LIBRO PRIMERO: SALMOS 1–41

LIBRO PRIMERO: SALMOS 1–41
Tabla de contenidos

Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados los que en él confían.

SALMO 1: «EL JUSTO Y LOS PECADORES»

Este libro primero y la sección inicial del Salterio (Sal 1–41) comienza la serie de poemas que se conocen tradicionalmente como los salmos de David, pues en su gran mayoría el título hebreo los relaciona con el famoso monarca y poeta de Israel—con la excepción de los Salmos 10 y 33 las personas justas ura interna que revela coherencia teológica y delata la presencia grupos temáticos y literarios de salmos (p.ej., Sal 3–14; 15–24; 25–34; 35–41). Los Salmos 15 y 24, p.ej., son liturgias de entrada al Templo, y los Salmos 35 y 40, ubicados en disposición paralela, presentan la vergüenza y la confusión de los adversarios de la persona que ora. Los primeros dos salmos constituyen la introducción todo el Salterio.


El primer salmo afirma las virtudes de las personas justas que «meditan en la Ley del Señor», y puede entenderse no solo como el poema inicial del Salterio sino como la introducción a toda la obra. Posiblemente en algún momento de su historia de redacción estuvo unido, o por lo menos relacionado, al segundo salmo. La referencia en Hechos 13:33 puede ser un indicio de que estos primeros dos salmos se entendían en la antigüedad—p.ej. el Talmud, Berakot, 9b—como una unidad; y esa percepción aumenta al notar que ninguno de estos poemas tiene título hebreo, y que el segundo salmo finaliza con la enseñanza de la bienaventuranza (Sal 2:12), que es el tema central del primero (Sal 1:1).
Este poema inicial debe haber sido escrito en círculos sapienciales, donde los maestros de la sabiduría cumplían sus responsabilidades pedagógicas con la comunidad (véanse, p.ej., Jer 8:9; 18:18; Ecl 12:9; Prov 8:1–36). La finalidad era instruir al pueblo en torno al conocimiento de la vida y respecto a las formas de actuar con fundamentos éticos y morales firmes (véase Sal 32; 34; 49). Posiblemente el editor final del Salterio incluyó este salmo al comienzo de la colección, para subrayar el particular propósito pedagógico del libro de los Salmos: Invitar a la comunidad a vivir vidas piadosas fundamentadas en las enseñanzas de Ley del Señor.


La redacción del salmo es compleja. En primer lugar, su estilo más que un himno de alabanza o plegaria individual o colectiva es una afirmación educativa, una enseñanza, una exhortación piadosa. Posiblemente el poema se escribió no tanto para la adoración pública y el culto de los fieles en el Templo, sino para ser utilizado en los contextos pedagógicos de la comunidad y contribuir a los procesos formativos del pueblo.


El poema no presenta varias de las características tradicionales relacionadas con la poética hebrea, particularmente su métrica es irregular. Algunos estudiosos describen el escrito como un buen ejemplo bíblico de prosa poética. Y su fecha de composición se devela al analizar el vocabulario utilizado, evaluar los conceptos expuestos, ponderar la influencia de la literatura de sabiduría en el salmo, estudiar la referencia a la Ley escrita, revisar la exposición de los temas de castigos y recompensas, y entender su similitud con Jeremías 17:5–8: El salmo es producto de la época post-exílica.
El poema puede dividirse estructural y temáticamente en, por lo menos, dos secciones básicas:

• La vida piadosa y justa: vv. 1–4
• Las consecuencias de la maldad y el pecado: vv. 5–6

El propósito principal del autor del salmo es poner de relieve las virtudes que se relacionan con los estilos de vida que rechazan abiertamente la maldad y el pecado en sus diversas manifestaciones. En efecto, la gente que entiende las implicaciones extraordinarias de vivir a la altura de las exigencias divinas son como los árboles bien plantados y alimentados, ¡producen fruto abundante! Por el contrario, el futuro de las personas que viven de acuerdo a la maldad es desastroso, y el destino de la gente que actúa según los consejos pecaminosos es la muerte. ¡Esos hombres y mujeres de iniquidad no tendrán espacio en los lugares que Dios tiene preparado y reservado para el disfrute de su pueblo!
vv. 1–3: La palabra hebrea traducida en la versiones castellanas como «bienaventurado», describe a la persona feliz, dichosa y alegre, y revela el particular y distintivo tono educativo del salmo. La expresión, además, pone de manifiesto la relación estrecha del salmo con la literatura sapiencial de la Biblia. La felicidad de la persona bienaventurada o del grupo dichoso se fundamenta esencialmente en lo que son—p.ej., «pobres» (Lc 6:20)—o en lo que hacen—p.ej., «pacificadores» (Mt 5:9)—. Las Sagradas Escrituras incluyen diversas «bienaventuranzas» que ponen de relieve la afirmación divina para personas fieles (p.ej., Sal 2:12b; Mt 5–7; Ap 1:3).
En las Sagradas Escrituras las bienaventuranzas presentan una estructura literaria bien definida que incluye dos componentes primordiales. El primero presenta la fórmula de la bendición—p.e., «bienaventurado es el varón…»—; y el segundo identifica un tipo de comportamiento o conducta positiva—p.e., «…no anduvo en consejo de malos…»—(véase Sal 34:8). En el contexto del salmo inicial, la bienaventuranza identifica, en primer lugar, las conductas impropias de las personas (v. 1), para posteriormente presentar las acciones que deben emularse (v. 2).
El salmo es parte de esa importante tradición literaria en la Biblia, que afirma que el comportamiento diario debe fundamentarse en los principios y los valores que se promulgan en la Ley. La sabiduría, que de acuerdo a los Proverbios (1:7) es el temor o la reverencia al Señor, debe ser la base y el fundamento moral de la vida. La persona piadosa, religiosa, sabia, prudente o, en términos del salmo, «bienaventurada», es la que incorpora la sabiduría bíblica en su estilo de vida diario, pues, según el texto, ese tipo de sabiduría no es una virtud hipotética, especulativa o filosófica, con alguna repercusión de mayor o menor interés. Meditar en la Ley, entonces, no solo es motivo de contentamiento y felicidad, sino objeto de análisis sobrio, ponderado, profundo y crítico, pues el ser humano bienaventurado desea descubrir la voluntad divina para llevarla a efecto.
La comparación del ser humano y el árbol frondoso en común en el Antiguo Testamento (véase Sal 92:12–15; Jer 11:19; 17:8; Ez 17:5–10, 22–24; 19:10), y también se repite en el Oriente Medio (p.ej., en la literatura egipcia y en Qumrán). Por lo común de las palmeras en la región, algunos estudiosos las identifican con el «árbol» del salmo (Sal 92:12). El uso de la palabra hebrea traducida como «plantado», puede ser una referencia a que el ser humano es feliz a la medida que se relaciona íntimamente con Dios, de la forma que el árbol se nutre junto a las fuentes de agua. Y la alusión a las aguas puede poner de manifiesto no solo los ríos y manantiales naturales sino los canales de irrigación que eran comunes en Egipto y Mesopotamia. De esa forma ordenada y efectiva el árbol recibía los nutrientes necesarios, independientemente de los caprichos del tiempo y sus inclemencias, para mantener sus hojas y brindar buenos frutos en la época precisa. Más que algún símbolo relacionado con la inmortalidad, la imagen afirma la importancia de vivir amparado en la Ley divina, que produce en las personas bienestar, seguridad, paz y prosperidad.
v. 4: Las personas malvadas no siguen el camino de los justos ni disfrutan de sus abundancias. La imagen del «tamo que arrebata el viento», en contraposición a la gente bienaventurada de la primera sección del salmo (vv. 1–3), posiblemente alude tanto a la gente pecadora como a su destino final. La referencia al tamo presenta lo efímero de la vida, lo superficial de la existencia humana, lo pasajero de la humanidad. La imagen del tamo perecedero que es movido por el vaivén continuo del viento caprichoso contrasta abiertamente con el árbol sobrio que permanece seguro junto a las corrientes de aguas. Esa metáfora frecuentemente es utilizada como referencia al juicio divino (p.ej., Sal 33:5; Os 13:3). El contraste es claro y directo: La gente fiel tiene estabilidad y seguridad en la vida; las personas pecadoras están a la merced de los vientos caprichosos e inimaginables de la existencia humana.
v. 5: La comprensión adecuada de este versículo presenta algunas dificultades extraordinarias para los estudiosos de la Escritura. El gran salidas. El Reino de la gente bienaventurada, en efecto, se relaciona con la capacidad que pueden desarrollar los seres humanos para vivir en un peregrinar que les lleve al futuro fundamentados en la lectura y meditación de la Ley de Dios, y les mueva al porvenir con aprecio e incorporación de las enseñanzas divinas.

SALMO 2: «EL REINO DEL UNGIDO DEL SEÑOR»

Mientras el primer salmo articula los desafíos a los que deben responder los individuos en la vida, el segundo revela la actitud de la comunidad de fe ante los problemas que se relacionan con las naciones en busca de poder. En el primero se afirma la importancia de la Ley divina, en el segundo se presenta al ungido del Señor, que tiene el poder para liberar a las naciones. Mientras en el primero se pone de relieve el proceso educativo y la sabiduría, en el salmo segundo se manifiesta la voz poética del mesías, que indica: «Servid al Señor con temor, y alegraos con temblor» (Sal 2:11).
La relación entre los primeros dos salmos puede verse en los siguientes detalles: Ninguno de los dos poemas tiene títulos hebreos o suscripciones, las bienaventuranzas juegan un papel de importancia en el escrito (1:1 y 2:12), y en la antigüedad se estudiaban unidos (Hch 13:33). En cierto sentido, el primer salmo presenta el tema de los dos caminos para los individuos, y el segundo continúa el mismo tema desde la perspectiva comunitaria, nacional e internacional. Estudiados desde esta perspectiva se puede afirmar que la unión de estos salmos es una magnífica introducción a todo el salterio, que tiene como finalidad inspirar y desafiar a individuos y pueblos a ser fieles a Dios, mediante el estudio profundo de la Ley y a través de la afirmación de sus implicaciones personales y nacionales.
El segundo salmo puede clasificarse claramente como un Salmo Real, en el cual el rey sin duda está detrás de la ideología del escrito. Y posiblemente era parte de las ceremonias cultuales de entronización y coronación del monarca, o de las festividades anuales que recordaban y recreaban esos eventos. Esas actividades no eran rituales superficiales y pasajeros, sino eventos religiosos y políticos de gran significación social, militar y espiritual. El evento incluía el poner la corona real sobre la cabeza del rey, la presentación oficial del documento de iniciación del reinado, y la proclamación y unción del monarca (2 R 11:12). Algunos estudiosos piensan que el salmo incluye la primera afirmación del rey a sus súbditos (2:7–9).
Por las referencias directas al rey de Israel, se piensa que el salmo efectivamente proviene de la época preexílica, cuando la monarquía israelita jugaba un papel fundamental en la vida del pueblo. El autor posiblemente estaba relacionado a algún monarca de turno, o quizá era un profeta que tenía responsabilidades de importancia en el culto del Templo de Jerusalén.
Otros estudiosos, sin embargo, han relacionado el salmo con el período post-exílico, y lo interpretan de forma profética y escatológica: ¡El rey aludido en el poema es el «David venidero», el Mesías esperado, el ungido que llegará en el futuro (Jer 23:5; 30:9; Ez 34:23; 37:24)! Y esa comprensión del salmo puede dar base a las importantes interpretaciones y lecturas cristianas y mesiánicas, que aplican sus temas fundamentales y sus enseñanzas básicas a la vida y ministerio de Jesús de Nazaret (véanse p.ej., Hch 4:25–26; 13:33; Heb 1:5; 5:5; Ap 2:27; 19:18).
En efecto, la lectura sobria y sosegada del poema descubre la universalidad del escrito, que evade hacer referencias históricas precisas y evita la identificación concreta de detalles que puedan ubicar el salmo en algún momento preciso en la vida del pueblo de Israel. Esa característica general y universal del salmo ha contribuido sustancialmente a sus interpretaciones mesiánicas. Además, esa misma peculiaridad le brinda al escrito el poder para ser parte de la introducción general al Salterio. El primer salmo afirma la Ley; y el segundo, al mesías.
Este salmo contiene las características básicas de la poesía hebrea. Incluye buena métrica y cuatro estrofas bien definidas. La primera estrofa (vv. 1–3) describe las conspiraciones nacionales e internacionales contra el Señor y su ungido; la segunda (vv. 4–6) presenta las reacciones del Señor ante los motines humanos; en la tercera (vv. 7–9) se incluye el decreto divino a favor del ungido y su misión; y, finalmente, en la cuarta (vv. 10–12), se da el ultimátum divino a las naciones y sus líderes, y se añade una bienaventuranza para las personas que confían en el Señor.
Desde la perspectiva literaria el salmo revela complejidades estilísticas, pues manifiesta un carácter dramático. El poeta incluyó en el escrito a diversos personajes, que levantan su voz en el salmo. En primer lugar hablan las naciones y sus reyes con arrogancia (vv. 1–3), luego el Señor presenta al ungido (vv. 4–5), posteriormente habla el rey, que brinda la proclamación divina (vv. 7–9) y añade una palabra de consejo a las naciones y sus gobernantes (vv. 10–12).
La estructura literaria y temática del poema es la siguiente:

• Lo que piensan y hacen las naciones: vv. 1–3
• La respuesta divina: vv. 4–6
• El decreto del ungido: vv. 7–9
• Ultimátum a los líderes y a las naciones: vv. 10–12

vv. 1–3: El salmo comienza con una importante pregunta retórica. El poeta inquiere en torno al porqué los pueblos se amotinan o conspiran. Su pregunta es válida e importante. Intenta explicar el origen de los disturbios y las inestabilidades en las naciones, desea comprender la razón de los conflictos que producen en los individuos y los pueblos malestar, dolor, desesperanza, angustias, guerras, desolación y muertes. El salmista se hace la pregunta fundamental de la existencia: Entender el origen del sufrimiento.
Las preguntas del salmista pueden relacionarse con las transiciones de monarcas en la antigüedad. La muerte o deposición de algún rey se constituía generalmente en el comienzo de una serie de eventos que generaban instabilidad política y social en los pueblos. Las transferencias de mando y poder en el Medio Oriente comúnmente estaban acompañadas de rebeliones internas, guerras fratricidas, reorganizaciones socio-políticas, amenazas enemigas y conflictos internacionales. Aunque no podemos identificar en la lectura del salmo algún problema histórico particular, es importante notar que el pueblo de Israel regularmente debía enfrentar las amenazas de sus vecinos, y en ocasiones llegaba a la guerra para defender sus territorios y autonomía.
La afirmación de que los pueblos piensan «cosas vanas», al conspirar y rebelarse contra el Señor y su ungido, es una clara declaración de esperanza y seguridad. ¡Es inútil el esfuerzo humano de rechazar la voluntad divina! ¡Es inefectiva la actitud de rebelión contra la revelación de Dios! Y aunque las naciones o los individuos se amotinen y se levanten, y sus líderes consulten y se organicen contra Dios, esas actitudes enemigas serán impotentes, pues el Señor se reirá de ellos (2:4). Para el salmista, los esfuerzos humanos de oponerse a la voluntad divina son inefectivos, aunque provengan de reyes y príncipes.
El verbo hebreo traducido por «piensan» en el versículo 2, es el mismo que se incluye en el Salmo 1:2 como «meditan», y también transmite la idea de murmurar. La idea de que las naciones estaban «pensando cosas vanas», alude a una actitud adversa y hostil de murmuración contra el pueblo de Dios, y revela lo fútil e inoperante de sus planes. Aunque los reyes tienen el poder y la autoridad de hacer planes bélicos y organizarse militarmente para la batalla contra otras naciones, esas campañas contra Dios no prosperarán ni serán exitosas.
Los reyes y príncipes del salmo son los enemigos del Señor (véanse Sal 76:12; 102:15; 148:11), representan las fuerza antagónicas a la voluntad divina, y son símbolos de la maldad oficializada e institucionalizada.
La referencia al ungido es de vital importancia en el salmo, en el libro de los Salmos, en al Antiguo Testamento, en la Biblia y en la teología. Desde el comienzo del Salterio se pone de manifiesto la importancia del ungido del Señor. Respecto a este tema del ungido, es importante señalar que únicamente en este salmo, en todo el Antiguo Testamento, se incluyen unidos los temas del rey divino, el ungido o mesías y el hijo de Dios. Esa trilogía temática fue vital en la presentación que hacen los evangelistas de Jesús de Nazaret, y también en el desarrollo de la cristología. El tema del Mesías o ungido es de tal importancia en el Salterio y la Biblia, que se incluye de forma destacada al comienzo mismo de toda la obra.
Los ritos de unción en el Medio Oriente no estaban confinados a los círculos reales ni se llevaban a efecto únicamente en Israel. En el Antiguo Testamento se alude a la unción de objetos o lugares—p.e., el altar (Ex 29:36; Num 7:10), el arca (Ex 30:26) y el tabernáculo (Lev 8:10)—, de personas—p.ej., sacerdotes (Ex 28:41), profetas (1 R 19:16; 1 Cr 16:22; Sal 105:15), y de reyes (1 S 10:1; 16:3; 1 R 1:39; 2 R 9:6)—. Estas ceremonias eran actos extraordinarios de separación e identificación de los lugares, objetos o personas como especiales, consagradas y santificadas. En el segundo salmo se hace referencia a la unción del rey, que era visto por el pueblo como seleccionado y protegido de Dios. La particular fórmula posesiva, «contra el Señor y su ungido», pone de relieve la relación íntima, la cercanía, la interdependencia entre Dios y el mesías. En efecto, los procesos de unción en la antigüedad eran eventos de especiales de santidad (1 S 24:6, 10; 26:9, 11, 23; 1 R 21:10, 13).
Las «ligaduras» y las «cuerdas» que deben ser rotas se refieren claramente a las ataduras de cuero que se ponían en los cuernos o el cuello de los animales, para sujetarlos y mantenerlos en sus lugares (véase Jer 27:2). En este contexto aluden de forma apropiada al cautiverio, sujeción y servidumbre. Sirven de metáfora para describir en el poema la rebelión contra el Señor y su autoridad.
vv. 4–6: Ante la rebelión de las naciones y sus líderes, el Señor reacciona con autoridad y valor: Se ríe, se burla, les habla con ira y los turba en su furor. ¡La confabulación humana genera la ira divina! ¡La soberbia de las naciones incentiva el juicio de Dios! ¡La insensatez de los pueblos prepara el camino para su propia destrucción!
La referencia al que «mora en los cielos», a Dios, literalmente en hebreo es a quien «se sienta en los cielos», en alusión al trono divino como monarca del universo. El Rey de reyes, cuyo trono extraordinario está en los cielos (Sal 11:4; 103:19) y su poder es absolutamente superior al de los líderes humanos, responde a las actitudes impropias y rebeldes de las naciones. Las expresiones antropomórficas—es decir, las que atribuyen a Dios características humanas—revelan la creencia antigua de que la divinidad poseía sentimientos de las personas. Esas afirmaciones, sin embargo, no cautivan al Señor en las dinámicas humanas, ni son indicadores de impotencias ni debilidades divinas. Son esencialmente declaraciones poéticas y figuradas que intentan poner en lenguaje humano y común la capacidad divina: El Dios bíblico no resiste las confabulaciones egoístas de individuos, ni aprueba las rebeliones altaneras de las naciones.
La traducción del versículo seis presenta algunos desafíos particulares para las personas que leen y estudian el salmo. A diferencia del texto hebreo que sigue la traducción de Reina-Valera, las versiones de la Septuaginta (en griego) y la Vulgata (en latín) vierten el texto antiguo como «y yo he sido puesto como rey en Sión, su santa montaña». Y aunque esta alternativa de traducción no es imposible, pensamos que la comprensión tradicional del manuscrito hebreo es la adecuada. De esa forma se presenta el contraste entre el Rey de reyes y los monarcas humanos.
En los tiempos de la monarquía, Sión era un montículo que se relacionaba con la ciudad de David (2 S 5:7), posteriormente el nombre se dio al monte donde estaba ubicado el Templo de Jerusalén (Sal 132:13; Mic 4:2), y también se utilizó para referirse a toda la ciudad (Is 10:24; Jer 3:14; Am 6:1). En el contexto particular de este salmo, Sión se relaciona con Jerusalén, lugar que afirma la elección de la dinastía de David, donde el Señor puso a su rey (v. 6).
vv. 7–9: De acuerdo al texto hebreo del salmo, quien habla en esta sección—y posiblemente en la próxima sección también (vv. 10–12)—es ciertamente el rey. El propósito específico es declarar el «decreto» del Señor, que posiblemente alude a un tipo particular de protocolo divino que daba validez a la dinastía de David. El contenido y las formas de estos protocolos son similares a los que han descubierto en Egipto y Canaán. En los documentos egipcios se incluían particularmente los títulos del faraón y las responsabilidades y privilegios que le confería la deidad.
La expresión «mi hijo eres tu» es la fórmula de adopción antigua (véase, p.ej., el importante y antiguo Código de Hamurabi), que no necesariamente indicaba la deificación del monarca. Con esta fórmula, es probable que el salmo aluda al proceso de elección, unción e instalación del monarca. Con la expresión «yo te engendré hoy» se identifica el día preciso de la entronización, que se recordaba anualmente en ceremonias y rituales de otoño. Y la referencia a la adopción, aunque puede reflejar algunas prácticas antiguas extra-israelitas, afirma, en efecto, la intimidad y cercanía entre el monarca y Dios. La idea pone claramente de manifiesto la importancia de la institución de la monarquía en la teología de los salmos.
Como resultado de la adopción, el rey recibirá por herencia las naciones hasta los confines de la tierra. Como Dios es el Señor del universo y la humanidad, y su poder se manifiesta con autoridad sobre el mundo entero, el rey como hijo adoptivo de Dios, recibirá poder para gobernar hasta los pueblos distantes, «los confines de la tierra». Y si fuera necesario, ese poder incluye niveles de quebrantamiento y destrucción.
La imágenes de la «vara de hierro» y el «alfarero» revelan el juicio y la violencia hasta donde puede llegar el rey, por ser hijo adoptivo de Dios. La vara de hierro alude al cetro real, que podía ser una vara larga o un bastón con un mazo. En este contexto, representa el poder y la autoridad del rey como hijo de Dios. Y la referencia a la «vasija del alfarero» revela la destrucción completa que puede estar en las manos del monarca. Como una vasija que no puede utilizarse con efectividad en piezas, el rey puede destruir a los adversarios de Dios de forma absoluta, definitiva y final.
vv. 10–12: La sección final del salmo presenta el ultimátum divino a las naciones y sus líderes. Si desean evitar la destrucción y evadir la ira de Dios deben servir al Señor, que ciertamente es el principio de toda decisión sabia y prudente. En el pasaje pueden verse ideas universalistas, que ciertamente pueden aludir a la conversión de los gentiles. La persona que habla es posiblemente el rey como representante de Dios, aunque al Señor se le atribuyen expresiones similares (Jer 6:8). La palabra divina se dirige a los «reyes» y «jueces»: El texto hebreo se refiere particularmente a las personas que en su entorno original debían ejercer autoridad, gobernar y guiar al pueblo. El llamado divino es a la prudencia y la humildad, el reclamo es a superar la actitud de rebeldía y prepotencia.
La frase «servir al Señor» contiene los conceptos religiosos de adoración y humillación ante el Señor, y desde la perspectiva política transmite la idea de sujeción y reconocimiento del poder real. Las expresiones paralelas «servid» y «alegraos», ponen de relieve el gozo del servicio al Señor, la felicidad de reconocer la autoridad y el poder de Dios, la dicha de aceptar la voluntad y la revelación divina. Y las palabras «servid» (v. 11) y «perezcáis» ponen de manifiesto la intensión teológica del mensaje: ¡Sirvan al Señor si no quieren perecer! El «temor» le añade al texto el componente teológico de la sabiduría, y el temblor revela el juicio. Las acciones no sabias de individuos y naciones generan la ira de Dios.
El texto hebreo de la primera parte del versículo 12 es complejo, y presenta un gran desafío para la comprensión, interpretación y traducción del salmo. Literalmente el manuscrito dice: «y regocíjense con temblor. Besen al hijo.» El problema, que posiblemente se debe a alguna corrupción del manuscrito hebreo disponible, se revela inicialmente con el uso de las palabras «regocijar» y «temblor», que son muy difíciles relacionar en este contexto, pues manifiestan sentimientos contrarios en la misma frase. La complicación aumenta aún más, pues la palabra hijo en el pasaje se incluye en arameo—bar—, en vez de la esperada expresión hebrea—ben—.
Aunque las traducciones antiguas y las versiones modernas han tratado de superar las dificultades lingüísticas y textuales del pasaje de diversas maneras, posiblemente la solución más sensata es la que identifica el gesto de besar los pies como una forma reconocida de aceptación de autoridad y de humillación, un gesto físico que se convierte en una manera de honrar (véase, p.ej., Is 49:23; Mic 7:17; Lc 7:38, 45). En esa tradición, el famoso rey asirio, Senaquerib, reportó en sus informes de batallas cómo los monarcas de Siria y Palestina le llevaron regalos y besaron sus pies.
El sentido del versículo es el reconocimiento de la autoridad real del monarca, que se convirtió en hijo adoptivo de Dios. Esa aceptación de la autoridad y afirmación de la voluntad del Señor evitan el enojo divino, detiene la ira de Dios y elimina las posibilidades de perdición. La imagen del fuego como símbolo de la ira de Dios es común en las Escrituras.
El salmo culmina con una bienaventuranza para la toda gente que confía en el Señor. De esta forma se cierra un paréntesis teológico y literario que se inició con la bienaventuranza del salmo inicial: Son dichosos los individuos que meditan en la Ley (1:1), y también son felices las comunidades que confían en el Señor. Las bienaventuranzas divinas se manifiestan tanto en las personas que fundamentan sus decisiones en las instrucciones divinas, como en los pueblos que ponen su confianza en la revelación de Dios.
Las lecturas cristianas del segundo salmo han identificado dos temas de importancia capital en el desarrollo de la cristología: El primero es la afirmación del rey como hijo de Dios; y el segundo se relaciona con la oposición de las naciones y sus monarcas al reinado del Señor y su ungido. Desde la perspectiva de la iglesia, este salmo introduce dos temas de gran significación teológica y escatológica: El reconocimiento del Mesías cristiano como hijo de Dios, y el rechazo de la humanidad al proyecto divino del establecimiento del Reino de Dios.
La afirmación del salmo, «mi hijo eres tú», se convirtió en la descripción fundamental de la relación entre Dios y Jesús de Nazaret. Y aunque en el Antiguo Testamento las referencias al rey y al ungido tenían gran importancia, la teología de cristiana enfatizó la relación paterno-filial de Jesús y Dios. Jesús era particularmente Hijo de Dios, y desde esa perspectiva teológica introduce el Reino de los cielos en Palestina. El Reino era la implantación de la voluntad divina en medio de la sociedad y las vivencias del pueblo.
Según el Nuevo Testamento, Jesús fue presentado como Hijo en varias ocasiones (p.ej., Mr 1:11; 9:7; 2 P 1:17), posiblemente para poner de manifiesto la singularidad de su naturaleza divina y humana. Esa particular característica es la que contribuye a la transformación del lenguaje bélico y político del segundo salmo en enseñanzas de paz evangélica y esperanza transformadora. Y en sus reflexiones cristianas en torno al salmo, los creyentes subrayan la universalidad del ministerio de Jesús y su importancia para la historia de la humanidad.
Este mismo salmo se utiliza en el libro de los Hechos de los Apóstoles (4:23–31) para describir la oposición que recibió la iglesia primitiva y Jesús de parte de las autoridades de las naciones, específicamente las romanas. Según la interpretación cristiana, los creyentes no debían temer ante las amenazas y persecuciones de los poderes humanos, pues debían confrontar a las naciones y sus gobernantes con el mensaje liberador de la palabra divina. Ese mensaje fundamentado en las enseñanzas de Cristo tenía el poder de salvar individuos, redimir comunidades, transformar pueblos y liberar naciones.
La teología cristiana respecto al salmo llega a un punto culminante en el libro del Apocalipsis de Juan (11:18; 19:19). En la gran batalla escatológica, el Rey de reyes y Señor de señores se levantará triunfante contra los poderes antagónicos de la humanidad. El Señor se levantará airoso en medio de las calamidades extraordinarias del final de los tiempos, pues los reinos humanos pasarán a ser del Señor y de su Mesías para siempre (Ap 11:15). De acuerdo a la lectura cristológica del salmo, la victoria definitiva será del Mesías y de su pueblo (Ap 2:26–29).

