaca la soberanía divina sobre toda la creación. En cuatro ocasiones el poema afirma directamente que el Señor es rey (vv. 2, 6, 7, 8), no solo del pueblo de Israel sino de toda la tierra (vv. 2, 7, 8).
El género literario o tipo de salmo de este poema es el himno, con el cual los «pueblos todos»—en una clara referencia a Israel y el resto de las naciones—son llamados a alabar y celebrar la monarquía divina. Y aunque el entorno inicial en el cual el salmo era utilizado se ha relacionado con alguno de los festivales anuales del pueblo—p.ej., el del Año Nuevo o el del Pacto—, es más probable que este tipo de poema era la culminación de una tradición antigua que comenzaba con himnos de victoria (Ex 15:1–18), proseguía con algún cántico general de triunfo (p.ej., Sal 29), y finalizaba con este tipo de alabanza al reinado del Señor. Posiblemente este salmo era utilizado para celebrar la ascensión de Dios a su trono, y para afirmar el poder divino sobre las naciones.
Este poema puede provenir de la época en que la nación de Israel, durante el reinado de David, comenzó a ser reconocida como un imperio en la constelación de pueblos del antiguo Oriente Medio. El autor debe haber sido un funcionario del reino que deseaba afirmar el poder divino luego de las victorias militares de los ejércitos israelitas. El título hebreo del salmo lo relaciona con el «músico principal» y con los «hijos de Coré» (véase la Introducción), y la expresión hebrea selah divide al salmo en sus dos secciones (véase la Introducción).
Este salmo presenta una estructura literaria bien definida y organizada, característica que revela que el poema fue importante en la historia y las fiestas del pueblo. La estructura es repetitiva y se puede dividir en dos secciones básicas:

• Llamado a la alabanza: v. 1
• Alabanza por las victorias divinas: vv. 2–5
• Llamado a la alabanza: v. 6
• Alabanza por la monarquía divina: vv. 7–10

La elaboración cuidadosa de la estructura literaria del salmo se pone de manifiesto, además, en varias particularidades estilísticas: al descubrir el uso de la expresión «porque» (vv. 2, 7) para introducir la razón de la alabanza; la incorporación de una declaración teológica final para concluir el poema (v. 10); los versículos que introducen las secciones de alabanzas (vv. 2, 7) utilizan de forma paralela las referencias a «rey» y «toda la tierra»; y la unidad del salmo se revela en el uso continuo de las palabras «pueblos» (vv. 1, 3, 9), «rey» (vv. 2, 6, 7, 8), y «tierra» (vv. 2, 7, 9). Esta estructura puede revelar también la presencia de una procesión litúrgica de dos filas: en la primera fila se invita a batir las manos y aclamar al Señor (v. 1); y en la segunda, se insta a tocar los instrumentos y cantar al Señor.
v. 1: El salmo comienza con un llamado a la alabanza al Señor, que es típico de las himnos. En este particular caso el reclamo del poeta no es al pueblo de Israel sino a los «pueblos», en una posible alusión a las naciones que han sido derrotadas en batalla (v. 3). En la antigüedad, cuando un pueblo era derrotado se convertía en vasallo no solo de los ejércitos triunfadores sino de sus divinidades. La victoria de Israel sobre sus enemigos les permitía expandir sus percepciones teológicas a otros pueblos, que es el caso de este salmo. Para el salmista, los pueblos conquistados debían reconocer el señorío y la soberanía de Dios, y el reinado y la monarquía del Señor.
«Batir las manos» es símbolo de gozo y regocijo (2 K 11:12; Sal 98:8). Y la expresión de aclamación inicial no se basa únicamente en el sentimiento de alegría y triunfo del pueblo, sino en la intensión de reconocer y afirmar públicamente al Dios que también es rey.
vv. 2–5: Luego del llamado a las alabanzas, se indican los motivos del reclamo. El Señor es «temible» (v. 2), es decir, inspira reconocimiento, temores y admiración (Sal 65:5). Además, la expresión «rey grande» (v. 2)—que era muy conocida entre los asirios para referirse a sus monarcas (2 R 18:19)—en Israel se atribuye únicamente al Dios de toda la tierra (Sal 24:1; Mal 1:14) y pone de manifiesto la idea del Señor que establece pactos con su pueblo. Esa misma expresión también recuerda los gritos con que se proclamaban a los reyes de Israel (2 R 9:13). Los aplausos, los toques de trompetas y las aclamaciones del pueblo formaban parte de los eventos relacionados con la entronización del rey (2 S 15:10; 1 R 1:39–40; 2 R 11:12).
En este contexto el salmista alude a Dios como Yahvé—o Jehová, en la versión Reina Valera—y como «Altísimo»—en hebreo, Elyon—. El uso de esta terminología es revelador, pues pone de manifiesto el poder divino a nivel nacional e internacional. «Altísimo» puede ser utilizado como adjetivo de calidad o como nombre propio para referirse al Señor (Dt 32:8). Su uso es de origen pre-israelita y subraya la idea del Dios supremo, que es más alto y poderoso que las demás divinidades. El salmista eliminó el contenido politeísta del término y lo aplicó al Señor, para destacar su poder y autoridad sobre los pueblos conquistados y sobre sus dioses.
Esa percepción en torno a Dios les hace entender que el Señor les dará la victoria sobre los pueblos y las naciones, que serán sometidas «bajo los pies» (v. 3) de los israelitas, que es una frase idiomática que destaca la naturaleza del triunfo del pueblo, describe la victoria total, la conquista definitiva. La expresión es posiblemente de origen muy antiguo, y se fundamenta en la imagen del ejército vencedor que ponía el pie sobre el cuello de los vencidos (Jos 10:24; Sal 8:6; 110:1).
Dios es quien da las «heredades» (v. 4), que es una referencia a la Tierra Prometida o Canaán (Sal 28:9; 105:11), pero que en este contexto también puede incluir a las naciones conquistadas. Jacob es una manera poética de referirse a Israel, y su hermosura es otra alusión a Canaán, aunque también puede relacionarse con el Monte Sión.
La palabra hebrea traducida por «subió», que puede significar ascender la cielo (Gen 17:22; 35:13; Jue 13:20), en este contexto alude a la llegada al Templo, que implicaba ascender al Monte Sión (Sal 24:3). La presencia divina era representada por el Arca del pacto (2 S 6:5, 16, 17) que era llevada en procesión al santuario. Sin embargo, como el Templo era la representación física de la morada de Dios, se convertía en lugar de encuentro divino y humano. El movimiento del Arca se llevaba a efecto en medio de las alabanzas, el júbilo, las aclamaciones y el sonido de las trompetas, que se utilizaban en ocasiones especiales—p.ej., las celebraciones del Año Nuevo (Lev 23:24; Num 29:1) y las coronaciones de los reyes (1 R 1:39; 2 R 9:13; 11:12).
v. 6: En este versículo comienza la segunda sección del salmo, que repite con cinco imperativos categóricos (vv. 6–7) el llamado a cantarle al Dios que es «nuestro rey». En esta ocasión, sin embargo, no se identifican las personas que son llamadas a la alabanza. Presumiblemente el salmista se dirige a los cantores y músicos del Templo, pero tiene en mente tanto a las naciones conquistadas como al pueblo de Israel, llamado en esta sección «pueblo del Dios de Abraham» (v. 10). El poema en esta sección expande los temas expuestos en su primera parte.
vv. 7–9: Como «Dios es el rey de toda la tierra», hay que alabarlo con inteligencia, con maestría o profesionalidad, que pone de manifiesto la idea de la alabanza a Dios de forma educada, organizaba y ejecutada por personas preparadas para llevar a efecto esa encomienda. El rey de Israel no solo gobierna sobre su pueblo sino sobre las naciones, que es una manera de poner de manifiesto la universalidad del Dios que no está cautivo en las fronteras de Israel, sino que su poder sobrepasa los límites nacionales para manifestar su autoridad sobre toda la tierra.
La referencia del salmo al «santo trono» de Dios (v. 8) es única en el Antiguo Testamento. Es posible que en este contexto el trono sea una alusión al Arca del pacto. Sin embargo, otros pasajes presentan el trono divino asociado a los querubines (Sal 18:10), a Jerusalén (Jer 3:16–17) o a los cielos (1 R 22:19; 2 Cr 18:18; Sal 103:19; Is 66:1). Y la referencia a la unión de los príncipes de los pueblos con el pueblo del Dios de Abraham, alude al cumplimiento de las antiguas promesas divinas (Gn 12:3; 17:6; 35:11; y véase también, Is 2:2–5; Miq 4:1–4; Mt 8:11). La frase «los escudos de la tierra» (v. 10) se refiere a los príncipes de las naciones.
Es posible que en ocasiones representantes de las naciones vecinas de Israel presenciaran los festivales nacionales y formaran parte de los actos litúrgicos. También es probable que el salmo aluda a los pueblos conquistados que deben reconocer, al ser vencidos, el poder del Dios de Israel sobre sus dioses.
El salmo finaliza con una profesión de fe intensa: ¡El Señor es muy enaltecido! La palabra traducida por «enaltecido» (v. 10) puede evocar la referencia al Dios «Altísimo» (v. 4) y aludir al Dios que «subió» con júbilo (v. 5). Culmina el poema con una declaración de seguridad, con una expresión de triunfo, con una manifestación de confianza. Es enaltecido, alabado y reconocido el Dios que le brinda el triunfo al pueblo sobre sus enemigos. El poema termina con el reconocimiento público del Dios que es rey sobre toda la tierra.
Las lecturas judías y cristianas de este salmo han expandido sus posibilidades de interpretación. En las sinagogas se relacionó la referencia al sonido de las trompetas (v. 5) con las celebraciones de Año Nuevo, particularmente durante el Rosh ha-Shanah; y la referencia a la subida divina (v. 5) del salmo le permitió a los primeros cristianos utilizar el poema como una de las lecturas para afirmar la Ascensión del Señor.
Los salmos del reinado del Señor, y específicamente los que se relacionan a su representante el mesías, son el trasfondo teológico y escritural de las enseñanzas de Jesús sobre el Reino de Dios. A través del ministerio de Jesús de Nazaret, ese reinado de Dios en la historia se acerca, llega y está presente, y la humanidad está llamada a reconocerlo, recibirlo y entrar en él.
Aunque el tema del Reino de Dios es muy importante en el mensaje del predicador palestino, es raro que el Nuevo Testamento le atribuya al Señor este título real. Solo en momentos extraordinarios se indica que Jesús es rey (véase, p.ej., Mt 2:2; 21:5; 27:37–42; Lc 23:3; Jn 18:37), y únicamente después de la resurrección (1 Tim 6:16) o de la parusía (Ap 19:16) se le atribuye el título de «Rey de reyes». En el libro de Apocalipsis de utilizan las imágenes del Salmo 47 para afirmar la importancia del trono divino (Ap 4:9; 19:6), pues estar «sentado en el trono» (4:10; 5:1, 7, 13; 6:16; 7:10), en efecto, equivale a un título cristológico.
La realeza de Dios, desde la perspectiva cristiana, pone de manifiesto su universalidad, su capacidad y deseo de revelar su gloria y justicia a todos los pueblos, su compromiso con las personas en necesidad sin tomar en cuenta sus realidades nacionales, étnicas, lingüísticas, sociales, políticas e ideológicas.


SALMO 48: «HERMOSURA Y GLORIA DE SIÓN»

El Salmo 48 es otro de los «Cánticos de Sión» (véase Sal 46; 76; 84; 87; 122), que debía ser cantado cuando el pueblo de Israel, en sus peregrinaciones anuales, «subía» al Templo de Jerusalén, que estaba ubicado en el punto más alto de la ciudad. Con motivo de las grandes fiestas nacionales, las peregrinaciones al Templo formaban parte de las celebraciones anuales del pueblo (Ex 23:14–19; Dt 16:1–17). En este salmo se exalta el poderío divino que brinda seguridad y protección a la ciudad de Jerusalén, que es considerada «santa» por el salmista. El mensaje básico del poema es que gracias al Templo, que es la morada del Dios digno de ser alabado, la ciudad de Jerusalén no cae en las manos de los enemigos.
Este poema está compuesto en forma de himno, y es parte de los salmos que se dedican a Sión como ciudad santa y protegida del Señor. Una lectura cuidadosa del poema revela, sin embargo, que el reconocimiento real y la alabanza verdadera no es a la ciudad de Jerusalén, sino al Dios que cuida la ciudad y le brinda seguridad y protección. Posiblemente el salmo se cantaba cuando los peregrinos llegaban al Monte de Sión, antes de llegar al Templo, y comenzaban los preparativos de alabanzas y se elevaban sus oraciones, previo a la entrada al santuario.
El contexto emocional del autor del salmo, y también el de los peregrinos que lo entonaban, es la alegría de llegar nuevamente al Templo y reconocer que Dios había salvado a la ciudad de un peligro inminente. Tanto la ciudad como el Templo representaban la identidad nacional para el pueblo de Israel. Posiblemente el salmo fue redactado tarde durante el período de la monarquía. El título hebreo del salmo lo identifica como un «cántico» y como uno de los «salmos de los hijos de Coré» (véase Introducción).
La estructura literaria del salmo no es compleja:

• La ciudad del gran rey: vv. 1–3
• Dios y sus enemigos: vv. 4–7
• Alabanzas a Dios: vv. 8–11
• La procesión: vv. 12–14

vv. 1–3: El salmo comienza con una gran afirmación teológica: ¡El Señor es grande y digno de ser enaltecido! Y prosigue con una descripción poética de Jerusalén, que se identifica como «ciudad de nuestro Dios», «monte santo», «hermosa provincia», «gozo de toda la tierra», «monte de Sión» y «ciudad del gran rey». La importancia de la ciudad se relaciona fundamentalmente con la presencia divina, y el salmista, al reconocer esa realidad, alaba al Señor que mora en Sión.
La frase hebrea traducida como «hermosa provincia» expresa de forma superlativa la belleza y grandeza de la ciudad, pues para el salmista es el lugar donde el cielo y la tierra se unen. El «gozo de toda la tierra» es una frase proverbial que enfatiza la importancia de la ciudad ante los ojos del poeta.
La referencia a «los lados del norte» no es únicamente geográfica sino metafórica. De acuerdo con las creencias antiguas de los cananeos, «en el norte» se encontraba ubicada la cima de los montañas donde se reunía su panteón (Is 14:13). Y para los ciudadanos de Ugarit, Safón era el monte donde residía el dios Baal-Hadad. Para el salmista, sin embargo, el Dios verdadero no habita en esas montañas lejanas, utópicas y mitológicas, pues reside en el monte de Sión, que es su verdadera morada y su «monte santo».
El Dios del salmista se pasea por sus palacios y se presenta ante su pueblo como un refugio, como un castillo que protege a sus moradores. Es un guerrero que cuida su ciudad. La verdadera seguridad de Jerusalén no la brindan sus murallas sino la presencia divina que actúa como protección constante.
vv. 4–7: La segunda sección del poema presenta el conflicto entre y los ejércitos enemigos que han llegado para atacarla y vencerla. Según el salmista, la derrota que recibieron fue total y absoluta. Se maravillaron, se turbaron y huyeron ante la intervención salvadora de Dios. El temor produjo dolores como de parto, símbolos de agonía y pánico (Is 13:8; 21:3; Jer 4:31; 6:24). El miedo que se apoderó de los enemigos de Jerusalén fue como el viento Solano o destructor, que sopla desde el desierto con altas temperaturas y destruye hasta las naves de Tarsis, que eran las más fuertes, las que podían navegar en alta mar. La imagen es poderosa pues los vientos proceden del extremo este y llegan hasta el oeste del mundo conocido.
La ubicación de Tarsis no se ha determinado con precisión. Algunos textos parecen ubicar el lugar en Arabia, la India o las costas de África (1 R 10:22; 22:48); otros pasajes sugieren alguna localización en las costas del Mar Mediterráneo (Jon 1:3); inclusive, algunos estudiosos piensan que se trata de Tarseo, en la Península Ibérica, que en la antigüedad era considerada como uno de los puntos más distantes de la tierra.
Esta estrofa relaciona «la ciudad de nuestro Dios» con la «ciudad del Señor de los ejércitos» (v. 8), que es una manera de enfatizar el poder militar que el Señor utiliza para proteger a Sión. ¡Dios mismo será quien cuide y proteja la ciudad!
vv. 8–11: El poema prosigue con las afirmaciones de los peregrinos que llegan a la ciudad para participar de las fiestas. Indican que solo habían oído de la capacidad de protección divina, pero que ahora habían constatado y disfrutado ese poder redentor del Señor. Se acordaron de la misericordia divina en el Templo, pues la misma edificación es un testimonio de las hazañas de Dios a través de la historia del pueblo.
Como el nombre de Dios, que representa su reputación, esencia y presencia, así llega el poder y la justicia del Señor hasta los confines de la tierra, que es una forma de aludir a la universalidad de Dios. La intervención liberadora de la justicia divina producirá alegría y gozo en la ciudad de Jerusalén, y también en «las hijas de Judá», que constituyen el paralelo poético de Sión (v. 11).
vv. 12–14: En la última sección del poema los sacerdotes hacen una especie de invitación a los peregrinos, antes de regresar a sus ciudades, a disfrutar la presencia divina en la ciudad y a memorizar la imagen de protección y seguridad que se pone de manifiesto en sus recintos santos. Se les pide a los visitantes que caminen libremente por la ciudad, se les insta a observar sus torres, muros y palacios, para que puedan contar a las futuras generaciones, y a quienes no habían visitado la ciudad aún, la protección que el Señor le brinda a la ciudad de Jerusalén. La ciudad misma es testigo de un Dios protector y guía, y cuya acción liberadora y justa sobrepasa los niveles de la vida.
La referencia a que el Señor nos guía «aún más allá de la muerte» (v. 14) puede ser una alusión a la gran batalla mitológica entre el dios cananeo Baal y su enemigo, Mot, el dios de la muerte. El salmista afirma de esta forma, utilizando una imagen antigua conocida tanto en Canaán como en Israel, que el Dios bíblico ayuda a su pueblo aún en los más grandes y complejos conflictos de la existencia humana.
En este salmo Dios recibe varios títulos y apelativos de importancia:

• Nuestro Dios (vv. 1, 8, 14), que pone de manifiesto su relación íntima con su pueblo, Israel.
• Gran rey (v. 2), que alude al que defiende la ciudad y la protege.
• Refugio (v. 3), que enfatiza la seguridad y la protección.
• Señor de los ejércitos (v. 8), que pone de relieve la capacidad divina de combatir para implantar la justicia.
• El que guía al pueblo más allá de la muerte (v. 14), que destaca la presencia divina aún en los momentos más difíciles de la vida.
• El que afirma la ciudad para siempre (v. 7), es decir, el que la estableció y procura su bienestar y futuro.

La lectura cristiana de este salmo toma con mucha cautela la teología de la ciudad que será protegida para siempre. Aunque el salmo es producto de la gratitud de los ciudadanos que reconocen y agradecen las intervenciones salvadoras de Dios en la historia, debemos estar consientes que llegó el momento cuando la ciudad fue saqueada y el Templo destruido—p.ej., 587 a.C., con el triunfo de los ejércitos de Babilonia y el comienzo del exilio—. La fe no puede estar nunca fundamentada en que no nos llegarán los males que tememos, sino en la presencia divina aún en medio de esas dificultades.
Las amenazas de destrucción del Templo no detuvieron ni amilanaron a Jesús, que prosiguió su ministerio entendiendo que el Señor es más importante que el santuario y la ciudad de Jerusalén. Inclusive, lloró por la Jerusalén que no reconoció la visita de Dios (Lc 19:41–44), y que mataba a los profetas y apedreaba a los mensajeros de Dios (Lc 13:34). De acuerdo con el evangelista Juan, el nuevo templo, en el cual que se producen los encuentros redentores y transformadores entre Cristo y la humanidad es el cuerpo de Jesús (Jn 1:14) y el de toda persona que sigue sus mandamientos (Jn 14:23). El apóstol Pablo continuó esa tendencia teológica al afirmar que el cuerpo de cada persona es templo del Espíritu Santo (1 Co 6:19).


SALMO 49: «LA INSENSATEZ DE CONFIAR EN LAS RIQUEZAS»

El Salmo 49 es uno sapiencial o didáctico que trata nuevamente el tema general de la retribución (véase Sal 37). El objetivo primordial del poema es explorar la afirmación en torno a que todos los seres humanos son iguales ante la muerte; y añade, además, la convicción de que las personas ricas no pueden, aunque intenten, llevarse a la tumba las riquezas que han acumulado durante la vida. A diferencia de otros salmos sapienciales o didácticos, en este poema no se articulan los grandes temas que afectan adversamente la moral humana, sino que se expone un solo asunto: La muerte en el contexto de la abundancia y la escasez. La finalidad de los salmos de sabiduría es orientar al pueblo en torno al sentido verdadero de la vida; también presentan duras críticas a los falsos valores que traen desgracias y dolores a la humanidad.
El estudio sistemático y profundo de la literatura sapiencial en la Biblia ha descubierto dos formas básicas de comunicación. El primer tipo de comunicación, articula la sabiduría y los temas discutidos de forma educativa, pedagógica y didáctica; el mejor ejemplo de este tipo de literatura sapiencial es el libro de los Proverbios. La segunda forma de comunicación de la literatura de sabiduría es la que articula el mensaje de forma más teórica, en la cual se exploran los temas intelectuales, filosóficos y teológicos, desde una perspectiva concreta, ética y moral; los mejores ejemplos de estas formas de comunicación se encuentran en los libros de Job y Eclesiastés.
El Salmo 49—que se escribe en el espíritu de Job 21:7–15, en donde se analiza un tema similar referente a la prosperidad de los ricos y la desgracia de los pobres—está en la segunda tradición literaria, que es más académica, especulativa, teórica y filosófica. Nuestro salmo se distingue de ella en que, en vez de explorar varios temas en el mismo poema, explora solamente un asunto. Además, el propósito de salmo es pedagógico, aunque un buen contexto para el tema del salmo pudo haber sido el diálogo de una persona sabia con alguien preocupado por el tema de la muerte y sus implicaciones éticas. Inclusive, es posible que este tipo de salmo no haya tenido un contexto litúrgico inicial en el antiguo Israel, sino el entorno de una conversación franca y esclarecedora. La persona con el dilema moral se acerca al sabio, para recibir lo que en el día de hoy conoceríamos como «una sesión de consejería». La respuesta del salmista al complejo y serio dilema del rico que prospera es la siguiente: ¡La vida que sigue los preceptos divinos es superior a la que posee riquezas sin sentido de futuro ni esperanza!
Por la naturaleza de los temas expuestos, se piensa que éste posiblemente fue uno de los últimos salmos en redactarse en la época postexílica. El autor del poema debió ser parte del liderato religioso de la época, que estaba preocupado por los temas éticos y por la comprensión de las dificultades morales de la vida. El título hebreo del salmo lo relaciona con el «músico principal» y con «los hijos de Coré», además, el poema se divide temáticamente en dos ocasiones por la palabra hebrea selah (respecto a estos asuntos, véase la Introducción).
La estructura literaria y temática del salmo es la siguiente:

• Introducción al tema de la sabiduría: vv. 1–4
• Las limitaciones de las riquezas: vv. 5–12
• Los dos destinos finales: vv. 13–20

vv. 1–4: El salmista se presenta como una persona que ha descubierto el secreto de la vida que produce felicidad y dicha. Y fundamentado en esa importante convicción genera un carácter internacional, pues convoca a «todos los pueblos» y a los «habitantes del mundo» (v. 1) a escuchar la sabiduría de sus consejos y reflexiones. El propósito de la llamada del poeta es captar la atención de la comunidad, sin distinción de clases sociales o niveles económicos, para compartir la sabiduría que se expresa con inteligencia y capacidad.
El mensaje que el salmista se presta a anunciar es universal e inclusivo, y se describe como un «proverbio» o un «enigma» (v. 4). Los proverbios o refranes didácticos son expresiones espontáneas de la sabiduría popular. Son esencialmente dichos breves, sentencias o máximas, que se articulan de manera poética, se basan en la observación de la existencia humana y sirven de orientación práctica para la vida. La palabra hebrea traducida generalmente por «proverbio», puede significar también «alegoría» (Ez 17:2; 20:49), «poema» (Num 21, 27; Sal 78:2), «instrucción» (Pr 10:1) y «oráculo» (Num 23:7).
La música en la antigüedad era utilizada en ocasiones para inducir algún tipo de estado de éxtasis profético (1 S 10:5; 2 R 3:5). Mediante la música, el profeta recibía el mensaje de Dios que posteriormente transmitía al pueblo. La frase «declararé con el arpa mi enigma» (v. 4) alude a esa antigua forma de recepción y comunicación de las enseñanzas de sabiduría que el salmista se propone presentarle al pueblo. La palabra hebrea traducida aquí por «enigma», puede verterse en castellano como «acertijo» (Jue 14:12), «parábola», e inclusive como «alegoría» (Ez 17:2) o «pregunta difícil» (1 R 10:1). El mayor enigma de la existencia humana es la relación compleja, y a veces contradictoria, entre la vida y la muerte. Y aunque esos enigmas son muy difíciles de descifrar, el salmista articula en su poema sus reflexiones personales en torno al tema, que entiende provienen de Dios.
vv. 5–11: Luego de la introducción general del tema que espera dirimir, el salmista introduce la pregunta que ocupa su preocupación fundamental y prioritaria, y guía sus reflexiones: «¿Por qué temer en los días de adversidad, cuando la iniquidad de mis opresores me rodee?» (v. 5). En efecto, en momentos de dificultad extrema, especialmente cuando la muerte amenaza, los temores relacionados con los enemigos poderosos adquieren nueva dimensión. El salmista finaliza su reflexión con un estribillo que revela el corazón del mensaje: ¡Los seres humanos no son eternos y su fin es la muerte como el resto de los animales! (vv. 12, 20).
El mensaje del salmista es claro y directo: ¡La gente de bien no le teme a las personas malvadas y opresoras, ni se atemoriza en los días de adversidad y angustia! La humanidad toda está sujeta a las mismas leyes de la vida y la muerte. Y aunque las personas que utilizan el poder económico y político para la opresión y la maldad confían en sus bienes y se jactan de sus riquezas, no pueden «redimir a su hermano ni pagar a Dios rescate» (v. 7). ¡Las muchas riquezas no pueden pagar el rescate de una vida, que tiene un muy alto precio! (v. 8). Y aunque el objetivo que tienen es «comprar» una forma de existencia que le permita vivir «para siempre, sin jamás ver corrupción» (v. 9)—es decir, ¡desean adquirir la vida eterna mediante la inversión de sus recursos económicos!—, el fin de sus días es similar al del resto de las personas y los animales. La gente rica y opresora muere de la misma forma que las personas sabias, insensatas y necias. ¡En lo íntimo de sus pensamientos las personas que tienen riquezas desean preservar sus recursos económicos y mantener el poder a través de las generaciones! Sin embargo, las leyes naturales de la vida no se los permiten.
El mensaje del salmista es el siguiente: Ante la muerte todos los seres humanos son iguales. Las personas ricas no son más fuertes por sus recursos económicos, ni la gente pobre es inferior por la carencia de bienes. Todos los seres humanos llegan igualmente a la muerte y al sepulcro, aunque la gente rica haya tratado de preservar su memoria, prestigio y poder por haber dado nombre a terrenos y países.
El mensaje del salmista presupone la imagen del rescate, que en una sociedad que acepta y propicia la esclavitud es muy importante. En ese mundo, una persona compra a un esclavo, que se convierte en propiedad de quien lo adquirió. Sin embargo, aunque en la vida fue esclavo al umbral de la muerte está al mismo nivel de su amo. ¡No existen los recursos económicos para rescatar a alguien de la muerte!
vv. 12, 20: El estribillo del salmo, que presenta alguna variación, revela la enseñanza del poema: ¡La gente no siempre gozará los honores de la vida! ¡Las personas son semejantes a las bestias del campo que perecen! El mensaje es de reconocimiento de humildad. Los honores no son eternos, y desconocer esa realidad de la vida lo que hace es complicar la existencia.
vv. 13–19: En esta sección del salmo se retoman los temas que se exponen en la primera parte del poema. En esta ocasión, sin embargo, es la imagen de la muerte la que se pone de manifiesto. Como si fuera un pastor que conduce a sus rebaños a lugares tranquilos y seguros, la muerte lleva a los opresores y ricos a la tumba y al seol (v. 14).
Sin embargo, el salmista no se siente como oveja que es llevada cautiva al matadero, sino como una persona segura y esperanzada, que confía en el Señor, que le «redimirá del poder del seol» (v. 15). El poeta afirma que llegará el momento cuando la gente recta se enseñoreará de los opresores que tienen su morada en la muerte. Dios mismo tomará al salmista, que es una persona sabia e inteligente, para revelerle los grandes secretos de la vida.
La enseñanza del salmo es de gran importancia para la humanidad: No se debe temer cuando alguien se enriquece y aumenta la gloria de su casa, pues cuando muera no podrá llevarse nada consigo. Mientras viva puede disfrutar las dichas y el reconocimiento que le proveen sus recursos, pero cuando llega la hora de la muerte, cuando entre a la «generación de sus padres» y no vea más luz (v. 19), no podrá llevarse los honores y las glorias que ha adquirido en la vida. En el corazón de esta enseñanza está la idea de la resurrección de las personas sabias, pues el Señor redimirá la vida del salmista y el Señor lo tomará consigo (v. 15).
La lectura cristiana de este salmo pone en perspectiva la gran enseñanza de la literatura sapiencial, que el principio y fundamento de la verdadera sabiduría es el temor y la reverencia al Señor (Pr 1:7). Desde esta perspectiva, se ponen de manifiesto dos mensajes prioritarios para los creyentes: No se debe temer en momentos de adversidad y conflictos de la vida (v. 5), ni se debe pensar que los recursos económicos brindan alguna ventaja al momento final de la vida (vv. 7–9). La confianza del salmista se fundamenta en la convicción de que Dios redimirá finalmente su vida del poder de la muerte (v. 15). Esa seguridad le brinda sentido de dirección en la vida y le provee propósito para la existencia.
La esperanza del salmista sobrepasa los límites de la vida y la muerte. Y fundamentados en esa convicción los escritores del Nuevo Testamento desarrollaron la doctrina de la resurrección. La muerte no tiene la última palabra en la existencia humana, pues basados en la vida, el ministerio, la pasión, el mensaje, la muerte y la resurrección Jesús de Nazaret, la iglesia afirma con seguridad una nueva dimensión escatológica de la vida, la resurrección de los muertos (1 Co 15:1–58).
El tema de las riquezas y la pobreza es también de gran importancia evangélica. En primer lugar, fundamentado en la convicción de que donde está el corazón también están las riquezas, el Señor instó a sus seguidores a hacer tesoros en el cielo donde no se dañan con la polilla ni el moho, ni donde lo pueden hurtar los ladrones; y posteriormente añadió: «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6:19–21, 24), que era una manera de rechazar la confianza que pueden depositar las personas en las riquezas, en contraposición a la seguridad que proviene del Señor. Ese fue posiblemente el contexto ideológico para la afirmación: «¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!» (Mr 10:23).


