LIBRO QUINTO: SALMOS 107-150

LIBRO QUINTO: SALMOS 107-150
Tabla de contenidos

COMENTARIO AL LIBRO QUINTO DE LOS SALMOS

Alzaré mis ojos a los montes;
¿de dónde vendrá mi socorro?
Mi socorro viene de Jehová,
que hizo los cielos y la tierra.
Salmo 121:1–2.

SALMO 107: «DIOS LIBRA DE LA AFLICCIÓN»

Con el Salmo 107 comienza el Libro quinto del Salterio (Sal 107–150), que prosigue el estilo y los asuntos de la sección anterior. Una particular característica de esta sección, sin embargo, es que presenta con más claridad el agrupamiento temático de los poemas. 

Se incluyen, p.ej., las siguientes colecciones: dos grupos de salmos davídicos (Sal 108–110; 138–145), los Cánticos de la pascua (113–118), los Cánticos graduales o de la ascensión (Sal 120–134) y los Cánticos de los aleluyas (Sal 146–150).
Aunque el Salmo 107 inicia esta sección final del Salterio, continúa los temas que ya se exploraron en los dos poemas anteriores (Sal 105 y 106), pues llama al pueblo a expresarle una vez más el agradecimiento y las alabanzas al Señor por sus intervenciones salvadoras. 

En su evaluación de la historia, sin embargo, este poema es menos preciso, pues la finalidad no es identificar los eventos particulares que fueron testigos de la gracia y la misericordia divina, sino proveer un espacio cúltico para poner de manifiesto la gratitud al Señor; además, el poema elimina el tono penitencial que se revela en el salmo anterior (Sal 106).

Para lograr su objetivo teológico, el salmista, más que citar algunos acontecimientos de la historia de la salvación del pueblo, usa cuatro episodios generales de las vivencias nacionales para poner de manifiesto su finalidad: El peregrinar por el desierto, la liberación del cautiverio, el perdón divino ante la rebelión humana, y la afirmación del Señor ante los peligros del mar. Este salmo le canta al Dios que libera a su pueblo del «poder del enemigo» (v. 2).

El salmo parece estar constituido por dos poemas que posiblemente tienen algún origen independiente (vv. 1–32, y vv. 33–43) pero que fueron fundidos luego del exilio para unir algunos elementos sapienciales al importante tema de las alabanzas y la gratitud al Dios que libera. 

El poema es posiblemente un salmo de acción de gracias individual que expresa la sincera gratitud de una persona que adora por experimentar las maravillas liberadoras de Dios a lo largo de la historia del pueblo de Israel. 

Su contexto original son posiblemente las ceremonias de acción de gracias en el Templo, cuando varios grupos de adoradores se allegaban ante Dios para ofrecer sus ofrendas y para expresar sus gratitudes al Señor. Las alusiones al exilio y al retorno al comenzar el salmo (v. 3) ubican este poema en la época exílica, aunque varios de sus temas deben haber sido recitados desde mucho antes del destierro en Babilonia. El salmo no tiene título hebreo, pero en la versión griega (LXX) y en la latina (V), se añade la expresión «¡Aleluya!» (véase la Introducción).

La estructura literaria que apoya el análisis del salmo y destaca sus elementos temáticos, es la siguiente:

• Llamado a la alabanza: vv. 1–3
• Intervención divina en el desierto: vv. 4–9
• Respuesta divina a la gente prisionera: vv. 10–16
• Respuesta divina a las personas rebeldes: vv. 17–22
• Respuesta divina a las personas que comercian en el mar: vv. 23–32
• Intervenciones divinas en la historia: vv. 33–41
• Conclusión al estilo sapiencial: vv. 42–43

vv. 1–3: El salmo comienza con una invitación a la alabanza que se fundamenta en la bondad divina; además, se afirma con seguridad, tanto al comienzo (v. 1) como al final del poema (v. 43), que la misericordia divina es para siempre. Esta incitación también identifica las destinatarios, «los redimidos del Señor» (v. 2), y se indica el lugar desde donde la redención divina, en forma de liberación y retorno, se pondrá de manifiesto: «De las tierras, del oriente y del occidente, del norte y del sur» (v. 3), que es una manera poética de aludir a una dispersión mayor, a algún tipo de exilio de proporciones importantes, que representa una calamidad extraordinaria. 

Estas imágenes, aunque pueden representar las acciones de Dios a través de toda la historia, quizá sean una referencia particular al exilio en Babilonia.
vv. 4–9: La primera referencia a la liberación se relaciona con las experiencias del pueblo durante el peregrinar por el desierto. Se habla de pérdidas, de soledades, de incapacidad de encontrar ciudades, de hambre, de sed, y de desfallecimiento del alma. En efecto, se revela la naturaleza y extensión de la crisis, se presenta las dificultades que encontró el pueblo luego de la salida de Egipto.
Y ante el descubrimiento de las dificultades del camino de la liberación, el pueblo entonces, clama al Señor en su angustia, que los libró de sus aflicciones. De esa forma se transforman las realidades: Los dirige por caminos derechos, que les lleva a las ciudades habitables (v. 7). 

En respuesta a la acción de Dios el salmista nuevamente exhorta al pueblo a alabar al Señor por su misericordia, por sus maravillas, y porque ayuda a la gente menesterosa y hambrienta (v. 9). Este mismo patrón de crisis, reconocimiento de la gracia, intervención salvadora de Dios, y gratitud del pueblo, se repite con regularidad en el poema. El estribillo de la alabanza pone claramente de relieve el propósito teológico y la finalidad cúltica del poema (vv. 8, 15, 21, 31).

vv. 10–16: Prosigue el poema presentando la forma en que el pueblo vivía: En tinieblas y sombra de muerte, y aprisionados en aflicción y hierros (v. 10), por haberse rebelado a la palabra del Señor y aborrecer el consejo divino (v. 11). Esos actos de infidelidad son realmente los causantes de sus caídas, quebrantos, desgracias y miserias (v. 12). Y una vez más, en medio del dolor y el cautiverio, clamaron al Señor, que los libró de sus aflicciones, los sacó de las tinieblas y de la sombra de muerte, y rompió sus prisiones (v. 14).

Nuevamente con el estribillo (v. 15), y como respuesta humana a la liberación divina, el salmista insta al pueblo a alabar la misericordia y las maravillas del Señor. Dios quebrantó las puertas de bronce y desmenuzó los cerrojos de hierro, que son imágenes de liberación de cárceles y cautividades mayores.

vv. 17–22: En esta sección se indica que el pueblo está en caminos insensatos de rebelión a causa de sus maldades que los llevó hasta abominar los alimentos y llegar a las puertas de la muerte (v. 18). Sin embargo, los israelitas clamaron al Señor nuevamente, y llegó la respuesta y la palabra divina en forma de sanidad y de liberación de la ruina (v. 20). La exhortación a la alabanza (v. 21) está unida al ofrecimiento de sacrificios y a publicar las obras divinas con júbilo.

vv. 23–32: Esta parte del poema alude al pueblo que se dedica al comercio a través del mar, que durante la época del rey Salomón llegó a su momento de esplendor (1 R 9:26–28). El poeta hace gala de su capacidad literaria al describir las maravillas y las obras del Señor. Se enfrentan cara a cara el poder de las aguas y los vientos, y la actitud de los marineros. Además, la imagen de la tempestad en el mar pone de manifiesto el poder de Dios en dos perspectivas, permitiendo su desarrollo y su capacidad para detenerla. En el entorno mismo de las aguas que representan para el pueblo la posibilidad del caos, se manifiestan las maravillas divinas (vv. 29–30).

Nuevamente el pueblo clama al Señor y manifiesta sus alabanzas, y Dios responde una vez más con sosiego, calma y sobriedad en las aguas. ¡La transformación de la tormenta es producto de la intervención divina! Y por esas acciones liberadoras, el salmista llama al pueblo a exaltar y alabar al Señor.
vv. 33–41: En esta sección del poema no se sigue el patrón de crisis, clamor, liberación y alabanza que se revela anteriormente; inclusive, no tiene el estribillo que mantiene la teología del poema. El corazón del mensaje se relaciona con las transformaciones de la tierra, que se convierte en desierto por la maldad de sus habitantes. Posteriormente la tierra regresa a su estado natural, por la misericordia divina, para que las personas hambrientas reciban la bendición abundante del Señor (v. 38) y tengan un lugar adecuado para vivir, puedan sembrar sus campos, plantar viñas y disfrutar los frutos (vv. 35–37).
Luego de ese período de prosperidad regresa la tiranía, el abatimiento, el dolor, el menosprecio, pero la intervención divina levanta a las personas pobres, y hace que sus familias se multipliquen, que son símbolos de felicidad, bendición divina y prosperidad (vv. 40–41). Una vez más, estas referencias de bondad y liberación pueden ser alusiones sencillas al período final del destierro. La imagen del rebaño y las ovejas pone en evidencia el sentido de intimidad que quiere destacar el salmista.

vv. 42–43: Para finalizar, el poeta, en tono lapidario, ha seleccionado algunos temas de la literatura sapiencial, que se relacionan bien con el espíritu general del salmo. La gente sensata debe revisar la historia para descubrir y afirmar la misericordia y la bondad de Dios.
El poeta de esta forma reconoce públicamente las actitudes de los corazones necios y los sabios. La gente recta se alegra con las liberaciones divinas, y responde con humildad, alabanzas y gratitud. Por su parte, las personas malas e insensatas cierran sus bocas, ¡no expresan gratitud al Señor! Solamente los hombres y las mujeres que tienen sabiduría guardan y atesoran las manifestaciones redentoras del Señor y entienden la revelación de su misericordia.

Este salmo pone una vez más de relieve el poder redentor del Señor a través de la historia nacional. Sin especificar los episodios de liberación, el salmista se pasea por la historia para revelar un ciclo importante humillación y redención en la vida. El reconocimiento de la culpa y los pecados, debe mover al pueblo al arrepentimiento y el clamor por la liberación divina; y ante ese clamor sentido y humilde, el Señor de la vida responde con una manifestación abundante de su misericordia. Esa revelación, a su vez, hace que la gente de bien reconozca y alabe la grandeza y la bondad del Señor. El Dios del salmista escucha el clamor del pueblo, y responde con actos maravillosos de liberación.

Esa actitud de humildad y reconocimiento divino se hizo realidad en la vida y la misión de Jesús de Nazaret. El Señor, que escuchaba el clamor de la gente necesitada que respondía a sus mensajes y enseñanzas, fundamentaba su palabra liberadora y su pedagogía transformadora en la revelación divina que se pone claramente de manifiesto en este poema. Dios escucha la oración de la gente oprimida; el Señor responde al clamor de las personas menesterosas; se acuerda Dios de las necesidades de los hombres en aflicción; y atiende el Señor a la oración de las mujeres en angustia. En los discursos del Señor se revela un particular deseo de atender a los sectores más vulnerables de las sociedades, porque reconoce que la esperanza de esas personas no puede estar en las instituciones humanas que les ha negado la justicia.

SALMO 108: «PETICIÓN DE AYUDA CONTRA EL ENEMIGO»

El Salmo 108, que es esencialmente una súplica colectiva, lo constituyen dos trozos de poemas anteriores del Salterio (Sal 57:7–11 y Sal 60:5–12). Sin embargo, esta yuxtaposición de textos lejos de aminorar la calidad teológica de su contenido o de disminuir el desafío moral de sus enseñanzas ha expandido el horizonte espiritual de su mensaje. Este poema no es solo la suma de sus componentes previos sino que se ha convertido en un salmo mucho más intenso y pertinente a los nuevos desafíos espirituales y morales de la época del regreso del exilio en Babilonia.

En su contexto básico y original, el Salmo 57 es un cántico de confianza y gratitud, y los versículos que se incluyen en el Salmo 108, son la acción de gracias por la salvación que el salmista ya ha recibido o está próximo a recibir. En el nuevo contexto (Sal 108), esa sección se convierte en la motivación para la alabanza, en la razón de ser de la gratitud. Al omitir los versículos 1–6 del Salmo 57, el 108 excluye toda referencia a las dificultades individuales. En efecto, se prepara el ambiente para poner de manifiesto un sentido hondo de seguridad y confianza en el Señor.

El corazón humilde del salmista canta y entona alabanzas entre las naciones; y, además, utiliza los diversos instrumentos musicales y despierta el alba con sus cánticos. El gran mensaje de las alabanzas del poeta es que la misericordia divina es más grande que los cielos, que es una manera figurada de enfatizar que la extraordinaria gloria del Señor se revela de forma abundante en las manifestaciones continuas y maravillosas de su amor.

El Salmo 60 es una súplica comunitaria, y los versículos que se incorporan en el Salmo 108, los utiliza como un clamor profundo que contiene un oráculo, prosigue con una promesa de triunfo, incluye un lamento por el rechazo divino, para luego finalizar con una clara afirmación tenue de confianza en Dios. Al omitir los versículos 1–4 del Salmo 60, el 108 excluye los lamentos por la derrota en la batalla.

La unión de estos poemas debe haberse llevado a efecto durante la época exílica, pues el salmo puede ser utilizado como parte de la adoración y las ceremonias religiosas del pueblo en el Templo, especialmente en los actos y cultos de acción de gracias y en los eventos donde se ofrecen ofrendas de gratitud. En este nuevo contexto, el salmo es una oración personal que alaba y agradece a Dios sus intervenciones históricas; además, es una clara afirmación de confianza en las intervenciones futuras del Señor. En esta ocasión (Sal 108), este salmo revela un tono teológico más positivo que sus componentes anteriores (Sal 57 y 60). El título hebreo del salmo lo identifica como un «cántico» y también lo describe como un «salmo de David» (véase la Introducción).

Como en los salmos inmediatamente anteriores (Sal 105–107), este poema afirma la fidelidad divina por el deseo del Señor de llevar a Israel a la tierra prometida, en contraposición de los ataques enemigos y las dificultades internas. Aunque el Señor disciplina a su pueblo, no lo desecha, pues recuerda el pacto que hizo con Abrahán y sus descendientes.
La estructura del poema se revela en la identificación de sus componentes literarios básicos. En los comentarios y las discusiones a los Salmos 57 y 60 se presentan otras evaluaciones teológicas y las reflexiones contextuales más extensas y pertinentes a estas secciones poéticas.

• Confesión de fe y seguridad en Dios: vv. 1–6
• Oráculo de soberanía divina: vv. 7–9
• Confesión de fe y seguridad en Dios: vv. 10–13

vv. 1–6: El propósito del nuevo salmo es «la liberación de los amados del Señor» (v. 6). Y las alabanzas iniciales de entrega y disposición dan paso al mensaje de algún profeta en el culto, que anuncia con autoridad la palabra divina (vv. 7–9), que en esta ocasión incorpora características universales.
vv. 7–9: El Dios del salmista es Señor de Siquem, del valle de Sucot, Galaad, Manasés, Efraín, Judá, Moab, Edom y Filistea. Esa teología es particularmente importante durante la época postexílica, luego de los mensajes que se incluyen en la segunda sección del profeta Isaías (Is 40–55).

vv. 10–13: La sección final se revela, aunque de forma tímida, la liberación divina, que lleva al pueblo hasta la ciudad fortificada de Edom, que es una manera de aludir al pueblo que representa al mayor y más importante enemigo de Israel. La palabra final del salmo es una afirmación de fe: Con el socorro divino se hacen proezas y se triunfa sobre los adversarios y los enemigos.
Una vez más se manifiesta con claridad la soberanía divina en el Salterio como una categoría teológica fundamental. El salmo habla del Dios que se alía con su pueblo para ayudarle a responder con poder a los grandes desafíos que le presentan los enemigos. El Dios bíblico es el compañero de caminos del pueblo que demuestra su fidelidad aunque no reciba esa misma lealtad.

SALMO 109: «CLAMOR DE VENGANZA»

El Salmo 109 es uno de los poemas que manifiesta con más claridad en el Salterio el dolor que produce la injusticia. El poema revela un profundo sentido imprecatorio y articula un deseo extraordinario de justicia, que se ponen de relieve en una serie importante de sentimientos intensos, expuestos en el salmo en forma de maldiciones vehementes—otros salmos que manifiestan este mismo este estilo violento, son los siguientes: Sal 55; 56; 58; 69—.

En medio de estos clamores sentidos y desgarradores, el salmista implora la ayuda divina a causa del ataque falso, de la actitud irresponsable y de las acciones injustificadas de algunos enemigos y adversarios. Estos deseos intensos de venganza, que ciertamente chocan con la sensibilidad religiosa contemporánea y con el testimonio cristiano moderno, deben ser entendidos en el contexto ideológico y teológico de la antigüedad, cuando no se habían revelado aún de manera total y plena las virtudes divinas en la figura del Mesías. El salmista da rienda suelta a las imprecaciones como una forma de articular y presentar públicamente la gravedad de su caso. La lectura cuidadosa del salmo revela un ambiente críticamente adverso contre el poeta, que se manifiesta en mentiras, engaños, acosos, odios, ataques y acusaciones. Y en medio de esas realidades de maldad y angustia, el poeta reclama la intervención divina.

Este salmo es una lamentación y súplica individual que implora al Señor que se haga justicia. El salmista es una persona piadosa y justa, acostumbrada a hacer el bien de manera desinteresada, que es acusada injustamente pero que reconoce en Dios su fuente primordial de esperanza y de justicia. Es muy difícil imaginar el uso cúltico de este salmo, aunque posiblemente este tipo de poema se utilizaba en la antigüedad en ceremonias privadas en las que implorada la intervención divina en algún caso legal complejo. Posiblemente por las formas de articular sus imprecaciones, este salmo no ha sido incorporado en las ceremonias litúrgicas eclesiásticas ni en las celebraciones cúlticas de las iglesias—p.ej., la conocida como «Liturgia de las horas»—.

La identificación precisa de la fecha de composición es muy difícil, dado la amplitud y las complejidades del tema; sin embargo, la relación de las maldiciones con un mensaje que se incluye en el libro del profeta Jeremías (Jer 18:19–23) puede ser un buen indicador de su entorno postexílico. El título hebreo del salmo lo relaciona con el músico principal o maestro del coro, y lo asocia con los salmos de David (véase la Introducción).
La estructura literaria que facilitará el estudio del salmo se desprende del análisis temático, y es la siguiente:

• Presentación del problema y el clamor: vv. 1–5
• La imprecación o maldición: vv. 6–20
• Nueva petición de ayuda: vv. 21–29
• Oración final: vv. 30–31

vv. 1–6: La petición del salmista es firme, clara y directa. Es una súplica urgente al Señor para que intervenga y no calle, ante los ataques impíos, el complot traidor y los engaños de gente mentirosa, que con odio y sin motivos han rodeado al penitente para hacerle mal. Se revela rápidamente la maldad de los adversarios, pues pelean sin motivos y pagan al salmista mal por bien, responden con odio al amor. Se manifiesta con claridad al comienzo mismo del poema la naturaleza de la crisis, la gravedad de la situación, el potencial de muerte.

El salmo describe un ambiente de traición que es nocivo a la salud integral, mental, física y espiritual. El salmista se dirige al Señor como «Dios de mi alabanza» (v. 1), para enfatizar la naturaleza divina que responde al clamor humano. Para el poeta herido, las alabanzas al Señor constituían el comienzo de su liberación; además, en medio de esas dinámicas de muerte y destrucción, el salmista penitente oraba (v. 4), que es una singular manera de revelar su seguridad y confianza en el Señor.

vv. 7–20: Esta sección del salmo presupone quizá un ambiente de juicio, un contexto legal. No son pocos los términos, las ideas y las expresiones que denuncian ese particular tono jurídico: p.ej., acusaciones, estar a mano derecha, condenaciones, juicio, culpabilidad.

La primera impresión al leer estas maldiciones es que el salmista se las dirige a quienes le acusan falsamente y se organizan para destruirle. Es la respuesta humana ante una situación de crisis injusta que incluye la posibilidad de muerte (v. 16). Algunos estudiosos, sin embargo, piensan que el salmista en esta sección está citando a quienes buscan su destrucción, y que estas maldiciones no son las expresiones naturales del poeta sino los deseos malsanos e impropios de quienes le persiguen y acusan.