SALMO 3: «ORACIÓN MATUTINA DE CONFIANZA EN DIOS»

El tercer salmo presenta una oración intensa, profunda, sentida. El salmista clama por apoyo y seguridad, en medio de la persecución y delante de la multitud de los adversarios. Su fuente de esperanza está en el Señor, y su salvación proviene del Dios que se «levanta». Para el poeta del salmo, su refugio no es humano sino divino, y su futuro está en las manos de quien tiene el poder y el deseo de redimirlo. Luego de los primeros dos salmos de énfasis didáctico y sapiencial, se presenta esta plegaria individual que reclama ayuda divina en medio de la crisis.
Generalmente este salmo se relaciona con los lamentos individuales del Salterio. En su título hebreo se indica que es un salmo de David, cuando huía de su hijo Absalón (2 S 15–19). Como el resto de estos títulos hebreos, esta referencia es una añadidura posterior que intentaba relacionar los salmos con David, que era reconocido en el pueblo no solo como monarca y militar, sino como poeta, músico y «dulce cantor». En el salmo se alude a los enemigos en forma general, y no se menciona específicamente a Absalón, tercer hijo de David, cuya madre, Talmai, era la hija de Geshur, monarca de Aram (2 S 3:3).
El lenguaje militar que se manifiesta en el salmo puede ser indicativo de que su autor era parte de la corte real—o inclusive ¡un rey de la dinastía de David!—, aunque alguien fuera de esos círculos reales pudo haber escrito un poema de angustia personal, fundamentado en sus experiencias adversas en la vida. Y si quien habla en el salmo es el rey, entonces el contexto litúrgico era algún día de dolor e intercesión nacional; si, por el contrario, su autor es un israelita afligido y necesitado, el contexto del poema era la plegaria personal e individual en algún momento de particular crisis, enfermedad o acusación injusta. Posiblemente el salmo fue escrito en el período preexílico, pues el idioma manifiesta un tipo de ambiente bélico tradicionalmente relacionado con el período de la monarquía israelita.
La poesía del salmo incluye cuatro estrofas y una métrica regular. Comienza con una invocación al Señor, que precede la descripción de la plegaria. El tema del salmo se mueve del clamor en la dificultad a la afirmación de confianza y seguridad en Dios: Desde la expresión de herida profunda y mortal (v. 7), hasta la celebración de la victoria que proviene del Señor (v. 8).
La estructura del salmo es la siguiente:

• La crisis del salmista: vv. 1–2
• El Señor es mi escudo: vv. 3–4
• El Señor es mi victoria: vv. 5–7
• El Señor es mi salvación: v. 8

vv. 1–2: El salmo comienza con preocupación y dolor: ¡Se han multiplicado los adversarios y enemigos del salmista! El poeta se admira de las dinámicas que le rodean, que en vez de propiciar seguridad y esperanza presagian conflicto y lucha. La oración final de la estrofa es reveladora: ¡Los enemigos le indican que Dios no lo puede ni quiere salvar! Se afirma de esta forma lo extremo de la crisis, se pone de relieve la naturaleza del dolor, se revela la desesperanza en grado sumo.
Lo que caracteriza el inicio de la oración es la preocupación, sin embargo, como la plegaria se hace a Dios, manifiesta un sentido implícito y solapado de esperanza. El salmista se allega al Señor en medio de la crisis, pues entiende que su las fuerzas que afectan sus existencia pueden cambiar ante las acciones divinas de liberación. La admiración de la primera estrofa pone en evidencia la seriedad del problema.
En el poema no se identifican con precisión los «adversarios», aunque la referencia puede aludir a los enemigos tradicionales del rey—p.ej., naciones enemigas y monarcas extranjeros, y cuando el salmo se leía posteriormente en la historia, cuando la monarquía había cesado, la expresión podía entenderse en términos de los antagonismos personales e individuales. La multitud que habla en contra del adorador describe apropiadamente tanto a gente rebelde (2 S 18:31, 32) como a los enemigos personales (Jue 20:5) y las naciones extranjeras (Ab 1).
Según los adversarios y las personas que se levantaban en su contra, la condición del salmista no propiciaba ningún tipo de ayuda, ni resistía el apoyo. Para sus enemigos, ¡ni Dios mismo podía intervenir para rescatar y salvar al salmista de su crisis! La gravedad de su condición llegó a tal punto, que no tenía remedio, ni futuro. Posiblemente, de acuerdo a la teología de la época, se pensaba que la persona aludida había pecado de forma extraordinaria (Job 8:6), para estar en esa condición terminal.
La palabra hebrea Selah, que no se traduce en las versiones Reina-Valera de la Biblia, se encuentra en 74 ocasiones en el Antiguo Testamento: 71 en el Salterio, y 3 en Habacuc. Tenía, posiblemente, algún valor musical, invitaba a la congregación a responder de alguna manera, e inspiraba al pueblo a incorporarse en el culto (véase la Introducción).
vv. 3–4: Luego de comprender la gravedad de su condición y situación, el salmista profesa su fe en el Señor, que es «escudo» y «gloria». La imagen del escudo alude a una muy importante armadura de defensa del guerrero. Este equipo de batalla era de forma redonda, y podía ser de metal o más probablemente de madera cubierta de cuero, que previamente había sido preparado con aceites y grasa de animales (Is 21:5).
En el contexto del salmo se compara a Dios con el escudo del guerrero, que revela su utilidad e importancia al fragor de la batalla. Dios protege al salmista de los ataques de sus enemigos y adversarios, y se convierte en la fuente de su seguridad y esperanza. Esa capacidad protectora de Dios le hace merecedor del ser la «gloria» del salmista. Posiblemente la expresión debe entenderse como una referencia a Dios, en «quien me glorío», que transmite la idea de «quien restablece mi honor, afirma mi dignidad y reconoce mi integridad» (Sal 21:5; 62:7).
«Levantar la cabeza» es generalmente una imagen legal y jurídica. Puede aludir al gesto del juez cuando declara la inocencia de algún acusado, y lo demuestra ordenando el gesto de levantar la cabeza. La expresión también puede reflejar los antiguos entornos penales, cuando se liberaba de la prisión a alguna persona (Gen 40:13, 20; 2 R 25:27; Jer 52:31). En el contexto teológico y espiritual del salmo, la expresión revela la actitud divina que es capaz de transformar las realidades adversas de las personas afligidas y necesitadas al «levantarlos» y ponerlos en algún sitial de honor y dignidad. De un lado, el salmista acepta la gravedad de su condición; del otro, reconoce la capacidad de divina de liberación.
Ante el clamor y grito del salmista, el Señor responde desde su monte santo. Dios recibe las plegarias que surgen de la angustia y responde las oraciones que reconocen su necesidad. Su monte santo alude a la morada divina, que en el salmo es una referencia a Sión (Sal 2:6). Y aunque en Israel la santidad divina se manifestaba en la presencia del Arca del pacto o en el Templo, el monte santo era para las culturas del Medio Oriente el particular lugar de morada de la divinidad; y representaba, además, la bóveda celeste y la tierra que le pertenecía al Señor (Sal 14:7; 20:2).
vv. 5–7: Luego de las afirmaciones de dolor y de preocupación, el salmo incluye varios elementos de esperanza. El salmista durmió—¡y tuvo lo que parece ser una pesadilla!—y al despertar se percató que Dios le acompañaba y sustentaba. El apoyo divino el da valentía y fortaleza para enfrentar a los enemigos que le sitiaban. La presencia de Dios le permite despertar con sentido de futuro y seguridad. Y la oración del salmista, al descubrirse protegido y cuidado, es de afirmación y seguridad: ¡El Dios bíblico hiere a los enemigos y quebranta a los perversos!
Las referencias al sueño aluden al proceso de descanso y reposo, no son indicaciones de búsqueda de revelación. Y la invocación «levántate», más que al acto físico de incorporarse, revela el deseo de intervención divina que manifiesta el salmista, revela su apetito por la revelación de Dios, alude a su anhelo de salvación y futuro (Is 60:1). Posiblemente esa expresión «levántate Señor» era un tipo de grito de guerra relacionado con el Arca del pacto (Num 10:35; Sal 68:1), que simbolizaba la presencia divina. ¡El Dios del salmista tiene el poder de salvar y el deseo y de redimir!
«Herir en la mejilla» es una forma de insulto y desprecio (1 R 22:24; Job 16:10; Lam 3:30; Mic 5:1). Y la metáfora de «los dientes de los perversos quebrantados», evoca la imagen de las fieras salvajes que no tienen el poder de hacer daño (Job 29:17; Sal 58:6). Juntos, estos dos artificios literarios ponen de manifiesto el poder divino que le permite al salmista levantarse airoso de la crisis.
v. 8: La afirmación final del salmo es de seguridad y esperanza: La salvación le pertenece a Dios, y la bendición es para el pueblo. Luego del reconocimiento de las complejidades y dificultades de la crisis, el salmista profesa que el dolor no tiene la última palabra contra la gente de bien, ni la angustia es la condición definitiva de las personas con fe. La primera parte del versículo final es una confesión pública de fe; y la segunda, una petición de bendición divina.
La lectura cuidadosa del salmo pone de relieve la realidad de la vida, con sus complejidades, contradicciones y desafíos. El salmista expresa su queja ante sus enemigos, pero también revela su convicción de que Dios responde a sus plegarias e interviene en la vida. Y fundamentado en esas convicciones, declara su fe y esperanza, y afirma con seguridad que la victoria en la vida emana del Señor.
Este salmo comienza una serie importante de oraciones (p.ej., Sal 4–6) que son una especie de respuesta a la teología y los propósitos de los primeros dos poemas del Salterio: ¡La gente bienaventurada, que medita en la Ley y confía en el Señor, reconoce la importancia de la oración!

SALMO 4: «ORACIÓN VESPERTINA DE CONFIANZA EN DIOS»

Similar al poema anterior, este salmo es una oración intensa de confianza y seguridad en el Señor. El salmista clama por la respuesta divina en forma de justicia, misericordia y alivio. Su oración responde a la infamia, vanidad y mentira de la gente, y se fundamenta en la capacidad de intervención liberadora que tiene el Señor. El salmista, luego de la oración, duerme confiado, aunque sea objeto de persecuciones y acusaciones injustas, pues reconoce que la presencia divina le acompaña.
El salmo es un tipo de lamento individual, que a su vez puede catalogarse temáticamente como una oración de confianza personal. Posiblemente su contexto original eran las ceremonias religiosas del Templo de Jerusalén, donde se dilucidaban algunos casos complicados de índole legal (Dt 17:8–13; 19:16–21); no debe relacionarse este poema con las oraciones antiguas que pedían lluvias a las divinidades. El salmista, que en su entorno inicial no necesariamente es el rey ni el sumo sacerdote, transmite los sentimientos comunes de las personas que en medio de alguna crisis desean afirmar su confianza en Dios. Posiblemente el autor está acusado injustamente de algún crimen, y aunque fue declarado inocente, todavía siente algunas voces de injuria y calumnia. Como el salmo no identifica precisamente al autor y sus circunstancias, la interpretación se hace complicada.
El título hebreo del salmo pone de relieve algunos de sus detalles musicales. Relaciona el poema con el «músico principal», que posiblemente era el levita encargado de los cánticos del Templo (véase 1 Cr 15:21 y la Introducción). «Neginot» alude quizá a los instrumentos de viento—p.ej., una flauta—que se utilizaban en la música y en el acompañamiento de las alabanzas a Dios en el Templo de Jerusalén (Sal 6; 54; 55; 61; 67; 76). La referencia a David asocia el poema con el famoso rey de Israel, y con la colección de salmos que se le atribuyen. Y la inclusión del término hebreo Selah en dos ocasiones confirma la importancia musical del salmo.
El salmo tiene cuatro estrofas, que se disponen estructuralmente de la siguiente forma:

• Invocación a Dios: v. 1
• Respuesta divina: vv. 2–5
• Seguridad divina: vv. 6–7
• Confianza en el Señor: v. 8

v. 1: El salmo comienza con un petición clara y directa: El salmista está en medio de una gran crisis personal e invoca la justicia divina, al desconfiar de los procesos jurídicos humanos. Clama en medio de la angustia, y afirma que en situaciones anteriores de dolor el Señor se ha manifestado con justicia, alivio y misericordia. ¡El Dios del salmista escucha sus oraciones!
La referencia a Dios como «justicia mía» alude al poder divino de vindicar y hacer justicia a personas que han sido procesadas de manera injusta y calumniosa. Y las manifestaciones de apoyo y misericordia son expresiones claras del poder liberador de Dios, que se manifiestan de manera gratuita.
vv. 2–3: El salmista pregunta «hasta cuándo». En medio del dolor clama, exclama y reclama, pues desea ver terminadas sus angustias. El poeta, en la crisis, confronta a sus adversarios con la seguridad que tiene en Dios. Su preocupación básica se relaciona con su honra, que es un valor fundamental que incluye los conceptos de honor, prestigio e integridad. Las actitudes de infamia, vanidad y mentira de sus acusadores y enemigos se sobreponen a dos de los valores fundamentales de la vida: La verdad y la justicia. La referencia al honor no necesariamente alude al rango político o abolengo social del salmista, aunque no los excluye.
La respuesta del salmista ante la crisis es de confianza y seguridad. Afirma de forma general que el Señor ha escogido para sí a la gente piadosa, y añade, desde la perspectiva personal, que Dios le escuchará cuando clame. De acuerdo al poema, el Señor mismo ha separado a la gente piadosa para que reciba un trato justo y digno en la vida, no los ha dejado a merced de la injusticia y la mentira. Y la referencia al «piadoso» que ha sido escogido por el Señor, describe a la persona que se ha aceptado la voluntad de Dios y se ha incorporado al pacto o alianza.
vv. 4–5: Estos versículos presentan el reclamo del salmista ante sus acusadores. Les invita a actuar con temor y a evitar el pecado, les llama a meditar en el anonimato de la noche y en la soledad, y les desafía a humillarse, ofrendar y confiar en el Señor. El pasaje, que presenta varias dificultades textuales, transmite la idea de forma precisa: El salmista reclama justicia de quienes le persiguen, y evoca la autoridad divina para que detengan sus acciones injustas y crueles. El fundamento del clamor del salmista es su confianza en el Señor, que pasa a sus enemigas para que cambien de actitud.
La palabra traducida en Reina-Valera como «temblad», transmite la idea de temor y reconocimiento ante el Señor, y unida a la frase «no pequéis», reclama un cambio radical de actitud en la vida. En la Epístola a los Efesios se cita libremente este linea poética, para advertir a los creyentes de los problemas relacionados con la ira y las dificultades asociadas con mantener el enojo (Ef 4:26).
«Meditad en vuestro corazón» es una manera hebrea de decir piensen, analicen, ponderen; inclusive la expresión evoca la idea de examinar sus consciencias. El salmista llama a la introspección, a la reflexión profunda. Ese gesto meditativo necesita una actitud de silencio y respeto, en el entorno más íntimo de la persona: la alcoba, la cama, el lugar del descanso reparador.
El argumento del salmista culmina con una invitación solemne a la demostración de la piedad: Ofrecer «sacrificios de justicia» y manifestar confianza en el Señor. Ese particular tipo de sacrificio debe hacerse utilizando las ceremonias apropiadas y manifestando las actitudes correctas. Y la referencia a la confianza en el Señor revela el sentimiento que debe acompañar las ceremonias religiosas.
vv. 6–7: El salmista, luego de presentar el mensaje a sus adversarios, cita las aspiraciones de sus enemigos, quienes desean encontrar el bien y anhelan ver el rostro luminoso de Dios. ¡Son muchos los adversarios que reclaman el rostro divino! La imagen del rostro de Dios es una manera de referirse al bien, representa la acción divina en el momento oportuno, alude al acompañamiento de Dios en el instante de necesidad. Ese rostro, en efecto, es fuente de iluminación, bondad y bienestar, y su descubrimiento y aprecio genera esperanza, fortaleza y seguridad.
El rostro del Señor, además, es manantial de gran alegría, que supera la felicidad que produce la abundancia y el vino. Reconoce el salmista, en boca de los enemigos, que la presencia divina genera en las personas la dicha necesaria para vivir con salud y bienestar. Además, la referencia a «alzar la luz del rostro divino» puede ser una alusión a la bendición sacerdotal (Num 6:24–26).
v. 8: Finaliza el salmo con una expresión de seguridad absoluta. ¡No habrá más noches de desvelo para el salmista angustiado y preocupado! La paz le arropará e inundará, pues su confianza está en el Señor. Esa seguridad proviene únicamente del Señor, pues su rostro ilumina y protege su sueño. La expresión «porque sólo tú» pone de manifiesto el fundamento teológico y espiritual del salmo y del salmista: El Señor es la fuente de su seguridad.
El salmo comienza con un profundo clamor por justicia. El salmista se siente injustamente perseguido y calumniado, y con esperanza reclama la intervención de Dios. Sin embargo, el poema finaliza con una extraordinaria afirmación de fe y seguridad: ¡El Señor hace vivir confiado al salmista! Junto al tercer salmo, este poema pone en evidencia la amplitud de la confianza que genera el Señor en los creyentes: ¡La oración que implora a Dios ayuda y apoyo, se hace en la mañana y el la noche!
El versículo final del salmo ha inspirado a generaciones de creyentes a culminar su día con esa oración de seguridad. Esa profunda convicción espiritual del salmista es la que motiva a los creyentes a afirmar como el sabio apóstol: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Fil 4:7).