SALMO 50: «DIOS JUZGARÁ AL MUNDO»

El Salmo 50 es un poema de denuncia profética. Incluye una serie de reprensiones de Dios al pueblo por haber sido infiel al pacto y muestra las características básicas de la verdadera adoración al Señor. El estilo del poema, que emplea un lenguaje rudo, revela las denuncias tradicionales y las exhortaciones características de la literatura profética. El salmo organiza sus temas en forma de juicio, e incluye en el desarrollo de sus ideas al juez, los oyentes, los testigos, el acusado y la acusación. El propósito del autor es poner claramente de manifiesto que Dios es el juez de la tierra, particularmente de su pueblo.
Este salmo se dispone literariamente en forma de liturgia, y se puede relacionar con las ceremonias de renovación del pacto o alianza en el antiguo Israel. La naturaleza profética del poema se pone claramente en evidencia al descubrir que algunas porciones mayores del salmo se presentan como oráculos o palabras divinas, que presumiblemente algún profeta del culto articulaba (vv. 5, 7–15, 16b–23). Y aunque es muy difícil precisar el entorno preciso de la celebración, posiblemente la referencia a Sión (v. 2) lo relacione con las ceremonias que se llevaban a efecto en el Templo de Jerusalén, y el uso de nombres divinos antiguos—p.ej., El Elohim (traducido como superlativo, «Dios de dioses», v. 1) y Elyon (traducido como «Altísimo», v. 14)—lo identifique como un salmo que proviene posiblemente del inicio del período monárquico en Israel. Estas peculiaridades literarias pueden ser buenos indicadores que este salmo era parte de las liturgias que se llevaban a efecto durante la Fiesta de los Tabernáculos (Dt 31:10–11). El autor debe haber sido un profeta del culto que se convirtió en el portavoz de grupos populares que se sentían marginados y oprimidos. Respecto al título hebreo del salmo, que lo identifica como un «salmo de Asaf», y la referencia a selah (v. 6), véase la Introducción.
La estructura literaria del salmo revela tres partes básicas:

• Apertura del juicio: vv. 1–6
• El significado verdadero de los sacrificios: vv. 7–15
• El significado verdadero de la Ley: vv. 16–23

vv. 1–6: El salmo comienza con una especie de introducción hímnica, en la cual los nombres del Señor juegan un papel prominente: Dios de dioses (v. 1), Yahvé—traducido en Reina-Valera como «Jehová»—(v. 1), nuestro Dios (v. 3), Dios es el juez (v. 6). Al comienzo del poema se pone de manifiesto de forma inequívoca que el Señor es juez, que se relaciona con la antigua ciudad de Jerusalén, que alude al éxodo y que recuerda el pacto con su pueblo en el Sinaí. La expresión «Dios de dioses» (v. 1) es una forma hebrea que expresa el superlativo; no se debe utilizar esta frase para afirmar o para negar la existencia de otras divinidades antiguas.
En la apertura solemne del juicio, el Señor—que en este proceso legal a la vez es Dios y juez—llama a tres testigos. En primer lugar, se convoca desde Sión (v. 2)—o desde la ciudad de Jerusalén, que es la morada divina—, a toda la tierra: desde «donde nace el sol hasta donde se pone» (v. 1); también se llama a «los cielos y la tierra», para aludir al pacto en el Sinaí (v. 4); y finalmente se requiere la presencia de los «santos» de Dios, «los que hicieron pacto con sacrificios» (v. 5), en una clara referencia a su pueblo (Ex 24:5–8), que serán las personas juzgadas.
En ese entorno legal se afirma claramente que los cielos declaran la justicia divina, pues el Señor es juez (v. 6). El lenguaje que el poema utiliza (vv. 2–3) evoca las revelaciones divinas en el Sinaí, donde se estableció la alianza y pacto de Dios con el pueblo, y donde se recibió la Ley (Ex 19:16–19). A la vez, ese lenguaje también se asocia con el amanecer, cuando los rayos del sol irrumpen en la tierra y pueden hacer recordar la revelación en el Monte de Sinaí.
La función de los cielos y la tierra en el salmo se puede aclarar al analizar los temas y la estructura literaria del «Cántico de Moisés» (Dt 32:1): En las celebraciones litúrgicas regulares de los israelitas, los cielos y la tierra se ponían de testigos silentes del pacto que se había llevado a efecto entre el Señor y el pueblo de Israel. Las imágenes del fuego consumidor y las tempestades poderosas (v. 3) en muchas ocasiones se relacionan en la Biblia con teofanías especiales, con revelaciones extraordinarias de Dios en medio de la humanidad. Con esas imágenes el poeta evoca la teología del pacto, y alude a la fidelidad que se reclama del pueblo.
El salmista hace una convocación solemne para presenciar el juicio del pueblo de Dios (v. 4); el poeta llama a los diversos sectores cósmicos a ser parte del proceso legal contra la comunidad que selló un pacto de fidelidad con el Señor. ¡Dios mismo juzgará al pueblo por sus acciones!
vv. 7–15: En las dos secciones que prosiguen (vv. 7–15, 16–23) se presenta una serie intensa de acusaciones contra el pueblo. ¡Es el Señor mismo quien se levanta a testificar contra su pueblo! ¡El Dios del pacto se dispone a presentar las acusaciones! Se subraya la urgencia del proceso legal con las palabras «oye» y «escucha» (v. 7), y se revela el conocimiento pleno de las acusaciones, pues el juez interpela a los acusados como «pueblo mío», «Dios tuyo», «testificaré contra ti» (v. 7).
La primera serie de acusaciones Dios muestra su profundo descontento. Ese sentimiento divino no se fundamenta en los sacrificios propiamente dichos, ni en las celebraciones cúlticas en el Templo. Los sacrificios, los holocaustos, los becerros y los machos cabríos (vv. 8–9) son símbolos de la fe del pueblo que tienen importancia religiosa y pueden formar parte de las ceremonias litúrgicas que se llevan a efecto de forma adecuada.
La preocupación del Dios del pacto no se relaciona con las dinámicas externas de las celebraciones, sino con sus implicaciones internas, éticas, personales y emocionales. El poeta está seriamente preocupado con los «sacrificios de alabanza» (v. 14), con el «pagar los votos al Altísimo» (v. 14) y con «invocarle en el día de la angustia» (v. 15). La crítica del poeta, que se ha convertido en la voz de quienes no tienen voz, se relaciona con el corazón mismo de la experiencia religiosa. Dios no tiene necesidad de todo el sistema de sacrificios, ni el Señor no está cautivo en las ceremonias religiosas.
La expresión «sacrificios de alabanzas o de acción de gracias» es de difícil comprensión. En primer lugar, puede referirse a las ofrendas de acciones de gracias que se llevaban al altar de manera común o compartida (Lv 7:12; 22:29; Am 4:5); o también la expresión puede aludir a algún himno de gratitud y alabanzas que se entonaba a Dios (Sal 26:7; 42:4; 69:30). El punto que desea afirmar al salmista es que Dios no se come lo que se presenta en los sacrificios, pero esos sacrificios pueden ser buenos vehículos de comunicación de un sentimiento religioso noble y grato.
«Pagar los votos al Altísimo» se relaciona con las ideas de fidelidad, lealtad y responsabilidad. Y la referencia a «invocar al Señor el día de la angustia» (v. 15) pone de manifiesto la importancia de confiar y esperar en la intervención divina en el momento oportuno. El resultado de esa actitud de alabanza, lealtad y confianza es la liberación humana y la honra divina. Como resultado de la libración que ha recibido, el ser humano honra al Señor.
vv. 16–23: La tercera sección del salmo presenta el segundo ciclo de acusaciones. En esta oportunidad, sin embargo, las críticas son más específicas, los reproches son más intensos, las acusaciones son más concretas. Dios está muy indignado, y revela de forma clara por qué presenta este pleito legal contra su pueblo: Las relaciones sociales del pueblo se han corrompido, las manifestaciones de solidaridad se han esfumado, el respeto a la familia se ha perdido.
Dios mismo se dirige a la persona malvada para acusarles de una serie extensa de acciones impropias e inadecuadas: Hipocresía respecto a las leyes e incumplimiento del pacto (v. 16); rechazo a la corrección y desobediencia (v. 17); robos y adulterios (v. 8); mentiras (v. 19); y calumnias (v. 20). No se cumplen varios de los Diez mandamientos, particularmente los que se relacionan con el prójimo, los que organizan las dinámicas sociales de la comunidad: P.ej., hay violación de las leyes de propiedad—¡robos!—, se ha ofendido la integridad familiar y matrimonial—¡adulterios!—, y se ha roto con el fundamento de la fraternidad—¡calumnias y falsos testimonios!—. La crítica divina no se relaciona con las dinámicas y mecánicas de los sacrificios, sino con el cumplimiento de las leyes que ponen de manifiesto unas relaciones interpersonales justas.
La palabra final del salmo es de amonestación intensa, que puede revelar un deseo de conversión y arrepentimiento. Para la gente que se olvida de Dios, que es una referencia a las personas descritas como malvadas en la sección anterior (vv. 16–21), le aguarda la destrucción divina fulminante y final (v. 22). Sin embargo, a las personas que ofrecen sacrificios de alabanzas al Señor, que es una forma poética de referirse a la lealtad y la fidelidad al pacto, recibirán la salvación que proviene del Señor (v. 23).
La respuesta cristiana a la teología de este salmo se relaciona con el testimonio de los profetas. Este salmo es una respuesta profética a las dinámicas religiosas que divorcian la experiencia religiosa en el culto de sus manifestaciones concretas en la comunidad. La crítica profética del salmo no es necesariamente al sistema de sacrificios, sino a la actitud impropia de separar las actividades religiosas de sus consecuencias morales. La experiencia religiosa saludable es la que participa de los símbolos de la fe y afirma las implicaciones éticas que se desprenden de sus enseñanzas. Para que el culto tenga pertinencia y significación adecuada, debe celebrar la afirmación de la justicia y los valores de la fe en los diversos órdenes de la vida; de otro modo, se convierte en una serie de ritos que carecen de repercusiones reales en la vida de la gente que adora.
Esa teología de continuidad entre el culto y la vida la vemos ejemplificada en la vida de Jesús de Nazaret, que no solo cumplió con las tradiciones religiosas de su pueblo sino que las atemperó a las necesidades reales de la comunidad. En efecto, Jesús asumió la teología de este salmo y la aplicó a su ministerio, pues su actividad misionera estuvo íntimamente relacionada con la implantación de la justicia. Rechazó públicamente la actitud injusta y opresora de los cambistas en el Templo (Mt 21:12–17; Mc 11:15–19; Lc 19:45–48; Jn 2:13–22), y respondió a las necesidades de las personas que por diversos motivos experimentaban marginación en la sociedad palestina del siglo primero—p.ej., mujeres, niños y niñas, leprosos, enfermos físicos y mentales, pobres, etc.—.


SALMO 51: «ARREPENTIMIENTO, Y PLEGARIA PIDIENDO PURIFICACIÓN»

Con el Salmo 51 llegamos al corazón mismo de las plegarias en la Biblia. El poema es una súplica individual que pone claramente de relieve los importantes temas del arrepentimiento y la contrición, y revela también los sentimientos más intensos del salmista que piden a Dios perdón, purificación y renovación interior. Como respuesta a la misericordia divina, el poeta se compromete a dar testimonio del amor y la piedad del Señor y de trabajar por la conversión de la gente pecadora. En su forma actual, este salmo está íntimamente relacionado con el poema anterior, y es una especie de respuesta a la acusación divina, que aguarda la reacción y actitud del pueblo. Y esa respuesta se presenta con firmeza y claridad: «al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Sal 17b).
Este salmo es el más conocido del grupo de poemas que se conocen en el Salterio como «Salmos penitenciales» (Sal 6; 32; 38; 102; 130; 143), que a su vez son una subdivisión de las súplicas individuales (p.ej., Sal 5; 7; 10; 13; 17). Es una oración intensa que revela a una persona con en graves problemas que se presenta ante Dios para confesar su naturaleza pecaminosa y pedir perdón. El salmista está consciente de su propia miseria, reconoce su condición de maldad y acepta la gravedad de su culpa, pues ha roto la alianza o el pacto con Dios (v. 4). Sus peticiones y súplicas se fundamentan en su realidad humana, que revela la maldad, pero que también confía en la providencia divina que manifiesta el amor. Posiblemente el contexto vital de salmo no es el entorno litúrgico de los cultos de purificación en el Templo, sino la oración personal e individual de alguien que se siente abrumado por su pecado. Su autor es una persona fiel que se allega al Señor para implorar su misericordia durante el período exílico, o mejor, en la época postexílica.
Los paralelos de este salmo con la literatura profética, particularmente con la que se desarrolla en el destierro, son muchos e intensos:

• v. 1: Is 43:7
• v. 2: Is 43:25; 44:22; Jer 2:22; 4:14
• v. 3: Is 59:12–13; 65:5–7
• v. 4: Is 42:44; 25:12; 66:4
• v. 5: Ez 16:2–4; Jer 2:11; Is 43:27
• v. 7: Ez 36:25; Is 1:18
• v. 8: Ez 37
• v. 9: Is 59:2; Ez 39:23–24
• v. 10: Jer 31:33–34; Ex 36:26; Ez 11:19; Jer 32:29; Is 51:7
• v. 11: Jer 23:39; 33:25; Is 63:10, 11b
• v. 14: Ez 3:18–20; 33:6, 8, 9: Is 61:10–11
• v. 16: Hos 6:6; Am 6:21, 22
• v. 17: Is 57:15b; 61:1b; 66:2b

El título hebreo del salmo, que ocupa dos versículos en la versificación hebrea, lo relaciona con David; particularmente alude a un particular episodio en la vida del famoso monarca israelita, en el cual participan también Betsabé, la esposa de Urías, y el profeta Natán (2 Sam 11–12). Sin embargo, la lectura cuidadosa del salmo revela que las ideas expuestas se relacionan mucho mejor con períodos históricos posteriores, específicamente con el siglo sexto y quinto a.C.: p.ej., la actitud de rechazo de los sacrificios (vv. 16–17), la idea de un nuevo comienzo (v. 10), y la particular expresión «santo espíritu» (v. 11) son características del pensamiento exílico y postexílico. Una buena época para ubicar la composición de este salmo va desde los años de Jeremías y Ezequiel hasta los de Nehemías. El título hebreo de este salmo es posiblemente producto del interés del redactor final del poema de relacionar una experiencia adversa en la vida de David con la realidad humana llena de maldad que se repite en muchas personas; además, el episodio descrito pone de manifiesto el arrepentimiento del monarca.
La estructura literaria del salmo se relaciona íntimamente con los temas expuestos, y es la siguiente:

• Invocación inicial: vv. 1–2
• Confesión de pecado: vv. 3–5
• Oración por limpieza y renovación: vv. 6–12
• Compromiso y acción de gracias: vv. 13–17
• Liturgia final: vv. 18–19

Aunque desde la perspectiva literaria podemos identificar varias secciones del poema, la interacción, integración y relación interna del salmo se ponen claramente de manifiesto. En primer lugar, el salmo incluye una serie de términos que se relacionan con las ideas de transgresión: Rebeliones (v. 1); maldad y pecado (v. 2); rebelión y pecado (v. 3); pecado y hacer lo malo (v. 4); maldad y pecado (v. 5); pecados y maldades (v. 9); transgresores y pecadores (v. 13); y homicidios (v. 14). En estas expresiones se revela el ambiente de angustia que vivía el salmista, y se pone de manifiesto con claridad la conciencia de maldad que poseía. Sin embargo, junto a la miseria humana el poeta pone de relieve la naturaleza amorosa de Dios. Reconociendo su condición pecaminosa, fundamenta su oración en la misericordia divina, e implora perdón y renovación. La sección final desea incorporar al poema los temas de Jerusalén y los sacrificios (vv. 18–19).
vv. 1–2: En la sección inicial del salmo se revela el propósito fundamental de la oración, la finalidad primordial del poema. El salmista acude a la presencia divina para implorar su piedad, para suplicar que sus rebeliones sean borradas, y para solicitar ser lavado de su maldad y limpiado de su pecado. El salmista revela en estos versículos el reconocimiento de su condición, y el conocimiento de la gracia divina. El poeta pone de manifiesto su necesidad inmediata y reclama la intervención salvadora de Dios.
La primera expresión del salmo, «ten piedad de mi»—o, «manifiesta tu gracia y misericordia hacia mi»—, solicita el perdón divino y apela a las bondades del Señor. El salmista no fundamenta su petición en su crisis personal adversa sino en la naturaleza de Dios, que se describe como misericordia y piedades, expresiones que generalmente aluden al amor divino, según se ha manifestado en el pacto o la alianza del Señor con su pueblo. La oración del salmista no se basa en el remordimiento ni se ancla en las preocupaciones del poeta. La plegaria se mueve del nivel personal para llegar a la esfera divina y explorar las diversas posibilidades de la gracia y perdón de Dios. La confesión del pecado es el paso inicial para el perdón pues activa la misericordia y el amor del Señor.
En hebreo, la expresión «ten piedad» transmite la petición de un favor inmerecido. «Misericordia» es una palabra que revela un sentido profundo e intenso de amor divino y alude a su capacidad y deseo de cumplir sus promesas. «Multitud de piedades», que también puede entenderse como «abundante misericordia», es una frase que pone de manifiesto el sentimiento de seguridad y confianza que transmite la gracia de Dios, similar a la de una madre hacia su hijo o hija, o a los sentimientos interpersonales más profundos. «Borra» pone de relieve el deseo del salmista de ser restaurado, su anhelo de ser transformado, como si se eliminara y olvidara sus actitudes malsanas pasadas. «Rebeliones» es una referencia al rechazo absoluto de la autoridad. «Lávame» es un verbo vigoroso que transmite un sentido fuerte, se utiliza para describir el proceso de limpiar la ropa, a la que hay que sacarle el sucio con cierta energía. La palabra «iniquidad» puede aludir a algún acto deliberado maldad. «Límpiame» es un término litúrgico que pone de manifiesto el proceso de purificación ritual. Y «pecado» es la palabra que describe al acto de fallar o cometer un error; y en el contexto religioso, describe a la persona que conscientemente actúa de forma impropia.
En este versículo, es importante notar los paralelos, pues tienen implicaciones teológicas. Tres palabras destacan el amor divino: piedad, misericordia y compasión; y a tres expresiones ponen de manifiesto su perdón: borra, lávame y limpiame.
vv. 3–5: A la actitud de humillación ante el Señor, el salmista añade la confesión de sus pecados. El poeta reconoce sus rebeliones, pues el pecado está siempre presente en su vida; y añade, con humildad y contrición, que ha pecado contra Dios, que ha hecho lo malo, que ha actuado de forma impropia, que se ha comportado de manera inadecuada. Posiblemente la expresión «contra ti solo he pecado» puede ser una indicación de que su pecado era de corte religioso—¡idolatría!—, aunque no podemos ignorar que los pecados contra Dios tienen implicaciones éticas que afectan seriamente a la comunidad. En efecto, la injusticia que se comete contra el prójimo es un pecado ante Dios y una violación al pacto o alianza.
La confesión de pecados debe entenderse a la luz del resto de la oración, que revela a Dios como misericordioso (v. 1), piadoso (v. 1), justo (v. 4), puro (v. 4) y salvador (v. 12). El salmista debe reconocer su maldad para poder ser liberado, perdonado y salvado por el Dios que es particularmente reconocido como misericordioso, justo y puro. Esa actitud de confesión y reconocimiento de pecado es una especie de doxología de arrepentimiento y juicio, en la cual se alaba al Señor, se acepta la culpa y se implora la misericordia divina (véase Jos 7:19–21; Am 4:13). La respuesta divina que manifiesta su perdón confirma su naturaleza justa y pura.
La referencia a la maldad en que ha sido formado y el pecado de la concepción (v. 5) deben ser entendidas de forma adecuada y prudente. No debe interpretarse el texto como una referencia adversa al estilo de vida y el comportamiento ético de la mamá del salmista. Posiblemente el pasaje alude al mundo pecaminoso que rodeaba toda la vida del poeta, desde el momento mismo de su nacimiento. Se contrapone de esta forma la justicia divina y la maldad humana, la pureza de Dios y la impiedad de las personas, las virtudes del Señor y las transgresiones de la gente.
vv. 6–12: Esta sección incluye una oración a Dios que implora, de forma sentida e intensa, purificación, limpieza, renovación y salvación. Luego de reconocer su condición y aceptar su culpa, el salmista explora el extraordinario mundo de la misericordia divina. Como el Señor ama la verdad y le ha ayudado sabiamente a comprender su realidad existencial, el poeta se anima a expresar sus peticiones de liberación y restauración.
En su oración, el salmista pide ser limpiado con hisopo, que era un arbusto de hojas pequeñas cuyas ramas se utilizaban en algunas ceremonias de purificación ritual (Lv 14:4–7, 49–53; Nm 19:18). Se usó en la Pascua para aplicar la sangre del cordero al dintel y postes de la casa (Ex 12:22). También se utilizaba en los ritos de limpieza de personas leprosas (Lev 14) y para la purificación de alguna persona que tocara a un muerto (Nm 19:18).
Desea el poeta ser limpio, y reconoce que si el Señor interviene en su vida y lo «lava» (v. 7) será más blanco que la nieve (Is 1:18), que es una manera figurada de enfatizar la transformación y la renovación. La intervención divina trae gozo, alegría y «recreación de los huesos que has abatido», que es una forma poética de aludir al cambio radical en la vida y el estado de ánimo del salmista. La imagen de los huesos puede referirse a la vida completa (Sal 35:10).
En su oración el salmista pide que el Señor esconda su rostro de sus pecados y repite su anhelo de que se borren sus maldades. Lo que necesita, en efecto, es «un nuevo corazón y un espíritu recto» (v. 10); lo que requiere es una forma alterna de ver e interpretar la vida; lo que anhela es una manera novel de establecer las prioridades en la existencia humana. No quiere ser eliminado de la presencia divina ni desea que el espíritu santo se aleje. Lo que el salmista requiere es que regrese el gozo de la salvación y que lo sustente la nobleza y la bondad. Su petición es la renovación de su vida, el disfrute pleno de la presencia de Dios, con sus implicaciones de paz, bienestar, alegría, felicidad, salud y salvación. La enseñanza de esta oración del salmista es que el arrepentimiento, la contrición y la humillación mueven a las personas de los sentimientos de culpa y angustia al disfrute de la restauración plena, grata, noble, digna y transformadora.
De particular importancia teológica es la unión y relación de los conceptos del «espíritu recto» (v. 10) dentro del salmista y el «espíritu santo» renovador de Dios (v. 11). De acuerdo con el salmista, el espíritu de Dios tiene el poder y la capacidad de producir en el interior de las personas sentimientos de rectitud, nobleza y felicidad. Esa afirmación teológica es base para el desarrollo de la teología del Espíritu Santo según se pone de manifiesto en el Nuevo Testamento. Además, la secuencia de peticiones del salmista se pueden relacionar con las promesas del nuevo pacto en la teología de Ezequiel (36:25–27) y con el mensaje del nuevo corazón de Jeremías (24:7; 31:33).
vv. 13–17: La respuesta del salmista a la misericordia de Dios es su compromiso y dedicación de enseñar a transgresores y pecadores los caminos divinos para que puedan convertirse de esas acciones malvadas. Ante una manifestación extraordinaria del amor de Dios, el poeta responde con gratitud y compromiso: Dedicará su vida al proceso pedagógico que tiene como finalidad la modificación sustancial de la conducta humana. En su petición, además, el poeta se compromete fielmente a «abrir sus labios» para alabar al Señor (v. 15), que es una manera figurada de indicar su agradecimiento y de poner claramente de manifiesto su firme deseo de responder positivamente a la revelación divina. Al comenzar el salmo el poeta se reconoce como pecador (vv. 1–2), sin embargo, en esta ocasión, y como respuesta a la acción misericordiosa del Señor, se compromete a enseñarle los caminos divinos a las personas que están cautivas en sus maldades.
La expresión «líbrame de homicidios» (v. 14)—literalmente, «líbrame de la sangre»—puede ser una alusión a la muerte prematura que puede llegar al salmista como castigo por sus maldades y por consecuencia de sus pecados. Y «cantar su justicia» es más que una expresión musical sino el reconocimiento y aprecio de la justicia divina.
vv. 16–17: Esta sección del salmo evalúa negativamente el sistema de sacrificios en el Templo. Más que los sacrificios de animales que se presentaban en el altar del Templo de Jerusalén, que el salmista está dispuesto a ofrecer, están las alabanzas al Señor (v. 15), «el espíritu quebrantado», y «el corazón contrito y humillado» (v. 17). Según el salmista, Dios no desea tanto los holocaustos como las actitudes humanas que ponen de manifiesto el quebrantamiento, la humildad y la contrición. De acuerdo con el poeta, las demostraciones rituales externas no son tan importantes para Dios como la asimilación de la verdadera experiencia religiosa, que genera en el adorador y adoradora el reconocimiento de su condición pecaminosa y le mueve a llegar ante Dios con humildad para recibir el perdón.
Esta particular interpretación del sistema de sacrificios y ofrendas, en la que se enfatiza el espíritu quebrantado, se encuentra también en la literatura profética (p.ej., Is 66:1–3), y revela un sentimiento popular de rechazo a los abusos del sistema ritual referente al tamaño de los sacrificios y también sobre las necesidades de Dios (Mic 6:6–7; Sal 50:8–13). La respuesta verdadera a la manifestación de la misericordia divina se relaciona, según el salmista, con las convicciones profundas y las acciones concretas, no con el sistema de ritos que podían llevarse a efecto de forma mecánica, sin compromiso ético ni valores morales.
vv. 18–19: La parte final del salmo es posiblemente una adición postexílica que desea añadir una dimensión comunitaria a la oración individual que se presenta en sección anterior (vv. 1–17). Provienen de la época anterior a los años 445–443 a.C., cuando los muros de Jerusalén, destruidos por los ejércitos de Nabucodonosor, rey de Babilonia, no habían sido restaurados.
Generalmente los salmos de oraciones penitenciales finalizan con un voto de compromiso y dedicación, en este caso, sin embargo, la preocupación del salmo se mueve del nivel personal al colectivo. Específicamente el poeta desea la restauración de la ciudad de Jerusalén y la reconstrucción de sus muros, temas de gran importancia luego del retorno de los judíos desde Babilonia (Sal 102:13, 16, 21). El arrepentimiento personal que produjo el perdón divino y la restauración, se mueve al nivel nacional. El salmo culmina con el deseo de restauración nacional, que presupone la contrición y humillación del pueblo.
El pensamiento final del salmo es una especie de revisión a la idea de los sacrificios expuesta anteriormente (vv. 16–17). El salmo presenta su declaración teológica postrera: Es únicamente por la bondad del Señor hacia Sión que serán aceptados los «sacrificios de justicia»—que es una manera de enfatizar la importancia de las implicaciones éticas y morales del sistema de ofrendas—; es solo por su misericordia que el Señor se alegrará de los holocaustos, ofrendas y sacrificios en el altar.
Los temas y las ideas que se articulan en este salmo son una especie de anticipo al ministerio de Jesucristo. Algunas de las ideas evangélicas expuestas, que se presentan de forma progresiva, son las siguientes: petición (v. 1), limpieza (v. 2), confesión (v. 3), restauración (v. 7), conversión (v. 10), salvación (v. 12) y proclamación (v. 15). Además, la práctica de la oración, las súplicas intensas y la otorgación del perdón, fundamentado en la misericordia divina y el arrepentimiento humano (Mt 18; Lc 7:36–50; 15; Jn 8:1–11), constituyen el fundamento teológico del ministerio de Jesús de Nazaret. En la curación del ciego de nacimiento (Jn 9:7), se pone de relieve la idea de «lavar», y en la sanidad de las personas enfermas, particularmente leprosas, se manifiesta la teología del «purifícame» (Sal 51:7).