La respuesta del salmista a esa retahíla infame de mentiras, odios, calumnias y resentimientos, es doble: En primer lugar, implora la intervención divina (v. 1); y, además, articula una serie intensa de maldiciones. La lista de las maldiciones o imprecaciones llega a veinte, es decir, dos veces diez, que es una manera de indicar que es un deseo completo.

Las maldiciones comienzan en el mismo juzgado, pues el salmista le pide a Dios que otro juez injusto atienda las crisis del enemigo del pobre, que a su vez es su enemigo, y que surjan nuevos acusadores en su contra. Las consecuencias de esos procesos judiciales corruptos e injustos son, entre otras calamidades, la condenación, la muerte, la pérdida de responsabilidades, la crisis económica y la disfunción familiar que perdura por varias generaciones. Como el juez injusto ha actuado sin misericordia y al margen de la ley, esas mismas actitudes de maldad le van a perseguir de manera individual y familiar hasta llegar a su destrucción total. La acción injusta hacia la gente pobre y menesterosa acarrea el juicio divino y genera las maldiciones del Señor. El poeta presenta estas maldiciones de forma visual, al aludir al cuerpo, la ropa, el cinturón; el juicio divino también penetrará como el agua y el aceite en el cuerpo y los huesos.

vv. 21–29: En esta sección del salmo, el poeta retoma el tema de las súplicas a Dios. Implora la liberación, el favor y la misericordia de Dios por amor al nombre del Señor, que es una manera de reclamar la intervención divina (v. 21). En esta ocasión, sin embargo, enfatiza su condición precaria: Está atribulado y necesitado, su corazón está herido, se siente como una sombra, y tiembla como una langosta. Indica, además, que se siente débil y está delgado a causa del ayuno (v. 24), y se siente escarnecido, marginado y rechazado. La expresión «menear la cabeza» (v. 25) alude a las burlas de las que era objeto.

La tensión ha aumentado, la crisis está en su momento crucial, la preocupación es intensa. Y en ese contexto de crisis, el salmista se allega nuevamente ante el Señor e implora su ayuda, suplica su salvación, reclama su misericordia (v. 26). Su petición básica es que su suerte cambie y sus enemigos reciban y sientan lo que él está experimentando en su dolor (vv. 28–29). El salmista desea ver el fracaso de sus enemigos, anhela disfrutar la vergüenza de sus acusadores, pide con firmeza la destrucción de sus adversarios. Implora, además, que esos mismos enemigos comprendan que ha sido la mano del Señor la que ha intervenido en su favor y en contra de sus adversarios (v. 27).

vv. 30–31: Para finalizar el poema con un tono grato y positivo, el salmista incorpora una serie importante de alabanzas. Luego de las maldiciones, el poeta expresa su gratitud y sus alabanzas «en medio de la muchedumbre» (v. 30), porque Dios hará causa común con los pobres, para liberarlos de las personas que le juzgan injustamente.

El salmista pone de manifiesto de esta forma las virtudes de la justicia divina: Afirma que el Señor apoya el dolor del pobre, que es una manera de destacar el deseo divino de liberar a las personas menesterosas y necesitadas. El gran mensaje del salmo es que Dios rechaza las acciones injustas de los jueces corruptos, pues está al lado de las personas que sufren las injusticias de la vida.
Varios asuntos requieren estudio y reflexión en este salmo. En primer lugar, el tema de las maldiciones es de gran importancia. ¡Es adecuada la indignación frente a las injusticias de la vida! No es espiritualmente saludable ni socialmente aceptable aceptar las injusticias humanas de forma pasiva y silente. El rechazo de esas acciones impropias e indeseables es pertinente y necesario.

El salmista expresa una serie intensa de maldiciones que revelan sus deseos de venganza. Estas maldiciones se fundamentan en el deseo de justicia que el salmista no recibe de las instituciones jurídicas oficiales. La corrupción del sistema de justicia es clave en la comprensión adecuada de estas imprecaciones. Más que un deseo revanchista psicopatológico, estas imprecaciones son las respuestas humanas para implorar la justicia divina, antes de la revelación plena y liberadora de Cristo.

El Dios bíblico establece el pacto con Abrahán y su descendencia para llevarles a la tierra prometida y construir una sociedad justa y responsable. El plan divino no es la corrupción, ni el cautiverio, ni la desesperanza, ni el rechazo, ni el dolor humano. Sin embargo, las actitudes humanas que no toman en consideración los valores morales y los principios éticos que se desprenden de la revelación divina, generan el ambiente adecuado y las dinámicas propicias para el desarrollo de la corrupción y de la injusticia.

En ese particular contexto de infidelidad y cautiverio, el Dios bíblico se compromete con la gente pobre, y apoya a los sectores marginados y rechazados de la sociedad. Es de gran importancia la afirmación teológica que ubica al Señor ayudando a las personas que son objetos de las injusticias de los sistemas humanos. Es determinante la idea del poeta: La gente maldice, pero Dios bendice (v. 28).

Como el salmista, Jesús de Nazaret experimentó la injusticia y la muerte de manos de jueces corruptos e injustos. Dios demostró su compromiso con el Señor a través de la resurrección. Se puso de manifiesto en la vida del Mesías que Dios se pone al lado de la gente que sufre de forma injusta, y transforma sus realidades de dolor en posibilidades de vida y triunfo.

SALMO 110: «JEHOVÁ DA DOMINIO AL REY»

El Salmo 110 es uno de los poemas más difíciles del Salterio, tanto desde la perspectiva exegética como la teológica. Las dificultades de comprensión e interpretación se pueden asociar, en parte, a que en los manuscritos hebreos más antiguos, el texto del salmo no se ha conservado muy bien, particularmente en el versículo tres. Ese particular problema textual es parcialmente responsable de las diferencias en las traducciones de este pasaje en específico.

El rey es el personaje más importante de este poema, que en esencia y también por el tema expuesto, es un salmo real. Posiblemente este es un salmo muy antiguo, pues puede provenir inclusive de la época davídica, aunque se utilizó posteriormente y se reinterpretó a través de la historia para relacionarlo con el resto de esa importante dinastía. Su contexto original fue quizá la ceremonia de entronización del monarca, aunque posteriormente pudo haberse utilizado en las fiestas anuales para celebrar las grandes victorias del rey o para presentar su programa de gobierno. El autor pudo haber sido el mismo rey David o alguien cercano al reino que interpretó su vida y monarquía desde una perspectiva mesiánica. El título hebreo del poema lo identifica directamente con los salmos de David (véase la Introducción).

Este salmo ha sido muy popular en la tradición cristiana pues se ha leído y utilizado mesiánicamente a través de la historia, para afirmar el señorío de Jesús, que para la iglesia y los creyentes es el Mesías y el Cristo de Dios (para v. 1, véase Mt 24:22; 26:64; Mr 12:36; 14:62; 16:19; Lc 20:42; 22:66; Hch 2:34; 1 Cor 15:25; Heb 1:13; 10:13; y para v. 4, véase Heb 5:6; 7:17, 21). Como en otros poemas o salmos reales, la interpretación cristológica del texto le ha añadido una nueva dimensión teológica que no puede ignorase ni obviarse.
La sencilla estructura de este salmo se desprende de la identificación y comprensión de los temas más importantes que expone:

• Primer oráculo al rey: vv. 1–3
• Segundo oráculo al rey: vv. 4–7

vv. 1–3: La primera sección del poema presenta a algún sacerdote o profeta del culto que se dirige al monarca en el nombre del Señor. El Señor le dice al rey que se siente a su diestra o a la mano derecha (v. 1), que era en la antigüedad un lugar de honra, una señal de distinción. Poner los enemigos a los pies del monarca era una manera de apreciar su trabajo, y una manera de afirmar su gestión pública. El mensaje es de afirmación divina: El poder y la autoridad del rey no se confinará ni detendrá en Sión (v. 2), que es una referencia a la ciudad de Jerusalén, pues dominará a sus enemigos, que es una alusión a sus victorias militares en la esfera internacional.

En las ceremonias antiguas de entronización se incluía un trono que se ubicaba sobre un estrado. Y en la parte delantera del lugar se dibujaban los rostros de los reyes enemigos que el nuevo monarca debía derrotar. Sentarse sobre el estrado que tiene el rostro de los enemigos es un gesto de victoria, es símbolo del triunfo. Ese acto simbólico también ponía de manifiesto los deseos reales de conquistar a las naciones vecinas, que era una manera de revelar antiguos anhelos imperialistas. Ir a la guerra para defender el territorio y al pueblo era una de las funciones más importantes del rey.

El salmo presupone e incorpora en el lenguaje y la cultura israelita una muy antigua tradición del Oriente Medio, que afirmaba que el rey se convertía en hijo de Dios el día que tomaba posesión del trono. Era simbólicamente el día de la concepción y del nacimiento (Sal 2:7). Para comunicar se mensaje de afirmación del rey israelita, el salmista se apropió de las imágenes de la aurora y del rocío que provienen de la cultura cananea. La idea es demostrar, en ese antiguo contexto politeísta, que el monarca de Israel es el verdadero hijo de Dios. La diferencia en las diversas traducciones de este versículo es producto de las dificultades textuales que manifiesta.

vv. 4–7: Esta sección prosigue con el oráculo divino al monarca. En esta ocasión, sin embargo, no alude a los poderes militares del rey sino que presenta las responsabilidades sacerdotales. El Señor mantendrá su palabra de apoyo al rey pues se le ha conferido un tipo de sacerdocio que va de acuerdo con la tradición de Melquisedec. Esa importante referencia al antiguo sacerdote y rey de la ciudad de Salem—posteriormente conocida como Jerusalén, que significa «ciudad de paz»—, revela el compromiso divino y el pacto de Dios con Abrahán (Gn 14:18–20). En efecto, el rey de Israel cumplía algunas funciones sacerdotales en las ceremonias litúrgicas del Templo. Salem es la ciudad jebusea, gobernada por un particular sistema sacerdotal, que David conquistó para establecer su reino.

El profeta cúltico continúa su mensaje al rey: En esta ocasión, sin embargo, es Dios quien está a la diestra del monarca, símbolo de privilegio, apoyo, autoridad y poder, quebrantará a los reyes con su ira, e impartirá la justicia de manera internacional. En efecto, el mensaje prosigue y desarrolla el apoyo que previamente se había dado al monarca (v. 2), aunque ahora se alude a algunos triunfos militares que disfrutará y propiciará el rey.

La imagen final del poema posiblemente presenta a un rey, cansado por sus victorias militares e internacionales, que se detiene para beber agua, para descansar y recuperar fuerzas, para finalmente levantar su cabeza en señal de triunfo (v. 7).

Aunque este salmo en su contexto original presentaba una visión imperial del reino de Israel, los primeros cristianos vieron en sus líneas buen material para afirmar el señorío de Jesús y para defender su particular naturaleza mesiánica. El mensaje total de este salmo se relacionó con la misión salvadora de Jesucristo. Las funciones militares y sacerdotales del antiguo monarca de Israel, que solo eran una quimera inalcanzable para los reyes del pueblo, se cumplieron cabalmente en la vida y misión de Jesús de Nazaret, de acuerdo con la interpretación cristiana del poema.

De particular importancia en la comprensión e interpretación de este salmo es la diferencia básica entre las formas de ejercer las funciones reales entre los monarcas de Israel y Jesús de Nazaret. Para Jesús, su reino «no es de este mundo» (Jn 18:36), que era una manera de indicar que no ejercería el poder y la autoridad de la forma en que el pueblo estaba acostumbrado a ver en sus monarcas. La gente poderosa demuestra su autoridad a través del menosprecio de las personas débiles y mediante el rechazo de la gente humilde y necesitada.
En Jesús, la humanidad tiene no solo la esperanza de recibir justicia y libertad sino que ha recibido un nuevo modelo de liderato. El líder verdadero es justo, respetuoso, digno y sabio. El líder real no es el que se apoya en la injusticia, la violencia y la corrupción para imponer sus ideas o proyectos, sino el que afirma las causas que liberan al ser humano de los cautiverios que le impiden llegar a ser lo que Dios quiere que sea.

SALMO 111: «DIOS CUIDA A SU PUEBLO»

Los Salmo 111 y 112 son poemas acrósticos de una sola línea que se complementan, tanto en la sucesión de las veintidós letras del alefato hebreo como en el desarrollo lógico del contenido y de los temas expuestos (véase también Sal 9–10; 25; 34; 37; 112; 119; 145). Gran parte de sus frases, ideas y pensamientos se incluyen en otros salmos.
El dúo constituye una muy buena introducción al grupo de salmos que finaliza con el 119. El Salmo 111 presenta el tema de la obra del Señor y su palabra; y el 112 describe a la persona sabia que responde adecuadamente a esa obra y a la palabra divina. En efecto, la poesía de estos salmos pone de manifiesto la gran capacidad artística y literaria del poeta como también revela su gran sensibilidad teológica.

El Salmo 111 comienza y termina con un cántico de alabanza a Dios por sus obras maravillosas y por su palabra. Esta dualidad temática se manifiesta en todo el poema, pues es muy difícil separar la palabra divina de la actividad del Señor en medio de la historia. Lo que Dios dice lo pone en acción, y el actuar del Señor se fundamenta en la revelación que se encuentra en su palabra. De forma práctica el poema afirma la gran correspondencia ética del Señor, que une la teoría de su voluntad y la práctica de su mensaje.

Este salmo es un himno de alabanza que celebra y agradece las acciones y la obra de Dios en la historia, particularmente afirma las manifestaciones maravillosas del Señor a favor de su pueblo y la importancia de la fidelidad al pacto. Su contexto básico inicial fue posiblemente algunos de los festivales anuales del pueblo, quizá la fiesta de Pascua o la de Tabernáculos. Su autor es un adorador agradecido que se levanta en medio de las celebraciones para destacar la obra de Dios en la historia. Por la naturaleza de los temas expuestos, se piensa que este salmo es de origen postexílico. Además, las ideas sapienciales que se incorporan al final del salmo delatan sus virtudes didácticas, que puede preceder al uso del Salmo 112. Este salmo no tiene título hebreo (véase la Introducción).

La estructura de los poemas acrósticos es rígida, por la naturaleza de la disposición de las letras, sin embargo, en esta ocasión se pueden distinguir varias secciones:

• Alabanzas al Señor: v. 1
• Las grandes obras de Dios: vv. 2–3
• Los frutos de la clemencia y la misericordia de Dios: vv. 4–9
• Importancia de la sabiduría: v. 10

v. 1: El poema comienza con un aleluya que precede a la disposición acróstica. Posiblemente era una especie de título antiguo al salmo para destacar el reconocimiento divino. Además, el salmo revela que las alabanzas al Señor deben ser sentidas, «de todo corazón», y en compañía de las personas rectas, en un entorno público, en medio de las asambleas nacionales. Esa referencia al pueblo con el calificativo de «rectitud» ubica el poema en la tradición sapiencial que se explorará al final de este mismo salmo y también en el posterior Salmo 112.

vv. 2–3: El salmo en esta sección destaca las grandes obras divinas, que describe como dignas de ser fuente de meditación. Además, el salmista afirma que esas obras delatan la majestad y el esplendor divino, y también pone de manifiesto la justicia permanente del Señor. Las obras del Señor son merecedoras del estudio ponderado y la meditación de parte de las personas sabias y prudentes. De esta forma el salmo afirma su gratitud a Dios por la creación.

vv. 4–9: Prosigue el salmista con las obras divinas que ahora identifica como maravillas; además, se describe con claridad la naturaleza del Señor como clemente y misericordioso. Esas acciones maravillosas del Señor se revelan en el alimento que brinda a quienes le temen (v. 5), y en la afirmación de su pacto. También manifiesta su gran poder al pueblo al darle la heredad de las naciones—en alusión a la conquista de la tierra prometida—, y al afirmar que sus manos, en referencia a sus acciones, son fieles (v. 7) y que pueden relacionarse con los conceptos de la verdad, la justicia y la rectitud (vv. 7–8).
Los mandamientos divinos son fieles, su nombre—que revela su esencia más importante y distintiva—es santo y temible, y su redención envía al pueblo, que son maneras poéticas de aludir a su compromiso indiscutible con los valores que ponen de relieve los grandes temas del éxodo de Egipto, como son la liberación del pueblo y la redención nacional.
v. 10: El poema finaliza con una muy importante declaración sapiencial: El fundamento de la sabiduría es el respeto y el aprecio a los principios y los valores que se relacionan con la revelación del Señor en la historia nacional. La gente sabia—descrita anteriormente como «recta» (v. 1)—, es decir, las personas que ejercen el buen juicio o que viven de acuerdo con el sentido común, pone en práctica los mandamientos divinos, vive a la altura de los principios morales relacionados con la misericordia del Señor, y actúa según los valores éticos que proceden de la naturaleza santa de Dios.
La expresión final del poema es una ampliación de la declaración inicial: La alabanza es eterna, si se hace de corazón y en compañía de personas que comparten los mismos valores morales y éticos.
De acuerdo con este salmo, la gente recta y fiel medita en las obras del Señor. Ese acto de meditación es una especie de reflexión crítica en torno a las intervenciones divinas en la historia; es una manera de desarrollar un tipo de análisis sobrio en torno a las manifestaciones salvadoras de Dios en Egipto, Canaán y Babilonia; y es una forma sobria de incentivar el estudio ponderado de la historia del pueblo, para distinguir y afirmar la mano liberadora del Señor en medio de las vivencias cotidianas.
Este salmo llama al pueblo a leer la historia nacional con ojos teológicos, pues una revisión crítica de la vida descubre que la mano del Señor no está cautiva en las dimensiones religiosas de la existencia. El Dios bíblico actúa en las diversas áreas de la vida, en los muchos escenarios donde se vive la realidad humana.
Esa importante afirmación teológica descubre que Dios interviene no solo en las dinámicas cúlticas, eclesiásticas y religiosas de los pueblos, sino que vive y actúa en medio de los conflictos políticos, económicos y sociales de las naciones. El Dios bíblico no está cautivo en el mundo de la religión sino, como indica el salmo, se manifiesta con esplendor, majestad y justicia en medio de las complejas realidades diarias de las naciones.
Jesús de Nazaret vivó de acuerdo con la teología pertinente y contextual que se desprende de este salmo (Mt 5–7), y María incorporó el mensaje del poema para celebrar y afirmar la misericordia divina y el amor de Dios (Lc 1:49).

SALMO 112: «PROSPERIDAD DEL QUE TEME A JEHOVÁ»

El Salmo 112 continúa el tema que concluye el poema anterior: ¡Es bienaventurada o dichosa la persona que teme y honra al Señor! Esa felicidad plena proviene del deleite y disfrute que surge al estudiar y ponderar los mandamientos del Señor (v. 1). En efecto, este poema, que prosigue el estilo y los temas que se articulan en el salmo precedente (Sal 111), enumera algunas características importantes de las personas rectas: ¡Creen, respetan y obedecen la palabra de Dios!
Por su relación temática y estilística con el salmo anterior, muchos estudiosos piensan que este poema proviene del mismo autor—o por lo menos, de la misma escuela de pensamiento—y de la misma época postexílica. Inclusive, se puede analizar este salmo como un tipo de comentario ético al poema anterior, se puede comprender como una exposición moral y teológica a los temas expuestos en el salmo precedente. Algunos términos o expresiones que se incluyen en los dos salmos—p.ej., la referencia directa a la gente «recta» (Sal 111:1 y 112:2)—pueden ser indicadores de su continuidad. La finalidad educativa del salmo destaca los elementos sapienciales.
Este salmo es esencialmente un poema sapiencial que intenta descubrir el sentido de la vida, y desea descubrir dónde se encuentra la felicidad. El mensaje incluye la reacción adversa de la gente malvada que no resiste ver el triunfo de las personas que temen al Señor. La disposición acróstica del poema es posiblemente un buen artificio literario para facilitar la memorización del salmo y propiciar el aprecio de sus valiosas enseñanzas.
La estructura literaria del salmo, que manifiesta la tradicional rigidez de la poesía acróstica, revela algunos temas importantes que la distinguen.

