EL PECADO DE DAVID

EL PECADO DE DAVID

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EL PECADO DE DAVID: Esta sección de las escrituras nos lleva al momento más oscuro de la vida de David. Nos muestra la cruda realidad de que hasta el más piadoso de los hombres abriga en su corazón un fétido pantano de iniquidad que borbotea continuamente en él y que siempre está dispuesto a emitir su hedor.
En estos versículos tenemos el triste espectáculo de David pasando por una lamentable secuencia de acontecimientos que culminó con su trama del asesinato de uno de sus soldados más leales y que atrajo sobre sí las feroces estocadas de la espada del juicio de Dios.

UN BAJO ESTADO ESPIRITUAL

No debemos pensar que esta secuencia empezó cuando David vio a Betsabé desnuda desde el terrado. Hay que remontarse al hecho de que una fría o despreocupada actitud hacia Dios se metiera en su corazón y anidara allí. En algún momento —se esconde el momento exacto de nuestras escrutadoras miradas—, David permitió que el fuego de la devoción a Dios se apagara. El pecado siempre nace de un corazón desanimado y frío.
La omisión suele preceder a la infracción. Deja que un cristiano se despreocupe respecto a su asistencia a la iglesia, o deja que su corazón pierda algo de su entusiasmo cuando esté en la iglesia, y lo verás con un pie sobre el terreno resbaladizo del pecado. Deja que se despreocupe respecto a la lectura de la Biblia o que la lea de forma rutinaria, y estará invitando a entrar al pecado. Deja que cese de orar o que ore sin sentirlo, y habrá sembrado la semilla del desastre.
La gratitud es el gran salvavidas que Dios tiene para nosotros frente al pecado; ¡y de cuántas cosas tenía David que sentirse agradecido! Dios lo había sacado del anonimato y le había hecho saltar a la fama en Israel. Dios le había protegido de las maquinaciones del perturbado Saúl. Dios le había llevado al trono de Israel y le había proporcionado gran prosperidad y popularidad. Como colofón a todo eso, Dios le había dado la promesa de que el Mesías sería uno de sus descendientes.
Pero, en aquel día, David no estaba pensando en ninguna de estas cosas. Ahí lo tenemos en su palacio con el corazón frío. Su ejército se encuentra ocupado en una campaña contra los amonitas, y el texto nos hace pensar que el deber de David era estar con sus hombres (v. 1). Pero, en vez de estar en el campo de batalla con ellos, está allí, absorto en su propia comodidad. Sus hombres están ocupados en los rigores de la guerra mientras David se entretiene con el placer. Se levanta de la siesta, un símbolo apropiado al parecer de su situación espiritual, y se asoma al terrado. Desde allí puede divisar a una mujer muy hermosa.