SALMO 5: «PLEGARIA PIDIENDO PROTECCIÓN»

En la tradición de los dos salmos anteriores, el quinto presenta la súplica de una persona acusada injustamente y que acude humildemente al Señor para presentar su caso e implorar justicia. Sus acusadores son personas insensatas, mentirosas, malvadas, sanguinarias y engañadoras, que no se inhiben hasta lograr sus objetivos de maldad. El salmista invoca la intervención de Dios y clama por el castigo y la caída de sus enemigos. Finaliza el poema con una gran declaración de confianza por la capacidad de salvación divina y por su compromiso con la defensa de la persona justa.
El salmo se puede incluir en la categoría general de los lamentos individuales, pero en realidad es la oración de una persona inocente que solicita en su dolor la protección divina. El título hebreo es el mismo que se incluye en el Salmo 4 (véase comentario al salmo), y brinda muy poca información referente a los detalles sociales, religiosos y litúrgicos del poema. Y como la información histórica que se incorpora y revela en el poema es muy escasa, no se puede determinar con precisión el autor del salmo, ni se puede descubrir con seguridad la fecha de composición.
Por las referencias al Templo (v. 7), el salmo debe ser de origen pre-exílico, y posiblemente se utilizaba en relación a las ofrendas y los sacrificios de la mañana. Algunos estudiosos piensan que un mejor contexto original del salmo eran las dinámicas que se relacionaban con los procesos jurídicos en el Templo de Jerusalén.
El análisis de la estructura literaria del salmo pone de manifiesto cinco estrofas que se alternan temáticamente. De un lado, se incluyen oraciones y afirmaciones para la gente piadosa y justa; del otro, la naturaleza y futuro de las personas injustas.

• El Señor escucha mis palabras: vv. 1–3
• El futuro de los insensatos: vv. 4–6
• El Señor me guía en su justicia: vv. 7–8
• El castigo de los mentirosos: vv. 9–10
• La alegría de los que confían en Dios: vv. 11–12

vv. 1–3: La oración comienza con una petición del salmista, con un clamor intenso: ¡Señor «escucha mi gemir» y «atiende a mi clamor»! Esas expresiones, características de los salmos de lamentación, ponen de manifiesto la magnitud de la aflicción, revelan la intensidad del dolor, subrayan la necesidad del adorador, identifican la angustia del salmista. Más que una palabra religiosa superficial o una oración memorizada de poca significación, el poeta se presenta ante Dios con un clamor profundo, con una plegaria intensa, con una oración de petición y ayuda. La referencia a la oración «temprano en la mañana» indica la urgencia del clamor.
La confianza del salmista está en que Dios le puede escuchar, pues le reconoce como su rey y su Dios. La oración es intensa e íntima. ¡Reconoce el autor la autoridad divina sobre los monarcas humanos! El salmista llega al más alto foro legal en donde puede presentar su caso, ante Dios. El Señor es el juez por excelencia, que tiene la capacidad de establecer la justicia en el instante oportuno.
Las expresiones «mi Rey» y «mi Dios» revelan el sentimiento profundo del adorador: El Señor no es al monarca distante despreocupado por los dolores de su pueblo, ni es la divinidad impersonal ajena a las dinámicas diarias de su pueblo. Para el salmista, el Señor es el Dios cercano e íntimo, que le brinda las fuerzas necesarias para confiar y esperar su intervención redentora.
vv. 4–6: Junto a una afirmación teológica en torno a la divinidad, el salmista describe a sus adversarios. ¡Insensatos y arrogantes que se complacen en la maldad y la injusticia! El Dios del salmista no acepta la maldad como un comportamiento adecuado, ni permite a los inicuos estar delante de su presencia. El Señor destruye a los mentirosos; y abomina, el Dios del salmista, a la gente sanguinaria y engañadora.
Estas afirmaciones teológicas, que revelan la naturaleza justa de Dios, ponen en clara evidencia un nivel avanzado en el desarrollo religioso del salmista y de la humanidad. Aunque esas declaraciones están muy acorde con la teología cristiana, la literatura antigua presenta los excesos, conflictos y las actitudes caprichosas de las divinidades de las ciudades antiguas de Canaán y Ugarit.
La relación íntima y la dinámica recíproca entre la justicia y la divinidad es una contribución significativa de la literatura bíblica a la teología. El Dios de las Sagradas Escrituras es justo, y esa naturaleza especial le hace rechazar la maldad como una manifestación divina adecuada. Las expresiones de rechazo—p.e., «no habitarán junto a ti» y «no estarán delante de tus ojos»—pueden aludir a la negativa divina ante los gestos, las oraciones y los sacrificios de adoradores que llegan al Templo, pero que actúan de acuerdo a la maldad.
De acuerdo a la teología del salmo el Señor rechaza tanto el pecado como al pecador. Esa afirmación, que puede parecer extraña en la teología cristiana, puede entenderse a la luz de una comprensión más amplia de la afirmación. En efecto, Dios rechaza todo lo relacionado con el pecado, inclusive a las personas, hasta que se incorpora una actitud de arrepentimiento y humildad. Cuando la persona pone fin a su actitud siniestra de maldad, entonces se aleja del juicio divino y recibe la misericordia de Dios.
vv. 7–8: En contraposición a la actitud adversa de sus enemigo, el salmista se presenta ante Dios con humildad y se allega al Templo esperando la misericordia divina. Reconoce la importancia del Templo como Casa de Dios, y se dispone a adorar con reverencia. Y el resultado de su gestión religiosa es un clamor extraordinario: ¡Señor guíame en tu justicia!
Adorar «hacia el santo Templo» revela la costumbre antigua de los judíos de la diáspora de hacer sus oraciones, o cumplir sus responsabilidades religiosas, orientados hacia Jerusalén, la Santa Ciudad, en donde estaba ubicado en Templo (1 R 8:35, 38, 42; Sal 28:2; 134:2; 138:2; Dan 6:10). Esa práctica presuponía que Dios habitaba en el Templo, que transmitía la idea de morada o casa. Orar orientado hacia el Templo era una manera de reconocer la presencia divina en ese lugar.
La petición final del salmista, «endereza tu camino», es una forma figurada de pedirle a Dios que le ayude y le permita enfrentar las dificultades de la vida con sabiduría y autoridad. No le pide al Señor que lo saque del camino ni que le evite las adversidades, sino que le prepare el sendero y le ayude a transitar la vida con valor y firmeza.
vv. 9–10: Esta sección describe de forma gráfica a los enemigos del salmista: La boca de ellos comunica mentiras y falsedades; y su interior—es decir, lo que se anida en lo más profundo del ser—, está lleno de maldad. Sus adversarios son hipócritas, malos y mentirosos. Para el salmista, el problema real de quienes le acusan es el sepulcro o la muerte que tienen en su interior.
Esa imagen de la muerte es el fundamento de las acciones de los enemigos del salmista, es la base de las palabras que emiten. La comunicación y las acciones mismas de sus adversarios y perseguidores están influenciadas por el ambiente del sepulcro, que evoca descomposición y destrucción.
Ante esas actitudes, el salmista reclama el juicio divino: ¡Castígalos, Señor, por sus intrigas, por sus transgresiones, por sus rebeliones! ¡Hazlos pagar por lo que me han echo!, parece decir el poeta en su oración. En su clamor a Dios, les desea que caigan y que sean echados fuera de la presencia divina. Su oración es una plegaria de vindicación firme y decidida, es una oración que responde a sus sentimientos más profundos de dolor y persecución, es un clamor que se origina en sus experiencias adversas de injuriado y calumniado.
El texto revela que se manifiestan en el salmista los resentimientos y los deseos de venganza que deben ser superados para propiciar la salud mental y espiritual. Ante situaciones similares, los seres humanos reaccionan con violencia, y desean verse restaurados y restituidos. Sin embargo, la gente no puede vivir feliz cuando las fuerzas que guían sus vidas están motivadas por la revancha y la venganza. La dicha se manifiesta en las personas cuando el fundamento de sus acciones no es la insanidad que produce el resentimiento, sino la paz que genera la salud mental y espiritual.
vv. 11–12: La palabra final del salmo es de contentamiento y optimismo. Se alegran las personas que confían en el Señor, pues Dios mismo les defiende, les apoya y les bendice. El Señor es como un escudo protector alrededor de las personas justas, y les manifiesta su favor y su amor. Esas acciones divinas producen en el salmista seguridad, esperanza y regocijo.
El motivo de gozo no es en este caso el juicio o la destrucción de los adversarios del salmista, sino la protección e intervención divina. Amar el nombre divino es una forma de expresar su amor al Señor. En este contexto es importante señalar que en la antigüedad se pensaba que había una relación estrecha e insustituible entre el nombre y la persona que lo lleva. En el particular caso del nombre divino, el Antiguo Testamento está cargado de relatos en los cuales ese nombre tiene gran significación teológica y espiritual (p.ej, Ex 3:13–15; 6:2–3).
La frase final del salmo, «lo rodearás de tu favor», es sinónima de bendición, y presenta una de las características fundamentales de la oración: Aún ante las adversidades más amargas, la gente de fe recibe la bendición divina, pues Dios mismo les rodea de amor. Y aunque la vida se viva en medio de contradicciones y esperanzas, en medio de persecuciones y bendiciones, en medio de problemas y expectativas, en medio de conflictos y posibilidades, la gente justa da voces de júbilo y se regocija en la seguridad que le brinda el Señor. El secreto de la oración, según el salmo, se relaciona con el sentido de justicia y seguridad que manifiesta.
En su importante Epístola a los romanos, el apóstol Pablo cita el versículo nueve de este salmo, en su discurso sobre el poder del pecado que arropa a la humanidad, tanto a judíos como a gentiles (Rom 3:13). Y aunque la finalidad original del salmo no necesariamente se relaciona con la afirmación y teología paulina, la interpretación apostólica es muy válida y pertinente. En efecto, la maldad no tiene la última palabra en la vida, la injusticia no es el destino final de los fieles, la destrucción no constituye el propósito de Dios para la humanidad. Al final de todo, Dios sigue siendo Dios, pues tiene control de la historia y de la humanidad. El favor divino es mayor que la actitud rebelde de los enemigos, pues el amor de Dios es superior al los odios, rencores y resentimientos humanos.

SALMO 6: «ORACIÓN PIDIENDO MISERICORDIA EN TIEMPO DE PRUEBA»

Este salmo clama de forma apasionada e intensa por el amor y la misericordia divina en un momento de gran dificultad y angustia. Se invoca la gracia que se sobrepone a la ira y al enojo de Dios. La referencia directa a la enfermedad identifica específicamente la calamidad, que se relaciona en el poema con el juicio divino. La gravedad del problema o enfermedad puede llegar hasta a «turbar el alma» del salmista, que es una forma poética de indicar la extensión y la naturaleza de la crisis: ¡Puede generar confusión y desesperanza en las personas! Y como el idioma de la enfermedad y la sanidad se utiliza metafóricamente con regularidad en el Antiguo Testamento, el salmo pasó a ser utilizado como una plegaria para la restauración del pueblo. En este sentido figurado, las calamidades que traían al pueblo debilidad eran vistas por los escritores bíblicos como una particular forma enfermedad.
La iglesia cristiana, desde el siglo quinto, ha identificado este poema como el primero de varios salmos penitenciales, particularmente utilizados durante la Semana Santa (véanse Sal 32; 38; 51; 102; 130; 143). Y aunque el salmo no contiene recomendaciones directas o expresiones explícitas a la penitencia, la lectura piadosa de los cristianos y las cristianas vieron en sus imágenes un claro mensaje de contrición.
Generalmente el salmo se clasifica como un lamento individual, que describe y articula la experiencia del dolor comunitario. Posiblemente el salmo se utilizaba en el culto del Templo, cuando se oraba por alguna persona en necesidad (2 S 12:16; 1 R 8:37) o cuando el pueblo pasaba por algún instante de crisis nacional. El poema se debe haber escrito en la época post-exílica, a juzgar por las similitudes que presenta con literatura de esa época (v. 1 y Sal 38:1; v. 2 y Sal 41:2; v. 6 y Jer 45:3; v. 7 y Sal 31:10; v. 8 y Sal 119:115; v. 10 y Sal 35:4, 26; 83:13).
El título hebreo del poema es similar al que se incluye en los salmos cuatro y cinco, con la única diferencia de la referencia a Seminit, que posiblemente alude a un instrumento musical de ocho cuerdas.
El salmo puede dividirse en cuatro estrofas. En las primeras tres se alternan los lamentos y las peticiones que produce en el adorador un sentido extraordinario de intimidad y humildad. La estrofa final es una especie de añadidura que pone de relieve la intervención sanadora de Dios, luego de haber superado la enfermedad y la crisis. El cambio brusco en el tono del salmo (vv. 8–10) se puede deber a la intervención de algún oráculo divino, a través de algún profeta del culto o sacerdote.

La estructura del salmo es la siguiente:
• Petición por misericordia: vv. 1–3
• Oración por salvación: vv. 4–5
• Lamento por los angustiadores: vv. 6–7
• El Señor ha oído la oración del salmista: vv. 8–10

vv. 1–3: El salmista presenta rápidamente su preocupación profunda: No quería ser reprendido por el Señor, pues prefería la misericordia y la sanidad divida al enojo y la ira de Dios. Clama en medio del dolor extremo que produce una enfermedad que le abate hasta los huesos, y que le genera algún tipo de crisis emocional o depresión.
La frase «no me reprendas en tu enojo» es un atropomorfismo, que es un recurso literario que atribuye a Dios características de las personas. Y anuque la ira y el enojo divino están generalmente acompañados de la justicia de Dios (Jer 30:11; 46:28), el salmista entiende que en medio de su dolor extremo y enfermedad está más necesitado de la misericordia y el amor. Esa plegaria pone de manifiesto un valor extraordinario de la teología cristiana, que entiende el amor de Dios como una fuerza que sobrepasa todos los límites del entendimiento.
Para el salmista la enfermedad que le abatía le afectaba los huesos y el alma. Es decir, la calamidad tenía repercusiones físicas y espirituales, y manifestaba niveles biológicos y emocionales, en una clara referencia a la totalidad de la vida. El salmista, de esta forma, relaciona dos conceptos de gran importancia religiosa: el juicio divino y la enfermedad. Y esa relación íntima entre la salud y el pecado le hace preguntar con firmeza: ¿Hasta cuándo, Señor?
Como en la antigüedad se pensaba que las enfermedades y las adversidades de la vida se relacionaban con el pecado (Ex 15:26; 2 R 5:7), se entendía que únicamente el Señor era el sanador por excelencia, que equivalía al perdón divino y la liberación (Sal 41:4). La imagen del alma turbada ilustra la profundidad de la crisis (Gn 45:3). Y la pregunta retórica, «¿hasta cuándo?», es característica de varios salmos de lamentación (Sal 74:10; 79:5; 80:4). Su objetivo es expresar claramente la inquietud y la preocupación del poeta en torno a la naturaleza de la calamidad y el tiempo para su culminación o término. En la pregunta se revelaba implícitamente una petición para que finalizara la enfermedad y el dolor.
vv. 4–5: El poeta se torna a Dios, y reclama su misericordia. ¡Clama por salvación! Le pide que libre su alma, que es una manera de referirse a la totalidad de la vida. Esta importante palabra hebrea nefes, que tradicionalmente se ha traducido como «alma»—y que aparece como 755 veces en el Antiguo Testamento—denota por lo menos tres niveles principales de sentido: en primer lugar se refiere a la vida misma, a la esencia vital del ser humano (Sal 107:5). El término también puede aludir al mundo emocional y se relaciona con varias expresiones sicológicas; y finalmente el término puede utilizarse para describir varias partes del cuerpo—p.ej., «garganta», «cuello» o «boca» (Sal 69:1; Is 5:14; Jon 2:5)—, para describir algunas ideas—p.ej., «envidia» «apetito», «deseo» o «coraje»—o para identificar a alguna «persona», «individuo» (Gn 14:21) o «cuerpo» (p.ej., Lev 19:28; 21:1; Num 6:6).
La referencia al seol y a la muerte indican que los muertos no pueden alabar al Señor, que es una característica distintiva de la adoración en Israel. Los muertos, como están impuros, están excluidos de los círculos de alabanza y adoración. La imagen revela que el salmista sentía que la muerte estaba muy cerca. Posiblemente pensaba que parte de su angustia era algún tipo de anticipo de los dolores relacionados con la muerte. Por esa razón su petición se hace intensa: «Vuélvete y libra de alma», es decir, mírame y redime mi vida, ten memoria de mi y libera mi existencia. ¡Manifiesta tu misericordia de forma concreta con una demostración real de tu poder salvador!
En la antigüedad, los israelitas imaginaban el Seol—o la morada de los muertos—como un lugar oscuro, que estaba ubicado en lo profundo de la tierra (Job 10:21–22; Sal 63:9). En ese lugar, se pensaba, predominaba el silencio que impedía la alabanza a Dios (Sal 30:9; 88:4–6, 10–12; Is 38:18–19). Posteriormente en la historia estas creencias fueron sustituidas por la esperanza en la resurrección de los muertos al final de los tiempos (Dn 12:1–3).
vv. 6–7: El salmista describe poéticamente la intensidad de su oración. Ha invertido todas sus fuerzas durante las noches llorando y gimiendo por su condición: ¡Está exhausto! Regó e inundó su cama con sus lágrimas y gastó sus ojos de tanto sufrir. Y en su oración indica que su dolor de relaciona con las acciones de personas que le hieren y angustian.
El poeta utiliza muy bien la hipérbole para exagerar y poner de relieve la profundidad de su dolor. El lecho alude al lugar de descanso del salmista. En la antigüedad, únicamente las personas ricas tenían camas con patas. Generalmente estos lechos eran lugares en el suelo, que no tenían cubiertas ni mantas, pues las ropas de los que las utilizaban servía para cubrirse durante el descanso.
«Mis ojos están gastados de sufrir» puede indicar la enfermedad del salmista. Algún tipo de condición visual que le impedía ver con claridad. Otra posibilidad es que la expresión sea una figura del lenguaje que intenta presentar la extensión del sufrimiento y enfatizar el lloro y dolor del salmista.
vv. 8–10: La sección final incluye una firme manifestación de esperanza. El salmista rechaza a los que le angustian y actúan con maldad, pues exclama que el Señor ha oído su oración. Y ante la intervención consoladora de Dios, los muchos enemigos del salmista ¡se avergonzarán y se turbarán! La acción divina no solo consuela al creyente sino que identifica y rechaza los que actúan con maldad. La vergüenza y la confusión se manifiestan en la gente que actúa con maldad; pero para las personas que viven de acuerdo a la voluntad divina, acabarán las lágrimas y finalizarán los dolores.
La frase «¡Apartaos de mí!» identifica la transición entre el clamor de angustia y la afirmación de fe y triunfo. La razón de la transición es que el Señor ha oído su clamor y ruego. Y que el Señor escuchara su clamor era signo de que se había perdonado su pecado y sanado su cuerpo. Los enemigos actuarán de forma desorientada porque el Señor tomó el clamor del salmista y respondió con salud y bienestar físico y espiritual. Esos enemigos pueden ser quienes le causaron el malestar o quienes lo agravaron con sus acciones.