• Bienaventuranza: v. 1
• Los frutos de la dicha: vv. 2–9
• Reacciones de la gente impía a la vida feliz: v. 10

v. 1: El salmo comienza con una afirmación de alegría, dicha o bienaventuranza, que es una característica importante de la literatura sapiencial. La felicidad de las personas rectas se fundamenta en el temor a Dios, que en este particular contexto poético se refiere al reconocimiento pleno y genuino de los mandamientos del Señor. Es decir, el deleite de la gente íntegra es cumplir los estatutos divinos. Desde el inicio mismo del salmo se pone claramente de manifiesto la fuente de la felicidad, que también es el fundamento de la sabiduría: El cumplimiento feliz de la voluntad divina.
vv. 2–9: El resto del poema es una continuación de la declaración teológica y ética inicial. Las bienaventuranzas divinas producen consecuencias concretas en las personas. Temer al Señor tiene implicaciones prácticas y reales, particularmente en medio de sociedades conflictivas, hostiles y litigantes.
La primera consecuencia de la bendición y la dicha que emana del Señor se produce en el entorno familiar e íntimo: La descendencia será poderosa, mucha, rica y bendita (vv. 2–3). Además, como parte de esa manifestación de gracia y felicidad, se añade un muy importante elemento teológico: «Su justicia permanece para siempre», que es una manera de garantizar el acompañamiento divino a través de la historia, pues la justicia es uno de los atributos divinos más importantes.
Los resultados de la bienaventuranza divina se manifiestan también en la esfera social. La gente feliz—identificada ahora como personas «rectas» (v. 4)—, resplandece, es decir, es reconocida en la comunidad; también es misericordiosa, clemente y justa, que apuntan hacia la relación con Dios que tiene esas mismas características morales. Además, como secuela de la felicidad divina, las personas bienaventuradas prestan y responden a las necesidades de su comunidad y gobiernan su casa con juicio e inteligencia. Esas actitudes sobrias y prudentes le ganan el reconocimiento perpetuo y le brinda el poder para no ceder ante los zarandeos de la vida.
La gente bienaventurada vive confiada, no teme a la posibilidad de malas noticias ni ante las complejidades de la vida, y apoya las causas justas de la gente en necesidad y pobreza (v. 9). Ese estilo de vida íntegro, recto, sabio y dichoso hace que la justicia caracterice su comportamiento y se manifieste de forma pública. Esa actitud pone de manifiesto su poder, que revela la gloria y el poder divino.
v. 10: La respuesta de las personas impías ante las bendiciones que recibe y vive la gente dichosa es de indignación e ira; sin embargo, esos deseos adversos de maldad fracasarán. La idea final del salmo es que las personas injustas son infelices y hacen lo contrario de la gente bienaventurada: «Crujen los dientes y se consumen», que son símbolos de la hostilidad que les destruye.
Este poema destaca las virtudes que se relacionan con la dicha de obedecer y apreciar los mandamientos del Señor. Esa alegría plena se fundamenta en el aprecio gozoso a la revelación de Dios. Además, de acuerdo con las enseñanzas del salmista, la vida íntegra y noble pone de relieve una serie de virtudes que se manifiestan en la familia y la comunidad.
El primer nivel de virtud que produce la bienaventuranza divina se vive en medio de las dinámicas familiares. La familia, que constituye el núcleo básico de educación y vida, recibe las consecuencias del gozo verdadero que se desprende de la obediencia a los mandamientos. Además, esas dinámicas positivas en lo íntimo del hogar también se revelan en las dinámicas sociales de la comunidad. La felicidad plena que produce la revelación del Señor no solo toca las vivencias más íntimas de la familia sino que contribuye positivamente al mejoramiento de las relaciones interpersonales en la sociedad.
Ese modelo de bienaventuranza es muy necesario en las sociedades contemporáneas, cuando la vida se divide en esferas sociales desconectadas. La integridad que genera la bendición divina, que hace a la gente feliz, dichosa, alegre y bienaventurada, se debe manifestar en todas las relaciones de la vida. Tanto en el hogar como en la comunidad. La discontinuidad ética que confina los valores morales solo en las actividades públicas no hace justicia a la revelación transformadora del Señor que desea el disfrute pleno de la gracia divina en las diversas áreas de interrelaciones humanas.
Ese fue el modelo que siguió Jesús de Nazaret en su ministerio. Vivió los valores de la gracia divina no solo en su predicación transformadora y en sus enseñanzas proféticas sino en las vivencias del hogar. Las bienaventuranzas para el Señor constituyen el corazón del mensaje evangélico, y destacan, entre otros, el valor de la integridad moral (Mt 5–7).

SALMO 113: «DIOS LEVANTA AL POBRE»

El Salmo 113 comienza una sección breve del Salterio que se conoce comúnmente como la Pascua Hallel o el Hallel egipcio (Sal 113–118). También se pueden identificar estos poemas como el Pequeño Hallel, en contraposición al Gran Hallel (p.ej., Sal 120–136; o Sal 135–136; o Sal 136). Estos poemas se utilizaban para recordarle al pueblo las grandes obras de Dios; particularmente le permitía a la comunidad repasar los episodios de la liberación de Egipto o el éxodo de Moisés (Sal 114). Se usan con devoción durante las celebraciones anuales de la pascua judía: Los Salmos 113 y 114 se leen antes de la comida pascual; y los Salmos 116–118, después de la cena. De acuerdo con Mateo el evangelista, Jesús siguió esa misma tradición litúrgica luego de celebrar la cena pascual con sus discípulos (Mt 26:30).
Los Salmos 113 y 114 son complementarios. El primero pone de manifiesto el tema de las alabanzas a Dios, y el segundo presenta el mejor ejemplo para promover e incentivar esas alabanzas. Quizá la gran preocupación del poeta detrás del Salmo 113 es la identificación y descripción de lo distintivo y particular del Dios de Israel, que ciertamente es liberador. Este salmo se relaciona con los dos anteriores (Sal 111–112) por la expresión inicial que incentiva las alabanzas al Señor.
El Salmo 113 es un himno de alabanzas al Señor que enfatiza la importancia del nombre divino, que más que un distintivo lingüístico superficial, revela la esencia misma de quien los ostenta, pues es capaz de generar cambios sustantivos y radicales en la vida de las personas y la comunidad. El autor debe haber sido un adorador que luego del período exílico intenta identificar las características divinas que le hacen superior al resto de las divinidades en la antigüedad. El salmo no tiene título hebreo (véase la Introducción).
La sencilla estructura literaria del salmo se desprende de su análisis temático. La lectura cuidadosa del poema revela, sin embargo, que el himno carece de conclusión, que se manifiesta con claridad en el poema posterior (Sal 114).

• Invitación a la alabanza: vv. 1–3
• El Dios de los pueblos y del universo: vv. 4–6
• Las acciones divinas: vv. 7–9

vv. 1–3: La sección inicial del poema es una invitación reiterada a la alabanza y al reconocimiento público del nombre del Señor. El salmo comienza y termina con la misma expresión «aleluya» (vv. 1, 9). Se revela de esta forma al Dios que merece toda la alabanza y bendición humana, en todo tiempo y lugar.
El poema destaca la importancia del nombre de Dios—p.ej., Yahvé, que en que la tradición Reina-Valera se ha vertido como Jehová—que, en efecto, es una demostración de su esencia redentora. El Señor debe ser alabado y bendecido continuamente por su naturaleza. La expresión «desde el nacimiento del sol hasta donde se pone» (v. 3) es una hebraísmo que alude a la totalidad de la tierra.
vv. 4–6: En esta parte del salmo se explican algunas razones para alabar al Señor. En primer lugar, Dios es el Señor de las naciones y de los cielos, que revela un desarrollo teológico universalista. De acuerdo con el poeta, Dios es excelso e incomparable. No hay divinidad que se le pueda asemejar, pues su poder se manifiesta tanto en las alturas como en medio de las vivencias del pueblo: ¡Es Señor en el cielo y en la tierra! Sin embargo, su poder extraordinario no le limita para humillarse y mirar a las personas en necesidad (v. 7).
vv. 7–9: En esta sección final del salmo se describen las acciones concretas del Señor. En la parte anterior, el poeta describía al Dios inefable y poderoso de forma general; sin embargo, para finalizar su himno, identifica de forma precisa algunas intervenciones liberadoras de Dios: Levanta al pobre del polvo y a la persona menesterosa alza del basurero (v. 7), para ubicarlos en puestos de reconocimiento y honor: ¡Los sienta con los príncipes del pueblo! (v. 8). Además, transforma las penurias de las mujeres estériles, y les brinda el gozo de ser madres (v. 9). El poeta, en efecto, habla de transformaciones sociales y personales. La virtud divina no solo afecta positivamente las dinámicas internas y personales de los individuos, sino que altera para bien las estructuras sociales de los pueblos. La palabra final del poeta es «aleluya», que revela la profunda gratitud del salmista por sus intervenciones salvadoras hacia las personas menesterosas y frágiles.
El mensaje del salmo es particularmente liberador para las mujeres que en la tradición judía debían quedarse de pie para servir en las mesas. Su papel principal en la vida era ser espectadoras silentes de la historia. De acuerdo con la visión transformadora del salmista, esas mujeres que anteriormente debían solo ver las bendiciones divinas a la distancia, ahora se pueden sentar a la mesa para disfrutar de las bendiciones del Señor. ¡Son partícipes de la bendición divina, son protagonistas en la historia de la redención!
Esta palabra poética es de vital importancia para mujeres como Ana (1 S 1) y María (Lc 1:46–55), la madre de Jesús, que utilizaron este mensaje liberador para poner de manifiesto sus cánticos más reveladores y esperanzadores. Y el apóstol Pablo expande y afirma su importante teología en torno a la encarnación y humillación de Cristo, al afirmar que Jesús se bajó, rebajó, anonadó o humilló a sí mismo para vivir plenamente las realidades y las vivencias humanas (Fil 2:6–11). Con ese acto heroico y liberador, el Señor no tiene como finalidad enseñarnos cómo se muere sino modelar cómo se vive a la altura de los valores que se relacionan con la misericordia y la justicia del Señor.

SALMO 114: «LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO»

El Salmo 114 complementa el poema anterior (Sal 113), pues ilustra de forma práctica la teología que se revela con antelación. El Dios de este poema es soberano de las naciones, apoya las causas de la gente desposeída, es Señor de la naturaleza, y preserva la vida de las personas necesitadas. La visión de Dios como Señor de la tierra y el cielo ahora se hace realidad en la vida del pueblo y en los actos divinos liberadores y extraordinarios. Este poema describe algunas de las intervenciones de Dios que hicieron posible el éxodo del pueblo de Israel de la nación de Egipto y la entrada de ese mismo pueblo a la tierra prometida.
Este salmo es esencialmente un himno de alabanzas a Dios como respuesta a sus manifestaciones salvadoras en la historia nacional. Es el segundo de los poemas del Pequeño Hallel (Sal 113–118), que tiene como contexto histórico básico las ceremonias anuales del pueblo y los festivales nacionales, particularmente la celebración de la Pascua o quizá en la afirmación del pacto de Dios con su pueblo. Es posible que este himno se pueda fechar en la época preexílica, pues no se distinguen con claridad las referencias al exilio en Babilonia. Aunque temáticamente este salmo se complementa y relaciona con el anterior (Sal 113), en algunas versiones antiguas (p.ej., LXX, V, S, entre otras) lo unen al Salmo 115, para hacer una sola composición. La revisión cuidadosa de los temas expuestos en ambos salmos, sin embargo, indica que son composiciones independientes. Este salmo no tiene título hebreo (véase la Introducción).
La estructura literaria de este breve poema revela más de una posibilidad.

• Las experiencias de liberación: vv. 1–2
• El proceso de salida de Egipto y la entrada a la tierra prometida: vv. 3–6
• La tierra se humilla ante el Dios creador: vv. 7–8

Otra posible estructura del poema es una disposición quiástica que presenta en paralelos y simetría los dos temas fundamentales del poema: Dios y sus intervenciones salvadoras.

A El Dios que sacó al pueblo de Egipto: vv. 1–2
B Intervenciones de Dios en la naturaleza: vv. 3–4
B′ Reflexión sobre esas intervenciones de Dios en la naturaleza: vv. 5–6
A′ Milagros del éxodo de Egipto: vv. 7–8

vv. 1–2: Este salmo da la impresión que carece de introducción y conclusión, particularidad que puede explicarse por su participación del grupo del Pequeño Hallel que le sirve de marco de referencia teológico e histórico. Quizá este poema sea muy antiguo y en el transcurso histórico de su transmisión oral y textual perdió esos componentes.
La imagen inicial del poema ubica al lector en el período de esclavitud de Israel en Egipto, particularmente en el momento del éxodo o salida. El poeta identifica de forma negativa al pueblo egipcio, al calificarlo como bárbaro o de lengua balbuciente, que es una manera peyorativa y despreciativa de aludir al lenguaje de los opresores. Israel es llamado Judá y casa de Jacob, para destacar la historia nacional y enfatizar las antiguas promesas divinas hechas a los antepasados. Hay un claro sentido de pertenencia: El pueblo de Dios es santuario y dominio, símbolos del poder divino y de compromiso nacional.
vv. 3–6: La segunda sección del poema alude a los milagros relacionados con la liberación de las tierras de Egipto. En primer lugar se refiere el poeta a las intervenciones maravillosas de Dios en el Mar Rojo y frente al Río Jordán. Además, se alude a otro tipo de acto divino que hizo que las montañas y los collados saltaran como carneros y corderos. Las preguntas retóricas que se incluyen en el salmo ponen de manifiesto que todos esos actos fueron producto de la intervención salvadora del Señor.
El salmo destaca la capacidad divina de inclusive transformar la naturaleza para lograr su propósito liberador con Israel. Son acciones extraordinarias que ponen en evidencia el poder divino sobre la naturaleza, tanto los cuerpos de agua como la tierra firme.
vv. 7–8: Esas acciones de Dios sobre la naturaleza, para llevar a efecto la liberación de Israel de Egipto y llevarlo a Canaán, son símbolo del poder divino que hace que la tierra se transforme. En efecto, la tierra tiembla, pues ante la presencia del Dios que se reveló a Jacob, la naturaleza misma cambia su hostilidad natural en aguas saludables, en referencia al episodio del desierto cuando el agua salió de las piedras (Ex 17:1–7). ¡Hasta las peñas y las rocas del desierto se convierten en agentes de vida y futuro en las manos del Señor!
El mensaje del salmo es extraordinario y claro: Dios convierte las aguas en tierra firme y segura, transforma las piedras duras e inertes en fuentes de aguas que mitigan la sed, y las montañas del desierto, que son símbolo de firmeza y estabilidad, se conmueven y tiemblan como símbolo del poder divino. El Señor del salmo está comprometido con su pueblo, a quien llama santuario y dominio, que son expresiones que revelan el compromiso divino y la relación de intimidad con Israel.
De particular importancia en el poema es la afirmación que el santuario del Señor es el pueblo. Esa teología pone en justa perspectiva las virtudes de los espacios sagrados, los templos. Mucho más importantes para Dios que las estructuras físicas y las edificaciones religiosas están las personas, los seres humanos, la gente. El verdadero santuario donde Dios habita es en medio de la comunidad, en su pueblo. En la historia del pueblo de Israel ese santuario viajó de Egipto a Canaán, pues se manifestaba en la vida de la comunidad.
Esa teología en torno al Templo de Jerusalén la afirmó Jesús en su ministerio. De acuerdo con el mensaje de Juan, el evangelista (Jn 2:13–21), el Señor reaccionó de forma adversa a las políticas religiosas que convirtieron la estructura física del Templo en cueva de ladrones. En ese contexto, Jesús le dio importancia capital a su cuerpo como templo de Dios. Y expandió esa enseñanza al desafiar a las personas que quisieran convertirse en santuario de Dios (Jn 14:23). Esa teología del salmo en torno al verdadero santuario de Dios también se manifiesta en la literatura paulina.

SALMO 115: «DIOS Y LOS ÍDOLOS»

El Salmo 115, aunque no menciona al éxodo de Egipto como tema de importancia, presenta el poder divino que inspira la confianza y la seguridad del pueblo. En medio de las crisis nacionales, representadas por la idolatría, el salmista reconoce que la manifestación de gloria divina no se relaciona con alguna virtud nacional sino con las dos características fundamentales del Señor: Su misericordia y su verdad. En efecto, este poema pone de manifiesto un sentido grato de seguridad y gratitud que se fundamenta en la naturaleza divina que domina sobre los cielos, la tierra y hasta donde están los muertos, en lo último de las oscuridades de la tierra.
El poema es un salmo de confianza comunitaria, como se desprende de la lectura de los temas básicos (vv. 9–11). El poeta es posiblemente un sacerdote de la Casa de Aarón que, preocupado por la crisis nacional y también consternado por la idolatría reinante a su alrededor, articula un poema que revela sus convicciones monoteístas y pone de manifiesto su seguridad teológica.
Aunque muy bien este salmo puede provenir de la época monárquica, pues este tipo de crisis de seguridad y fe estuvieron presentes en diversos períodos de la historia del pueblo, los argumentos contra los ídolos revelan la teología postexílica que se incluye en la segunda parte del libro del profeta Isaías (Is 40–55). Posiblemente este es un salmo que responde a las dificultades religiosas y prácticas que enfrentada el pueblo de Israel cuando vivía cautivo en Babilonia. Este salmo no incluye título hebreo (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo se desprende de la identificación de los temas principales que expone.