LA TENTACIÓN Y EL PECADO

Había habido un tiempo en la peregrinación espiritual de David en que había sido capaz de defenderse hasta de las más feroces tentaciones. Nuestras mentes recuerdan aquellos tiempos en que fue tentado a acabar con la vida de Saúl. En aquellas ocasiones venció las tentaciones rápida y definitivamente y trató la situación según dictan los principios bíblicos.
Pero David no actúa aquí de forma rápida y definitiva. Ve una mujer hermosa; pero en vez de apartar sus ojos inmediatamente y volver al interior de su casa, se queda mirándola fijamente. Y conforme se queda mirándola, su deseo va en aumento.
No podemos evitar el preguntarnos si la lujuria de David y sus maquinaciones deberían atribuirse a la presión de sus iguales. El pueblo de Israel había querido un rey como las demás naciones (1 S. 8:5), y la costumbre de aquellos reyes era aumentar el número de sus esposas aun a costa de quitarle la mujer a otra persona. Quizá David, afectado por los años de éxito como rey de Israel, ahora cree que puede disfrutar de las “gratificaciones extraordinarias” de su posición de la misma forma que cualquier otro rey. Si el razonamiento de David era de este tipo, ciertamente era responsable de una terrible omisión. No era como “cualquier otro rey”. Había sido ungido por el Señor para gobernar al pueblo de Dios de acuerdo con la Palabra de Dios: una Palabra que no le otorgaba la posibilidad de ceder ante la presión del mundo por las cosas que otros hacían (Dt. 17:14–20).
Mientras David está allí mirando y codiciando, surge la maquinación. Envía a un siervo para informarse mejor respecto a esta mujer y le trae la información de que su nombre es Betsabé.
Junto a la información respecto a su nombre viene lo que Gordon Keddie llama “un aviso de la conciencia” cuando el siervo añadió que estaba casada con Urías heteo1.
La Ley de Dios es clara como el cristal respecto a la relación sexual con alguien que está casado. Es adulterio y es un acto incorrecto. Pero por ahora a David eso no le importa. El motor que activa la lujuria ya está funcionando a toda velocidad, y está decidido a conseguirla a cualquier precio. Por eso envía mensajeros para que se la traigan y David tiene su aventura de una noche2.
El pasaje se centra, por supuesto, en David; pero Betsabé tampoco estaba exenta de culpa. Es bastante probable que supiera que podía ser vista bañándose desde el palacio del rey. ¡Quizá fuera eso lo que ella deseaba! Podemos tener por seguro que tenía que haber rechazado lo que David pretendía. La misma Ley de Dios que afectaba a David también la afectaba a ella. Por supuesto, le habría resultado bastante difícil rechazar al rey de su nación, pero Dios no requiere obediencia sólo si es fácil. La requiere cueste lo que cueste.

EL ENCUBRIMIENTO

Por un tiempo pareció que todo este sórdido asunto había pasado sin mayores consecuencias. Nadie sabía lo que había hecho (con la excepción de los siervos que había empleado). Por tanto, ¿qué importaba?
Pero entonces llegó el terrible mensaje de Betsabé comunicándole que había concebido. La Biblia acentúa el hecho de que era imposible que hubiera concebido excepto de David, porque tuvieron su aventura justo después de que ella “se purificó de su impureza” (v. 4).
Ahora David tenía un problema. Tenía que encontrar et modo de encubrir lo que había hecho. Inmediatamente mandó llamar a Urías. David fingió desear conocer las últimas novedades respecto a la guerra con Amón, pero lo que quería en realidad era que Urías se fuera a casa y pasara algún tiempo con su mujer (vv. 8, 10).
David sabía que Urías era un soldado leal, pero no supo hasta qué punto hasta que Urías rehusó ir a casa. Pensaba que no sería correcto hacerlo mientras sus compañeros estaban aún en el campo de batalla (v. 11). David se vio obligado a recurrir a una nueva estratagema. Tuvo a Urías otro día más consigo y lo emborrachó con la esperanza de que se fuera a casa bajo los efectos del vino; pero, aun así, Urías rechazó ir a casa (v. 13).
Para entonces parece obvio que el estupor de David era mayor que el de Urías. Por lo que a él se refiere, sólo le quedaba una forma de encubrir su pecado, y era hacer matar a Urías y tomar a Betsabé como esposa. Con una insensibilidad increíble, David envió por la propia mano de Urías la orden de colocarlo en la siguiente batalla en el lugar más apropiado para que le mataran (vv. 14–15).
La orden obtuvo el resultado deseado. Urías murió en la batalla. Betsabé se convirtió en viuda. Después de permitirle un breve período de “duelo”, David la tomó por esposa (vv. 26–27). Por fin pudo respirar aliviado. Su mente retorcida le decía que había conseguido encubrir su pecado. El niño iba a nacer y todos pensarían que era fruto prematuro de su matrimonio con Betsabé. Sin embargo, el capítulo termina con esta nota tan solemne (v. 27): “Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová”.

