Compartiendo La Verdad

LIBRO CUARTO: SALMOS 90-106

LIBRO CUARTO: SALMOS 90-106

 

El que habita al abrigo del Altísimo
morará bajo la sombra del Omnipotente.
Diré yo a Jehová:
Esperanza mía y castillo mío;
mi Dios en quien confiaré.
Salmo 91:1–2

SALMO 90 «EL QUE HABITA AL ABRIGO DEL ALTÍSIMO»

Con el Salmo 90 comienza el Libro Cuarto del Salterio, que es el único de estos poemas que se relaciona directamente con Moisés. Esta referencia es adecuada desde la perspectiva temática pues en esta sección del libro se mencionan con frecuencia las experiencias del pueblo de Israel en el desierto, bajo el liderato del famoso legislador bíblico (Sal 95; 99; 103; 105; 106).
Es de señalar, respecto a los Libros Cuarto y Quinto del Salterio, sus perecidos temáticos y estilísticos. Inclusive, para algunos estudiosos esa división del Salterio es artificial, pues se puede fundamentar en el deseo de presentar la obra en cinco libros, en la tradición de Moisés con el Pentateuco. Generalmente en los primeros tres Libros del Salterio se destacan las dificultades históricas de David y su dinastía; en los dos Libros finales se ponen de relieve las respuestas divinas a esas dificultades.
En los Libros IV y V parece que la paternidad literaria del poema no tenía tanta importancia como en las secciones anteriores (Libros I, II, III), pues solo 19 de los 61 salmos restantes tienen algún tipo de referencia a autores, compiladores, o son dedicados o relacionados con alguna persona en particular. Eses salmos se conocen como huérfanos, por carecer de esas particulares referencias. Y las prioridades temáticas de estos últimos dos Libros del Salterio son la alabanza y la gratitud, y predomina el nombre personal de Dios, Yahvé.
El Salmo 90, que está cargado de imágenes literarias, y es particular pues presenta una serie importante de cuestiones antropológicas: sus preocupaciones básicas son humanas, existenciales, inmediatas. El salmista se presenta ante Dios cuando el pueblo está pasando por una situación de crisis mayor, adversidad y necesidad, posiblemente la época del exilio en Babilonia. Y en su exhortación, que tiene un buen componente sapiencial, revela la profundidad de su súplica y la naturaleza de su petición. Quizá el contexto vital inicial de este salmo son las plegarias y las súplicas comunitarias ante las ruinas del Templo, luego de la derrota de Jerusalén ante los ejércitos babilónicos.
Posiblemente el salmo se relacionó con Moisés luego del destierro, aunque la lectura cuidadosa del poema revela un lenguaje antiguo. Quizá esta relación con Moisés, «varón de Dios» (véase Introducción), se fundamenta en las afinidades literarias y lingüísticas del salmo con algunos poemas antiguos relacionados con el importante legislador bíblico (Ex 15; Dt 31:30–32:47). El autor es posiblemente un judío piadoso que evoca las tradiciones antiguas de Moisés para que se repitan las intervenciones históricas de Dios en medio de las dificultades del pueblo.
La estructura literaria del poema se desprende de su lectura sencilla:

• Profesión de fe y seguridad en Dios: vv. 1–6
• El pecado de la gente y la ira de Dios: vv. 7–11
• Qué pide Dios del ser humano: vv. 12–17

vv. 1–6: El comienzo del salmo es una expresión sentida de fe y seguridad en el Señor. Es una manera sobria de ubicar el poema en su adecuado entorno teológico y litúrgico: El Dios bíblico protege a su pueblo a través de la historia, «de generación en generación» (v. 1), pues se revela como Señor creador y eterno (v. 2). Y ese Dios, fundamentado en su naturaleza justa, reclama la «conversión» (v. 3) de las personas, que es un reclamo al reconocimiento el poder y la eternidad de Dios.
El tiempo para Dios toma dimensión nueva que escapa a la fácil comprensión humana: ¡Mil años ante la eternidad divina son como un día! Con esa imagen se subraya la fragilidad humana ante la fortaleza divina, se destaca la pequeñez de las personas ante la grandeza de Dios, se enfatiza la eternidad del Señor frente a la temporalidad de la gente. Además, los hombres y las mujeres, para el poeta, son como las flores, finitas, precarias y temporales. La eternidad divina no es comparable a la naturaleza humana. ¡La vida es fugaz como un sueño! La idea del salmista es comparar la imperfección humana con la perfección de Dios.
vv. 7–11: En esta segunda sección del salmo se ponen de manifiesto el tema del pecado de la humanidad y la respuesta divina en forma de juicio e ira. El tema que se repite de forma continua en esta parte del poema es la indignación del Señor ante los pecados de la gente. La muerte, que es la manifestación última de la vida, se interpreta como resultado del juicio divino a la humanidad. Los pecados humanos inclusive, aunque sean ocultos o discretos, salen a luz pública ante la presencia e indignación divina. De esta forma el poeta revela una imagen adicional de la fragilidad humana: Los días de la humanidad, por el juicio de Dios, son como un «pensamiento» o quizá como un «suspiro» (v. 9), pasajero, rápido, inmaterial, precario.
Las expectativas de vida de las personas en esa época posiblemente eran de «setenta años», aunque en algunos pudiera llegar a los «ochenta» (v. 10). El número setenta es un múltiplo de siete, que simboliza algo completo y perfecto. La imagen enfatiza que aunque la vida sea adecuada, plena y «perfecta», no se compara ante la perfección de Dios que sobrepasa los límites de vida humana.
vv. 12–17: La sección final del salmo intenta responder con sabiduría e inteligencia a las complicaciones y dificultades de la existencia humana. Para el salmista hay que analizar la vida con prudencia y sobriedad—es decir, «hay que contar los días»—para descubrir su significado—o sea, «traer al corazón sabiduría»—(v. 12).
El salmo culmina con una serie importante de súplicas del poeta a Dios. En su suplica, el salmista presenta al Señor cuatro cosas, que entiende fundamentales y necesarias para la vida plena: En primer lugar reclama «corazón sabio» o «sensato», que es una manera de indicar que para descubrirle el sentido a la vida hay que recibirla con sus desafíos, problemas, conflictos y dificultades, pues solamente en Dios se encuentra la fortaleza y la eternidad. La sabiduría no consiste en conocer muchas cosas sin interpretarlas de forma adecuada.
Además, el poeta pide a Dios misericordia para que sirva de apoyo a la felicidad y la alabanza. El salmista se presenta ante Dios con cánticos perpetuos cuando disfruta la misericordia divina. También suplica a Dios que le imparta alegría de mañana para compensar los días de aflicción y dolor. Y finalmente implora que sus esfuerzos y trabajos sean productivos y fecundos.
Este salmo no revela el sentido de eternidad y gracia divina que se ponen de manifiesto con la resurrección de Cristo. La recompensa humana, de acuerdo con el salmista, es mínima y sobria. La eternidad que parecía ausente para el disfrute de la humanidad, se hace realidad en el sacrificio de Jesús en la cruz, que le permite a la humanidad disfrutar de forma plena la vida eterna que emana de la misericordia del Señor.
El sentido de pequeñez humana que destila este salmo debe entenderse ahora desde la perspectiva de la cruz, que le brinda al ser humano posibilidades nuevas en relación a la vida, muerte y resurrección de Jesús. Inclusive la muerte, vista como el punto final de la fragilidad humana, es superada por la manifestación de amor de Dios en Cristo, que ahora no tiene poder sobre la gente de fe. Las penas de la vida, las angustias de la existencia, los sinsabores de la sociedad, las crisis nacionales, las dificultades internacionales no tienen ahora la última palabra para la gente de fe, que se apoyan en la resurrección de Cristo para descubrirle el sentido real a la vida. De esa forma es que los creyentes pueden afirmar que están crucificados con Cristo, para así disfrutar también de su vida eterna.

SALMO 91: «MORANDO BAJO LA SOMBRA DEL OMNIPOTENTE»

El Salmo 91, uno de los más populares del Salterio, es una oración individual que expresa confianza profunda en el Señor y revela la prudencia y reflexión madura y sobria de la literatura sapiencial: Su afirmación fundamental es que la persona que se refugia en Dios enfrenta la vida con autoridad, valentía y sin temores. Se relaciona con el salmo anterior por las referencias que hacen a Dios como morada y refugio (Sal 90:1; 91:9), aunque en el 91 se pone de manifiesto un sentido profundo de alivio emocional y seguridad espiritual, que no está claramente presente en el anterior. Además, el uso de varios nombres antiguos para referirse a Dios—p.ej., Altísimo y Omnipotente (Sal 91:1) puede ser base para relacionar el poema con la figura destacada y venerada de Moisés.
Varios aspectos literarios son dignos de mencionar en este salmo. En primer lugar, tanto el vocabulario del poema como las imágenes que utiliza destacan los temas de la protección y la liberación divina, y transmiten la idea de seguridad plena que debe tener la persona creyente. Además, la lectura cuidadosa del texto puede identificar en el salmo varias voces en diálogo: p.ej., «Diré yo al Señor» (v. 2) y «en mi ha puesto su amor» (v. 14), que pueden ser una indicación del uso litúrgico del poema en las ceremonias del Templo. La evaluación sosegada del texto revela que el salmista presenta una especie de discurso o sermón breve en el cual aconseja a otra persona o grupo en torno a la seguridad que proviene de la confianza en el Señor (vv. 3–13).
Por lo general y amplio de los temas expuestos, es muy difícil identificar con precisión la fecha de composición de este salmo. Quizá su lenguaje antiguo apunte hacia un origen preexílico del poema, aunque debe haberse revisado a través del tiempo para responder al clamor de los creyentes a través de la historia. En el Israel antiguo el Templo servía de lugar de refugio para las personas perseguidas o en necesidad extrema. Una vez el adorador se refugiaba en el santuario, el sacerdote echaba las suertes para determinar la inocencia o culpabilidad de la persona. Este salmo puede reflejar la situación extrema de una persona en crisis, que recibe del sacerdote la palabra de seguridad y fortaleza. Este salmo puede ser una respuesta sobria frente a los peligros de la vida.
La estructura literaria del salmo, que servirá de base para nuestro análisis teológico, es la siguiente:

• Afirmación de la fe: vv. 1–2
• Intervención divina en medio de la crisis: vv. 3–13
• La seguridad que proviene de la palabra de Dios: vv. 14–16

vv. 1–2: La sección inicial del salmo es una introducción general al poema. El salmista ubica a las personas que adoran en un contexto teológico y espiritual de esperanza y seguridad. Las imágenes son reveladoras: «Habitar al abrigo» revela cercanía, confianza, intimidad; y «morar bajo la sombra» pone de relieve las ideas de protección, cuidados, cobertura, bienestar. El salmo comienza con palabras de seguridad expresadas por algún sacerdote que recibe a la persona en crisis con un mensaje de fortaleza y auxilio.
Los nombres de Dios en el poema son de gran importancia. Junto a su nombre personal—p.ej., Yahvé o Jehová—se añaden dos muy antiguos con significación es particulares en el poema y la historia nacional. La referencia al Altísimo—heb. Elyom—revela el poderío divino, pues todo lo gobierna y afirma (Gn 14:19); y la alusión a Omnipotente—heb. Shaddai—pone de manifiesto la virtud divina que interviene para apoyar a las personas en necesidad (Gn 17:1; 28:3; 48:3; 49:25). Ese Dios que gobierna e interviene es también abrigo que protege y sombra que refresca; en su morada obtenemos la protección y la seguridad necesaria para la vida plena y abundante. Dios mismo, en la reflexión del salmista, se convierte en el hospedador ideal.
La seguridad del creyente, de acuerdo con el salmo, se basa en la seriedad y profundidad de las convicciones individuales, como ponen en clara evidencia las expresiones «diré yo», «castillo mío», «mi Dios», y «en quien confiaré» (v. 2). Esos valores éticos y morales que se desprenden de la fe, generan la seguridad necesaria y la paz requerida para afirmar con certeza que Dios es esperanza, castillo y fuente de confianza.
vv. 3–13: El centro temático y teológico del salmo se incluye en esta sección. De acuerdo con el salmista, el Señor libera, cubre, brinda seguridad, y es escudo (o coraza) y adarga (o armadura), ideas que destacan el poder divino y revelan el ambiente de crisis y tensión. Las imágenes son importantes, pues el Señor es como ave protectora y guerrero diestro. Las referencias militares ponen de manifiesto la protección divina, como alcázar, castillo, fortaleza.
La idea del poeta en el salmo es afirmar las virtudes divinas como agente que protege a su pueblo de las adversidades y conflictos de la vida. El salmista exhorta a la persona fiel que confíe en el Señor, pues Dios libera a la gente de fe de los lazos del cazador, de las flechas mortales, de terrores nocturnos, de pestilencias oscuras, de mortandades diarias. Las calamidades se manifiestan de día y de noche, que es una manera simbólica de representar la totalidad de la vida (vv. 5–6) Los ataques pueden ser mil o diez mil (v. 7), que es una manera hebrea hiperbólica de indicar que la misericordia divina no se detiene con el tiempo ni con la multitud de problemas.
De acuerdo con el salmista, las personas de fe no se amilanan ante la adversidad ni se detienen frente a los problemas. Aunque la destrucción y la muerte le amenacen, el salmista afirma y celebra su confianza en el Señor pues sabe el final o la recompensa de la gente impía y malvada. Cuando la gente afirma y confía en el Dios Altísimo como su refugio (v. 9), descubre la salud mental y disfruta de salud espiritual.
Las imágenes del bienestar, de acuerdo con el salmista, continúan, pues Dios mismo envía a sus ángeles para que le guarde, le proteja y le evite tropezar en la vida (vv. 11–12). Y esa certidumbre le permite enfrentar al león, al áspid, al cachorro y al dragón, que son animales símbolo de mortandad y adversidad, por el veneno que poseen y por la fortaleza que les caracteriza. La idea es de confianza sin importar el peligro que enfrenten.
vv. 14–16: El salmo finaliza con una directa revelación divina. Recuerda el Señor algunas características fundamentales de la persona fiel. De acuerdo con el poeta, al gente de fe «pone su amor en el Señor» (v. 14), «conoce el nombre divino» (v. 15), y «le invoca» (v. 15). Esas cualidades humanas mueven la acción divina, que responde con liberación, honra, respuesta, presencia y salvación. La referencia a la «larga vida» (v. 16) que afirma el salmista es una manera de destacar la vida plena, abundante y satisfactoria de los creyentes.
Este tan popular salmo está cargado de simbolismos e implicaciones contextuales. La multitud de imágenes en torno a Dios es reveladora de la intensión teológica del poeta. El Señor se manifiesta como agente de seguridad y confianza en medio de las penurias humanas y se relaciona con las personas de acuerdo con las vivencias y realidades individuales. En algunos casos las ideas de protección de las aves es adecuada, en otras ocasiones, la crisis demanda imágenes militares que también se revelan en este poema. El corazón del mensaje es que el Dios bíblico se ocupa de su pueblo y responde al clamor de los adoradores, aunque estén frente a la multitud de enemigos o crisis de la vida.
El salmo es también importante pues fue citado parcial y convenientemente por Satanás en la tentación de Jesús, de acuerdo con los evangelios (Mt 4:6; Lc 4:10–11). Jesús responde con autoridad a la tentación y vence al enemigo pues conocía bien el resto del salmo y entendió que no se debe utilizar a Dios como excusa para responder a nuestros caprichos y deseos egoístas.
En la época de Jesús, el Templo, que debía ser símbolo de seguridad y fortaleza, según la tradición y teología de este salmo, se había convertido en mercado (Jn 2:6) y cueva de ladrones (Mt 21:13; Mc 11:17; Lc 19:46). Y ante tal aberración el Maestro respondió con autoridad a esa situación anómala de la religión, y con autoridad devolvió a la gente humilde y sencilla el verdadero significado de la experiencia religiosa: El Templo debe ser esencialmente casa de oración, centro de intimidad con el Eterno, espacio para el diálogo íntimo con el Señor, y centro para la educación transformadora.

SALMO 92: «ALABANZA POR LA BONDAD DE DIOS»

El Salmo 92 es una oración e himno de acción de gracias individual que reconoce las intervenciones divinas a favor de la justicia, y afirma sus manifestaciones de amor y fidelidad. El poema, al presentar sus alabanzas y agradecimientos al Señor, revela sus vinculaciones estrechas con los dos salmos anteriores, al enfatizar los temas de la seguridad y la prosperidad. Incorpora en sus reflexiones temas que son importantes para las tradiciones de sabiduría: Afirman, en efecto, la misericordia y la bondad de Dios, aunque sean misteriosas y profundas.
La asociación de este salmo con el sábado, que se afirma directamente en el título hebreo, posiblemente se debe al reconocimiento de ese especial día como espacio ideal para expresar las gratitudes a Dios y por presentar una visión ideal del mundo y la sociedad. El día de reposo para el salmista no es una carga pesada de llevar sino una magnífica ocasión para poner de manifiesto las gratitudes y alabanzas al Señor. Éste es el único salmo que se relaciona con el sábado en el texto hebreo, aunque en la versión griega de la Septuaginta se identifican otros poemas del Salterio con la semana sabática (Sal 24; 48; 82; 94; 81; 92; 93). En el título hebreo también se incluyen referencias a que este poema es, a la vez, salmo y cántico (véase la Introducción).
Como las imágenes y referencias del poema son a experiencias agrarias, quizá este salmo se escribió en el contexto de las injusticias que se ponen de relieve en relación con la posesión, administración y cultivo de la tierra. El salmista, que debe haber sido algún adorador judío piadoso—¡algunos estudiosos lo relacionan con el rey de Israel!—, articula el himno desde un contexto cúltico, que puede ser la oración de una persona que se allega al Templo para expresar sus preocupaciones a Dios al experimentar las injusticias de la vida del campo; ante las manifestaciones humanas de maldad, la persona que adora se presenta ante Dios con seguridad y gratitud. También el salmo pudo haberse utilizado en las celebraciones de los festivales nacionales en el Templo en ocasión de afirmar las grandes intervenciones de Dios en medio de su pueblo.
La estructura literaria del salmo revela en una primera lectura tres secciones básicas:

• Alabanzas y gratitudes a Dios: vv. 1–3
• Las obras de Dios y el juicio a las personas malvadas: vv. 4–9
• Bendiciones personales hacia la gente justa: 10–15

Un análisis lingüístico y temático del poema descubre otra estructura que destaca la victoria y exaltación divina sobre los enemigos.