SALMO 52: «FUTILIDAD DE LA JACTANCIA DEL MALO»

La clasificación de Salmo 52 en las categorías literarias tradicionales del Salterio es muy difícil, pues une elementos que provienen de la literatura profética con la sapiencial. En primer lugar, el salmista denuncia con firmeza y valor la prepotencia y arrogancia de las personas poderosas, que no se inhiben ni dudan utilizar la calumnia, el poder y la mentira para lograr sus objetivos malsanos. Posteriormente anuncia el castigo que recibirán esas personas, que se contrasta con la paz, el gozo y la prosperidad que disfrutará el salmista por causa de su confianza en el Señor. El gran tema del salmo es la identificación de las fuerzas vitales que sostienen la vida con propósito: De un lado se presentan las mentiras y las riquezas que sostienen las actividades de las personas poderosas y prominentes; del otro, la misericordia divina que produce gente íntegra, noble y justa.
Algunos estudiosos piensan que el entorno inicial de este salmo son las liturgias de entrada al Templo de Jerusalén. En esas liturgias se producían diálogos que ponían de manifiesto temas como los que se articulan en este salmo. Sin embargo, no son necesariamente esas ceremonias religiosas las que explican las peculiaridades de este poema. Posiblemente el contexto inicial de este salmo es algún tribunal de justicia al cual comparece la persona malvada. El tema fundamental es el conflicto básico entre los estilos de vida y los valores de las personas prepotentes, injustas y arrogantes en contraposición a las personas humildes, sencillas y justas. La crisis la produce la reacción de esas personas poderosas a los anhelos de justicia y los reclamos necesarios de bienestar de la comunidad. Ante las peticiones de justicia de los humildes, los poderosos reaccionan con jactancia, engaños, mentiras, humillaciones y maldad. Como respuesta a las personas justas, los arrogantes actúan con calumnias, fraudes, corrupción, y agresiones físicas y verbales. La injusticia y la impunidad le permiten a esas personas injustas acumular riquezas y utilizar el poder económico, social, religioso y político para mantener en cautiverio a los humildes.
El autor del salmo es posiblemente un profeta aguerrido que se resistió a permanecer callado ante esas injusticias de las personas poderosas y prepotentes, presentó su caso ante las autoridades del pueblo. En el nombre del Señor, este profeta valiente hace sus acusaciones y dicta la sentencia, pues fundamenta su caso en la importante tradición bíblica que afirma el valor de los humildes y celebra las intervenciones históricas de Dios para la implantación de la justicia. Una posible fecha de composición del salmo es la época postexílica, cuando se manifestaron en el Templo varios conflictos socioreligiosos y políticos entre grupos proféticos y sacerdotales, fundamentados en la reorganización del culto en Jerusalén, luego del regreso de los exiliados e Babilonia. Los profetas criticaban seriamente el poder de los sacerdotes en el Templo, pues querían hacer el culto más democrático y participatorio.
El título hebreo relaciona el salmo con un episodio interesante en la vida de David. Lo asocia específicamente al momento en el cual Doeg, el edomita, le dice a Saúl que David visitó al sacerdote Ahimelec en Nob para pedirle ayuda en su viaje de huida del monarca israelita (1 Sam 21–22). El escriba que añadió estos detalles históricos al salmo, posiblemente estaba pensando en David como el que articula el poema, y dicta la sentencia contra Doeg (1 Sam 22:22–23), o inclusive contra Saúl. Según el testimonio bíblico, el informe del edomita resulto en la matanza de muchos sacerdotes en Nob. Respecto a la palabra hebrea selah (vv. 3, 5) véase la Introducción.
La estructura literaria del salmo es la siguiente:

• Acusación profética: vv. 1–4
• Anuncio del castigo divino: vv. 5–7
• Confianza en los beneficios divinos: 8–9

vv. 1–4: La primera sección del salmo es la acusación. El salmista, que se presenta como si fuera un profeta, articula con valentía las graves acusaciones: jactancia, mentiras, engaños, maldad y perversión. El caso se fundamenta en las actitudes hostiles y prepotentes de las personas malvadas que no solo se glorían de sus acciones perversas: ¡Han optado por la mentira en vez de la verdad! ¡Han decidido actuar con injusticia en vez de vivir de acuerdo con la honradez y la rectitud! ¡Sus palabras son perversas y su lengua engañosa! La imagen de la espada afilada subraya el tema en la lengua engañosa y las palabras calumniosas, que también se presentan en otros salmos (Sal 55:21; 57:4; 64:2–3) y en el Nuevo Testamento (Stg 3:1–12). El poeta pone claramente de manifiesto los valores que sustentan a ese tipo de personas, en contraposición a la gente humilde que recibe el golpe de esas acciones opresoras e injustas.
Los reproches que se presentan con autoridad en este poema también se articulan en otros salmos (Sal 4:2; 58:1; 62:3–4). En este particular contexto, el salmista se dirige literariamente a una persona específica en singular, aunque su mensaje tiene repercusiones comunitarias y nacionales. El poeta critica seriamente a las personas que fundamentan sus decisiones en la vida en el poder que poseen y en la humillación de los débiles. La fuerza profética del salmo se incrementa al reconocer que el mensaje del poema no está dirigido únicamente a alguna persona en particular sino a todo un pueblo, que debe rechazar este tipo de estilo de vida arrogante, hostil, agresivo, violento, mentiroso y engañoso.
«Poderoso» (v. 1), en este contexto, es posiblemente un sarcasmo que prepara el camino para la sentencia final: «Dios te destruirá para siempre» (v. 5). La palabra hebrea puede referirse a un guerrero, para destacar su poder y fuerza, aunque en este contexto su significado está más cerca de una persona con poder político y económico, de acuerdo con la descripción de sus actitudes y acciones. La imagen alude a la gente que ha puesto sus esperanzas en el producto de sus esfuerzos y dedicación, en rechazo abierto a la misericordia divina.
La traducción del texto hebreo, vertido en castellano como «¡La misericordia de Dios es continua!, es muy poco segura. En la versión griega de la Septuaginta, se indica «héroe de maldad», que hace más sentido con la idea del salmo y se apega mejor al contexto temático del poema. Una posible traducción del versículo es la siguiente:

«Por qué te jactas, oh poderoso,
de maldad contra el piadoso».

vv. 5–7: Esta sección del salmo presenta la sentencia inapelable del poeta y articula el corazón del mensaje profético: A la persona poderosa, arrogante, malvada y prepotente, Dios la destruirá para siempre, la arruinará y la echará de su casa, y la desarraigará de la tierra (v. 5). La palabra del profeta es firme y clara: El futuro de la arrogancia es la destrucción, el porvenir de la prepotencia es el desarraigo, y el mañana de la maldad es la ruina eterna. La destrucción es total y definitiva, e incluye casa y campo, que representan los entornos básicos de las personas, su hogar y su centro de trabajo.
Esta teología del salmista es eco del mensaje fundamental de Jeremías, cuya profecía consistía «en arrancar y destruir, arruinar y derribar» (Jer 1:10). El salmista sigue de esta forma el modelo de los mensajes proféticos, que comienzan con la presentación de las denuncias para posteriormente seguir con el anuncio del juicio (Is 3:16–26; 22:15–19; Am 1:3–2:5).
La reacción de las personas just as a las intervenciones divinas es de júbilo y felicidad. ¡Dejaron la cobardía y decidieron a reclamar sus derechos! La destrucción de los poderosos y lo que ellos representan es fuente de esperanza y liberación de los humildes, que interpretan esa caída como el resultado de la intervención divina. El fundamento de la caída de las personas poderosas, según el salmo, es el rechazo de Dios como fortaleza, protección y apoyo, es la actitud soberbia que les impele a confiar en sus propias riquezas y fuerzas, y que les mantuvo en sus maldades.
vv. 8–9: La porción final del salmo pone de manifiesto el testimonio del poeta. El salmista expone su experiencia, y le agradece a Dios su intervención. Habla elocuentemente de la bondad y la misericordia divinas. Alaba al Señor por lo que ha hecho, espera en el nombre de Dios—que es una manera literaria de enfatizar su presencia y esencia—, porque interviene positivamente para responder a las necesidades de su pueblo, identificados en el salmo como «santos» (v. 9).
La imagen de «olivo verde» (v. 8) es símbolo de esplendor, vitalidad y prosperidad (Jer 11:16; Os 14:6). En este particular contexto, el salmista se ve a sí mismo con sentido de futuro y felicidad, fundamentado en las intervenciones divinas que le hacen justicia y le ubican en el lugar prominente. La base de la esperanza del poeta es la misericordia divina, en la cual confía «eternamente y para siempre», que es una frase figurada para referirse a su compromiso y seguridad en el Señor. El salmo contrapone la jactancia y altivez de las personas poderosas—descritas como desarraigadas (v. 5)—, con la humildad y el compromiso de la gente humilde y santa, comparadas con el «olivo verde». Se contrapone también la firmeza y estabilidad de la casa de Dios (v. 8), con las ruinas y la destrucción de la casa del poderoso (v. 5). En esencia, el salmista representa los valores nobles y justos de la misericordia divina, que están diametralmente opuestos a los principios que representan los podeosos, que confían en sus riquezas y se fortalecen con mentiras y engaños.
Las lecturas cristianas del salmo afirman la teología de la justicia divina. El Dios del pacto y la alianza sostiene a la gente humilde y rechaza a las personas soberbias. El Señor del salmo no cede ante los avances del mal ni pacta con los hombres y mujeres que representan la maldad y la injusticia. Es el Dios que sostiene a las personas que luchan por la implantación de la justicia, y ayuda a quienes trabajan para el establecimiento de la paz. El salmo evoca las intervenciones divinas que propiciaron la liberación del éxodo.
En esta tradición profética del salmo, Jesús de Nazaret articula su mensaje de denuncias a las injusticias y de rechazo a quienes se benefician de esos sistemas (Mt 23:13–19). En ocasiones, sus mensajes contra las personas ricas son particularmente fuertes (Lc 6:24–26; Mc 10:23–28), pues sus haberes fiscales pueden ocultar las injusticias que generan las decisiones y las instituciones humanas.
En esta misma tradición de salmos de denuncia profética, que consistía esencialmente de la denuncia de las injusticias, se encuentran los siguientes poemas: 14; 50; 53; 75; 81; 95.


SALMO 53: «INSENSATEZ Y MALDAD DE LOS HOMBRES»

Los Salmos 53 y 14 son variaciones sutiles del mismo poema, que representan una muy seria denuncia profética, y de esa forma se relaciona con el poema anterior, Salmo 52. La estructura literaria es esencialmente la misma, con solo algunas excepciones. En primer lugar, el nombre hebreo genérico para referirse a la divinidad, elohim, sustituye al nombre personal de Dios—p.ej., Yahvé o Jehová, en las versiones Reina-Valera—; esa práctica es muy común en la colección de salmos conocidos como eloístas (Sal 42–83). Además, el título hebreo del Salmo 53 añade dos expresiones técnicas de muy difícil comprensión y traducción (véase la Introducción): mahalat, que puede referirse a alguna enfermedad o aludir al coro; y maskil que posiblemente puede traducirse como instrucción, para referirse a las enseñanzas que debía transmitir el salmo.
La diferencia más marcada entre estos dos poemas se revela en el versículo 5, que indica, en un texto de difícil comprensión, que la intervención divina llega en contra de las personas malvadas en Israel, mientras que en el pasaje paralelo de Sal 14:5–6 se indica que esa acción de Dios se manifiesta para proteger a los israelitas pobres de fuerzas foráneas. Posiblemente, en el largo proceso de compilación del libro de los Salmos, estos poemas pertenecían a colecciones pequeñas e independientes de salmos que se incorporaron con el paso del tiempo en la edición final del Salterio (véase la Introducción).
Los cambios sutiles en estos poemas le brindan a cada salmo identidad propia. El Salmo 14 puede referirse a la gente malvada en Israel, y presenta el juicio divino que les corresponde. En caso del Salmo 53 es diferente, pues el poema presupone que Israel ha estado en crisis y que la intervención divina llega para destruir a sus enemigos. Los «necios» del Salmo 14 son israelitas, mientras los del Salmo 53 son extranjeros que desafían al Señor.


SALMO 54: «PLEGARIA PIDIENDO PROTECCIÓN CONTRA LOS ENEMIGOS»

El Salmo 54 es el clamor de una persona que atraviesa un crisis mayor y se allega ante Dios para presentar su causa. El salmista está particularmente interesado en recibir el auxilio divino para ser liberado de la violencia, los ataques y la persecución de sus enemigos. La oración incluye cuatro peticiones básicas y fundamentales, que revelan la urgencia del clamor y que ponen claramente de manifiesto el estado anímico del poeta: sálvame, defiéndeme, oye y escucha.
Las peticiones que se incluyen en el salmo constituyen un magnífico ejemplo de las súplicas individuales, pues son fórmulas que se repiten con cierta frecuencia en el Salterio. Además, el poema contiene los tres elementos básicos de este tipo de oración de súplica: el lamento, la confesión de fe y de esperanza y la petición. El contexto inicial del salmo es posiblemente el clamor de una persona humilde y necesitada que se siente amenazada y angustiada por enemigos violentos y se presenta al Templo para suplicar a Dios su intervención salvadora. Posiblemente esta oración era también utilizada por el rey en momentos de crisis nacional, específicamente ante las amenazas de los enemigos. El salmista es posiblemente una persona fiel que reconoce la capacidad divina para responder a su clamor y librarlo de sus enemigos. La fecha de composición es muy difícil de precisar con exactitud, aunque se ha sugerido la época de las reformas de Josías y la renovación deuteronomística en Jerusalén, por las referencias a las alabanzas del nombre divino (v. 6).
El título hebreo relaciona el salmo con un particular incidente en la vida de David. Posiblemente la fraseología inicial del poema, «hombres violentos buscan mi vida» (v. 3), se asoció a la actitud de hostilidad, agresividad y persecución de Saúl (1 Sam 23:15). Los zifeos, que eran los habitantes de Zif—una pequeña ciudad en la región montañosa de Judea, como a 3 millas al sureste de Hebrón—, fueron los que le avisaron a Saúl del escondite de David (1 S 23:19; 26:1). Y respecto al resto del título hebreo—p.ej., Neguinot y Masquil—, véase la Introducción.
La estructura literaria del salmo es sencilla:

• Petición de ayuda: vv. 1–2
• Descripción de la crisis: v. 3
• Clamor de juicio: vv. 4–5
• Votos de seguridad: vv. 6–7

vv. 1–2: Al comienzo mismo del salmo se manifiesta la angustia y el sentido de persecución del poeta. Las peticiones revelan que se necesita una intervención divina salvadora. El salmista el pide a Dios que le salve de un situación de peligro, reclama la justicia divina, y anhela que su oración sea escuchada. La invocación es urgente, el anhelo es intenso, la plegaria es profunda. El clamor es directo—sálvame, defiéndeme, oye y escucha—, y se hace en el nombre del Señor. El poeta presenta «las razones de su boca» o peticiones, que se fundamentan en el poder divino.
El paralelo poético entre el nombre de Dios y su poder indica que para el salmista la invocación del nombre divino era una manera de poner de manifiesto sus virtudes y capacidades liberadoras. El nombre de Dios no es solo una referencia a su identificación, ¡es la representación misma de su esencia, presencia y poder! El nombre de Dios es una alusión a su naturaleza redentora y liberadora. Por esa comprensión teológica es que el poeta invoca el nombre divino y sustenta su plegaria en esa convicción.
v. 3: En esta sección se identifican a los enemigos del salmista, que son descritos como «extraños» y «hombres violentos», personas que no viven de acuerdo a los principios que emanan de la presencia y la voluntad divinas. Esta porción del salmo revela el porqué de la oración: ¡Gente soberbia, hostil y despiadada amenaza la vida del salmista!
La referencia a «extraños» puede aludir a personas extrajeras, y puede ser una pista que nos ayude a identificar el poema como una plegaria real. Este referencia también puede ser interpretada como una alusión a que el adorador está en el exilio en medio de pueblos desconocidos. Si la expresión es metafórica, entonces describe la actitud de algunas personas en la comunidad israelita que se confabulan para perseguir al salmista y desear su mal. Esas personas, de todas formas, no respetan la voluntad divina ni aceptan las implicaciones redentoras de su manifestación histórica.
vv. 4–5: El salmista responde con seguridad a la descripción de sus enemigos. Es el Señor quien le ayuda, sostiene su vida y devolverá el mal a sus enemigos. La esperanza del poeta está en el Señor, que interviene para defenderlo y apoyarlo en el momento oportuno. ¡El salmista proclama su plena confianza en Dios! Su auxilio proviene del Señor.
Una vez el salmista ha expresado su confianza en la intervención divina su plegaria se orienta en contra de sus enemigos. La suplica es la siguiente: ¡Córtalos por tu verdad! Esta petición, que solicita la destrucción total de sus adversarios y enemigos, es fuente de esperanza para el salmista. El auxilio divino se manifiesta en la destrucción de sus perseguidores, que es una manera concreta de demostrar la liberación. Este clamor, más que un deseo de venganza, revela el deseo intenso del salmista: la implantación de la justicia.
vv. 6–7: La sección final del salmo concluye la oración con varias expresiones de gratitud y alabanza, y articula un voto de seguridad y esperanza. El poema presupone que el salmista ya ha sido liberado de sus enemigos y del peligro en que estaba. Particularmente ya se ha percatado de la derrota de sus perseguidores.
Esa seguridad del salmista se fundamenta principalmente en la bondad del Señor y en su poder liberador. El poeta alabará el nombre divino y ofrecerá sacrificios voluntariamente al Señor porque lo ha librado de toda angustia y le ha permitido ver la destrucción de sus enemigos. El poema culmina con una declaración de fe y seguridad; el salmo termina con una palabra de gratitud y reconocimiento.
Una lectura cuidadosa y detallada del salmo revela que utiliza dos formas del nombre divino. Se alude en primer lugar a Dios (vv. 1, 2, 3, 4), y también se presenta a Yahvé (vv. 4, 6)—o Jehová, en Reina-Valera—. Además, en el desarrollo del poema se enfatiza la importancia del nombre divino (vv. 1, 6) y se afirma que es bueno (v. 6). Esas referencias relacionan el salmo con el Dios de la liberación de Egipto (Ex 3:14), que es fuente de identidad, seguridad y esperanza para el pueblo de Israel. Desde esta perspectiva, el salmista clama al Dios del éxodo, que tiene la capacidad de escuchar el clamor de su pueblo y descender a liberarlos. La bondad del nombre de Dios, que es sinónimo de su presencia y esencia, es su virtud liberadora.
Las imprecaciones del salmo, que presentan el deseo de destrucción total de los enemigos, aunque no suene bien en oídos cristianos deben ser entendidas en el contexto del salmista. ¡Esas expresiones revelan sus sentimientos de frustración y sus anhelos de venganza! Desde la perspectiva cristiana, podemos entender esos sentimientos aunque no los propiciamos, pues el poder del perdón es mucho mayor que el del resentimiento y la revancha.
En el clamor del salmista, además, se revela también el deseo de justicia que tenía el poeta, aspecto de la imprecación con la cual las iglesias muy bien pueden identificarse. Ese clamor lo que pide es que Dios no se detenga hasta que le haya hecho justicia al salmista, que se siente amenazado, y haya retribuido a quienes maquinaron su mal.
En el ministerio de Jesús las súplicas juegan un papel preponderante. Respondió a los clamores de personas en necesidad, p.ej., enfermos y endemoniados, y también imploró a Dios en varias ocasiones de necesidad. En su estilo de vida, de acuerdo con las narraciones evangélicas, puso en práctica la teología que se revela en este salmo: Imploró a Dios en la angustia, reconoció la presencia hostil de enemigos que deseaban su mal, implantó la justicia, y bendijo al Señor por haber respondido a su clamor.


SALMO 55: «PLEGARIA PIDIENDO LA DESTRUCCIÓN DE ENEMIGOS TRAICIONEROS»

El Salmo 55 es una súplica individual que expone ante Dios el dolor intenso de sentirse perseguido y angustiado por sus enemigos (v. 3), y traicionado por algún amigo íntimo (vv. 12–14). En medio de sus calamidades, el salmista le pide a Dios que lo defienda y lo libre de sus adversarios y de sus problemas. Las peticiones de ayuda para responder adecuadamente a los ataques de sus enemigos (vv. 1–2, 9, 15), se apoyan en las actitudes de violencia de los que se le oponen (vv. 9b–14, 20–21), en el sufrimiento intenso que padecía (vv. 2b–8), y en su sentido de esperanza en Dios (vv. 16–19, 23). El salmo incluye también una muy importante e intensa exhortación a depender y confiar en Dios (v. 22).
El poema pone de manifiesto un conflicto muy serio entre el salmista y un grupo de personas, entre los que se encuentran algunos amigos muy cercanos. El origen del problema puede ser la traición de su amigo o la anarquía en la ciudad, que muy bien puede aludir al período postexílico, particularmente los primeros años luego de la deportación a Babilonia, en que la ciudad de Jerusalén estaba en medio del caos de una reorganización social y económica, y atravesando una crisis política luego de la guerra. En contexto inicial del salmo, desde esta perspectiva del destierro, no pueden ser las liturgias en el Templo que estaba destruido y en ruinas, sino el clamor de una persona piadosa que, al vivir las inseguridades familiares, espirituales, personales e interpersonales de la ciudad, se allega ante Dios para suplicar su misericordia y liberación.
El título hebreo del salmo lo dedica al músico principal, utiliza las expresiones neginot y masquil, y se relaciona con David (véase la Introducción).
Por las complejidades y dificultades temáticas, textuales y literarias del salmo, es difícil de precisar con seguridad su estructura. La siguiente propuesta, sin embargo, destaca y afirma los temas más importantes del salmo.

• Súplica a Dios: vv. 1–3
• Descripción de la aflicción: vv. 4–8
• Imprecación: vv. 9–11
• Traición de un amigo: vv. 12–15
• Confianza en el Señor: vv. 16–19
• Descripción de la traición: vv. 20–21
• Seguridad en el Señor: 22–23

vv. 1–3: El salmo comienza con una petición de ayuda que se articula con una serie de imperativos: ¡Escucha mi oración, no te escondas de mi súplica, atiéndeme, respóndeme! Desde el comienzo mismo del poema el salmista revela su objetivo primordial y pone de relieve el ambiente sicológico que le rodea, pues clama y se conmueve. La finalidad es ser escuchado por Dios, que es una manera de implorar su intervención salvadora.
El fundamento de la plegaria del salmista es la voz del enemigo y la opresión del impío, que se han confabulado para perseguirlo y angustiarlo. El salmista necesita la intervención divina ante las acciones inicuas y adversas de sus enemigos. El poeta sabe que Dios no está sordo, ni ajeno, ni despreocupado, ni distante, por eso clama con intensidad; reconoce la capacidad divina de intervención, y esa convicción le impele a confiar y allegarse a Dios con sentido de seguridad.
vv. 4–8: Luego de la plegaria inicial, el salmista procede a describir su condición. Se siente angustiado, temeroso, dolorido y tembloroso; inclusive, le «envuelve el espanto» (v. 5), que es una forma figurada de enfatizar su desesperación, revelar su estado anímico y describir su congoja. La imagen del problema es clara: El salmista está frente una situación de crisis mayor, pues se siente débil, asustado y amenazado de muerte.
En medio de ese ambiente de persecución y angustia interna, el poeta desea huir de su realidad, desearía transformar su situación. Las imágenes son reveladoras e ilustrativas: Si tuviera alas, volaría lejos para descansar; si pudiera huir, viviría en el desierto, que es símbolo de soledad y refugio. ¡Su deseo firme es terminar con su realidad de dolor! La complejidad de las dificultades hacen que quiera escapar de los problemas, que describe como «viento borrascoso, de la tempestad» (v. 8), imágenes que destacan la fuerza del problema y revelan la violencia de la crisis.
vv. 9–11: A la oración y descripción del problema le sigue una imprecación; el poeta oiensa en alta voz y expresa sus sentimientos en torno a quienes le hacen mal y le hieren. La frustración se apodera del salmista, que manifiesta sus pensamientos más hondos, revela sus angustias más sentidas, expone sus anhelos más profundos: ¡Desea la destrucción total de sus enemigos! La petición del salmista es que sus enemigos sean destruidos de forma total y absoluta; y reclama, además, la confusión de sus lenguas, que es también una manera de destrucción por la falta de comunicación efectiva (véase Gn 11:7–9).
Los enemigos del salmista están presente en todas las esferas de la ciudad: Rodean los muros, y no se apartan de sus plazas. Los muros simbolizan la protección de enemigos que provienen del exterior; y las plazas son los lugares, junto a las puertas de la ciudad, donde se hacían los negocios y su reunían los ancianos para implantar la justicia. El poeta describe una ciudad en crisis, y la describe de forma figurada con las siguientes expresiones: violencia, rencilla, iniquidad, trabajo, maldad, fraude y engaño. Junto al sentimiento interno de persecución y frustración, el salmista añade un ambiente social de anarquía, descomposición, desesperanza y crisis.
vv. 12–15: En esta sección se revela un de los problemas mayores del salmista: ¡El origen de su desgracia y dolor es la traición infame de un amigo! Según el salmo, el poeta hubiese soportado las afrentas de los enemigos, y también hubiese superado las acciones hostiles de quienes le aborrecen. La crisis se manifiesta en grado sumo, sin embargo, cuando se percata de la identidad del traidor: ¡Una persona íntima, a quien trataba como guía, confidente, compañero de experiencias religiosas! En efecto, ¡era parte de la familia!
Al descubrir esa realidad amarga y dolorosa, el salmista se siente frustrado nuevamente, y articula otra imprecación: ¡Que la muerte los sorprenda! ¡Que desciendan vivos al seol! De esta forma enfatiza lo inminente de la destrucción; subraya la velocidad del juicio; expresa un sentimiento intenso de hostilidad hacia sus enemigos; y manifiesta el rechazo absoluto al grupo de personas que conspiran contra el salmista. La imagen del seol puede relacionarse con la suerte de los partidiarios de Coré (Nm 16:31–33).
vv. 16–19: El salmista toma la palabra nuevamente para clamar al Señor y afirmar su esperanza de salvación. Indica que su oración continua propiciará la intervención divina. Dios escuchará la voz del salmista y redimirá su alma, que son expresiones alusivas a las persecuciones y las guerras que se llevaban a efecto en su contra. Y cuando el Señor escucha, quebranta a quienes persiguen al salmista, que son personas inescrupulosas, que no cambian ni temen a Dios.
La expresión «tarde, amanecer y mediodía» refleja la costumbre oriental de ubicar el comienzo del día a la caída del sol. Además, pone de relieve la oración constante del salmista.
vv. 20–21: En esta sección se retoma el tema de la traición, y se describe a la persona aludida como perversa pues violó el pacto de amistad y de paz, que es una forma de describir la confianza mutua y respetuosa que debe existir entre verdaderos amigos y amigas. El arma mortífera del traidor es la palabra engañosa que, aunque puede ser blanda como la mantequilla o suave como el aceite, es mortal como la guerra, y hace daño como las espadas desenvainadas.
vv. 22–23: La parte final del poema incluye palabras de seguridad y esperanza, algunas maldiciones hacia los enemigos, y una declaración de confianza. Según el salmista, Dios no dejará caída para siempre a la persona justa, pues sostendrá a quienes se apoyen en él. Confía que el futuro de quienes le persiguen, que son descritos como sanguinarios y engañadores, será el pozo de la perdición; además, les desea que no lleguen a la mitad de sus días, que es una manera de desearles la muerte a destiempo. Por su parte, el salmista confiará en el Señor.
El mensaje final del poema es de consolación y futuro. La palabra hebrea que se traduce al castellano como «carga» (v. 22) aparece solo en este versículo en la literatura bíblica. Posteriormente, en los documentos rabínicos alude a algo pesado, dando paso a su interpretación como una preocupación seria o una angustia mayor. La carga representa el dolor angustioso y es símbolo de la gravedad del problema que afecta al salmista.
A través del tiempo este salmo se ha relacionado con la pasión de Cristo. De particular importancia para esta interpretación son las referencias a la traición de un amigo íntimo, que se pueden relacionar sin mucha dificultad con las decisiones y acciones de Judas referente a Jesús.
Además, la condena de Jerusalén, que es una ciudad violenta y asesina de profetas (Lc 13:34–35), es un tema que se incluye en el salmo y que se pone de manifiesto claramente en el mensaje de Jesús. El Señor, en su ministerio público, denunció abiertamente las injusticias que caracterizaban a la sociedad de su época, rechazó de forma pública la corrupción que se manifestaba en el Templo y en las instituciones religiosas (Jn 2:13–21), y denunció con firmeza las acciones irresponsables de líderes religiosos y políticos (Mt 23).