ALGUNAS ENSEÑANZAS ACERCA DE LA INMORALIDAD DE DAVID

Encontramos abundantes lecciones y aplicaciones para nosotros que podemos extraer de este triste episodio.
1. Tenemos que tener mucho cuidado respecto a escuchar lo que nuestra mente nos dice que merecemos. Cuando vemos a David holgazaneando en el palacio mientras sus hombres se ocupaban en luchar, casi podemos imaginarnos lo que habría estado pensando: “Has trabajado tanto y tan duro que ahora mereces tener algún tiempo para ti mismo”. No nos cuesta ningún esfuerzo imaginarnos esto, porque nuestras mentes generan este mismo mensaje vez tras vez
2. Nunca llegamos en esta vida al punto de librarnos definitivamente del pecado. David tenía por entonces cincuenta años de edad. Hasta entonces había caminado con Dios durante tanto tiempo que podemos suponer que era suficientemente fuerte como para resistir la tentación. Pero no lo era. Hay muestras de que muchas personas mayores caen presa del pecado sexual tras haber dedicado toda su vida hasta ese momento a servir a Dios.
3. El mejor salvavidas frente al pecado es mantener nuestros corazones con fervor a Dios, y la mejor forma de hacerlo es fomentando la gratitud por lo que Dios ha hecho por nosotros.
4. Los hombres tienen que estar en guardia respecto a lo que miran y las mujeres respecto a lo que dejan ver.
En cuanto a lo que se mira podemos diferenciar dos niveles distintos. El primero es que hay algunas cosas que no podemos evitar ver. Debemos fortalecernos frente a esas cosas viviendo cerca de Dios y pidiéndole que nos dé fuerzas para rechazar la tentación que nos venga de esta forma.
El segundo nivel es lo que nosotros decidimos deliberadamente. Películas acerca del sexo, algunos programas de televisión y las revistas pornográficas nos producen un deseo tan insaciable que es casi imposible abstenerse de la inmoralidad sexual. El mirarlo es pecado en sí y puede llevarnos fácilmente a un mayor pecado al involucrar a alguna otra persona en los actos inmorales.
5. En realidad, no existe el pecado escondido. David pensaba que su pecado estaba encubierto, pero todo se descubrió. Esto es lo que ocurre con todos los pecados. Si no se manifiesta en esta vida, ciertamente lo hará en la vida venidera. Dios se ocupa en exponer el pecado a la luz deslumbrante del día.
6. Los actos malvados acarrean malas consecuencias. Este capítulo se limita a presentarnos el pecado de David. Más adelante veremos todas sus desgraciadas consecuencias. El pecado nunca vuelve a dejarnos donde estábamos antes. Siempre nos produce tristeza y pesar.
7. La Ley de Dios es la guía para nuestra conducta, y tenemos que obedecerla a pesar de cómo nos sintamos, a pesar de lo que otros digan o hagan o de lo costosa que resulte la obediencia. Tenemos la tendencia a reducir el impacto de lo que hizo David refiriéndonos a ello como una “indiscreción” o una “aventura”, pero la Ley de Dios lo llama “adulterio” y dice que no debemos cometerlo.
El pecado de David es una de las más tristes tragedias citadas en la Palabra de Dios. Hemos llegado a admirar a este hombre como un gran hombre de Dios. Su caída nos hace recordar que siempre tenemos que estar en guardia contra el pecado. También tenemos que tener en mente que David era una tipificación de Cristo en muchos aspectos. Digamos alto y claro que no lo es en esta ocasión. Aquí no es sino un miserable pecador que nos muestra nuestra necesidad de Cristo. Sólo Cristo es el Rey verdadero y justo. Sólo por su justicia podemos estar de pie ante un Dios santo.