SALMO 7: «PLEGARIA PIDIENDO VINDICACIÓN»

En este salmo se incluye la plegaria intensa de una persona perseguida y acusada injustamente que suplica a Dios su vindicación. En su dolor, se confiesa inocente, y reclama la liberación de quienes le hieren y angustian. Comienza el poema con dos afirmaciones de confianza y seguridad: «Señor, Dios mío» (v. 1, 3). En la primera declaración se clama por liberación y apoyo; y en la segunda se declara su inocencia en la forma de juramento. Las dos afirmaciones se relacionan pues la liberación que se reclama se hará realidad únicamente si la persona que ora es inocente de lo que se le acusa falsa e injustamente. Utilizando un lenguaje figurado el salmista presenta su caso ante el Dios Altísimo (v. 17), pues reconoce que el Señor es su «escudo» (v. 10) y que salva a la gente inocente. Su liberación es motivo de cánticos y alabanzas (v. 17).
En los Salmos el tema de apreciar y afirmar la seguridad que proviene del Señor es recurrente e importante (Sal 11:1; 16:1; 25:20; 31:1; 46:1; 61:3; 62:7–8; 71:1, 7; 94:22; 141:8; 142:5). Las metáforas de «refugio» o «escudo» ponen en clara evidencia la esperanza fundamental de los adoradores en momentos de dificultad, particularmente en momentos de crisis personal, nacional e internacional. El verbo hebreo que transmite la idea de «refugio», generalmente se refiere a la protección relacionada con las inclemencias del tiempo o con la que se necesita ante las amenazas o ataques de los enemigos. Desde la perspectiva poética y simbólica, la imagen se asocia con las ideas de confianza y seguridad. La idea es proyectar al adorador un sentido de seguridad y paz en momentos de tensión y adversidad.
Este salmo generalmente se incluye en la categoría de los lamentos individuales, aunque la unidad literaria del poema es compleja. La oración pone de manifiesto los sentimientos más hondos de una persona que ha sido acusada de forma injusta. Posiblemente este salmo se utilizaba en el Templo en momentos de dificultad extrema, cuando la persona acusada se presentaba ante Dios para implorar justicia y para esperar el veredicto divino. Por su alusión a David en el título hebreo, algunos intérpretes han relacionado el poema con las oraciones reales que se hacían en momentos de crisis nacional.
La referencia a Cus, hijo de Benjamín, en el título hebreo es difícil de descifrar y comprender. Del personaje o del episodio aquí aludidos no se encuentran referencias claras en los relatos de David que se incluyen en la Biblia. Posiblemente el editor del salmo tenía acceso a información, episodios y leyendas de la vida del famoso monarca de Israel que no se preservaron en la literatura bíblica. En algunas ocasiones se ha relacionado a Cus con Saúl o con Simei hijo de Gera, enemigos de David, que provenían de la tribu de Benjamín (2 S 16:5–8). Y el término hebreo sigaión tradicionalmente se ha entendido y traducido como «lamentación».
La estructura del salmo puede describirse en cinco estrofas, que alternan invocaciones y alabanzas con una declaración de inocencia del salmista y una descripción de la gente malvada:

• Invocación al Señor (vv. 1–2)
• Declaración de inocencia del salmista (vv. 3–5)
• Invocación a Dios, juez de la humanidad (vv. 6–11)
• Descripción de la gente malvada (vv. 12–16)
• Alabanza al Señor (v. 17)

vv. 1–2: La primera afirmación del salmo es de seguridad y esperanza en el Señor. Ante la persecución, crisis e injusticia, el salmista reconoce que su salvación proviene de Dios. Su preocupación básica e inmediata es que sus enemigos le destruyan sin que haya quien le ayude y libre. La imagen del «alma desgarrada» como si fuera atacada por un león, pone en clara evidencia la naturaleza de la dificultad y revela la intensidad del problema; describe, en efecto, la violencia de los actos y las aseveraciones en su contra. El salmista se siente impotente ante las acusaciones a las que es sometido y demanda la intervención divina para superar el problema.
La expresión «en ti he confiado» puede ser una alusión al acto de allegarse al Templo e implorar la intervención divina; es una frase simbólica y poética que pone de manifiesto el fundamento de la seguridad del salmista. Y la referencia al león es parte del estilo literario de los salmos, que relaciona a los enemigos y las dificultades con animales salvajes y cazadores (Sal 9:15; 31:4; 35:7; 57:5), o con algún ejército que ataca (Sal 3:6; 27:3; 55:18). El salmo describe la hostilidad del enemigo como un acto de salvajismo, como una manifestación no humana ni racional de la adversidad. En los tiempos bíblicos, los antiguos israelitas conocían los leones persas y asiáticos, aunque con el tiempo desaparecieron en Palestina.
vv. 3–5: Esta sección del salmo incluye una clara profesión de inocencia. Fundamentado en esa seguridad, el salmista se allega a Dios y ofrece su plegaria. Le reconoce no como la divinidad lejana e impersonal, sino con intimidad y cercanía: «Señor, Dios mío». Con esta declaración no pretende indicar que está libre de toda culpa sino poner de manifiesto su integridad personal. Su propósito es indicar que sus actuaciones no justifican la severidad y complejidad de su condición y dolor. La violencia a la que es sometido no puede fundamentarse en sus actos, pues el salmista ha tratado de vivir de acuerdo a buenos principios éticos y morales. Como ejemplo de su afirmación de la moral, indica que inclusive liberó a un enemigo que le perseguía injustamente (v. 4).
Fundamentado en esa convicción de inocencia el salmista indica que si en verdad es culpable que le lleguen las calamidades identificadas en su oración: ¡Que el enemigo le alcance y pisotee, y que hiera su honra! Esta sección del salmo es como una especie de juramento, en el que, ante el guardián del compromiso (Dios), se afirma la inocencia o se aceptan las consecuencias de la culpabilidad. La oración es una especie de auto-maldición en la que se aceptan las calamidades identificadas si se descubre falta de integridad en la persona que ora.
En la antigüedad se pensaba que una persona culpable no se atrevería a orar y profesar su inocencia de esta manera, aunque debemos suponer que en el Israel bíblico había personas que no temían a «Dios ni a los hombres» (Lc 18:2). Este tipo de juramento en algunas ocasiones estaba acompañado de actos simbólicos que enfatizaban el compromiso y la seriedad de las afirmaciones (Dn 12:7). Es posible que en el contexto de este salmo se incluyera algún gesto físico, como el de lavar las manos (Sal 26:6; Is 1:15–16).
Las afirmaciones «si de algo soy culpable», «si hay en mis manos iniquidad» y «si he dado mal pago» no deben ser entendidas como declaraciones de perfección moral y ética de parte del salmista. Son, en efecto, expresiones de quien es acusado injustamente e intenta convencer a Dios y a la comunidad de su inocencia. Y las imprecaciones finales de la oración (v. 5) son la prueba que ofrece el salmista de su inocencia. Respecto a la palabra hebrea selah véase la introducción.
vv. 6–11: El juramento del salmista ahora se torna en invitación: Ante las injusticias de sus acusadores, reclama la manifestación de la ira divina. La oración se transforma en petición formal para que se establezca una corte que haga justicia al salmista. Y aunque el lenguaje utilizado es figurado y simbólico, el salmista pide a Dios la declaración de su inocencia y reclama el juicio divino contra sus acusadores. Esta oración no debe entenderse en el contexto del futuro escatológico, sino en el entorno real e inmediato del adorador que experimenta el dolor de la injusticia y necesita vindicación inmediata.
La oración que reclama la intervención divina comienza con varios imperativos: ¡Levántate, álzate y despierta! (el texto hebreo incluye uno adicional: «¡manda o declara el juicio!»). La fraseología revela la urgencia de la petición, el tono del clamor pone de manifiesto la intensidad de la plegaria. Se solicita la pronta intervención divina, pues mientras los enemigos continúen con sus injurias e injusticias contra el salmista se da la impresión que Dios está impotente, detenido, silente.
El lenguaje usado en la oración es militar y jurídico. «Levántate» (Num 10:35) y «despierta» (Jue 5:12) son gritos de guerra que incentivan el coraje y fomentan la lucha; y «álzate» es una expresión sinónima que genera la misma reacción de valentía y entusiasmo. En efecto, son frases que evocan las antiguas tradiciones que se asocian con el Arca del Pacto y la Guerra Santa (Sal 3:7; 9:19; 17:13; 44:26; 102:13; Is 33:10). El adorador reclama la intervención divina en términos militares. Posiblemente toda esta terminología bélica revela la naturaleza hostil de las acusaciones a las que estaba expuesto el salmista—p.ej., podía haber sido acusado de haber roto algún tratado—, aunque también todos estos términos pueden estar relacionados con la idea de Dios como guerrero.
La oración revela, además, un particular entorno jurídico y legal. Los pueblos se reunirán alrededor del Señor para ser juzgados en justicia y equidad. El salmista reconoce esa capacidad divina y acepta la intervención de Dios como juez, para que se reconozca que el adorador injustamente acusado ha actuado con integridad. ¡Su «escudo» está en el Dios que salva a la gente recta de corazón (v. 10), y prueba la mente y el corazón de las personas justas (v. 9)! El salmista no fundamenta su defensa en que es perfecto sino en que es íntegro. Además, reconoce que únicamente ante el tribunal divino es que las personas impías recibirán su merecido.
vv. 12–16: En el contexto de sus afirmaciones de intervención divina, el salmista le habla a sus adversarios y acusadores. Luego de declarar que su seguridad y escudo está en el Señor (v. 10), describe las actitudes y actividades infames de sus detractores: Afila la espada, prepara el arco y las armas de muerte, concibe maldad, iniquidad y engaño, y cava pozos traicioneros. ¡Presenta de forma gráfica la naturaleza de la crisis! El salmista pone en justa perspectiva su caso y revela la extensión del peligro al cual se expone. Afirma que si no hay un arrepentimiento de parte de sus enemigos estará expuesto a una serie de actos infames que se asemejan al estar expuesto a la violencia de un ejército.
El uso de la expresión «armas de muerte» pone en evidencia la urgencia de su petición, pues reacciona a los actos de maldad, engaño e iniquidad de sus enemigos. Sin embargo, reconoce que esas mismas actitudes de odios, injusticias y resentimientos propiciarán la destrucción de sus acusadores: ¡Caerán en los mismos pozos que cavaron! ¡La iniquidad que prepararon les llegará para destruirlos! ¡Su agravio caerá contra su propia coronilla!
Una de las imágenes que utiliza el salmista para describir las acciones injustas de sus adversarios es la del embarazo y parto. En el contexto original femenino, la mujer embarazada da a luz con dolores y amor. Las angustias relacionadas con el proceso de alumbramiento son superadas por el gozo de ver y disfrutar la vida del hijo o la hija. En este contexto la imagen se torna adversa e hiriente, pues lo que se concibe es maldad y lo que se produce es engaño. De esta manera chocante y adversa el salmista describe la naturaleza misma de la injusticia que vive. Solo un acto de arrepentimiento—que en hebreo se describe como un cambio radical de dirección evitará la agonía del salmista y la autodestrucción de sus enemigos.
v. 17: El poema finaliza como comenzó, con una alabanza al Señor y una clara declaración de esperanza. El salmista canta y alaba al Señor porque confía en su justicia. Y ante las falsas acusaciones de sus detractores, canta con seguridad al Dios Altísimo. De esta forma la estructura literaria del salmo crea como un paréntesis temático: Inicia con una afirmación de confianza y seguridad ante una serie de acusaciones injustas, y termina con una expresión de honra y alabanza a Dios por su justicia. Se hace justicia con esta nota final del poema a la teología del salmista: El Dios justo tiene la capacidad y el deseo de intervenir en medio de las realidades humanas para ayudar a personas inocentes a superar las acusaciones falsas e injustas.
La referencia al Dios «Altísimo» evoca la divinidad los tiempos pre-israelitas de la ciudad de Jerusalén. El hebreo elyon, generalmente traducido como «Altísimo», significa exaltado, elevado, alto, y se utiliza en el Salterio no solo en relación al nombre divino sino para referirse a Dios de forma independiente (Sal 9:2; 91:1). ¡Dios es mayor que los enemigos del salmista! Y cantar al nombre del Señor es reconocer esa capacidad extraordinaria de triunfo y victoria en la adversidad.
El Salmo 7 es una oración a Dios para ser liberado de los ataques injustos de los enemigos. Y con ese importante tema creyentes de muchas generaciones han encontrado apoyo y sostén en las crisis de la vida. Las imágenes de refugio y las afirmaciones de triunfo en la guerra le han brindado a la gente de fe las palabras de aliento requeridas en instantes de dificultad. Particularmente las personas que han sido acusadas y juzgadas de manera injusta descubren en esta oración un particular sentido de seguridad, pues reconocen que únicamente Dios les puede ayudar mantenerse incólumes en la dificultad y les puede apoyar para superar el problema.

SALMO 8: «LA GLORIA DE DIOS Y LA HONRA DEL HOMBRE»

Este salmo es un himno o cántico de alabanza al Dios creador, que ha delegado a los seres humanos la responsabilidad de cuidar lo creado. El poema contrasta la capacidad creadora de Dios y la dignidad y honra de la humanidad. E incluye una afirmación teológica extraordinaria: El Dios que tiene el poder de crear el mundo y cuya gloria sobrepasa los límites del conocimiento humano le brinda a las personas la mayordomía de la creación. De esa forma el Señor del universo dignifica al ser humano, al encomendarle tan grande responsabilidad ecológica y personal.
Este salmo es el primer himno de alabanza del Salterio e interrumpe el grupo inicial de poemas de liberación y ayuda en las crisis, para hacer una afirmación firme y contundente en torno al Dios que se dirigen las oraciones: El Dios de los Salmos es una divinidad extraordinaria cuyo poder, autoridad y dominio sobrepasan los límites conocidos e imaginables para la humanidad. Además, el salmo pone claramente de manifiesto que los seres humanos no son un apéndice sin importancia y superficial en el cosmos, sino agentes divinos para mantener el equilibrio ecológico. El poema reconoce la grandeza de Dios y afirma la dignidad de la humanidad. Comienza y termina con la misma afirmación: ¡El Señor es nuestro Dios y su presencia en el mundo es importante! Y es el único poema del Salterio que se dirige en su totalidad a Dios.
Aunque tradicionalmente el salmo se ha atribuido a David, por las referencias en el título hebreo, la verdad es que es muy probable que la obra provenga de una época posterior, quizá el período exílico, cuando el tema de la creación ocupó la atención prioritaria en el pueblo de Israel. El contexto cúltico del salmo se puede relacionar con la fiesta de los Tabernáculos, en la cual el tema de la creación del mundo se enfatizaba y se revivía en el culto. La referencia en el salmo a «los cielos, la luna y las estrellas» puede ser indicar que se utilizaba en las noches (Sal 134; 1 Cr 9:33; Is 30:29). Las alusiones repetidas a Dios y al salmista en el salmo pueden revelar que el poema se leía de forma alternada. Y el término hebreo traducido «sobre Gittit», puede entenderse como una referencia a algún particular instrumento musical o a algún lugar de donde procedía el instrumento—p.ej., de la ciudad filistea de Gat (Sal 81; 84)—.
La estructura del salmo incluye la doble alabanza al nombre y la grandeza de Dios (vv. 1a, 9), la afirmación de la gloria divina (vv. 1b–2), y la finitud y honra humana (vv. 3–8). La grandeza divina se pone de manifiesto no solo en la creación del mundo y el cosmos, sino en su extraordinaria actitud hacia la humanidad, que siendo poco menor que los ángeles le coronó de gloria y honra.

• Alabanzas al nombre divino: v. 1a
• Afirmación de la majestad y el poder de Dios: vv. 1b–2
• Descripción de la fragilidad humana y la bondad divina: vv. 3–8
• Alabanzas al nombre divino: v. 9

vv. 1a, 9: El salmo comienza y termina con la misma doble afirmación de la gloria de Dios. En primer lugar se incluye el nombre personal de Dios—en hebreo, Yahvé, que se ha traducido en las versiones de Reina-Valera com Jehová—, al cual se añade el título honorífico de Señor, que en hebreo transmite las ideas de reconocimiento, autoridad y poder. La idea del salmista es enfatizar el poder divino sobre toda la tierra y el cosmos. La teología que presupone el salmo, y particularmente este versículo, reconoce la grandeza divina, que se relaciona con el nombre de Dios. Y esa majestad divina sobrepasa la belleza y lo imponente de la creación, y las palabras humanas no pueden contener ni expresar adecuadamente la extensión de sus virtudes.
En la teología bíblica el nombre es mucho más que el distintivo que puede llamar o designar a alguna persona. Es, en efecto, una forma de aludir e identificar a la persona misma, que se hace presente en su nombre y que presenta su naturaleza íntima más profunda al revelarlo. Pedir el nombre propio es equivalente a solicitar su identidad y su esencia básica (Gn 32:29). En este sentido teológico, bendecir, invocar o conocer el nombre divino es por consiguiente bendecir, invocar y conocer a Dios, que responde a las necesidades humanas a través de la revelación de su nombre personal e íntimo (Ex 3:13–14).
Con esta importante afirmación teológica el salmo comienza y concluye. Es una manera de enfatizar la teología de la majestad divina en forma de paréntesis literario. El Dios eterno y creador es también capaz de incorporar al ser humano en el proceso de administración de la naturaleza. La capacidad divina de compartir responsabilidades con el ser humano distingue al Dios bíblico, que hace a las personas partícipes del importante proceso de llevar a efecto una buena mayordomía de lo creado.
vv. 1b–2: Esta sección del salmo es de difícil traducción, posiblemente por los problemas que se descubren en la transmisión del texto hebreo. La idea es que la gloria divina sobrepasa los límites infinitos de los cielos y llega al sector más vulnerable y frágil de la sociedad, los niños y las niñas. De un lado, la majestad de Dios se manifiesta en el cosmos, y del otro, se revela a la niñez. El salmista desea enfatizar la extensión de la gloria divina y utiliza el recurso literario de comparación de extremos para enfatizar su tema. El propósito de esa manifestación extraordinaria de Dios es callar a la gente enemiga y vengativa. El Dios cuyo poder se extiende sobre los límites del universo, reconoce y aprecia la alabanza que sale de la boca de los infantes indefensos.
La expresión «de la boca de los niños y de los que aún maman» sugiere la idea de que Dios es alabado por la niñez. Aunque en el Antiguo Testamento esa percepción teológica de la niñez no es común, ese concepto se incorpora en las narraciones de los evangelios (Mt 21:6), pues posiblemente en Mateo se fundamentó la interpretación del salmo en el texto griego. La expresión «fundaste la fortaleza» puede ser una forma poética de referirse a los cielos (Sal 78:26; 150:1), y una manera figurada de aludir a la creación. De acuerdo con esta comprensión de las imágenes del salmo, «los enemigos» deben ser entonces las fuerzas del caos primitivo que fueron ordenados por el poder de la palabra divina (Gen 1:1–2). Otros enemigos de Dios en el Antiguo Testamento son los siguientes: Rahab (Job 26:12; Sal 89:10; Is 51:9), el mar (Job 26:12; Sal 74:13; 89:9; Is 51:10), el gran abismo (Is 51:10), los ríos (Sal 93:3), Leviatán (Sal 74:14) y el dragón (Sal 74:13; Is 51:9).
vv. 3–8: Como respuesta humana a la revelación de la gloria divina, el salmista contempla los cielos, la luna y las estrellas, y afirma el poder creador de Dios. En ese contexto de asombro, reconocimiento y majestad, el poeta reflexiona sobre la naturaleza humana. Ante tal manifestación de esplendor, se sorprende con la iniciativa divina de visitar al ser humano y tomarlo en consideración. Y aunque reconoce que las personas son un poco menor que los ángeles, Dios les ha concedido «gloria y honra», y les ha permitido administrar la creación, que incluye la naturaleza, los animales del campo, las aves y los peces.
La referencia a «los ángeles» en el texto de Reina-Valera proviene de la versión griega del Antiguo Testamento; el texto hebreo utiliza la palabra elohim—tradicionalmente traducido como dios o dioses—, para enfatizar el contraste divino-humano. El pasaje no menciona al sol en el entorno de las lumbreras, pues posiblemente el salmo formaba parta del culto nocturno. La referencia a la creación como el resultado de la acción de los dedos de Dios es una manera poética de enfatizar el poder divino. Y la frase «hijo del hombre» alude en este contexto específico del salmo a las personas en general, y no posee la pesada carga teológica que posteriormente desarrolló en la literatura apocalíptica.
Este salmo fue estudiado y citado con alguna frecuencia por los escritores del Nuevo Testamento. Jesús de Nazaret lo utilizó para responder a las críticas de las autoridades religiosas judías, cuando un grupo de jóvenes le cantaba «Hosanna al Hijo de David» (Mt 21:16). El Señor mantuvo la significación primaria del salmo al sostener el contraste fundamental entre los niños y los enemigos y vengativos: Los niños eran los que reconocían al Hijo de David, y los enemigos, los que querían impedir el reconocimiento del mesianismo de Jesús.
La iglesia primitiva también leyó el salmo de forma cristológica, y utilizó el tema del dominio del ser humano sobre la creación como una manera de referirse al poder de Cristo sobre la humanidad, a través de su vida, muerte y resurrección (1 Co 15:27; Ef 1:22; Heb 2:6–8). De acuerdo con la teología cristiana, la mayordomía responsable que los seres humanos deben tener sobre la creación se fundamenta en la interpretación del salmo y en el sacrificio de Jesús.

SALMO 9: «ACCIÓN DE GRACIAS POR LA JUSTICIA DE DIOS»

Posiblemente los Salmos 9 y 10 originalmente formaban un solo poema, como revela el empleo del estilo acróstico en su redacción. Esta metodología utiliza en la estructura poética el alfabeto hebreo, pues cada verso comienza con una de sus letras de forma sucesiva. Este peculiar estilo, que también se incorpora en otros salmos (p.ej., Sal 111; 112; 119), puede contribuir al proceso de memorización de los adoradores, y también puede ayudar las dinámicas del aprendizaje del alfabeto. Algunos estudiosos, por el contrario, opinan que en las comunidades antiguas se pensaba que ese tipo particular de estructura literaria tenía cierto poder mágico que podía ayudar al adorador. Y aún otros indican que era una manera de indicar que se había tratado el tema expuesto de la «A» a la «Z», es decir, de forma completa, cabal, extensa e intensa.
La naturaleza misma de su estructura poética hace del salmo uno temáticamente complejo. En el poema se combinan varios géneros literarios, que se disponen a merced del propósito teológico: p.ej., cántico de acción de gracias (9:1–6), alabanzas a Dios (9:7–12), y súplicas, que incorporan expresiones intensas de confianza en el Señor (9:13; 9:19–20; 10:12–15). La finalidad del salmo es agradecer al Señor su justicia e implorar la destrucción de los enemigos.
El fundamento de la interpretación de los Salmos 9 y 10 como una unidad literaria es el siguiente:

• El algunos manuscritos hebreos, y en versiones griegas y latinas se dispone y afirma la unidad de estos salmos.
• No hay títulos hebreos en al Salmo 10, que en la primera sección del Salterio no es común.
• El artificio acróstico que comienza en el noveno finaliza en el décimo salmo.
• El uso de la palabra hebrea selah al concluir el Salmo 9 no se repite en el resto del libro.
• Y ambos salmos revelan similitudes estilísticas, literarias y de contenido. P.ej., los paralelos temáticos de los «tiempo de angustia» (9:9) y el «tiempo de la tribulación» (10:1), y la repetición de frases e ideas, como las siguientes: «levántate, Señor» (9:19 y 10:12), y «eternamente y para siempre» (9:5 y 10:16).