SALMO 56: «ORACIÓN DE CONFIANZA»

El Salmo 56 es una oración personal intensa, que está cargada de expresiones de seguridad y confianza en Dios. Comienza con una muy sentida petición por la misericordia divina (v. 1) y continúa con el reclamo a que frustre los planes de sus enemigos, y añade que el Señor les pague conforme a la iniquidad de sus corazones (v. 7). Los adversarios del salmista son descritos como devoradores, opresores y soberbios, revelando de esa forma la naturaleza y las complicaciones de la crisis. La oración finaliza con expresiones de gratitud. ¡El salmista se compromete a llevar a efecto los votos que hizo y ofrecerle al Señor sacrificios de alabanza!
Este poema es uno de los muchos salmos de súplica individual que implora la intervención divina para la liberación de sus enemigos. Como es típico del Salterio, la identidad precisa de los enemigos no se indica, pero se les describe como personas agresivas, malvadas, hostiles, conspiradoras y confabuladoras. Posiblemente el contexto inicial del poema es la oración íntima de un israelita piadoso—¡que podía ser el rey!—, que debía enfrentar las acusaciones y hostigamientos de sus enemigos. Con el paso del tiempo, sin embargo, el salmo se utilizó en el Templo de Jerusalén como una oración de súplica comunitaria, en la cual el pueblo se comprometía a cumplir con las estipulaciones litúrgicas (vv. 12–13) al ser liberados de la calamidad por el Señor. El salmo proviene, de acuerdo con nuestra lectura e interpretación, de la época postexílica—luego del año 587/6 a.C.—, cuando el pueblo sintió la presión del destierro y experimentó la vida fuera del territorio nacional de Israel.
El título hebreo del salmo es importante en la historia de su interpretación. Se dedica al músico principal (véase Introducción) y se añade la expresión: sobre «La paloma silenciosa en paraje muy distante», que es una traducción probable, pero no necesariamente fiable. La misma oración puede ser traducida como «la paloma de los dioses lejanos». En la versión griega de la Septuaginta, la oración se presenta como: «Para el pueblo que ha sido removido lejos de su santuario»; y en el Targum arameo se indica, con un muy claro sentido interpretativo: «Referente a la congregación de Israel, que es comparada a un paloma silenciosa en el tiempo cuando están lejos de las ciudades, y regresan y alaban al Dios del mundo». Posiblemente este título identifica una melodía antigua que debía servir de apoyo a la oración que se hace en el salmo.
La nota histórica del salmo hace una referencia importante a un episodio de la vida de David que se encuentra en los libros de Samuel (véase 1 S 21:10–15; 27; 29; 30). Esos pasajes comentan la vida de David entre los filisteos, particularmente en la ciudad de Gat. La relación del salmo con David puede fundamentarse en el uso de la palabra hebrea traducida al castellano como «alabo», que posiblemente se relacionó con otra palabra hebrea de grafía similar, pero de significado diferente, que transmite la idea de actuar con locura (1 S 21:13). Aunque el relato de David entre los filisteos no indica directamente que el famoso líder de Israel estuvo preso (1 S 21), del contexto se desprende esa idea, pues se indica que posteriormente escapó (1 S 22:1).
La estructura literaria se desprende del descubrimiento e identificación del estribillo que es un indicador importante de las secciones del poema:

• Clamor por la misericordia divina: vv. 1–3
• Alabanzas y expresiones de confianza en Dios: v. 4
• Descripción de las acciones de los enemigos: vv. 5–9
• Alabanzas y expresiones de confianza en Dios: vv. 10–11
• Respuesta del salmista a la liberación divina: vv. 12–13

vv. 1–3: La introducción del salmo está llena de expresiones de súplica y petición, p.ej., «ten misericordia», y por comenzar la descripción del conflicto. El poeta clama al Señor pues siente el ataque mortal de sus muchos enemigos, de quienes indica que lo devorarían, oprimirían y pisotearían continuamente. El salmo enfatiza la naturaleza intensa y continua del peligro al indicar que los ataques son «todos los días» (v. 1) y «todo el día» (v. 2). Los adversarios son peligrosos pues pelean en su contra con soberbia.
Ese tipo de clamor intenso es característico de los salmos de súplica (p.ej., Sal 4:2; 6:3; 26:11; 27:7; 51:3; 86:16). La referencia a los enemigos como «el hombre» (vv. 1, 4) es importante en el poema, pues la palabra hebrea utilizada transmite la idea de fragilidad. El salmista está preocupado por lo que pueda hacerle un ser humano, que no es fuerte y victorioso como Dios, sino que lo caracteriza la debilidad. Ya desde el comienzo del poema se pone en contraposición la fortaleza divina y la naturaleza humana precaria (véase Is 40:6–7). Los verbos que se usan en estos versículos sugieren la idea de un conflicto militar, que pueden ser expresiones figuradas para enfatizar la gravedad de la crisis.
El pensamiento final de esta sección es de seguridad y confianza: ¡El antídoto al temor es la confianza en Dios! Esta afirmación de fe prepara el camino para la importante declaración teológica del estribillo del salmo, que enfatiza la misma idea de seguridad y confianza.
vv. 4, 10–11: El estribillo del poema presenta tres temas básicos: la promesa de liberación de parte de Dios, la confianza plena del salmista y la superación de los temores. El poeta, luego de plantear su causa ante el Señor, relaciona la alabanza a Dios con la confianza y la superación de los temores. Se pone de relieve claramente con esta afirmación litúrgica que el fundamento de la esperanza del salmista está en el Dios a quien alaba. De esta manera poética el salmista también contrapone el poder divino a la fragilidad humana. No teme el salmista a lo que pueda hacerle el hombre pues confía en las promesas de Dios. El ser humano es débil, y Dios es fuerte; las personas son frágiles, y el Señor es poderoso; en efecto, los hombres y las mujeres no tienen la capacidad de amedrentar a la gente de fe, pues la alabanza genera esperanza y propicia la liberación.
La diferencia básica entre el estribillo del v. 4 y el de los vv. 10–11 es la repetición de la alabanza a Dios, en la también cual se incorpora el nombre personal del Señor. Las preguntas retóricas que se incluyen al terminar los refranes requieren la respuesta de seguridad y confianza: «¿Qué me puede hacer el hombre?» ¡Nada! (vv. 4c, 11b).
vv. 5–9: En esta sección del salmo se presentan las acciones de los enemigos del salmista. ¡El objetivo de sus maquinaciones es quitarle la vida! Todos los días se dedican a pervertir las acciones del justo, y le dedican sus pensamientos malvados. Se reúnen a confabular, se esconden para sorprenderlo, y estudian cuidadosamente los pasos del salmista para atacarlo en el momento de más debilidad. La expresión «asechar el alma» revela la maldad y gravedad de sus acciones: Intentan destruir completamente al salmista, ¡desean su fin!
Ante tal grado de maldad y persecución, el salmista responde con una imprecación intensa: Pide a Dios que le pague a sus enemigos de acuerdo a sus iniquidades y maldades. Este es un clamor para que se manifieste la justicia divina. La expresión «pueblos» es este particular contexto puede referirse a los enemigos tradicionales de Israel y de su rey: Quizás es una alusión no solo a las grandes potencias de la antigüedad—p.ej., Egipto, Asiria y Babilonia—, sino las naciones vecinas—p.ej., Edom, Moab, Amón, Siria y Filistea—. El salmista de este modo mueve al salmo del nivel personal de su crisis al contexto nacional. De esta forma este poema también puede utilizarse como una plegaria colectiva en momentos de gran necesidad nacional.
El salmista prosigue su clamor y revela el amor divino. Afirma con seguridad que el Señor «cuenta», es decir, toma en consideración las veces que ha huido; además, le pide a Dios que considere seriamente sus lágrimas, y que entienda sus dolores internos. La imagen de las lágrimas es muy interesante, pues la redoma es un trozo de cuero cocido de tal forma que puede contener los líquidos—p.ej., agua y vino—. Revela el salmista de esta forma el conocimiento íntimo que el Señor tiene de sus preocupaciones y dolores. Y la referencia al «libro» pone de relieve la creencia antigua de que Dios va anotando en una especie de libro las buenas y malas acciones de las personas, para evaluarlas detalladamente el día del juicio final (Dan 7:10; Mal 3:16; Ap 20:12; 21:27).
Las imágenes que utiliza el salmista en este salmo son interesantes y muy descriptivas. Los malvados, en primer lugar, son como animales salvajes que le asechan continuamente con la intensión de devorarlo; en segundo término, Dios anota en su libro las huidas del salmista, por causa de las agresiones y hostigamientos de sus enemigos; y finalmente se articula la imagen del odre, que es el saco de cuero para llevar agua, que podía salvarle la vida a los nómadas en el desierto.
Para culminar esta sección del poema se repiten las afirmaciones de esperanza y seguridad. Los enemigos retrocederán cuando el salmista clame, pues el Señor le acompaña. Aunque está en medio de la crisis, el salmista sabe muy bien una cosa: ¡Dios está a su favor! Y ese sentido de seguridad le prepara adecuadamente para enfrentar las adversidades y renovar su fe an alabanzas y gratitudes al Señor.
vv. 12–13: La parte final del salmo presupone que las súplicas del poeta ya han sido escuchadas y respondidas. El salmista expresa su gratitud, y se presenta ante Dios con la promesa de mantener sus votos y ofrecer sacrificios de alabanza, que son expresiones litúrgicas de agradecimiento ante el pueblo, por las intervenciones divinas. Reconoce el poeta que ha sido librado de la muerte, y también ha sido protegido de las caídas mortales que le pueden impedir «caminar delante de Dios», que es una forma manera figurada de referirse a los estilos de vida que incorporan los valores y las enseñanzas que se desprenden de la Ley del Señor. El salmista agradece al Señor su intervención liberadora, pues puede andar en «la luz de los que viven», que es una figura que alude a las oscuridades del seol, o «la morada de los muertos», también descrita como «país de la oscuridad y las tinieblas» (Job 10:21–22).
El salmo, que comenzó con un clamor por la misericordia divina, concluye con una alabanza por la respuesta divina, que le ha permitido vivir delante de Dios, no a merced de sus enemigos. Este sentimiento de confianza plena es característico de los salmistas, que luego de presentar sus plegarias al Señor revelan su seguridad plena y su agradecimiento, pues actúan seguros que el Señor les ha escuchado y les responderá en el momento oportuno.
Este salmo puede muy bien manifestar los sentimientos más hondos de los creyentes y las iglesias. En primer lugar se reconoce la existencia de dificultades y de enemigos. Y el salmista responde a esa realidad con afirmaciones de seguridad y esperanza: La gente justa confía en el Señor, aunque el enemigo se manifieste con hostilidad y fuerza. El Dios del salmista tiene la capacidad de escuchar y responder al clamor de la gente. El Señor no ignora ni una sola lágrima de los ojos de los creyentes que se allegan con humildad y esperanza a exponer sus causas.
El Dios del salmo es el Dios que escucha, responde y libera. Sin la intervención divina los creyentes estrían a merced de los enemigos y de las injusticias de la vida; sin la manifestación extraordinaria de la misericordia de Dios la gente de fe no podría vivir segura y fortalecida.
Jesús de Nazaret comprendió muy bien las enseñanzas de este salmo y escuchó los clamores de los necesitados, respondió a sus necesidades íntimas y liberó a las personas cautivas. No permaneció indiferente a las lágrimas de la gente (Lc 7:13), y su mensaje se puede resumir en la oración que indica: Yo he venido para que tengan vida en abundancia (Jn 10:10).


SALMO 57: «PLEGARIA PIDIENDO SER LIBERADO DE LOS PERSEGUIDORES»

El Salmo 57 continúa el grupo de oraciones personales en las que el salmista busca refugio en el Señor, como respuesta a un conflicto serio y grave. La crisis del salmista se identifica en castellano como «quebrantos», pero en hebreo transmite la idea de destrucción. Junto a la petición de ayuda, el salmo incluye un cántico de acción de gracias, en el cual se afirman los temas clásicos de la esperanza, la confianza en el Señor y las promesas solemnes de alabar a Dios como testimonio público en medio de los pueblos y las naciones. Un estribillo litúrgico nos permite identificar las dos secciones mayores del salmo (vv. 1–4, 6–10), y le añade el componente de la alabanza al Señor, tanto en los cielos como en la tierra.
Como el poema anterior, este salmo tradicionalmente se identifica como una súplica individual, aunque no cumple con todas las características literarias tradicionales de ese tipo de poema. El Salmo 57 se asemeja al 56 en el lenguaje, la forma y el pensamiento. De particular importancia en la identificación del estilo literario del poema son las continuas afirmaciones de esperanza y seguridad que se ponen de manifiesto en su lectura. El salmista se presenta ante Dios como si estuviera en el Templo, confiado en la protección divina, y está listo a expresar sus gratitudes y alabanzas al Señor ante los pueblos y naciones, porque el amor y la misericordia divina es tan grande como los cielos.
El salmista debe haber sido un israelita piadoso que se sentía agobiado por los problemas y perseguido por los enemigos, y llegaba al Templo—que funcionaba no solo como centro religioso y espiritual sino como lugar de refugio—a implorar la misericordia de Dios. Llegaba en la tarde a adorar, y en la mañana siguiente el sacerdote le daría la palabra necesaria, según su inocencia o culpabilidad. Posteriormente, el salmo se relacionó con el rey y las formas de enfrentar las adversidades nacionales. Por la teología que expone el poema, p.ej., sus referencias al Dios Altísimo, se puede presumir que la fecha de composición del salmo es preexílica; la identificación de «tus alas» puede ser una alusión al Arca del pacto y a sus querubines alados, que eran parte del altar antes de la destrucción del Templo y a la posterior experiencia de deportación del pueblo a Babilonia.
El título hebreo del salmo lo relaciona con «el músico principal» y con David (véase Introducción); y la referencia a «No destruyas» puede indicar posiblemente el comienzo de una melodía con la cual este salmo se debía entonar (véase, además, Sal 58; 59; 75); la expresión se puede asociar con una de las oraciones de Moisés (Dt 9:26). «No destruyas» puede haber sido también una frase proverbial o un dicho popular entre los vinicultores que se resistían a destruir las primeras uvas que salían dañadas, pues pensaban que tenían el potencial de la vida que posteriormente podía surgir (1 S 26:9; Is 65:8). De igual forma Israel tenía el potencial de la vida que le daba Dios y no debía ser destruido. La referencia histórica del salmo alude al episodio cuando David se escondió en una cueva de Saúl (1 S 22:1–2; 24). También el poema utiliza en dos ocasiones la palabra hebrea selah (véase Introducción).
La estructura literaria del salmo es la siguiente:

• Clamor por la misericordia divina: vv. 1–4
• Alabanza a Dios: v. 5
• Actitudes de los enemigos: vv. 6–10
• Alabanza a Dios: v. 11

vv. 1–4: El salmo comienza con un doble clamor por la misericordia divina. El salmista atraviesa un momento de crisis mayor, desgracia y quebranto, y reconoce que solo en el Señor puede conseguir apoyo y ayuda. Clama al Dios Altísimo, que le favorece, que manifestará su amor extraordinario y su verdad al salvarlo de la infamia y agresión de quienes le acosan y oprimen. Se siente asediado y abatido, pues sus enemigos le atacan como si fueran leones o fieras salvajes, a quienes describe como personas que «vomitan llamas», con dientes como lanzas y flechas, y lengua como espada afilada. Las lanzas, flechas y espada afilada son las armas de guerra; y los animales son fieros, voraces, fuertes, aguerridos: ¡Son símbolos la violencia contra el salmista! La imagen es clara: Un grupo de enemigos que han decidido hacer guerra y destruir al salmista, que se allega ante Dios para implorar su misericordia y amor.
Las imágenes de Dios en el poema son interesantes y reveladoras. El salmista se refugia en «las alas del Señor», y relaciona de esta forma la protección divina con las amplias alas protectoras de las águilas, que proveen seguridad, abrigo, apoyo a sus aguiluchos. Además, las «alas» pueden aludir a los dos querubines que cubrían con sus alas el Arca del pacto, que era un signo importante y visible de la presencia divina en medio del pueblo, era una forma pictórica de representar la protección de Dios en medio de las vivencias y el peregrinar de la comunidad (1 R 6:23–28; 8:6–7). También la referencia a las «alas» de Dios puede aludir a la idea de que el Señor viajaba sobre los querubines (2 S 22:11; Sal 18:11), en el contexto de sus intervenciones salvadoras.
Mientras las imágenes divinas producen seguridad, las que describen a los enemigos ponen de manifiesto las ideas y los sentimientos de violencia, agresión y hostilidad.
El Dios del salmista es misericordioso, protector, salvador y Altísimo. La esperanza del salmista se fundamenta en el Señor que desde los cielos interviene en medio de las realidades humanas, y manifiesta su misericordia y verdad, que son demostraciones concretas de su amor y su justicia. El poeta fundamenta su seguridad y confianza en la certeza de la revelación divina que le ampara y le favorece, hasta que pasen las dificultades mortales y quebrantos destructores. Aunque su vida peligra en medio de enemigos hostiles y despiadados, el salmista confía en el Señor, que intervendrá de forma salvadora para liberarlo de quienes le acosan y angustian.
vv. 5, 11: El estribillo del salmo divide temática y literariamente los dos componentes mayores del poema. La afirmación teológica es de alabanza, esplendor y gratitud. Dios es exaltado en los cielos, y en le tierra se manifiesta su gloria. La idea es comparar a Dios con el sol. Mientras el día se manifiesta, el sol se ubica en su cúspide, y desde ese punto elevado del cielo envía sus rayos e ilumina la tierra con su esplendor o gloria. Previamente el salmista había indicado que Dios enviará desde los cielos la salvación en forma de misericordia y verdad (v. 3). De esta manera se compara la gloria divina con su misericordia o amor extraordinario y con la verdad, que es una manera concreta de poner de manifiesto su justicia. Este estribillo o refrán revela el uso litúrgico del salmo en el Templo.
vv. 6–10: La segunda sección mayor del salmo se dedica principalmente a presentar las actitudes y acciones contra el salmista, y revela su reacción ante la agresión de sus enemigos. Se utilizan redes para abatirlo y cavan hoyos para destruirlo. La imágenes se relacionan con las actividades de caza: ¡El salmista es perseguido como si fuera un animal salvaje! Sin embargo, las trampas que los enemigos han preparado para «abatir el alma» del salmista (v. 6), que es una manera de intentar matarlo, son ineficientes para detenerlo y destruirlo. De acuerdo con el salmo, Dios mismo le protege de esas asechanzas y agresiones, de lo que es salmista está profundamente agradecido.
Animado por su esperanza en Dios, el salmista canta y entona salmos e himnos al Señor por su intervención salvadora. Y en su gratitud, que incluye la totalidad de su vida—p.ej., alma mía (v. 8)—, utiliza instrumentos musicales—p.ej., salterio arpa—para cantarle a Dios en la mañana, y entre los pueblos y las naciones. El salmista reconoce con humildad la importancia de la manifestación redentora del Señor, y desde muy temprano en el día se presenta ante Dios para afirmar que su misericordia llega a los cielos y su verdad a las nubes. El poeta celebra la revelación del Señor con cánticos que afirman su poder salvador, que se pone en evidencia hasta en los cielos. Su testimonio de gratitud se escuchará entre los pueblos y naciones, que es una alusión a las comunidades no israelitas. El salmista se allega a Dios en gratitud, al reconocer que su oración fue contestada o para afirmar su seguridad de que Dios responderá a su clamor en el momento oportuno.
La referencia a «la mañana» (v. 8) alude a la práctica judía de llegar al Templo antes del alba para comenzar las oraciones (Sal 59:16; 88:13; 119:147). Con algunas variantes menores, estos versículos (vv. 6–10) también se encuentran en el Sal 108:1–5.
El Salmo 57 puede servir de buen modelo educativo para destacar los temas de la protección divina hacia su pueblo. La imagen de las alas de Dios, que cubren y protegen a los creyentes, es una referencia femenina al Señor. Esta característica divina, de acuerdo con el salmista, supera la distinción tradicional de géneros, y enfatiza su capacidad y deseo de protección. El salmista le enseña de esta forma a las iglesias y los creyentes de todos los tiempos que el Dios bíblico tiene el deseo y el poder de manifestarse en medio de las vivencias del pueblo para protegerlo, así como las águilas cuidan a sus crías (Is 40:31).
Esa teología de protección divina se manifiesta también en la teología de Jesús, de acuerdo con los evangelios, cuando comparó a Dios con la gallina que cuida a sus polluelos debajo de sus alas (Lc 13:34). La imagen del salmo hace eco en el mensaje del Señor, quien destaca el amor divino al pueblo de Israel y particularmente a la ciudad de Jerusalén y a sus habitantes.

LIBRO SEGUNDO: SALMOS 42-72

                                      LIBRO SEGUNDO: SALMOS 42-72


SALMO 58: «PLEGARIA PIDIENDO EL CASTIGO DE LOS MALOS»

El Salmo 58 es una oración intensa que pide el castigo contra los jueces que no practican la justicia y se aliaron a los poderosos para defraudar a la gente inocente y humilde del pueblo. El poema presenta el eterno problema de la violencia y las injusticias que abaten a la humanidad. Además, incluye una serie de maldiciones que ponen de manifiesto su deseo de justicia, aunque para la comunidad cristiana pueden parecer muy agresivos.
El género literario del salmo es difícil de precisar con exactitud. Posiblemente se trata de una súplica o lamento de la comunidad que se allega ante Dios para implorar la implantación de la justicia. Es, además, un tipo de denuncia profética a las prácticas impropias de los jueces, que se creían poderosos o «dioses» frente a los sectores humildes y desposeídos de la sociedad. Esta oración podía ser parte de algunos de los festivales nacionales que se celebraban en el Templo, y en el que es posible participaran algunos profetas litúrgicos. Esta forma de crítica se relaciona principalmente con la época preexílica, y con prácticas similares a las que llevaba a efecto Amós en el santuario de Betel (Am 7:10–17). El salmista debió haber sido un profeta muy relacionado a las instituciones religiosas y jurídicas de Israel.
El título hebreo del salmo lo relaciona al «músico principal» y con David (véase Introducción), y añade una referencia a «no destruyas» (véase comentario al Salmo 57). Las traducciones de este salmo pueden variar porque incluye algunas palabras de muy difícil comprensión.
La estructura literaria del salmo es la siguiente:

• Acusación contra los jueces poderosos: vv. 1–2
• Descripción de las acciones de los jueces: vv. 3–5
• Imprecaciones: vv. 6–9
• Venganza y recompensa: vv. 10–11

vv. 1–2: El salmo comienza con una serie de acusaciones serias a los «poderosos» que implantan la justicia en Israel. Luego de dos preguntas retóricas, que requieren respuestas negativas de las decisiones legales de los jueces, se describen sus acciones cotidianas: maquinan maldad y transmiten violencia. Desde el inicio mismo del poema se pone de relieve la naturaleza del problema: El sistema judicial no es equitativo ni implanta la justicia. La acusación es severa y grave: Fundamentados en la maldad premeditada, toman decisiones que afectan no solo a individuos indefensos sino a la comunidad en general, a la tierra.
La palabra hebrea traducida como «poderosos» tiene en este contexto sentido dudoso. La mismas consonantes hacen posible otras traducciones del texto: p.ej., «Cuando vosotros habláis, la justicia calla»; o como se traduce en algunas versiones modernas: «¡Vosotros dioses!», que es una forma irónica de referirse a los jueces como si fueran divinidades. La idea es que las personas que se les ha dado el poder para implantar la justicia en el pueblo han rechazado esa responsabilidad, y se han dedicado a inclinar la balanza legal en contra de los sectores más humildes de la comunidad.
Este tipo de denuncia es común en la literatura profética, en la que abundan los reproches y las críticas contra las personas que practican la injusticia. Estas críticas, se presentan particularmente contra los sectores de la sociedad que tenían como responsabilidad primaria la implantación de la justicia: p.ej., jueces y reyes.
vv. 3–5: En la segunda sección del salmo se ponen de relieve las conductas impropias de los magistrados. Se expone de forma clara y pública la corrupción de los jueces. En primer lugar se indica que son impíos, mentirosos y corruptos desde el nacimiento, desde la matriz, desde el comienzo mismo de sus vidas. De esta forma de destaca la naturaleza y gravedad de la maldad. El salmista indica que las injusticias que llevan a efecto no es un tipo de comportamiento aprendido sino una manifestación malsana que está profundamente arraigada en ellos.
A esa afirmación inicial le añade una imagen extraña pero muy ilustrativa. Los jueces injustos son como las mortales serpientes venenosas, que no se dejan apaciguar, calmar o desorientar por los encantadores. La percepción antigua es que los encantadores hipnotizaban a las víboras con sus música, y de esa forma las controlaban y las hacían inofensivas. El mensaje profético fundamental es que los jueces injustos «cierran sus oídos» y se niegan a escuchar el clamor de la gente que implora justicia, como si fueran «víboras sordas». Este tipo de juez, ciego y empecinado en su comportamiento corrupto e injusto, inyecta su veneno mortal a la sociedad.
vv. 6–9: Esta sección del salmo incluye una serie de peticiones de juicio, imprecaciones o maldiciones hacia los jueces injustos. El salmista presenta siete maldiciones, que simbólicamente puede ser un deseo perfecto de juicio y destrucción. Las peticiones del salmista, que son intensas y firmes contra los jueces injustos, son las siguientes:

• Que se rompan sus dientes;
• Que se rompan sus muelas;
• Que desaparezcan como las aguas;
• Que se rompan sus saetas cuando disparen;
• Que se deshagan, como el caracol;
• Que no vean el sol, como los abortos;
• Y que los arrebate la tempestad.

La idea de las maldiciones es que reciban en vida el resultado de sus acciones injustas. Las imágenes de venganza van desde la eliminación de los dientes y muelas, símbolos de la maldad y las formas que devoraban a sus víctimas, hasta la muerte, que revela el estado último de la realidad humana. Los deseos son firmes y claros: El salmista pide la eliminación de este tipo de persona que trae a la comunidad desgracia, desesperanza, injusticia y opresión. Estas imágenes ponen de manifiesto la fragilidad humana, mientras los «poderosos» piensan en la autosuficiencia simbolizada por las serpientes y en el poder y la fuerza representada en las fieras y sus dientes voraces.
vv. 10–11: La porción final del salmo revela dos ideas básicas. En primer lugar presenta la alegría del justo cuando tiene la oportunidad de ver su venganza. La imagen de muy clara y pictórica: Lavar los pies en la sangre de sus enemigos. La idea es que el salmista se regocijará con la destrucción de los jueces injustos, que perecerán de forma violenta, de la misma manera en que vivieron.
A esa idea de venganza e implantación de la justicia se une una muy importante afirmación teológica. El salmista reconoce que para el justo hay galardón, pues sobre los jueces injustos humanos está el juez divino y eterno. Esta es una expresión de confianza absoluta. El salmista afirma categóricamente que Dios hará triunfar la justicia sobre la tierra. Se declara con seguridad que hay recompensa para la gente que ama la justicia, pues el Dios del salmista es esencialmente justo.
Este es uno de los salmos más violentos del Salterio. Representa el sector que entiende que la justicia debe ser implantada en la tierra, en el mismo lugar donde se manifestó la injusticia. La crítica es hacia las personas que deben ser los representante absolutos de la justicia y se convierten en engañadores de la sociedad. La corrupción les ciega, y actúan de forma impropia. Esas acciones no solo afectan adversamente a quienes llevan ante esos tribunales a que se les haga justicia sino a toda la tierra, a toda la sociedad.
Las lecturas cristianas de este salmo deben tomar en consideración su afirmación teológica final. La persona justa disfrutará finalmente la justicia divina por la misericordia y el amor de Dios recompensará a la gente que es fiel. El futuro de esos jueces, y de los que ellos representan, es la perfecta destrucción; el porvenir de la gente justa es el disfrute del galardón divino.
En sus discursos, Jesús de Nazaret siguió este tipo de lectura esperanzadora de los salmos. La gente bienaventurada, de acuerdo con uno de sus mensajes más importantes (Mt 5), es la que tiene hambre y sed de justicia, la pacificadora. Para el Señor, la justicia no era un extra optativo sino un requisito indispensable. Y en la parábola del juez injusto (Lc 18:1–8) puso de manifiesto se compromiso con la gente que no se detiene a esperar pasivamente que se le haga justicia, sino que lucha por transformar las acciones o inacciones que impiden que la justicia se haga realidad en la sociedad.