A. Rectitud y justicia de Dios: vv. 1–4
B. Las grandes obras divinas: vv. 5–7
C. Dios es fuerte, Altísimo: v. 8
D. El triunfo definitivo sobre los enemigos: v. 9
C′. Dios aumenta las fuerzas del adorador: v. 10
B′. Dios hace florecer y crecer al justo: vv. 11–12
A′. Rectitud y justicia de Dios: vv. 13–15

vv. 1–3: El salmo comienza de forma directa y clara: Para el salmista es bueno alabar al Señor, y anunciar su misericordia y fidelidad desde la mañana hasta la noche, que es una manera hebrea de aludir a toda la vida. Se reconoce, además, el nombre divino como Altísimo, que es una forma antigua de enfatizar su poder y autoridad. El poeta descubre y afirma la presencia divina en medio de la entonación musical, pues se identifican tres instrumentos, para destacar el gozo y la festividad del poema: el decacordio (o la lira de diez cuerdas), el salterio (o la cítara) y el arpa, que son instrumentos de cuerdas que se utilizaban en el Templo para acompañar las oraciones y los cánticos.
El motivo de la alabanza y la gratitud al Señor es el reconocimiento pleno del nombre divino, identificado claramente en el poema como Yahvé—o Jehová en la tradición de Reina-Valera—. Este importante nombre divino—que se incluye en siete ocasiones en el texto hebreo (v. 1, 4, 5, 8, 9, 13, 15), como una especie de afirmación plena, completa y perfecta—, revela el compromiso del Señor con su pueblo, pues se asocia a la revelación divina a Moisés (Ex 3:1–17). El salmista alaba y canta pues el Señor ve sus angustias, responde a los clamores de su pueblo e interviene en medio de las realidades de la comunidad.
vv. 4–9: En esta segunda sección del poema el poeta continua la alabanza y la gratitud e identifica las razones y el fundamento de esa gratitud. ¡Las grandes obras divinas alegran el salmista! Además, los pensamientos del Señor son tan profundos que la gente necia e insensata no tiene la capacidad de comprender y asimilar. En efecto, las obras divinas y los proyectos redentores de Dios generan gratitud y reconocimiento de parte del poeta.
En esta parte del poema se introduce el tema de la gente malvada—anteriormente aludida como «los necios y los insensatos (v. 6)—, que ahora es identificada como «los impíos», «los que hacen iniquidad» (vv. 7, 9), o «los enemigos» (9). Se contraponen de esta forma las acciones de gratitud del salmista con las actitudes malsanas e inadecuadas de los impíos.
Los gestos pecaminosos de los impíos son comparados a la fragilidad y fugacidad de las flores y la hierba, que no pueden permanecer estables en la vida. Esta imagen afirma que la hierba brota y florece, y rápidamente se marchita y se seca para finalmente desaparecer. Las personas malvadas—es decir, los enemigos de Dios y del salmista—, serán destruidas ante la intervención extraordinaria del Señor. ¡El futuro de la gente malvada es perecer! ¡No prevalecerán!
vv. 10–15: Ante la fragilidad e inestabilidad de los malignos, se contrapone la estabilidad y la fortaleza que proviene de Dios. La gente fiel, representada por el salmista, reciben nuevas fuerzas para presenciar y ser testigos de la destrucción de los malvados. Las personas justas florecerán, como la palmera y el cedro, al lado del Templo. Darán fruto aún en la vejez, que es una manera de enfatizar la vitalidad que proviene de parte del Señor.
Las imágenes del búfalo y el aceite destacan las ideas de poder, fuerza, reconocimiento, valentía y autoridad (vv. 10–11). Esa vitalidad y virtud le permite al salmista superar los ataques de los enemigos y malvados, y le ayuda a proyectarse al futuro con seguridad y fortaleza. Y las referencias a las palmas y los cedros—árboles conocidos por su enormidad y vigor—, revelan el deseo del poeta de destacar el poder divino que le permite al pueblo y a las personas que adoran superar las adversidades y responder con valor y sabiduría a los ataques de enemigos, adversarios y malvados.
De acuerdo con el salmo, el poder y la autoridad para superar las adversidades de la vida provienen de Dios. Y esa actitud de triunfo, virilidad y longevidad se representa en gesto de estar plantado en la casa del Señor, en la simbología de estar en los atrios del Templo (v. 13).
El poema finaliza con una gran afirmación teológica. El salmista canta y anuncia que el Señor es su fortaleza y su roca, su fuente de justicia y rectitud. Se pone en clara evidencia de esta manera simbólica la fuente de seguridad y esperanza del poeta: Dios es el alcázar que le protege para vivir el presente, y es la roca donde ancla su futuro.
Este salmo revela las dinámicas eternas de la vida en donde se manifiestan las injusticias que hieren mortalmente a las personas nobles, inocentes, nobles, piadosas y débiles. Revela con claridad el poema los conflictos entre la justicia y la injusticia; alude el salmo a las adversidades entre la bondad y la maldad. Además, el poeta presenta el gran antagonismo entre la fragilidad humana y el poder divino.
Una manera creativa de leer e interpretar este salmo es comprender la alabanza que emana de un corazón agradecido por entender que Dios siempre está al lado de la gente que sufre e implora misericordia. De acuerdo con el salmista, la gratitud no se fundamenta en la ignorancia sino en la seguridad que tiene en el Dios que es fortaleza y roca, que son símbolos de permanencia, estabilidad, fuerza, protección, albergue y seguridad. El futuro del poeta no estaba a merced de la casualidad sino en manos del Dios que se caracteriza por el amor, la fidelidad, la misericordia, la rectitud y la justicia.
Esa teología del salmo, que genera esperanza y seguridad, caracterizó las predicaciones y las enseñanzas de Jesús de Nazaret. El Señor afirmó la llegada del reino de Dios y su justicia como una característica básica de sus mensajes liberadores y transformadores (Mt 3:15; 5:20; 6:33). Y su aplicación de esta tan particular y relevante teología se puso de manifiesto en su trato con la gente de más necesidad y en sus diálogos con las personas más frágiles de la sociedad en que vivió. Un buen ejemplo de esta nueva comprensión de la justicia divina, en la teología del salmo, es su particular respuesta a los leprosos, en donde se revela la fusión de la justicia y la misericordia divina en el pensamiento y las acciones de Jesús (Lv 13:45–46; y Mt 8:1–4).

SALMO 93: «LA MAJESTAD DE JEHOVÁ»

Con el Salmo 93 comienza un particular grupo de poemas bíblicos que presentan y destacan el tema de la alabanza, que, en efecto, ya ha comenzado en el salmo anterior. De particular importancia en esta sección del Salterio son los temas del «Señor reina» y el cántico al Señor, que ponen claramente de manifiesto la teología de la soberanía de Dios sobre el universo y la historia. Este poema une temáticamente los salmos 92 y 94.
Usualmente el Salmo 93 se estudia en relación al 47 y 96–99, que constituyen un tipo de subgrupo de poemas que enfatizan el tema del reinado divino. Entre las características principales que identifican este tipo de salmos se pueden señalar las siguientes:

• Se manifiesta una muy seria preocupación por la tierra, los pueblos y las naciones.
• Se hace referencia a otras divinidades.
• Se revelan signos de exaltación y alabanzas a Dios como rey universal.
• Entre las características divinas como rey, están, entre otras, las siguientes: crea, establece, afirma y juzga.
• Se ponen en clara evidencia diversas expresiones de alabanzas al Dios que es rey eterno y universal.

El particular caso del Salmo 93 pone de relieve y proclama con autoridad y seguridad el extraordinario poder de Dios sobre la naturaleza y toda la creación. El autor afirma el tema de la soberanía divina y revela un claro sentido de esperanza, seguridad y futuro. En medio del caos y las crisis que pueden manifestarse con fuerza en la historia y el mundo, el salmista pone en evidencia un sentido claro de paz, sobriedad, seguridad y confianza. En efecto, esas profundas convicciones teológicas le permiten al poeta comprender adecuadamente el poder divino sobre las fuerzas hostiles de la naturaleza y el cosmos.
De acuerdo con el orden canónico, este es el segundo salmo que celebra de manera directa la realeza del Señor (véase Sal 47), y la fuerza temática, teológica y literaria que guía estos poemas es la frase «El Señor es rey». El poema es claramente un himno que alaba la naturaleza real de Dios. En efecto, es un poema que destaca el reinado divino, que ciertamente es una manera de reaccionar y rechazar la institución tradicional de la monarquía humana.
Aunque en una primera lectura del salmo se transmita un sentido de seguridad y confianza, este poema debe haber sido escrito en momentos de gran crisis, en medio de dificultades mayores y temores. Quizá este salmo proviene de la época post-exílica cuando ya la monarquía no funcionaba en Jerusalén, pero ya se había reconstruido el Templo. Ese fue un período de búsquedas teológicas, de incertidumbres históricas, de desorientación espiritual, de reconstrucción nacional. Sin embargo, el tema de Dios como rey es muy antiguo en la historia de Israel, pues en los comienzos mismos de la monarquía como institución nacional ya habían voces disidentes de firme y claro rechazo (véase 1 S 8:4–7). Este himno debe hacerse utilizado como parte de los festivales anuales en el Templo, particularmente en los actos de celebración del nuevo año que afirmaban el señorío y el poder de Dios como creador y rey. Su autor debe haber sido un israelita piadoso que se allegaba anualmente al Templo restaurado para celebrar y afirmar el poder real de Dios, ya que las instituciones humanas de la monarquía no habían podido evitarle al pueblo la crisis y el caos del exilio en Babilonia. Este salmo no tiene título hebreo.
La estructura literaria del salmo es muy sencilla, dada la brevedad del poema. El siguiente análisis destaca y enfatiza los diversos elementos temáticos.

• El Señor reina: vv. 1–2
• La naturaleza se levanta contra el Señor: vv. 3–4
• El Señor es eterno: v. 5

En el análisis de la estructura del poema, no debemos obviar que varios temas del salmo se presentan en formas paralelas. Al comenzar, el salmista alude a «las vestiduras» del Señor (v. 1), y al final recuerda que la santidad es el «adorno» o lo que «conviene a su casa» (v. 5). Inicialmente el poeta indica que tanto el mundo como el trono divino están firmes (vv. 1, 2a), y para culminar el salmo regresa al tema de la estabilidad y la firmeza (5). Además, el tema de la durabilidad se repite al comienzo y al final del poema, pues son firmes y eternos el trono de Dios y sus testimonios (vv. 2, 5).
vv. 1–2: Para el salmista, el Señor es el rey supremo del mundo, que está vestido y ceñido de poder, símbolo de su extraordinaria naturaleza santa y majestad, y está sentado en su trono eterno, que evoca las ideas de seguridad y estabilidad. El poeta se imagina a Dios sentado en su trono inamovible, símbolo de la implantación de la justicia, y vestido con sus túnicas reales, que aluden a la majestad y el esplendor divino.
La imagen es poderosa y reveladora: La primera expresión poética no es la descripción del caos ni la presentación de las dificultades, sino la contemplación y el disfrute de la gloria de Dios. El Dios del salmista es rey que tiene poder y autoridad sobre la tierra, y el futuro de la tierra y la humanidad está seguro porque su trono, signo de su reinado, es eterno, firme, seguro y estable. La soberanía de Dios es la teología fundamental que se pone claramente de manifiesto en el salmo. Y desde ese trono eterno y seguro el Dios del salmista le brinda al mundo estabilidad y futuro.
vv. 3–4: De pronto el poeta escucha el mover poderoso de las aguas, se percata de los ruidos de las aguas torrenciales, nota el oleaje del mar embravecido que amenaza seriamente la estabilidad del mundo y la historia. La voz enardecida de los ríos y de las muchas aguas se levanta contra el Dios eterno y rey. Esas aguas son símbolo de las muchas fuerzas hostiles a la humanidad y a la creación de Dios que desean regresar al caos primigenio, que intentan desestabilizar la creación, que desean que impere la anarquía y el desasosiego en el mundo.
Sin embargo, el poder divino impera y supera esas fuerzas malignas y despiadadas de las aguas, que pueden traer desorden y desolación al mundo. Pues más poderosas que las ondas del mar es el Señor de las alturas. Más poderoso que el ruido ensordecedor de las aguas descontroladas y amenazantes es al Dios que está sentado con sobriedad en su trono alto, símbolo de poder, autoridad y virtud. El mensaje del salmista es firme y claro: Dios vence el caos con su poder eterno, estable y sostenedor. No se amedrenta el Señor ante el movimiento amenazador de las abundantes aguas ni se atribula frente a los desafíos de los ríos impetuosos. Un Dios eterno sentado en su trono es más poderoso que las corrientes amenazantes de las aguas.
v. 5: El salmo finaliza con una serie importante de afirmaciones teológicas. El Dios rey que detiene el paso de las aguas y mantiene al mundo con estabilidad revela leyes y testimonios que le brindan a la humanidad orden y estabilidad, y tiene como atributo principal la santidad, que revela su naturaleza más profunda y personal. Ese Dios-rey adorna su casa, que es una clara alusión al Templo de Jerusalén, con su propia esencia, la santidad, para poner de manifiesto otro de sus atributos singulares, la eternidad. De la misma forma que su poder eterno es capaz de mantener las aguas en su lugar, sus leyes y estatutos son adecuados para ordenar la vida y las acciones de su pueblo. E igualmente que su trono eterno es inmutable y firme, el Templo, que ciertamente representa su presencia y poder en la historia humana, tiene días sin término, que es la forma hebrea de aludir a lo que no tiene fin o de manifestar la idea de eternidad.
Las implicaciones del mensaje de este salmo son muy importantes para la actualidad. La teología del reinado de Dios pone de manifiesto el importante tema de la soberanía divina y afirma su poder absoluto en el universo. Esa particularidad de Dios le brinda a la humanidad grato sentido de esperanza y de futuro. Este mundo no está a la deriva, la humanidad no está a la merced de la casualidad, el futuro de las sociedades no es la destrucción caótica.
De acuerdo con el mensaje del salmista, Dios tiene el poder sobre las diversas fuerzas de la naturaleza que intentan traer la destrucción y la anarquía al mundo y a la historia humana. La última palabra de parte del Señor para el mundo no es la del caos, pues Dios que está sentado en su trono, y mientras Dios esté en el trono, hay futuro y esperanza para la humanidad.
Esa teología de esperanza y porvenir también se pone en evidencia clara en las narraciones de la vida y las acciones de Jesús de Nazaret, de acuerdo con los relatos evangélicos. Inclusive, esas mismas narraciones presentan a Jesús como el heredero de la promesa divina a David, y lo identifica como rey. Esa es la razón fundamental para Jesús que anunciara el reino de Dios y su justicia, pues para sus discípulos y seguidores no era un predicador más sino el Mesías, el rey.
Para el vidente Juan, esa teología de la soberanía de Dios era fundamental y necesaria. El Apocalipsis, en esa misma tradición teológica, presenta al Señor como Rey de reyes y Señor de señores (Ap 17:14; 19:16), a la vez que describe al mar, símbolo de las fuerzas del mal, como que ya no existirá más (Ap 21:1). La esperanza del pueblo de Dios está anclada en sus características fundamentales de firmeza, estabilidad, eternidad y justicia. ¡El mensaje del salmista, «El Señor reina», en efecto, es todavía pertinente!