• Oración o súplica colectiva: v. 1
• Los motivos de la súplica: vv. 2–8
• La confianza en el Señor: vv. 9–11
• La bendición sacerdotal: vv. 12–15
• Alabanzas del pueblo a Dios: vv. 16–18

v. 1: El salmo comienza con un reconocimiento humilde de la gloria de Dios. Esa gloria, que representa su esplendor moral y su poder liberador, debe ser dada únicamente al Señor. Y el fundamento de ese aprecio singular es la misericordia y la verdad divina, que constituyen dos de las características del Dios del pacto más importantes en el Salterio y en la teología bíblica. De manera implícita el pueblo insinúa que Dios puede dar gloria a su nombre mediante un nuevo acto de liberación; en esta ocasión, sin embargo, no es de Egipto sino de Babilonia.
vv. 2–8: En esta sección del poema se revelan los motivos fundamentales de dar la gloria y el reconocimiento debido únicamente el Señor. Y el salmista para destacar la crisis de la idolatría que rodeaba a la comunidad presenta una caricatura de los ídolos, y añade que quienes les hacen y adoran son como esas mismas imágenes que preparan, no tienen vida.
Ante la pregunta básica, dónde está tu Dios (v. 2), el salmista responde con una magnífica sección del poema que revela gran capacidad literaria y articulación teológica (vv. 4–8). El Dios verdadero está en los cielos, pues es el Señor que crea de acuerdo con su voluntad. Sin embargo, esa no es la realidad de las divinidades locales, que el poeta rechaza de forma enérgica y firme. Los ídolos son de oro y plata, y son producto de la imaginación humana. Por esa razón básica, el poeta indica que esas divinidades ni tienen vida: No pueden hablar, ver, oír, oler, palpar, caminar, ni comunicarse, aunque sus artífices se han preocupado por dotarlos de boca, ojos, oídos, nariz, manos, pies, y garganta. Para el salmista, la fabricación y el aprecio de los ídolos rebaja la naturaleza humana pues confina a las personas a lo inerte e inútil de sus creaciones.
La polémica contra los ídolos y el politeísmo aparece con frecuencia en los escritos proféticos, particularmente los que provienen de la época postexílica (véase Is 40:18–20; 44:9–20; Jer 10:3–16; y también en Os 8:5–6). Estos importantes temas y esta sección del poema (vv. 4–6; 8–11) contra la idolatría se citan e incorporan casi de forma textual en el Salmo 135:15–20.
vv. 9–11: El poeta en esta sección central del salmo retoma el tema de la confianza y seguridad en el Señor. Mientras la gente que oprime al pueblo confía en los ídolos, el pueblo de Israel confía en el Dios que es ayuda y escudo, símbolos de seguridad y estabilidad. De esta forma, el estribillo «Él es tu (o nuestra) ayuda y tu escudo» se convierte en el tema a destacar. Esa afirmación se relaciona con Israel, con la casa de Aarón y también con la gente que teme al Señor.
vv. 12–15: El desarrollo del salmo requiere que al importante tema de la confianza en el Señor le siga el de la bendición divina. Un líder del grupo de adoradores, posiblemente un sacerdote de la casa de Aarón, se levanta con autoridad para bendecir al pueblo en el nombre del Señor. ¡El tema de la seguridad y la esperanza toma dimensiones nuevas!
En esta bendición se repiten los grupos aludidos en la sección anterior (vv. 9–11): Casa de Israel, casa de Aarón y las personas que temen al Señor, que en esta ocasión se aluden como pequeños y grandes, para afirmar e incorporar la totalidad de la comunidad. Esa bendición divina no solo llegará a niveles personales sino que a través de ellos se manifestará en su descendencia. El Dios creador también está muy interesado en bendecir a su pueblo.
vv. 16–18: Para finalizar el poema, el salmista hace algunas afirmaciones teológicas de importancia. Esas declaraciones revelan la cosmovisión antigua del mundo, los cielos y el lugar de los muertos, que se pensaba estaba ubicado debajo de la tierra. El Dios creador mora en las alturas, el cielo; los seres humanos señorean la tierra y la creación; y los muertos habitan en el lugar del silencio donde no se puede alabar al Señor. La referencia al silencio (v. 17), o seol, es al reino de la muerte (véase comentario al Sal 6:5), que era imaginado en la antigüedad como un lugar oscuro, ubicado en lo más profundo de la tierra, donde los muertos no podían hacer nada, ni siquiera alabar al Señor.
La última expresión del salmo es «aleluya», que significa «alabado sea el Señor». La expresión litúrgica culmina el poema con una buena nota de gratitud, y contrasta el mensaje del salmista con la actitud de las personas que descienden al silencio, que no pueden expresar sus alabanzas a Dios.
Este salmo no representa la teología cristiana que destaca el tema de la resurrección de los muertos, pues se escribió en la época postexílica cuando esa fundamental doctrina no se había revelado aún en las Escrituras ni en la historia. La idea final del poema, sin embargo, no se relaciona con la idolatría sino con el pueblo que bendice al Señor permanentemente.
El poema estudiado revela claramente la fuerte y adversa reacción bíblica hacia la idolatría. En efecto, ese pecado es particularmente rechazado en la Biblia pues atenta contra Dios mismo. Es una forma de rechazo a la insustituible naturaleza divina para aceptar como divina alguna manifestación o copia de la creación. La idolatría es particularmente penada en la antigüedad pues cada pueblo tenía sus dioses, y aceptar una divinidad extranjera equivalía al desprecio nacional y al rechazo de la identidad propia. Es de notar que la constitución de Israel como pueblo está íntimamente ligada a la liberación de Egipto, y que un desprecio al Dios liberador era eliminar la fuente básica de su identidad nacional.
De particular importancia en este salmo es la confrontación entre el Señor de la creación, que representa la vida, y los diversos ídolos de los pueblos, que aluden a la muerte. La sabiduría del pueblo se manifiesta en el proceso de reconocimiento del Dios verdadero en contraposición con las divinidades que son producto de las manos humanas. ¡El Dios verdadero libera, y los ídolos cautivan!
Ante ese mundo del silencio de los muertos, se presenta Jesús de Nazaret como el Señor de la vida y la resurrección (Jn 13–16). En el Cristo de Dios, la iglesia cristiana y los creyentes tienen una fuente de esperanza extraordinaria que sobrepasa los linderos de la historia y los límites del tiempo. La fe cristiana ha depositado su confianza en el Señor que venció la muerte y nos ha preparado un lugar indescriptible para el disfrute pleno y cabal de la vida eterna.

SALMO 116: «ACCIÓN DE GRACIAS POR HABER SIDO LIBRADO DE LA MUERTE»

El Salmo 116 manifiesta el agradecimiento profundo de una persona que adora por haber sido liberada de la muerte o de algún peligro mortal. El poeta, como respuesta a esa intervención salvadora de Dios, se presenta con humildad ante el Señor y el pueblo con su ofrenda de alabanzas y gratitud (v. 17). La referencia a la liberación de la muerte es quizá una alusión a la experiencia del éxodo de Egipto, específicamente a la manifestación de la misericordia divina hacia los primogénitos de Israel (Ex 12–13).
En el contexto inmediato de los salmos del Pequeño Hallel (Sal 113–118), que enfatizan las ceremonias y liturgias públicas de Pascua en el Templo, se incluye este poema de gratitud personal e individual. El mensaje del salmo identifica la voz de una persona que se presenta ante la asamblea de pueblo para pagar sus votos y expresar sus alabanzas y acciones de gracias a Dios, como ejemplo a toda la comunidad. El autor es un salmista agradecido porque ha sido restaurado o sanado a través de la misericordia divina y desea ofrecer su testimonio de manera pública. Su enfermedad podía se física o figurada.
Por la influencia del idioma arameo en algunas expresiones del salmo (vv. 7, 12, 16), se piensa que la fecha de composición es la época postexílica. Las versiones antiguas de la Biblia (p.ej., LXX y V) dividen artificialmente este poema en dos salmos diferentes (vv. 1–9 y 10–19), quizá para mantener el número total del Salterio en 150 poemas. Este salmo no tiene título hebreo (véase la Introducción).
La identificación de una estructura literaria definida y precisa del salmo es algo difícil, pues el mensaje se articula temáticamente de forma gradual.

• Invocación y profesión de fe: vv. 1–2
• Presentación del problema y la liberación: vv. 3–9
• Manifestación de confianza: vv. 10–11
• Compromiso de gratitud y de alabanzas del salmista: vv. 12–19

vv. 1–2: El poema comienza con una firme y clara declaración de amor: ¡El salmista ama al Señor! Y a continuación, el poeta identifica con precisión los motivos de ese particular sentimiento y convicción: Dios inclina su oído para escuchar su voz, sus súplicas y plegarias.
Ese extraordinario gesto divino hace que el salmista invoque al Señor todos los días, que es una manera de reconocer su misericordia y de expresar su deseo de estar continuamente en comunicación con Dios.
vv. 3–9: Esta sección presenta la naturaleza compleja y grave de la crisis del salmista. La realidad era de muerte y destrucción, descrita poéticamente como ligaduras de muerte, seol, angustia y dolor (v. 3). Tradicionalmente se ha identificado la crisis como una enfermedad mortal. Y como respuesta a las dificultades que le rodeaban, el salmista invoca el nombre del Señor y suplica la liberación de su alma (v. 4), que es una manera de referirse a la totalidad de la vida.
En su clamor, el salmista reconoce públicamente algunas de las características básicas de Dios: Clemente, justo y misericordioso. Esa particular naturaleza divina, que revela su más profunda esencia ética y moral, le mueve a guardar, salvar, liberar, redimir y restaurar a las personas con necesidad particular, descritas en el poema como «sencillas», que es una manera de aludir a la gente pobre, menesterosa, enferma, dolida y angustiada.
La plegaria a Dios, que revela el complejo estado anímico del salmista, mueve al poeta a la reflexión personal y al diálogo íntimo consigo mismo (v. 7): ¡El Señor le hecho bien! ¡Le ha librado de la muerte! ¡Le ha consolado! ¡Le ha protegido!
Las gratitudes del poeta revelan la misericordia divina y le motivan a la fidelidad y al testimonio público, aunque experimentaba el dolor. Su conclusión es la siguiente: Las personas pueden ser por naturaleza mentirosas, sin embargo, el salmista fundamenta su gratitud en su fe en Dios.
vv. 12–19: La parte final del poema presenta una amplia y expresiva promesa de acción de gracias. La pregunta que guía la reflexión del salmista (v. 12), recibe la siguiente respuesta: A Dios «no se le pagan» sus misericordias y amor, sino se le muestra el agradecimiento sincero, sereno y sentido. Los dones divinos son gratuitos, y la manifestación de su poder siempre sobrepasa las expresiones humanas de gratitud y reconocimiento. Esa comprensión teológica hace que el poeta cumpla las promesas que le hizo a Dios cuando estaba en la crisis.
Tomar la copa de la salvación, invocar el nombre del Señor y pagar los votos (vv. 13–14), aluden a la humildad y gratitud del salmista, y también al reconocimiento del poder de Dios. «La copa de la salvación» es posiblemente la que utilizaba para derramar una ofrenda de vino sobre la víctima de los sacrificios (Ex 29:40; Nm 15:1–14).
El salmista afirma que Dios no desea la muerte de su pueblo, y se autoproclama siervo del Señor (vv. 15–16); además, declara que el Señor lo ha librado de sus prisiones, que es una manera de regresar al tema básico del salmo. En efecto, el Señor tiene en gran aprecio la vida de la gente fiel que le sirve (Sal 72:14); si no desea la muerte de las personas pecadoras (Ez 33:11), tampoco desea ver a sus servidores ir al mundo del silencio, al reino de la muerte.
Culmina el salmo con el tema de los sacrificios, las gratitudes, los votos y las invocaciones a Dios. Esa gratitud sincera se presenta en el Templo, ante el pueblo, en los atrios, en medio de la ciudad de Jerusalén, que destaca la idea del testimonio público. La palabra final, para cerrar este clamor de gratitud, es «aleluya» (v. 19).
Varios temas del salmo tienen repercusiones contextuales. En primer lugar se contrapone el engaño humano y la fidelidad divina. Las personas, de acuerdo con el salmo, manifiestan su naturaleza pecaminosa a través de la mentira y la falsedad. Es un rechazo pleno a la verdad, que en las Escrituras es una característica fundamental de Dios.
Por el contrario, el poema destaca la fidelidad del Señor, que se manifiesta con claridad en la respuesta al clamor del salmista. El Dios de la Biblia responde con sanidad y liberación, y el Señor de las Escrituras escucha el clamor del pueblo. Y un Dios que atiende, escucha y responde a las peticiones de sus adoradores es digno de fiar. En efecto, el salmista fundamenta su amor al Señor en las características divinas que se pueden relacionar con las manifestaciones de su misericordia.
Esa misma tradición teológica se puso de relieve en los mensajes y las acciones de Jesús. Al clamor de la gente enferma, cautiva y necesitada, el Señor respondía con autoridad, virtud y gracia. Sus sanidades no eran espectáculos que incentivaban las buenas relaciones públicas, sino demostraciones de amor que deseaban restaurar la dignidad de las personas y devolverles su seguridad, autoestima y valor. La revelación divina en Cristo es una forma de poner de relieve el poder divino que restaura, sana, libera, transforma salva y redime.

SALMO 117: «ALABANZA POR LA MISERICORDIA DE JEHOVÁ»

El Salmo 117, que es una especie de doxología o afirmación de la gloria divina (véase Sal 100), es el poema más corto del Salterio; sin embargo, sus dimensiones teológicas son universales, su horizonte religioso es amplio. Presenta la misericordia divina de manera especial, pues su fidelidad sobrepasa los límites del tiempo. Desde la perspectiva del salmista, esas acciones de Dios se convierten en el fundamento básico e indispensable de sus alabanzas. El mensaje del poema es sencillo, corto, claro y directo: Tanto las naciones como el pueblo de Israel deben alabar al Señor.
Por su brevedad, algunos estudiosos intentan relacionar el contenido de este salmo con los poemas que le preceden y le siguen; sin embargo, su análisis literario cuidadoso y crítico pone claramente de manifiesto que contiene las características fundamentales de los himnos de alabanzas; particularmente se puede identificar con los cánticos que ponen de manifiesto la gratitud ante el Señor: p.ej., una introducción donde se llama a la alabanza (v. 1); el cuerpo del poema, que presenta la razón para las expresiones de gratitud (v. 2ab); para finalmente incluir la conclusión, que consiste en la renovación de la alabanza (v. 2c).
Los salmos e himnos de este tipo celebran alguna intervención significativa de Dios en la vida e historia del pueblo. El descubrir y apreciar su coherencia temática y su contenido religioso, afirma la unidad teológica y la independencia literaria del poema: ¡El Salmo 117 no es la conclusión del 116, ni la introducción del 118!
Como se ha incluido en la colección de salmos que se relacionan con las ceremonias anuales de la Pascua judía (Sal 111–118), el contexto inicial del poema es quizá alguna sección litúrgica de esas celebraciones. Las implicaciones universalistas del salmo pueden ser un indicio de su composición postexílica, cuando se manifestó con más fuerza esa particular tendencia teológica. El autor debe haber sido un adorador agradecido que se allega al Templo para agradecer a Dios la manifestación leal de su amor, y que llama al pueblo y al resto de las naciones a incorporarse a esa experiencia de reconocimiento y adoración del Señor, que tiene la capacidad y la voluntad de intervenir en medio de la historia humana. El estilo literario del salmo revela gran capacidad poética, pues manifiesta un buen uso del recurso literario del paralelismo (véase la Introducción). Este salmo no tiene título hebreo (véase la Introducción).
La estructura básica de este poema es la siguiente:

• Llamado a la alabanza:
• Reconocimiento de la misericordia y la fidelidad de Dios: v. 2ab
• Alabanza: v. 2c

v. 1: El llamado inicial a la alabanza tiene connotaciones internacionales y universales: El salmista invita a las naciones, que es una manera de aludir a la humanidad completa. La afirmación básica del salmo reconoce a Dios como Señor del universo y de la humanidad. Posteriormente (v. 2), el poeta incorpora la particularidad del pueblo de Israel, al identificar y apreciar la revelación nacional de la misericordia divina.
v. 2: El fundamento de las alabanzas son dos de los calificativos divinos más importantes: La misericordia y la fidelidad. La primera característica del Señor pone de manifiesto el extraordinario amor de Dios que supera las acciones y los pecados del pueblo; la segunda, revela la gran lealtad que no se detiene ante la infidelidad de la comunidad. De esta forma poética se contraponen las acciones humanas fallidas, y las intervenciones divinas maravillosas.
Este salmo es una confesión clara de la universalidad de la salvación divina a la humanidad, que no solo interviene con el pueblo de Israel sino que supera las fronteras nacionales. La palabra divina, en efecto, irrumpe con fuerza en la historia de las naciones. De esta forma se afirma que el Dios bíblico no está cautivo en los límites físicos y regionales del pueblo de Israel, sino que, como lo demostró en Egipto y Babilonia, su poder se manifiesta con vigor y autoridad en todas las naciones del mundo.
Esa afirmación teológica es un gran avance en la comprensión de la revelación de Dios en la historia. Se supera de esta forma el concepto de las divinidades locales y se afirma la idea fundamental del monoteísmo: Solo hay un Dios que tiene el poder de intervenir no solo en la tierra prometida y en Israel, sino entre las naciones.
Jesús de Nazaret, y las personas que predicaban y enseñaban en las iglesias primitivas, fundamentaron sus mensajes de salvación y liberación en diversos pasajes bíblicos que manifiestan la teología del Salmo 117. El mensaje de Cristo llegó desde Jerusalén, Judea, Samaria, hasta llegar a los confines de la tierra, que representa la clara y sabia internacionalización del mensaje cristiano.
Ese programa apostólico universalista se vivió el día de Pentecostés, cuando las personas que escuchaban el sermón de Pedro fueron objeto de un milagro extraordinario de comunicación intercultural (Hch 2). En efecto, el propósito fundamental de Dios para la humanidad es que escuche, aprecie y acepte la palabra transformadora del evangelio predicado y vivido por Jesús, y que, como respuesta a ese mensaje de vida y esperanza, manifieste sus alabanzas y su adoración al único Dios verdadero.

SALMO 118: «ACCIÓN DE GRACIAS POR LA SALVACIÓN RECIBIDA DE JEHOVÁ»

El Salmo 118, que concluye magistralmente la sección del Pequeño Hallel (Sal 111–118), es en esencia un poema que expresa la gratitud profunda del salmista y la comunidad por la liberación divina de un peligro extraordinario y mortal. El pueblo se presenta con humildad ante Dios en el Templo para manifestar con alegría ese gran reconocimiento y aprecio. El poema ciertamente destila fiesta, celebración, gozo, alegría, felicidad plena, y peregrinares y procesiones de contentamiento profundo.
El salmo presenta un claro entorno litúrgico en el cual se manifiestan tanto elementos individuales como expresiones colectivas. Un componente antifonal le brinda al poema un buen tono de diálogo que puede revelar algunas dinámicas y peculiaridades litúrgicas de la celebración. Las tradiciones judías antiguas lo relacionan con la fiesta anual de los Tabernáculos, con las solemnidades que recordaban las grandes intervenciones de Dios en la historia nacional (Lv 23:33–36; Dt 16:13–15). Después de la cena pascual, Jesús y también los discípulos posiblemente utilizaron este salmo como parte de la preparación espiritual que les ayudó a enfrentar con valor y autoridad las adversidades y la persecución que llevó al Señor a la cruz y al martirio.
Este salmo posiblemente se utilizaba en los atrios del Templo, por esa razón se puede asociar adecuadamente a las llamadas liturgias de entrada (p.ej., Sal 15; 24). En esencia, este poema afirma y enfatiza la bondad del Señor, que implica una petición humilde y solapada a entrar a la presencia del Señor.
El ambiente ceremonial que revela el poema es dialogado y antifonal: Presupone una serie de afirmaciones y respuestas entre los líderes y el pueblo; incluye, en efecto, una conversación teológica entre los diversos participantes de la celebración. El autor es una persona que llega al Templo para expresarle a Dios su profundo agradecimiento, en representación del rey y del pueblo, por sus actos maravillosos de salvación. Y como ese particular tema redentor es uno muy antiguo en las vivencias y los cultos del pueblo, este salmo puede provenir del período monárquico; aunque algunos estudiosos precipitadamente lo ubican en la era posterior al destierro, quizá por la referencia a la prosperidad como alusión al retorno de Babilonia (véase v. 25). No tiene este salmo título hebreo (véase la Introducción).
La estructura literaria y temática que servirá de base a nuestro análisis del salmo, puede ser la siguiente, e identifica los diversos participantes en esta particular ceremonia religiosa:

• Invitación a la alabanza: vv. 1–4
• Declaración de seguridad y confianza: vv. 5–9
• Presentación de la crisis: vv. 10–14
• Cánticos de victoria, júbilo y gratitud: vv. 15–18
• Entrada al Templo: vv. 19–25
• Profesión de fe y alegría: vv. 26–29
• Invitación final a la alabanza: v. 29

vv. 1–4: El poema comienza con un popular estribillo de aclamación y exhortación (Sal 106:1; 107:1; 136:1), que destaca firmemente la bondad divina y enfatiza con seguridad su amor eterno. La invitación pública es a alabar a ese Dios que tiene nombre propio—p.ej., Yavé, Jehová en la tradición de Reina-Valera, o Jah (vv. 5, 14, 17, 18, 19,), que es una forma antigua de representar en nombre divino—; y la respuesta del pueblo debe repetir sistemáticamente y en gratitud la gran afirmación teológica que sirve de marco de referencia temática al salmo: ¡Que para siempre es su misericordia! (vv. 1, 2, 3, 4, 29).
En ese contexto inicial del salmo se identifican los sectores que deben alabar al Señor: En primer lugar a Israel, que representa a toda la comunidad, al pueblo; posteriormente llama a la casa de Aarón, en referencia a los sacerdotes y la gente que trabaja en el Templo; para finalizar con los que temen al Señor, que es una de identificar la piedad del pueblo, una forma sutil de destacar la gente sensible a la revelación divina.
vv. 5–9: Luego de mencionar de forma rápida la angustia del poeta y la respuesta divina (v. 5), el salmo manifiesta un sentido de confianza plena y seguridad en Dios. El Señor acompaña al salmista y al pueblo, y esa afirmación de seguridad le permite superar el temor a la gente, y le ayuda a entender que la presencia de Dios es mejor que el apoyo humano, aunque venga de los príncipes, es decir, de los líderes políticos de la nación (v. 9). El mensaje está saturado de sabiduría: Es mucho mejor confiar en Dios que esperar en las personas, aunque sean poderosas.
vv. 10–14: En esta sección se presenta un claro recuento de las victorias del salmista y del pueblo apoyados por el Señor. Esa afirmación de victoria es sustentada por el estribillo: «mas en el nombre del Señor yo las destruiré» (vv. 10, 11, 12). La seguridad del poeta se desprende de esas afirmaciones solemnes: Aunque las naciones le rodeen, lo asedien y le empujen con violencia, Dios intervendrá con poder para darle la victoria al pueblo y al rey.
Las imágenes de las abejas y el fuego revelan la naturaleza de la dificultad y la gravedad de la crisis. El ataque contra el pueblo era intenso, continuo y fuerte; sin embargo, la complejidad de la crisis no desmerece la confianza del pueblo en el Señor. La victoria de Israel es también la derrota de las naciones enemigas. En efecto, la fortaleza, el cántico y la salvación provienen de Dios (v. 14). Estas imágenes que pueden referirse a algún evento específico en la historia nacional, en este particular contexto del poema se han convertido en el símbolo de las intervenciones redentoras de Dios.
vv. 15–18: Esta sección del poema incluye una serie de afirmaciones importantes y simbólicas en torno a la diestra de Dios, que representa su poder y su capacidad de intervenir con firmeza y autoridad en la historia humana. La gente justa se regocija porque la diestra del Señor hace proezas, es sublime y hace valentías: Imágenes que transmiten un claro sentido de confianza, son esencialmente una serie de expresiones poéticas que destacan la seguridad del pueblo cuando se refugia en la misericordia divina.
Esa profesión de fe y seguridad le permite afirmar que no morirá, pues vivirá para contar las intervenciones maravillosas del Señor. Inclusive, aunque el pueblo y el salmista experimenten el grave y poderoso castigo de Dios—que es ciertamente puede ser un escarmiento, no la aniquilación—esa manifestación de cólera divina no llegará a la muerte, porque la misericordia de Dios es mucho más fuerte que su ira.
vv. 19–25: Esta parte del poema incluye una serie de ceremonias antiguas de entrada al Templo. En ese contexto de celebración, alabanzas y seguridad que se articula con efectividad en las secciones anteriores, la multitud que celebra pide a los sacerdotes responsables y los levitas encargados que abran las puertas del Templo, llamadas aquí «puertas de la justicia», porque las tradiciones antiguas del Oriente Medio identificaban la administración de la justiciaron con las puertas de las ciudades, donde se llevaban a efecto los procesos judiciales. La gente justa es la que practica lo bueno y recto (Sal 15; 24:3–6), la que vive de acuerdo con las normas de la Ley divina.
Esas personas justas que entran al Templo expresan gozosas sus alabanzas y gratitudes (vv. 21–25). El Señor escucha el clamor del pueblo y responde a sus peticiones con intervenciones salvadoras. La piedra que los constructores rechazaron como inservible, ahora es parte indispensable del edificio (v. 22). El significado de la imagen es claro: Lo que había sido desechado con inservible ahora se había constituido en elemento esencial y ocupaba un sitial de honor.
El día de salvación divina es maravilloso, y se convierte en motivo de felicidad y regocijo; además, propicia una petición adicional: Necesitamos salvación y prosperidad, que alude a la bendición del Señor que tiene repercusiones en todos los niveles de la vida.
vv. 26–28: Las alabanzas que se incluyen en esta sección del poema revelan la continuación de la alegría, que se fundamenta prioritariamente en la misericordia de Dios. El que viene en el nombre del Señor es bendito, el Señor es Dios y es luz, y por esas acciones redentoras, el salmista y el pueblo presentan las ofrendas ante el altar de los sacrificios, reconocen a Dios en el nivel personal e íntimo, y expresan sus alabanzas y exaltación.
El salmo culmina con la misma afirmación teológica que lo comienza: Hay que alabar al Señor por su bondad y porque su misericordia es eterna. Declaración de fe le brinda al poema un sentido claro de inclusión y triunfo. Aunque en la vida hay manifestaciones de dolor y crisis, la gente que comienza y finaliza sus días con alabanzas y gratitudes tienen la capacidad y el poder de superar las adversidades y enfrentar el futuro con valor y dignidad.
En efecto, las respuestas humanas a las manifestaciones extraordinarias de la gloria de Dios en la historia son de reconocimiento, humildad, humillación, alabanzas, sacrificios y alegría. Y este salmo pone claramente de manifiesto las dinámicas litúrgicas que se llevaban a efecto en el antiguo Templo de Jerusalén que ponen de relieve esas actitudes humanas de gratitud.
El Nuevo Testamento utiliza diversas ideas e imágenes de este salmo con libertad. La imagen de «la piedra desechada por los edificadores» se interpretó como una alusión clara al rechazo absoluto de la comunidad judía a la naturaleza mesiánica y redentora de Jesús de Nazaret, que Dios, por su misericordia y amor, convirtió en la «piedra angular» (Lc 20:17; Hch 4:11; 1 P 2:7), en el fundamento preciso y adecuado de la revelación divina a la humanidad.
Los evangelistas se inspiraron en este importante salmo para presentar la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén al final de su ministerio terrenal (Mt 21:9; 23:39; Mc 11:9; Lc 13:35; 19:38; Jn 12:13). El clamor y las voces del pueblo revelaban la necesidad de salvación, y exclamaban: «Bendito el que viene en el nombre del Señor», que es una especie de reclamo por la vida, anhelo de redención, reconocimiento de la necesidad humana, y aprecio del poder y la capacidad divina. Para describir el ambiente moral, económico y socialmente precario que reinaba en la época de Jesús, se incorporaron las ideas y las palabras de este salmo, que ponen en justa perspectiva la voluntad salvadora de Dios hacia la humanidad.
La repetición del estribillo que afirma la misericordia divina no puede ignorarse en el análisis y la contextualización de este poema. La misericordia es la principal característica de Dios que impide el juicio destructor y la aniquilación de la humanidad. Es ese amor extraordinario a la creación y las criaturas la que mantiene al Señor en diálogo continuo con los seres humanos para propiciar su salvación.
Las lecturas mesiánicas de este salmo ven en su poesía la expresión de confianza del Mesías durante el período su dolor y sufrimiento, y su posterior gozo cuando se manifiesta la liberación divina. Los creyentes se apropian de estas palabras de esperanza y futuro, y se identifican plenamente con los sufrimientos vicarios del Cristo pues con seguridad esperan la liberación que procede de parte de Dios.

SALMO 119: «EXCELENCIAS DE LA LEY DE DIOS»

El Salmo 119 es el poema más largo del Salterio y el capítulo más extenso de la Biblia. Su tema principal se relaciona de las virtudes de la Ley divina, revela las virtudes de la revelación de Dios, y se asocia al aprecio de los estatutos del Señor que propician la felicidad humana. En este contexto, la referencia a la ley no es tanto a la suma de las ordenanzas y los mandamientos que Dios le dio a Moisés en el Sinaí, sino una alusión amplia a las instrucciones divinas que tienen la capacidad de brindar felicidad a las personas. Y como la ley se relaciona a la idea de perfección, aún la estructura literaria del salmo pone de manifiesto un sentido de orden, armonía y totalidad.
La estructura literaria del poema es reiterativa y se dispone en forma alfabética con veintidós estrofas o bloques temáticos, que representan las letras sucesivas del alefato hebreo (véase, además, Sal 9–10; 25; 34; 37; 111; 112; 145); además, cada bloque se articula en ocho versos, que pueden aludir a la perfección absoluta, a lo que está completo y pleno (7+1; siete más uno). Para destacar aún más esa estructura simétrica y para afirmar el sentido de perfección del poema, cada línea de las estrofas comienza con la misma letra hebrea que la caracteriza; y, a su vez, cada verso incluye, con solo algunas excepciones, una expresión sinónima a la palabra «ley» (p.ej., torá, en hebreo). El propósito de esta técnica literaria en sus ciento setenta y seis versículos es destacar que la ley del Señor es completa, plena y perfecta.
El gran tema de todo el poema es la ley del Señor, de la cual se indica su importancia, su sentido de revelación, sus cualidades, propiedades y valores, y las actitudes que demanda y genera en las personas. En efecto, la ley divina reclama atención, obediencia, amor, deleite, meditación, cumplimiento, recuerdo y enseñanza; y, además, promete una serie importantes de dones y beneficios. El poema es una demostración clara y segura del gran aprecio a la ley que se manifiesta en el pueblo de Israel.
Aunque algunos estudiosos describen el salmo como un himno y alabanza a la ley, la lectura cuidadosa del poema lo relaciona mejor con la literatura sapiencial o didáctica. Esta importante afirmación literaria se pone claramente de manifiesto al comienzo mismo del salmo, que inicia su mensaje con una bienaventuranza, que es una fórmula característica de ese tipo de literatura (véase también el Sal 1:1).
Del salmista podemos decir muy poco—p.ej., es joven y sabio—, pues la estructura acróstica del poema tan firme e inflexible, ha eliminado las posibles referencias personales que pudo haber tenido. Lo que claramente se desprende del análisis temático es que su autor desea educar al pueblo en torno a las virtudes de la ley, que lo ubica en los círculos sapienciales y pedagógicos del pueblo. La identificación de los temas sapienciales y el propósito educativo del autor pueden ser una indicación de que el salmo proviene de la época postexílica. Inclusive, algunos estudiosos piensan que, en algún momento en la historia de la compilación y edición final del Salterio, el Salmo 119 finalizó el libro, pues se pueden observar las similitudes temáticas con el primer poema del libro. Este salmo no tiene título hebreo (véase la Introducción).
La identificación e importancia del tema de la ley en el salmo se revela con claridad en la variedad de términos que se utilizan para describirla y afirmarla. En efecto, para describir la ley de Dios el salmo usa ocho términos que son prácticamente sinónimos. Y en el análisis cuidadoso de esas palabras se ponen de manifiesto varios elementos temáticos que amplían el significado del término hebreo torá, que tradicionalmente se traduce como ley.
Torá, en hebreo, significa básicamente instrucción o enseñanzas, pero su sentido básico y primordial no se limita a las ideas estáticas y fijas relacionadas mandatos, ordenanzas o código de preceptos. Otras palabras hebreas que amplían el significado del término, son las siguientes: Testimonio—en heb., edot—enfatiza el carácter testimonial de la revelación divina; mandamientos—en heb., piqqudim—describe la palabra divina con virtud y autoridad supervisora de la vida; estatutos—en heb., huqquím—afirma la idea de firmeza, la naturaleza unificadora y la permanencia de la palabra del Señor; juicios—en heb., mishpatim—se relaciona con las reglas y las afirmaciones de la palabra divina; palabra—en heb., dabar—es el término general que describe todo lo que el Señor ha dicho; otra palabra traducida como mandamientos—en heb., mitzvot—subraya la autoridad de la palabra de Dios; y el grupo de términos, palabras, dichos y mandatos—en heb., imra—que en el original hebreo tiene mucha relación con dabar, significa esencialmente «palabra», pero que se traduce de esas diversas formas en las versiones de la Biblia Reina-Valera.
vv. 1–8: La primera estrofa del salmo—en heb., alef—enfatiza el importante tema de la felicidad. La gente dichosa y las personas bienaventuradas son intachables, íntegras y guardan la ley del Señor. El mensaje destaca los elementos que propician la felicidad plena en la vida, que es uno de los temas principales en la literatura sapiencial.
vv. 9–16: En la segunda estrofa—en heb., bet—se destaca el tema del camino. El poeta inquiere en torno a las formas en que los jóvenes pueden guardar u obedecer la palabra del Señor. La palabra divina debe ser leída, estudiada, apreciada, meditada, memorizada y aplicada. El ser humano alcanza la felicidad plena cuando sigue el camino que se revela en la palabra divina.
vv. 17–24: En esta sección del salmo—en heb., guimel—se presenta una petición y un reclamo: ¡Haz bien a tu siervo! Y, en efecto, esa bondad divina se hace realidad cuando las personas siguen el camino de los mandamientos y responden positivamente a los testimonios y estatutos del Señor. La gente es feliz cuando hace de la ley del Señor el fundamento de sus delicias y contentamientos. El motivo básico de su petición es la calumnia de gente soberbia y maldita, y también la persecución de príncipes, que destaca la complejidad de la difamación.
vv. 25–32: La cuarta estrofa—en heb., dálet—prosigue el tema del bloque anterior y, además, presenta la naturaleza de su situación personal. El salmista se siente deprimido, y revela su condición con las siguientes palabras: agobiado, angustiado y ansioso. El mundo de la mentira lo ha herido mortalmente, ¡aunque ha escogido el camino de la verdad! Culmina diciendo que correrá el camino de los mandamientos divinos cuando el Señor alegre su corazón.
vv. 33–40: Este bloque del poema—en heb., he—continúa el tema que se ha explorado en las secciones previas. En esta ocasión, sin embargo, junto a la petición que desea que termine su dolor, el salmista pide entendimiento para guardar la ley del Señor y para afirmar los estatutos divinos. ¡También necesita comprender adecuadamente lo que le sucede! La expresión final del poeta suplica humildemente la intervención de la justicia divina, que es fuente que vivifica.
vv. 41–48: Esta sección—en heb., vau—prosigue el tema de la crisis y la persecución que ya se ha tocado anteriormente, pero el salmista en esta ocasión promete obedecer la ley del Señor, si Dios le manifiesta su misericordia y su salvación. En efecto, las promesas del poeta son básicamente tres: cumplir siempre la voluntad divina, andar por el camino de sus preceptos y proclamar ante los reyes el testimonio del Señor sin atemorizarse.
vv. 49–56: El salmista manifiesta en esta sección—en heb., zain—los importantes temas de consuelo, esperanza y confianza, que se fundamentan en las promesas y la palabra del Señor. ¡Y afirma que los dichos divinos lo han vivificado!
En ese contexto, el poeta alude directamente a su situación personal: Se siente afligido, burlado por gente soberbia y con coraje a causa de las personas inicuas que olvidan la ley divina. La oscuridad de la noche, que representa los misterios que hieren y afectan a la humanidad, es momento adecuado para la recordación y afirmación de la ley del Señor, que representa la gran bendición que ha recibido.
vv. 57–64: Esta estrofa del salmo—en heb., chet—pone claramente de relieve un nuevo sentido de respuesta a Dios que sobrepasa los límites tradicionales de los sacrificios y los cultos.
En medio de la crisis, a la que alude como «compañías de impíos» (61), el poeta se allega ante Dios con un sentido de obediencia a la palabra del Señor y una manifestación firme de humildad que mueve la presencia y la misericordia divina. En este contexto el salmista hace una extraordinaria afirmación teológica: ¡De tu misericordia, Señor, está llena la tierra! Y esa misericordia divina permite los procesos educativos que le ayudan a comprender los estatutos de Dios.
vv. 65–72: El salmista en esta sección—en heb., tet—revela una reveladora e interesante interpretación del dolor. El sufrimiento humano es una especia de prueba divina, una forma educativa que produce en el poeta sentido, obediencia y sabiduría.
Las enseñanzas de los estatutos y la revelación de la palabra del Señor se fundamentan en la bondad de Dios y en la naturaleza divina que es ciertamente bienhechora. La gente soberbia se enorgullece en los actos impropios de maldad e imprudencia; sin embargo, el salmista afirma el regocijo que genera la obediencia a la palabra divina.
vv. 73–80: Continúa el poeta en esta parte—en heb., yod—con sus afirmaciones y declaraciones de fe en medio de las dificultades que enfrenta en la vida. El poema le suplica al Señor que esas manos divinas que le formaron le ayuden a entender y aprender los mandamientos de Dios y las leyes divinas. Y una vez más el poeta destaca el tema de la misericordia del Señor que revela sus juicios, consolación y fidelidad.
Los soberbios, que es la particular expresión que utiliza el poeta para referirse a sus enemigos y perseguidores, serán avergonzados públicamente a causa de las mentiras que han guiado sus decisiones y acciones en la vida. El poeta suplica que su corazón sea íntegro para evitar la vergüenza en la vida.
vv. 81–88: Esta sección del salmo—en heb., caf—revela el dolor profundo del poeta. La situación es crítica y grave: ¡Su alma y sus ojos desfallecen! Se siente rodeado y cautivo: ¡Como si estuviera en un odre expuesto al humo y como si viviera en un hoyo! Esas imágenes representan claramente la complejidad y el potencial de mortalidad del problema.
Sin embargo, el salmista aún en medio de la dificultad no olvida los estatutos divinos, y afirma que todos los mandamientos del Señor son verdad. En ese clamor intenso, implora la justicia divina, inquiere en torno a la temporalidad de la vida, describe las acciones de los enemigos, y particularmente afirma que la misericordia de Dios vivifica y que guardará los testimonios del Señor.
vv. 89–96: En este bloque poético—en heb., lámed—se pone claramente de relieve un contraste agudo entre la estabilidad que produce la palabra divina y la fidelidad que genera la revelación del Señor, en contraposición a la miseria que vive el salmista y la actitud impropia de los impíos.
El poema destaca la permanencia de la ley divina y afirma el poder de Dios que tiene la capacidad de vivificar. Esa seguridad y comprensión le ha permitido enfrentarse a las persecuciones y dificultades con un sentido de esperanza y firmeza. En la expresión «Tuyo soy, sálvame» (v. 94) se pone en evidencia el fundamento extraordinario de sus convicciones.
vv. 97–104: Esta sección—en heb., mem—se dedica básicamente a afirmar la importancia del amor a la ley y la importancia de meditar en ella. Esa actitud le permite al salmista alcanzar la sabiduría y la madurez. En este sentido, ¡el alumno sobrepasó a sus maestros! El amor a la ley, en efecto, incentiva las dinámicas educativas que propician la manifestación y el desarrollo de la inteligencia.
En efecto, la palabra divina es más dulce que la miel pues le permite a las personas aborrecer el camino de las mentiras, discernir las manifestaciones propias de la justicia y evitar los malos caminos, que en esta literatura poética se refiere a las actitudes impropias y las decisiones incorrectas.
vv. 105–112: La imagen que inicia esta sección—en heb., nun—pone claramente de manifiesto la importancia y naturaleza del tema que guiará el mensaje del salmista: La palabra divina es lámpara a los pies y lumbrera en el camino. La expresión pone rápidamente de relieve las virtudes de la iluminación y las dificultades que se manifiestan en la oscuridad. Y al descubrir la gracia de la revelación, el salmista afirma con seguridad que ratificará los juicios del Señor porque son justos.
Aunque se siente afligido y herido, el salmista no pierde su sentido de orientación espiritual: Suplica la vida que emana solo de Dios, inquiere en torno a los juicios divinos, y presenta sus peticiones, que son una especie de sacrificios voluntarios ante el Señor.
vv. 113–120: En esta bloque poético—en heb., sámec—el salmista alude de forma directa a sus enemigos. Los describe como hipócritas, malignos, escorias e impíos, y sus acciones se presentan como desviaciones de los estatutos divinos y falsedades. El propósito claro y directo del poema es contraponer las acciones nobles y justas del salmista, y las actividades impropias y desafortunadas de sus enemigos.
Esa diferencia en actitud se relaciona con la teología. Para el salmista, el Señor es escondedero y escudo, que son imágenes de seguridad, estabilidad, defensa y confianza. El Dios del salmista es fuente de esperanza y sosiego, es el fundamento de su amor a la ley y de su aprecio a los mandamientos del Señor. Esa convicción le sostiene y le salva, además, impide que su esperanza quede avergonzada, que es una manera de decir que no se frustrará por las acciones salvadoras del Señor.
vv. 121–128: Los temas de la persecución y el dolor del salmista continúan en esta sección—en heb., ayin—. En esta ocasión, sin embargo, el poeta se siente abrumado y abandonado a sus opresores, que también son descritos como soberbios: ¡gente que actúa en caminos de mentira! La tensión ha llegado a niveles extraordinarios y solo la esperanza en Dios sostiene al humilde y angustiado salmista.
Una vez más resurge el tema de la esperanza. El poeta ancla su futuro en una teología saludable y estable. El salmista implora una pronta intervención salvadora: ¡Dios no lo abandona en su necesidad! ¡Dios es el Señor de la justicia, de la salvación y de la ley! Y esa firme convicción de fe, le ha llevado a expresar públicamente que su amor por los mandamientos del Señor es mayor que su aprecio al oro fino.
vv. 129–136: Esta sección del salmo—en heb., pe—revela un claro sentido de salvación y rescate: ¡Los testimonios del Señor son maravillosos! Esa afirmación teológica guía el desarrollo temático de la estrofa. El salmista se ha mantenido fiel, o guardado su alma, porque la palabra divina alumbra y enseña a los sencillos.
El su oración, el salmista presenta siete peticiones importantes que revelan lo cabal de su humildad y seguridad: Mírame, ten misericordia de mí, ordena mis pasos, ninguna maldad se enseñoree en mí, líbrame de la violencia, haz que tu rostro resplandezca y enséñame tus estatutos.
vv. 137–144: Este bloque del salmo—en heb., tsade—pone en evidencia la crisis que rodeaba al salmista. Destaca esta sección la gravedad de su condición: Los enemigos se olvidaron de la palabra divina, se siente pequeño y desechado, y la aflicción y la angustia se apoderaron de él. Sin embargo, en ese ambiente de dolor agudo, se afirma con seguridad y fortaleza la justicia divina.
Ante la reacción injusta y cruel de sus adversarios y enemigos, el salmita muestra seguridad y esperanza. Lo que necesita para vivir es entendimiento, que en este contexto es la habilidad para comprender lo que le sucede desde la perspectiva de la seguridad que Dios le brinda, no desde el ángulo del conflicto momentáneo.
vv. 145–152: En esta sección del salmo—en heb., cof—se presenta al poeta clamando al Señor de madrugada, que es una manera de revelar la naturaleza y complejidad de la crisis. Desde los inicios de la estrofa el poeta desea destacar la gravedad de la situación, pues clamó con todo el corazón, se anticipó al alba y a las vigilias de la noche. En efecto, en medio de un sentimiento de dolor agónico, el salmista reitera su seguridad y convicción: Cercano estás tú, Señor, y todos tus mandamientos son verdad.
La petición del poeta no es desesperada, aunque revela el dolor indecible. Los enemigos se apartaron de la ley y de los mandamientos del Señor. Sin embargo, la oración del salmista es sobria y clara: Señor sálvame, oye mi voz conforme a tu misericordia, y vivifícame conforme a tu justicia. En medio de la crisis se escucha una voz sobria que suplica la transformación de las vivencias de la crisis en seguridad y esperanza.
vv. 153–160: El poeta en este bloque—en heb., resh—presenta una súplica sentida y profunda: Señor mira mi aflicción y líbrame. Presupone la oración la capacidad divina de ver o escuchar críticamente su oración y responder de forma liberadora. Lo que realmente solicita el salmista es la manifestación de la justicia divina, que se fundamenta en la misericordia. Los enemigos son muchos, agresivos y traidores, pero la justicia del Señor tiene el poder que vivifica y restaura.
Los impíos están lejos de la salvación, de acuerdo con el salmo, pues rechazan la palabra divina, ignoran los estatutos del Señor, desobedecen la ley de Dios. Esas acciones impropias se contraponen a la fidelidad del salmista.
vv. 161–168: El tema de la persecución y de la crisis con los enemigos continúa en esta sección—en heb., sin—. En esta ocasión, sin embargo, se añade un nuevo nivel de adversarios, pues se incorporan «los príncipes» que se suman a los enemigos gratuitos del salmista. Ese nuevo componente de adversidad genera temor en el salmista, que es contrarestado con una serie importante de afirmaciones de seguridad y confianza. Ante una manifestación nueva del problema, una declaración más intensa de convicción y fortaleza.
El salmista se regocija en la palabra divina y alaba al Señor siete veces al día, que es símbolo de la gratitud completa y segura. En ese contexto de dificultad, el poeta afirma con seguridad que repudia la mentira, ama la ley y espera la salvación. En efecto, hace la declaración teológica que culmina la enseñaza de la estrofa, el salmo y el Salterio: ¡La gente que ama la ley de Dios es la que disfruta la paz!
vv. 169–176: La estrofa que culmina este gran poema—en heb., tau—incluye el tema básico que guía la enseñanza de todo el salmo. El salmista pide a Dios entendimiento para guardar la ley y también para entender los problemas y las dificultades que ha vivido. Esa súplica se presenta en un ambiente de alabanzas y gratitud, no en un entorno de amarguras y frustraciones. Lo que ha deseado el salmista es la ayuda que representa la mano del Señor, el apoyo que se manifiesta con su salvación, la seguridad que se desprende de la ley.
El salmo más largo del Salterio y el capítulo más extenso de la Biblia finaliza con una imagen de gran importancia bíblica: El salmista estuvo errante como una oveja extraviada, pero el Señor eterno, que es también pastor, busca a la oveja que no ha olvidado sus mandamientos. Dos temas cobran importancia capital al culminar el poema: el pueblo como ovejas, y Dios como pastor. Y el factor que les une es el amor a la ley, que es el tema destacado en todo el salmo y el que inicia el libro de los Salmos.
Este salmo, aunque destaca temas de gran importancia teológica para los creyentes, no es muy utilizado en las iglesias, posiblemente por su longitud y extensión. Además, el tema central es la ley, que tradicionalmente se relaciona solo con las experiencias de Moisés en el Sinaí. La verdad es, sin embargo, que ley en estos contextos del salmo, no alude únicamente a la revelación de Dios a Moisés, sino que representa todo un cuerpo de enseñanzas y directrices divina para que la humanidad pueda vivir a la altura de la gracia divina.
La ley fue dada a Moisés luego de la liberación de Egipto, como un sistema de valores que le permitiera a la recién liberada nación vivir y mantener la liberación que habían experimentado. En este sentido, la ley divina no es una fuerza estática sino una revelación dinámica que intenta afirmar la liberación de Dios a través de la historia del pueblo de Israel y también de la humanidad. Esta ley es símbolo del pacto entre Dios y su pueblo, es una manera de afirmar la relación entre el Dios eterno y salvador y el pueblo histórico y cautivo.
En los tiempos del Nuevo Testamento, la ley ya no era vista por algunos sectores religiosos del pueblo como instrumento liberador sino como las estipulaciones que debían cumplirse sin la comprensión de su significado transformador. Jesús de Nazaret vino a reinterpretar la ley para devolverle su significación verdadera. Y en sus enseñanzas, repasó los grandes temas teológicos de las Escrituras Hebreas para ubicarlos al servicio de la vida y el disfrute pleno de la gracia de Dios. En efecto, Jesús le impartió a la ley la dimensión de vida que era necesaria para hacer de su ministerio una de liberación nacional e internacional (Jn 19).