SALMO 59: «ORACIÓN PIDIENDO SER LIBERADO DE LOS ENEMIGOS»

El Salmo 59 en un poema que pone de manifiesto el dolor de una persona que se siente profundamente angustiada e injustamente perseguida. Es la súplica intensa de quien debe enfrentar dificultades extraordinarias y conflictos terribles a causa de las acciones hostiles de una serie de enemigos que califica como «perros». Y como respuesta a esa crisis, el salmista se presenta ante Dios con humildad y seguridad con una serie de peticiones, que ponen claramente de manifiesto su fe y su sentido de seguridad en la intervención divina. Su confianza se fundamenta en la certeza de que Dios pondrá fin a la violencia de sus enemigos, para que se revele de forma especial el triunfo del Señor y su justicia.
Este poema manifiesta las características básicas de los salmos de súplica individuales, aunque con el tiempo se le añadieron algunos elementos se las lamentaciones y peticiones comunitarias (p.ej., vv. 5, 8, 11–13). Es posible que este salmo fuera inicialmente una súplica personal que con el tiempo se revisó para su uso colectivo y nacional.
Si la persona que ora es el rey, entonces los llamados «perros» (vv. 6, 14) son sus enemigos nacionales e internacionales que intentan atacarle como individuo y como representante del pueblo. En ese particular caso, este sería un salmo pre-exílico que pone de manifiesto las dificultades políticas internas y externas que debían enfrentar los monarcas de Israel. Con el paso del tiempo, sin embargo, esta oración se leyó y se revisó en el entorno del destierro, como el clamor de una nación que debía enfrentar continuamente las complejas adversidades sociales, políticas, económicas y espirituales del exilio. Luego del destierro en Babilonia, Israel estuvo expuesto a la dominación de potencias extranjeras y experimentó el contacto político y militar íntimo con naciones paganas y enemigas.
El título hebreo del salmo es ciertamente complejo (véase la Introducción). En primer lugar, relaciona el poema con el «músico principal»; respecto a la expresión «No destruyas», véase el comentario al Salmo 57; es un «miktam» de David (véase la Introducción); y se relaciona con un interesante episodio de la vida de David, cuando huía del rey Saúl, que se relata en 1 Samuel 19:11–17. El salmo manifiesta una serie importante e interesante de paralelos lingüísticos con 1 Samuel 19:11, 24.
Aunque la estructura literaria del salmo es compleja, el estribillo del poema (vv. 6, 14) nos puede brindar una pista de ayuda y apoyo.

• Peticiones y quejas: vv. 1–5
• Estribillo: Los enemigos son como perros: v. 6
• Descripción de los enemigos, confianza del salmista y petición de juicio: vv. 7–13
• Estribillo: Los enemigos son como perros: v. 14
• Descripción de los enemigos y alabanza a Dios: vv. 15–17

Una estructura alterna de este salmo se puede encontrar al identificar algunos paralelos temáticos en las diversas secciones del poema.

• Llamado de ayuda, lamento y oración: vv. 1–5 y vv. 11–13
• Estribillo sobre los enemigos: vv. 6–7 y vv. 14–15
• Afirmación de la confianza en Dios: vv. 8–10 y vv. 16–17

vv. 1–5: Lo que distingue específicamente la primera sección de este salmo es la súplica individual, el clamor intenso de una persona que se siente acosada, la oración ferviente de alguien que ha experimentado la angustia de la persecución. Y como su situación es sumamente difícil, se allega ante Dios con una serie de peticiones dramáticas e intensas: Líbrame (vv. 1, 2), ponme a salvo (v. 1), sálvame (v. 2), despierta (vv. 4, 5), ven a mi encuentro (v. 4), mira (v. 4), castiga (v. 5) y no tengas misericordia (v. 5). Ese tipo de clamor por liberación es característico de los salmos de súplica (véase, p.ej., Sal 25:20; 31:2, 15; 39:8; 51:14; 107:6). Su afirmación y protesta se fundamenta en su inocencia (vv. 3b–4a). Los enemigos son personas poderosas que se han confabulado contra el salmista, aunque el poeta no puede identificar con precisión su falta, su pecado o su delito.
En medio de su crisis aguda, el salmista clama al Señor de los ejércitos (v. 5), que es el Dios de Israel, para que intervenga de forma salvadora. Esa referencia al Señor pone de manifiesto su confianza en el Dios que puede vencer en las batallas, pues ese nombre guerrero de Dios se asocia a los triunfos del pueblo de Israel luego de la salida de Egipto y en el período de conquista en Canaán. El salmista clama para que el Señor «despierte», le visite, «mire» y evalúe el caso. Está tan confiado en su inocencia que reclama la intervención divina para que sus enemigo, que ahora identifica con precisión como «las naciones» (v. 5) reciban su merecido castigo. ¡No puede haber misericordia, de acuerdo con el salmista, para quienes se organizan para hacer el mal injustamente contra las personas inocentes!
La intensidad de las imprecaciones de la oración revela que el salmista pertenecía al grupo de personas que no se amilanó ante las amenazas y ataques de los enemigos. ¡Respondieron a la hostilidad de los adversarios con valor, firmeza y fidelidad a Dios!
La estrofa finaliza con la palabra hebrea selah (véase Introducción), que sirve de identificación a la transición temática y literaria.
v. 6: El estribillo o refrán del salmo es corto y claro: Los enemigos del poeta son como perros salvajes que merodean la ciudad, y con sus ladridos anuncian que están dispuestos al ataque y a devorar a sus víctimas. La imagen es poderosa y descriptiva. El presupuesto filosófico de la comparación es que los perros no son domésticos. Se alude a animales salvajes que en su frenesí no reconocen amistades ni respetan fronteras.
vv. 7–13: Esta sección del salmo prosigue el tema de los enemigos y mantiene la imagen de los perros. La descripción se hace más precisa: ¡Esos perros, por dientes tienen espadas! Los enemigos utilizan la calumnia y las mentiras para agredir y perseguir al salmista. Hablan con espadas en sus labios, pues las palabras que emiten son mortales y las expresiones que salen de sus bocas incitan a la violencia. Y además de ofender al salmista perseguido afirman que las plegarias y peticiones de ayuda nadie las escucha, nadie las oye, nadie las atiende.
El salmista reacciona ante esas actitudes de arrogancia y prepotencia con seguridad y confianza. El Señor se ríe de sus adversarios, se burla de las naciones enemigas. El fundamento de la esperanza del salmista está en Dios, que es su defensa y refugio. La imagen es la de un castillo o alcázar que protege al pueblo en momentos de guerra y crisis nacional. Dios es protección y apoyo para el salmista que se siente desfallecer por la multitud de los conflictos y la complejidad de las calamidades. El Dios de la misericordia irá delante del salmista, que es una afirmación de apoyo, y le permitirá ver su deseo hacia sus enemigos.
Los deseos del salmista hacia sus enemigos son una serie intensa de imprecaciones o maldiciones. Reaccionó el poeta como un ser humano angustiado y cansado de las injusticias a las que es sometido. Su oración intensa reclama la implantación de la justicia, que en este caso se relaciona íntimamente con la destrucción de sus enemigos (vv. 11–13). En primer lugar: ¡El salmista no quiere que sus enemigos mueran de repente! ¡No desea la destrucción de sus adversarios se manifieste de un solo golpe! El objetivo es que el pueblo no olvide rápidamente lo que ha sucedido. El salmista le pide a Dios que los abata y los disperse con su poder (v. 11), para que el sufrimiento sea largo y tormentoso. La dispersión o el exilio era en la antigüedad una calamidad extraordinaria pues desarraigaba a una comunidad de las tierras de sus antepasados. Esa manifestación del juicio divino era el resultado inmediato del pecado de la mentira, de la calumnia, de la acusación falsa, de la blasfemia. La soberbia les llevó a maldecir y mentir, que son actitudes humanas claramente rechazadas por Dios.
La segunda maldición del salmista solicita que Dios acabe o extermine a sus enemigos con el furor de su ira, pues no desea que existan más. Ya está cansado el salmista de las agresiones y las injusticias y solicita la manifestación de la justicia divina que presupone la destrucción de sus enemigos. La finalidad es que se conozca en Jacob, que es una forma poética de referirse la pueblo de Israel, y hasta en los confines de la tierra que el Señor es el que gobierna al mundo, que es una manera de afirmar que la justicia divina no puede ser ignorada o rechazada.
Finaliza esta sección con otra referencia a la palabra hebrea selah (véase la Introducción).
v. 14: Una vez más se introduce el estribillo del salmo, que afirma nuevamente la actitud agresiva e inmisericorde de los enemigos.
vv. 15–17: La sección final del poema continua y expende el tema del estribillo. Los enemigos que actúan como perros andan por la ciudad errantes buscando comida, y al no encontrar alimentos se quejan toda la noche. La finalidad poética es burlarse de los enemigos, que no tienen la capacidad de encontrar comida y lo único que pueden hacer es aullar y quejarse.
El salmo finaliza con una gran afirmación de fe, seguridad y confianza en el Señor. El salmista cantará al poder divino y alabará de mañana su misericordia porque ha reconocido que Dios es su amparo en el día de angustia. ¡El Señor es su fortaleza y refugio! ¡El Señor es fuente de misericordia!
Las alabanzas y la seguridad del salmista se contraponen a los ladridos y desesperanza de los perros, que son sus enemigos. El cántico del salmista pone claramente de manifiesto su confianza en el Dios que tiene la capacidad de librarlo de sus enemigos (vv. 1, 2) y de ponerlo a salvo en «el día de angustia» (v. 16). El salmo comienza con una petición de liberación y finaliza con una manifestación de misericordia.
Las iglesias cristianas y los creyentes pueden ver en este salmo una de las características de Dios más importantes: El Señor está al lado de la gente que sufre injusticias en la vida. Los enemigos del salmista son poderosos, pero el poder que ostentan no puede compararse con las manifestaciones de autoridad, justicia y misericordia divinas. En esa lucha desleal, entre la gente fiel y necesitada y los adversarios poderosos, el Señor interviene de forma dramática para poner fin a esa serie injusticias. Y en agradecimiento al Dios que es nuestro amparo, refugio y fortaleza, le cantamos y entonamos alabanzas a su poder y a su misericordia.
Este salmo se ha relacionado a través de la historia con la pasión de Cristo. Y, en efecto, podemos relacionar las dinámicas de persecución injusta contra Jesús, con las afirmaciones teológicas del poema. También contra Jesús se confabularon las personas poderosas de su época para asesinarlo. Aunque era inocente, sus enemigos se organizaron para destruirlo, querían silenciar su voz profética y misericordiosa, deseaban detener su movimiento liberador, anhelaban opacar la luz de sus enseñanzas sublimes. Ante esas manifestaciones inhumanas de odio y hostilidad el salmista se expresó con imprecaciones y maldiciones; Jesús, sin embargo, puso de manifiesto el poder del perdón y del amor.


SALMO 60: «PLEGARIA PIDIENDO AYUDA CONTRA EL ENEMIGO»

El Salmo 60 es una oración compuesta para ser utilizada en los cultos penitenciales. El pueblo invoca al Señor luego de experimentar una crisis nacional que tiene proporciones catastróficas. La respuesta divina a esa petición de auxilio consiste en un mensaje de salvación, seguridad y esperanza. La súplica a Dios del poeta se fundamenta en la confianza y en la seguridad de que el Señor tiene la capacidad y el deseo de intervenir de forma liberadora, para cambiar la suerte del pueblo. Las personas no tienen el poder de ayudar a Israel a hacer proezas y vencer al enemigo. Sólo el Señor tiene esa capacidad y potestad.
La clasificación de este salmo es compleja por ciertas dificultades internas que manifiesta, aunque el poema revela algunas características literarias y temáticas que pueden ayudarnos: p.ej., el clamor se dirige a Dios de forma directa, se describe el sufrimiento, que toma forma de queja, se articulan las peticiones en momentos de gran dificultad nacional, y se incorpora alguna confesión de fe y afirmación de seguridad. Posiblemente este salmo es un lamento u oración de súplica colectiva que expresa la petición del pueblo y sus líderes durante un período extraordinario de crisis nacional, derrota militar y humillación colectiva. El contexto de vida de este salmo son posiblemente las reuniones nacionales de oración en el Templo de Jerusalén, luego de que el pueblo experimentaba alguna dificultad mayor, que podía ser producto de la guerra o resultado de las inclemencias de la naturaleza.
El título hebreo relaciona al salmo con una serie importante de campañas militares de David (2 S 8:3–14; 1 Cr 18:3–12), y revela claramente la histórica animosidad entre Israel y Edom. Aunque la fecha de redacción del poema en el período de la monarquía temprana es posible, el salmo más bien proviene de una época posterior, cuando las confrontaciones con los edomitas se hicieron más intensas y agrias, quizá cercana a la caída del Reino del Norte (c.721 a.C.) o mejor durante el período exílico, cuando los edomitas cooperaron con los babilonios en el saqueo y destrucción de la ciudad de Jerusalén (Sal 137:7; Abd). Y la referencia a los doce mil edomitas vencidos, que difiere de la cifra que se presenta en 2 Samuel 8:13 y 1 Crónicas 18:12, puede ser que revele la existencia de diversas tradiciones antiguas sobre el mismo asunto, también puede ser una corrupción en el texto o puede deberse a algún error de los copistas.
La referencia en el título debe ser a «Los lirios del testimonio» (véase también en Sal 80), que puede ser una manera de referirse al proceso por el cual se utilizaban flores en procesos antiguos de vaticinios, o también el título de alguna melodía antigua. Aram-Naharaim, o Aram de los dos ríos, era una vasta llanura entre los ríos Jacob y Éufrates, en la parte norte de Mesopotamia, que de acuerdo con los israelitas estaba relacionada con los patriarcas y matriarcas (Gn 12:4; 24:4, 10). Aram de Soba era un reino al norte de Damasco (1 S 14:47; 2 S 8:5; 10:6, 8; 1 R 11:23). La localización del valle de la sal es imprecisa, aunque posiblemente alude a alguna región al sur del Mar Muerto, posiblemente en territorio edomita.
La estructura literaria del salmo es la siguiente:

• El reclamo del pueblo de Dios: vv. 1–5
• La promesa divina: vv. 6–8
• La oración de ayuda y apoyo: vv. 9–12

vv. 1–5: La primera sección del salmo presenta una queja intensa y sentida. Y como los verbos están en pasado, se infiere que el pueblo está padeciendo una serie de calamidades sociales y dificultades políticas relacionadas con alguna catástrofe nacional de proporciones mayores. Las imágenes poéticas son reveladoras. Se trata, en primer lugar, de una experiencia similar a la de un poderoso terremoto, que sacude y destruye la tierra, y que produce desolación, angustia y aturdimiento general. Además, se presenta al pueblo como si estuviera aturdido, como si Dios mismo lo hubiera embriagado con el vino de su ira.
La crisis, que para el poeta en producto de la intervención divina y fruto del juicio de Dios, hizo que el pueblo se sintiera desechado y quebrantado. En efecto, la comunidad sintió el furor del juicio de Dios. Y esa queja profunda del salmista, que culpa el Señor por lo sucedido, culmina con una petición de liberación y salvación. El poeta, en medio de la grave crisis que el pueblo experimenta, no solo presenta su queja sentida y agónica ante el Señor sino que incluye una clamor de apoyo y articula una petición de ayuda: «¡Para que se libren tus amados, salva con tu diestra y óyeme!». Implora la misericordia hacia el pueblo, que describe como «los amados» del Señor.
El poema también incluye en esta sección una referencia a la palabra hebrea selah (véase la Introducción).
vv. 6–8: En esta sección del salmo se incorpora una persona que habla en nombre de Dios, en el estilo de un oráculo profético. Se afirma que el Señor es un Dios victorioso, peor que sus intervenciones salvadoras se relaciona íntimamente con la colaboración cercana de los pueblos de Efraín y Judá, que representan a todo el pueblo de Israel. Dios habla desde su santuario, que evoca la imagen del pueblo congregándose el Templo, en una especie de asamblea nacional, para implorar sus manifestaciones liberadoras y salvadoras.
El mensaje divino alude una serie de pueblos y regiones, que es una manera simbólica de destacar el poder divino sobre esas naciones. Se identifican las siguientes ciudades: Siquem—antigua cuidad palestina situada cerca de 60 km. al norte de Jerusalén—; el valle de Sucot y Galaad—ubicados al este del río Jordán—; y Manasés—al norte de las montañas de Efraín, que en este contexto representa toda la región norte de Israel—. De Efraín se dice que es casco o yelmo protector; a Judá lo presenta como legislador, en una posible alusión al poder y la autoridad que se relaciona con el rey David; en torno a Edom se indica que es solo una jofaina o palangana para lavarse los pies, y la referencia a «echar su sandalia», es una manera simbólica de tomar posesión; y la poderosa Filistea será objeto del contentamiento divino. La imagen divina es la de un guerrero invencible que utiliza a esos pueblos como sus instrumentos de batalla. La teología del poema destaca la imagen del Dios que gobierna los pueblos de la tierra.
Con ese mensaje profético, el Dios guerrero responde al clamor de un pueblo herido por la derrota militar y avasallado por sus consecuencias catastróficas. Las imágenes son de triunfo y esperanza.
Los vv. 5–12 se repiten solo con variaciones menores en el Salmo 108:6–13, donde se relacionan con una oración que reclama la manifestación del día final y escatológico del Señor, para poner claramente de relieve su venganza y juicio, al establecer su señorío sobre las naciones. Esta repetición literaria y temática revela las formas en que los salmos eran utilizados a través de los siglos, al aplicarlos a nuevas experiencias teológicas y para responder a situaciones noveles de vida.
vv. 9–12: La tercera sección del poema incorpora nuevamente a la persona que hablaba en los primeros versículos, que puede ser el rey o alguno de sus representantes. Como respuesta al mensaje profético de esperanza, se plantea una interrogante práctica y concreta: ¿Quién le llevará a Edom, reconocida como «ciudad fortificada» y especialmente protegida, posiblemente para responder a la agresión y conquistarla? La pregunta es muy válida, pues el Señor permitió la derrota al no ir con ellos a la batalla. Ese reconocimiento hace que el salmista acepte una vez más la necesidad de ayuda divina y articule una nueva petición. Los seres humanos no pueden ayudarle, es vano el esfuerzo de los guerreros, pues el socorro verdadero contra los enemigos proviene únicamente del Señor.
La afirmación final del salmo se fundamenta en el mensaje de esperanza y en el clamor de socorro y la petición de ayuda. Los enemigos serán aplastados, pues Dios tiene la capacidad y el poder de intervenir de forma liberadora y de manera extraordinaria. La declaración teológica es fundamental e importante: «¡Con Dios haremos proezas!».
La expresión teológica que finaliza el salmo revela la transformación del mensaje poético: El clamor comienza con una queja por el juicio divino, pero finaliza con una afirmación de fe y esperanza. La crisis nacional no es la última palabra divina para su comunidad, pues junto al Señor, el salmista, en representación del pueblo, tiene el poder de hacer cosas maravillosas. La palabra poética que culmina el salmo revela el cambio de actitud del poeta: De la queja a la esperanza; del reproche a la afirmación; de la amargura a la seguridad.
El mensaje profético de este salmo pone claramente de manifiesto que el Señor es fiel a sus promesas. Las derrotas y las crisis, aunque en ocasiones se sienten como grandes terremotos en la vida, no constituyen el fin de las relaciones de Dios con su pueblo. El Dios bíblico se ha comprometido a acompañar a su pueblo no solo en momentos de triunfo y alegría sino en momentos de dificultades extremas y derrotas. La misericordia divina está siempre presente y su compasión se revela en momentos de necesidad.
Este salmo puede ser fuente de apoyo y seguridad de quienes sienten que la vida les ha traicionado y herido mortalmente. Únicamente con Dios se pueden hacer proezas, se pueden transformar las crisis en oportunidades de triunfo. Esa afirmación teológica del Salterio se debe unir al mensaje del apóstol Pablo, que afirma que los creyentes en Cristo son personas vencedoras. En su descripción de las dificultades que pueden llegar a herir mortalmente a la gente de fe, el sabio apóstol indica que «a los que aman a Dios todas las cosas los ayudan a bien» (Rom 8:28).


SALMO 61: «CONFIANZA EN LA PROTECCIÓN DE DIOS»

Este salmo presenta la oración intensa de una persona piadosa que clama al Señor «desde el extremo de la tierra», que posiblemente es una forma figurada de referirse al destierro, a la distancia e imposibilidad de visitar el lugar en el cual anhela estar. El poema articula la súplica sentida e intensa de un individuo de fe que, al sentirse lejos de Jerusalén, implora apoyo divino para llegar al Templo y presentar sus votos y sacrificios al Señor. El salmista atraviesa una particular situación difícil, y en su oración pide al Señor por sí mismo y por el rey. La naturaleza del peligro que motiva ansiedad y las preocupaciones del poeta no es descrita en el salmo, aunque puede tratarse de alguna crisis militar.
De acuerdo con la estructura y los temas que se incluyen y exponen en el poema, se puede catalogar este salmo como uno de lamento individual, que incluye una intercesión por el rey. Un problema en el análisis del salmo se relaciona con los vv. 6–7, que articulan una oración en favor del monarca, que no parece, a primera vista, relacionarse fácilmente con el resto del clamor. Esa oración se hace en tercera persona, y añade al poema un particular componente literario, que algunos estudiosos han entendido como una añadidura posterior, pues refleja las preocupaciones de la comunidad por el rey de Israel. Otros eruditos ven en esta oración un tipo de cortesía y respeto al monarca, en los contextos litúrgicos y cúlticos del pueblo. Sin embargo, si pensamos que la persona que clama es posiblemente el rey o su representante, entonces esta sección del poema (vv. 6–7) puede muy bien ser parte de las contribuciones del coro a la adoración en el Templo. De esta manera estos versículos serían parte integral del salmo.
Es muy posible que el contexto inicial en el cual este salmo se utilizaba en la adoración era en momentos de crisis nacional; específicamente puede reflejar las dinámicas y las preocupaciones del pueblo durante el exilio en Babilonia. El rey, como representante del pueblo, se allegaba al Señor para implorar su misericordia y solicitar un tipo de salvoconducto o apoyo especial para poder llegar al Templo y ofrecer sus sacrificios. En el período exílico y post-exílico este salmo tomó dimensiones mesiánicas y se interpretaba como una clamor por el cumplimiento de las profecías en torno al la dinastía de David.
El título hebreo del salmo lo relaciona con David, con el levita músico que se encargaba de dirigir los cánticos en el Templo y con «Neginot», que es una posible referencia a la musicalización de las alabanzas (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo no es compleja:

• Invocación o clamor a Dios: vv. 1–3
• Declaración de fe: vv. 4–5
• Oración por el rey: vv. 6–7
• Confianza del salmista: v. 8

vv. 1–3: El salmo comienza con una invocación, en la cual se implora al Señor que escuche y atienda el clamor del salmista. La oración se hace desde «el extremo de la tierra», que puede ser una referencia a la gran distancia que le separaba del Templo, aunque puede ser también una referencia poética al exilio en Babilonia. El poeta se allega ante el Señor y presenta su oración desde los «confines del mundo», para expresar la nostalgia y el dolor de estar distante y desterrado en unas tierras lejanas. Su corazón desmaya, que revela la intimidad de sus sentimientos y la naturaleza de la crisis.
En su oración, el salmista reclama la intervención divina para que lle lleve a una roca elevada, pues el Señor ha sido su «refugio» y «torre fuerte» ante los enemigos que ha enfrentado. Las imágenes en torno a Dios son muy importantes para la comprensión del poema. Dios es refugio, alcázar, bastión, fortaleza, baluarte, torre firme de vigilancia o castillo que le protege de los ataques de los enemigos. La idea que transmite la imagen es de cobertura y seguridad en medio de las dificultades.
La referencia a la «roca» puede ser una alusión al monte Sión y al Templo, en Jerusalén, que representan para el salmista la presencia divina que inspira seguridad, y futuro. Esta imagen también puede ser una forma de referirse a Dios, que ya en la literatura poética se compara a la roca (Sal 18:2; 19:14), por las ideas de estabilidad, firmeza y sentido de permanencia.
vv. 4–5: De la petición de apoyo, el salmista mueve su clamor para poner de manifiesto su sentido de seguridad, su firme esperanza y su anhelo de futuro. El poeta afirma que, aunque está en medio de una grave crisis, habitará en el Tabernáculo—literalmente, «tienda de campaña» (Ex 33:7–11), que posiblemente es un término arcaico para referirse al Templo, que representa la casa de Dios, su presencia y su capacidad de escuchar y responder a su clamor—, y que estará seguro debajo de la cubierta de sus alas. Entiende el salmista que Dios escucha su clamor y le ha dado la «heredad», que es una referencia a la Tierra Prometida, una alusión a las intervenciones liberadoras del Señor que les sacó de Egipto y les llevó a Canaán.
La imagen de las alas es importante en el poema. Es una referencia femenina de Dios, revela el rostro materno del Señor. El Dios que protege a su pueblo, y particularmente al salmista en medio de sus crisis, se compara a las águilas que extienden sus alas protectoras para cubrir y apoyar a sus aguiluchos. La idea es de cobertura y sostén en medio de las realidades de la vida.
Las dos secciones iniciales del salmo contrastan de forma marcada en el sentido del tiempo. En el primer clamor se pone de relieve lo temporal y transitorio de las dificultades, aunque se reconoce responsablemente la gravedad de los problemas. En la sección siguiente (vv. 4–5) se destacan los elementos de permanencia. La protección divina no es temporal sino definitiva y segura. La gente que teme al nombre de Dios son las que reconocen su naturaleza santa y confían en sus promesas.
vv. 6–7: Esta parte del poema introduce el tema del rey. La oración revela un deseo positivo de futuro y seguridad hacia el monarca. El clamor pone de manifiesto los mejores anhelos para el rey, pues su bienestar tenía repercusiones inmediatas en la comunidad. Se pide a Dios muchos años de vida para el rey, pues la longevidad es signo de bendición divina y prosperidad. La frase «estar siempre delante de Dios» alude a la fidelidad y la obediencia del monarca; es una manera de poner de manifiesto su actitud hacia las promesas divinas. Y la actitud de humildad y obediencia real mueve al Señor a manifestar su misericordia y su verdad, que son símbolos de protección y apoyo.
v. 8: Finaliza el poema con una afirmación de fe y compromiso. El salmista, que ya ha presentado su clamor al Señor, ha declarado su sentido de seguridad y ha solicitado la bendición divina hacia el rey, ahora se presenta ante el Señor para ofrecer sus alabanzas y cumplir sus responsabilidades religiosas. El poeta cantará a Dios y honrará sus promesas y obligaciones en el Templo. Anticipando la respuesta positiva a sus plegarias, el salmista profesa su fidelidad y obediencia al Señor.
El Dios del salmista tiene la capacidad de escuchar las oraciones de su pueblo. Ya en la liberación de Egipto se puso de manifiesto su deseo de liberación, ante el cautiverio y la opresión del faraón. En esta ocasión el poeta, fundamentado en esa teología, clama al Señor para que le libre nuevamente de un nuevo cautiverio, de una nueva modalidad de esclavitud. Y el Dios bíblico responde una vez más para salvar y redimir a las personas que se sienten descorazonadas y defraudadas en la vida.
De acuerdo al salmista, este Dios que responde provee una fortaleza que le protege, manifiesta su amor como las águilas que protegen a sus crías, y revela su misericordia y verdad para brindar sentido de futuro y esperanza a la gente en crisis. El Dios del salmista y de los creyente no permanece callado ante las oraciones de su pueblo, sino que responde con intervenciones liberadoras que producen alabanzas sinceras y gratitudes continuas en la gente de fe.