El motivo para que en la mayoría de los manuscritos hebreos estos salmos se presentan de forma separada e individual, posiblemente se relaciona con el proceso final edición del Salterio: Una posibilidad es que el editor final dividió el salmo en dos, por razones que no son totalmente claras para los estudiosos contemporáneos de la obra; la segunda alternativa es que el salmo fuera antiguo y el manuscrito no estuviera en buen estado físico, eso habría requerido la elaboración de varias estrofas por el redactor final que afectó los componentes acrósticos del poema.
El autor del salmo es posiblemente un adorador que utiliza esta oración en el culto del Templo de Jerusalén para suplicar la destrucción de sus adversarios y agradecer a Dios sus manifestaciones justas. La referencia al «músico principal» alude a la persona de la tribu de Leví encargada de dirigir los cánticos en el Templo. Y la frase «sobre Mut-labén» puede aludir a los instrumentos de música, aunque también puede significar «con motivo de la muerte de un hijo». Tradicionalmente el poema se ha relacionado con David; sin embargo, fundamentados en su contenido, es muy difícil identificar con precisión al autor y la fecha de composición, aunque posiblemente proviene de la época pre-exílica.
La estructura de estos salmos es compleja, por la naturaleza acróstica de su estilo, aunque se puede distinguir algunos temas básicos que le brindan al escrito sentido de orden y progresión. El Salmo 9 se dispone de la siguiente manera:
• Alabanzas al Señor: vv. 1–2
• Motivos para la alabanza: vv. 3–6
• El Señor es rey y juez de las naciones: vv. 7–10
• Invitación a la alabanza: vv. 11–12
• Oración de una persona en necesidad: vv. 13–14
• Intervenciones divinas en la historia: vv. 15–18
• Petición de apoyo al Señor: vv. 19–20

De particular importancia en estos salmos es el concepto de Dios que ponen de manifiesto. Presentan al Señor como el rey que estableció su trono en Sión, y afirman que su poder se extiende por las naciones con autoridad eterna (9:4, 7–8, 11, 19; 10:16). Esa teología es similar a la que se revela en los salmos reales (p.ej., Sal 47; 93; 96; 98; 99). En los Salmos 9–10, sin embargo, se enfatiza la responsabilidad divina como juez de las naciones (9:7), que ya ha actuado previamente con justicia y ha manifestados sus juicios en la historia. Y esa percepción teológica de Dios como rey y juez se reafirma en las oraciones y plegarias del pueblo (9:9–10, 12, 18; 10:17–18).
vv. 1–2: El salmo comienza con una expresión de gratitud extraordinaria. El salmista agradece, alaba y cuenta la maravillas del Señor, y se alegra, regocija y canta al Dios Altísimo. De lo profundo de su corazón surge una expresión sincera de gratitud al identificar y contar las maravillas divinas, que es forma poética de aludir a las intervenciones de Dios en medio de la historia de la humanidad. Esa expresión del corazón es el opuesto a la alabanza solamente «de labios» que está lejos de agradar al Señor (Is 29:13).
La referencia a «contar las maravillas» divinas revela que el salmo tenía tanto el objetivo privado de oración personal como la finalidad pública de afirmar las acciones de Dios ante la congregación. La expresión hebrea traducida al castellano por «maravillas» se utiliza en 27 ocasiones en el Salterio, y en otras 45 en el resto del Antiguo Testamento. En la mayoría de los casos la palabra alude a las obras de creación de Dios (p.ej., Sal 136:4), o al juicio y la redención divinas (Sal 26:7; 71:17; 75:1; 78:4, 11). El autor, posiblemente, deseaba afirmar esas intervenciones extraordinarias de Dios como ejemplos de su favor hacia su pueblo, Israel. Y el nombre divino, Altísimo, es un título muy antiguo del Señor que pone de relieve su autoridad y dominio sobre todo el universo (véase Sal 7:17; 18:13; 46:4; 47:2; 91:1).
vv. 3–6: En esta sección del salmo se identifican los motivos de las alabanzas al Señor. El salmista expresa su gratitud al identificar las intervenciones de Dios contra sus enemigos, que retrocedieron, cayeron y perecieron. Además, fundamenta sus gratitudes en las acciones justas del Señor, que favorece sus derechos y mantiene en alto su causa. El Dios del salmista es juez justo, y esa convicción es la base de su agradecimiento; y el recuento de la historia de la salvación es el fundamento de su esperanza.
Esa capacidad divina de implantar la justicia hace que las naciones enemigas sean reprendidas y los agentes de maldad sean destruidos. La expresión «borraste el nombre de ellos» es una manera simbólica de decir que el Señor destruyó a los enemigos individuales y nacionales para siempre, una forma poética de indicar que los adversarios han sido vencidos permanentemente. «No hay memoria de ellos» pues la intervención divina destruyó su existencia, los eliminó de forma radical y permanente. Como la creación comienza con los actos de identificar y nombrar (Gn 2:18–23), la destrucción permanente finaliza con la eliminación del nombre.
La referencia a que los enemigos «se volvieron atrás»—como símbolo de derrota—es similar a decir que el salmista se acercó y miró al Señor. Y la simbología del «trono» se relaciona con la teología que afirma el poder judicial de Dios, que en este contexto específico es el trono de juicio y destrucción (Sal 122:5; Prov 20:8; Dan 7:9; Mt 19:28; Ap 20:4). Posiblemente estos versículos se utilizaban como parte de la liturgia en el Templo que glorificaba al Señor como juez del mundo y la humanidad, y lo celebraba como poderoso en la batalla.
La expresión traducida al castellano como «para siempre» alude en hebreo a los tiempos más lejanos y remotos, tanto en el pasado como en el futuro. Describe lo impensable e inimaginable del tiempo, y revela su manifestación más lejana que sobrepasa los límites de la historia. Es la forma semítica de transmitir y afirmar los conceptos de eternidad y perpetuidad.
vv. 7–10: Estos versículos ponen de manifiesto las virtudes divinas que afirman las victorias sobre los enemigos y propician la alabanza del salmista. Describen el fundamento de las acciones divinas previamente descritas (vv. 3–5). El Señor prevalecerá como juez eterno, para juzgar al mundo con justicia y a los pueblos con rectitud. Y esa capacidad de implantación de la justicia hará posible que los pobres tengan refugio en tiempos de angustia, y que las personas que conocen al Señor vivan confiadas. En efecto, el poema lo afirma y el salmista los describe: ¡Dios no desampara a quienes le buscan!
El trono de Dios está, según el testimonio bíblico, en el cielo (Sal 11:4; 103:19; 1R 22:19; 2 Cr 18:18; Is 6:1; 66:1; Lam 5:19; Ez 1:26; 10:1). Sin embargo, se representaba en el Templo en el Arca del Pacto o Alianza o en la misma ciudad de Jerusalén (Jer 3:17). En este contexto se afirma que el trono es símbolo de la implantación de la justicia, alude a los actos divinos que destacan su rectitud. Y esas acciones de Dios le brindan las personas en necesidad sentido de futuro y esperanza. De acuerdo al poema, para esas personas en angustia, el Señor es «refugio», protección, apoyo, fortaleza, y seguridad en tiempos de guerra. La imagen empleada evoca la teología del Señor Dios de los ejércitos, que afirma el poder divino para vencer los enemigos de su pueblo.
La referencia a las personas que conocen el nombre del Señor es teológica, temática y poéticamente muy importante. «Conocer» el nombre divino es aceptar la voluntad de Dios e incorporar sus preceptos y mandamientos en el estilo de vida del adorador. Conocer, en la sociedad hebrea, es mucho más que identificar y distinguir a alguien, es establecer una relación de intimidad, respeto, apoyo mutuo y dignidad. En el salmo es una manera figurada de describir las relaciones con el Dios que está al lado de las personas menesterosas, cautivas y oprimidas (Sal 46:7, 11). Y la frase «los que te buscaron» puede aludir a la gente que busca los oráculos o mensajes proféticos del Señor (1 R 14:5), o la que adora a Dios en el culto (Sal 105:4).
vv. 11–12: Luego de afirmar y celebrar al Dios que interviene y protege a la gente en necesidad, el salmista retoma el tema de la alabanza y gratitud al Señor. Como respuesta agradecida a las manifestaciones divinas en la historia, el salmista canta a Dios y publica entre las naciones sus obras. El fundamento de estas expresiones es que el Dios bíblico no se olvida del clamor de la gente afligida. De acuerdo con el poema, el Señor se acuerda de las personas que han sufrido violencia e injusticias en la vida.
El que «habita» en Sión, se refiere al Señor «que tienen su trono» en el cielo, pero que lo representa el Arca en el Templo, que es lugar visible del trono invisible de Dios. El salmista pensaba que la manifestación concreta de lo inefable estaba en Sión, en la ciudad de Jerusalén, en el Templo, específicamente en el Arca del Pacto. Ese lugar sagrado del Templo era la contraparte terrenal del trono celestial, eterno e indescriptible de Dios. Sión en este contexto poético del salmo es el símbolo de la presencia divina que tienen la finalidad de implantar la justicia a la gente oprimida.
La referencia a «publicar» las obras del Señor entre las naciones alude al acto de contar las intervenciones divinas en medio de la historia del pueblo de Israel. No está interesado el salmista en algún tipo de conocimiento superficial sino en el reconocimiento, aprecio y afirmación de las implicaciones nacionales e internacionales de esas manifestaciones de Dios. La imagen del «que demanda la sangre» revela el entorno de violencia que rodea al salmista, y describe a Dios, que no deja sin castigo a las personas culpables. Los afligidos a los que se alude en el salmo no pasan por dificultades superficiales, sino están en peligro de muerte. Y ante la naturaleza crítica, inmediata, extensa e intensa de la crisis, se presenta al Dios que no ignora el derramamiento de sangre inocente y no olvida el clamor y la causa de la gente afligida y oprimida por los diversos problemas y situaciones de la existencia humana.
vv. 13–14: A la alabanza le sigue una breve oración, que implora y suplica la misericordia de Dios. El salmista clama al Dios que tienen la capacidad y el deseo de intervenir en su aflicción. Reconoce que sus padecimientos se relacionan con la gente que le aborrece, pero afirma que Dios le levanta aún del umbral o las puertas de la muerte, que puede ser una alusión poética a alguna enfermedad personal o calamidad nacional. El objetivo de ese acto liberador de Dios es que el salmista cuente las alabanzas divinas y disfrute su salvación. Esas declaraciones de gratitud del salmista pueden ser parte del culto, afirmaciones de fe ante el resto de la comunidad que adora.
En la antigüedad, las puertas de la ciudad era el lugar donde se reunían las comunidades para atender sus asuntos de importancia, como la implantación de la justicia y las deliberaciones jurídicas. En este contexto del salmo, se contraponen poéticamente las puertas de la muerte y las puertas de Sión. De afirma de esta manera el viaje de la muerte a la vida, se pone de manifiesto el fundamental proceso de liberación que mueve al adorador de la angustia del dolor y la aflicción al gozo de la esperanza de la liberación. El texto hebreo alude a las «hijas de Sión», que es una expresión que aparece únicamente aquí en el Salterio, pero que es común en los libros de Isaías y Lamentaciones. Es una forma poética de referirse a Jerusalén, pues las ciudades eran vistas como las madres simbólicas de sus ciudadanos (p.ej., «hijos de Sión»—Sal 149:2; Lam 4:2; Jl 2:23—; e «hijas de Sión»—p.ej., Is 3:16; 4:4; Jer 4:3; 6:2—).
vv. 15–18: Prosigue el tema de la historia de la salvación, y continúa la afirmación de las intervenciones de Dios en la vida del pueblo. Las naciones se hundieron en los hoyos que ellas mismas cavaron, se enredaron en sus propias trampas. El Señor intervino en las vivencias de su pueblo y manifestó su juicio, reveló su autoridad, demostró su virtud de justicia. Los malos serán llevados al Seol, o lugar de los muertos, donde también irán las naciones que se olvidaron de Dios. La imágenes de hoyos, fosas y redes se utilizan en los salmos para describir las insidias y maquinaciones de enemigos y adversarios (Sal 57:6; 64:5; 124:7; 141:9; 142:3).
La referencia a las intervenciones de Dios en la historia nacional inspira a nuevos adoradores y fomenta esperanza en las nuevas generaciones. De esta forma histórica, teológica y poética se afirma a la persona menesterosa, angustiada y cautiva, y se motiva a la afligida, perseguida y desesperada. La esperanza de la gente en necesidad no terminará porque se fundamenta en la capacidad divina de intervención y en su deseo de liberación. El futuro de las personas necesitadas, como el salmista, es diametralmente opuesto al porvenir de las naciones y las personas malvadas: ¡Los primeros tienen esperanza, los segundos no tiene porvenir!
Al finalizar el versículo 16 el salmo incluye dos términos hebreos, selah y higaión, que posiblemente tienen implicaciones musicales: el primero es quizás una indicación litúrgica, que puede aludir a algún tipo de pausa, repetición o cambio de voz en el cántico del salmo; el segundo se suele traducir como «sordina», y es posible que haga referencia a algún tipo de bajada o cambio del tono o volumen de voz en la presentación del salmo.
vv. 19–20: Los versículos finales del salmo incluyen una oración que suplica una vez más la intervención de Dios. El salmista implora la intervención divina con varios imperativos, que ha sido traducidos al castellano como: Levántate, infunde y conozcan. El primer reclamo recuerda los gritos del guerra del antiguo Israel que conquista Canaán (Sal 7:6); el segundo solicita la intervención que produce temor en los enemigos del pueblo; y el tercero afirma que las naciones no son dioses, solo personas que no tienen poder ni la autoridad para cambiar el curso de la historia.
Para culminar esta sección inicial del poema, el salmista le pide a Dios que implante la justicia, al impedir que se fortalezcan sus enemigos y al juzgar a las naciones. Reclama la intervención de Dios, y por la vía del contraste afirma el poder divino que sobrepasa los límites humanos.
Finaliza el poema con el término hebreo selah, que puede ser una indicación que el escrito prosigue, pues no es común el uso de esta palabra para finalizar algún salmo.

SALMO 10: «PLEGARIA PIDIENDO LA DESTRUCCIÓN DE LOS MALVADOS»

El Salmo 10 continúa la estructura acróstica del anterior y pone de manifiesto el tema del juicio a la gente malvada. Ante la arrogancia de esas personas, el salmista clama por el juicio divino e implora la justicia. De particular importancia en el poema es la inclusión del «ateísmo» práctico, en el cual indica que «el malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos» (v. 4). Esa actitud de prepotencia caracteriza las descripciones de las personas que persiguen a la gente pobre. El salmo no presenta los argumentos filosóficos de la inexistencia de Dios sino afirma que la gente malvada vive sin tomarlo en consideración.
El sistema de pensamiento que promulga el ateísmo teórico era muy raro en el Oriente Antiguo y en el Mediterráneo, que tenían culturas que afirmaban la importancia de las divinidades en las sociedades. En el entorno bíblico, la fe en Dios se fundamenta en la revelación, que pone de manifiesto el poder y la voluntad de la divinidad que se revela al pueblo. Las Sagradas Escrituras incluyen las narraciones de las intervenciones divinas en medio de las vivencias del pueblo de Israel, mediante la acción o la palabra de profetas, sacerdotes y apóstoles.
La crítica del salmista no es al tipo de persona que puede no creer en Dios como producto del análisis sistemático y racional, pero que tiene buenos valores éticos que fundamentan sus actos en la vida. El poema reacciona ante las personas que no tienen principios morales que guíen sus conductas diarias, y utilizan el poder que ostentan para hostigar, herir y aprovecharse de las personas más débiles. El salmo es una muy clara declaración teológica en contra de un tipo particular de persona que, independientemente a lo que diga respecto a Dios, actúa en la vida sin tomar en consideración las implicaciones éticas de sus afirmaciones teológicas.
El tipo literario del Salmo 10—a diferencia del anterior, que era un cántico individual de acción de gracias—se asemeja al lamento individual. Esos cambios abruptos de temas y estilos se repiten con alguna frecuencia en el Salterio (Sal 22; 36; 52; 77), pues posiblemente en la redacción final de estos poemas se unieron algunos poemas con temas similares o complementarios para expresar nuevas ideas o enfatizar algún tema particular. Su estructura literaria sigue el siguiente patrón:

• Clamor del salmista por la lejanía de Dios: v. 1
• Descripción de la gente malvada: vv. 2–11
• Clamor que pide la intervención divina: vv. 12–15
• El Señor escucha a las personas humildes: vv. 16–18

El salmo comienza con una muy importante pregunta retórica al Señor: ¿Porqué estás lejos y te escondes en el tiempo de la tribulación? (v. 1). El salmista se siente abandonado y posiblemente rechazado, y reclama al Señor su presencia en el momento oportuno, solicita su manifestación redentora en el instante de necesidad. La crisis es producto no solo de las maquinaciones antagónicas de sus adversarios sino de la ausencia o lejanía divina, que es el primer tema de su oración.
El tema de la inacción de Dios—p.ej., la falta de intervención divina en la adversidad de los adoradores—es recurrente en el Salterio (véase Sal 13:1; 22:1–2; 35:22; 38:21; 42:9–10; 43:2; 71:12; 88:14). Junto a la preocupación real que atañe la calamidad que azota a la persona que adora y se acerca al altar divino humillada, le angustia al salmista la idea de la posible lejanía de Dios. La primera idea que se pone de manifiesto con claridad en el poema se relaciona con la distancia que el salmista percibe entre Creador y criatura, y esa percepción propicia la posibilidad de la ausencia divina en tiempo de tribulación.
Este tema del Dios lejano o ausente también se repite en la literatura poética y profética (p.ej., Is 1:15; Lam 3:56). Y en esa tradición de clamores, el salmista implora la intervención de Dios, no para que le exprese algún apoyo general, impersonal, hipotético y lejano. No está interesado el salmista en palabras superficiales de consolación y ayuda: ¡En el instante de la crisis se requieren acciones afirmativas, se necesitan manifestaciones liberadoras, se demandan revelaciones transformadoras! En este sentido, los actos de liberación de las personas en necesidad, dolor, pobreza y desesperanza son también importantes y necesarias declaraciones teológicas de la cercanía del Señor.
vv. 2–11: En esta sección el salmista presenta a la gente malvada con gran capacidad literaria y criticidad ética. Describe sus acciones impropias y hostiles: Arrogantes, altivas, maldicientes, jactanciosas, codiciosas, engañadoras, fraudulentas y acechadoras. Alude a sus acciones impertinentes y agresoras: Persiguen y atrapan al pobre, bendicen al codicioso, desprecian al Señor y a sus adversarios, sus caminos son torcidos, acechan al desvalido, matan al inocente y hostigan los desdichados. Y respecto a Dios, prosigue el salmista: Actúan sin su consentimiento, sin reconocer sus principios ni aceptar su voluntad; no buscan la dirección divina, ni en sus pensamientos tienen al Señor; y afirman que Dios se esconde, se olvida y ¡nunca ve nada! La prepotencia que manifiestan es tal, que piensan que nunca caerán ni les alcanzará la desgracia.
Esta porción bíblica es un magnífico ejemplo de las extraordinarias virtudes poéticas y literarias del Salterio. Con gran dominio del idioma, para manejar el tema y las imágenes, el salmista pinta un cuadro sombrío, tétrico y complejo de las actitudes de la gente malvada que actúa en contraposición de las personas de bien, identificadas explícitamente en el texto como gente pobre, inocente, desvalida y desdichada. Y ante tales actitudes, el poema afirma con seguridad y firmeza: ¡El malo caerá en las mismas trampas que ha preparado!
De acuerdo con el poema, la gente que actúa fundamentada en la hostilidad, el resentimiento y la maldad recibirán las consecuencias de sus propias acciones. Según el salmo, el resultado neto de esas manifestaciones de maldad es que las personas que actúan con esas actitudes impropias e indeseables serán objeto de las mismas dinámicas adversas que generaron y propiciaron. El gran tema de la sección es el siguiente: La maldad genera maldad, que finalmente atrapa a quienes la propician e inician.
La palabra hebrea para referirse a «los malos», rasa, originalmente identifica a personas que ha sido declaradas culpables de algún cargo, pero en la literatura poética, particularmente en el Salterio, describe figuradamente a los enemigos de Dios, que también son adversarios de la gente noble, buena, justa y bienaventurada (véase, p.ej., Sal 1:1; 28:3; 140:4). Esa persona, que de antemano pone de manifiesto su culpabilidad, se dedica a perseguir y tratar de destruir a los pobres, que en estos contextos poéticos identifican mucho más que una condición socioeconómica.
vv. 12–15: Luego de la descripción de los malos el salmista se torna al Señor. Con gritos de combate—p.ej., «levántate» (Sal 7:6; 9:19) y «alza tu mano»—reclama la intervención divina: ¡No te olvides de los pobres! ¡No ignores el dolor de los menesterosos! ¡No rechaces la oración de los necesitados! ¡No olvides las consecuencias sociales, económicas y espirituales de la gente que padece necesidad!
Para el salmista el rechazo a Dios de parte de la gente malvada se fundamenta en una teología equivocada. Piensan erróneamente que el Señor no les habrá de pedir cuentas; creen que Dios no evaluará sus decisiones y actitudes; y asumen que la divinidad no está interesada en los asuntos diarios, que ignora las vivencias de los individuos y los pueblos. Ante esa actitud arrogante, el poeta indica que el Señor ha visto las acciones y las vejaciones de las personas malas, y recompensa a los desvalidos y huérfanos. La respuesta divina a esa actitud prepotente generada por la maldad es de juicio: ¡Rompe el brazo del inicuo y castiga la maldad del malo!
vv. 16–18: Y para complementar esa afirmación de juicio, y también para introducir las afirmaciones de esperanza, el salmo añade una alabanza (v. 16): El Señor es rey eterno y actuará para desaparecer las naciones, en una referencia a las que son enemigas del pueblo de Dios. La actitud divina de juicio se relaciona con la enemistad de las naciones no se fundamenta en un rechazo étnico.
Las palabras finales del salmo son declaraciones de fe y esperanza para la gente que sufre. Dios escucha el clamor de la gente humilde, los anima y les presta atención. El Señor hace justicia al huérfano y al oprimido, pues su propósito es erradicar la violencia de la tierra. De acuerdo con el salmo, el Dios bíblico tiene el poder, la autoridad y el deseo de finalizar con las actitudes de maldad que traen injusticias en la humanidad.
Termina el salmo con varias afirmaciones de fe que responden efectivamente a las declaraciones teológicas adversas de la primera sección del poema: ¡La arrogancia de la gente malvada tiene su término! ¡La prepotencia de los opresores tiene su final! ¡La hostilidad de las personas egoístas tiene su fin! ¡La agresividad de los hombres y las mujeres de maldad terminará!