SALMO 120: «PLEGARIA ANTE EL PELIGRO DE LA LENGUA ENGAÑOSA»

Con el Salmo 120 comienza una sección importante del Salterio. Esos 15 poemas (Sal 120–134), que son relativamente cortos (con la posible excepción de Sal 132), llevan el mismo título hebreo: «Cántico gradual», «Cántico de ascensión», «Cántico de las subidas» o «Cántico de peregrinación» cuyo significado preciso es incierto (véase la Introducción). Sin embargo, las explicaciones para comprender ese epígrafe han sido variadas.
Una tradición judía muy antigua indica que son parte de una liturgia asociada a los quince pasos que había entre los patios del Templo de Jerusalén (del patio de las mujeres al patio de Israel). La LXX traduce el título como «Canción de los pasos». También se ha sugerido que estos poemas eran los que cantaban los peregrinos cuando regresaban desde Babilonia a Jerusalén al final del exilio. En el libro de Esdras (Es 7:9) se utiliza la misma palabra «ascensión» para referirse al retorno de los deportados.
Una tercera forma de entender esa frase titular hebrea es una indicación del estilo literario de los poemas que manifiestan una progresión bien marcada de temas y pensamientos: p.ej., anuncio de la peregrinación; alusiones al camino, a la liturgia, a la llegada; la visión de la ciudad santa, del santo monte y del Templo, las ceremonias en Templo Otra posibilidad es que estos poemas se utilizaban los peregrinos que llegaban a adorar al Templo como parte de las tres grandes festividades anuales del pueblo judío (Ex 23:14–17).
En la comprensión adecuada del título hebreo también hay que tomar en consideración que la ciudad de Jerusalén está ubicada a 750 metros sobre el nivel del mar, y que los peregrinos debían ascender hacia ella. Ese proceso de llegada a la ciudad era como si estuvieran subiendo por escaleras o gradas de forma gradual o paulatina.
Independientemente de la particular comprensión del título, esta colección constituye una especie de Salterio en miniatura. Estos Cánticos pueden dividirse en cinco grupos de tres poemas cada uno: Los primeros dos grupos (Sal 120–122; Sal 123–125) atienden el tema de las presiones externas al alma de la gente de fe, que espera la intervención divina y celebra la elección de Sión como el centro de la revelación de Dios a la humanidad. El tercer grupo (Sal 126–128) incluye temas que son característicos en la literatura sapiencial, pues sus temas son más filosóficos, externos y generales. El cuarto grupo (Sal 129–131) es particularmente individual y piadoso, pues destaca el tema de la paciencia. Finalmente, el quinto grupo (Sal 132–134) subraya el tema de la elección divina y el pacto.
Otra forma de estudiar este particular conjunto de salmos descubre una estructura concéntrica o en forma de quiasmo, aunque el poema final de la serie es una especie de doxología de cierre:

• Salmo 120: El caminante comienza su viaje rodeado de peligros y enemigos; y Salmo 133: Se completa el viaje en medio de la unidad de los hermanos y hermanas.
• Salmo 121 y 132: Hablan de la ayuda del Señor que establece y afirma a su pueblo.
• Salmo 122 y 131: Afirman la paz de Jerusalén y del descanso tranquilo de un niño.
• Salmo 123 y 130: Aluden a la soledad de los peregrinos.
• Salmo 124 y 129: Presentan la ayuda del Señor contra los opresores.
• Salmo 125 y 128: Son los poemas de la paz en Israel.
• Salmo 126 y 127: Señalan la reconstrucción de la nación después del cautiverio en Babilonia. Este, de acuerdo a esta comprensión de la estructura literaria, es el tema central de la colección.

En este contexto, el Salmo 120 es una especie de introducción a toda esta sección, pues alude a la tribulación del salmista al descubrir que estaba lejos de su amada ciudad de Jerusalén, que simboliza la paz. El salmista, sin embargo, lleno de seguridad y fe, expone el fundamento básico de su experiencia religiosa: El Señor escucha y responde siempre a quienes le imploran en momentos de angustia, desgracia y dolor. De forma específica, el poeta suplica la intervención divina en ese momento de crisis mayor; además, se dirige a sus adversarios y les advierte del castigo que recibirán de parte del Señor por sus mentiras y malas acciones.
El poema es un salmo de súplica individual de una persona que está en medio de un peligro mortal, pero que previamente ha vivido la liberación que proviene del Señor. El autor se allega ante Dios con humildad y esperanza en medio de una adversidad extraordinaria, que posiblemente alude al destierro en Babilonia. El contexto original de este poema son quizá las liturgias de gratitud y celebraciones que diversos peregrinos llevaban a efecto antes de entrar al Templo, luego de sus viajes. Este poema proviene de la época de la restauración, del período postexílico
La estructura literaria del poema no es compleja e identifica los temas básicos que se desarrollan. El salmo, que obvia la introducción y la conclusión que es característica del resto de poemas de esta sección, presenta su mensaje de forma directa.

• Clamor del Salmista y respuesta divina: v. 1
• Clamor por la liberación del labio mentiroso y la lengua fraudulenta: vv. 2–4
• Descripción precisa de la crisis: vv. 5–7

v. 1: El mensaje inicial del poema es directo: El salmista clamó al Señor en un momento de necesidad aguda, y Dios le respondió. Esa afirmación teológica le brinda al salmo su contexto específico de seguridad y esperanza. De forma implícita, el poeta afirma con seguridad que su Dios escucha y atiende a los clamores de la gente. Esa declaración de confianza es el marco de referencia del resto del salmo.
vv. 2–4: En esta sección, el salmista identifica parte de su crisis: ¡Se siente gravemente herido por la calumnia y la mentira! Sin embargo, ante el ataque mortal y persecución de sus enemigos, se presenta la extraordinaria respuesta divina que viene en su auxilio. Dios responde a los adversarios mentirosos del salmista con valentía y poder, como si fuera un guerrero dispuesto para la batalla: ¡Con saetas ardientes!
El enebro es una planta muy apreciada en la antigüedad como combustible, pues produce carbones y brazas de muy buena calidad, que genera un tipo de calor intenso y duradero. En esta imagen, el poeta alude a las flechas incendiarias que envía Dios a los enemigos del salmista.
vv. 5–7: La situación específica del salmista se describe un poco mejor en esta sección del salmo. El poeta se siente en el exilio, en un ambiente abiertamente hostil. Describe a sus adversarios y enemigos como personas que aborrecen la paz, mientras el se presenta como una persona pacífica. Además, ha pasado mucho tiempo en el tiempo del exilio.
Las referencias geográficas del salmo son importantes para describir el ambiente hostil en que vivía el poeta. Mesec era una región del Cáucaso ubicada al extremo norte del Asia Menor (Ez 38:2, 15), entre el Mar Negro y el Mar Caspio (Gn 10:2). Sus moradores y guerreros tenían fama en la antigüedad por la violencia y la brutalidad. Cedar alude a una tribu nómada que habitaba los desiertos de Siria y Arabia (Gn 25:13).
La alusión simbólica y figurada a estas regiones tan distantes presenta un claro mensaje: Significa que el exilio ha sido violento y particularmente difícil, como la vida desértica. ¡El poeta se siente herido, humillado y abandonado! Sus captores son personas que odian la paz, que es el signo distintivo de Sión o Jerusalén, que significa ciudad de paz.
Cuando el salmista escribe este poema ya ha conocido el poder liberador del Señor. El fundamento de su oración se relaciona con las intervenciones salvadoras de Dios en el pasado. Esa lectura teológica de su vida le permite acudir al Señor en esta nueva crisis mortal, con la esperanza de recibir de Dios un nuevo favor redentor. Esa esperanza es la que impele al salmista a clamar por una nueva acción divina.
La característica principal del Dios de este salmo es su poder liberador en momentos de gran crisis y necesidad. Y esa peculiaridad es fundamental para la comprensión adecuada del mensaje bíblico. El Dios que se revela en las Sagradas escrituras responde de forma redentora a las oraciones de su pueblo, particularmente a las personas que están en situaciones de peligro inminente y mortal. Al lado de una persona que clama se levanta un Dios guerrero que interviene de forma salvadora.
El tema de la libertad es importante en el salmo y en la Biblia. El cautiverio no constituye el tema central de la historia de la salvación; por el contrario, son las intervenciones divinas para superar y terminar con esos cautiverios lo que se convierte en el tema central del mensaje profético. En efecto, es el rostro liberador el que revela la esencia divina más importante y necesaria para la humanidad.
Esa teología fue la que motivó a Jesús de Nazaret a proclamar que la gente dichosa, feliz, gozosa y bienaventurada es la que ama, afirma y construye la paz (Mat 5:9). Esas personas, no se conforman con hablar de la paz ideal, ni se entretienen especulando en torno a las virtudes de la paz hipotética, sino que trabajan para la implantación de la justicia que es el fundamento estable que produce la paz real, histórica y duradera.

SALMO 121: «JEHOVÁ ES MI GUARDADOR»

El Salmo 121, uno de los más populares del Salterio, es un cántico de afirmación de fe y seguridad, que responde a una particular situación de incertidumbre y confusión. El poeta, armado únicamente con la esperanza de intervención divina, articula un maravilloso poema de fortaleza, que revela sus más profundas convicciones religiosas y también sus más claras expectativas inmediatas: Su ayuda y socorro en la vida provienen solo del Señor, que es el creador de los cielos y la tierra.
El poema, buen sucesor del Salmo 120, es un claro salmo de confianza individual, cuyo autor pone en evidencia su firme confianza en el Señor en todos los momentos y situaciones de la vida. El salmo se dispone en forma de diálogo, como si fuera un padre y un hijo, o mejor, entre un adorador—que, en efecto, puede ser la representación del pueblo—y el sacerdote. Quizá este salmo, en su contexto original, era una especie de bendición al terminar las ceremonias en el Templo. La fecha de composición es muy difícil de precisar con seguridad, aunque pensamos que puede provenir de la época preexílica.
La sencilla estructura literaria y temática del salmo es la siguiente:

• La cuestión fundamental: ¿De dónde proviene el socorro?: vv. 1–2
• La respuesta al poeta: En qué consiste la ayuda y el auxilio divino: vv. 3–7

vv. 1–2: El poema comienza con una pregunta fundamental y básica del salmista: ¿De dónde proviene el auxilio en los momentos difíciles de la vida? ¿Quién es capaz de intervenir de forma salvadora en medio de las adversidades de la existencia humana? La pregunta no es solo teológica, sino concreta, específica, existencial y práctica: ¿A dónde iremos a pedir auxilio en el momento oportuno? La respuesta es clara y firme: El socorro del salmista proviene del Dios creador.
El salmo comienza con una afirmación de gran significación teológica: Alzar los ojos a los montes es una forma de aludir a la historia nacional. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, a la Tierra Prometida, se refugiaron en las montañas para responder a los ataques de los pueblos cananeos que tenían carros de guerra. Esos carruajes bélicos no podían incursionar en las montañas, lo que hizo que el pueblo identificara las montañas como un lugar privilegiado, una especie de refugio de seguridad nacional. Además, en la antigüedad se pensaba que las divinidades vivían en la cima de los montes, pues las montañas tenían un sentido religioso. Es importante notar también que el Dios bíblico intervino en la historia de la salvación del pueblo de Israel en una sucesión importante de montes: p.ej., el Sinaí (Ex 20) y el Carmelo (1 R 18).
La pregunta del salmista es si el socorro en la dificultad vendrá de las montañas con su simbología de triunfo y seguridad: La respuesta categórica y firme es negativa. El mismo poeta responde a la interrogante existencial: Mi ayuda proviene del Dios creador. En efecto, las montañas no pueden responder a las crisis de la vida, solo un Dios todopoderoso puede atender los reclamos de gente en necesidad. Además, alzar la mirada a los montes hace que las personas eleven sus ojos, que es una manera de orar y comunicarse con el Creador. La expresión hebrea «los cielos y la tierra» alude a toda la creación.
vv. 3–7: En la segunda sección del salmo se exploran las implicaciones de la intervención de Dios. Un interlocutor del salmista explica en qué consiste la ayuda divina y el socorro del Señor. Y ese análisis lo presenta en dos vertientes: En primer lugar explora lo que el Señor no hace (vv. 3–4), para posteriormente identificar las acciones divinas (vv. 5–7).
De acuerdo con el poeta, el Señor no permitirá que el pie del pueblo resbale pues su misión es guardar a Israel. ¡Dios no se duerme! La negación se presenta en cuatro ocasiones, que es una manera reiterativa de destacar la acción divina: El pueblo no está desprovisto de seguridad y apoyo pues el Señor está alerta, a la expectativa, dispuesto a intervenir, presto a la acción liberadora.
La imagen de estar siempre alerta posiblemente se asocia a los pastores que debían vigilar las noches de sus rebaños (Lc 2:8). Además, esta referencia se puede relacionar con el episodio en la vida del profeta Elías en el monte Carmelo. El profeta criticaba a Baal pues podía estar dormido (1 R 18:27), aunque era solo el mediodía.
Lo que hace el Señor es el tema fundamental y determinante en esta sección del salmo. En primer lugar se incluye un importante verbo hebreo que se traduce comúnmente en castellano como «guardar». Ese verbo caracteriza las acciones de Dios a favor de su pueblo, y en el texto de Reina-Valera se incluye en cuatro ocasiones en el poema: El Señor guarda al pueblo y es su sombra continua de día y de noche, lo guarda de todo mal, guarda su alma o su vida, y guarda sus salidas y entradas. La imagen es de protección y albergue, es de seguridad y ayuda, es de cobertura y apoyo. El propósito del poema es descubrir, afirmar y disfrutar la bondad divina que se manifiesta en forma de protección continua y segura.
Lo que se declara como una afirmación teológica de seguridad y confianza en la primera sección del salmo, se expande y explica en la segunda parte. El salmista hace la gran declaración teológica; y sus interlocutores responden y explican esa declaración: El socorro de la gente no proviene de algún lugar creado sino del Dios que crea. Esa es posiblemente la gran enseñanza del salmista: El auxilio y la fortaleza, el socorro y la ayuda, el apoyo y la protección provienen del Dios creador del cielo y la tierra, que es una manera semítica de referirse a la totalidad de la creación.
Ese Dios creador está alerta, en vela y a la expectativa, como si fuera un pastor diligente y sabio. Esta imagen genera un gran sentido de esperanza y seguridad en los adoradores, pues evoca las narraciones del éxodo con las intervenciones liberadoras de Dios. Una vez más se revela un salmo que alude al Dios que libera al pueblo de sus cautiverios y angustias sociales, políticas, económicas y espirituales. Alzar la mirada a los montes es reconocer que el Dios bíblico, que es creador y todopoderoso, sobrepasa las limitaciones del tiempo y supera las distancias geográficas.
En su predicación liberadora, Jesús vivó a la altura de este salmo. Su comprensión de los montes y de Dios le ayudó a entender el poder liberador de Dios. Y fundamentado en esas convicciones religiosas, el Señor que no adormece respondía al clamor sentido de la gente marginada, de las personas cautivas, y de los hombres y mujeres en necesitad de su pueblo. Como pastor eterno y sabio, que está vigilante a los anhelos más profundos de su pueblo, el Señor intervino en el pueblo para romper las cadenas que cautivaban a su pueblo. Esa idea de liberación equivale a decir que el Señor sana a las personas enfermas, liberar a la gente cautiva, alegrar a hombres infelices, y pacificar mujeres iracundas.