SALMO 62: «DIOS, EL ÚNICO REFUGIO»

Este es un salmo de profunda confianza espiritual; es un poema de profesión de confianza en Dios, aún en medio de los mayores peligros de la vida. ¡La paz verdadera se encuentra en Dios!, que protege a sus fieles y retribuye a cada persona de acuerdo con sus acciones de bondad o maldad. Para el salmista, el Señor es roca, salvación y refugio, que son imágenes que subrayan las ideas de estabilidad y fortaleza. Es Dios quien únicamente tiene la capacidad y el poder de proteger y mantener la dignidad y el prestigio de las personas.
El salmista se dirige a Dios únicamente al final de su discurso, pues principalmente dedica su poema a afirmar la seguridad que le produce su teología. El objetivo específico del poeta es destacar la fortaleza que genera su convicción y relación con Dios. En medio de una crisis de persecución—varios estudiosos relacionan el problema con alguna enfermedad mortal—, en la cual se revelan personas conspiradoras y mentirosas, el salmista reconoce que la salvación proviene del Señor y rechaza las ayudas humanas, que describe como superfluas, temporales y engañosas.
Por la serenidad que afirma y transmite, este poema se puede catalogar como un salmo de confianza individual. Y como describe la seguridad que manifiesta el salmista en momentos de dificultad, aunque no especifica la naturaleza específica de las dificultades, se puede inferir de su lectura que la persona que lo usa se allega al Templo para buscar el refugio que provee el Señor contra sus enemigos. En ese contexto, el salmista recibe el oráculo o el mensaje divino de apoyo y fortaleza. La identificación de la fecha de composición del poema es muy difícil, por la naturaleza amplia y general de los temas expuestos, aunque es posible que provenga del los primeros años del período post-exílico.
El título hebreo del salmo lo relaciona con la tradición musical del Templo y con David; además, lo asocia a Jedutún (véase también Sal 39), que posiblemente identifica un tipo de confesión (véase Introducción).
La estructura literaria del poema revela la progresión de los temas expuestos:

• Convicción en tiempos de crisis: vv. 1–7
• Exhortación a la comunidad: vv. 8–10
• La revelación divina: vv. 11–12

vv. 1–7: La primera sección del poema pone de manifiesto claramente la confianza que experimenta el salmista en medio de las dificultades y los conflictos que enfrenta. Revela una estructura interna muy bien definida, pues comienza y termina con una especie de estribillo que revela su confianza y seguridad (vv. 1–2 y 5–6). El salmista afirma su seguridad y confianza en momentos de adversidad, pues entiende que su salvación proviene del Señor, a quien describe como gloria, roca fuerte y refugio. Dios es para el salmista fortaleza, alcázar, protección y fundamento.
En medio de esas declaraciones de seguridad absoluta, el poeta revela el conflicto que debe enfrentar. Se siente traicionado y perseguido por un grupo de personas que han creado un plan para destruirlo. Las imágenes de la crisis son descriptivas: La confabulación tiene como objetivo su destrucción, pues conspiran, con mentiras y engaños, para «arrojarlo de su grandeza», que revela el deseo de desprestigiarlo, despojarlo de su buen nombre, borrar su fama, herir su dignidad. ¡El poeta se siente como una pared que se desploma, como una cerca que se derriba, como una tapia a punto de caer!
Las imágenes del poema son militares, pues sus adversarios avanzan como un ejército. Y en medio de esos ataques mortales contra su integridad, solamente Dios es la fuente de seguridad, únicamente el Señor provee el fundamento de la esperanza. La salvación que proviene de Dios se manifiesta como gloria, roca y refugio.
La expresión «no resbalaré mucho» (v. 2) es reveladora. El poeta reconoce y acepta que, ante la gravedad de la crisis y la complejidad de las dificultades, puede tambalearse y resbalar, aunque no lo suficiente para perder el equilibrio y la fortaleza que proviene del Señor. Referente a la doble inclusión del término hebreo selah (vv. 4, 8), que declara una pausa en el uso litúrgico del salmo, véase la Introducción.
vv. 8–10: En la segunda sección del salmo el poeta se dirige al pueblo con una finalidad educativa. El propósito es que aprenda a confiar en el Señor aun en medio de los conflictos y adversidades de la vida. Como Dios es el refugio de la humanidad, es necesario «¡esperar en él en todo tiempo!» (v. 8).
Junto a la exhortación a tener esperanza y confiar en el Señor, el poeta incluye un imperativo categórico que expande el tema teológico y le añade belleza literaria al salmo. «¡Hay que derramar el corazón ante el Señor!», que es una manera de expresar los sentimientos más hondos, una forma de revelar sus deseos, aspiraciones y esperanzas. Ante Dios, de acuerdo con el salmista, hay que revelar lo más profundo de nuestras inquietudes, frustraciones y anhelos. Según el poema tan importante es la lamentación y el clamor como ante quién se lamenta y clama.
En medio de las recomendaciones pedagógicas al pueblo, el salmista incluye una reflexión personal en torno a sus adversarios, a los que identifica como «hijos de los poderosos». ¡Los compara al soplo del aire, los llama mentira! Aunque pueden tener alguna autoridad y prestigio humano, la verdad es que son falsedad. Y añade, que no se debe confiar en la violencia o el poder de esas personas pues, aunque aumenten sus riquezas, no son fuente de seguridad no son gente íntegra.
El poeta analiza la fuerza, el poder y las virtudes de sus enemigos, los pesa en balanza y descubre que «son menos que nada». En su mensaje al pueblo, les insta a confiar en el Señor y a rechazar la seguridad que puede provenir de las personas. La seguridad del pueblo y de la gente sabia no está en las fuerzas de las personas poderosas sino en el Señor. No se puede poner el corazón—es decir, la confianza y la esperanza—en las personas, sino en Dios, en quien «descansa y reposa el alma» (vv. 1, 5) de las personas de fe.
vv. 11–12: La parte final del poema es una especie de conclusión que utiliza un recurso literario extraño para los lectores modernos del Salterio. Se trata de un proverbio numérico que aparece con cierta frecuencia en la literatura sapiencial (véase, p.ej., Pr 30:18, 21, 29). El propósito literario es destacar la enseñanza; es una manera de poética subrayar el mensaje; es una forma de enfatizar la teología. El poder y la misericordia, la autoridad y el amor provienen de Dios, que retribuye a las personas de acuerdo con sus actos. Este mensaje final del salmo (v. 12b) es la única sección que se dirige a Dios directamente.
Para las iglesias y los creyentes este salmo transmite un claro mensaje de seguridad y esperanza. La confianza humana no puede depositarse en manos humanas, por más poderosas que parezcan, pues al final la gente puede equivocarse o actuar con maldad. La esperanza de la gente debe estar en el Señor que es fuente de seguridad y apoyo. Solamente de Dios proviene la salvación que necesita la humanidad. Únicamente el Señor tiene la capacidad y el deseo de responder al clamor humano con justicia.
El análisis del salmo pone de manifiesto una serie de características importante de Dios, que es roca, salvación, refugio y gloria. Esa naturaleza divina es la que inspira confianza, esas particularidades de Dios—¡que se contraponen claramente a las acciones humanas—, son las que motivan a la fidelidad de las personas, las que incentivan la lealtad de la gente, las que promueven las buenas acciones de los creyentes. Esas características ponen de manifiesto la integridad divina, que se contrapone a las mentiras y engaños de los adversarios. El Dios del salmista tiene el poder y la misericordia, que se traducen en acciones de justicia.
Jesús de Nazaret siguió las enseñanzas de este salmo al enseñar a sus discípulos a confiar en el Señor (p.ej., Mr 4:40; Jn 14:1; 16:33). El propósito de Jesús no era afirmar la inacción, sino presentar la confianza en Dios como un valor que les motivaba a ser personas de bien, a trabajar por la justicia y a vivir a la altura de las exigencias del reino.


SALMO 63: «DIOS, SATISFACCIÓN DEL ALMA»

El Salmo 63 afirma la seguridad que proviene de Dios, e incentiva la relación íntima con el Señor, que tiene implicaciones, valores y consecuencias para la comunidad. Posiblemente el propósito básico del poema es articular los deseos de buscar al Señor y mantenerse al amparo de su amor y misericordia, en medio de alguna situación difícil de la vida. El salmo revela la petición de un israelita piadoso de gozar la presencia y el auxilio de Dios en el Templo de Jerusalén. El poema se mueve anímicamente de la nostalgia por lo que ha perdido por la crisis que atraviesa, a la esperanza de recuperación y disfrute de la presencia y bendición de Dios.
Aunque los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre el particular género literario de este salmo, posiblemente se trata de una súplica individual en la cual el poeta articula una serie de peticiones cuando atraviesa una seria dificultad personal. En su estado actual, el poema se incluye en la tradición de los salmos David, de acuerdo con su título hebreo. Posiblemente la mención de la tierra árida y la referencia sequedad hizo que el poema se atribuyera al famoso monarca de Israel, mientras estaba fugitivo en el desierto (véase 1 S 23:14; 2 S 15:22–23). Es importante notar, sin embargo, respecto a esta referencia histórica, que el salmo alude al Templo, ¡que fue construido por Salomón, luego de la muerte de David! (1 R 6–8).
Determinar con precisión la fecha de redacción del salmo es muy difícil, aunque posiblemente, por sus referencias al Templo y al rey, proviene de la época de la monarquía. Este tipo de salmo individual se utilizaba en la antigüedad para apoyar la devoción individual, especialmente en casos de personas perseguidas y atribuladas. Es posible, también, que este salmo provenga de las experiencias de algún israelita exiliado, que anhela regresar al Templo de Jerusalén reconstruido.
La estructura literaria del poema es la siguiente:

• El salmista tiene sed de Dios: vv. 1–2
• Manifestación de la misericordia divina: 3–8
• Los enemigos serán vencidos y el rey se alegrará: 9–11

vv. 1–2: La primera sección del poema expone lo que hace, siente y experimenta el salmista. Para demostrar su afirmación teológica inicial, que el Señor es su Dios, indica que le busca de madrugada, que su alma tiene sed del Señor, y que su carne le anhela—es decir, todo su cuerpo, su vida completa—. Aunque experimenta alguna crisis y dificultad mayor, que se compara a las tierras áridas y sequedades de los desiertos, desea ver y disfrutar nuevamente el poder y la gloria de Dios, además de participar de las ceremonias religiosas en el santuario, que es una manera de referirse al Templo de Jerusalén. El poeta, en medio de las dificultades que atraviesa, recuerda sus experiencias en Jerusalén, y las añora.
La imagen del desierto es importante en el poema, pues revela la intensidad de la crisis, la gravedad del problema. Los desiertos son tierras vastas y extensas donde escasea la vegetación y las fuentes de agua. La vida en esos lugares remotos y hostiles es complicada y difícil. En este salmo, la referencia al desierto representa el entorno de dificultad física que experimenta el poeta, que anhela superar la crisis y disfrutar de la presencia de Dios.
vv. 3–8: El salmista en esta sección, fundamentado en las anteriores declaraciones de esperanza, revela sus deseos hacia el futuro. Su anhelo es regresar al Templo para participar de las ceremonias cúlticas y poder alabar, glorificar y bendecir a Dios. La expresión «alzaré mis manos» (Sal 28:2; 2 Tim 2:8) es símbolo de oración, alabanza, humildad, reconocimiento del poder divino y gratitud ante la majestad del Señor. El poeta desea dejar atrás el problema y proyectarse al futuro beneficial de la misericordia de Dios.
Para el poeta, la misericordia divina es mayor que la vida, y por esa razón fundamental le alaba. El alma del salmista, que representa en este contexto poético todo su ser, será saciada de «médula y grosura»—p.ej., aceite y manteca—, que de acuerdo con las estipulaciones legales del Pentateuco (Lv 3:16; 7:23) estaban reservadas para el Señor. La idea es que recibirá alimentación divina, abundante y extraordinaria.
La revelación de la misericordia hace que el salmista alabe al Señor con sus labios, con su boca, en su lecho y ¡hasta en las noches! El poeta desea dejar meridianamente claro que sus alabanzas al Señor serán permanentes, pues los labios y la boca representan su vida completa, y el lecho y la noche aluden a la continuidad del tiempo. El alma del salmista—es decir, su existencia plena—está muy cerca y apegada del Señor, pues la diestra divina le ha sostenido y ha sido su socorro. Además, la expresión «de regocijo en la sombra de sus alas», como el águila protege a sus aguiluchos, revela una vez más el rostro maternal y misericordioso de las imágenes de Dios en el salmo. La idea que se destaca es de protección, seguridad, cobertura, abrigo, confianza, refugio.
vv. 9–11: En la sección final se revelan dos temas de gran importancia teológica y práctica para el salmista. En primer lugar, se ponen de manifiesto los deseos hacia sus enemigos, que describe como las personas que intentaban «destruir su alma», que es una manera figurada de enfatizar la seriedad de sus actuaciones. «¡Caerán en los sitios bajos de la tierra!», en una posible alusión a la morada de los muertos. Lo que le espera a sus enemigos es la muerte segura, la destrucción violenta—p.ej., «morir a filo de espada» o «ser presa de los chacales o lobos»—. En la antigüedad, era vergonzoso, espantoso e impensable morir sin ser sepultado, pues el cuerpo se convertía en alimento de los animales salvajes (Is 14:18–20; Jer 7:23).
Se pone término al salmo con el deseo hacia el rey, que se alegrará y regocijará en Dios. Además, el poema añade que cualquier persona que jura o que fundamenta sus acciones en el rey—que puede referirse tanto al monarca humano como a Dios, rey de Israel por excelencia—, será alabada, valorada y apreciada. Mientras la gente que habla la verdad será reconocida, y las personas mentirosas serán calladas, que es una manera de aludir a la muerte.
El salmista culmina el poema con una nota de alegría: La gente fiel se alegrará en Dios, que tapará definitivamente la boca a las personas engañadoras y mentirosas. La fidelidad genera la alegría divina, y la mentira produce destrucción y muerte.
Las iglesias y los creyentes descubren en este salmo un gran sentido de intimidad y recogimiento. El poeta desea poner de manifiesto la seguridad que produce estar cerca de Dios y buscarle en la mañana. Y la gente de fe, que debe enfrentar las más agrias adversidades de la vida contemporánea, descubre en sus líneas la palabra grata que sirve de bálsamo al espíritu humano quebrantado.
Jesús utilizó ese anhelo de eternidad y vida cuando le indicó a sus seguidores, el último día de la gran fiesta de los Tabernáculos: «Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva» (Jn 7:37–38).


SALMO 64: «PLEGARIA PIDIENDO PROTECCIÓN CONTRA ENEMIGOS OCULTOS»

Este salmo solicita el apoyo divino contra una serie de enemigos de gran poder e importancia que se organizan como un ejército para calumniar y perseguir a una persona inocente, como si fuera un ataque militar con espadas y flechas. El salmista, que es víctima de las intrigas, confabulaciones y mentiras de sus adversarios, pide ayuda al Señor, que tiene la capacidad y el deseo de transformar el curso de las acciones humanas y hacer que sus enemigos caigan en su propias trampas y engaños. El salmo, que revela maestría literaria, sensibilidad artística y belleza poética, presenta la súplica de la persona que ora, a la vez que habla de quienes son responsables de sus penurias y de las formas en que organizan y llevan a efecto sus planes malvados.
Tradicionalmente este salmo se ha estudiado como si fuera un lamento individual, que revela las angustias de alguien preocupado por el peligro que corre su vida, no tanto por el resultado de alguna catástrofe nacional o personal. El poema pone de manifiesto las ansiedades del salmista ante las amenazas y conspiraciones de sus enemigos y se allega ante Dios para pedir su protección y apoyo. El contexto en el cual se utilizaba originalmente este tipo de salmo en muy difícil de determinar, aunque con el tiempo pasó a ser usado como guía de oración de personas en peligro. Fundamentado en los temas expuestos y el estilo literario, no es posible identificar una fecha precisa de composición, aunque posiblemente proviene de una época pre-exílica. El título hebreo del poema lo relaciona con David (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo se dispone de la siguiente forma:

• Petición e invocación del salmista: vv. 1–2
• Confabulaciones de sus enemigos: vv. 3–6
• Intervención divina: vv. 7–10

vv. 1–2: El salmo comienza con la súplica y queja del poeta. Se articula con tres imperativos de gran importancia teológica: Escucha, guarda y escóndeme. Revela el poema desde el comienzo mismo el sentido de urgencia de la persona que ora. La petición es que escuche su voz, que le guarde del enemigo, y que le proteja de los ataques, maniobras y conspiraciones de sus adversarios, que identifica como malignos y malvados.
Los oponentes del poeta provocan el terror en la sociedad: Amparados en la impunidad y el anonimato, matan y tratan de ocupar la posición de Dios. Se pone de relieve rápidamente la necesidad del salmista y la peligrosidad de los conspiradores. La primera sección del salmo ubica al lector y orante en el contexto de la crisis y del peligro inminente.
vv. 3–6: Prosigue el salmista con la descripción de las personas confabuladoras, y presenta con lujo de detalles las maquinaciones, artimañas y complots en su contra. De acuerdo con el poema, sus enemigos tienen lenguas son como espadas y sus palabras son amargas y peligrosas como las saetas. ¡Los ataques son mentiras y calumnias! Los adversarios del salmista se esconden para dispararle flechas sin temor, preparan lazos a escondidas para sorprenderle, y organizan cuidadosamente sus maldades y ataques. Son malhechores peligrosos, pues mediante las murmuraciones y los falsos testimonios destruyen reputaciones y vidas.
Las imágenes son militares, el ambiente sicológico es de guerra, persecución y desesperanza. Quienes atacan y conspiran con engaños contra el salmista son como soldados dispuestos para la batalla, o como cazadores que se aprestan a preparar las trampas para atrapar a sus presas. El salmista se presenta ante esos ataques y adversarios como una persona frágil e impotente, intimidado por el poder de sus enemigos.
Esta sección culmina con un pensamiento muy importante, que posiblemente es una cita de algún proverbio antiguo conocido (Jer 7:9). La gente conspiradora planea sus maldades y organiza cuidadosamente sus acciones. Esa actitud hostil e insana se fundamenta en lo que emana de lo más profundo de sus corazones, que es una manera de indicar que sus maldades no son el resultado del azar o la improvisación, sino el producto de las actitudes agresivas y malévolas que surgen de los profundo de sus vidas.
vv. 7–10: La parte final del poema introduce las reacciones de Dios a las actitudes de los conspiradores de maldad. Como si fuera un guerrero, el Señor responde a los ataques y maquinaciones de los enemigos del poeta con saetas. Además, ataca con plagas y cambia el curso de las cosas para hacer que los atacantes y adversarios reciban las maldades y los ataques que prepararon contra el salmista. Para sorpresa de los enemigos del poeta, la respuesta divina tomó dimensiones militares y transformó las dinámicas del conflicto.
El resultado de la intervención divina es la sorpresa de quienes presencien el resultado de sus acciones salvadoras. ¡La gente se espantará y amedrentará! ¡Se anunciarán las obras de Dios y se comprenderán sus actos! ¡Por esas manifestaciones del Señor, la gente justa se alegrará y confiará! ¡Los hombres y las mujeres rectas se gloriarán!
El salmo, que comienza con una súplica y queja, finaliza con una afirmación de las manifestaciones liberadoras del Señor, que genera entre las personas conspiradoras temores, y entre las personas justas produce alabanzas, contentamientos y confianza.
Uno de los temas de importancia que revela el salmo se relaciona con las persecuciones y las mentira. El poeta debe enfrentar una serie de enemigos poderosos que maquinan maldades y mentiras en su contra. Se esperanza esta en Dios, que tiene el poder y el deseo de apoyar su causa y responder a los ataques enemigos con valor, autoridad y poder.
De acuerdo con las narraciones del Nuevo Testamento, Jesús padeció persecución desde su nacimiento hasta su muerte. En primer lugar por Herodes y la infraestructura política y militar de la época (Mt 2); posteriormente, durante su ministerio, por las autoridades religiosas; y finalmente, al enfrentar la cruz, fue objeto de mentiras y falsos testimonios (Mt 28:8–15). El triunfo de Jesús sobre la muerte, mediante su resurrección, es una forma extraordinaria de vencer las injusticias y poner claramente de manifiesto el poder divino contra las mentiras, las confabulaciones, los engaños y los falsos testimonios.


SALMO 65: «LA GENEROSIDAD DE DIOS EN LA NATURALEZA»

El Salmo 65 consta de dos partes principales. En la primera (vv. 1–8) se presenta un himno de alabanzas por la extraordinaria misericordia divina que manifiesta hacia la gente pecadora y por el poder de Dios que se revela en la creación. La segunda sección (9–13) es un poema de acción de gracias por la buena cosecha que el pueblo disfruta. De particular importancia es la percepción del Señor que manifiesta el salmo, que lo caracteriza con una serie importante de afirmaciones teológicas. El Dios del salmista es digno de alabanzas, receptor de sacrificios y votos, perdonador de rebeliones, salvador, justo, fuente de esperanza y creador. En efecto, el poema pone de relieve una teología avanzada e integrada que sirve de fuente de esperanza y de motivo de alabanza y adoración.
Aunque el salmo presenta algunas características literarias que lo podrían identificar como un himno—p.ej., las expresiones de alabanzas iniciales (v. 1, 6–7)—, un análisis más sosegado e interno del poema lo reconoce como un cántico de acción de gracias, posiblemente usado en la liturgia del Templo como agradecimiento por las buenas cosechas. El autor debe haber sido un israelita agradecido, que se presenta al Templo para alabar y reconocer la intervención divina en la naturaleza, que tiene como resultado final la fertilidad de la tierra. Posiblemente este es un poema pre-exílico, que pone de manifiesto las vivencias campesinas de la antigua comunidad israelita. El título hebreo del salmo lo identifica con la tradición musical y con David, y lo caracteriza técnicamente como un salmo (véase la Introducción).
La estructura literaria del poema es la siguiente:

• Alabanzas al Dios que habita en Sión: vv. 1–4
• Reconocimiento del Señor como creador: vv. 5–8
• Afirmación del Dios de las cosechas: vv. 9–13

vv. 1–4: La sección inicial del poema presenta al pueblo reunido en Sión—que es una forma poética de referirse a la ciudad de Jerusalén—para ofrendar sus sacrificios, presentar sus votos y cumplir sus responsabilidades religiosas en el Templo. Las razones básicas que se afirman para expresar las alabanzas al Señor, son las siguientes: Porque Dios oye la oración de su pueblo, perdona las iniquidades, rebeliones y pecados de la comunidad, y sacia a los adoradores de los bienes y las bondades que representan el Templo y sus rituales. El pueblo, en efecto, es bienaventurado—es decir, dichoso, feliz y bendecido—por la misericordia divina que le escogió para participar de las ceremonias religiosas en Sión. La participación de Israel en la vida cúltica del Templo, de acuerdo con el salmista, es una manifestación de la gracia y la misericordia de Dios.
Como el Dios del salmista escucha las plegarias de su pueblo, el poema afirma que «toda carne» (v. 2) se allegará ante su presencia con sentido de reconocimiento y gratitud. Esa importante referencia literaria alude posiblemente a todo el pueblo de Israel, aunque una lectura posterior del salmo lo puede aplicar a todas las naciones. Comienza el salmo con una alabanza y finaliza esta sección con la afirmación del bien divino, que llega a las personas que participan de las actividades de la Casa de Dios (v. 4), pues el Templo representa la presencia misma del Señor.
vv. 5–8: La siguiente sección del salmo revela una teología avanzada y pertinente. Se articulan importantes descripciones divinas que ponen de relieve la profunda fe del salmista. Se alude a la justicia divina que es motivo de reconocimiento poético, y se afirma categóricamente que Dios es salvación y esperanza. Además, el poema destaca las virtudes del Señor como creador. El mensaje fundamental es que Dios es señor del mundo y de la historia de la humanidad.
Aunque el poema no indica específicamente las acciones divinas que le han ganado las alabanzas, el reconocimiento y las aclamaciones, posiblemente la actitud del salmista se fundamenta en las importantes referencias a la creación y al poder divino sobre la naturaleza. El Señor afirma con poder y valentía los montes, calma las olas y los mares, y apacigua a las naciones. También su poder extraordinario se manifiesta en el contentamiento de los días—que es una manera de referirse al buen orden y al bienestar de toda la naturaleza—, pues «alegra las salidas de la mañana y de la tarde» (v. 8). Esas capacidades divinas son fuente de esperanza para los israelitas y también generan seguridad en los pueblos más distantes y remotos de la tierra y el mar, que es una forma de afirmar la universalidad divina. La imagen del poeta es como si la naturaleza toda danzara alegremente ante la palabra y las órdenes de un Dios creador.
vv. 9–13: La sección final del salmo revela la teología de la fertilidad que se manifestaba en Israel. Las imágenes revelan buen conocimiento del mundo de la agricultura y del campo. Se compara a Dios con un agricultor eficiente, que prepara la tierra adecuadamente para que produzca fruto abundante. De particular importancia en la poesía es la referencia al agua, que escasea en el desierto, pero que es absolutamente necesaria para la agricultura.
El Señor riega la tierra con sus ríos de aguas abundantes, dispone la semilla necesaria, prepara adecuadamente los surcos para que las corrientes de agua puedan penetrar el terreno, y, finalmente, bendice los frutos. Dios, de acuerdo con la teología y las imágenes del poema, es el que trabaja tras bastidores para que producir buenas estaciones del año y hace que las nubes lleven las aguas necesarias para transformar «los pastizales del desierto en collados de alegría» (v. 12). Ese ambiente de bonanza y prosperidad hace que las manadas regresen a los campos y que haya fruto abundante en los graneros. El resultado de esa manifestación de poder divino es que la naturaleza canta de júbilo.
Este salmo revela la importancia que tiene para Dios la naturaleza y la creación. Presenta el poema al Señor como un agricultor que se esmera en labrar bien la tierra, pues el fruto posterior es resultado de un buen trabajo en la preparación del terreno, la selección de la semilla y el desarrollo de un sistema de riega adecuado y saludable. Ese respeto divino por la naturaleza es un gran mensaje para la sociedad actual, que se relaciona con la naturaleza de modo hostil e irresponsable.
El Dios del salmo está muy seriamente preocupado por la creación, pues el mal trato a la naturaleza se manifiesta en dificultades para la humanidad. La contaminación de los aires, los cuerpos de agua y la tierra son fuente de enfermedades y crisis en la humanidad. En efecto, la mala mayordomía de los recursos naturales que Dios nos ha dado puede repercutir en una crisis ecológica de proporciones catastróficas para la humanidad. En este sentido, la teología del salmo nos convoca al respeto y al reconocimiento de la dignidad de la creación de Dios.