SALMO 94: «ORACIÓN CLAMANDO POR VENGANZA»

El tema del Salmo 94 pone de manifiesto una vez más la dificultad teológica y práctica de reconciliar la bondad divina con las realidades de la vida. De un lado, relacionamos al Señor con conceptos gratos de justicia y equidad; y del otro, vemos las injusticias y los dolores que se manifiestan en la sociedad. ¿Cómo es posible afirmar a un Dios justo en medio de un mundo llena de injusticias y desesperanzas? ¿Qué significa hablar de la justicia divina y de las manifestaciones gratas de un Dios bueno, cuando las realidades visibles de la existencia humana apuntan hacia las inequidades y los problemas que caracterizan a la humanidad?
Este Salmo 94 es una especie de reacción al poema anterior (Sal 93) que afirma el reinado divino; en efecto, es una manera de relacionar la teología que afirma la soberanía de Dios en la vida con las vivencias humanas que manifiestan claras contradicciones e injusticias que son extremadamente difíciles de explicar. En este nuevo poema, que incluye varias imprecaciones y algunos deseos de venganza, se enfrentan el doloroso realismo de las sociedades y la confianza plena en Dios; se anteponen las vivencias humanas llenas de maldad y la esperanza en el Señor que responde al clamor sentido y desgarrador de la gente de fe.
Las invocaciones de venganza se encuentran con alguna frecuencia en el Salterio (véase, p.ej., Sal 9; 10; 13). Son expresiones que surgen de lo más profundo e íntimo del espíritu humano, son clamores intensos y sentidos, son gritos desgarradores de personas que imploran la intervención de Dios para que les haga justicia. Más que la expresión irracional de unos deseos impropios de venganza, fundamentados en la inmadurez, la frustración y la impotencia, los salmos imprecatorios son oraciones que imploran la manifestación plena y grata de la justicia divina. Este salmo es un buen ejemplo de ese tipo de clamor sentido por la revelación de la justicia divina. No es venganza impropia, irracional o caprichosa que no perdona la que pide el salmista, sino la intervención divina que propicie la manifestación plena de la justicia, que es el restablecimiento del orden divino que ha sido violado e interrumpido por las acciones injustas de gente arrogante.
El género literario de este salmo es de petición o súplica individual—también puede entenderse como una oración colectiva que se articula en la voz de un salmista—, que revela un contexto judicial. El ambiente literario y psicológico del poema puede muy bien relacionarse con alguna reunión donde están presentes varios jueces corruptos ante personas que injustamente reciben los resultados de esos actos impropios y discriminatorios. El autor del salmo puede haber sido una de esas personas heridas que claman a Dios por la implantación de la justicia, un adorador que, al verse huérfano de seguridad en las instituciones humanas, se allega a Dios para reclamar su intervención redentora y justa. Por la naturaleza universal y general del tema expuesto por el salmo, es muy difícil precisar una fecha exacta de composición, sin embargo, si los enemigos a los que alude el poema son las naciones enemigas—quizá una referencia a Babilonia y a los pueblos que le apoyaron—, entonces este salmo debe ser ubicado en el período postexílico. Este salmo no tiene título hebreo.
El análisis del poema necesita identificar y afirmar su unidad literaria, que en este salmo no es tan evidente. Sin embargo, aunque su organización interna es compleja se pueden identificar, por lo menos, cuatro secciones básicas. Esas secciones revelan las prioridades temáticas que el autor desea afirmar y destacar. Una estructura literaria del salmo es la siguiente:

• Súplica al Dios de las venganzas: vv. 1–7
• Mensaje a la gente malvada y al pueblo: vv. 8–15
• Afirmaciones de esperanza en las intervenciones de Dios: vv. 16–21
• Expresión de confianza en el Señor: vv. 22–23

Una forma alternativa de ver la estructura poética del salmo, que evalúa la oración con una estructura quiástica o paralela, es la siguiente:

• Introducción temática: vv. 1–2
A Las acciones de las personas injustas: vv. 3–7
B Mensaje a la gente necia: vv. 8–11
C La dicha del ser humano está en su confianza en el Señor: vv. 12–15
B′ Mensaje a las personas malvadas: vv. 16–19
A′ Esperanza de la gente justa: vv. 20–23

En esta estructura, la prioridad temática del poema se encuentra en su sección central, que pone de manifiesto claramente la base de la seguridad y la dicha de la gente de fe (vv. 12–15). De acuerdo con este análisis, el propósito del salmo es afirmar la esperanza que genera el confiar en un Dios que es esencialmente justo.
vv. 1–7: La sección inicial del poema revela un claro sentido de urgencia, impaciencia y fuerza. El salmista se presenta ante Dios implorando su intervención adecuada y justa. Los imperativos que se utilizan en el salmo ponen de manifiesto la naturaleza y profundidad de la crisis: P.ej., «muéstrate» (v. 1), «engrandécete» (v. 2) y «da el pago» (v. 2). Además, ese mismo sentido de intensidad y urgencia se destaca y afirma aún más con la incorporación de una serie importante de preguntas retóricas, que apuntan hacia la gravedad del dolor, revelan las manifestaciones indeseables de la injusticia: «¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?» (vv. 3–4).
El salmista implora con firmeza la venganza divina, ante las graves injusticias que vive y experimenta en la sociedad. De un lado, se implora la implantación de la justicia; y del otro, se identifica propiamente a los sectores causantes de los dolores y las inequidades al pueblo: P.ej., «soberbios» (v. 2), «impíos» (v. 3), y «los que hacen iniquidad» (v. 4). Los enemigos de la justicia son personas esencialmente altaneras, hostiles, inmisericordes, ingratas e impropias.
El poema alude claramente a los crímenes que cometen estas personas injustas (vv. 4–5); además, se identifica con precisión a los sectores más heridos y vulnerables por las decisiones y acciones de ese sector despiadado, impío, soberbio, inicuo e injusto: P.ej., al pueblo de Dios (v. 5), a la heredad del Señor (v. 5), y a la viuda, extranjero y huérfano (v. 6). El salmista, inclusive, indica el fundamento ético de esas acciones impropias. Esas personas piensan que el Señor, identificado en el salmo como el Dios de Jacob (v. 7), no ve ni entiende. De acuerdo con el poema, esas personas pecaminosas e ingratas no le hacen caso a los valores que representan la gracia y la justicia de Dios.
vv. 8–15: La segunda sección del salmo, que es un tipo de exhortación sapiencial, dirige el mensaje a la gente malvada, y también al pueblo de Dios. En primer lugar, identifica a la gente injusta—que son las personas encargadas y responsables de implantar la justicia y de desarrollar procesos adecuados de equidad—, y las llama necias (v. 8) y fatuas (v. 8), además, las critica por no desear la sabiduría (v. 8). El corazón de la crítica es a esa actitud soberbia que no reconoce el poder divino y rechaza la justicia del Señor. Se afirma con seguridad: Dios oye, ve, castiga y sabe. El mensaje del salmista es claro y directo: El Señor conoce muy bien los pensamientos de la gente, y sabe que son vanidad, es decir, son algo pasajero como un soplo, como el aire, como el viento que pasa y se pierde en el infinito (v. 11).
El salmista también anuncia la felicidad de la gente de Dios. Aunque no reciban la justicia humana son personas bendecidas por la gracia divina, son hombres y mujeres que reciben y se instruyen en la ley del Señor, y es gente que descansa en los días de aflicción pues no será abandonada ni desamparada por el Señor en el momento de crisis y adversidad. Esa afirmación anuncia el regreso de la justicia y celebra que los rectos de corazón recibirán las manifestaciones de la justicia divina.
vv. 16–21: En esta sección del salmo se afirma la esperanza del poeta. Ante la crisis que se revela por la falta de justicia en los sistemas humanos, el salmista pone en evidencia su esperanza en la intervención divina. Dos preguntas retóricas preparan el ambiente teológico y el mensaje (v. 16). Dios se levantará y apoyará a la gente necesitada de justicia en los momentos de angustia y dolor. En efecto, el salmo afirma la esperanza del pueblo con las referencias a las intervenciones históricas de Dios a favor de su pueblo. La ayuda divina fue la que evitó la muerte o el silencio del pueblo (v. 17) y impidió que su pié resbalara (v. 18); la misericordia del Señor es fuente de sustento (v. 18), y su consolación es fuente de alegría (v. 19). Un Dios que manifiesta esas características morales tan importantes no puede permitir que la injusticia impere y le haga daño a su pueblo (v. 20). ¡La gente justa e inocente tiene una gran fuente de esperanza y seguridad en Dios! (v. 21).
vv. 22–23: El salmo culmina con la descripción del futuro de la gente injusta, y también con el porvenir del pueblo de Dios. Para las personas injustas, que corrompen los sistemas con sus acciones impropias, soberbias y malsanas, el mañana es de iniquidad, maldad y destrucción. Para la gente inocente, que la corrupción de los sistemas les negó la justicia y les trajo dolor y angustia, el futuro es brillante y próspero: ¡El Señor es refugio, roca, confianza y protección!
El tema básico del salmo es la importancia de la justicia, y ese es un tema de gran importancia para las sociedades contemporáneas. Un mundo que está plagado de injusticias e inequidades, necesita un Dios que se especialice en la justicia. Los pueblos que están sumidos en las crisis económicas que han acompañado la humanidad al comenzar el nuevo siglo necesitan apropiarse de teologías que fundamenten la prosperidad y el desarrollo en la justicia. Los hombres y las mujeres que son víctimas de las diversas formas de violencias e injusticias que se manifiestan en la sociedad están preparados para adorar un Dios que tiene como una de sus características básicas la justicia.
Ese mismo tema de la justicia caracterizó el ministerio de Jesús de Nazaret, pues respondió a los reclamos de la gente en necesidad con palabras y acciones liberadoras. De particular importancia en el ministerio de Jesús esta su respuesta a los doctores de la ley, que eran las personas encargadas de la interpretación e implantación de la justicia en la Palestina del primer siglo. Las palabras, los mensajes y las acusaciones del Señor ante las inconsistencias e injusticias de esos doctores de la ley son una buena muestra del compromiso divino con la justicia, que sobrepasa los límites del tiempo y supera las fronteras religiosas (Mt 23:13–16; Mc 12:38–40). En la tradición del Salmo 94, el Señor nunca olvidó ni ignoró la oración de la gente que clama por justicia, que es un derecho humano impostergable dado por Dios (Lc 18:6).

SALMO 95: «CÁNTICO DE ALABANZA Y ADORACIÓN»

Con el Salmo 95 comienza una nueva e importante sección interna del Salterio (Sal 95–100). El tema que une estos seis poemas es la afirmación del Señor como soberano y creador, y también como Dios del pacto con Israel. Aunque provienen de experiencias de adoración, tiempos y autoría diferentes, estos salmos se han unido para adorar al Dios que reina y poner de manifiesto su poder en medio de la historia humana.
La sección comienza con el reconocimiento de Dios como liberador de Egipto (Sal 95), tema que se amplía y desarrolla en el próximo poema para afirmar que el Señor es también creador de los cielos y fuente de toda justicia y verdad (Sal 96). Esos dos temas se desarrollan en el Salmo 97, donde se afirma que Dios es el Ser Supremo y que es fiel, bondadoso y santo. Esos atributos divinos son fuente de alabanza para el pueblo, pues Israel ha recibido la revelación divina para llevarla a toda la tierra (Sal 98). En el próximo poema (Sal 99) el pueblo alaba al Señor porque escogió a Sión como su morada eterna, y hasta los querubines celebran esta iniciativa divina. Finaliza esta sección con el poema clásico de la alabanza y adoración universal, en el cual se distinguen la misericordia y la bondad del Señor (Sal 100). En efecto, Dios es el rey que merece adoración, reconocimiento, alabanza y gratitud.
El Salmo 95 en esa magnífica tradición de alabanzas y adoración al Dios que se manifiesta como rey en medio de la humanidad, el salmista llama insistentemente al pueblo a alabar al Señor, pues la naturaleza de nuestras expresiones cúlticas está íntimamente ligada a las diversas formas de la revelación divina. Los cánticos jubilosos al Dios que es roca revelan las gratitudes del adorador al sentir el poder y la virtud de la salvación divina. Además, el salmo contiene una advertencia contra el desprecio de servirle al Señor, tal como hizo el pueblo de Israel durante la liberación de las tierras de Egipto.
Este poema incluye dos tipos de salmos que se unieron como parte de los festivales anuales del pueblo de Israel. La primera parte (vv. 1–7a) es un claro himno de alabanza, donde se afirma la grandeza y la soberanía del Señor y, además, se invita a la comunidad a incorporarse con cánticos a esa expresión gozosa de gratitud. La sección segunda (vv. 7b–11) es una muy clara y firme denuncia profética, que llama al pueblo a no endurecer el corazón, como sus antepasados en el desierto.
El poema, aunque con el tiempo se relacionó con las celebraciones del sábado, debe asociarse prioritariamente con los festivales del pueblo, particularmente las celebraciones de otoño, donde se afirmaba el reinado y la soberanía del Señor como parte del inicio del nuevo año. El autor debe haber sido un adorador que, en profundo agradecimiento al Señor, llama al pueblo a cantarle al Dios que es roca y salva, y también les recuerda los resultados funestos y adversos de la desobediencia y la rebelión. Quizá esa sea la pista para ubicar este salmo en la época exílica, pues, aunque los temas que se articulan son muy antiguos, esa mezcla de gratitud y amonestación puede ser un indicador de haber pasado por el martirio de la dispersión y la agonía del destierro en Babilonia. El poema no tiene título hebreo.
La estructura literaria del salmo no es compleja y la brinda el cambio temático del poema.

• Himno de alabanzas a Dios: vv. 1–7a
• Denuncia y advertencia profética: vv. 7b–11

vv. 1–7a: La sección inicial del poema es una invitación a la alabanza y un reclamo de adoración. El salmo comienza con un himno alegre y lleno de gozo al Dios que es rey y roca, al Señor que salva y es grande, al soberano entre todas las divinidades, al que tiene el poder sobre las profundidades de la tierra, los montes y el mar. El salmista invita al pueblo a incorporarse a una expresión de alabanza que pone claramente de manifiesto el reconocimiento pleno del Dios que tiene poder absoluto sobre todo lo creado. Las imágenes que utiliza el poeta para incentivar la adoración son importantes: P.ej., la afirmación «Dios es roca que salva», evoca las ideas de seguridad y estabilidad, propicia un ambiente de esperanza y futuro, y celebra sus actos redentores y liberadores.
El salmo comienza con las características típicas de los himnos de alabanzas: una invitación—p.ej., venid, aclamemos alegremente, cantemos, lleguemos ante su presencia—, y la exposición del motivo para la adoración—p.ej., porque el Señor es grande—. El ambiente del poema es de alegría, que puede ser un indicador del contexto festivo del salmo. La lectura del salmo da la impresión que los adoradores están en medio de algún tipo de procesión, que incluye cánticos y contentamientos.
El fundamento teológico de la invitación es la naturaleza de Dios. El salmista ha reconocido que Dios tiene una serie importante de cualidades que son motivo de alegría y seguridad. Afirma con seguridad que su Dios es firme, creador y poderoso. Y ese sentido de confianza, que se hace alegría en el culto, lo motiva a proseguir la invitación y llamar nuevamente al pueblo a adorar, postrarse y arrodillarse ante el Señor, a quien llama «Hacedor» y «nuestro Dios» (vv. 6–7), y de quien se reconoce como «pueblo de su prado y ovejas de su mano» (v. 7).
vv. 7b–11: La respuesta a la invitación a la alabanza de la primera sección del salmo la produce un profeta del culto, que se levanta para advertir al pueblo sobre las consecuencias adversas e indeseables de la infidelidad. Comienza su mensaje de denuncia con la frase «si oyereis hoy su voz», que es una manera solapada de desafiar la actitud del pueblo a obedecer el mandato divino.
El profeta articula, en medio de las celebraciones, una firme denuncia al pueblo que intenta impedir que se repitan las acciones y los errores de los antepasados, que trajeron al pueblo dolor, agonía, derrota, deportación y exilo. El salmista, que hace funciones de profeta en el poema, recuerda las acciones rebeldes del pueblo en la época de la liberación, particularmente en Masah y Meriba (Ex 17:1–7). El pueblo, aunque había experimentado la intervención salvadora del Señor, se rebeló contra el Señor—«me tentaron vuestros padres … «me probaron» (v. 9)—trayendo sobre ellos mismos la muerte y la imposibilidad del ver cumplida la promesa de ver y disfrutar la Tierra Prometida.
¡Las consecuencias de las rebeldías fueron terribles para el pueblo! La respuesta divina a esas actitudes de arrogancia e infidelidad es que no entrarían al reposo divino, que alude al disfrute del cumplimiento de las promesas de Dios. El descanso o reposo es ver logrado el propósito divino en la vida del pueblo. Ese disfrute pleno y grato no se logró, no por la incapacidad o indisposición divina sino por la deslealtad del pueblo, por la rebeldía de los antepasados del pueblo de Israel que prefirieron los caminos de la infidelidad antes de responder con fidelidad, gratitud, firmeza y seguridad a los desafíos y problemas que les presentaba el desierto.
Este poema pone de manifiesto la tensión creadora que existe entre la adoración a Dios y las denuncias proféticas. La adoración debe no solo incluir elementos de gratitud al Señor y exponer con claridad el fundamento de esos agradecimientos, sino que debe incluir elementos educativos que desafíen al pueblo a la fidelidad y el compromiso. Este salmo es un magnífico ejemplo de la importancia de unir el mensaje profético a las celebraciones cúlticas, a los festivales de alabanzas, a los actos de alabanzas y adoración a Dios, pues ese ambiente de recogimiento y espiritualidad es un magnífico entorno para la educación transformadora, que incentiva no solo las devociones sino las demostraciones concretas en la historia de la voluntad redentora del Señor.
Este salmo incluye el tema del descanso como símbolo de la entrada a la Tierra Prometida. El pueblo no «descansó» por la infidelidad y deslealtad, que de forma concreta eran actos concretos de desobediencia al pacto o alianza que había el Señor establecido. La infidelidad fue la cause para que el pueblo no disfrutara el cumplimiento de las promesas divinas.
Sin embargo, en contraposición a la imagen del pueblo infiel el salmo alude a Dios como pastor fiel, que se preocupó por liberar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto para posteriormente guiarlo por el desierto, para finalmente llevarlo a la Tierra Prometida. Aunque una generación no logró ver el cumplimiento de la palabra divina, la generación próxima no solo vio hecha realidad la promesa del Señor sino que participó en las dinámicas de entrada, conquista y asentamiento en Canaán.
En esa extraordinaria tradición de pastor fiel y amoroso se presentó Jesús de Nazaret a su pueblo (Jn 10). Sus mensajes no solo afirmaban la importancia de la adoración y el cultivo de la piedad personal e individual, sino que también enfatizaba las implicaciones proféticas y comunitarias de su palabra desafiante y firme. Por esa capacidad de integración y contextualización, Jesús presentó el mensaje del reino de Dios con autoridad y valentía, denunció tanto las experiencias religiosas superficiales y cautivantes como a los líderes políticos de su época que con sus decisiones y acciones oprimían al pueblo e intentaban detener el paso firme y decidido de la voluntad de Dios en medio de la historia humana.