SALMO 122: «ORACIÓN POR LA PAZ DE JERUSALÉN»

El Salmo 122 expresa con mucha emoción la alegría y el gozo al llegar a la ciudad de Jerusalén. Los peregrinos manifiestan su felicidad pues están próximos a ver los atrios del Templo, que representa la presencia del Señor. Este poema afirma con claridad que el centro y la meta de las peregrinaciones antiguas de las comunidades judías era llegar a la ciudad de Sión, Jerusalén, donde estaba ubicado no solo el poder político y las instituciones religiosas del pueblo sino que era la cede de las instituciones jurídicas.
El salmo puede catalogarse, por su análisis temático, como un cántico de Sión. El poema pone claramente de manifiesto las virtudes de la ciudad de Jerusalén y revela la importancia de la ciudad de Jerusalén como un lugar santo y apreciado para Dios. Posiblemente este salmo se utilizaba como parte de las celebraciones anuales del pueblo, específicamente durante la fiesta de los tabernáculos. Quizá el poema es una especie de saludo a Sión, pues es el lugar en donde está enclavado el Templo. Su autor es un adorador que disfruta el privilegio de la presencia del Señor, representada por la ciudad de Jerusalén y la casa del Señor. El poeta habla de un Dios que tiene una casa, un nombre y un pueblo.
El lenguaje utilizado por el salmista puede ser una indicación a su origen postexílico; aunque las referencias a la casa de David (v. 5) y las alusiones a Dios con el antiguo nombre «Jah» (v. 4), pueden revelar algunas influencias del período monárquico. Al título hebreo que lo identifica directamente como cántico de ascensión, se le añade la asociación con el rey David (véase la Introducción).
La estructura literaria y temática del salmo es aparentemente sencilla se presenta a continuación. El tema y la palabra que se desarrolla en todas las secciones del poema es Jerusalén, que incluye los componentes de ciudad y paz; además, el salmo incorpora una frase que sirve de inclusión (p.ej., «la casa del Señor» vv. 1, 7 y «casa de David» v. 5).

• La alegría del peregrinar a la casa del Señor: vv. 1–2
• Importancia y alabanza de Jerusalén: vv. 3–5
• Bendiciones de paz y prosperidad para la ciudad: vv. 6–9

vv. 1–2: El salmo comienza con una expresión de alegría que ubica al poeta al comienzo de la peregrinación, particularmente por la llegada a la ciudad de las personas que adoran. Y aunque no se dice nada del viaje ni de los desafíos que representa, la felicidad y el júbilo caracterizan el ambiente. El salmista, que ha sido invitado a incorporarse a la peregrinación, responde con admiración, entusiasmo y alegría plena al contemplar la belleza de la ciudad. En efecto, la ciudad transmite una sensación de grandeza, hermosura, seguridad y solidez.
El fundamento del gozo es que la casa del Señor representa la presencia divina. Y esa presencia se manifiesta de forma concreta cuando Dios responde a las necesidades de su pueblo. Para la persona que adoraba en la antigüedad, Dios mismo habitaba en el Templo, de forma tal que esos viajes a Sión eran una especie de encuentro cercano o experiencia íntima para facilitar el diálogo entre Dios y las personas y para incentivar la misericordia divina.
vv. 3–5: En la segunda sección del salmo se explora el tema de la ciudad, se desarrolla la teología de Sión, se analizan los componentes básicos del nombre «Jerusalén». Y en ese análisis se evalúan tres aspectos básicos. En primer lugar se alude a las edificaciones, y se indica que tienen fundamentos firmes y estables, representados en la idea de unidad. También se alude a los aspectos espirituales de la ciudad, pues es el centro a donde llegan los peregrinos y las tribus del Señor que llegan del exterior: El templo es la casa para que todo el pueblo de Israel alabe al Señor. Finalmente, el salmista se refiere a los centros de implantación de la justicia y el juicio, los tribunales, que se relaciona con las responsabilidades civiles y jurídicas del monarca.
La oración que en la versión Reina-Valera ha sido traducida como «una ciudad que está bien unida entre sí» (v. 3), posiblemente transmite mejor la siguiente idea: «la ciudad está construida para que en ella se reúna la comunidad». Y la idea básica en la expresión «los tronos de la casa de David» (v. 5), alude a la responsabilidad real de administrar la justicia.
vv. 6–9: Para finalizar, el poema desarrolla el tema de la paz, que se incluye como segundo componente del nombre «Jerusalén», que significa ciudad de paz. El salmista manifiesta un profundo y claro deseo de paz, calma, seguridad, bienestar, salud, prosperidad y bienandanza, que son algunas de las ideas y los conceptos que se incluyen en la palabra hebrea shalom.
La paz debe llegar a la ciudad, deben disfrutarla los que aman la ciudad, se debe vivir dentro de la ciudad y en los palacios, y se debe compartir entre hermanos y hermanas. La idea final del poema es que el fundamento de esa búsqueda de paz es el amor a la casa del Señor.
La idea que prevalece en el poema es que la cuidad de Dios, Sión, Jerusalén y el Templo, representan la paz para la comunidad. En efecto, el tema central del poema es la paz, que se relaciona con la implantación adecuada de la justicia.
La paz verdadera no es la calma superficial, ni es la ausencia de conflicto exterior. Desde la perspectiva bíblica, el shalom es una expresión hebrea que transmite una serie extensa de ideas que van desde el bienestar físico, emocional y espiritual, hasta la terminación de los conflictos bélicos internacionales. La paz bíblica, además, transmite las importantes ideas de prosperidad, salud y calma. El concepto no solo atiende las dimensiones individuales y espirituales del término sino que atiende a sus componentes sociales, políticos y económicos.
El Dios de la paz está aliado a su comunidad, pues su Templo es una especie de testimonio público y continuo de su amor extraordinario y su presencia liberadora. Y ese Dios de paz es el Señor de Jesús de Nazaret. En su predicación redentora, Jesús llegó al Templo y con autoridad comenzó un proceso de cambios y transformaciones radicales, pues la ciudad había perdido su esencia de paz y justicia, y la casa del Señor se había convertido en cueva de ladrones.
Cuando los templos y las instituciones religiosas pierden su valor distintivo, que es representar adecuadamente la paz y la justicia al pueblo, deben ser renovados y confrontados con la palabra divina que les desafía a descubrir sus verdaderos orígenes y afirmar el propósito de Dios con su casa. Además, en la teología del Nuevo Testamento, Jesús es el nuevo maestro de la justicia (Mt 3:15), que desafía, en el nombre del Señor, la autoridad y el conocimiento de los doctores de la ley y los fariseos (Mt 5:20). La implantación de esa nueva justicia divina representada en el mensaje de Jesús, hace que el reino de Dios se haga realidad en medio de la humanidad.

SALMO 123: «PLEGARIA PIDIENDO MISERICORDIA»

El Salmo 123 es un breve poema que suplica la misericordia divina en medio de una situación de dolor, humillación y angustia. Las imágenes de los siervos y las siervas en contraposición a la de los amos y señoras ponen en evidencia el ambiente de cautiverio que le brinda al poema su gran sentido de urgencia. Sin embargo, en medio de esas tensiones personales y preocupaciones existenciales, el poeta responde con ternura y confianza, con seguridad y paciencia, con esperanza y futuro, con belleza y sencillez: Su esperanza toda estaba en la manifestación plena y grata de la piedad y la misericordia divina.
El poema es claramente un salmo de súplica y lamento individual que en la segunda parte adquiere dimensiones colectivas. Ese cambio posiblemente se relaciona con el uso antifonal y litúrgico del poema en las ceremonias del Templo. El poeta transmite su mensaje como parte de la gente que ha experimentado el cautiverio, de unos opresores que no tienen misericordia de sus esclavos. Las referencias a los señores presenta la vida pública y rural; y la alusión a las señoras ubica la crisis en los ámbitos familiares e íntimos. Quizá este salmo proviene de la época postexílica, pues las alusiones a los captores, descritos como arrogantes y prepotentes, pueden ser una alusión a la vida de los exiliados en Babilonia.
La estructura temática de este breve salmo se desprende de la identificación de sus dos partes principales, en la que se revelan un individuo y una comunidad.

• El salmista implora misericordia: vv. 1–2
• El pueblo implora misericordia: vv. 3–4

vv. 1–2: El poema comienza con el clamor de una persona que habla en nombre de toda la comunidad del pueblo. El salmista levanta sus ojos al Dios que habita en los cielos, en contraste a las personas cautivas que están con los ojos puestos, que es una señal de atención y de estar alerta, a las manos de sus amos. Los ojos, que son los sentidos que procesan las instrucciones y las órdenes, no pueden estar cautivos en los opresores, sino puestos en el Dios libertador. Ya anteriormente los salmistas habían indicado, en torno a la imagen de las miradas, que el socorro humano no viene al alzar los ojos a los montes sino al ponerlos en el Dios creador (Sal 121).
La imagen es reveladora: La gente cautiva espera las decisiones y las órdenes de sus dueños y señores a través del movimiento de las manos, sin que medie palabra alguna. El poeta, sin embargo, lleno de confianza y seguridad en Dios, solo espera y confía en la bondad y la misericordia divina. No son la acciones humanas, que intentan humillar e infravalorar las personas, las que definen la dignidad de la gente, sino la piedad divina que manifiesta el amor que tiene el poder liberador y redentor. El contraste es importante: Las manos humanas hieren y oprimen; la misericordia divina dignifica y renueva.
vv. 3–4: Una vez el salmista finaliza su petición a Dios, la comunidad eleva su clamor al Señor. Y, fundamentado en la petición anterior, clama por la misericordia divina, que es una expresión característica de este tipo de salmo. El pueblo está hastiado y cansado de la opresión, del cautiverio, de las dificultades, de las angustias, de los dolores, de las desesperanzas, del menosprecio de los captores, que no manifiestan ningún nivel de amor y misericordia.
Para el salmista los opresores son personas soberbias y burladoras que menosprecian a las personas, particularmente a sus esclavos y siervos. Y ante esa actitud sarcástica, impropia e inhóspita, el salmista y el pueblo se sienten hastiados y cansados. La respuesta del pueblo ante la opresión inhumana, es de ¡basta ya!
Este salmo revela la respuesta humana ante las injusticias de la vida. Se describe la naturaleza de la opresión y el cautiverio, que utiliza las manos para transmitir las órdenes y para comunicar las decisiones. La gente cautiva está pendiente de las manos de los captores, pero las personas de fe, las que esperan en las promesas del Señor, tienen sus ojos bien puestos en la misericordia divina que tiene la virtud de perdonar y redimir al ser humano.
El poema, además, presenta el claro rechazo humano ante el cautiverio. De acuerdo con el salmista, el pueblo se hastió de la opresión y se cansó del cautiverio. Esas son manifestaciones claras de rebeldía, son expresiones firmes que intentan detener las dinámicas del cautiverio. El pueblo reaccionó con firmeza y seguridad, y su autoestima aumentó: ¡No queremos vivir más entre cadenas! ¡No deseamos vivir encarcelados!
Esa teología de la liberación es la que caracterizó las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Cuando le llevaban la gente cautiva y enferma, respondió a esas necesidades con manifestaciones extraordinarias de misericordia y amor. El Señor, con esas expresiones de liberación y sanidad, intentaba brindarle a la humanidad un anticipo del reino de Dios. No se complace el Señor de ver la gente cautiva y necesitada, sino que disfruta la revelación divina que brinda a las personas el poder y la dignidad de valerse por sí mismas.
Un tema fundamental de este salmo es que Dios no trata a las personas como siervas o esclavas, sino que les reconoce el valor y la dignidad que emanan de la revelación divina. Esa fue la enseñanza fundamental que motivó al Señor a decirle a los discípulos que ya no serían siervos, porque los siervos desconocen la voluntad plena de sus señores, sino que les llamaría amigos, que comparten la vida, los proyectos, los sueños y las esperanzas (Jn 15:14–15).

SALMO 124: «ALABANZA POR HABER SIDO LIBRADO DE LOS ENEMIGOS»

El Salmo 124 pone claramente en evidencia la gratitud del pueblo por haber sido liberado milagrosamente de una serie compleja de peligros mortales. El poeta, armado únicamente del recuerdo grato de las intervenciones de Dios, reconoce que sin esas acciones divinas hubiesen perecido. El ambiente es, a la vez, de tensión y gratitud; la dinámica va del furor y hostilidad de los enemigos a la gratitud del pueblo al Dios creador que le socorre en el momento oportuno y crítico. Las imágenes que utiliza el poeta revelan conocimiento de la naturaleza, tanto de la vida diaria en los campos como de los fenómenos naturales.
Este es un salmo de acción de gracias de la comunidad que le expresa humildemente al Señor la gratitud sincera por sus intervenciones redentoras en la historia. Por lo general de la temática expuesta, es muy difícil precisar la fecha de composición del salmo, aunque algunos estudiosos la identifican con las crisis relacionadas a la hostilidad de los samaritanos en las obras de reconstrucción del muro de la ciudad de Jerusalén en tiempos de Nehemías (Neh 4). Su autor debe haber sido un adorador piadoso que deseaba recordar y afirmar al Dios que muestra su misericordia en medio de la historia humana, particularmente con su pueblo Israel. El título hebreo del salmo lo asocia al rey David (véase la Introducción).
La estructura del poema se relaciona con el eje temático central, que reconoce la misericordia divina y bendice al Señor (v. 6).

• Reconocimiento del poder divino en la crisis: vv. 1–5
• Alabanzas al Dios creador por su socorro: vv. 6–8

Una lectura atenta del poema puede revelar, además, una sencilla estructura concéntrica o en forma de quiasmo. El centro teológico del salmo, desde esta perspectiva, sería las alabanzas al Dios liberador.

A. Intervención salvadora de Dios: vv. 1–2
B. Descripción de la crisis: vv. 3–5
C. Alabanzas al Señor liberador: v. 6
B′. Descripción de la crisis: v. 7
A′. Intervención salvadora de Dios: v. 8

vv. 1–5: El salmo comienza de forma abrupta y directa. Sin la intervención divina, que se repite dos veces para enfatizar la idea, el pueblo hubiese perecido de forma fulminante. La primera afirmación reiterativa del poeta, que invita a toda la comunidad a celebrar esa manifestación divina, es de gratitud, aprecio y reconocimiento.
Además, el salmo pone en justa perspectiva la naturaleza de los peligros mortales que vive, la gravedad de las asechanzas que le rodea, y las complejidades de los ataques que experimenta. Los enemigos, que son descritos como fieras y como aguas torrenciales, son personas hostiles e iracundas que actúan sin piedad contra el pueblo de Dios. Ambas imágenes transmiten la idea de destrucción total.
vv. 6–8: La segunda parte mayor del salmo comienza con el centro teológico del poema: El salmista bendice al Señor, tanto por lo que ha expresado en los versículos anteriores sino por lo que va a afirmar posteriormente. Dios intervino de forma milagrosa para evitar que los enemigos les destruyeran.
El pueblo, según el poeta, no sucumbió ante los dientes de los enemigos, ni quedó apresado en los lasos de los cazadores malvados. En efecto, el Dios bíblico intervino rompiendo el lazo del cautiverio para que el pueblo pudiera escapar. El mensaje es directo y claro: Ante los ataques violentos y mortales de los enemigos, las intervenciones salvadoras de Dios preservaron la vida del pueblo de Israel.
La idea final del salmo repite una muy importante afirmación teológica: Nuestro socorro proviene del Dios creador (Sal 121:1–2). Es decir, que ante los ataques despiadados y mortales de los enemigos a través de la historia, la fuerza que le ha dado a la comunidad de Israel sentido de futuro y seguridad es la convicción de que el Dios creador le ayuda en el instante adecuado, le apoya en el momento oportuno, le salva en la hora crucial del cautiverio.
El mensaje central del salmo reconoce la intervención divina como fuente extraordinaria de salvación. La imagen fundamental que se desprende de la poesía es la de un Dios que acompaña a su pueblo a través de las vicisitudes y angustias de la existencia humana. El propósito básico del poeta es afirmar de manera categórica que el pueblo no ha estado solo y que de la misma forma que en el pasado experimentó la liberación divina también en el presente y el futuro ese mismo poder redentor está dispuesto para responder al clamor del pueblo.
El salmo, además, incorpora el poder de la alabanza a Dios en el momento oportuno. El pueblo bendice al Señor por sus intervenciones en el pasado, y también lo bendice cuando aún no he experimentado la salvación en el presente y el futuro. La bendición al Señor es un tipo de anticipo de la acción de Dios que se fundamenta en la fe y la seguridad. La gente de fe, de acuerdo con el salmista, bendice a Dios cuando recuerda el pasado para vivir el presente y proyectarse al futuro. Esa bendición reconoce que Dios es socorro, auxilio, fortaleza, apoyo, sostén, guía y albergue, pues su naturaleza básica es ser creador de los cielos y la tierra, que es una manera semítica de incluir la totalidad de lo creado.
De singular importancia es el reconocimiento de Jesús como el Emmanuel, que significa «Dios con nosotros» (Mt 1:23; 28:20). En la importante tradición del profeta Isaías, los evangelistas reconocieron en el ministerio de Jesús de Nazaret las características indispensables de la presencia divina. Jesús no era un profeta más en la historia del pueblo de Israel: ¡Era el Mesías! Es decir, la presencia y el ministerio público de Jesús en Palestina era una forma de intervención extraordinaria de Dios en la historia, que representa la máxima expresión del amor de Dios a la humanidad (Jn 1:17–18).