SALMO 11: «EL REFUGIO DEL JUSTO»

Este poema pone en clara evidencia la alegría y el contentamiento del salmista al reconocer la seguridad que genera su confianza en el Señor. Aunque está en medio de dificultades y problemas, el salmista afirma que el fundamento de su seguridad proviene del Dios que toma en consideración a la gente recta de corazón y hace justicia a las personas malas y perversas. El poema revela en su clamor que las personas rectas verán el rostro divino, que es una expresión figurada para indicar que recibirán el favor y la misericordia de Dios.
El salmo es posiblemente un cántico individual de confianza, aunque evoca algunos temas de los salmos de lamentación. El adorador recurre al Señor en medio de algún peligro extremo, y se presenta ante Dios cuando está a merced del enemigo que le ataca. Posiblemente en contexto original de esta oración es el Templo de Jerusalén, aunque no necesariamente sea el entorno del culto. Quizá el salmista encontró refugio y santuario en el Templo, desde donde se dirige a los amigos que el ayudaron a escapar de sus enemigos.
El título hebreo relaciona al salmo con David, y dedica el poema «al músico principal», que puede ser una referencia a su uso posterior en la liturgia del Templo. Algunos estudiosos indican que es un salmo pre-exílico, y que se puede relacionar con algún episodio descrito en la Escritura (p.ej., 1 S 18).
La estructura del poema no es compleja, y puede dividirse en dos secciones principales. Los temas fundamentales son la angustia de la persecución y el gozo de la esperanza.

• Sentido de desesperanza del salmista: vv. 1–3
• Restauración de la confianza en el Señor: vv. 4–7

vv: 1–3: La primera frase del salmo es posiblemente su verdadero título: «En el Señor he confiado», que también puede traducirse como «en el Señor me refugio». La confianza y el refugio del salmista está en el Templo (v. 4), que es el símbolo visible de la presencia divina invisible. La situación personal del salmista podía ser de peligro mortal (véase Ex 21:12–25; 1 R 1:50), que fue la dinámica que le movió a buscar refugio y santuario en el Templo.
Aunque el poema puede referirse a las crisis regulares de la vida, en ese contexto de dolor personal y adversidad extraordinaria el salmista se sorprende que alguien le recomiende huir a los montes, que evada su responsabilidad. El poeta no desea abdicar ante los desafíos formidables que debe enfrentar; por el contrario, desea enfrentar la adversidad sin huir de la comunidad.
La imágenes que se utilizan en el poema son extraordinarias. «Decir a mi alma» es una manera figurada de indicar que le han preguntado, aunque el poema no identifica a los que le interpelan. La referencia a «huir a los montes» puede traer a la memoria las narraciones patriarcales de Lot, en las que un ángel le indica que huya a los montes antes del juicio a Sodoma y Gomorra (Gn 19:24). Algunos estudiosos piensan que esa expresión es una especie de frase idiomática para describir momentos de desesperación y persecución.
Se le recomienda al poeta huir, pues la gente malvada y enemiga se prepara para el combate, se organiza para vencerle. Sus enemigos tienen arcos y saetas dispuestos para la guerra, aunque el ataque se organiza en lo oculto, el conflicto es solapado y la dificultad actúa de forma disimulada. Los rectos de corazón son los recipientes de las dificultades y angustias generadas por la gente malvada.
La comprensión e interpretación del versículo tres es compleja. La referencia a los «fundamentos» puede ser una frase poética que alude a los principios legales y morales básicos que se incluyen en Ley de Moisés. Otras personas que estudian el pasaje piensan que es una posible alusión a las instituciones básicas de la sociedad: p.ej., las organizaciones que mantienen y sostienen el orden social, político, económico y religioso.
La ambigüedad de las imágenes y las polivalencias semánticas ponen de relieve la belleza del escrito. Y la pregunta retórica, «¿qué puede hacer el justo?», es una forma de indicar que las dinámicas que azotan y destruyen los fundamentos de la vida son superiores a las fuerzas y energías de la gente de bien. En efecto, cuando los cimientos morales de la sociedad se destruyen, la gente justa se convierte en fugitiva, se subvierte el orden natural de la existencia humana, se transforma la dinámica lógica de la vida.
vv. 4–7: La segunda sección del salmo incluye una serie importante de declaraciones teológicas, que reafirman el fundamento de seguridad del salmista. Que Dios esté en su «santo Templo», es una referencia no solo al santuario físico de Jerusalén ubicado en el monte Sión, sino al lugar celestial y eterno donde el Señor opera como juez de la humanidad, desde su trono (Hab 2:20; Sof 1:7; Zac 2:13). ¡Sus ojos están atentos a las acciones de las personas! Esa particular característica divina le permite «probar» al ser humano, que es una metáfora que surge de los procesos de afinar metales en la antigüedad (Jer 6:27–30).
En ese importante proceso de juzgar y evaluar las acciones de la gente, el Señor se percata de la violencia que generan y propician las personas malvadas. Esas actitudes malsanas son repudiadas por el Señor, que ama la justicia porque esencialmente es un Dios justo. Y el resultado de esas acciones llenas de maldad es que el Señor enviará su juicio como calamidades extraordinarias: p.ej., fuego y azufre, que son imágenes que evocan el juicio divino a las antiguas ciudades se Sodoma y Gomorra (p.ej., Gen 19:20; Is 30:33; Ez 38:21–22; Ap 9:17). El «viento abrasador» puede aludir tanto a las tormentas volcánicas como a las tormentas calientes y secas del desierto, que sofocaban a quienes las vivían y sufrían (Is 21:1; 40:7; Jer 4:11; Os 13:15). La copa es también otra imagen de juicio divino en las Escrituras (véase Lam 4:21).
El salmo comienza y finaliza con confesiones de fe y esperanza. La gente que confía en el Señor descubre la justicia divina y verán el rostro de Dios.

SALMO 12: «ORACIÓN PIDIENDO AYUDA CONTRA LOS MALOS»

Este salmo presenta la súplica sentida y honda de una persona que reacciona con admiración y preocupación ante la maldad rampante que se manifiesta impunemente en la humanidad. El salmista deplora la falta de sinceridad en la sociedad, y no se resigna a ver a la gente piadosa y fiel sufrir por causa de esas actitudes impropias y destructivas en el mundo. El poema comienza y finaliza con expresiones serias de lamento y consternación: Porque se acabaron los piadosos y desaparecieron los fieles (v. 1); y porque los malos rondan cuando la infamia es enaltecida (v. 8).
El género literario del salmo es posiblemente de lamentación de la comunidad, aunque contiene algunos componentes de súplica individual (vv. 5, 7). Su uso litúrgico en el Templo se pone de manifiesto con la clara y directa referencia a la palabra del Señor (v. 5), que revela su uso en liturgias proféticas. Como el lenguaje utilizado y la descripción de los problemas descritos se pueden relacionar con diversos períodos de la historia de Israel, es muy difícil precisar con exactitud la fecha de redacción del poema, aunque tradicionalmente se ha relacionado con David, específicamente con las postrimerías del reinado de Saúl. Sin embargo, como pueden encontrarse varias similitudes del salmo con algunas porciones del libro de Isaías (Is 33:7–12) y otros profetas (p.ej., Os 4:1–3; Mic 7:2–7), es posible afirmar el origen pre-exílico del poema.
Del autor del salmo es muy difícil hacer comentarios, que no sean que se trata de alguna persona que ha experimentado las dificultades de la vida y que ha sido testigo de las injusticias de la sociedad, particularmente de la hipocresía de las personas. El título hebreo dedica el salmo «al músico principal» y lo identifica directamente con la colección de salmos de David. «Seminit» es posiblemente una alusión al instrumento de ocho cuerdas que debía acompañar el cántico del poema, o a la octava parte del ritual que se relaciona con el salmo.
La estructura del salmo puede dividirse en cuatro secciones básicas:

• Clamor de salvación: v. 1
• Descripción del problema: vv. 2–4
• La respuesta divina: v. 5
• Las palabras del Señor son limpias: vv. 6–8

v. 1: El salmo comienza con una declaración de fe y seguridad. El Dios del salmista tiene el poder de salvación, aunque la genta piadosa y fiel esté en necesidad, crisis y exterminio. Cuando el salmista reconoce la gravedad del problema que le rodea—p.ej., se acabaron los piadosos y desaparecieron los fieles—, implora la ayuda divina, y clama por la intervención salvadora del Señor. En este versículo se introduce el tema que motiva la oración del salmista y se presenta la dificultad, en el resto del salmo se expande el asunto y se explican las consecuencias de la dificultad.
La forma abrupta de comenzar el poema pone en evidencia la naturaleza de la crisis: Se acaba la bondad, se olvida la piedad y se ignora la fidelidad. Para el salmista la crisis social llega hasta afectar el estado anímico, social y espiritual de la gente buena, noble y grata, hasta llegar a disminuirla, diezmarla, acabarla y desaparecerla, que son formas figuradas de decir que la virtud está en peligro de extinción. La referencia a «los hijos de los hombres», aunque en su contexto inicial se relaciona con el pueblo de Israel, refleja una realidad y condición que afecta a toda la humanidad.
vv. 2–4: En el segundo versículo el salmista indica el origen de la crisis: La mentira, la adulación y la hipocresía. Se identifica con precisión la base del conflicto que afecta a la sociedad: ¡Comunicaciones que no se fundamentan en la verdad! Ante esta situación de desinformación e hipocresía, el poema añade que la lengua que habla con jactancia será destruida por el Señor (v. 3). La mentira genera dinámicas sociales y personales adversas que no contribuyen positivamente a la implantación y disfrute de la paz.
La referencia a la adulación describe las actitudes de personas que, aunque utilizan un lenguaje inocente, neutro, positivo y grato, intentan humillar, ofender, agredir y explotar a la gente que le rodea. La frase «doblez de corazón»—en hebreo «corazón y corazón»—(v. 2) es otra descripción figurada de la hipocresía. Y las referencias a la lengua jactanciosa o los labios aduladores, representan al ser humano en su totalidad, describen más que al órgano físico de comunicación oral a las actitudes de la gente que se fundamentan en la mentira para vivir.
Para el salmista los diálogos y las conversaciones que no se basan en la justicia son motivo de dificultad personal y de crisis nacional. La gente que piensa que la mentira y el engaño pueden salvarle y protegerle, se tropezarán con una verdad firme, clara y segura: ¡El Señor les destruirá!
v. 5: En este versículo se encuentra en centro teológico y literario del poema. El Señor responde a la crisis descrita y que se desprende de la hipocresía de la sociedad: El Dios del salmista se «levantará» (Is 33:10)—que en hebreo es un grito de guerra—y salvará a los pobres que son oprimidos y a los necesitados que gimen. Ante las dificultades que llevan hasta la extinción a la gente de bien, el Dios que se especializa en intervenciones liberadoras se manifiesta de forma extraordinaria. Los pobres serán liberados y los necesitados serán escuchados (véase Ex 2:24), que es una forma poética de aludir a los cambios positivos que experimentarán.
vv. 6–8: La sección final del poema pone claramente de manifiesto la importancia y la seguridad que se fundamentan en las palabras del Señor. En contraposición a las palabras aduladoras y mentirosas de la gente, se presenta la palabra divina que es limpia y purificada. La imagen de la plata refinada en el horno (véase Job 23:10; Sal 66:10; Prov 17:3; Is 48:10; Zac 13:8–9) siete veces (véase Gn 4:15, 24; Sal 79:12) enfatiza el argumento: Ante el mensaje de mentira se presenta la revelación de la verdad, frente a la hipocresía hiriente se articula la verdad liberadora, y para contrarrestar la suciedad de la lengua viperina se manifiesta la pureza de la voz divina.
Y la consecuencia inmediata de la intervención de la palabra divina es que la gente necesitada y pobre serán guardados, protegidos, preservados y salvados poe el Señor. El Dios que interviene y responde a la oración del salmista atribulado, también tiene la gran capacidad y el firme deseo de salvar a la gente que ha sufrido vejaciones, hipocresías, adulaciones y heridas en la vida. El Señor está presto a intervenir para salvar de forma radical y permanente a la gente que es víctima de injurias y atropellos.
El versículo final del salmo es una lamentación que describe el origen de sus preocupaciones: El resultado inmediato de que la gente malvada esté en control de los procesos y dinámicas humanas es que se enaltece y se celebra la infamia, la hipocresía, las vejaciones, las injurias y las mentiras. Cuando las personas que dirigen instituciones—p.ej., políticas, económicas, militares, eclesiásticas o sociales—fundamentan sus decisiones en la maldad en sus diversas manifestaciones, entonces se glorifican las dinámicas que generan injusticias y dolor en la gente piadosa, fiel y necesitada.

SALMO 13: «PLEGARIA PIDIENDO AYUDA EN LA AFLICCIÓN»

Este salmo, que es la oración de petición personal de ayuda más corta del Salterio, revela el clamor intenso de una persona que se allega al Señor en momentos de aflicción extrema y gran dificultad. La plegaria se articula en la forma de lamentación individual y, aunque en forma condensada, incluye los elementos característicos de este tipo de salmos. Para algunos comentaristas judíos este poema describe las aflicciones y los problemas del pueblo de Israel que vive en un contexto histórico y social de vecinos hostiles y enemigos.
El problema real del salmista y el contexto inmediato de la oración no se pueden determinar con exactitud de la lectura del poema. Aunque el salmista se siente cercano a la muerte (v. 3) y perseguido por sus adversarios y enemigos (vv. 2, 4), el entorno básico de la oración puede ser motivado por alguna enfermedad o por la separación de Dios. Lo íntimo de la plegaria impide identificar la fecha de composición del poema o precisar la identidad del autor. El salmo se dedica «al músico principal» y se relaciona con David.

La estructura del poema es la siguiente:
• Lamento de una persona desesperada: vv. 1–2
• Petición de ayuda y apoyo al Señor: vv. 3–4
• Afirmaciones de fe y esperanza: vv. 5–6

vv. 1–2: La primera sección del salmo presenta cuatro preguntas retóricas, típicas de los salmos de súplica (véase Sal 74:10; 79:5; 80:4; 89:46; 94:3). Con las interrogantes «hasta cuándo?», el salmista pone de manifiesto la naturaleza y profundidad de la crisis; además, produce un efecto poético extraordinario en la oración. Las preguntas sucesivas revelan la gravedad del problema y produce un efecto estético que se intensifica con la repetición. ¿Hasta cuándo … me olvidarás, … esconderás tu rostro de mí, … tendré conflictos en mi alma con angustias en mi corazón, y … será enaltecido mi enemigo?
El poema revela la preocupación más honda del poeta, y también manifiesta las perplejidades de la vida: ¿Hasta cuándo el Señor permitirá la aflicción de la gente buena, grata, noble, digna, justa y santa? La pregunta básica del poeta es extraordinaria y fundamental: ¿Porqué el Señor no interviene para detener el sufrimiento de la gente, particularmente para finalizar los dolores de personas buenas? Con gran virtud literaria el salmo articula una de las preocupaciones más importantes de la vida: El sufrimiento de gente inocente. Esa preocupación real y existencial ha generado en el salmista conflictos profundos y angustias extremas.
vv. 3–4: Luego de articular las preguntas que le brindan al salmo sentido de urgencia e inmediatez, el salmista se dirige nuevamente al Señor para implorar su intervención. Los imperativos son categóricos: Mira, responde y alumbra. Reconoce el poeta que el Señor es su Dios, y que tiene la capacidad de intervenir para evadir la burla del enemigo y evitar su muerte. La manifestación de Dios le iluminará y «le abrirá los ojos», para que sus enemigos no le venzan y se alegren de su derrota.
La expresión «alumbra mis ojos» es una forma poética de pedirle a Dios vitalidad, poder y energía, pues esas nuevas fuerzas le evitarán «dormir»—que es la imagen bíblica común para describir la muerte (véase Job 3:13; 14:12; Jer 51:39, 57; Sal 76:5)—, o «resbalar», que también hace referencia al mismo proceso final de la vida (véase Sal 38:16; 121:3; Prov 24:11).
El salmista está seriamente preocupado no solo por el triunfo definitivo de sus enemigos—que, en efecto, implica su muerte—, sino por las connotaciones teológicas de esa victoria. Si las referencias a la muerte revelan que en ese estado final no se pueden manifestar los actos salvadores de Dios, eso indica que la implantación de la justicia se debe llevar a efecto en medio de las vivencias de los individuos y los pueblos.
vv. 5–6: La sección final de la ración revela un importante cambio en la actitud del salmista. De la preocupación por su vida y el triunfo de sus enemigos se mueve a la alabanza y gratitud a Dios. El salmista confía en la misericordia divina, se alegra por la salvación que el Señor le brinda, y canta por el bien que Dios le ha hecho. No le detienen las persecuciones de sus enemigos, ni se amilana ante la muerte, ni mucho menos se doblega frente a la posibilidad de la derrota. El salmista enfrenta la vida con autoridad y valentía pues confía en el Señor que le ha hecho bien y es la fuente de su salvación.
La misericordia de Dios es la manifestación concreta y real de su amor extraordinario y entrañable, la revelación de su compromiso salvador con el pueblo del pacto y la alianza, y la actualización de su dedicación a la gente en necesidad. La versión de los LXX añade al final del salmo una referencia al Dios Altísimo, que puede haber sido una añadidura basada en el Salmo 7:17.

SALMO 14: «NECEDAD Y CORRUPCIÓN DEL HOMBRE»

Con una pública negación de Dios de la persona necia, el salmista articula su percepción de la sociedad que vive en corrupción y disfruta la injusticia. El salmo es una especie de denuncia pública que identifica y pone de manifiesto los pecados que corrompen y destruyen a las sociedades; además, fundamenta la maldad de los individuos y los puebles en la negación de Dios, que de acuerdo con el poema es una clara manifestación de insensatez. El poema también incluye el tema de la esperanza, pues Dios mismo está con la generación de los justos (vv. 5–6); y finaliza con una nota de salvación y futuro, al hacer referencia al fin del cautiverio del pueblo (v. 7).
La finalidad teológica del salmo es educar a la gente justa que vive en medio de sociedades llenas de maldad y corrupción. El propósito es indicar que Dios no ignora las acciones despreciables de quienes, fundamentados en su necedad, se desvían y no hacen lo bueno. Esas personas, de acuerdo con el poema, no tienen discernimiento, y al final temblarán de espanto al descubrir que Dios acompaña y afirma a su pueblo. El mensaje fundamental del salmo es que lo que parece sabio, para las personas corruptas, en realidad es una clara manifestación de insensatez.
El salmo es un poema sapiencial que incluye el lamento individual de quien reconoce la maldad en el mundo (vv. 1–6). Posiblemente se utilizaba como parte de la liturgia en el Templo en momentos de crisis nacional o en instantes de sufrimiento personal. No intenta presentar el pesimismo exagerado de alguna persona frustrada, sino que pone de relieve el dolor y la angustia de las personas que sufren injustamente en la sociedad y no ven posibilidades de renovación y transformación en los pueblos. Incluye el poema, además, una muy clara crítica e interpelación profética a la sociedad israelita que confunde, invierte y contrapone los valores de bondad y maldad. Posiblemente el poema es de composición pre-exílica, que fue revisado durante el período exílico. El título hebreo del salmo lo dedica «al músico principal» y lo relaciona con David (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo, en su versión castellana, reconoce cuatro estrofas, que disponen el tema de forma lógica y progresiva:

• La persona necia niega la intervención divina en el mundo: v. 1
• El Señor busca alguna persona justa, y no la encuentra: vv. 2–3
• Descripción de las acciones de las personas corruptas: vv. 4–6
• La salvación proviene del Señor: v. 7

v. 1: En el primer versículo se revela el tema principal del poema: El fundamento de la corrupción y de las acciones desagradables y despreciables en la sociedad es una declaración negativa respecto a Dios. Para el salmista la mayor necedad en la vida es negar a Dios, que más que una profesión de ateísmo es un rechazo a la capacidad de intervención divina en los asuntos humanos. La expresión «no hay Dios» lo que hace es negar o poner en duda que Dios intervenga activamente en la sociedad. Más que una afirmación filosófica que rechaza la existencia de Dios, la idea es declarar su incapacidad e impotencia en los asuntos humanos. Además, el pasaje afirma que la consecuencia de esa negación es una conducta inadecuada, perversa y malsana. Los individuos y los pueblos que asumen esa postura teológica no hacen lo bueno, se corrompen, actúan de forma despreciable.
La palabra castellana «necio» intenta comunicar el contenido semántico que se incluye en el hebreo nabal, que no transmite las ideas de tonto, inepto o bufón. El término hebreo designa a alguna persona que actúa fundamentada en presuposiciones y asunciones erróneas. El relato del hombre de nombre Nabal (1 S 25) es un magnífico ejemplo del la idea que transmite la palabra. Nabal era un hombre prominente que actuó de forma inadecuada con David. La palabra hebrea identifica a la gente que comete errores de juicio en la vida, aunque tengan autoridad o poder.
vv. 2–3: Estos versículos continúan el tema anterior, y subrayan de forma categórica las consecuencias nefastas y adversas de actuar con insensatez ante Dios, y de vivir de manera desviada y corrupta, sin hacer lo bueno. El Señor evaluó la actitud de las personas «desde el cielo», como si estuviera en algún balcón, para tratar de identificar y distinguir a las que no se hubieran contaminado con esas actitudes y acciones pecaminosas. Sin embargo, de acuerdo con el salmista, «no hay ni siquiera uno». La maldad había llegado a tal grado que, ante los ojos asombrados del poeta, la corrupción se había extendido por toda la sociedad, la maldad reinaba en el mundo, la gente malhechora gobernaba.
vv. 4–6: Anta la maldad infame y flagrante de la gente corrupta y malvada, el salmista inquiere y se pregunta por el discernimiento, la sabiduría o la prudencia de la gente que «devora» u oprime al pueblo y no invoca al Señor. El poeta hace uso del recurso literario de la pregunta retórica para enfatizar la extensión y gravedad del comportamiento humano malsano y sus consecuencias en las personas de bien. Relaciona de esta forma el salmista el comportamiento hostil de la gente corrupta con el rechazo a la intervención de Dios. Quienes actúan con violencia contra la gente de bien, honesta y justa rechazan el diálogo con Dios, que se puede manifestar si le invocan.
La actitud de la gente corrupta que oprime a sus conciudadanos equivale a rechazar el diálogo con el Señor, que representa la justicia y la dignidad humana. No se percatan que Dios es la esperanza de la gente de bien, y que ante esos actos de injusticia el Señor no se mantiene inmóvil o ignorante. Ante la intervención divina los corruptos temblarán de espanto, pues el Dios bíblico acompaña a la gente que sufre y es oprimida. La gente que actúa fundamentada en la maldad se burla de los planes de los pobres, pues no se percatan que la esperanza de la gente menesterosa se fundamenta en la capacidad, el deseo y el compromiso que tiene el Señor de intervenir en medio de la dinámicas diarias de la humanidad.
v. 7: Posiblemente este versículo es una adición exílica al salmo. El objetivo es enfatizar el tema de la esperanza en un período de desolación, derrota y destierro. El salmista añade una nota poética extraordinaria. Su afirmación, confianza y anhelo es que de Sión—es decir, de la ciudad de Jerusalén, que es una manera de referirse al linaje de David, en una clara alusión a la esperanza mesiánica—proviene la salvación, la restauración, la liberación, la salud y el bienestar del pueblo. Esa intervención liberadora de Dios generará gozo y alegría en el pueblo de Israel, también conocido como Jacob.
Este salmo continua los temas que ya se ponen de manifiesto de forma incipiente en algunos poemas anteriores (Sal 10; 12): afirma cómo deben responder las personas justas ante la manifestación rampante de la maldad y la corrupción. El Salmo 53 es una forma revisada de este salmo con algunas variantes. La traducción de este poema a la versión griega de la Biblia, que incluye algunos elementos adicionales, es la que cita el apóstol Pablo en el Nuevo Testamento (Rom 3:13–18).
De vital importancia en la interpretación del salmo es la distinción y contraposición que hace de la gente. Para el salmista, las personas son necias o sensatas. Los primeros se pervierten, corrompen, extravían y obstinan; los segundos son honrados, prudentes, bondadosos y agraciados. Los primeros niegan a Dios; los segundos le buscan. El fundamento del éxito y fracaso en la vida, de acuerdo con el salmista, está en la actitud que tenga la gente respecto a Dios: los insensatos le niegan y fracasan; los sabios le afirman y triunfan.