SALMO 96: «CÁNTICO DE ALABANZA»

El Salmo 96 es un hermoso himno que exalta y afirma la grandeza del Señor, a quien reconoce como rey y soberano. El gran tema del poema es que Dios gobernará al mundo con justicia, que es una particular fuente de esperanza y seguridad en la antigüedad, pues una de las responsabilidades primordiales del monarca era el establecimiento equitativo de la justicia. En este poema se pone claramente de manifiesto el desarrollo teológico del salmista pues incorpora un claro sentimiento universalista, pues el Señor no solo es monarca de Israel sino que también es Dios de todas las naciones.
Este poema, que tiene las características literarias de la tradición de himnos del Salterio, por su temática real se le considera mejor como un salmo de la realeza del Señor, pues incluye la importante afirmación: «El Señor reina» (v. 10). Este salmo, que tiene rasgos parecidos al 98, incluye elementos que también se encuentran en 1 Crónicas 16:23–33. Del género de los himnos este poema utiliza con frecuencia la importancia de la invitación, que se manifiesta de forma imperativa y recurrente—p.ej., cantad (en tres ocasiones), bendecid, anunciad, proclamad, tributad, dad (dos ocasiones), traed, venid, adorad, temed, decid, alégrense, gócese, y regocíjese—. En efecto, es un poema hímnico que afirma la teología de la soberanía y el reinado de Dios no solo en medio de su pueblo sino en todo el mundo. Algunos de esos verbos se relacionan con las alabanzas, otros, sin embargo, destacan varias características divinas, p.ej., la misión, el anuncio profético y los atributos divinos que generan en la gente que adora seguridad, valor y esperanza.
Este tipo de poema presupone un ambiente festivo, algún evento en donde el pueblo se reuniera para celebrar el poder divino, que ciertamente pudo haber sido los festivales del año nuevo en el otoño palestino. Por las referencias solo a Dios como rey, es posiblemente un salmo postexílico, cuando ya la monarquía había perdido su pertinencia histórica, aunque el tema puede venir desde la época promonárquica. El autor debe haber sido un adorador que se allega ante Dios en reconocimiento de su poder y afirma que ese poder divino no está confinado a las fronteras de Israel sino que trasciende los límites nacionales y tiene repercusiones internacionales. Este salmo no tiene título hebreo. La LXX, sin embargo, incluye un título en griego, que ubica el salmo en su contexto litúrgico en la época postexílica: «Cuando la casa fue edificada luego de la cautividad; cántico de David».
La estructura literaria del salmo se revela al identificar los grandes temas que aborda.

• Invitaciones a cantar y bendecir al Señor: vv. 1–6
• Invitaciones a reconocer la gloria y el poder de Dios entre las naciones: vv. 7–10
• Invitaciones a la alegría y al gozo por su poder sobre la naturaleza: vv. 11–13

vv. 1–6: El énfasis del salmo se pone claramente de manifiesto desde el mismo comienzo. El propósito del poeta es invitar al pueblo que está participando de las ceremonias de alabanzas al Dios rey y soberano a que se incorpore al grupo que canta, adora y bendice al Señor. El llamado se dirige de forma figurada a «toda la tierra» (v. 1), que es una manera de destacar la importancia del reclamo. El pueblo de Dios en asamblea es quien recibe la invitación a cantar un cántico nuevo, que es posiblemente el descubrimiento de la universalidad del Señor. Lo novedoso es quizá esa afirmación teológica que sobrepasa las expectativas de la época: Dios es Señor del mundo, de las naciones y del universo. La contribución nueva del cántico es la aceptación del reinado universal de Dios.
Esa característica universal está apoyada por una serie importante de afirmaciones teológicas: su gloria está entre las naciones, sus maravillas entre los pueblos y es temible entre las divinidades; además, el salmista afirma que los dioses de los pueblos son solo ídolos y que el Señor es creador de los cielos. Esas particularidades incentivan la alabanza y la gratitud, pues la magnificencia, el poder y la gloria están en su santuario (v. 6), que es una manera poética de decir que es el Señor del esplendor, la autoridad y la virtud.
vv. 7–10: En la segunda sección del poema continúan las invitaciones. En esta ocasión, sin embargo, se llama a las naciones a unirse a este coro extraordinario de gente que reconoce y celebra la grandeza divina y afirma su poder y autoridad. Inclusive, se invita a las naciones a ofrendar y hasta a reconocer el nombre divino (v. 8) como digno de honra. En ese mismo espíritu, se llama a afirmar la santidad de Dios y a manifestarle temor o reconocimiento de autoridad y poder.
El salmista llama a las naciones a incorporarse al pueblo del pacto, a reconocer la soberanía divina, a aceptar el poder de Dios sobre sus divinidades locales, a participar de los actos de adoración nacional que afirmaban las intervenciones históricas de Dios en medio de las vivencias y vicisitudes del pueblo de Israel. En su teología universalista, el salmista afirma que el Señor no es una divinidad local, nacional, regional, limitada ni impotente. De acuerdo con esta visión teológica ampliada y extensa, el Señor es el Dios del poder y de la gloria, de la honra y de las ofrendas, de la santidad y del temor. En esta visión poética, la tierra, que al comienzo del poema se invita a cantar (v. 1), ahora debe temblar y temer ante el Señor (v. 9).
Toda esta comprensión espiritual amplia y grata de la revelación divina, se fundamenta en la aceptación y reconocimiento del Señor que reina (v. 10). Y ese reconocimiento teológico descubre y celebra que la principal característica del gobierno divino es que le da estabilidad al mundo y que genera ambientes de justicia entre las naciones. La implicación fundamental de la soberanía de Dios es estabilidad y justicia, que son elementos indispensables para la convivencia saludable y justa.
vv. 11–13: La tercera sección del salmo continúa con las invitaciones y añade otros elementos de felicidad, dicha y alegría. En esta ocasión, sin embargo, el gozo no se limita a Israel ni está contenido en las naciones sino que supera los linderos físicos y naturales para llegar a los cielos, la tierra, al mar, los campos, y los árboles del bosque. La invitación del salmista en esta ocasión llega a los diversos sectores de la naturaleza, que recibirá los resultados positivos de la implantación de la justicia divina.
Cuando el Señor reina, las naciones son tratadas con equidad, los pueblos son juzgados con verdad, y el mundo recibirá la justicia. En efecto, los resultados concretos del Señorío de Dios sobre las naciones, la historia y la naturaleza son la armonía, la seguridad, la verdad y la justicia, que constituyen elementos indispensables para la convivencia sana y grata.
El contexto social de este salmo, que presupone reuniones del pueblo, también revela alguna crisis internacional. El llamado a las naciones a reconocer el nombre de Dios, es una forma figurada de responder a alguna dificultad que no está contenida en las fronteras de Israel. La palabra del salmista no solo está ligada a la vida diaria del pueblo sino que toca sus dificultades mayores, tanto nacionales como internacionales. Y esa comprensión del salmo revela que la voluntad de Dios es que las naciones del mundo también disfruten de la paz y la justicia que el Señor ha prometido a su pueblo. En este sentido el salmista tiene un mensaje que supera los límites del tiempo. Dios no solo está interesado en la paz local sino en la internacional, y esa paz que transciende los niveles nacionales no es producto de la violencia sino el resultado de la afirmación de la justicia.
Jesús de Nazaret siguió esa tradición profética del salmo, al enfrentar con valentía a los poderes de su época. Los evangelios muestran cómo el Señor vivió orientado a la justicia, no como disciplina filosófica y especulativa, sino como vivencia grata, como estilo de vida digno. El mensaje de Jesús, como el del salmo, no tiene fronteras nacionales, pues tiene repercusiones internacionales. La justicia divina, en el mensaje del Maestro, genera la paz verdadera que «el mundo no conoce».

SALMO 97: «EL DOMINIO Y EL PODER DE JEHOVÁ»

El Salmo 97 prosigue el tema del reinado de Dios y particularmente desarrolla el pensamiento teológico final del poema anterior (Sal 96). El Señor reina y en la administración justa, verdadera y equitativa de su gobierno, la tierra se regocija y las costas se alegran (v. 1). En efecto, este salmo desarrolla aún más la teología de la soberanía de Dios, que genera, tanto en la tierra como en Sión, respuestas de alegría y felicidad. Además, este salmo abunda aún más en el tema de la inutilidad de los ídolos (v. 7), que ya se había presentado anteriormente (Sal 96:5).
El poema es un himno más que afirma y celebra la realiza del Señor. Como en casos anteriores, el salmo presupone las celebraciones anuales de año nuevo, que eran el contexto adecuado para celebrar la soberanía divina. El tema del reinado de Dios apunta hacia una época postexílica, aunque ya hemos indicado que estos temas son antiguos y pueden venir del período promonárquico. El autor es un adorador que reconoce el poder y la autoridad de Dios no solo en ámbitos nacionales e internacionales sino en el mundo de las religiones y el de la teología. El poema puede ser la respuesta del salmista a algún tipo de conflicto que tenía repercusiones religiosas (v. 9). Este salmo aunque no tiene título hebreo, la LXX añade la referencia: «A David, cuando su mano es establecida».
La estructura literaria del salmo se desprende de la identificación de sus temas básicos y prioritarios.

• Manifestación de Dios como rey universal: vv. 1–6
• Los pueblos contemplan la gloria de Dios: vv. 8–12

vv. 1–6: El salmo comienza con una especie de teofanía, con la descripción de la revelación extraordinaria de Dios. Como respuesta al reinado de Dios, la tierra se regocija y las muchas costas se alegran. Es como si el mundo comprendiera que Dios es el que le brinda estabilidad y futuro con su administración justa. El poema presenta al Señor rodeado de esplendor: las nubes y la oscuridad le rodean, y el fundamento de su trono es la justicia y el juicio. Es una manifestación extraordinaria de la gloria divina que incluye el fuego de su ira que destruye a los enemigos, y una serie de relámpagos que iluminan al mundo. Ante tal manifestación de poder, la tierra se estremeció y los montes se derritieron. En efecto, la presencia divina conmueve hasta los cimientos del mundo y hace que los pueblos puedan ver y disfrutar la gloria del Señor.
Las imágenes del salmo son magníficas, reveladoras. Las tinieblas, las nubes, el fuego y los relámpagos se pueden relacionar con las tormentas. El movimiento de la tierra alude a algún terremoto o temblor. Y la referencia a que los montes se derriten puede asociarse a los volcanes. En efecto, el salmista utiliza el símbolo de los cataclismos naturales para poner de manifiesto el poder de la gloria de Dios. ¡Toda la creación reacciona a su particular modo ante la revelación divina! La tierra se regocija, las costas se alegran, el fuego devorará a los enemigos, y los relámpagos iluminarán el camino. Toda esta teofanía, que se puede relacionarse con la revelación divina a Moisés en el Monte Sinaí, declara el poder de Dios que se manifiesta en el mundo con justicia, esplendor y gloria.
vv. 7–12: En esta sección el poeta continúa el tema de la gloria divina. Y para unir las dos partes del salmo, se incluye una advertencia a la gente que sirve a los ídolos. Solo un Dios creador merece la alabanza del pueblo. Únicamente el Señor que es rey merece la adoración de las naciones. Se contrapone de esta forma la actitud de la gente que adora los ídolos, que deben avergonzarse, y el pueblo que se alegra con el Dios verdadero. De un lado está la impotencia de las divinidades locales, y del otro el poder excelso del Dios que estableció su trono en Sión (v. 8).
El mensaje final del salmo tiene algunas repercusiones sapienciales y varios valores éticos de gran importancia moral y educativa. La gente que ama al Señor que es rey y afirma la justicia debe apartarse del mal. La gloria divina que se pone de manifiesto en el salmo viene para ayudar a los hombres y las mujeres que adoran a descubrir y afirmar las implicaciones concretas de la presencia del Señor. Las personas que reciben la gloria del Señor reciben la protección divina (v. 10) y viven con alegría (v. 11). De esta manera el salmista identifica algunas virtudes asociadas al compromiso con los valores que se relacionan con la gloria del Señor. Para finalizar el poema, el salmista traduce las virtudes teológicas de la revelación de Dios a las experiencias cotidianas del pueblo. En efecto, la justicia de Dios tiene implicaciones reales e inmediatas en el comportamiento humano.
Una vez más el Salterio toca el tema de la soberanía y el reinado de Dios. Éste ciertamente no es un tema secundario en la teología bíblica. En efecto, la justicia es una de las características básicas del Dios bíblico. El Dios que es rey cumple sus funciones soberanas con justicia. Y este tema, que también caracterizó el ministerio de Jesús y los apóstoles, tiene gran espacio para su actualización en las sociedades actuales, tan llenas de leyes y tan faltas de justicia. Por esa razón, el Señor anunciaba el reino de Dios y su justicia, pues la implantación del reino de Dios es una manera de establecer la justicia en medio de la humanidad.

LIBRO CUARTO: SALMOS 90-106

                                             

SALMO 98: «ALABANZA POR LA JUSTICIA DE DIOS»

El Salmo 98 prosigue el tema de la soberanía de Dios y reafirma al Señor como rey. El poema manifiesta varias similitudes con el Salmo 96, que revela las relaciones literarias y temáticas de esta sección del Salterio. Una de las diferencias básicas, sin embargo, es que consiste casi en su totalidad en expresiones de alabanzas e invitaciones a la adoración. Ya los ídolos y los enemigos han cedido ante las intervenciones redentoras de Dios, y el poeta invita al pueblo, a las naciones y a la naturaleza a expresar sus alabanzas y gratitud con gozo. Los temas que el salmo expone son particularmente característicos de la segunda sección del libro de Isaías (Is 40–55).
Como en el resto de esta sección, este salmo es un himno al Dios rey, una alabanza al Señor que ejerce su función de monarca con soberanía y justicia. Su autor debe haber sido un israelita que responde con gratitud a la liberación de Babilonia descritas como «las maravillas de Dios» (v. 1), e invita a la alabanza de forma progresiva. El poema revela una vez más la teología universalista de la época postexílica, al incorporar a las naciones y la creación en las invitaciones a los cánticos. Posiblemente el contexto inicial del salmo se descubre en los festivales anuales del pueblo—¡quizá la fiesta de los tabernáculos!—, en los cuales se aludía con gratitud y alabanzas a la soberanía del Dios que es rey. El título hebreo es «Salmo», y la LXX le añade «a David», para ubicarlo en la antigua tradición del famoso monarca del pueblo (véase la Introducción).
La estructura literaria del poema se desprende del análisis temático y de la repetición de algunas expresiones de importancia teológica.

• Invitación a la alabanza a los fieles: vv. 1–3
• Invitación a la alabanza a toda la tierra: vv. 4–6
• Invitación a la alabanza a la creación: vv. 7–9

vv. 1–3: El tema fundamental y prioritario del salmo es una clara invitación a la alabanza que se fundamenta en las intervenciones salvadoras del Señor (véase Sal 96:3, 13), que el poema describe como «maravillas» (v. 1), y que también se relaciona con el establecimiento e inauguración del reinado justo de Dios (v. 9). En este poema, sin embargo, le añade a la invitación el reclamo de «un nuevo cántico», que es un elemento novel, especial y adicional a la alabanza y a la gratitud: La diestra salvadora y el santo brazo redentor de Dios, que son metáforas tradicionales de poder, autoridad y victoria (Sal 20:7; 21:9; 44:4; 118:15–16; Ex 15:6; Is 59:6; 63:5).
El poema no identifica con precisión la referencia histórica de esas maravillas o actos redentores. Puede que el poeta tuviera en mente las antiguas manifestaciones del Señor a favor de Israel que se relacionan con la liberación de Egipto, o es muy probable que el contexto real sea el regreso de los deportados a Jerusalén, luego del exilio en Babilonia. Algunos estudiosos inclusive han visto en la referencia a las «maravillas de Dios» alusiones a la salvación escatológica.
La salvación que produce el brazo y la mano de Dios se relaciona principalmente con los grandes temas bíblicos, que caracterizan su más íntima y grata naturaleza: justicia, misericordia y verdad. Esos tres valores hacen que las naciones y todos los términos de la tierra reconozcan con sabiduría y humildad lo que ha hecho el Señor con su pueblo, Israel.
vv. 4–6: El tema de la alabanza se mueve del pueblo a las naciones, va de lo local a lo mundial. Toda la tierra debe cantar alegre, levantar la voz de regocijo, aplaudir y entonar salmos. La alabanza de toda la tierra incorpora una serie de instrumentos musicales que complementan las expresiones de gratitud y reconocimiento: ¡Arpas, trompetas y bocinas! La idea es poner claramente de manifiesto la alegría, el contentamiento, la algarabía, el regocijo que se relaciona con las manifestaciones divinas.
En efecto, ante el Dios rey no solo Israel sino las naciones todas se allegan con alegría. El testimonio de la salvación que le brinda a Israel el Señor se presenta como motivo para la alabanza de las naciones (v. 2).
vv. 7–9: La sección final del poema se mueve del nivel nacional e internacional al mundo general de la naturaleza. Se unen a las voces que alaban al Señor los siguientes personajes figurados: El mar que brama y su plenitud, el mundo y sus habitantes, los ríos que aplauden y los montes que se alegran. En efecto, es una manifestación total de contentamiento que se presenta ante el Dios que llega al mundo para establecer la justicia, para juzgar con equidad y rectitud. La alegría se fundamenta en las intervenciones justas de Dios, que son también expresiones maravillosas de su naturaleza. El poema demuestra que esas manifestaciones justas del Señor se basan en el amor y la fidelidad que le muestra a su pueblo.
Este salmo presenta una cierta tensión entre el Dios nacional y el que no está cautivo en las fronteras nacionales. El universalismo religioso toma dimensión nueva pues se manifiesta en el poema un movimiento importante de Israel a las naciones. La revelación a Israel se utiliza como elemento motivador a las naciones y los pueblos del mundo. El poema pone de relieve un deseo de llegar a la humanidad con las maravillas divinas para que la justicia también llegue a las naciones. El salmo revela de forma sutil en su espíritu universal el deseo divino de llegar a todas las naciones con el mensaje de salvación, descrito como maravilla, que es una manera bíblica de afirmar la implantación de la justicia.
Esa dimensión internacional de la voluntad de Dios se hizo realidad con el ministerio de Jesús y con el nacimiento y desarrollo de la iglesia cristiana. Desde muy temprano en la redacción del Nuevo Testamento se comprendió y destacó esa dimensión mundial e internacional del evangelio de Cristo, pues el mensaje apostólico no se confinó a Jerusalén ni a los pueblos de Judá, sino que llegó ¡a los confines de la tierra! De la misma forma que las intervenciones maravillosas de Dios con Israel son testimonio a las naciones, la humanidad completa debe ver las buenas obras de los creyentes en Cristo para que puedan reconocer, apreciar y dar gloria a Dios (Mt 5:16).