SALMO 66: «ALABANZA POR LOS HECHOS PODEROSOS DE DIOS»

El Salmo 66 es un gran poema de alabanzas y gratitud a Dios por sus obras de liberación sobre los enemigos del pueblo y por las «cosas admirables» (v. 5) que ha hecho por la humanidad. El poema invita a la tierra a bendecir, adorar y cantar al Señor; y, además, llama a los pueblos a ver y disfrutar las intervenciones maravillosas de Dios. El propósito del salmista es convocar a la creación para que proclame y afirme la gloria divina, y para que celebre el poder de Dios en medio de las vivencias humanas.
Este poema contiene una serie compleja de elementos de hímnicos y de acción de gracias que complican su catalogación literaria. La primera sección (vv. 1–12) enfatiza los elementos de alabanzas que caracterizan los himnos del Salterio; mientras que la segunda parte del salmo (vv. 13–20) pone claramente de manifiesto y también subraya los temas relacionados con la gratitud. Esta diferencia literaria y temática en el salmo ha hecho que algunos estudiosos lo analizan como dos composiciones inicialmente independientes que con el tiempo se unieron para formar nuestro poema actual.
Sin embargo, se leemos el poema como un salmo de acción de gracias de la comunidad, podemos notar que las dos secciones se unen de manera lógica y adecuada. La primera sección es el recuento de las intervenciones divinas, por las que el salmista expresa su gratitud al final del poema. La unidad literaria y temática del salmo se descubre, al analizarlo como una expresión de gratitud del pueblo que recuerda y celebra las intervenciones liberadoras de Dios a través de la historia.
Fundamentado en la identificación de los temas expuestos, que parecen relacionarse con los que se destacan en la segunda sección del libro de Isaías, la fecha de redacción del salmo es posiblemente el período exílico, cuando el poema se utilizaba en alguna de las ceremonias nacionales de gratitud. Desde esta perspectiva teológica e histórica, el salmo es la afirmación de la esperanza de una comunidad desterrada que anhela ver y disfrutar nuevamente las intervenciones liberadoras del Señor en medio de las penurias del exilio. Su autor es quizá un israelita que desde la distancia del exilio añora y espera que se repitan las manifestaciones redentoras de Dios en favor del pueblo.
La estructura literaria del salmo es compleja, por los cambios temáticos y las diferencias de estilo de sus diversas secciones. Aunque el poema tiene dos secciones mayores, cada parte puede subdividirse de la siguiente forma:

• Alabanzas y gratitudes a Dios: vv. 1–12
* Himno de alabanzas al Señor por su poder extraordinario: vv. 1–7
* Expresiones de gratitud de la comunidad a Dios: vv. 8–12
• Gratitud personal por la liberación divina: vv. 13–20
* Presentación de las ofrendas a Dios: vv. 13–15
* Dios escucha la oración del salmista: vv. 16–19
• Alabanzas al Señor: v. 20

vv. 1–7: La primera sección del salmo ofrece al lector un himno y cántico de alabanzas al Señor. El poema invita a toda la tierra a cantar, aclamar y darle gloria a Dios con las alabanzas. Es un llamado a la humanidad completa, representada con la imagen de la tierra. Y esas alabanzas se presentan al Señor como una expresión de gratitud por las obras de Dios, y por el poder que manifiesta para vencer a los enemigos del pueblo. Toda la tierra se presentará en actitud de adoración y cantarán al nombre divino.
Esta sección del poema puede dividirse, a su vez, en dos estrofas primarias, de acuerdo con la inclusión de la expresión hebrea selah (vv. 4, 7). En la primera (vv. 1–4) se afirma la grandeza y la gloria del Señor de forma general, y en la segunda (vv. 5–7) se especifican las intervenciones divinas dignas de encomio y recordación. La unidad literaria de estas estrofas se revela claramente al descubrir el uso de una serie importante de imperativos: Aclamad, cantad, dad, decid, venid y ved.
El salmista hace una llamado general a ver y disfrutar las obras admirables que el Señor ha hecho por la humanidad. Con su poder especial y eterno, Dios hace que el mar se convierta en tierra seca y que el río se divida. Son alusiones a las intervenciones salvadoras del Señor con el pueblo de Israel, al salir de las tierras de Egipto y cruzar el Mar Rojo (Ex 14:21–22), para posteriormente llegar a la Tierra Prometida y pasar el río Jordán (Jo 3:14–17). Ante esas manifestaciones maravillosas de su poder, el pueblo se alegra y canta alabanzas al Señor. Además, su acción liberadora hace que las personas rebeldes no serán enaltecidas, pues los ojos divinos atalayan sobre las naciones del mundo; que equivale a decir, que el Señor vigila y protege a su pueblo de los ataques e injusticias de los pueblos enemigos.
vv. 8–12: La segunda sección de la primera parte del poema llama a los pueblos a bendecir y alabar al Señor. Las razones para que las naciones manifiesten esas alabanzas son variadas, y todas revelan gran importancia teológica e histórica. Las imágenes de Dios son reveladoras e importantes, pues describen al Señor como protector, salvador, fundidor, cazador y guerrero.
El Señor preserva la vida de su pueblo y no permite que sus pies resbalen. En primer lugar se destaca la capacidad de protección divina. Además, de acuerdo con el salmista, Dios prueba a su pueblo: Lo purifica como si fuera plata—que alude a los procesos de eliminación de las impurezas de los metales preciosos—; los mete en redes—que es una imagen importante del mundo de la caza, revela la dificultad de salir de algún conflicto serio—; les pone cargas pesadas sobre los hombros—que apunta hacia el cautiverio y los trabajos forzosos—; permite que cabalguen sobre sus cabezas—que revela una costumbre antigua en la cual el guerrero vencedor ponía un pié sobre la nuca de los vencidos, en señal de triunfo—; y no evita que pasen por el fuego y el agua—que simbolizan, en este contexto poético, los graves peligros y las calamidades mortales que deben enfrentar en la vida, en una posible referencia al exilio en Babilonia—.
vv. 13–20: Esta segunda parte del poema revela las convicciones y reflexiones de un individuo piadoso, no alude a las experiencias de la comunidad y a las acciones del pueblo. El salmista entra al Templo con sus ofrendas y holocaustos para pagar sus votos y ofrecer sus sacrificios. El contexto es de angustia y crisis (v. 14), y para implorar la respuesta divina ofrece animales engordados, carneros, toros y machos cabríos. La presentación del macho cabrío revela al salmista como un figura de gran liderato y responsabilidad en el pueblo, pues tradicionalmente eran los jefes de las antiguas tribus de Israel los únicos que ofrecían este tipo de ofrendas al Señor (Nm 7:16–17, 88). La separación de estrofas en el salmo se revela una vez más por la incorporación de selah (v. 15).
Una vez que presenta sus ofrendas en el Templo, el salmista llama a toda la comunidad, que identifica como «los que teméis a Dios» (v. 16), a escuchar su testimonio de fe. ¡El poeta separa tiempo de calidad para contarle al pueblo lo que el Señor ha hecho por él! Clama y exalta al Señor, y reconoce que si en su interior se anidara la maldad, Dios no le hubiese escuchado ni respondido. En efecto, el poeta reconoce que el Señor oyó su plegaria y atendió a su súplica.
El salmo finaliza con una afirmación doxológica, termina con una declaración de fidelidad divina. El poeta alaba al Señor porque no rechazó su oración ni alejó de él su misericordia.
Este poema pone de relieve la importancia de las alianzas divinas y humanas. El Señor se revela como apoyador de su pueblo y se manifiesta como libertador en momentos de adversidad y crisis. El salmista alaba al Señor al hacer el recuento de esas intervenciones salvadoras en medio de la historia, que le preparan para esperar y confiar en manifestaciones futuras de liberación.
El Dios bíblico, según este salmo, está aliado a su pueblo, particularmente en momentos de dificultad y problemas. No está ajeno el Señor a los conflictos humanos que traen a las personas desasosiego y desesperanza. De singular importancia para Dios son la situaciones que requieren la defensa de la vida y la integridad de las personas. No es neutral el Señor ante los ataques de los enemigos de su pueblo. Dios no se queda inerte frente a las maquinaciones hostiles que hieren la dignidad humana y ofenden el sentido de justicia en las personas.


SALMO 67: «EXHORTACIÓN A LAS NACIONES PARA QUE ALABEN A DIOS»

Esta salmo es un cántico de acción de gracias de la comunidad, que expresa su felicidad y contentamiento por la cosecha abundante. El poeta suplica la misericordia divina y clama por la bendición de Dios, pide el resplandor del rostro divino, que es una manera poética de solicitar su favor. Esa manifestación de amor y gracia divina, que de forma práctica se demuestra en la cosecha abundante y la implantación de la justicia, hace que en todas la naciones de la tierra se conozca el camino, la voluntad y la salvación de Dios.
Aunque el poema mezcla diversos tipos de géneros literarios, particularmente la súplica y la alabanza, el salmo es esencialmente uno de acción de gracias a Dios por la comunidad. Posiblemente este tipo de salmo formaba parte de las celebraciones cúlticas relacionadas con las fiestas de la cosecha. Su unidad literaria se revela en el uso de la frase que solicita la bendición de Dios al comienzo y al final del poema (vv. 1, 7). Tradicionalmente se ha ubicado la fecha de composición del salmo en la época post-exílica. Su autor debe haber sido un israelita agradecido por la cosecha que guía a la comunidad en este cántico de alabanzas y gratitud. Y el título hebreo del salmo lo relaciona de forma destacada con la tradición musical del Templo de Jerusalén (véase Introducción).
La estructura literaria del poema se revela en relación al estribillo (vv. 3, 5), que divide el poema en tres secciones básicas:

• Oración por la bendición divina: vv. 1–2
• Estribillo: ¡Que todos los pueblos alaben al Señor!: v. 3
• Alegría en las naciones por la implantación de la justicia divina: v. 4
• Estribillo: ¡Que todos los pueblos alaben al Señor!: v. 5
• Exhortación a bendecir a Dios: vv. 6–7

Un análisis sobrio adicional del salmo revela, además, una estructura literaria concéntrica, o quiasmo, que destaca en su centro el tema de la justicia divina (v. 4). Posiblemente ese es el tema que el poeta deseaba subrayar al articular este salmo. La estructura alterna es la siguiente:

A Bendición de Dios: v. 1
B La tierra conocerá el camino y la salvación divina: v. 2
C Estribillo: Alabanzas a Dios: v. 3
D Las naciones se gozarán y alegrarán por la justicia de Dios: v. 4
C′ Estribillo: Alabanzas a Dios: v. 5
B′ La tierra dará su fruto: v. 6
A′ Bendición de Dios: v. 7

vv. 1–2: El salmo comienza con la expresión de un deseo. Solicita el poeta la misericordia y la bendición divina, para que en la tierra—es decir, en la humanidad—se conozca y aprecie el camino del Señor, que es una manera figurada de referirse a su voluntad (Sal 1:1). El salmista desea que el Señor haga «resplandecer su rostro»—es decir, que el Señor manifieste su placer y regocijo—sobre el pueblo, para que las naciones todas reconozcan y acepten la salvación que proviene de Dios. De acuerdo con el salmo, las bendiciones divinas que se ponen de manifiesto en el pueblo de Israel deben servir de incentivo a las naciones del mundo para que le reconozcan como Señor y salvador.
Esta exhortación inicial del salmo, que anhela la manifestación de la piedad y misericordia divina, se inspira muy posiblemente en las antiguas bendiciones que pronunciaban los sacerdotes (Nm 6:23–26). La imagen de «resplandecer el rostro» se refiere, posiblemente, a la manifestación de la bondad y la benevolencia del Señor. Esa idea se relaciona quizá con las prácticas antiguas que empleaban los sacerdotes para conocer y determinar el favor divino. Se echaban las suertes con una moneda, algún tipo de chapa o piedra pulida, y si quedaba a la vista el lado pulido y brillante, entonces era una señal del brillo de Dios hacia la persona que buscaba conocer la voluntad divina.
vv. 3, 5: El estribillo del poema es una buen marcador literario. Divide el salmo en tres secciones, cuyos temas distintivos se ponen claramente de manifiesto. ¡Formula un anhelo de dimensión internacional! Es una exhortación firme a la alabanza universal, es un reclamo general al reconocimiento de la grandeza del Dios de Israel, y de su poder extraordinario sobre la tierra, de acuerdo con el tema general que se revela en el poema. El término hebreo selah (vv. 1, 4) contribuye a las directrices musicales del salmo (véase la Introducción).
v. 4: La segunda estrofa del salmo, que representa el centro literario y teológico del poema, revela un tema de importancia capital para la teología bíblica en general y para este poema en particular: Dios juzga al mundo con equidad y rectitud, y «pastorea» las naciones de la tierra, que es una manera poética de referirse al justo gobierno divino. En el corazón mismo del salmo se enfatiza el tema de la justicia divina, que será motivo de felicidad en todo el mundo.
vv. 6–7: La sección final del poema pone de relieve el producto real e inmediato de la bendición divina. ¡La tierra fértil produce su fruto en abundancia! La fertilidad de las tierras bíblicas no es el resultado del azar meteorológico sino del favor de Dios. En la antigüedad se pensaba que las cosechas abundantes era signos de la bendición de Dios. Y esa bendición extraordinaria debe ser reconocida entre las naciones.
La teología que se manifiesta en este salmo es que el Señor es el Dios de Israel, las naciones y de toda la tierra. Esa gran afirmación teológica es básica para el ministerio de Jesús y para la labor misionera de las iglesias. El Dios bíblico no está cautivo en una región ni está confinado en ninguna religión. Es el Señor de la historia y la humanidad, que interviene en la naturaleza para producir frutos en abundancia, para responder a las necesidades del pueblo.
El tema de la justicia es fundamental en el estudio de este salmo, y en las discusiones teológicas y misioneras contemporáneas. La justicia no es el tema para la especulación filosófica, sino el proyecto de Dios para la humanidad. En el salmo se afirma de forma categórica que las naciones y los pueblos reconocerán al Dios bíblico cuando comiencen a vivir las implicaciones de la justicia divina, que produce equidad y paz entre las naciones.


SALMO 68: «EL DIOS DEL SINAÍ Y DEL SANTUARIO»

Este salmo es un extraordinario y vibrante himno de alabanzas al Señor, que interviene en la historia para salvar y redimir a su pueblo. El poema es un cántico de triunfo que incluye un recuento de los grandes actos de Dios en favor de su pueblo, desde las acciones del Señor en el monte Sinaí hasta la llegada triunfante a la Tierra Prometida. Afirma el salmista que Dios escogió para morar la humilde colina de Sión, en vez de seleccionar montes más elevados en la región, para poner destacar el amor y la misericordia divina. El salmo revela una evaluación del pasado del pueblo para incentivar la alabanza en todos los reinos de la tierra.
La belleza literaria del salmo no esconde sus complejidades literarias y teológicas. En primer lugar, la transmisión del texto hebreo ha sido deficiente, haciendo muy difícil su lectura y comprensión—esta característica explica las diferencias entre las distintas versiones y traducciones del salmo—; además, el análisis de muchas palabras del poema es desafiante, pues son frases y expresiones que no aparecen con frecuencia en al Antiguo Testamento. A esos retos de exégesis, interpretación y hermenéutica debemos añadir que el salmo contiene una serie extensa de temas cuya unidad no se manifiesta claramente a simple vista.
El salmo posiblemente debe ser catalogado como un himno que exalta y afirma las victorias del Señor en la historia del pueblo, es una súplica sentida que pone de relieve las manifestaciones divinas en favor de su pueblo, es una oración que describe al Señor en su paso victorioso por la vida del pueblo de Israel. Identificar la fecha de redacción es un trabajo complicado, pues el salmo contiene una serie de arcaísmos y temas muy antiguos de la historia de Israel, aunque del análisis temático se desprende que debe haber sido una composición post-exílica, por sus similitudes con la segunda sección del libro del profeta Isaías (40–55) y por las preocupaciones litúrgicas que incluye, que presenta inclusive una referencia procesional breve (vv. 24–27). Posiblemente este poema fue redactado finalmente, utilizando expresiones antiguas y temas históricos del pueblo, para ser utilizados en alguno de los festivales nacionales, para ensalzar la figura del Señor.
Es extremadamente difícil identificar una estructura literaria precisa del poema, debido a sus complejidades literarias, textuales, temáticas y teológicas. Como han sido muchas las propuestas que se han hecho, nuestro esfuerzo es solo preliminar y tentativo, pues intenta identificar y agrupar los temas y las preocupaciones mayores del salmo, que recibe su unidad literaria por el contexto litúrgico antiguo en el cual se utilizaba. La propuesta nuestra analiza seis secciones mayores, que se identifican a continuación:

• Llamado a la intervención de Dios: vv. 1–3
• Cántico antiguo de exaltación al Señor: vv. 4–10
• Descripción de las victorias divinas: vv. 11–18
• Alabanzas al Dios de la salvación: vv. 19–23
• Referencia a una procesión en el Templo: vv. 24–33
• El Dios de Israel da fuerzas y victoria a su pueblo: vv. 34–35

vv. 1–3: El salmo comienza con un reclamo a Dios para que los enemigos sean derrotados. Inicia el poema con una especia de llamado a la guerra y a la victoria. Además, la exhortación inicial recuerda las palabras de Moisés cada vez que iniciaba la procesión con el Arca del Pacto (Nm 10:35). Con la palabra ¡levántate!» (v. 1; Is 60:1), el poema evoca las antiguas victorias militares de Dios en la época de la salida de Egipto y conquista de Canaán.
Las imágenes utilizadas iluminan las acciones divinas. Cuando Dios se «levanta»—es decir, se prepara para el combate—los enemigos se disipan como el humo, que no tiene coherencia ni fortaleza interna; y los malvados e impíos—que es una manera despectiva de referirse a los adversarios—se derriten como la cera, para enfatizar la incapacidad de resistir la intervención de Dios, que se revela como un fuego. Además, la manifestación del Señor genera en las personas justas alegría, gozo y danzas.
vv. 4–10: En la segunda sección del poema se identifica claramente el tema teológico central que se manifiesta y explora a través del salmo. Se presenta a Dios como el guerrero dispuesto para la batalla que responde a los clamores de su pueblo, particularmente ayuda a quienes están en necesidad y angustia. El salmista llama al pueblo a cantar y alabar al Señor al reconocer su naturaleza divina y sus intervenciones históricas. Es fundamental para la comprensión del poema analizar las imágenes de Dios que incluye y elabora.
El Señor «cabalga sobre los cielos»—que es una expresión atribuida antiguamente a Baal, reconocido en Canaán como dios de las tormentas y la fertilidad—; se denomina Jah—que es una forma muy antigua y abreviada del nombre propio de Dios (Yahwe), y evoca la revelación de Dios durante el peregrinar por el desierto del Sinaí—; es padre de huérfanos, defensor de viudas, apoyo de desamparados y libertador de cautivos—en clara alusión a las implicaciones éticas y morales del Pacto o Alianza, según se revelan en los códigos legales y las narraciones del Pentateuco (Ex 22:22–24; Dt 10:17–18)—; y la referencia a su «santa morada» alude posiblemente a la morada eterna de Dios en los cielos (2 Cr 30:27; Jer 25:30), aunque también puede relacionarse con el Templo de Jerusalén, específicamente con el Monte Sión donde estaba enclavado el santuario. Este Dios libertador de los cautivos, hace que la gente rebelde habite en los desiertos, que es una imagen apropiada de un tipo de vida complicada y azarosa, que alude a la existencia llena de dificultades, crisis, angustias y desesperanzas.
Pare el poeta, la imagen de Dios que se destaca es la de un militar que sale al frente de sus ejércitos dispuesto para la guerra, y el contexto del conflicto es el peregrinar por el desierto del Sinaí, a la salida de Egipto, para conquistar la Tierra Prometida en Canaán (vv. 7–10). El salmo alude a las manifestaciones divinas que revelan su misericordia, particularmente para apoyar y bendecir a la gente pobre y necesitada. Ante el paso victorioso del Señor, la tierra tiembla, los cielos se conmueven, la lluvia abunda, y el pueblo agotado y exhausto se reanima y disfruta la bondad divina. ¡Son expresiones literarias que delatan una teofanía extraordinaria! El salmista alude a los milagros que Dios hizo durante el período que Israel estuvo en el desierto, de acuerdo con las narraciones del Pentateuco (Ex 19:16–18; 20:18). ¡Aún la naturaleza reacciona ante la manifestación divina!
Al final de la estrofa (v. 10), la imagen divina se modifica para representar al Señor como un pastor que guía a su rebaño hacia la toma de posesión de la Tierra Prometida. El poeta se mueve literariamente del Dios guerrero al Dios pastor.
vv. 11–18: En esta estrofa se retoma el tema de la tierra, que ya se ha explorado anteriormente. El objetivo poético es enfatizar la manifestación del Señor que tiene como objetivo la conquista de la Tierra de Canaán. Solo bastó la palabra divina para que los reyes cananeos con sus poderosos ejércitos huyeran y reconocieran su impotencia y derrota. Dios, identificado como el Omnipotente (v. 14)—traducción del nombre divino «El Shaday»—, no necesitó al pueblo para poner de manifiesto su voluntad, pues ante la presencia divina los reyes salieron huyendo.
El pueblo se quedó «echado en los tiestos», que parece ser una alusión al reproche que se dirige a las antiguas tribus de Israel que no quisieron participar de un combate (Jue 5:6). La referencia a las palomas, que tienen alas de plata y plumas de oro, aunque puede aludir a algún objeto que formaba parte del botín de guerra, es una posible referencia poética al pueblo de Israel. La imagen de triunfo incorpora el tema de las mujeres, que se describen como anunciadoras del triunfo y repartiéndose el botín (v. 12).
Las referencias geográficas del texto tienen gran importancia teológica. El monte Salmón—posiblemente es una de las cimas del Guerizim, muy cerca de Siquem (Jue 9:48), aunque no podemos excluir que aluda a alguna montaña de la región del norte—y la región montañosa de Basán, en donde se encuentra el famoso monte Hermón—con una altura de más de 2, 700 mt. sobre el nivel del mar—inútilmente sienten envidia y hostilidad hacia monte Sión, la morada del Señor (Sal 78:68; 132:13–14). La idea es que las montañas del norte son más altas e imponentes que las del sur, donde está Jerusalén. Sin embargo, el salmista no se da ninguna explicación del fundamento ni de los criterios de la selección divina. Únicamente se indica que fue el deseo divino habitar en el monte Sión por siempre (v. 16).
El salmo continúa con la imagen del Dios guerrero y presenta el equipo bélico: ¡Los carros de guerra son miles y miles! Se enfatiza de esta forma el poder divino que no necesita ayuda de los ejércitos de Israel. Además, el poeta repite el peregrinar divino: Del Sinaí al santuario del Señor. El texto (v. 17), que es de difícil comprensión y traducción, destaca las intervenciones de Dios en la historia nacional: Desde la época de la revelación a Moisés en el desierto del Sinaí, hasta la llegada a la tierra Prometida, el establecimiento de Jerusalén como capital del reino, y la posterior selección del monte Sión para la construcción del Templo, que es reconocido como la morada divina.
La referencia a que el Señor «subió a los montes» y «recibió dones de los hombres»—que posteriormente se aplica a Cristo, según la teología paulina (Ef 4:8)—, alude a la costumbre antigua de los reyes vencedores, que subían a las cimas de las montañas, llevando con ellos algunos enemigos presos, para que se reconociera su triunfo y para recibir el tributo o botín de guerra. La línea final de la sección, que alude a los rebeldes (v. 18b), posiblemente debe ser traducida como: «¡Hasta los rebeldes se rindieron a ti, Jah Dios!».
vv. 19–23: La cuarta estrofa del poema consiste de una doxología. El poeta bendice al Señor por los beneficios que recibe: Dios es salvador y liberador, y, además, derrota a los enemigos—que describe como llenos de pecados (v. 21)—,y permite la venganza, que es una forma antigua de implantación de la justicia.
vv. 24–33: En esta sección del salmo se retoma poéticamente el importante tema teológico de la marcha victoriosa del Señor, que se mueve desde el Sinaí hasta Jerusalén. Incluye esta estrofa una procesión litúrgica (vv. 24–27) que evoca las intervenciones antiguas del Señor y preparan el camino para las manifestaciones contemporáneas de Dios.
El poema presenta a los cantores, los músicos y las doncellas en medio de sus actos cúlticos. Es un ambiente festivo de bendición, celebración, alegría y esperanza. De forma figurada, el poeta incluye en el salmo referencias a algunas de las antiguas tribus de Israel—p.ej., Benjamín, Judá, Zabulón y Neftalí—, en representación de todo el pueblo. El objetivo del salmista es pedirle al Señor que actúe en consonancia con los tiempos antiguos: Que confirme su presencia en el pueblo con actos salvadores; que reprima y elimine a sus enemigos, que describe como gente armada; que rechace las ofrendas y holocaustos de sus enemigos hasta que se sometan a la autoridad y el poder del Señor; y que disperse a los pueblos violentos que se complacen en hacer guerra, en su afán de riquezas y de humillar a las naciones.
Esas manifestaciones divinas harán que pueblos como Egipto y Etiopía, junto a otros reinos de la tierra, reconozcan el poder y la soberanía de Dios, y canten alabanzas al Señor. La expresión «extender las manos» es un gesto de reconocimiento divino, una forma de manifestar humildad, una manera de aceptar el señorío del Dios de Israel, una gesticulación piadosa. Dios, que se describe poéticamente como «el que cabalga sobre los cielos de los cielos»—es una imagen superlativa para enfatizar su extraordinario poder—se dejará sentir en la historia de forma poderosa: ¡Hará oír su voz en medio de la vivencias humanas!
En esta estrofa se incluyen dos temas de gran importancia teológica y contextual: El salmista pide el fin de las guerras y afirma que los pueblos gentiles reconozcan al Dios de Israel. Esta es posiblemente una buena indicación de la fecha de composición final del salmo, pues estos temas se enfatizaron durante el período post-exílico.
vv. 34–35: El salmo culmina con el reconocimiento absoluto del poder de Dios. Además, el poema afirma que el Señor ha manifestado su amor, misericordia, fuerza y vigor hacia su pueblo, Israel. Se cumple de esta forma el objetivo del salmista que era presentar las intervenciones de Dios en medio de la historia del pueblo de Israel, hasta llegar al Templo. Las implicaciones del mensaje es que el Dios que actuó en la historia pasada del pueblo tiene la capacidad y el deseo de intervenir nuevamente en su historia presenta para crear un futuro de justicia y paz.
La aplicación de este salmo debe tomar en consideración muy seriamente las imágenes de Dios que revela. Esas imágenes divinas ponen de manifiesto las prioridades del Señor a través de la historia. De particular importancia son las referencias a Dios como padre de huérfanos, defensor de viudas, apoyo de personas desamparadas, y libertador de los cautivos. Esos atributos divinos revelan un Dios que está profundamente preocupado por la humanidad, específicamente por esos sectores marginados que no tienen esperanza en las instituciones tradicionales de la sociedad.
El Dios del salmista, el que «cabalga sobre los cielos de los cielos», no escatimó su realeza y poder para escuchar el clamor de la gente en necesidad y responder con acciones liberadoras. Ese Dios Omnipotente compromete su autoridad y poder hace que hasta los reyes más poderosos huyan ante las manifestaciones de su misericordia y justicia. Y ante esa revelación de la misericordia divina el pueblo todo se regocija.
Jesús de Nazaret vivió de acuerdo con la teología del salmo. Su prioridad ministerial fueron las personas enfermas, marginadas, endemoniadas, cautivas, explotadas, rechazadas, angustiadas, desesperanzas … Respondió a los poderes de la época con el mensaje de justicia que tiene implicaciones pastorales en la sociedad contemporánea.