SALMO 15: «LOS QUE HABITAN EN EL MONTE SANTO DE DIOS»

La gran pregunta del Salmo 15 inquiere sobre las personas capaces de presentarse y vivir ante la presencia misma de Dios. Más que un interés físico, en efecto, el salmista está interesado en identificar los principios morales, los valores éticos, las conductas adecuadas, las actitudes propias, los comportamientos requeridos. La preocupación del poeta es muy importante, pues es una forma figurada de poner de manifiesto las condiciones requeridas para participar del culto al Señor de forma digna y adecuada. De acuerdo con la traducción de Reina-Valera, la pregunta fundamental es la siguiente: ¿Quién habitará o morará en el Tabernáculo divino o en su Monte Santo? (v. 1).
Este salmo es una liturgia de entrada al Templo (véase también Sal 24:3–6; Is 33:13–16; Miq 6:6–8). Posiblemente se utilizaba cuando un grupo de fieles se disponía a entrar al santuario, y en la puerta le recibía un oficial del culto, posiblemente un levita, que respondía a la petición del grupo de entrar al recinto sagrado para participar de las ceremonias religiosas. Es probable que en el proceso incluía algún rito de purificación. La finalidad del salmo es educativa: Se afirma el carácter íntegro que debe distinguir a las personas que adoran en el Templo; el poema relaciona el culto y la conducta, la adoración y el estilo de vida, el lugar santo y la moral de las personas. Los profetas de Israel fueron paladines de esa relación íntima (Is 1:12–17; Am 5:21–24; Jer 7:1–15; Miq 6:6–8). El título hebreo del salmo lo relaciona con David (véase la Introducción).
La estructura del salmo no es compleja, pues puede dividirse en tres secciones básicas o estrofas:

• ¿Quién está capacitado para entrar al Templo?: v. 1
• Calificaciones éticas y morales: vv. 2–5b
• Identificación de la persona íntegra: v. 5c

Ante la preocupación del poeta, el salmo responde con la identificación de varios niveles de comportamiento (vv. 2–5). En primer lugar se presentan algunos principios éticos generales (v. 2); posteriormente se revelan conductas específicas (vv. 3–5a) que propician la entrada al Templo. El poema se redacta con afirmaciones positivas (vv. 2, 4a) y negativas (vv. 3, 4b–5a). Los requisitos para la participación efectiva en el culto al Señor son varios, posiblemente once, según el poema.

1- La persona íntegra (v. 2a); es decir, la que vive según los principios de la honradez. Identifica una cualidad genérica, que es una manera adecuada de introducir el resto de las características necesarias y los comportamientos adecuados que se identifican a continuación (véase Prov 28:18; Sal 84:12).
2- Los hombres y las mujeres que practican la justicia (v. 2a). Alude también a un principio ético general, pues la palabra justicia—sedeq, en hebreo—abarca la totalidad de las relaciones humanas e interpersonales.
3- La gente que «habla verdad en su corazón» (v. 2b); es decir, que son sinceras y actúan con objetividad, que no utilizan la voz para herir, ofender o angustiar a otras personas. La expresión hebrea transmite la idea de «decir la verdad interna o mentalmente»; es una manera de identificar la persona que actúa de forma correcta pues sus decisiones se fundamentan en principios adecuados que han sido aquilatados e incorporados en la vida.
4- Los individuos que no usan la lengua para calumniar, difamar o maldecir (v. 3a). Identifica a quienes fundamentados en la mentira hieren a otras personas con sus expresiones mentirosas, chismes y malas palabras. La idea está en paralelo con la característica anterior: ¡Quien fundamenta su vida en el principio de la verdad que está en su corazón, no calumnia ni miente!
5- Las personas que «no hacen mal al prójimo» (3b). Identifica un principio ético general e impostergable que incentiva y fomenta las características y los comportamientos previos y posteriores.
6- Los hombres y las mujeres que no admiten reproches contra sus vecinos (v. 3c). Pone de manifiesto a las personas que respetan la dignidad de sus vecinos, que no injurian ni hablan con falsedad, que no incentivan la difamación ni propician la calumnia.
7- La gente que rechaza a los indignos y honra a los que temen al Señor (v. 4a, b). Se identifican de esta forma figurada a las personas que distinguen y se oponen a la gente que actúa fundamentada en la maldad y reconocen aprecian a los que viven de acuerdo a los principios morales que se desprenden de la revelación de Dios. La gente «indigna» es la que ha sido rechazada y reprobada por el Señor, ¡son sus enemigos!; y los que «temen a Dios» son los fieles, humildes, justos y santos, ¡son sus amigos!
8- Los hombres y las mujeres que reconocen la seriedad del juramento y no cambian sus versiones aunque el decir la verdad les perjudique (v. 4c). Se alude a las personas honestas que reconocen el valor intrínseco de la verdad. La expresión identifica a la gente íntegra y sin tacha, cuyos principios morales no se doblegan ante la conveniencia.
9- Las personas que no prestan dinero con usura (v. 5a). El salmista describe a la gente que afirma y vive de acuerdo con las normas éticas relacionadas a la administración del dinero promulgadas por la Ley (véase Ex 22:24; Lev 25:37; Dt 23:20; Ez 18:17; Prob 28:8). Lo contrario a la usura es prestar de forma generosa, que es una virtud recomendada y reiterada en la Escritura (véase, p.ej., Dt 15; Sal 37).
10- Los individuos que no aceptan soborno contra la gente inocente (v. 5b). Se refiera a las personas que no se corrompen y actúan según la Ley (Ex 23:8; Dt 16:19; 27:25). Los sabios reprueban claramente esa actitud inmoral (Prov 17:23)—p.ej., aunque se disimule con algún regalo (Prov 15:27)—, y los profetas la denuncian de forma vehemente (Is 5:23; Miq 3:11; Ez 22:12).
11- El salmo finaliza con una conclusión clara y precisa: «El que actúa según estos principios nunca falla» (v. 5c). La gente que vive con integridad y de acuerdo a esta serie de principios éticos positivos, enfrenta la vida con integridad y moral, según el poema, y no resbala en sus caminos; es decir, tiene la capacidad moral de mantenerse erguido en la vida. Los hombres y las mujeres que viven de acuerdo con estos principios se distinguen y sobresalen en los grupos, pues actúan con verticalidad y honestidad aún en medio de las crisis de la vida.

La traducción de la pregunta original del poema requiere alguna explicación adicional. Para la comprensión adecuada del salmo es necesario analizar con algún detenimiento las palabras «habitar» y «morar» que se incluyen en la versión Reina-Valera. El término castellano traducido como «habitará» transmite la idea que se encuentra en una raíz hebrea, gwr, que identifica la habitación temporera de alguna persona peregrina o extranjera; alude, en efecto, a alguna habitación temporal y transitoria: p.ej., describe a Abrahán en las tierras de Canaán o Israel en Egipto. Por el contrario, el otro término importante del versículo, «morará», que se incluye Reina-Valera, transmite la idea hebrea de skn, que se refiere a una habitación estable y definitiva: p.ej., describe las viviendas permanentes en algún vecindario.
La gran pregunta básica del salmista no solo se refiere a las personas que llegan al Templo para adorar, sino que transmite la idea de habitación permanente, manifiesta el sentido de vivienda estable, y revela los conceptos de comunión, intimidad, cercanía, familiaridad y fraternidad. El poeta piensa, no solo en la experiencia temporera de entrar al santuario a participar de las ceremonias religiosas, sino que incluye las ideas de vivir con integridad para habitar permanentemente en las moradas divinas.

SALMO 16: «UNA HERENCIA ESCOGIDA»

El Salmo 16 es una oración que pone de relieve el sentimiento profundo y grato de alabanza, contentamiento y confianza en el Señor. Comienza con una petición de protección (v. 1), y en el entorno de los sacrificios fútiles a los dioses paganos (v. 4b), reconoce las virtudes que llegan a la gente íntegra y los dolores que esperarán a los idólatras (vv. 3–6), el salmo finaliza con una serie importante expresiones de alegría y profesiones de seguridad y confianza por el apoyo divino.
El fundamento del gozo del salmista es su reconocimiento claro y seguro de que el Señor es su confianza y su bien (v. 2). Dios le guarda y le protege, porque el salmista le ha reconocido públicamente como su Señor. Esa confianza es posiblemente la clave indispensable para la comprensión e interpretación adecuada del poema.
Las expresiones iniciales de seguridad del salmista son el corazón del poema (vv. 1–2), y el resto del salmo se explica las implicaciones de esa confianza (vv. 3–11). Lamentablemente el texto hebreo del salmo no está en un estado óptimo de conservación, y esa peculiaridad textual adversa es un factor determinante en la comprensión, traducción e interpretación del poema (vv. 2–4a).
El contenido del salmo revela su carácter sapiencial y educativo. Es ciertamente una plegaria individual de confianza, que pone de relieve la lealtad de la persona que ora y se presenta ante el Señor (véase Sal 115; 135). Posiblemente el contexto de esta oración es el día de la consagración o dedicación de algún sacerdote o levita (Ex 29; Lv 8; 21; Nm 8). En esa ocasión memorable, el nuevo sacerdote declara su lealtad al Señor y afirma el compromiso y responsabilidades que contrae con sus nuevos colegas de servicio en el Templo; posteriormente el salmista pone en evidencia sus propósitos y esperanzas. El poema también pudo haber sido utilizado en otros contextos de oración, p.ej., por israelitas que deseaban manifestar públicamente su fidelidad al Señor.
De particular importancia en la lectura y análisis del salmo son sus elementos sapienciales—p.ej., la oposición del bien y el mal—, que le relacionan temáticamente con el segundo relato de creación (Gn 2–3). La ideología de la conquista de la Tierra Prometida y el reparto de la tierras que presupone el poema (Nm 18:20; Dt 10:9; 18:1; Jos 17:5; Miq 2:5; Sal 11:6), le relaciona directamente con los círculos sacerdotales, que de acuerdo a los relatos bíblicos no heredaron la tierra como el resto de las antiguas tribus.
De significación indiscutible es el elemento humano del poema. La lectura del salmo pone de manifiesto lo corpóreo, lo físico, lo humano. Respecto al poeta se habla, p.ej., de la conciencia (v. 7), la diestra (v. 8), el corazón (v. 9), el alma (v. 9), la carne (v. 9). Y en torno a Dios se alude a su presencia y su diestra (v. 11). El salmista y Dios están a la diestra el uno del otro, que equivale a decir que están juntos, cercanos. Esa afirmación es una manera figurada de poner de relieve la intimidad del diálogo, la profundidad de la oración, la seriedad de la petición, lo importante de la relación. Y esa afinidad se revela en los sentimientos de gozo, satisfacción, alegría y seguridad del poeta. La oración es un magnífico ejemplo del diálogo íntimo que produce sentido de esperanza en la gente piadosa que adora y ora.
En el título hebreo del salmo, de significado incierto (véase Introducción), se incluye la palabra Mictam, que puede ser traducida como «oración en voz baja» o, inclusive, como «poema» (Sal 56–60). El salmo se atribuye a David.
La estructura del poema es la siguiente:

• Petición de protección: v. 1
• Profesión de fe ante Dios y de solidaridad ante sus colegas: vv. 2–3
• Declaración en torno a los idólatras: v. 4
• El Señor es la porción de su herencia: vv. 5–6
• Alabanza al Señor: vv. 7–8
• Expresión de alegría y seguridad: vv. 9–11

v. 1: El salmo comienza con una petición clara y directa: Señor guárdame, pues en ti he confiado. El poeta reconoce la capacidad divina que le inspira seguridad, y le permite refugiarse en el Señor. Ese elemento de confianza y seguridad no es el sentimiento momentáneo que inspira a alguna persona en el instante de la crisis, sino la convicción seria y responsable que le orienta en la vida, el valor que le brinda sentido de dirección a su existencia, y el principio rector que guía sus decisiones, acciones y proyectos. La seguridad y confianza que se ponen de manifiesto al comenzar el salmo no se fundamentan en alguna emoción superficial sino en una convicción firme: El Dios bíblico tiene la capacidad y potestad de proteger a su pueblo.
vv. 2–3: El reconocimiento del poder divino impele al salmista a declarar dos verdades básicas e insustituibles: Que el Señor es su todo, y que desea trabajar y apoyar a la gente santa e íntegra. En primer lugar, el poema pone de relieve el señorío divino, y revela que la bondad divina es el mayor de los bienes. Añade, además, que su trabajo y dedicación están al servicio de las personas intachables, santas e íntegras. La frase traducida en la versión Reina-Valera como «alma mía», lo que hace es subrayar que estas afirmaciones surgen de los más profundo de su ser, enfatiza la seriedad y sinceridad de las declaraciones. Esta plegaria no es la oración que se improvisa sin tomar en consideración las implicaciones de sus palabras, sino el resultado de la reflexión sosegada y sobria que reconoce el poder divino y confía en su misericordia.
v. 4: Luego de las profesiones de fe y seguridad en el Señor, el salmista alude a la gente idólatra. Indica que aumentarán los dolores para las personas que sirven a otros dioses, y añade que él no participará de sus actos idolátricos y apóstatas. La expresión «ni en mis labios tomaré sus nombres» es una forma figurada de decir que rechaza todo lo que se relaciona con las prácticas paganas que ofrecen sacrificios o «libaciones» o otros dioses. Pone de esta forma en evidencia el salmista su fe monoteísta, sus convicciones religiosas enraizadas en las tradiciones teológicas más profundas del pueblo de Israel.
Las libaciones eran ofrendas de vino, agua o aceite que se presentaban y ofrecían a las divinidades cananeas (Ex 29:40; Lv 23:13; Nm 15:5–10; 2 S 23:13–17). Las «libaciones de sangre» son posiblemente una referencia a la prácticas idolátricas que fueron terminantemente prohibidas y rechazadas en Israel. Inclusive, la frase puede ser más que una referencia figurada de crítica religiosa, pues puede aludir las prácticas de sacrificios de animales dedicados a los baales cananeos.
vv. 5–6: En esta sección del poema se pone de manifiesto la ideología de la conquista y distribución de las tierras conquistadas en Canaán (véase Jos 13–22); además, relaciona el salmo con la tradición levita, que no recibió tierras en el proceso de repartición (Jos 21). El salmista reconoce que el Señor es la porción de su herencia y su copa—por esta razón específica se relaciona el salmo con algún levita o sacerdote—. Con esas expresiones declara abiertamente que su pasado, presente y futuro le pertenecen al Señor. Para el poeta, la existencia y las realidades de la vida no son producto del azar ni el resultado de las casualidades; su vida ha estado a la merced de la misericordia divina, que le produce seguridad y esperanza.
La «copa» de vino distribuida entre las personas invitadas a algún banquete era símbolo de futuro, destino y suerte. La «heredad» y las «cuerdas» aluden a las formas de medir las tierras en la época de Josué (Jos 14–19; Nm 18:20). La «porción» que le ha tocado al salmista es Dios mismo, por eso bendice al Señor y se alegra, pues esa herencia en mayor que la totalidad de las tierras conquistadas.
vv. 7–8: El salmista bendice al Señor que le aconseja y enseña. Y como respuesta a esa iniciativa divina, el salmista le ha dado prioridad al Señor, le ha concedido un sitial de distinción, y le ha permitido tener un lugar prominente en su vida. Reconoce, además, que no será conmovido, ni vacilará, ni andará dubitativo por la vida, porque el Señor está a su lado.
La referencia a la «conciencia» que enseña al salmista durante las noches, alude literalmente a los riñones, que en el antiguo pensamiento y percepción semita era el asiento de las emociones y los sentimientos más profundos (Sal 7:9; 26:2; Jer 11:20). La comunicación efectiva del sentido del poema requiere que la traducción no sea literal, pues se transmitirían ideas confusas o equivocadas en las culturas post-modernas y occidentales.
vv. 9–11: La sección final del poema está reservada para la alabanza y la gratitud. ¡Se alegra el corazón, el alma se llena de gozo y la carne descansa! El contentamiento del salmista es completo, pues incluye componentes sentimentales, intelectuales y físicos. Y añade un extraordinario elemento teológico adicional: Ni aún la muerte puede disminuir el gozo ni detener la vida del salmista. Se nota en el poema un sentido de futuro que desborda los límites de la teología de la época. Hay una referencia al futuro que sobrepasa los límites de la muerte. El poema trasluce un aire de eternidad que posteriormente en la teología bíblica se desarrollará con vigor.
«No dejar el alma en el Seol» equivale a decir que la muerte no tendrá la última palabra en la vida del salmista, revela que su esperanza sobrepasa los límites de la vida terrenal, y subraya una convicción teológica profunda de seguridad y futuro. El «Seol» era el lugar que en la antigüedad bíblica se pensaba constituía la habitación de la gente muerta.
La frase «ver la corrupción» es otra manera figurada de indicar que la muerte no puede detener la felicidad del poeta, que fundamentaba su seguridad está en el Dios cuya existencia sobrepasa los límites del tiempo. En el Nuevo Testamento (véase Hch 2:27; 13:35) se interpretan estas palabra e ideas como un anuncio profético de la resurrección del Cristo.
El versículo final del salmo subraya una vez más el tema de la felicidad y la seguridad. Dios mismo le mostrará el significado real de la vida y la existencia, pues ante su presencia el gozo y la felicidad son abundantes y eternos. El salmo comienza con el reconocimiento de la bondad de Dios, y finaliza con la afirmación de la senda de la vida y la revelación de su presencia. El poema inicia con la manifestación de la bondad divina y termina con la revelación del camino que permite disfrutar su compañía.

SALMO 17: «PLEGARIA PIDIENDO PROTECCIÓN CONTRA LOS OPRESORES»

Este Salmo presenta la oración intensa de un adorador que entiende que es perseguido injustamente y llega ante la presencia del Señor para que se le haga justicia. El poema revela el gran sentido de integridad y los valores morales de la persona que adora, y reclama la intervención divina para que le libere de las acciones hostiles y despiadadas de sus enemigos. ¡Es una clara petición de ayuda y liberación, una plegaria emotiva de socorro y apoyo, una oración intensa que reclama de Dios protección y atención!
El poema incluye también una descripción de los adversarios que le persiguen, y manifiesta el firme reclamo de que sean derribados y destruidos. Con gran capacidad poética e imaginación literaria el salmista utiliza el lenguaje religioso y militar para presentar su caso ante Dios. Finaliza el poema con una gran afirmación de seguridad, con una clara declaración de esperanza, con una intensa profesión de fe.
La oración está escrita con las expresiones típicas que caracterizan los salmos de lamento o súplica individual (véase Sal 7), aunque la lectura cuidadosa del los versículos 3–5 revela que también puede relacionarse con las oraciones de personas inocentes. Se ha propuesto como el contexto vital del salmo, su lectura en un muy antiguo festival del pacto en Israel; sin embargo, la intensidad de la plegaria puede revelar que se trata de la petición honesta de una persona que es falsamente acusada, que reclama la intervención divina para demostrar su inocencia. El mismo salmo sugiere que la persona que lo recitaba pasaba la noche orando y meditando en el santuario, y por la mañana recibía la respuesta divina a su petición, posiblemente a través de alguna profecía u oráculo.
El texto del salmo no revela mucho del autor. Posiblemente el poeta vivió durante los años finales de la época pre-exílica, o los primeros años del exilio en Jerusalén. El título hebreo relaciona el salmo con David, que es una forma común de incluir el poema en la tradición literaria del famoso monarca de Israel (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo revela tres oraciones básicas, que hacen referencia tanto a la persona inocente como a los adversarios que le acusan.