SALMO 99: «FIDELIDAD DE JEHOVÁ PARA CON ISRAEL»

Con el Salmo 99 finaliza esta breve sección de poemas dedicados a la realeza de Dios. Son himnos que celebran la soberanía divina y que ponen claramente de manifiesto la importancia de la justicia y la verdad en la administración del rey eterno. Este salmo, aunque destaca el tema de la misericordia divina, continúa y desarrolla los temas básicos de los poemas anteriores (Sal 96–98): el reinado del Señor, su poder centrado en Sión, su compromiso con la justicia, y la revelación histórica de su naturaleza y sus maravillas. Además, este salmo añade un nuevo elemento literario y temático de gran importancia teológica y práctica: Dios es santo.
Como en los poemas anteriores, este salmo es un himno al Dios rey que debe ser producto del período postexílico. Igualmente su contexto básico deben haber sido las fiestas anuales del pueblo, particularmente las del nuevo año, que celebraban la soberanía del Señor y su poder extraordinario. El autor debe haber sido, como en los casos anteriores, algún israelita que entiende que la monarquía pasó a ser parte de la historia antigua del pueblo al reconocer las realidades políticas y sociales de Judá luego del exilio. Y aunque el salmo no tiene título hebreo, la LXX incorpora la expresión «salmo de David», para ubicar el poema en esa importante tradición del Salterio (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo puede entenderse de forma doble. La primera estructura divide el poema en tres secciones primarias, identificables claramente por la expresión «El es santo» (vv. 3, 5, 9). Una segunda estructura literaria analiza el salmo en dos partes principales, pues identifica otro posible estribillo en la oración «Exaltad a Jehová, nuestro Dios» (vv. 5, 9).

• El Señor es rey en Sión sobre los pueblos: vv. 1–4
• Exaltación del Señor: Estribillo: v. 5
• El Señor responde al clamor: vv. 6–8
• Exaltación del Señor: Estribillo: v. 9

vv. 1–4: El salmo comienza con la expresión teológica que caracteriza esta sección, que es una proclamación solemne de la majestad divina: El Señor es rey, y ante su soberanía extraordinaria los pueblos tiemblan. El tema del reinado divino se expande para indicar que su trono se establece sobre los querubines, que es una posible alusión al Arca del pacto, y está ubicado en Sión, que es una referencia poética a la ciudad de Jerusalén. Ante esa presencia majestuosa de Dios, que se describe como grande y temible, la tierra se conmueve y los pueblos se exaltan. El Dios monarca y soberano, que establece pactos con su pueblo y selecciona a Sión para morar, manifiesta su extraordinario poder y las naciones todas lo reconocen con admiración.
En efecto, el poder divino se manifiesta de manera internacional para poner de manifiesto su justicia, rectitud y santidad, tres elementos indispensables para comprender la naturaleza divina y el poder relacionado con su nombre, que en la antigüedad era una referencia a su esencia más íntima y característica. Es importante señalar que el tema de la santidad se repite en tres ocasiones (vv. 3, 5, 9), y se debe asociar tanto con la realeza del Señor como con su justicia. El poema identifica al pueblo como Jacob (v. 4), que evoca las gestas antiguas de liberación, que alude a las intervenciones salvadoras de Dios a través de la historia nacional, particularmente en sus comienzos.
vv. 5, 9: Estos versículos, que son muy parecidos, funcionan como estribillo temático del salmo para destacar la importancia de las alabanzas, la exaltación y la humillación ante el Dios santo. La frase poética «el estrado de sus pies» (v. 5) se convierte y actualiza en el «santo monte» (v. 9), que alude a Sión, para darle al salmo dimensión histórica y concreta.
vv. 6–8: La segunda sección del poema desarrolla y profundiza los temas que se han expuesto en la primera parte del salmo. La naturaleza real, justa y santa del Señor se hace historia, y la soberanía divina se concretiza con la referencia a varios personajes de gran importancia teológica en la historia nacional. El salmo presenta a Moisés y Aarón, identificados como sacerdotes (v. 6), y a Samuel como ejemplos de personas que interceden ante Dios con éxito, pues son buenos testimonios de fidelidad. Dios respondía a sus plegarias por su naturaleza perdonadora y por retribución a sus vidas de lealtad.
De acuerdo con el salmo, la misión del Dios monarca, que ahora se identifica con un sentido de intimidad y pertenencia como «nuestro» (v. 8), es responder al clamor del pueblo (vv. 6, 8), hablar con la gente que intercede (v. 7), y castigar o perdonar las acciones de la comunidad, según sea el caso (v. 8). Ese diálogo íntimo entre el Señor y la gente intercesora pone de manifiesto una interesante dinámica de acción y reacción que transmite gran validez y pertinencia teológica al poema: Ante la acción justa y santa del Dios rey, los pueblos reaccionan y tiemblan; y cuando se sienta a gobernar sobre los querubines, la tierra reacciona con estremecimientos.
Como en los salmos anteriores, los temas del señorío, soberanía y realeza de Dios se entrelazan para describir no solo la naturaleza santa de Dios sino para poner en evidencia sus acciones redentoras en la historia. El Dios que reina con poder y autoridad, ama la rectitud, afirma el derecho, administra la justicia, y apoya el juicio. De acuerdo con el salmo, la realeza divina está inseparablemente unida a la justicia y la santidad, que son sus características morales más importantes. A través de algunas personas, que se identifican por su espíritu de oración e intercesión, el Señor soberano establece diálogos con la humanidad que contribuyen de manera destacada y positiva al reconocimiento de su poder salvador. Y en ese esfuerzo heroico por establecer la justicia en el mundo, el Señor requiere aliados, tanto individuales como nacionales.
En este sentido, Jesús vivió a la altura ética que demanda este poema. Unió los temas de la salvación al de la justicia y la santidad, pues en su estilo de vida y enseñanzas afirmaba la importancia de la fidelidad a Dios y la necesidad del compañerismo y la solidaridad humana. No se amilanó el Señor ante los reclamos malsanos y egoístas de las autoridades religiosas y políticas de su época, sino que les confrontó con autoridad, les desafió con firmeza y le llamó con valor para destacar y articular las implicaciones liberadoras de las experiencias religiosas saludables, redentoras y gratas.
Jesús de Nazaret vivió hasta las últimas consecuencias las implicaciones de ese estilo de vida justo, santo y real, que se revela en el salmo. No detuvo su caminar profético y desorientó su palabra transformadora las amenazas de las autoridades, ni el rechazo de los sectores religiosos, ni el temor o la negación de sus amigos, ni la traición cobarde de algún colaborador, ni la cruz, ni la muerte.

SALMO 100: «EXHORTACIÓN A LA GRATITUD»

El Salmo 100 es una especie de continuación del grupo anterior de poemas (p.ej., a la sección Sal 96–99 ó 95–99 ó 90–99) que pone en clara evidencia la confianza en el Señor como soberano absoluto de la tierra. El poema es una gran exhortación a la alabanza, es un buen llamado a la gratitud, es un reclamo decidido de fidelidad a Dios. ¡Abundan los imperativos y las invitaciones! El poema culmina elocuentemente la sección de la realeza divina, y destaca tres de las características fundamentales e indispensables del Dios que es rey: La bondad, la misericordia y la verdad divinas, que se manifiestan con virtud singular y pertinencia a través de las generaciones.
Este salmo es un himno de alabanzas que invita a toda la tierra, y particularmente al pueblo de Dios, a alabar y bendecir al único Dios. Comunica su mensaje a través de una serie de imperativos que subrayan la urgencia y necesidad de las alabanzas y el reconocimiento del Señor. Posiblemente su entorno o contexto inicial es la entrada del Templo de Jerusalén, en el momento de comenzar alguna procesión o desfile de entrada al santuario. El pueblo se allegaba a las puertas del Templo para participar de la ceremonia, que incluía el recitar o el cantar este salmo, o de un salmo más extenso del cual se canonizó solo la sección que se incluye en el Salmo 100. Era, en efecto, un culto de acción de gracias que incluía sacrificios (Lev 7:12–15). El autor debe se un israelita que participaba de este tipo de ceremonias de gratitud a Dios. Es posible también que este salmo fuera utilizado en ceremonias privadas para expresarle a Dios los sentimientos más hondos de alguna persona agradecida.
La identificación de la fecha de composición es una tarea muy compleja. La realidad es que el poema es corto y de su lenguaje no se pueden deducir fechas precisas de composición. El momento de la celebración presupone la existencia del Templo, aunque no se puede determinar con exactitud si alude a la estructura religiosa que existía antes del 587 a.C., o al Segundo tempo, que se reedificó luego del 515 a.C. Es probable que el poema sea preexílico, aunque su ubicación actual en el Salterio responde a las prioridades teológicas de las personas que editaron los Salmos luego del período del destierro en Babilonia. El título hebreo de este poema revela su característica literaria básica, pues lo identifica como «Salmo de alabanza» (véase la Introducción).
Por su brevedad, la estructura literaria se puede relacionar con la identificación de los temas de importancia, que transmiten un sentido de prontitud, urgencia e intensidad.

• Llamado a la alabanza divina: vv. 1–3
• Llamado al reconocimiento de Dios: vv. 4–5

vv. 1–3: La primera sección del salmo transmite cuatro invitaciones directas a «los habitantes de toda la tierra». Les llama a cantar con alegría, a servir con gozo, a venir con regocijo, y a reconocer con humildad que solo el Señor es Dios. Ese Dios que inspira al salmista es creador, y su pueblo es como el rebaño que está guiado y conducido por el Señor, que también es el pastor que cuida a sus ovejas, imagen que pone claramente de manifiesto las ideas de seguridad, albergue y protección. El llamado se transmite en forma de órdenes, de manera directa, firme y clara. El ambiente del salmo es de fiesta y celebración.
vv. 4–5: La segunda parte de este breve pero muy popular salmo añade nuevos niveles de urgencia y revela nuevas invitaciones. Se llama al pueblo a entrar a los atrios del Templo con gratitud, con alabanzas, con bendiciones, tres imperativos que complementan el mensaje que ya se ponía de manifiesto en la primera sección del salmo. El énfasis teológico en el tema de la gratitud identifica el contexto litúrgico del salmo en un acto de acción de gracias en el Templo. La referencia y la imagen de la entrada al Templo puede ser una alusión poética al peregrinar de los pastores con sus rebaños por los desiertos palestinos.
El salmo finaliza con vigor y autoridad. La invitación urgente se fundamenta en la naturaleza de Dios, que según el poema se relaciona con la bondad, la misericordia y la verdad. En efecto, el Señor es bueno y misericordioso, y su verdad se manifiesta a través de los siglos. Esas declaraciones no solo ponen punto final a este poema sino a la sección anterior. Las características divinas que permiten distinguir al Dios de Israel de las divinidades locales y de las deidades paganas se relacionan fundamentalmente con las dimensiones éticas y morales de su naturaleza. El salmista llama a la gratitud y al reconocimiento del Dios que soberano que manifiesta su soberanía y poder mediante la afirmación concreta de la justicia.
De acuerdo con el Evangelio de Juan, Jesús encarnó los valores divinos que se revelan en este tan famoso salmo. El Señor es la manifestación concreta y real del amor y la misericordia de Dios (Jn 1:17), que apoya y afirma a los sectores sociales que necesitan la intervención liberadora y la justicia divina. En su mensaje, el Señor enseñó la importancia de tener un solo Dios, y afirmó en su oración modelo que una de las características divinas más importantes era su sentido de paternidad (Mt 6:7–13), que revelaba su deseo de cercanía e intimidad con la humanidad. Además, la bondad divina la puso por obra a través de sus acciones milagrosas, que tenían el propósito específico de revelar la misericordia divina y de anticipar la llegada del reino donde imperará la justicia y la equidad.

SALMO 101: «PROMESA DE VIVIR RECTAMENTE»

El Salmo 101 es una especie de compromiso programático y moral de un rey que decide vivir en integridad, que significa en el poema actuar de acuerdo con los principios divinos que se desprenden de la misericordia y la justicia. El salmo es como una declaración de propósitos que describe sus planes de vida y de conducta. El poema presupone que es la oración o el discurso de algún rey en medio de una ceremonia solemne, en la cual se compromete ante Dios y el pueblo, y se reafirma en los valores morales que deben fundamentar y guiar su programa de gobierno y su administración pública.
Aunque no se identifica de forma explícita la figura del monarca, este es evidentemente un salmo real que comienza con una particular afirmación hímnica. Posiblemente su contexto básico es alguna ceremonia particular en la fiesta nacional de entronización del rey o en la celebración anual de su reinado. En ese acto solemne, el rey se presentaba ante Dios y el pueblo para poner de manifiesto el fundamento moral y programático de su programa gubernamental. El salmo es de la época monárquica, quizá de un período temprano pues presenta el ideal de la monarquía, que no necesariamente se llevó a efecto en la práctica de los gobernantes. El autor del salmo es el mismo rey o alguien que escribió el texto para que el monarca lo presentara en la ceremonia. El título hebreo indica que el poema es un salmo y lo asocia directamente con el rey David (véase la Introducción).
Aunque es complicada, la estructura que puede servir de apoyo a nuestro análisis se desprende de la identificación de algunos de los valores éticos que el salmo articula y afirma.

• Invocación hímnica: v. 1
• Normas para la administración íntegra y justa: vv. 2–7
• Compromiso para eliminar la impiedad y la iniquidad: v. 8

v. 1: La primera expresión del salmo es un deseo claro y directo de alabar al Señor. El salmista canta al Señor para poner de manifiesto los valores divinos que inspiran no solo su alabanza inmediata sino sus planes de gobierno: ¡La misericordia y el juicio divino! En efecto, las fuerzas que incentivan los cánticos del salmista y monarca son los valores divinos que hacen que las sociedades puedan vivir en armonía y paz. De acuerdo con el salmista, se necesitan esos fundamentos éticos, apropiados y válidos para administrar la justicia en el pueblo de Dios con equidad. El resto del salmo desarrolla las ideas básicas que aquí se exponen.
vv. 2–3a: Luego de la introducción, donde se menciona únicamente a Dios de forma explícita en el salmo (v. 1), se muestra lo que el rey y también las autoridades políticas del pueblo hacen o deben hacer, para traducir los valores teológicos de la misericordia y la justicia de forma concreta y real en la sociedad.
La primera característica para vivir a la altura de los reclamos divinos es integridad, que no es otra cosa que la correspondencia directa entre los valores éticos y el comportamiento y las decisiones diarias. Tanto el rey como el pueblo deben vivir con integridad para poder entender «el camino de la perfección» (v. 2), que es una expresión figurada hebrea que apunta hacia la honestidad, la decencia, la justicia y el amor. Ese estilo de vida íntegro le permite al monarca rechazar con firmeza las injusticias y, además, le ayuda a aborrecer a quienes se desvían de los principios morales de bondad que deben caracterizar su administración.
vv. 3b–7: En efecto, es la integridad el valor que capacita al rey y le permite rechazar al corazón perverso y desconocer a la gente malvada. Además, es esa misma integridad el principio ético que le mueve a destruir a las personas que infaman y difaman al prójimo, el poder que le permite el rechazo a las personas altaneras y vanidosas y el compromiso para impedir el fraude y contrarrestar a las personas mentirosas. De esta forma el salmista identifica las actitudes y los comportamientos que promueven el desasosiego y la disensión.
v. 6: En esta sección del salmo se identifica con seguridad el tipo de persona que necesita el rey para servir con efectividad y llevar a efecto su programa de integridad y justicia. Tanto Dios como el rey ponen sus ojos en la gente fiel, en las personas leales, en los hombres y mujeres que caminan los senderos de la integridad, aludidos en el salmo como «perfección».
v. 8: El poema finaliza con el programa que traerá la justicia a la ciudad: destruir a la gente impía y exterminar a las personas inicuas.
Este salmo casi no habla de Dios, ¡solo lo menciona una vez! (v. 1), sin embargo, pone claramente en evidencia los valores que se desprenden de una teología saludable. De particular importancia es el tema de la integridad que el poema asocia al comportamiento del rey. En efecto, para el salmista, la característica ética indispensable para llevar a cabo una administración pública saludable y justa, es la integridad. Ese valor describe a las personas que actúan de acuerdo a los principios y valores morales de justicia, equidad, misericordia y amor. Esa correspondencia cercana entre los que se dice y lo que se hace pone de relieve la integridad.
Ese principio ético, que es absolutamente necesario en la administración política de todos los tiempos, está muchas veces ausente en los gobiernos contemporáneos. En la actualidad, no es la integridad el valor ético primordial que gobierna los procesos internos de las naciones sino la conveniencia, que es un valor moral relativamente pobre pues no es estable y firme para sostener principios tan importantes como el de la justicia.
Un modelo adecuado de integridad personal nos lo brinda el estilo de vida de Jesús, que fundamentó su mensaje en la voluntad de Dios y lo anunció a los sectores más necesitados y marginados de la sociedad. La palabra liberadora del Señor no se amilanaba ante las amenazas de los poderes políticos y religiosos de la época, pues entendía que el valor de la integridad era más importante que la adulación irresponsable de las masas. Enfrentó el Señor la cruz y la crucifixión con valor y seguridad, porque entendía que la gente que vive en integridad, es decir, a la altura de los valores éticos que se desprenden de la voluntad de Dios, no se detiene ante la adversidad, ante la posibilidad de derrota, ni ante la muerte.
En efecto, el modelo de rey ideal que se revela en el salmo, para la iglesia cristiana y los creyentes, llegó a su máxima expresión en la vida y obra de Jesús de Nazaret, que es el Mesías. El Señor tradujo los valores principales del salmo, la justicia, la rectitud y la integridad, a las vivencias diarias del pueblo. Para el famoso predicador palestino, esos principios no son expresiones filosóficas que pueden halagar la musicalidad de algún oído sino los principios guías para la convivencia saludable y sana en las comunidades.