SALMO 69: «UN GRITO DE ANGUSTIA»

Este poema, que manifiesta varias similitudes con el Salmo 22, revela la oración intensa de una persona inocente que se allega a Dios para presentar su causa. El salmista se siente en grave peligro de muerte, por causa de alguna enfermedad mortal o quizá por la persecución injusta y las amenazas de sus enemigos. Revela, además, el sentido hondo de abandono que siente, al sufrir el rechazo de sus familiares y la falta de solidaridad de sus amigos y de la comunidad. El clamor del salmista es un grito de súplica que pide a Dios le proteja de las aflicciones intensas que padece; y también clama para ser defendido de los ataques crueles de sus enemigos, pues su vida corre peligro.
Este salmo muy bien puede catalogarse como una de súplica individual, pues el poema presenta el clamor sentido, penitente e intenso de algún judío piadoso en la época cercana al regreso del destierro en Babilonia. ¡Su anhelo es que la reconstrucción del Templo comience lo antes posible! Este tipo de salmo se utilizaba tanto en ceremonias religiosas en las que participaban diversas personas en crisis extraordinarias, o también se podía usar en devociones privadas familiares en las que las personas afligidas se presentaban ante Dios para exponer su causa y dolor. Este clamor de un individuo también podía representar la oración de todo el pueblo en instantes de dificultad nacional. El título hebreo del poema lo asocia a la tradición musical del Templo, lo identifica como un salmo de David, y posiblemente debía cantarse con la melodía de una canción conocida como «Lirios» (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo es la siguiente:

• Súplica y petición de liberación: vv. 1–4
• Oración de confesión y humillación: vv. 5–19
• Acciones de los enemigos del salmista: vv. 20–29
• Alabanzas a Dios: vv. 30–36

vv. 1–4: El salmo comienza con una petición intensa. Como se siente abrumado y en peligro de muerte, el poeta clama por la salvación y liberación de Dios. Las imágenes describen su estado de ánimo, revelan la complejidad de la crisis. Las aguas están prestas a ahogarlo—le han llegado «¡hasta el alma!» (v. 1)—; está hundido en el cieno profundo—que símbolo de las calamidades y los peligros que debe enfrentar—; ya no puede tocar fondo y las corrientes de aguas lo arrastran—que pone de manifiesto la intensidad del problema—; está cansado de llamar—aunque pide auxilio y ayuda, sus fuerzas no son suficientes para superar esta adversidad; además, se ha cansado de llamar, se ha quedado ronco en el proceso, y se le cierran los ojos del cansancio. Y aunque espera en Dios fielmente, su situación personal se torna más adversa y difícil por la complejidad del problema.
Sus enemigos se han multiplicado como los pelos de su cabeza, que revela la multitud de adversarios que entendía podía tener. Los adversarios del salmista eran poderosos, y posiblemente lo acusaban injustamente de algún robo (v. 4). Ante esa situación potencialmente letal, el salmista se ampara en el Señor y en su conocimiento, y, aunque reconoce su insensatez, sabe que Dios es justo y está consciente de sus pecados.
vv. 5–19: En esta sección del poema (vv. 5–8), el salmista reconoce sus pecados y faltas, pues sabe que Dios le conoce muy bien. Con humildad le pide al Señor que sus acciones no sean motivo de dificultad o desorientación para ninguna persona justa y piadosa, tampoco desea la confusión de la gente que busca al Dios de Israel. Inclusive, por causa del Señor, el salmista afirma, que ha sido desconocido por sus hermanos y por la comunidad. Se presenta la crisis del salmista en términos personales, familiares y comunales.
Prosigue el salmista con una afirmación de su fe—«lo consumió el celo del Señor»—, que generó una actitud de rechazo y persecución en la comunidad. Entre los vituperios que recibió están los siguientes: Insultos, afrentas, calumnias, rechazos y bromas. Y la respuesta del salmista ante esa actitud hostil, fue de lloro, aflicción y humillación—p.ej., la referencia a las ropas ásperas es señal de luto, dolor, angustia o penitencia—. Es posible que los adversarios, como los amigos de Job, interpretaran esas acciones del salmista como el reconocimiento de culpa, como la aceptación de sus maldades y pecados.
La situación del salmista era tema de conversación en la ciudad, particularmente en las puertas, que era el lugar donde se reunían los líderes de la comunidad para divulgar noticias de importancia, para dilucidar los pleitos, y donde se implantaba la justicia en el pueblo (Rut 4:1).
Ante el reconocimiento de la actitud de sus enemigos, el salmista ora a Dios para implorar su misericordia y para reclamar alguna intervención salvadora. Su petición se pone de manifiesto en una serie de imperativos categóricos e inminentes: Sácame del lodo (v. 14), réspondeme con tu misericordia (v. 16), mírame conforme a tus piedades (v. 16), acércate a mi alma y redímela (v. 18), y líbrame de mis enemigos (v. 18). Se revela claramente la intensidad de la oración, se manifiesta la profundidad de la plegaria, se subraya la naturaleza de la dificultad. Finalmente, ante la complejidad del problema, el salmista presenta a todos sus adversarios ante el Señor (v. 19), reconoció que el Señor puede pagarles conforme a sus injusticias y acciones llenas de maldad.
vv. 19–29: En la tercera gran sección del salmo el salmista reconoce que sólo Dios conoce su «afrenta, confusión y oprobio» (v. 19). Ese reconocimiento de su condición humana y frágil—posiblemente para lograr alguna respuesta positiva y solidaria (v. 20)—, en vez de recibir simpatías de parte de sus enemigos los que hace es exacerbarlos aún más. La respuesta de los enemigos revela con claridad las intensiones malvadas y actitudes inhumanas que tenían. ¡Le dieron hiel por comida y vinagre por bebida! Esa última actitud fue utilizada por los creyentes primitivos para representar los sufrimientos y la pasión de Jesús (Mt 27:34, 48; Mr 15:23, 36; Lc 23:36; Jn 19:28–29).
El poema incluye una serie importante de maldiciones (vv. 22–28). El salmista responde a las agresiones de sus enemigos con una concatenación de imprecaciones violentas. Les desea: que caigan es las trampas que preparan (v. 22); que se queden ciegos y sin fuerzas (v. 23); que reciban la ira, el enojo y el juicio de Dios (v. 24); que sus palacios sean destruidos y no quede entre ellos persona viva (v. 25); que la maldad los alcance y no reciban justicia (v. 27); y que sean borrados del «libro de los vivientes»—esta expresión alude a la creencia antigua referente a que Dios tenía un libro donde apuntaba a las personas que todavía estaban vivas (Ex 32:32)—. El fundamento de esas maldiciones es que persiguieron a una persona en dolor, no manifestaron misericordia, ni demostraron solidaridad (v. 26). Y basado en su convicción personal, en su teología de redención, y también en las acciones ingratas de sus enemigos, el salmista le pide a Dios que le otorgue su salvación y lo ponga en alto, aunque esté afligido y sea una persona miserable.
vv. 30–36: La sección final del salmo incluye varias alabanzas al Señor. Además, se evalúa el sistema de sacrificios del Templo, y se destacan las actitudes internas de adoración, en contraposición de la presentación de bueyes y becerros. Para el salmista, era más importante la vida de las personas que llevan sus ofrendas al Templo que los mismos sacrificios.
En esta misma sección se afirman algunas prioridades teológicas que tienen repercusiones de gran importancia par la humanidad, de acuerdo con el salmista. La alabanza verdadera y justa hace que la gente oprimida de goce y disfrute, propicia que las personas menesterosas serán escuchadas, y facilita que los prisioneros serán liberados (vv. 32–33). Según la teología del salmista, las alabanzas al Señor tienen repercusiones transformadoras y liberadoras para la gente en necesidad.
Los versículos que concluyen el salmo se dedica a exhortar a toda la creación—p.ej., cielos, tierra y mares (v. 34)—a alabar al Señor. Dios merece ser alabado pues salvará a Sión, que es una manera poética de referirse a la reconstrucción del Templo de Jerusalén y a la reedificación de la ciudad y sus murallas. El salmista bendice al Señor pues reconoce que Jerusalén será restaurada y el pueblo de Israel regresará del exilio para habitarla.
Este salmo revela la realidad humana de la persecución de personas de manera injusta, y demuestra el poder de la oración para responder con salud mental y espiritual a las crisis de la vida. El salmista debe enfrentar una serie de calamidades personales, fundamentados en acusaciones injustas o en enfermedades mortales. Y aunque se siente angustiado y acosado, reconoce que el Señor está de su lado y que su causa está bien representada por el Señor. Finalmente el salmista afirma que las actitudes humildes y justas en la vida pueden lograr más que las ceremonias religiosas carentes de significado y de implicaciones éticas y morales.
Las iglesias pueden tomar este salmo como signo de apoyo y de solidaridad con la gente que sufre. El Dios del salmista está al lado de las personas en dificultad extrema. Las imágenes de aguas corrientes, inundaciones y pozo cenagoso ponen de manifiesto la intensidad de la crisis. Las repuestas del salmista revelan su comprensión de las intervenciones de Dios para liberar a las personas en ese tipo de dificultad. No prevalecerán los que actúan con injusticia, pues el Señor ve a la gente oprimida y oye a las personas menesterosas.


SALMO 70: «SÚPLICA POR LA LIBERACIÓN»

Con muy pocas variaciones, este poema es similar al Salmo 40:13–17. En efecto, se trata de una oración de liberación, pues el salmista se siente perseguido y atribulado. Su petición se fundamenta en la aflicción que experimenta, y reconoce que el Señor es su ayuda y libertador. En su oración pide una intervención redentora de Dios en su favor.
Posiblemente, en su fórmula original, este breve salmo formaba parte de una liturgia en el Templo en la que el rey presentaba sus plegarias al Señor ante la posibilidad de una crisis o ante la cercanía de alguna calamidad nacional. Con el tiempo, la sección cúltica que se incluía en el Salmo 40 se utilizó independientemente para transmitir y enfatizar la súplica de una persona que adora cuando siente en medio de una crisis mayor (vv. 13–17). Quizá este salmo proviene de una época pre-exílica, aunque su desarrollo independiente probablemente se llevó a efecto luego del destierro en Babilonia. El poema presenta las características básicas de las súplicas individuales, que en este caso específico se relaciona con el rey de Israel o con su representante. Y las diferencias con el Salmo 40 se relaciona con el cambio de algunas palabras, particularmente en la identificación del Señor, que sustituye el nombre personal de Dios, Yahweh, por el de Elohim, que es el genérico.
La particular relación y los paralelismos de este salmo con el anterior (Sal 69) es digna de mencionar. En ambos poemas se revelan las siguientes peculiaridades temáticas y literarias: Comienzan con un sentido de urgencia, invocan el juicio sobre los que se oponen a la justicia divina (70:2–3 y 69:23–27), y apelan a Dios con base a las necesidades personales (70:5 y 69:29). Además, el Salmo 40, del cual el 70 recibió su contenido, también tiene algunos elementos en común con el 69, p.ej., los dos poemas comienzan con referencias a la cieno profundo y ponen de manifiesto un sentido de grato liberación.
El título hebreo que se incluyó con el poema relaciona el salmo con la tradición musical del Templo y con David, e indica que es para «Conmemorar», en una posible indicción de su carácter litúrgico. La expresión puede significar que el salmo debía cantarse al momento de presentar las ofrendas de recordación, de acuerdo a las ofrendas mencionadas en el Pentateuco (Lv 2:2; 24:7).
La estructura del poema es la siguiente:

• Petición de ayuda y súplica: v. 1
• Referencia a los enemigos: vv. 2–4
• Afirmación de la esperanza del poeta: v. 5

v. 1: El salmo comienza con una súplica en la que pide a Dios socorro y liberación. Se revela el ambiente psicológico del salmista en la urgencia del clamor. La crisis debió haber sido de gran envergadura, pues las peticiones en torno a sus enemigos ponen de manifiesto deseos intensos y firmes.
vv. 2–4: En esta sección del poema se presentan algunas peticiones en torno a sus enemigos, que revelan algunas de sus características. El salmista pide que sus adversarios sean avergonzados y confundidos, que retrocedan, y que reciban el pago por sus acciones y afrentas. Entre sus acciones se encuentran las siguientes: Buscan su vida—que es una alusión a sus intensiones asesinas—, desean su mal y se burlan de él.
En contraposición a sus enemigos, el salmista afirma que las personas que buscan al Señor deben gozarse y alegrarse. Los que aman la salvación divina afirman: Engrandecido sea el Señor. La presentación de los dos grupos—p.ej., los enemigos y los que buscan de Dios—revela la división de la comunidad y la crisis interpersonal en la que se encontraba el salmista.
v. 5: El salmo finaliza con dos temas de importancia: En primer lugar se revela el estado anímico del salmista; además, se afirma su fe. De un lado, el poeta manifiesta su sentimiento profundo, que lo caracteriza como una persona afligida y menesteroso, se destaca de esta forma la depresión en la que se encontraba el poeta. Sin embargo, no es la crisis la que tiene la última palabra en el poema, sino la manifestación de seguridad y esperanza. El Señor es ayuda y libertador, es apoyo y salvación, es seguridad y futuro. El último clamor del salmista es «Señor, no te detengas».
La lectura cristiana de este salmo pone de manifiesto la esperanza que puede manifestar un creyente, aunque esté en medio de una situación de crisis externa e inmerso en una depresión interna. La última palabra de Dios para las iglesias y los creyentes no es la de desolación y juicio, sino la de esperanza y liberación.
El Señor responde al clamor de la gente en necesidad y espera que los creyentes sigan su ejemplo. La expresión «Engrandecido sea el Señor» debe ser más que una declaración teológica en el culto, sino el fundamento para el estilo de vida que contribuye destacadamente al bienestar de la humanidad.


SALMO 71: «ORACIÓN DE UN ANCIANO»

Este salmo consiste básicamente en la oración de una persona anciana que, a pesar de las persecuciones de las que es objeto, las enfermedades que ha sufrido, y las adversidades que ha tenido que enfrentar en la vida, mantiene su confianza y seguridad incólume en el Señor. Su seria convicción religiosa le impela a allegarse ante la presencia divina para solicitar ayuda y protección. El salmo presenta el clamor de una persona que ha vivido muchos años, pero que ahora debe enfrentar un conflicto potencialmente mortal, y reconoce que ya se encuentra sin muchas energías y fuerzas. Por esa razón pide socorro al Señor para no quedar defraudado.
Este poema se puede catalogar satisfactoriamente como un salmo de súplica individual, en el que una persona de edad avanzada presenta su causa y crisis ante la presencia divina. Posiblemente estos salmos eran parte de ceremonias en el Templo en las que individuos presentaban sus peticiones a Dios en momentos de dificultad personal, o en representación del pueblo o del rey. Este tipo de poema se popularizó en la época post-exílica, pues le brindaba a la persona adoradora posibilidades cúlticas que no estaban cautivas en las ceremonias tradicionales del Templo. El salmista debió haber sido un creyente de avanzada edad que, en medio de una crisis, decide invocar una vez más la ayuda divina que a través de su vida había experimentado.
El salmo revela similitudes con otros poemas del Salterio—p.ej., Sal 22; 31; 70—, relación que puede explicarse por la capacidad y el deseo que tenía el poeta de leer y utilizar con libertad, en la articulación y expresión de sus plegarias y oraciones, otros salmos que estaban disponibles para la comunidad. Además, el autor de este salmo dominaba el lenguaje poético tradicional que se utiliza con regularidad en el Salterio. Este poema no tiene título hebreo, que puede ser una indicación de la antigua relación del salmo con el anterior (véase Sal 70): ¡Debían leerse juntos! Sin embargo, la Septuaginta le añadió posteriormente un título griego, que lo atribuye a David y lo describe como un cántico que debía ser entonado por los hijos de Jonadab durante el período de la cautividad babilónica.
El análisis estructural del salmo es un poco complicado, pues algunos estudiosos lo evalúan en dos secciones poéticas mayores, que se pueden identificar por la inclusión del concepto de vergüenza al comenzar y al finalizar la unidad: p.ej., vv. 1–13a y vv. 13b–24. Esa dos secciones básicas, a su vez, presentan divisiones internas que revelan las estrofas del poema. Para otros analistas es posible ver, en los vv. 13 y 24, un incipiente estribillo temático, que en nuestro análisis tomaremos en consideración. Inclusive, algunos eruditos descubren en el poema una estructura concéntrica, en la que se destaca el tema de la oración y esperanza en la ancianidad.

A Oración de confianza del salmista: vv. 1–4
B Afirmación de la esperanza del salmista: vv. 5–8
C Oración de la persona anciana: vv. 9–13
C′ Esperanza de la persona anciana: vv. 14–18
B′ Afirmación de la esperanza del salmista: vv. 19–21
A′ Confianza del salmista: vv. 22–24

Sin embargo, nuestro análisis revela que el poema se puede estudiar con efectividad dividiéndolo en tres estrofas básicas:

• Petición y manifestación de confianza en Dios: vv. 1–8
• Súplica y petición de apoyo: vv. 9–16
• Manifestación de confianza en el Señor: vv. 17–24

vv. 1–8: Fundamentado en el las pasadas intervenciones salvadoras de Dios, el salmista se refugia en Dios porque a través de su vida nunca lo ha defraudado (vv. 1–3). Se revela de esta forma la seriedad de sus convicciones, la profundidad de sus creencias, la sobriedad de sus clamor. Reclama la atención divina y pide socorro, liberación, justicia, salvación. Su Dios es como una «roca de refugio» o lugar seguro de habitación—que revela la idea de protección, estabilidad y fortaleza—.
El poeta continúa su oración y revela el origen de su dificultad y la base de su esperanza (vv. 4–6). Sus enemigos son impíos, perversos y violentos. Se describe de esta forma la actitud de sus adversarios, la naturaleza hostil de quienes le acusas o persiguen. También se pone claramente de manifiesto la esperanza y la seguridad que le produce haber confiado en el Señor desde el vientre de su madre hasta los días de su juventud. Esa relación histórica de intimidad hace que el poeta se presente ante el Señor con alabanzas continuas. La idea es poner en evidencia la alianza y pacto que existe entre Dios y el anciano, inclusive desde antes de nacer (v. 6).
La sección culmina (vv. 7–8) con una reiteración de su confianza en el Señor que es su refugio fuerte, que hace que su boca se llene de alabanzas. Además, reconoce el salmista que ha vivido ejemplarmente ante la comunidad, pues ha sido como «prodigio» para muchas personas. De esta forma la sección comienza con el refugio que le provee el Señor (v. 1), y finaliza con el mismo tema (v. 7).
vv. 9–16: En la segunda sección del salmo el poeta expande los temas anteriores, y pone de relieve las acciones de sus enemigos; además, reitera sus peticiones de ayuda y apoyo al Señor. Su oración se articula reconociendo que ha recibido el apoyo divino a través de su vida, y reclama no ser abandonado en el tiempo de la vejez, cuando sus fuerzas se acaban. ¡Este es el tema central del salmo!, pues presenta el corazón del clamor, pone de manifiesto el propósito teológico, y subraya la finalidad litúrgica de la oración. Una persona avanzada en años se allega ante el Señor para implorar su intervención liberadora en esta etapa de su vida: ¡El anciano no desea ser desechado, abandonado, ignorado por el Señor!
Entre los problemas que el poeta identifica, se encuentran los siguientes: Sus enemigos—a quienes describe como que «asechan su alma» o dicho literalmente, a sus «acusadores», expresión que posteriormente en la historia bíblica vino a representar el nombre propio de Satán (Job 1:6; Sal 109:6; Zac 3:1–2)—, para destacar la actitud violenta y malsana de sus acciones—, conspiran para perseguirlo y apresarlo; también hablan en su contra, diciendo que Dios no lo apoyará, que lo ha desamparado y que no hay quien lo proteja y lo libre.
El salmista, entonces, ora con más intensidad (vv. 12–13): ¡Reclama la cercanía divina, y pide el pronto auxilio del Señor! Y añade una nueva imprecación hacia sus enemigos: Pide al Señor y desea que sean avergonzados, perezcan, y sean cubiertos de deshonra y confusión. Sus enemigos, que identifica en este contexto como «adversarios (literalmente, “acusadores”) de su alma» y «los que buscan su mal», pues desea enfatizar la profundidad de sus maldades y el potencial mortal del conflicto.
Su oración finaliza con una buena afirmación de esperanza y seguridad. Aunque esté en medio de una serie de calamidades personales, el anciano salmista recupera su ánimo para esperar en el Señor y alabarle aún más que antes. Fundamentado en esa seguridad, entonces el poeta expondrá la justicia divina, anunciará la salvación del Señor, ¡que son incontables!, y recordará las intervenciones poderosas de Dios, que, en efecto, son demostraciones concretas de su justicia.
vv. 16–24: En esta sección final el salmista rememora su juventud, y también reafirma su decisión juvenil de proclamar los actos poderosos del Señor, que particularmente denomina «maravillas», pues reconoce que Dios «ha hecho grandes cosas» (v. 19). Nuevamente pide al Señor que no ser desamparado, aunque ya tenga canas, pues quiere seguir anunciado hasta la posteridad la justicia divina, que «llega hasta lo excelso», que es una manera poética de describir lo inefable e inimaginable del poder de Dios.
La oración revela la sabiduría que le ha dado la vida. Es una persona con experiencia, pues ha presenciado y experimentado las complejidades, las angustias y los maldades de la vida, y reconoce que el Señor le ayudará a ponerse de pie nuevamente. Una vez el salmista se haya levantado de su condición, por la manifestación extraordinaria de la consolación del Señor, entonces se aumentará su grandeza, prestigio y honor (v. 21), serán avergonzados y confundidos sus enemigos (v. 24), y presentará sus alabanzas y cánticos con alegría al Señor (vv. 22–23), que reconoce como «redentor» (v. 23).
La importante referencia teológica al Señor como el Dios Santo de Israel (v. 22), revela el uso de un particular título divino asociado principalmente con el libro del profeta Isaías (Is 1:4; 5:19; 10:20; 12:6; véase también Sal 78:41; 89:18). Y la inclusión del salterio y el arpa en el salmo, alude a los instrumentos musicales que se utilizaban en las celebraciones cúlticas en el Templo.
Este salmo pone de manifiesto el tema de la ancianidad como un tema de actualidad teológica y social. Las personas de avanzada edad, que han vivido con intensidad y han invertido sus vidas en diversos contextos de la sociedad, cuando llegan al período terminal de sus vidas se sienten angustiados, perseguidos, abandonados, rechazados, postergados e ignorados, tanto por la sociedad como, en ocasiones por los familiares y amigos. El tema que se pone de relieve en el Salmo 71 es que Dios está preocupado por esta persona de avanzada edad, y responde a su clamor y necesidad.
La lectura contextual de este poema debe tomar en consideración que los creyentes contemporáneos deben seguir el ejemplo divino, particularmente el que presentó Jesús de Nazaret, al responder a los clamores de las personas en necesidad. La prioridad misionera del Señor eran los seres humanos y sus necesidades existenciales. De esta forma, el salmo se convierte en un gran desafío para responder a las diversas necesidades de las personas ancianas, pues en este ministerio seguimos el ejemplo de Jesús y revelamos comprensión y aplicación del salmo.


SALMO 72: «EL REINADO DE UN REY JUSTO»

El Salmo 72 es un poema que presenta una oración en favor del rey. Su propósito fundamental es pedirle a Dios que le conceda al monarca de Israel la capacidad de implantar la justicia en el pueblo, pues esas acciones equitativas son el fundamento de la paz. Desde una perspectiva universal, el salmo pone claramente de manifiesto las esperanzas que cifran los súbditos en las acciones de sus reyes, pues revela la importancia que se daba al deseo de justicia. En efecto, le correspondía al rey establecer y mantener un orden social, político y económico justo, y responder a los clamores de justicia de la comunidad, particularmente debía establecer el derecho de los sectores más marginados de la sociedad.
Este poema ha sido catalogado tradicionalmente como un salmo real, por las referencias continuas al monarca de Israel. Su contexto inicial era posiblemente el evento de entronización de algún monarca; aunque también podía ser utilizado en las ceremonias anuales que se llevaban a efecto en el Templo para afirmar su reinado. Con el tiempo, este salmo se usó en las liturgias de diferentes reyes de Israel, hasta que, luego del período exílico, cuando la monarquía no ejercía poder político en el pueblo, se relacionó el poema con las expectativas mesiánicas de la comunidad. Fundamentados en las promesas hechas a David (2 R 7), tanto los exégetas judíos como la iglesia primitiva leyeron este salmo desde esa importante perspectiva mesiánica.
Este poema proviene ciertamente de la época monárquica, cuando la figura del rey ejercía su autoridad y poder en el pueblo de Israel, y fue escrito para las celebraciones reales. El título hebreo lo relaciona con Salomón (véase Introducción), posiblemente por la referencia al «hijo del rey» (v. 2) que incluye. Sin embargo, al igual que en los salmos que hacen alusiones a David, este poema es de algún autor anónimo, que conocía muy bien los anhelos de justicia de su comunidad y dominaba las particularidades políticas de las celebraciones religiosas. En el Targúm del salmo, o la versión al aramea del poema, se indica que Salomón hizo esta oración en forma de profecía; y la versión griega del poema alude a Salomón como el monarca del poema.
La estructura temática básica del poema se revela e identifica al descubrir y evaluar sus estrofas, que pueden identificarse de la siguiente manera:

• Oración para el beneficio del rey: vv. 1–4
• Deseo que permanezca un reino justo: vv. 5–7
• Reconocimiento internacional del monarca: vv. 8–11
• Intervenciones justas del rey: vv. 12–14
• Buenos deseos hacia el monarca: vv. 15–17
• Alabanzas al Dios de Israel: vv. 18–19
• Referencia a la terminación de los salmos de David: v. 20

vv. 1–4: La primera estrofa del poema es una especia de introducción, pues revela las preocupaciones básicas del salmista. La oración pide a Dios que le imparta un sentido de equidad y rectitud al monarca, para que pueda responder adecuadamente a los clamores de justicia y salvación que tienen las personas afligidas, identificadas también en el salmo como «personas menesterosas». En ese proceso ético, moral y legal, el rey debe aplastar a los opresores, que son las personas que establecen los sistemas injustos y llevan a efecto planes que cautivan a los sectores menos privilegiados de la sociedad.
La palabra hebrea traducida por «juicios» (v. 1), significa, además, estatutos u ordenanzas, y revela la amplitud de las responsabilidades del monarca. El salmo, además, pone en paralelo poético las figuras «del rey» y la «del hijo del rey» (v. 1), para identificar la misma persona. Esa referencia al «hijo» es una manera de indicar que el monarca no es un usurpador del reino, sino el descendiente legal al trono. Las imágenes paz y justicia en los montes y collados, revela la prosperidad y la abundancia que se desprende de la implantación de la justicia, pues se establecen sistemas equitativos que llevan armonía y bienestar a toda la comunidad: ¡Hasta los rincones más lejanos y remotos del pueblo disfrutan las consecuencias de las acciones justas del gobernante!
vv. 5–7: La segunda estrofa del poema revela los anhelos de seguridad y prosperidad de las comunidades. Cuando los reyes o los líderes políticos ejercen sus funciones fundamentados en la justicia y la equidad, los pueblos desean que su administración no termine. Las imágenes literaria utilizadas ponen de manifiesto ese sentido de esperanza y eternidad, pues en la antigüedad se pensaba que el sol y la luna iban a permanecer para siempre, que es la idea que comunica la frase «de generación en generación» (v. 5). «Temer» al monarca es respetarlo, apreciarlo, distinguirlo, afirmarlo, celebrarlo, reconocerlo y honrarlo; la palabra no contiene el componente de miedo con la cual se asocia en castellano.
El poema destaca el mensaje de permanencia y estabilidad real con las figuras de la lluvia y el rocío sobre la hierba, que hacen florecer la tierra. La expresión «hasta que no haya luna» (v. 7) enfatiza el sentido de continuidad y eternidad que se pide a Dios sobre los monarcas justos, pues ese el anhelo más profundo de los pueblos. Cuando las autoridades políticas de los pueblos actúan de acuerdo con los principios básicos de la justicia se propicia el ambiente adecuado para la fertilidad de la vida.
vv. 8–11: Las virtudes de la administración justa no se confinan, de acuerdo con el poema, a los límites nacionales e internos del pueblo, sino que sobrepasan sus fronteras y tienen implicaciones internacionales importantes. Su dominio no se limitará a sus territorios sino que llegará «de mar a mar» o hasta «los confines de la tierra», que son figuras poéticas que enfatizan la extensión se su señorío, la amplitud de su reconocimiento, el respeto internacional que ha recibido.
La administración justa, según el salmo, vence y postra a los enemigos, que alude como a «moradores del desierto», y reyes de Tarsis, Sabá y Seba. «Lamerán el polvo» es una imagen de humillación. Las referencias geográficas revelan que el salmista tenía en mente al mundo conocido de la antigüedad, tanto cercano como lejano. Tarsis y las islas representan el extremo oeste, mientras que Sabá y Seba aluden a comunidades que estaban ubicadas en el sur de la actual Arabia—posiblemente Yemen—y Egipto o Etiopía. El mensaje es de hegemonía internacional, que hace que los monarcas de esas naciones se humillen ante el rey israelita que actúa con justicia, y le sirvan.
vv. 12–14: El salmo retoma el tema de las implicaciones de la implantación de la justicia para el apoyo de las personas en necesidad especial. El rey librará al menesteroso, socorrerá al afligido, y tendrá misericordia de los pobres y los salvará. En su misión de implantación de la justicia, el monarca tiene la responsabilidad de eliminar el engaño, erradicar la violencia y «redimir el alma y la sangre» (v. 14) de las personas indefensas, que es una imagen importante para revelar las implicaciones reales e inmediatas de las injusticias, que pueden llevar a personas inocentes a la muerte.
vv. 15–17: Es esta estrofa se destacan nuevamente las oraciones y los buenos deseos en favor del rey. El monarca justo recibirá tributos de otros pueblos—p.ej., Sabá—, se orará por él y se le bendecirá continuamente, disfrutará la prosperidad y fertilidad de la tierra, mantendrá su honor y buen nombre para siempre, lo llamará «bienaventurado», y en él serán benditas todas las naciones. El propósito del pasaje es poner de manifiesto los beneficios personales que obtendrá el monarca si se decide ser un rey justo. Esas bendiciones tienen implicaciones nacionales e internacionales, económicas y religiosas, materiales y espirituales, temporeras y eternas. Como en el caso de Abraham, el rey justo será bendición para los pueblos (v. 17; Gn 12:3; 15:5; 17:16). La bienaventuranza describe a una persona feliz, dichosa, alegre, bendecida.
vv. 18–20: El salmo finaliza con dos bendiciones de gran importancia teológica en el Salterio. Se bendice al Señor, que llama y unge al rey para que implante la justicia, porque es el único que hace maravillas. Y fundamentado en ese reconocimiento divino, el salmista reconoce el nombre glorioso del Señor y pide que toda la tierra sea llena de su gloria. Las expresiones «amén y amén» afirman y enfatizan el deseo del salmista.
v. 20: Con este versículo, que no aparece en algunos manuscritos hebreos, se pone término al segundo libro del Salterio que se relacionan con las oraciones de David (Sal 42–72). Posiblemente en algún momento en la historia de la redacción y compilación de los Salmos, esta sección marcaba el final de la obra. La colección de Asaf se inicia con el próximo poema (Sal 73).
Este salmo revela las expectativas que tenía la comunidad antigua de Israel respecto a sus monarcas. Y entre esas importantes responsabilidades se encontraba la administración de la justicia, que era el baluarte para el disfrute de la paz. Esas acciones reales se relacionaban con la defensa de las personas marginadas y desposeías, y la organización del pueblo para enfrentar las agresiones internacionales. El monarca tenía importantes responsabilidades que tenían que ver con las decisiones políticas internas como las externas. Sus ejecutorias debían tomar en consideración las implicaciones de las decisiones nacionales e internacionales.
La lectura contextual del poema pone de manifiesto el deseo de paz con justicia que manifiestan los pueblos a través de las edades, y la importante responsabilidad ética y moral que tienen los líderes políticos en el establecimiento de las políticas necesarias que propicien ese ambiente adecuado de justicia que permite de florezca la paz.
Ese clamor por el rey justo que se manifiesta en el salmo es un gran desafío para los líderes religiosos y políticos en la actualidad. El clamor bíblico a Dios por los líderes políticos pide justicia para las personas marginadas, no solicita ningún beneficio especial de las autoridades, ni requiere favoritismos particulares, ni mucho menos reclama preferencias injustas. El modelo de la oración del poema revela la preocupación básica del salmista, que también se manifiesta con fuerza en el ministerio de Jesús: Lo más importante en el establecimiento del reino es la implantación de la justicia (Mt 6:33).

LIBRO SEGUNDO: SALMOS 42-72



 

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