EL MENSAJE DE NATÁN

Para ayudarle a hacer esto, Dios le envió al profeta Natán. (Algunos se preguntan cómo se enteró Natán del pecado de David. La respuesta es muy simple: ¡Dios se lo dijo!).
¿Estaba atemorizado Natán ante la idea de enfrentarse a su rey? Probablemente no. Como verdadero profeta de Dios, sabía que había un Rey mayor que David, un Rey que no era un hombre corriente como David. Natán tenía mucho más temor a ofender a aquel Rey que a ofender a David.
El Señor le dio a Natán un relato para que se lo contara a David. El propósito del mismo era llevarle a pronunciar el juicio respecto a sí mismo. Funcionó a la perfección. Natán entró y le contó la historia. Había dos hombres en el reino: uno rico y otro pobre. El rico tenía una visita, pero en vez de preparar uno de sus muchos corderos para darle de comer, tomó el único cordero que tenía su vecino, un cordero que era la mascota apreciada de la familia, y lo utilizó para servírselo a su invitado (vv. 1–4).
Parece que David no se enfadó tanto en ningún otro momento de su vida. La misma idea de que en su reino un hombre rico le quitara el único cordero a su vecino pobre le enfureció. Debió de ponerse de pie de un salto: “Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte. Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia” (vv. 5–6).
Eso es exactamente lo que esperaba Natán. Rápido como un rayo, el profeta se valió de estas palabras para exclamar: “Tú eres aquel hombre” (v. 7).
Antes de que David pudiera poner objeciones a estas palabras o emitir una palabra de rechazo, le aclaró este mensaje. David ciertamente era el hombre rico de la parábola. Dios le había ungido como rey, le había protegido de Saúl y le había dado la casa de Saúl, el trono de Judá e Israel; y, por si aún no le parecía bastante, estaba dispuesto a darle más (vv. 7–8). Pero David, sin la más mínima consideración y con un frío egoísmo, había ido a casa de su vecino pobre y, sin vestigio alguno de lástima, le había quitado lo que le pertenecía y hasta le había mandado matar (v. 9).
A causa de esto, David tendría ahora que enfrentarse a tiempos muy desagradables. Había cometido adulterio con Betsabé en secreto, pero un adversario suyo se levantaría para cometer adulterio con las esposas de David a la vista de todos (vv. 11–12).

LA CONFESIÓN DE DAVID

Cuando Natán terminó de hablar, David pudo por fin pronunciar las únicas palabras que pueden traer alivio a un alma atormentada por el pecado: “Pequé contra Jehová” (v. 13).
A menudo admitimos nuestros pecados de una forma arrogante e indiferente diciendo: “¡Nadie es perfecto!” o: “Yo sé que he tenido parte de culpa en mis errores”. Pero las palabras de David pertenecen a otra clase diferente. Nacían de lo profundo de un corazón que estaba destrozado por el conocimiento de lo profundo de su iniquidad y de lo infinitamente repugnante que le resulta el pecado a un Dios santo ante quien todos tenemos que rendir cuentas.
Hasta este momento David no había querido enfrentarse con su pecado. Seguramente leería la Ley de Moisés intentando esquivar el dedo acusador que le señalaba. Oiría la voz de la conciencia y, por así decirlo, se taparía los oídos con las manos.
Pero todo eso se había acabado. Ya no iba a volver a defenderse o a racionalizar su pecado. Hasta entonces él y Dios se habían encontrado en desacuerdo respecto al pecado. Dios le decía una cosa y él decía otra. Pero aquí deja de defenderse ante Dios, vuelve a ponerse de parte de Dios y se une a Él en condenar su pecado.
Todo el relato del arrepentimiento de David podemos encontrarlo en el Salmo 51. Ahí vemos a David confesando abiertamente y con sinceridad la enormidad de su pecado, entregándose por completo a la misericordia de Dios y suplicando el perdón del pecado y la restauración del gozo que había perdido.
Por cuanto el arrepentimiento de David era genuino y profundo y la gracia de Dios es infinita e inmensa, había perdón para David. Merecía morir por lo que había hecho, pero Dios le levantó la sentencia de muerte (v. 13).
Un alivio inmenso debió de inundar el alma de David cuando oyó eso, pero Natán aún no había terminado su discurso. Ya le había anunciado una de las horrendas consecuencias del pecado de David (el adulterio público de un futuro adversario), pero aún había más. El hijo que había nacido de esta unión ilícita con Betsabé iba a morir (v. 14).
¿Por qué había necesidad de un castigo tan severo? La respuesta de Natán fue bastante clara. El pecado de David había sido grande, por eso el castigo tenía que ser también grande. Aquí se ve lo enorme que había sido el pecado de David: había dado a los enemigos de Israel la oportunidad de blasfemar (v. 14). David y su pueblo estaban llamados a tener una relación de pacto con Dios. Esta relación de pacto incluía una dimensión “misionera”. En otras palabras, el pueblo de Israel tenía que demostrar por su respeto a las leyes de Dios que servía a un Dios justo que tiene que ser honrado y temido por todas las naciones. Pero la acción de David, si no era ya conocida, sí lo sería y haría pensar a las naciones de alrededor que la religión de Israel no merecía la pena al fin y al cabo.
Juzgando severamente a David, Dios mostraría a las naciones circundantes que seguía siendo un Dios justo aunque su pueblo dejara de serlo.