SALMO 102: «ORACIÓN DE UN AFLIGIDO»

El Salmo 102 presenta un clamor intenso que tiene dos orígenes básicos: En primer lugar, el poema alude a su situación personal, a su sufrimiento individual, a su particular congoja; también el salmo presenta la crisis de Sión o la ciudad de Jerusalén que aumenta el dolor en el adorador penitente. Fundamentado en el gran drama de crisis que se revela en el poema el salmista se allega ante Dios con humildad para implorar su misericordia y para pedir su favor.
El género literario de este salmo es el de las súplicas individuales que responde a una grave crisis personal y nacional. En medio de sus dolores, preocupaciones y aflicciones, el salmista reconoce en Dios la fuente de su esperanza y presenta esta oración para solicitar la intervención restauradora y liberadora del Señor. Solo supera su dolor su sentido de esperanza que se muestra con claridad en el salmo. La unidad del salmo proviene de la continuidad de su dolor, tanto personal como nacional.
El contexto inicial y básico del salmo lo revelan las dos crisis y adversidades que afectan al poeta. En primer lugar, el salmista está enfermo, pues tiene fiebre (v. 3), ha perdido el apetito y el sueño (v. 7), está débil (v. 23), y piensa que la muerte está cerca (v. 24). Y a esa tensión personal, se une la crisis nacional que pone de relieve la destrucción de la ciudad (v. 14), y alude, inclusive, a cautiverios y presos (v. 20). Quizá la crisis personal de salud está relacionada con la destrucción de Sión; es posible que las calamidades individuales que provocan ira y rechazo en la comunidad sean producto de la derrota nacional. Esta oración la hacían las personas enfermas que se allegaban al templo a presentar sus casos ante el Señor y los sacerdotes, aunque también podía ser leída en medio de alguna calamidad nacional que tuviera repercusiones personales. Y aunque en muy difícil precisar con exactitud la fecha de composición del salmo, la naturaleza del clamor por la destrucción de la ciudad y el amor que le tiene el salmista a sus piedras (v. 14), puede ser un indicio de que se trate de la crisis que generó la derrota de Judá frente a los implacables ejércitos babilónicos y su posterior deportación (587/6 a.C.). El título hebreo del salmo transmite con claridad las preocupaciones más serias de salud, los sufrimientos y las angustias personales, y también la humildad y el lamento del poeta: «Oración del que sufre, cuando está angustiado, y delante de Jehová derrama su lamento» (véase la Introducción).
La estructura literaria de este salmo se desprende de la identificación de los dos temas básicos de forma alternada: la salud física y la crisis nacional.

• Oración de una persona enferma: vv. 1–11
• Destrucción de la ciudad: vv. 12–23
• Fragilidad de la persona enferma y débil: vv. 24–27
• Restauración de la ciudad: v. 28

vv. 1–11: El salmo comienza con un sentido profundo de urgencia que se manifiesta en la súplica, el clamor, la angustia y la invocación del poeta. En efecto, la primera impresión e introducción de la oración transmite un sentido hondo de crisis que prepara adecuadamente el camino para la descripción de las adversidades y los dolores del salmista. Esa grave calamidad personal requiere la respuesta divina; ese dolor físico necesita la intervención del Señor.
La situación del salmista es crítica: lo hiere la enfermedad, lo afecta la soledad, le angustia el acoso de la comunidad y mortifican las injurias de sus enemigos. Es un ambiente físico y psicológico de dolor y preocupación, es una dinámica de insanidad física y emocional. La realidad del poeta es de desolación y desesperanza, pues su comunicación da la impresión que va el proceso de debilitamiento: sus días se consumen, sus huesos se queman, el corazón se seca; y, además, se siente solo y sus días son como sombras. Las imágenes que utiliza el poeta ponen de relieve con nitidez la gravedad de su situación y manifiestan su estado anímico: Los pelícanos del desierto, el búho de las soledades y el pájaro solitario son imágenes de soledad y desolación, que destacan las ideas de caducidad y fragilidad humana.
vv. 12–22: La segunda parte del poema prosigue con la descripción del dolor y reafirma sus preocupaciones, aunque desarrolla el tema desde otra perspectiva. Fundamentado en la eternidad y la fama del Señor (v. 12), el salmista presenta la destrucción de la ciudad de Sión, que debería ser protegida y liberada por ser la morada de Dios. La reacción del salmista, que presentaba su dolor personal, aumenta a niveles magnos y solo tiene fuerzas para implorar la misericordia divina, es hora de manifestar piedad, es momento para demostrar amor (v. 13). Esa ciudad representa la presencia misma de Dios y el pueblo ama hasta sus piedras y el polvo de sus calles (v. 14).
El salmista, aunque no entiende a cabalidad lo que ha sucedido, espera la intervención restauradora del Señor y confía en la adecuada y pertinente respuesta divina. Su esperanza se fundamenta principalmente en los recuerdos de las intervenciones salvadoras del Señor a través de la historia: ¡Las naciones y los reyes reconocerán el nombre y la gloria de Dios! El nombre alude a la naturaleza santa y justa, y la gloria a su poder transformador. Su esperanza está en el Dios que tiene el poder de reconstruir la ciudad y hacer que los pueblos de la tierra le sirvan al Señor.
vv. 23–27: Esta sección del salmo se puede relacionar con la primera parte (vv. 1–11). El salmista se siente débil, sin fuerzas y moribundo, y compara su condición frágil con el poder y la eternidad divina. Mientras los días del salmista se acortan, Dios fundó la tierra desde el principio (v. 25); además, los enemigos envejecerán pero el Señor permanecerá para siempre, pues es el mismo y sus años no acabarán (v. 27). En efecto, la fragilidad humana se contrapone a la grandeza divina, y esa convicción es fuente de esperanza y seguridad para el poeta.
v. 28: Culmina el poema con una muy seria afirmación de fe. La conclusión de la oración es que las generaciones futuras vivirán seguras delante de la presencia del Señor. El presente del salmista es de enfermedad y dolor, la realidad de la ciudad es de destrucción y angustia, pero el Dios eterno intervendrá de forma transformadora para cambiar las calamidades personales y crisis nacionales en un futuro de esperanza y seguridad. La última palabra del salmo no es de enfermedad y muerte sino de seguridad y estabilidad.
Este salmo que está saturado de lirismo y gran belleza literaria pone de relieve dos temas fundamentales en la teología: la fragilidad humana y la eternidad de Dios. Con gran maestría poética, el salmista presenta estos temas desde la perspectiva de la salud física y del bienestar político y social de la ciudad. El ser humano y sus vivencias son temporales; Dios, sin embargo, es permanente, sólido, eterno, estable, seguro y firme. El Dios de las Escrituras está tan interesado en el individuo como en la comunidad.
En la Epístola a los hebreos (Heb 1:10–12) se alude a este salmo (102:25–27) cuando se afirma la superioridad de Cristo sobre los ángeles, pues el Señor es el eterno Hijo de Dios. Esa importante afirmación teológica destaca una vez más el tema de la eternidad de Dios, que, para las iglesias cristianas, en la resurrección de Cristo se pone disponible para los creyentes. El Dios eterno y estable se manifiesta en medio de las vivencias humanas para, como indica el salmo, restaurar la ciudad de Sión, que puede ser símbolo de las iglesias y los creyentes que deben ser restaurados continuamente.

SALMO 103: «ALABANZA POR LAS BENDICIONES DE DIOS»

El Salmo 103 es un hermoso y popular himno de alabanzas que manifiesta ante el Señor el profundo agradecimiento por todos los beneficios recibidos, y comienza una breve sección de poemas de gratitud y bendición (Sal 103–107). El salmista inicia con una manifestación personal e íntima de gratitud, prosigue con el agradecimiento decidido y explícito del pueblo, y llega hasta una magna expresión cósmica de alabanzas, que pone claramente de relieve las diversas respuestas a las acciones maravillosas y liberadoras de Dios. La expresión de gratitud personal del poeta es fortalecida por el reconocimiento de las acciones misericordiosas del Señor en medio de la historia humana.
En el poema, el salmista enfatiza con gran capacidad literaria el tema de la misericordia y la compasión de Dios (vv. 4, 8, 11, 13), destaca la actitud humana ante las iniciativas divinas (vv. 11, 13, 17), y también afirma la importancia del recuerdo—tanto de Dios (v. 14) como de la gente (v. 18)—. Los Salmos 103 y 104 tienen el tema de la alabanza en común: El primero bendice al Señor por las obras de redención, y el segundo, por la creación. El título hebreo del salmo lo relaciona directamente con David (véase la Introducción).
El género literario del salmo es principalmente un himno o cántico individual de alabanza que revela claramente los sentimientos más hondos de una persona agradecida por la sanidad individual (v. 3), y también por la liberación y redención nacional del pueblo (vv. 7–8). A esa expresión sincera de gratitud el poeta le incorpora las bendiciones que le brindan las huestes angelicales (v. 20) y las obras de la creación (v. 22). Posiblemente el poema proviene de la época postexílica, pues el análisis interno identifica algunas palabras que incorporan influencias arameas (v. 20), además, los temas expuestos son similares a los que se incluyen en la segunda sección del libro del profeta Isaías (véase Is 40:6–8 y Sal 103:15–16; Is 57:16 y Sal 103:9) que se redactó finalmente luego de la deportación a Babilonia. El contexto básico del salmo puede ser algún culto de gratitud en el Templo por haber recibido algún favor divino, posiblemente la sanidad. El poema también pudo haber sido utilizado en devociones privadas, aunque su incorporación en el Salterio denuncia su uso público temprano.
La estructura literaria que puede contribuir positivamente al estudio y comprensión del poema, se incluye a continuación. Los veintidós versículos del salmo no necesariamente revelan un deseo de alfabetización de parte del autor, aunque puede esa disposición literaria puede ayudar y facilitar el proceso de memorización.

• Invitación personal a la alabanza: vv. 1–2
• Motivos personales para la alabanza y la bendición: vv. 3–6
• Motivos históricos y nacionales para la alabanza y la bendición: vv. 7–19
• Invitación cósmica a la alabanza: vv. 20–22

vv. 1–2: El salmo comienza con una auto afirmación de fe. El poeta se convoca a sí mismo a bendecir al Señor y a no olvidar ninguno de los beneficios divinos. Dialoga con si ser más íntimo—p.ej., «su alma»—, y le invita a expresar su gratitud sincera y sentida. Es una especie de reflexión personal que reconoce la grandeza divina y entiende las virtudes de la adoración. Además, el poema inicia y finaliza con la misma expresión simbólica: «Bendice alma mía al Señor» (vv. 1, 22).
vv. 3–6: En esta sección del poema el salmista continúa la conversación franca y sincera consigo mismo. En este caso, sin embargo, se identifican los beneficios que provienen del Señor, aluden a las acciones liberadoras y transformadoras del Señor. Esos actos extraordinarios y redentores de Dios, que generan la gratitud sincera del salmista, son los siguientes: Perdona las iniquidades, los pecados y las culpas, sana todas las dolencias y las enfermedades (v. 3), rescata la vida del hoyo y de las posibilidades de muerte, corona la vida de favores y misericordias (v. 4), y sacia de bienes la boca (v. 5). Esas manifestaciones de Dios hacen que la gente agradecida «se rejuvenezca como el águila» (v. 5), que es una magnífica imagen poética y profética (Is 40:31) que apunta con seguridad y gratitud hacia las intervenciones divinas que hacen que las personas descubran nuevas fuerzas en la vida y comprendan sentidos de dirección noveles en la vida. Además, debemos añadir la primera acción divina que comienza la próxima sección: Hace justicia y derecho a la gente que padece violencia (v. 6).
El poeta identifica de esa forma siete acciones liberadoras del Señor que tienen como su centro teológico la coronación de la vida con favores y misericordias. La gratitud del salmista se relaciona con las intervenciones del Señor que hacen que la vida sea más grata, saludable, justa y liberada. El propósito divino para la humanidad es tener y disfrutar una vida digna y noble, bendecida y liberada.
vv. 7–19: El salmista se mueve de las alabanzas por experiencias personales a la gratitud por las intervenciones históricas del Señor. El poeta identifica los beneficios divinos en la esfera nacional, pasamos de la esfera personal al ámbito de lo social y política. La gratitud por la justicia une estas dos secciones, pues esa acción divina une las dinámicas individuales y colectivas.
El propósito fundamental de esta segunda sección es poner claramente de relieve el amor, los favores y las demostraciones de misericordia que el Señor ha prodigado a su pueblo a través de la historia nacional. La finalidad del poeta es identificar algunas de las intervenciones divinas que han preparado al pueblo para enfrentar las adversidades con valentía y autoridad. El poema incorpora el tema de la misericordia divina (vv. 8, 11, 17) como el vector teológico principal que motiva, precede y propicia las acciones liberadoras de Dios.
De particular importancia temática en el poema es el sector recipiente de esa acción misericordiosa del Señor: ¡Los que le temen! (vv. 11, 13, 17), que revela el claro deseo divino de responder a los clamores sentidos de la gente en necesidad. Dios pone de manifiesto y revela sus misericordias, de acuerdo con el poeta, a través de sus caminos, que es una manera de comunicar su voluntad (v. 7)—¡como lo hizo con Moisés!—, y mediante la lentitud en la demostración de la ira divina y lo magnánimo en la afirmación de su amor (v. 8). Ese Dios misericordioso no contenderá ni guardará en enojo para siempre (v. 9), que son formas de indicar que su misericordia es eterna; ni responde a las acciones humanas impropias con las mismas motivaciones adversas y malsanas (v. 10). En efecto, la misericordia de Dios es extraordinaria, pues se compara a la altura de los cielos y la tierra (vv. 11), a la distancia indefinida del oriente y occidente (vv. 12), y al amor extraordinario de padres a hijos e hijas (v. 13). Y el fundamento de ese amor es que Dios conoce la condición humana, entiende la naturaleza de las personas, comprende las debilidades de las personas, está consiente de las imperfecciones de los hombres y las mujeres.
Ante la manifestación extraordinaria del amor divino, el poeta también presenta la pequeñez humana, que identifica como polvo y flor (v. 15), e identifica la fragilidad de las personas, que describe como perecedera y fugaz (v. 16). Finalmente reafirma la misericordia divina que es eterna y se caracteriza por las demostraciones de la justicia hacia quienes le temen (v. 17), hacia quienes guardan su pacto (v. 18), y a los que se acuerdan de sus mandamientos (v. 18). Esas características del Señor le hacen establecer en el cielo su trono, que es una manera de afirmar su poder y su dominio sobre todo.
vv. 20–22: La exhortación final del salmo a la bendición de Dios tiene dimensiones extraordinarias. La alabanza llega a niveles cósmicos y angelicales, pues identifica las criaturas espirituales que son poderosas para ejecutar la palabra divina y obedecer sus preceptos, que son formas poéticas de afirmar e incentivar la voluntad de Dios. El llamado es uno general y universal a bendecir al Señor, que incluye sus ejércitos, ministros y obras (vv. 20–21). Y esa alabanza debe llevarse a efecto en todos los lugares de su señorío (v. 22).
Este salmo pone de manifiesto la importancia de la gratitud. El poeta identifica los motivos personales y nacionales para afirmar que las gratitudes humanas son necesarias pues son respuestas adecuadas y pertinentes a las manifestaciones extraordinarias del amor y la misericordia del Señor. La gratitud, de esta forma, se convierte no en un extra optativo de la experiencia religiosa saludable, sino en un requisito indispensable.
Esa gratitud tiene dimensiones individuales y colectivas. El salmista afirma la misericordia divina que sana y perdona, y celebra el amor de Dios que libera a la nación y transforma al pueblo. No hay incompatibilidad entre las dimensiones personales y sociales de la fe, ni hay distanciamiento entre las manifestaciones privadas y públicas de la experiencia religiosa. La fe que agradece la revelación divina en lo profundo del corazón se pone de manifiesto en las vivencias cotidianas de la gente.
Jesús de Nazaret vivió y afirmó continuamente esa correspondencia íntima entre los niveles personales y proféticos de la fe. Su estilo de vida demostró la importancia de la oración, afirmó lo central de la espiritualidad personal, celebró la cercanía con lo eterno, a la vez que presentó un mensaje transformador y desafiante a la sociedad, que incluía no solo a las autoridades religiosas sino a los grupos políticos y a las autoridades romanas del momento. No había discontinuidad en la experiencia religiosa de Jesús de Nazaret, pues vivía con salud mental y espiritual, con virtud profética y sabiduría, con capacidad pública y prudencia íntima.