• Oración que afirma la inocencia del adorador: vv. 1–5
* La oración: vv. 1–2
* Descripción de las dificultades: vv. 3–5
• Oración que alude a los ataques de los enemigos: vv. 6–12
* La oración: vv. 6–8
* Descripción de los ataques: vv. 9–12
• Oración por la destrucción de los enemigos y por la liberación del salmista: vv. 13–15

vv. 1–2: El salmo comienza con una serie de peticiones directas a Dios, que le brindan al poema su carácter de súplica, su sentido de urgencia, su entorno de crisis: «¡Oye, atiende, escucha!». El poeta se presenta ante Dios para solicitar su atención inmediata, y para reclamar la intervención divina en su defensa. Además, el salmista afirma con seguridad que su causa es justa, recta y verdadera. Y al sentirse perseguido y humillado por sus opresores y enemigos, se allega ante Dios para suplicar su respuesta, y para reclamar su misericordia y justicia.
El salmista solicita con vehemencia la justicia divina contra los ataques a los que es objeto, pues afirma y declara su inocencia. Esta es una oración genuina y sincera de alguna persona que siente en su vida los golpes inmisericordes de la injusticia. No debe interpretarse esta plegaria en términos de alguna actitud insolente e impropia del adorador, pues su petición no se fundamenta en la prepotencia y ni el orgullo, sino en el reclamo firme y decidido de una persona que es perseguida de forma injusta y se allega a Dios para que se le haga justicia. Esta oración no desea enfatizar la desesperanza humana sino intenta descubrir la justicia divina. La esperanza del salmista es que Dios reconozca que es una persona justa, que habla la verdad y que actúa con rectitud, aunque sus enemigos lo calumnien, persigan e intenten matarlo.
vv. 3–5: En esta sección, el poema continúa el tema de la integridad e inocencia del salmista. El poeta afirma que Dios ha probado su corazón y le ha visitado de noche, que son imágenes que revelan su seguridad e indican que posiblemente su plegaria fue nocturna en el entorno del Templo. ¡Dios mismo le ha probado y ha descubierto su inocencia! Y el salmista, en respuesta a esa acción divina, afirma, inclusive, que ha resuelto que su boca no cometa delito, en referencia a su actitud de decir la verdad y mantener su integridad aún en momentos de crisis. Se enfatiza de esta forma la importancia de sus valores morales y éticos.
La inocencia del salmista se revela no solo en su hablar sino en sus acciones. ¡Ha resuelto guardarse de la senda de la gente violenta!, que es una forma de decir que desea mantener la sobriedad en la crisis, que intenta continuar con su actitud humilde y de respeto en medio de las adversidades y las dificultades de la vida. ¡Rechaza de esta forma el salmista la violencia como medio para resolver su problema! ¡Responder con violencia no es la manera de superar su condición! Además, en su oración le pide a Dios que le ayude a continuar en el camino del bien, para que sus pies no resbalen, utilizando las imágenes que ya se ponen de manifiesto en el primer Salmo. ¡Aún en medio de la persecusión y la injusticia el salmista mantiene su integridad y afirma su estilo de vida recto! La crisis de la persecusión y dificultad de la injusticia no le han hecho claudicar en sus principios ni olvidar sus valores.
vv. 6–12: La segunda sección del poema tiene una estructura literaria similar a la primera: Junto a la petición de ayuda del salmista, se incluyen varias razones por las cuales Dios debe intervenir y responder a su plegaria. El salmista pide en realidad tres cosas fundamentales: que Dios le escuche, que se revele de forma salvadora, y que le proteja. El poeta invoca libremente al Señor pues reconoce que Dios tiene la capacidad y el deseo de escuchar su clamor, para responder con misericordia, salvación y liberación.
La petición del salmista reconoce el deseo divino de ayudar a su pueblo, que describe como «la niña de los ojos de Dios», en una extraordianria imagen del valor y la importancia que tiene para Dios el dolor y la necesidad de los adoradores. En su suplica implora también la protección divina, que describe como «esconderse bajo la sombra de sus alas», que es una manera figurada de afirmar la capacidad de ayuda y protección divina. La imagen posiblemente alude a los querubines cuyas alas extendidas protegían el Arca del pacto en el Templo (1 R 8:6–7). Necesita el salmista protección de sus opresores y enemigos que intentan quitarle la vida.
El poeta separa algún espacio en su oración para describir a sus enemigos. En primer lugar los presenta en términos generales, para posteriormente destacar poéticamente lo que le intentan hacer. Los perseguidores y adversarios del salmista son gordos—que es una manera despectiva de indicar que comen desordenadamente—, arrogantes y traicioneros; además, los compara a los animales salvajes—p.ej., león y leoncillo—que están ansiosos por agarrar su presa y devorarla. La idea es clara: El salmista se siente amenazado de muerte por una serie de enemigos que le atacan injustamente; su esperanza está anclada únicamente en la intervensión extraordinaria de Dios.
vv. 13–15: El salmo finaliza con una oración de afirmación, seguridad y esperanza. Con un grito de guerra y utilizando un lenguaje militar—«¡levántate!»—el poeta reclama la intervención de Dios: ¡Sal a su encuentro, derríbalos, libra mi vida con tu espada! La oración revela urgencia, y también manifiesta un gran sentido de esperanza. Sus enemigos son personas que confinan sus vidas a la realidad que experimentan y sienten; son personas materialistas que están cautivas en las poseciones y la comida; son individuos sin proyección al porvenir ni valores éticos de justicia y nobleza. En estas imágenes se ponen de manifiesto la diferencia fundamental entre el salmista y sus enemigos: el poeta confía en Dios y vive de acuerdo con sus principios de justicia y rectitud; los enemigos rechazan los valores divinos pues fundamentan sus vidas en el materialismo.
La palabra final del salmo es una declaración de esperanza, una afirmación de seguridad, una profesión de fe: El futuro del salmista no es la derrota ante sus enemigos, sino ver el rostro de Dios, disfrutar la justicia divina y satisfacerse al descubrir en su vida atributos y semejanzas con Dios. El porvenir del poeta no se relaciona con el triunfo de sus enemigos, que han rechazado abiertamente la justicia divina, sino con su relación con Dios que le permite identificarse con sus valores e incorporar en su estilo de vida algunas características divinas. ¡Ya no serán sus enemigos los que determinen la vida del salmista, sino ver el rostro de Dios!
La sección final del salmo culmina con una particular forma poética conocida como quiasmo. En primer lugar, el salmista afirma su inocencia (vv. 3–5), que continúa con la descripción de sus enemigos (vv. 9–12); ahora ora por la destrucción de sus enemigos (vv. 13–14a) y afirma su esperanza en la liberación del inocente (vv. 14b–15). Esta estructura poética se reafirma con el uso inicial de la expresión «causa justa» (v. 1), que tiene su claro paralelo al concluir el poema con la frase «veré tu rostro en justicia» (v. 15); y en el uso de las imágenes visuales tanto al comienzo como al final del poema—p.ej., «vean tus ojos la rectitud» (v. 2) y «veré tu rostro en justicia»z (v. 15)—.
La frase de difícil comprensión y traducción «estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza» (v. 15), en el contexto religioso del Antiguo testamento, puede referirse al ritual de pasar la noche orando en el Templo de Jerusalén, para levantarse en la mañana con la confianza y seguridad de que Dios ha escuchado las oraciones y ha dado respuesta a las plegarias. Algunos comentaristas han relacionado la expresión con el juicio final, aunque las traducciones y versiones antiguas no dan base a esa interpretación de forma explícita.
En la comunidad cristiana, sin embargo, esa frase se ha relacionado tradicionalmente con el poder extraordinario de la resurección, que le permite al creyente recibir la respuesta adecuada a sus oraciones y disfrutar plenamente de la victoria que le puede brindar el Señor de la vida. Despertar a la semejanza de Dios y ver su rostro son imágenes de triunfo contra la muerte, son metáforas de victoria contra las adversidades más angustiantes y hostiles de la vida.

SALMO 18: «ACCIÓN DE GRACIAS POR LA VICTORIA»

El Salmo 18, uno de los más largos del Salterio, es una muy sentida oración de acción de gracias del rey por la victoria y la protección que Dios le ha brindado en medio de las grandes dificultades y adversidades de la vida. Es una plegaria intensa que reconoce y aprecia las intervenciones salvadoras de Dios. Y el fundamento de esa gratitud es la confianza plena que el poeta tiene en el Dios vivo. La importante afirmación teológica «¡Viva Jehová y bendita sea mi roca!» (v. 4), pone claramente de manifiesto la base teológica de la plegaria; y, además, revela el corazón de la religión bíblica: ¡el Dios de los salmistas y los creyentes está vivo!
La declaración «Dios vive» es una afirmación de la voluntad divina de intervensión en medio de las realidades humanas. La vida de Dios no se contrapone a su muerte, sino que destaca su capacidad de acción, enfatiza su deseo de manifestación, subraya su compromiso de responder a las necesidades y plegarias de su pueblo. Todo el salmo es un gran poema de alabanza al Dios que interviene en la historia en favor del rey que ha ungido y ha estado amenazado de muerte por diversos enemigos, adversidades y problemas. Las intervenciones divinas en el poema revelan sus capacidades como Señor de la historia, a la vez que ponen de relieve la importancia del rey en la implantación y mantenimiento de ese reino.
Este poema continúa la tradición teológica del Salmo 2, en el cual Dios presenta a su rey ungido o mesías para que le represente y tome control y dominio sobre las naciones. En este sentido, el Salmo 18 es una especie de confirmación de la fidelidad de las promesas de Dios, que ha mantenido su palabra a través de los conflictos y en medio de las crisis de la vida. Un texto paralelo del salmo, solo con variantes menores, se encuentra en 2 Samuel 22. Posiblemente esta repetición revela la historia de la transmisión oral y textual del salmo, tanto entre los sacerdotes y adoradores del reino del norte como en los del sur.
La oración puede muy bien clasificarse como un cántico individual de gratitud, aunque las referencias al rey, tanto en el título hebreo como al final del poema (v. 50), indican que también puede relacionarse con los salmos de David o reales. Algunos estudiosos del salmo han dividido su estructura en dos grandes secciones: la primera (vv. 1–30), es el lamento de una persona falsamente acusada; y la segunda (vv. 31–50), una expresión de gratitud real. En nuestro estudio afirmamos la unidad literaria del poema que revela los diversos estados de ánimo de una persona que identifica su dolor antes de proceder a manifestar su agradecimiento.
El poema es, en efecto, la expresión de gratitud del rey. Probablemente, este tipo de salmo se recitaba por el rey, o por su representante, en algún tipo de culto en el Templo, al regreso del campo de batalla, para agradecer la victoria y liberación de los enemigos; aunque también es posible que fuera parte de uno de los festivales anuales del pueblo, p.ej., como el de los Tabernáculos.
El mismo título del salmo indica que es de David, aunque al finalizar el poema el nombre del famoso rey se incluye en tercera persona. Posiblemente el salmo fue escrito por alguno de los poetas de la corte real para ser utilizado por los monarcas del linaje de David. Tanto los temas que incluye (p.ej., su relación con la literatura cananea) como la ortografía antigua y la similitud temática con otros poemas antiguos (p.ej., Ex 15; Hab 3; Dt 32–33), ubican la composición del salmo en la época pre-éxílica temprana; posiblemente, durante el período post-exílico pudo haber tenido aluna revisión estilística.
El título hebreo del Salmo es extenso y complejo. La referencia a David lo relaciona directamente con la monarquía; la frase «al músico principal» indica que en su historia de redacción y transmisión el poema formó parte del repertorio de himnos que se utilizaban en el Templo; y la alusión a Saúl ubica el salmo en un período histórico preciso, pero el estudio del pasaje paralelo en 2 Samuel no nos permite identificar algún triunfo específico de las victorias de David sobre el primer rey de Israel.
La estructura literaria del salmo puede dividirse en siete secciones temáticas básicas, que nos servirán de guía en nuestro estudio:

• Alabanza inicial: vv. 1–2
• Relato del dolor: vv. 3–6
• Intervenciones divinas: vv. 7–15
• Liberación y salvación: vv. 16–19
• Confesiones de justicia y fidelidad: vv. 20–30
• La victoria proviene del Señor: vv. 31–45
• Alabanza final: vv. 46–50

vv. 1–2: La primera linea del poema pone de manifiesto claramente el tono, el tema y el propósito del autor: «Te amo, Señor, fortaleza mía». Revela, además, la intimidad del salmista con su Dios, pues el verbo hebreo traducido por «amor» en castellano, también transmite la idea de la compasión divina por su pueblo, y evoca los conceptos de exaltación, alabanza, gratitud y reconocimiento. En la misma primera declaración poética se indica que el Señor es la fortaleza del adorador, que claramente es una imagen de seguridad, esperanza y futuro. De esta forma se anticipa en mismo tema de seguridad que posteriormente se desarrollará en el poema (vv. 31–42).
Las imágenes de seguridad y esperanza, que sn frecuentes en el Salterio, se multiplican en esta primera sección del poema: ¡Roca, castillo, libertador, fortaleza, escudo, fuerza y refugio! El poeta transmite las ideas de estabilidad y firmeza que provienen de Dios; en efecto, enfatiza el poder divino ante la fragilidad humana. Desde el comienzo del salmo se pone en clara evidencia el fundamento de la esperanza del salmista, su gratitud se basa en la naturaleza divina que genera seguridad en los adoradores. Las imágenes, que provienen esencialmente de dos campos—el militar y el de la naturaleza—, le brindan a las personas que leen el salmo un sentido grato de futuro, pues confían e invocan un Dios que es estable, firme, fuerte, protector, salvador y libertador de enemigos.
La respuesta del adorador ante la intervención divina es de amor. Al sentirse seguro, ama; al recibir la protección divina, ama; al experimentar la salvación, ama; al encontrarse liberado, ama; al descubrir la fuente de su fortaleza, ama; y al sentirse estable, ama. La respuesta humana a la intervención divina es de amor, pues transmite los sentimientos más hondos y sinceros.
vv. 3–6: Fundamentado en la seguridad divina, el salmista invoca al Señor para ser salvado de sus enemigos. Clamó al Señor pues reconoce que solo Dios es digno de esa alabanza. Se allegó a la presencia divina pues su teología le brinda el fundamento de su seguridad y petición. La oración del salmista se basa en las afirmaciones teológicas previas (vv. 1–2), que prepararon el camino para identificar las crisis y expandir el tema del triunfo divino.
El tema general del poema es que ante los peligros que le presentan sus enemigos, el salmista oró a Dios por salvación y fue liberado de sus problemas. En el desarrollo del salmo, ese gran tema teológico se expende al utilizar la antigua mitología cananea para ilustrar el poder divino de liberación. El Dios bíblico, de acuerdo con las afirmaciones del salmista, no solo libera al rey de sus enemigos históricos sino que tiene la capacidad y el poder de responder efectivamente a los desafíos que le presenta la antigua mitología cananea, representada por Baal y su panteón.
En el poema, la salvación se presenta de forma cósmica y extraordinaria, para poner de manifiesto el poder divino. Los enemigos son agentes de la muerte, de la destrucción y del seol, que se contraponen a las imágenes del Dios de la vida. Los enemigos se representan en el poema como fuerzas fantásticas que se atentan contra la voluntad divina, y el rey, como ungido de Dios, debe triunfar sobre ellas. Dios escuchó desde su Templo, que puede ser una referencia no solo al santuario en Jerusalén sino al trono celestial.
vv. 7–15: El escuchar divino no es una actitud de recepción pasiva y silente de alguna plegaria, sino el inicio de la actividad salvadora y liberadora de Dios. Al escuchar, Dios responde al clamor del pueblo. Y ante la intervención divina, o teofanía, se producen cataclismos extraordinarios: p.ej., temblores, humo, fuego, tinieblas, aguas, oscuridad, nubes, granizos, truenos y relámpagos. La tierra toda se conmovió y sintió la presencia divina, pues sus cimientos se extremecieron. También el cielo fue testigo de la manifestación de Dios, pues la claridad del día cedió el paso a la oscuridad, a las tinieblas. La creación toda se vió afectada por la manifestación del Dios que se indigna, y en su furor cabalga sobre los queribines, vuela sobra las alas del viento, se esconde en las tinieblas, y altera considerablemente las estaciones de la naturaleza y los movimientos de la tierra.
El lenguaje que se utiliza en esta sección, que tiene elementos en común con otras naciones del Oriente Medio antiguo, evoca la manifestación divina en el Sinaí (Ex 20) y la liberación de los israelitas de manos de los egipcios (Ex 15), que a sus vez se convirtió en una forma importante de expresar poéticamente las intervenciones de Dios en las guerras (p.ej., véanse, Dt 33:2–3; Jue 5:4–5; Sal 68:7–8). ¡La oración del salmista ha desatado la ira divina contra sus enemigos! ¡Dios se prepara para la batalla! El Dios bíblico se mueve, ante la petición del poeta, de su trono celestial a las realidades cotidianas del adorador, para responder a sus necesidades. El idioma poético revela que la respuesta a la oración fue de apoyo y liberación.
En estas manifestaciones de Dios a través de los fenómenos meteorológicos y geológicos de la naturaleza, la voz de Dios se asocia con los truenos, y se describen los relámpagos como sus flechas o armas de combate. El objetivo teológico de estas teofanías es poner de manifiesto el poder de Dios sobre la naturaleza y la historia humana. Y la imagen de «los cimientos del mundo» presupone la creencia de los antiguos hebreos, que imaginaban que el mundo era una gran masa de tierra seca que se asentaba sobre unas bases que se hundían en las profundidades de un gran océano subterráneo.
vv. 16–19: En esta sección del poema se unen las imágenes de liberación cósmicas con las de salvación históricas. Dios intervino y sacó al salmista de las muchas aguas, que es una manera de referirse al caos, a la crisis, al problema que han generado sus adversarios. El salmista reconoce que Dios lo libró de su enemigo poderoso y de los que le aborrecían, que le asaltaron en el día de su desgracia. El Señor fue su apoyo y libertador, porque se agradó de su actitud, de se oración, de su petición, de su plegaria.
La liberación del salmista comenzó al iniciar su oración. La salvación se gesta al pronunciar las primeras palabras de su plegaria, «te amo» (v. 1). El amor produjo en el salmista actitud de humildad, y ese acto de humillación conmovió al Dios eterno. Dios se agradó del gesto del salmista, apreció su actitud y escuchó su oración. Dios está enojado pues la rebelión contra el rey, que es su ungido, es una rechazo abierto a su autoridad y señorío.
vv. 20–30: En esta sección prioritariamente se describe la bondad divina. Luego de articular de forma vibrante e intensa las intervenciones de Dios en la naturaleza y en la historia, el poeta separa un lugar para identificar y afirmar las virtudes divinas. De particular forma, el salmista alude al amor que Dios le ha manifestado (vv. 20–24), destaca la misericordia divina hacia la humanidad en general (vv. 25–27), retoma el tema de gratitud personal e íntima (vv. 28–29), para finalizar con una gran declaración teológica de alabanza y gratitud (v. 30).
El Señor ha premiado al salmista porque es un Dios justo, y su naturaleza santa le impide ignorar los conflictos y adversidades de sus siervos. En su oración, que no es una manifestación egoísta de orgullo espiritual sino una declaración sincera de su condición, el salmista afirma su conducta limpia y recta con las imágenes «limpieza de manos» y «guardado sus sus caminos»; y destaca sus valores éticos y morales con frases que revelan su integridad—p.ej., «no me aparté impíamente de mi Dios», «todos tus juicios estuvieron delante de mi», «no me he apartado de tus estatutos», «fui recto» y «me he guardado de hacer lo malo»—. Finalmente, el poeta añade que Dios le recompensó al ver su estilo de vida noble y grato, al percatarse de su compromiso con la verdad y la justicia.
Al continuar, el poeta se mueve de los niveles personales a los generales. Se hace una relación clara entre el comportamiento humano y las actitudes divinas. Dios particularmente distingue y bendice a la gente misericordiosa e íntegra, y rechaza y castiga a las personas tramposas. En efecto, el Señor salva a los afligidos y humilla a los altivos. Y ese sentido de justicia divina le permite al salmista declarar que el Señor es su luz y fortaleza, que le permitirá vencer en la batalla, aunque sus enemigos se ubiquen o escondan en la seguridad de las ciudades amuralladas.
vv. 30–45: Luego de la descripción de las intervenciones extraordinarias de Dios en la naturaleza y del reconocimiento de la justicia divina, el poeta separa un lugar para describir al Señor y a su ungido. Es un gran esfuerzo poético por articular la naturaleza divina no en términos filosóficos sino de forma práctica y concreta. A la seria pregunta teológica, ¿quién es Dios?, el salmista responde en términos de sus actividades e intervenciones salvadoras: Dios interviene en medio de las realidades humanas para traer liberación, salvación y esperanza
El estudio de la sección revela varios paralelos poéticos con los versículos 4–19. En esa estrofa poética inicial, el autor enfatiza la intervensión divina y la liberación de su ungido; en esta nueva estrofa el poeta destaca las actividades militares del ungido, aunque se pone claramente de relieve que sus fuerzas provienen del Señor. Ambas porciones presentan el mismo sentido de victoria del siervo ungido del Señor, pero desde diferentes perspectivas. El lenguaje utilizado está lleno de simbología y belleza poética, y evoca la gran victoria del pueblo de Israel al cruzar el Mar Rojo (Ex 15).
Un detalle literario de gran importancia teológica se revela en la particular expresión, «En cuanto a Dios, perfecto es su camino» (v. 30), que es el tema fundamental del gran poema que culmina el libro de Deteronomio (32:4). El término hebreo (tamim) traducido al castellano por «perfecto» describe algo completo e íntegro, y desde la perspectiva moral marca el carácter de las personas cuya conducta es consistente, coherente, confiable. Dios es perfecto pues lo que dice se comprueba con los que hace; es decir, la perfección divina revela la continuidad entre su decir y su hacer; es perfecto pues se relaciona con la humanidad de forma coherente y ordenada, justa e íntegra, consistente y confiable. El rey y ungido también es tamim, pero en el sentido de su rectitud que le proviene de su relación con Dios (vv. 23, 25).
Ante la gran pregunta teológica ¿quién es Dios?, el poeta responde de forma pragmática: el que prepara adecuadamente al ungido para enfrentar las batallas. Dios es quien orienta y guía al ungido y le da poder y autoridad, le prepara el camino y lo adiestra en las armas necesarias para el combate. Además, Dios es quien le brinda las energías neces