PRINCIPIOS PRÁCTICOS

Como ya hemos podido comprobar, la Biblia nunca oculta los pecados de sus más grandes héroes, sino que los revela delante de nuestros ojos. Su propósito es hacerlo para ayudarnos a comprender unos principios muy importantes y esenciales acerca de cómo dirigir nuestras propias vidas.
¿Qué podemos aprender de esta parte de la vida de David que acabamos de ver?
Se destacan las siguientes lecciones con una claridad diáfana:
1. Un verdadero hijo de Dios puede caer en un pecado terrible y permanecer en él durante un tiempo, pero nunca estará realmente contento y acabará arrepintiéndose.
2. El mensajero de Dios que rehúsa divulgar nuestros pecados pero que nos reprocha por ellos con lealtad nos hace un gran favor y deberíamos considerarle un verdadero amigo.
3. El arrepentimiento verdadero no es cualquier cosa. No minimiza el pecado ni busca encontrar la forma de excusarlo, sino que ve sus grandes dimensiones, lo condena y decide romper con él. Esto se hace por medio de un espíritu de verdadero quebrantamiento y profundo pesar.
4. La misericordia de Dios es tal que perdona los pecados de su pueblo y restablece el gozo, pero su perdón no implica necesariamente la supresión de las consecuencias. Dios permite esas consecuencias para que otros tomen nota al respecto y estén en guardia frente al pecado.
Estas lecciones de la experiencia de David brillan como faros. Podemos observar su experiencia, aceptar estas lecciones y estar en guardia diligentemente frente al pecado en nuestras vidas. O también podemos rechazar aprender del ejemplo de David, asegurarnos de que somos la excepción a la regla: que podemos jugar con fuego o con el pecado sin quemarnos. La decisión es nuestra. Cierta persona señaló que los que rechazan aprender de la historia están condenados a repetirla. Podemos decir que los que rechazan aprender de la experiencia de David están condenados a sufrir como él sufrió.

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El estudio del desarrollo del testimonio cristiano durante los mil años que los historiadores han designado como Edad Media es sumamente complejo. Lo es, primero, por cubrir un período de tiempo tan dilatado, en el que se sucedieron cambios notables en todas las esferas del quehacer humano: política, económica, social, cultural y religiosa. Segundo, en estos siglos el cristianismo llega en su expansión “hasta lo último de la tierra,” en su movimiento hacia el Este (China) y el Oeste (Inglaterra).

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Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología. Sus otras obras usualmente se tratan bajo la cristología. La doctrina se puede organizar más o menos en orden cronológico. Primero viene un estudio del Cristo antes de su encarnación y esto sería seguido de una sección sobre Cristo en Su humillación, durante Su vida terrenal.

Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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