SALMO 104: «DIOS CUIDA DE SU CREACIÓN»

El Salmo 104—como el anterior (Sal 103)—es una himno de alabanzas al Señor creador del universo. Una persona agradecida articula este poema que bendice al Señor pues reconoce y celebra la grandeza de la creación divina. Es ciertamente un poema de gratitud que tiene algunas similitudes—¡y también diferencias!—con el primer relato de creación (Gn 1); además, incorpora diversas tradiciones del Oriente Medio antiguo, como temas sapienciales, alusiones a la religión cananea de Baal, y algunas referencias a un antiguo himno egipcio al dios Sol, Atón.
Este salmo, igual al poema que le precede, comienza y finaliza con la misma expresión de autoafirmación y reconocimiento divino: «Bendice alma mía al Señor» (vv. 1, 35). ¡La alabanza a Dios se reclama a lo más íntimo del ser! Es de notar, que en el libro de Génesis se presenta el poema que introduce la extraordinaria creación de Dios, en este salmo se celebran las acciones poderosas e imponentes del Dios Creador.
Este salmo se puede relacionar muy bien con el género literario de los himnos en el Salterio, pues alaba y reconoce las obras de Dios según se manifiestan en toda la creación. Es un poema de alabanzas y gratitud de la comunidad, que muy bien pudo haber sido usado como parte de las ceremonias de reconocimiento divino en los festivales anuales del pueblo, específicamente en las liturgias del nuevo año durante el otoño. Su autor debe haber sido un adorador agradecido que intenta responder, desde la perspectiva israelita, a los diversos relatos de creación que circulaban en las diferentes ciudades del Oriente Medio. Por sus similitudes literarias y temáticas, algunos comentaristas han pensado que el autor de los Salmos 103 y 104 es el mismo; sin embargo, aunque esa identificación no es imposible, las semejanzas pueden ser el resultado de la naturaleza literaria de los poemas o de la continuidad temática.
El tema de la creación de Dios, aunque muy antiguo, tomó auge teológico y literario luego del período exílico de Judá en Babilonia, como lo demuestran algunos pasajes que tocan el mismo tema y fueron redactados durante ese importante período (véase Gn 1; Is 40; 42; 44; 45; 51; Jer 10; 51). Esas referencias temáticas y literarias a la creación ubican la composición de este salmo en ese período postexílico. Este salmo no tiene título hebreo.
La estructura literaria que puede ayudarnos a estudiar y comprender este salmo es la siguiente:

• La majestad de Dios: vv. 1–4
• Dios es el Señor de las aguas y el caos: vv. 5–9
• El Señor sustenta al mundo: vv. 10–18
• Dios es el Señor del sol y la luna: vv. 19–23
• El Dios Creador y la creación: vv. 24–30
• La promesa del Señor: vv. 31–35

vv. 1–4: La sección inicial del salmo introduce al Señor como el rey divino que se viste de esplender, gloria y magnificencia, y que se revela como soberano con autoridad en los cielos. Las imágenes que el poeta utiliza son magníficas: Dios «se cubre—o se viste—de luz» y «extiende los cielos como una cortina» (v. 2); «vive sobre las aguas», usa las nubes «como carrozas», y camina «sobre las alas del viento» (v. 3); y, además, usa los vientos como mensajeros y las flamas de fuego—p.ej., ¡los relámpagos!—como sus servidores o ministros (v. 4). Las primeras imágenes del salmo apuntan hacia la grandeza y el esplendor divino: ¡Toda la creación está al servicio de Dios!
En efecto, el poema comienza con una manifestación extraordinaria de imágenes literarias que destacan el poder divino sobre la naturaleza y lo creado. La imaginación poética incorpora las ideas antiguas de la creación y utiliza esas tradiciones para poner claramente de manifiesto el poder divino. De esta forma se revela el contexto literario y teológico del poema. De acuerdo al salmo, el Dios bíblico es superior a las diversas divinidades locales pues tiene la capacidad y el poder de utilizar la naturaleza como sus agentes de comunicación.
vv. 5–9: El tema de la creación divina en esta sección se relaciona con las aguas y el caos. El propósito teológico es afirmar y demostrar el poder de Dios sobre las fuerzas más poderosas de la naturaleza. El Señor fundó la tierra sobre bases estables, cimientos seguros y lugares inamovibles (v. 5); además, con su poder maravilloso, cubrió con vestidos los abismos (v. 6). Y ante la voz potente y autorizada del Señor, las montañas y los valles se mantienen en los lugares adecuados, precisos y determinados; y las aguas obedecen la autoridad divina (vv. 7–9). En efecto, el Señor les puso término y orden, que es una posible alusión y referencia no solo a las creencias antiguas de la creación sino a la vuelta al caos primitivo. La teología del salmo es clara: Dios es el Señor de todo lo creado, y es superior a las divinidades de los pueblos.
vv. 10–18: En estos versículos se pone en evidencia el poder de Dios sobre todo el mundo. Dios no solo tiene el poder de controlar las aguas que pueden ser mortales para la vida y la naturaleza, sino que transforma sus fuerzas para que promuevan la vida y apoyen la existencia humana. Las aguas impetuosas que tienen poder mortal ahora se convierten por el poder de Dios en fuentes y arroyos que tienen la virtud de mitigar la sed (vv. 10–13), regar la tierra y hacerla fértil (v. 13).
El Señor, además, hace que las hierbas se conviertan en alimento que apoye la vida, que está a merced de los seres humanos (v. 14); y el poder divino propicia los elementos que producen alegría, protección y alimentación a la personas (v. 15). ¡Hay bendición divina para la flora y la fauna!
vv. 19–23: El salmista prosigue sus expresiones de gratitud e identifica otros aspectos de la creación que son indispensables para la vida: La creación de la luna y el sol, la función de la noche y el día. En esta identificación se revela la gran preocupación del poeta por las estaciones del año, que son importantes para seguir adecuadamente el calendario litúrgico del pueblo. Además, esa disposición de claridad y oscuridad es importante para el balance ecológico, para afirmar la importancia del trabajo humano (v. 23). Que el Señor tenga autoridad y poder sobre la luna y el sol lo pone en una posición ventajosa en relación a las otras divinidades antiguas, que únicamente relacionaban la oscuridad con la muerte y la destrucción.
vv. 24–26: Esta parte del poema comienza con una magnífica doxología, que reconoce la grandeza divina, afirma la multitud extraordinaria de las obras de Señor, celebra la naturaleza sabia de Dios, y revela el deseo divino de bendecir a toda la tierra (v. 24). Añade, además, que esa sabiduría divina ha permitido la navegación y la vida a una multitud incontable de animales, tanto pequeños como grandes, tanto históricos como mitológicos—p.ej., «el leviatán»—(v. 26).
vv. 27–30: En estos versículos se continúa el tema del sustento divino a la creación, y se afirma el poder del Espíritu para renovación continua de la tierra, el mundo y la historia.
vv. 31–35: La sección final del salmo retoma el tema de la alabanza y la gratitud. El poeta se alegra, y también glorifica y bendice al Señor (v. 21). Y el fundamento de esas acciones humildes es el poder divino que se pone de manifiesto al contemplar las obras de la creación. Además, la creación misma es motivo para el Creador se alegre de sus actos. El idioma poético es revelador: Dios mira la tierra y la hace temblar, y toca los montes y humean (v. 32). En efecto, la creación físicamente responde a la acción milagrosa del Señor.
Por sus obras de creación y sustentación de la naturaleza, que es indispensable para la vida, el poeta canta salmos al Señor mientras viva, y se regocija en las meditaciones en torno al Dios que crea. A la vez, el salmista en tono imprecatorio, desea que los pecadores y los impíos (v. 35), que alude a la gente que no reconoce el poder creador de Dios, sean consumidos y dejen de ser. Un sentido aleluya se une a la expresión final de adoración y gratitud del salmista: «Bendice alma mía al Señor».
Este salmo relaciona los temas de la alabanza a Dios y el respeto a la creación del Señor. Este poema une de forma destacada la vida de adoración y el contexto de las celebraciones cúlticas, con el aprecio ecológico y con el reconocimiento digno de la naturaleza. Es un salmo importante, en un mundo de destrucciones naturales y en sociedades que desprecian y subestiman la santidad de la naturaleza. La afirmación teológica básica del salmista es que la gente de bien y las comunidades saludables deben respetar la naturaleza porque es creación de Dios y porque la creación está puesta por el Señor para el apoyo sustentable de la vida. La naturaleza no es el adorno superficial de la existencia humana sino el ambiente necesario e insustituible de la vida digna y plena. De todas formas, las heridas que se infringen a la faz de la naturaleza se revierten con fuerza hacia las personas y las sociedades haciendo la vida más complicada y difícil.
Esa teología de respeto ecológico es la que inspiró varios mensajes de Jesús. De particular importancia es la invitación íntima del Maestro a sus seguidores a contemplar la naturaleza para descubrir y celebrar el cariño con que Dios trata a la humanidad. En ese buen contexto educativo, el Señor afirma que si Dios se comporta de esa forma responsable y grata con las cosas creadas, cuánto más respeto y reconocimiento dará a las personas (Mt 6:25–34).
El autor de nuestro poema pudo ver «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad», a través de toda la creación (Rom 1:20). ¡El poeta se percató asombrado y admirado de la gloria divina manifestada en la creación y en la naturaleza! En efecto, el respeto ecológico no es un tema novel en la teología contemporánea sino un asunto fundamental para la vida sustentable que está muy bien anclado en la tradición del Salterio.

SALMO 105: «MARAVILLAS DE JEHOVÁ A FAVOR DE ISRAEL»

Comienza con el Salmo 105 la sección final del Libro IV del Salterio, que también puede relacionarse con el Salmo 106. Estos dos poemas presentan una especie de repaso histórico del pacto de Dios con su pueblo, y también identifican algunas reacciones positivas y negativas de Israel a esa importante acción divina. Son parecidos a otros poemas del Salterio (p.ej., Sal 78; 136) que repasan la historia nacional para identificar las intervenciones divinas en medio de las vivencias nacionales y para agradecer esas manifestaciones, que son descritas por los poetas bíblicos como expresiones claras de la misericordia divina. En el Salmo 105 se destaca la fidelidad divina, y en el 106 se ponen de manifiesto los actos desobedientes que trajeron el juicio de Dios al pueblo. Su relación con el Salmo 104 se revela en la afirmación del señorío divino en la creación y la historia.
El Salmo 105, al repasar la historia nacional, comenta el pacto de Dios con Abrahán relacionado a la promesa de la tierra e identifica los eventos que movieron a los hijos de Jacob a ocupar esas tierras. En el relato histórico se enfatiza la misericordia y la fidelidad del Señor que se revela claramente en todas sus maravillas (v. 2). Y el propósito teológico y educativo de este gran repaso histórico es demostrar la lealtad del Señor al pacto con el antiguo patriarca (v. 9), reafirmar las experiencias de liberación del éxodo de Egipto (vv. 26–36), y celebrar el cumplimiento de la promesa de Dios a «sus escogidos» (v. 43) a la llegada y conquista de Canaán (vv. 43–45). Este importante recuento histórico revela la iniciativa divina y subraya el amor y la gracia del Señor, pues el salmo solo enfatiza las acciones de Dios no los pecados humanos, únicamente al final del poema se presenta la importancia de cumplir las leyes y guardar los estatutos (v. 45).
Este salmo se puede identificar rápidamente con los himnos del Salterio que reconocen la grandeza del Dios que establece pactos con su pueblo, como se demuestra en su primera sección (vv. 1–6). Sin embargo, luego de expresar con fuerza su llamado a la alabanza, el poema prosigue para identificar los motivos históricos de esas manifestaciones de gratitud. El salmo se convierte, desde la perspectiva temática, en un poema histórico por el énfasis que se brinda a la identificación de las manifestaciones de la misericordia de Dios a través de la historia nacional.
El salmo, en efecto, tiene un carácter didáctico pero su contexto histórico inicial es cúltico, como lo revela el llamado a la alabanza inicial (vv. 1–6). Quizá este poema, al igual que los otros salmos de la misma naturaleza educativa (p.ej., Sal 78; 105; 136), son adaptaciones litúrgicas de antiguos recuentos históricos del pueblo. Un buen contexto para el uso de este salmo son las fiestas anuales que celebraban la renovación del pacto de Dios con su pueblo. En el libro de las crónicas (1 Cr 16:8–22), se utiliza este salmo (¡y también Sal 96; 106:1, 47–48!) en relación a las celebraciones de la llegada del Arca del pacto a Jerusalén. Esa reflexión históricamente tardía puede ser una buena indicación del uso litúrgico del salmo en la época postexílica. En efecto, este salmo, aunque debe de las fuentes antiguas de la historia de la salvación del pueblo, llegó a esta forma hímnica y pedagógica final luego de la deportación a Babilonia. Este salmo no tiene título hebreo.
La identificación de la estructura de este salmo se desprende de los diversos temas que se exponen.

• Llamado a la alabanza: vv. 1–6
• Intervenciones divinas en la historia nacional: vv. 7–42
* En la época patriarcal: vv. 7–15
* En la época de José: vv. 16–22
* Durante la vida en Egipto: vv. 23–36
* En el peregrinar por el desierto: vv. 37–43
* Cumplimiento de la promesa: vv. 44–45

vv. 1–6: El salmo comienza con una muy clara exhortación hímnica a la alabanza y la gratitud. Se pueden identificar con precisión diez llamados imperativos al pueblo a expresarle a Dios su gratitud: Alabad, invocad, dad (v. 1), cantadle, hablad (v. 2), gloriaos, alégrense (v. 3), buscad, buscad (v. 4), acordaos (v. 5). Y junto al llamado al pueblo se revelan siete acciones divinas extraordinarias, que sirven de fundamento teológico que motiva la gratitud: Sus obras (v. 1), sus maravillas (v. 2), su santo nombre (v. 3), su poder, su rostro (v. 4), sus prodigios y los juicios de su boca (v. 5).
Las alabanzas que solicita el salmista subrayan la importancia del nombre divino (v. 3), que es una manera poética de enfatizar su naturaleza santa y de destacar el poder que se muestra en su rostro (v. 4) y su boca (v. 5). Y para introducir el tema histórico, el poema identifica al pueblo como descendencia de Abrahán e hijos de Jacob (v. 6), a quienes identifica como «su siervo» y «sus escogidos» (v. 6). En efecto, desde el comienzo mismo de este poema se pone en justa perspectiva el fundamento teológico de las alabanzas al Señor: Se destacan sus extraordinarias cualidades éticas y morales que posteriormente se verán en sus intervenciones salvadoras y redentoras en medio de la historia nacional.
vv. 7–42: El corazón histórico del poema comienza con una identificación precisa del Dios que reclama las alabanzas y que interviene en la vida del pueblo: Es nuestro Dios, para destacar los temas de la cercanía y la pertenencia, y es justo, pues afirma que los juicios divinos están diseminados en toda la tierra (v. 7), que es una manera de poner de relieve su extraordinario poder.
El cuerpo del salmo lo que hace es desarrollar los temas que sirven de fundamento teológico al poema (vv. 1–6). Es una especie de profesión de fe ante el Dios de pactos, justo y fiel a sus promesas; es el reconocimiento del Dios que ha decidido interactuar con su pueblo para ayudarle a disfrutar el cumplimiento de las promesas hechas al patriarca Abrahán. El salmo enfatiza de forma continua el importante tema de la misericordia de Dios.
vv. 7–15: En esta sección del poema se enfatiza el pacto (vv. 8, 9, 10) que tiene como finalidad llegar y disfrutar la tierra prometida. Ese pacto o alianza aunque se hizo inicialmente con Abrahán se reiteró en juramento a Isaac (v. 9), y se reafirmó por decreto a Jacob y por pacto sempiterno a Israel (v. 10). Esa promesa divina es la que garantiza la llegada y conquista de la tierra prometida, pues durante ese período el pueblo no era grande ni tenía las adecuadas posibilidades políticas, económicas o militares para lograr esa meta por su cuenta, sin la intervención redentora y liberadora del Señor. Sin embargo, Dios transformó un grupo poco numeroso a una comunidad compleja que era similar «a las estrellas del cielo» (Gn 15:15).
La promesa divina de llegar y heredar la tierra de Canaán (v. 11) tiene significación especial no solo porque constituye un elemento indispensable en la formación de la nación sino porque esa época era una caracterizada por dificultades y limitaciones, por conflictos y angustias, por peligros y ansiedades. Aunque históricamente fue una época de precariedades, teológicamente fue un período de esperanza. Inclusive, para enfatizar las virtudes de los patriarcas se les llama «ungidos» y «profetas» (v. 15), que es una manera poética de destacar las virtudes teológicas que representaban.
vv. 16–22: Esta sección presenta la misericordia divina en la época de José, que, luego de muchas vicisitudes, el Faraón de Egipto nombró a un puesto de gran responsabilidad y honor (Gn 37–50), descrito en el salmo como «señor de la casa» y gobernador de todas sus posesiones» (v. 21). Las diversas crisis que afectaron la vida de José no pudieron evitar la manifestación de la misericordia del Señor, pues las dificultades humanas no pueden detener la voluntad divina. Una vez más se manifiesta el tema de la soberanía como factor teológico de importancia.
vv. 23–36: En esta parte del poema se ponen de manifiesto las experiencias de cautiverio y opresión del pueblo de Israel en las tierras de Egipto. Es un período que se puede caracterizar por la esclavitud, los trabajos forzosos, la angustia nacional y la desesperanza colectiva. Sin embargo, ese fue el momento del levantamiento de dos figuras de gran importancia para la historia nacional: Moisés y Aarón, quienes se convirtieron en protagonistas y agentes de la liberación. En este contexto, las tradicionales plagas que afectaron al pueblo de Egipto para propiciar la liberación del pueblo de Israel, son llamadas «señales» y «prodigios» (v. 27), que es una manera de destacar la intervención divina en el proceso. Y aunque el salmo solo menciona siete de las diez plagas (vv. 28–36), ese mismo número—conocido en la antigüedad por su simbología de perfección o para describir algo completo—revela que fueron calamidades completas y perfectas para terminar con el cautiverio y la opresión del pueblo de Dios.
vv. 37–42: Para el salmista, el período de la salida de Egipto y el peregrinar por el desierto, aunque físicamente fue azaroso y complejo, teológicamente fue grato y edificante, pues representa un hito fundamental en el cumplimiento de la promesa de Dios. La salida representó para el pueblo no solo la liberación política, sino el disfrute pleno de la salud y de gran prosperidad económica (v. 37). Además, la intervención salvadora de Dios se hacía realidad palpable a diario: Extendió una nube por cubierta—que en el libro del Éxodo se describe como una columna de humo por el día (Ex 13:21–22)—y de noche se aparecía el fuego para alumbrarlos (v. 39. ¡Hasta Egipto se alegró de la salida, pues se libraron de las calamidades que ellos representaban! (v. 38). Durante el peregrinar de liberación no les faltó la alimentación y mitigaron su sed de forma extraordinaria. No se hace referencia a las infidelidades del pueblo, pues el objetivo teológico es esencialmente optimista y positivo: Destacar las acciones liberadoras y misericordiosas del Señor a favor de su pueblo.
vv. 43–45: La sección final del salmo regresa al tema inicial, la referencia a la promesa de la tierra hecha a los antepasados de Israel. Se destaca el gozo y el regocijo, tanto del pueblo como de Dios, al ver el cumplimiento de la promesa y llegar a la tierra de Canaán, que aunque pertenecían a otras naciones Israel la heredaría (v. 44). El salmo finaliza con las únicas expresiones de reclamo divino: El pueblo de Israel debe guardar en la tierra prometida los estatutos divinos, en efecto, deben cumplir con las leyes del Señor. Y un aleluya de gratitud culmina el poema.
En efecto, este salmo es un llamado a la alabanza por el reconocimiento de las manifestaciones salvadoras de Dios en la historia. El poema representa una manera educativa de repasar la historia nacional a la luz de la voluntad divina. El objetivo es descubrir la particular naturaleza del Dios que tiene la capacidad de establecer pactos con su pueblo y mantenerlos hasta su final cumplimiento. En ese proceso de manifestación extraordinaria de fidelidad y lealtad, únicamente sostiene a Dios la gracia, el amor y la misericordia. Este salmo no incorpora el tema de la fidelidad humana, solo destaca el poder y la virtud de la fidelidad del Señor.
Para la actualización de este salmo se deben tomar en consideración varios asuntos de importancia. En primer lugar, la historia es el escenario de las manifestaciones más importantes de Dios en beneficio de la humanidad; además, la característica divina que sirve de hilo conductor a través de la historia humana es su misericordia. Esos dos principios son necesarios para traducir el mensaje de este salmo en categorías que puedan contribuir a una mejor comprensión de la voluntad divina en la sociedad.
Jesús siguió esta misma tendencia teológica y pedagógica pues interpretó la historia de su pueblo como el contexto y escenario de las manifestaciones divinas. Utilizó las Escrituras Sagradas para revisar y afirmar las intervenciones del Señor en las vivencias del pueblo y aplicarlas en su vida, como es el caso concreto de su lectura en la sinagoga de Nazaret (Lc 4:18–21), cuando relacionó el mensaje del libro del profeta Isaías (Is 61:1–3) con su ministerio liberador en Palestina. En efecto, para Jesús el Dios bíblico es el Señor de la historia, que es una manera de indicar que los espacios humanos son los lugares adecuados para las manifestaciones extraordinarias de la misericordia y el amor de Dios.

SALMO 106: «LA REBELDÍA DE ISRAEL»

El Salmo 106 finaliza el Cuarto libro del Salterio (Sal 90–106) con una nota histórica de dolor y preocupación. El salmo anterior repasó la historia del pueblo para acentuar la misericordia y el amor de Dios. En esta ocasión, sin embargo, la misma historia nacional es revisada para identificar las acciones desleales del pueblo y para subrayar los actos concretos de infidelidad de Israel. El Salmo 105 pone de manifiesto la dignidad del Dios del pacto, y el 106 revela la indignidad del pueblo escogido; el Salmo 105 muestra la fidelidad divina en sus bendiciones, y en el 106 se pone en clara evidencia la misma fidelidad del Señor pero en esta ocasión demostrada en sus castigos; el Salmo 105 hace una lectura positiva de la historia nacional, y el 106 mira esa misma historia con ojos negativos y pesimistas. Desde la perspectiva litúrgica y cúltica, el Salmo 105 es una profesión de fe, y el 106 es una confesión de pecados.
¡En este poema se resumen casi 1000 años de historia! Y, aunque es un poema histórico, que puede incentivar el lamento nacional y la confesión colectiva, debe relacionarse con las festividades anuales del pueblo, particularmente en las ceremonias de renovación del pacto. En esas actividades cúlticas las referencias históricas podían jugar un papel protagónico. El efecto concreto del recuento de estas revisiones históricas de las acciones fallidas del pueblo ante las intervenciones liberadoras de Dios, puede ser la confesión de pecados. Este salmo quizá se utilizó en la fiesta anual de los Tabernáculos, aunque no se puede descartar del todo la posibilidad de la fiesta de Pentecostés.
El análisis de la historia que hace el salmo llega hasta el período exílico y ubica su composición en la época posterior al destierro (vv. 27, 47), aunque el recuento de algunos episodios de la historia nacional son más antiguos. La gran pregunta teológica y la profunda necesidad existencial que el autor de este poema quiere poner ante la consideración del pueblo es la identificación de las causas que trajeron al pueblo tanto dolor y angustia. El salmista es un adorador preocupado no solo por el pasado y el presente del pueblo sino por el futuro de la nación. La respuesta concreta se relaciona con el pecado y la infidelidad del pueblo.
El autor cronista (1 Cr 16:34–36) asoció este salmo (vv. 1, 47) con el rey David, quizá para enfatizar la relación entre la infidelidad humana y la lealtad divina. La ideal final del poema brinda un sentido tenue de esperanza, es un clamor por la intervención salvadora de Dios: ¡La posibilidad de regresar a la tierra prometida desde donde estuvieran dispersos! (v. 47). Este salmo no tiene título hebreo.
La estructura literaria que servirá de base a nuestro análisis, es la siguiente:

• Llamado a la alabanza y petición a Dios: vv. 1–6
• Recuento histórico: vv. 7–46
• Infidelidades en el peregrinar por el desierto: vv. 7–33
* Infidelidades a la salida de Egipto: vv. 7–12
* El hambre en el desierto: vv. 13–15
* La rebelión de Datán y Abiram: vv. 16–18
* El episodio del becerro de oro: vv. 19–23
* La cobardía ante la conquista: vv. 24–27
* La infidelidad religiosa e idolatría: vv. 28–31
* La falta de agua en el desierto: vv. 32–33
• Infidelidades durante la conquista de Canaán: vv. 34–46
• Conclusión: v. 47
• Doxología final del Libro IV: v. 48

vv. 1–6: El salmo comienza con una nota muy positiva de alabanzas y aleluya. El propósito es reconocer públicamente que Dios es misericordioso. En efecto, en este sentido temático y litúrgico, este poema (vv. 1–3) prosigue el estilo y la finalidad del salmo anterior (Sal 105). El salmista afirma públicamente las acciones misericordiosas y poderosas de Dios (v. 2), y también describe como dichosas, felices o bienaventuradas a las personas que son justas en la vida (v. 3). Pare el poeta, el reconocimiento de la gracia y el amor de Dios está íntimamente relacionado con la afirmación de la justicia.
Ese reconocimiento divino hace que poeta se mueva de la esfera de la alabanza y la gratitud a nuevos niveles de clamor, petición y súplica. Solicita la benevolencia divina no solo hacia su persona sino para el pueblo. ¡Necesita una visitación redentora de Dios! Y el fundamento de esa petición es el reconocimiento sincero y humilde de su pecado. El salmista necesita la manifestación del bien y la bondad divina en el pueblo para poder disfrutar la alegría nacional y afirmar la herencia que ha recibido del Señor, en una referencia a la tierra prometida (v. 5). El poeta, de esta forma, reconoce que el juicio divino se relaciona con la iniquidad, el pecado y la impiedad tanto personal como nacional (v. 6). ¡Las fuerzas del pecado y la maldad humana generan los juicios divinos!
vv. 7–46: El corazón de este salmo presenta la historia nacional vista desde la perspectiva de los pecados del pueblo. Es una presentación de la vida del pueblo esencialmente negativa, es un recuento histórico doloroso y cruel, es una revisión de las dinámicas nacionales que desea destacar la infidelidad humana para incentivar y propiciar el arrepentimiento y la contrición del pueblo.
El salmista comienza con las actitudes impropias del pueblo desde que salieron de Egipto, prosigue con las infidelidades a través del peregrinar por el desierto, y finaliza con la descripción de las acciones pecaminosas que provocaron la ira divina cuando ya estaban en la tierra prometida, Canaán. Ese recuento destaca el tema de la infidelidad humana, ante las acciones benéficas del Dios que desea ser leal a sus promesas. La secuencia continua de pecados nacionales llevó el pueblo hasta el exilio, desde donde el poeta alza su voz de clamor, tanto por el pueblo como por él mismo.
vv. 7–12: La historia de las infidelidades del pueblo comenzó muy pronto luego de la experiencia del éxodo. ¡El poeta identifica siete actos concretos de infidelidad nacional! Al notar la persecución del Faraón y sus ejércitos, el pueblo, ante el Mar Rojo, quiso regresar a la esclavitud, anheló retornar a las tierras de opresión, quiso dar marcha atrás a la historia, intentó olvidar la razón de la intervención divina y el llamado a Moisés (Ex 14). En este episodio, el primero en la descripción poética de las infidelidades nacionales, Dios mostró su misericordia reprendiendo al Mar Rojo y destruyendo a los ejércitos enemigos, y el pueblo prosiguió su camino al futuro.
vv. 13–15: Cuando las vicisitudes y complejidades de la vida en el desierto tocaron nuevamente al pueblo, particularmente en relación a la comida, la comunidad volvió a revelarse contra Dios pues olvidaron sus obras ni esperaron su consejo (v. 13). De acuerdo con el texto del salmo, los israelitas cometieron su segunda infidelidad nacional cuando «tentaron a Dios» (v. 14). ¡Recordaban las comidas y las delicias que tenían en las tierras egipcias! El Señor respondió al clamor y la necesidad del pueblo, pero les castigó con dolores y mortandad por la actitud de gula que manifestó la comunidad.
vv. 16–18: Una vez más el pueblo se revela en la tercera tentación, en esta ocasión a través de las actitudes impropias de dos líderes: Datán y Abiram (Num 16). La actitud pecaminosa fue la envidia contra Moisés y la hostilidad hacia Aarón (v. 16). Un nuevo castigo divino se pone en marcha y la tierra se traga a los rebeldes y los impíos son consumidos por el fuego (v. 18).
vv. 19–23: Esta cuarta infidelidad del pueblo se relaciona con la idolatría en el desierto. En medio de la revelación divina a Moisés, el pueblo se desespera y prepara un becerro de oro para rendirle culto y honor. ¡Hicieron una imagen de fundición en Horeb! ¡Dios casi extermina al pueblo!, pero la pronta, oportuna y sabia intercesión de Moisés evita la destrucción funesta (v. 23). El Señor entonces le permite al pueblo proseguir su camino a la tierra prometida.
vv. 24–27: Esta manifestación de infidelidad es de corte filosófico, pues el pueblo titubeó y temió ante la tarea compleja y difícil de conquistar la tierra prometida. ¡Hubo murmuración y desprecio! (vv. 24–25). Las complicaciones relacionadas con la conquista de la tierra hicieron que el pueblo claudicara en su proyecto de vida al porvenir. Esa actitud es la quinta infidelidad y presupone un desprecio a la voluntad de Dios, un rechazo a la iniciativa divina, una forma de subestimación del poder del Señor. De acuerdo con el salmista, esa fue la razón del Señor para humillar al pueblo y permitir la dispersión y el exilio.
vv. 28–31: El sexto acto de infidelidad del pueblo en su peregrinar por el desierto es la adhesión y el culto a las divinidades cananeas que ocupaban la tierra prometida: ¡Se unieron a Baal-peor! (Num 25). Ese acto impropio y pecaminoso del pueblo provocó la ira divina y constituyó un rechazo pleno y directo no solo al Dios que generó los actos y la gesta de la liberación de Egipto sino que es un desprecio público a la autoridad del Moisés y un rechazo al sistema de leyes y ordenanzas que se había revelado en el Monte Sinaí para brindarle al pueblo el contexto adecuado para vivir el libertad. La intervención prudente, adecuada, efectiva, justa y sabia de Finees detuvo la plaga.
vv. 32–33: La séptima plaga se relaciona con el episodio de la falta de agua y las quejas del pueblo. Los israelitas irritaron a Moisés en las aguas de Meriba (Ex 17; Num 20), hicieron rebelar su espíritu, que es una manera poética de indicar que actuó de forma imprudente e impropia, lo que causó que le fuera mal, según el salmo. Las quejas y las murmuraciones del pueblo hicieron que Moisés se dejara llevar por la indignación, y habló sin tomar en consideración las consecuencias de sus palabras y las implicaciones de sus actos.
vv. 34–46: Al finalizar las descripción de las infidelidades del pueblo en su peregrinar por el desierto el poeta incorpora las actitudes impropias y pecaminosas del pueblo durante el período de conquista de la tierra prometida, Canaán, y también comenta algunas acciones malsanas en tiempos posteriores. Desde los mismos comienzos se revela la actitud de desobediencia del pueblo al no exterminar o destruir los pueblos conquistados, como lo había ordenado el Señor. Y las consecuencias claras e inmediatas de esas acciones desobedientes y fallidas las pagó el mismo pueblo, pues no eliminó el potencial de las crisis posteriores.
Esa actitud permisiva del pueblo propició las condiciones para que la comunidad de Israel se mezclara con otras acciones idólatras e incorporara algunas de sus prácticas, que de acuerdo con las narraciones bíblicas, son abominaciones: ¡El pueblo adoró a las divinidades locales y hasta ofreció a sus hijos al sacrificio! Las maldades del pueblo se describen como actos de infidelidad, que es descrita en el salmo como «prostitución» (v. 39), que es una manera de destacar la gravedad de sus acciones. Esas acciones impropias trajeron la ruina al pueblo.
El castigo divino a la infidelidad del pueblo, descrito con imágenes del fuego en el poema, vino a través de las naciones: ¡El Señor abandonó o «abominó» su heredad! (v. 40). Las naciones, por ese desamparo divino, se apoderaron, enseñorearon, oprimieron, quebrantaron y humillaron al pueblo del Señor. Y aunque en muchas ocasiones el Señor los liberaba Israel mantenía esa actitud impropia de desobediencia y rebeldía que generaba el juicio divino. Dios, sin embargo, les miraba con misericordia cuando el pueblo clamaba y se humillaba. El Señor se acordaba del pacto y movía a misericordia a quienes les tenían cautivos, que es una forma solapada de aludir al cautiverio en Babilonia. En efecto, ¡la misericordia divina es mayor que la infidelidad humana!
vv. 47–48: La parte final del poema incorpora un clamor intenso y sentido para que culmine el exilio. El salmista relaciona el fin de la dispersión con la salvación divina. Para el poeta, la respuesta humana a la liberación divina es la alabanza al nombre del Señor. En la antigüedad, el nombre era una forma de referirse a la persona nombrada, era la representación literaria de su naturaleza más íntima. De esta forma poeta relaciona el final del salmo con sus comienzos. Comienza con un llamado a la alabanza (v. 1) y una petición a la benevolencia divina (v. 3), y finaliza con un clamor por la misericordia que termine la deportación (v. 47).
v. 48: La doxología final del poema es una forma de terminar no solo este salmo sino todo el Libro IV del Salterio. Es un cántico de alabanzas que está en la misma tradición teológica y litúrgica de los otros poemas que culminan los libros previos del Salterio (Sal 41:13; 72:18–19; 89:52; 150).
Este salmo pone de manifiesto dos temas de gran importancia teológica: en primer lugar, se revela una vez más la importancia de la misericordia divina; además, se pone de manifiesto la actitud de rebeldía e infidelidad del pueblo. El poema contrapone dos temas que tienen gran repercusión y relevancia académica y pastoral: La bondad divina y la irresponsabilidad humana. La bondad que manifiesta la misericordia y la infidelidad que propicia la ira. Este poema ubica en justa perspectiva el amor y el juicio, la gracia y la justicia.
Una característica fundamental del Dios bíblico es su capacidad de superar las infidelidades humanas. Aunque el juicio es la respuesta divina a los pecados humanos, la misericordia es mayor que las impiedades. El amor del Señor se levanta airoso sobre las imperfecciones de la gente, el poder de la gracia divina se sobrepone a las impertinencias humanas. En efecto, este poema revela claramente que, aunque el pueblo actuó sistemáticamente de forma impropia ante el Dios del pacto, el Señor no actúa finalmente basado solo en sus respuestas justas a la infidelidad sino que incorpora en el proceso la misericordia que le brinda a la comunidad la posibilidad de restauración. La última palabra del Señor hacia su pueblo no es el juicio destructor sino el mensaje de la esperanza, la revelación del amor, la voz de la gracia.
Esa actitud de misericordia se pone en evidencia en el ministerio de Jesús, de particular importancia se revela en el sermón del monte (Mt 5–7). Es esos importantes discursos del Señor se pone de manifiesto el corazón de su doctrina, el centro de su teología, la base de su enseñanza. La gente es feliz, de acuerdo con esos mensajes del Señor, cuando permite que los valores divinos se apoderen de los sistemas éticos y morales de la vida. La gente es dichosa cuando trabaja por la justicia y la paz, y cuando manifiesta la misericordia. Las personas son bienaventuradas cuando se convierten en sal de la tierra y luz del mundo. Los hombres y las mujeres descubren la alegría verdadera cuando afirman la ley, rechazan la ira y aman a sus enemigos. En efecto, la felicidad no es un parámetro de las pertenencias humanas sino el descubrimiento de los valores divinos que propician la justicia, que es el fundamento de la paz.

LIBRO CUARTO: SALMOS 90-106

 

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