SALMO 125: «DIOS PROTEGE A SU PUEBLO»

El Salmo 125, reconocido a través de la historia por su belleza poética y sus imágenes de estabilidad, pone claramente de manifiesto un sentido impresionante y amplio de confianza divina: ¡Dios es inmutable y fiel! La idea de que la ciudad de Jerusalén está rodeada de colinas es una buena imagen de protección que Dios le brinda a la gente fiel, alude a la seguridad que embarga a los peregrinos que se allegan al Templo. Se elabora en este poema algunas de las ideas que previamente se revelan en el Salmo 121.
Posiblemente este salmo es uno sapiencial o educativo, aunque también puede ser interpretado como un poema que expresa la confianza nacional del pueblo en medio de alguna crisis histórica (véase Neh 5). Quizá se utilizaba en las ceremonias del año nuevo en el Templo, aunque su carácter y tema general permiten su uso en otras liturgias del pueblo. Por los temas expuestos y el lenguaje utilizado este poema debe provenir del período luego del destierro en Babilonia. Su autor debe haber sido un adorador de Jerusalén que conocía muy bien la topografía de la ciudad, y que articuló sus enseñanzas en relación a las peculiaridades físicas de la región.
La estructura del breve poema se desprende del análisis temático.

• La confianza en el Señor: vv. 1–2
• La protección divina: v. 3
• Súplica por la paz de Jerusalén: vv. 4–5

vv. 1–2: La afirmación inicial del salmo le brinda su sentido básico de seguridad y confianza. La gente que confía en el Señor goza de estabilidad y permanencia. Dios protege al pueblo como si fuera una cordillera de montes, como si fuera una muralla protectora. La idea es afirmar la presencia divina como fuente de esperanza y seguridad; además, el poema afirma que esa protección es eterna.
Sión es el nombre dado a la colina donde estaba enclavado el Templo de Jerusalén. Ese monte antiguo era considerado por el pueblo como un símbolo de estabilidad y firmeza, por la particularidad de tener esas defensas naturales a su alrededor. Las ciudades amuralladas en la antigüedad requerían, en tiempos de guerra, rampas especiales para escalar sus muros e invadirlas. Esa forma de batalla era muy difícil librar en ciudades como Jerusalén que, además de la protección física inmediata de sus murallas, tiene una serie de montañas protectoras. La fama de ciudad inexpugnable que tenía Jerusalén se remonta a los tiempos antes de la conquista del rey David (2 S 5:6), cuando pertenecía aún a los jebuseos.
v. 3: En este versículo se pone de manifiesto el conflicto y la tensión del salmo. La vara de la impiedad alude a la autoridad de las personas malvadas, de los enemigos del pueblo, que amenazas conquistar la heredad o las propiedades de la gente justa. La alusión a la heredad hace recordad a la tierra prometida, que es el regalo divino a su pueblo. De acuerdo con este texto, ese don de Dios está en peligro, pues el peso del cetro o vara, que simboliza la autoridad real, es una forma de conquista y apropiación. Además, el mensaje protege las acciones de los fieles para que no actúen de acuerdo a las maldades e injusticias de sus enemigos.
vv. 4–5: La súplica final de poema solicita la intervención bondadosa de Dios a favor de su pueblo, identificados en el poema como la gente buena. El salmista reclama la acción de Dios que bendice a la gente de corazón recto. Sin embargo, el poeta pide justicia hacia las personas que se apartan del camino divino tras sus prevaricaciones o pecados, que son personas que disfrutan el hacer el mal.
La frase final del poeta es la solicitud de paz para la ciudad de Jerusalén. Comienza el salmo con una declaración de seguridad en torno a la ciudad y finaliza con una petición de paz. La idea fundamental del poeta es destacar las virtudes de Sión como lugar de seguridad, estabilidad y paz.
El mensaje del salmo se dispone en oposiciones bien marcadas: De un lado se identifican las personas buenas y justas en contraposición a la gente malvada y perversa; se presenta, además, la heredad de los justos y las manos de la maldad. En medio de esas dualidades se ubica el monte de Sión que tiene a su alrededor los montes protectores que son símbolo de triunfo, firmeza y futuro.
La enseñanza del salmo está en la tradición de otros poemas sapienciales (Sal 1; 19; 119), que enfatizan la importancia de vivir con dignidad y justicia. El mensaje no es a adquirir las doctrinas adecuadas y correctas, sino a vivir de acuerdo con los valores que se desprenden de la geografía del monte Sión. La estabilidad personal y nacional, la firmeza en las convicciones, la seguridad ante los peligros y las adversidades provienen del Dios que está presto a responder a los clamores y las afirmaciones de paz de su pueblo.
El tema de la paz es muy importante para las enseñanzas privadas y los mensajes públicos de Jesús. Inclusive, de acuerdo con el libro del profeta Isaías, uno de los nombres del Mesías es «Príncipe de la paz», que es una forma figurada de afirmar que la paz verdadera se relaciona con el ministerio liberador del Cristo de Dios. La gente que sigue el modelo de vida de Jesús es como el monte de Sión, que ante los ataques de la vida no tiembla, ante los embates de las adversidades no sucumbe, por Dios mismo la sostiene y ayuda.

SALMO 126: «TESTIMONIO DE LA RESTAURACIÓN»

El Salmo 126, a la vez, presenta algunos sentimientos profundos de alegría y felicidad, y contiene varias expresiones de dolor y agonía. Pone claramente de manifiesto el poema dos sentimientos intensos en contraposición. El salmista articula el gozo y la dicha de la superación de una grave crisis, y también alude a las dificultades relacionadas con las manifestaciones adversas del problema. El poema posiblemente alude a la experiencia dolorosa y triste del exilio del pueblo de Israel en Babilonia, aunque muy buen el mensaje del salmo puede relacionarse con la superación de cualquier adversidad y conflicto que atenta contra la felicidad plena de la humanidad.
Este salmo se puede catalogar muy bien como uno de súplica colectiva, donde el poema se allega ante Dios para expresar su agradecimiento y articular su petición. Este salmo muy bien puede relacionarse con las peregrinaciones al Templo de Jerusalén, especialmente cuando el pueblo había regresado del destierro. Es la oración sentida de un pueblo que recuerda humildemente los actos divinos de liberación en la historia nacional, al mismo tiempo que reconoce la naturaleza de la crisis y las complicaciones y dolores que se sienten en medio del conflicto.
El autor del salmo es posiblemente un israelita agradecido que reconoce la capacidad y el deseo divino de intervención. El poeta, al enfrentar un nuevo desafío en el período de la restauración nacional, presenta su súplica al Señor: ¡Anhela una nueva manifestación salvadora de Dios! La reflexión en torno a la liberación de Dios en el pasado le permite proyectarse al futuro con sentido de esperanza. El título hebreo del salmo, «Cántico gradual», lo relaciona directamente con el resto de los poemas de las subidas al Templo (Sal 120–134; véase, además, la Introducción).
La estructura literaria del salmo se desprende de la identificación de los temas prominentes y de las expresiones que identifican esos temas. La idea que distingue las estrofas del poema se relaciona con el cambio o transformación de la suerte o el futuro de la ciudad de Jerusalén, identificada poéticamente en el poema como Sión.

• Alegría de la liberación: vv. 1–3
• Súplica y preocupación del pueblo: vv. 4–6

vv. 1–3: Este salmo articula su mensaje de súplica sin introducción ni conclusión. El poema identifica directamente la alegría y señala con claridad su preocupación. En la primera sección predomina la alegría, el contentamiento, la felicidad y el disfrute pleno de la vida. ¡El ambiente es de triunfo y celebración! Las palabras que se utilizan son las siguientes: Sueños, risas, alabanzas y alegría. En efecto, el propósito del autor es poner claramente de manifiesto la felicidad que se relaciona con la liberación divina.
Respecto al salmo, es menester destacar varios temas de importancia: La cautividad en Babilonia del pueblo judío terminó por la intervención de Dios. Y cuando Dios hizo que el pueblo regresara, se manifestó la alegría, se desató el contentamiento, y se reveló la dicha plena. Ese acto liberador fue como un sueño: Extraordinario, maravilloso, un acto casi imposible de creer. La manifestación divina, además, hizo que las naciones extranjeras reconocieran el favor divino hacia el pueblo de Israel. Y esas dinámicas divinas, que tienen claras repercusiones nacionales e internacionales, generaron las manifestaciones de alegría en el pueblo. Los pueblos que anteriormente se habían burlado de Israel y de su Dios, ahora reconocían el poder divino, tal como se había anunciado (Ez 36:36).
vv. 4–6: Con una idea similar a la que comenzó el poema, se inicia la segunda estrofa. El deseo es claro y definido, la petición es directa y específica. La expresión que se traduce como «Haz volver nuestra cautividad», pone de manifiesto el firme deseo del poeta: ¡Que el Señor cambie la suerte y las vivencias de dolor del pueblo! La idea es que Dios intervenga de forma extraordinaria para cambiar las realidades que producen cautiverios y angustias a la comunidad.
La imagen literaria que escogió el poeta presenta los arroyos del Negev, que es uno de los desiertos al sur de Palestina. Por las inclemencias del tiempo durante el verano, los arroyos se secan; sin embargo, con las lluvias de invierno se llenan nuevamente y traen verdor y esperanza a la comunidad. La idea poética es de renovación y futuro. La finalidad teológica es poner en evidencia la extraordinaria capacidad de restauración divina.
El mensaje continúa con evocaciones al mundo de la agricultura. Las personas que siembran lo hacen con dificultad, pero también con la esperanza de recibir los frutos que anhelan. En este caso, la gente que sembró con lágrimas, en referencia a las dificultades de la vida, segarán con alegría, en alusión al triunfo y la victoria.
La metáfora del salmo es clara: La situación del pueblo es de sequía, desierto y ausencia de vida y posibilidades; sin embargo, ante la intervención extraordinaria de Dios, lo que le espera a la comunidad son aguas abundantes, que, en efecto, son signos y parámetros de vida y futuro. ¡El gozo de la cosecha hace olvidar las dificultades relacionadas con la siembra!
Fundamentado en la experiencia de liberación del exilio en Babilonia, el poeta suplica al Señor una nueva intervención divina. La verdad es que el período de restauración de la ciudad de Jerusalén, llamada poéticamente Sión, fue muy complicado y extremadamente difícil. El apoyo exterior del imperio persa, luego del destierro, nunca llegó de forma efectiva; y las dinámicas entre las personas que habían quedado en la ciudad hacia gente que regresaba del exilio no eran las mejores. En ese ambiento de abandono nacional y conflicto interno, el salmista se presenta ante Dios para suplicar una nueva intervención divina. Su esperanza está en el Dios que ya tiene experiencia en liberaciones nacionales; su confianza está en el Señor que había demostrado, en la historia nacional, que sabe cómo manifestar su poder liberador.
Este poema pone claramente de manifiesto la teología del poeta: El Dios bíblico está al lado de la gente que tiene necesidad; el Señor es aliado de las personas que sufren y sienten en sus vidas los azotes inmisericordes e ingratos relacionados con las injusticias de la vida. La importancia del salmo es que presenta a un Dios libertador, que tiene la capacidad y el compromiso de continuar con sus intervenciones salvadoras en medio de las realidades humanas. La suerte de la gente cambia con la manifestación de la gracia divina.
Ese poder transformador se puso en evidencia en la vida de Jesús de Nazaret. En sus mensajes de esperanza y como resultado de sus acciones salvadoras, las personas sentían que sus vidas cambiaban para bien. En efe4cto, el ministerio de Jesús fue una demostración adicional de la capacidad que tiene Dios de transformar las realidades de dolor en dinámicas de triunfo, gozo, esperanza y liberación (Jn 16:20–22). El ministerio del Señor reveló nuevamente que la última palabra divina para las personas no es el juicio destructivo sino la manifestación extraordinaria de la misericordia que renueva y redime. En efecto, las lágrimas no tienen la palabra final para la gente de fe, sino la alegría que se fundamenta en la esperanza y la restauración.
El mensaje de este salmo nos recuerda que la construcción del reino de Dios, que intenta promulgar la esperanza y vivir a la altura de la misericordia y la justicia divina, se siembra con mucho esfuerzo, lágrimas y dolores. Sin embargo, la revelación del poema también es símbolo claro y seguro de que quienes se disponen a vivir de acuerdo con los valores y enseñanzas expuestas por la vida y el mensaje de Jesús, cosecharán con felicidad y alegría, que son símbolos del triunfo definitivo y firme de la gente de Dios contra las manifestaciones ingratas del odio, los resentimientos y las mentiras. El reino de Dios, que alude a la vida plena de justicia, verdad, amor y paz, se hace realidad con el esfuerzo decidido de la gente de fe.

SALMO 127: «LA PROSPERIDAD VIENE DE DIOS»

El Salmo 127 no solo es parte del grupo de poemas de peregrinación sino que toca asuntos de importancia capital para la vida cotidiana, para las dinámicas diarias de las familias y las ciudades. La preocupación básica del autor es el sentido de las cosas cotidianas: p.ej., la casa, la ciudad y el trabajo. Es un poema, en efecto, que pone de manifiesto la teología de la esperanza en Dios, a la vez que destaca el empeño humano, los trabajos personales y los esfuerzos familiares. El propósito del salmo es afirmar que de nada valen los proyectos humanos si Dios no los hace prosperar. Para el poeta, las aspiraciones personales y nacionales son inútiles si el Señor no es parte del diseño y su ejecución.
Este salmo es un buen poema de confianza y seguridad, de tipo sapiencial, que hace una clara propuesta de felicidad, dicha o bienandanza. El deseo del autor es identificar las cosas importantes de la vida en medio de las dinámicas personales, familiares y comunitarias. Posiblemente este salmo se utilizaba como parte de los procesos educativos del pueblo, antes de comenzar las peregrinaciones al Templo. Y, por las referencias a las personas que velan, quizá se escribió en el período postexílico, durante los procesos de reconstrucción de la ciudad en la época de Nehemías, cuando se tenía que trabajar en el Templo y sus murallas, a la vez que se mantenía un estado de alerta contra los ataques enemigos.
El autor del salmo es posiblemente una de las personas que trabajó en ese proyecto de reconstrucción nacional. El título hebreo del poema lo relaciona, en primer lugar, con los «Cánticos de las subidas» (Sal 120–134), y con el rey Salomón, famoso por la sabiduría y sus proyectos de construcción (véase la Introducción).
La estructura literaria del salmo se relaciona con los temas expuestos.

• Precariedad de la vida sin Dios: vv. 1–2
• Fecundidad humana: vv. 3–5

vv. 1–2: El poema comienza con una muy clara y decidida declaración teológica: Son inútiles todos los esfuerzos humanos si Dios no los sanciona positivamente. El esfuerzo humano sin el Señor es vano, pues las tareas personales o nacionales que no toman en consideración la voluntad divina están avocadas al fracaso, que es una buena doctrina de la literatura sapiencial (Prov 10:22; Ecl 2:24; 5:17–18).
La referencia a la casa al comenzar el poema está cargada de significado. A la vez, el término hebreo puede referirse tanto al Templo de Jerusalén como al hogar, a la morada de las familias. Como el Templo fue destruido en el triunfo de los ejércitos babilónicos en Jerusalén, la referencia a la reconstrucción es adecuada. Por otro lado, en este particular contexto literario y teológico, cuando la segunda parte del poema pone de relieve el tema doméstico, el salmista posiblemente alude al desarrollo de proyectos y programas familiares. Sin embargo, ambas referencias detallan la relación íntima entre la bendición divina y el trabajo y los esfuerzos humanos. El mensaje es el mismo: Ningún proyecto humano, nacional o familiar, puede prosperar sin la bendición divina. Los edificadores trabajan y construyen, los guardias velan la ciudad, y la gente trabaja desde muy temprano en la mañana, sin embargo, todas esas labores no son suficientes para disfrutar la prosperidad que proviene de la misericordia divina.
El salmo no intente glorificar la pereza, ni desea elevar la vagancia a algún sitial de idealidad. La literatura sapiencial rechaza con vehemencia esa actitud humana de irresponsabilidad (Prov 6:6–11; 10:4; 20:4; 24:30–34). El propósito del salmista es condenar la excesiva preocupación de las personas que no confían en Dios. La preocupación humana y la disconformidad de las personas lo que logran en la gente es que no disfruten a cabalidad las virtudes y las misericordias divinas. El mensaje es claro: No importa si las personas se levantan temprano a trabajar y se acuesten tarde para descansar, Dios le dará el sueño reparador y el buen descanso a su amado, que es una referencia a la gente que responde positivamente y obedece la voluntad del Señor. En este contexto, el «pan de dolores» alude al esfuerzo humano que trae angustia a las personas que se esfuerzan desmedidamente en sus trabajos.
vv. 3–5: La siguiente sección del salmo continúa el tema de la construcción de la casa, en esta ocasión, sin embargo, alude directamente a la familia. Los «constructores» son el esposo y la esposa que reciben a los hijos e hijas como herencia del Señor. La palabra «herencia», en hebreo, tradicionalmente alude a la tierra, pero en este contexto se relaciona con la familia que se encarga y es responsable de poseerla.
El tema de la fecundidad tiene importancia capital en esta parte del poema. En esta ocasión se ponen de manifiesto los excelentes resultados de incorporar al Señor en los proyectos humanos. Los hijos y las hijas son bendición divina, son de gran estima pues vienen como producto de la misericordia de Dios. La imagen de las flechas en manos de los guerreros alude a su importancia y virtud; y si vienen en los años de la juventud, ¡se pueden disfrutar por más tiempo!
La fecundidad y las familias numerosas son bendición divina. La gente bienaventurada es la que tiene muchos hijos e hijas. Esa presencia familiar distinguida, numerosa y fuerte hace que el salmista se sienta confiado en los juicios. ¡Los enemigos no pueden avergonzar a las familias numerosas! La referencia a la puerta de la ciudad alude a los procesos judiciales que se llevaban a efecto, en la antigüedad, en ese lugar. En las entradas de las ciudades se dirimían las disputas locales y se resolvían los asuntos públicos (Rt 4:1–2).
Este salmo pone de relieve el tema de la bendición de Dios en todos los proyectos humanos. Tanto a nivel personal y familiar como en las dinámicas nacionales y comunitarias. La presencia divina no es un extra optativo en el éxito de los esfuerzos humanos sino el requisito indispensable. Para el salmista, Dios es responsable tanto de la fecundidad familiar como de la protección nacional. Y esa seguridad le brinda un claro sentido de esperanza y futuro. Sin la bendición divina, todo en la vida se torna frágil e inseguro.
Para la sociedad contemporánea el mensaje de este salmo cobra dimensión nueva. En un mundo de ansiedades crecientes y trabajos continuos, la gente debe separar tiempo de calidad para descansar y confiar en las promesas divinas. Los grandes proyectos de las familias y la humanidad deben tomar seriamente en consideración los valores del reino de Dios, según se pusieron de manifiesto en las enseñanzas y mensajes de Jesús de Nazaret. Esas directrices divinas demandan de los individuos y de las naciones integridad moral y justicia, que son los ingredientes indispensables para el disfrute pleno de la vida y para ser personas bienaventuradas.
El salmista pone de relieve en este poema la importancia de ser una persona o nación bienaventurada o dichosa. Ese tipo de felicidad plena y grata no es el resultado de los trabajos continuos y los esfuerzos desmedidos de la humanidad. Aunque toda la literatura sapiencial reconoce y afirma la importancia del trabajo y rechaza la pereza como estilo de vida, el factor indispensable para el disfrute pleno de la existencia es incorporar los valores divinos en los esfuerzos humanos. Ese acto de obediencia y humildad hace posible la intervención divina que prospera y bendice tanto a las personas como a los pueblos.
Respecto a los temas que se exponen y afirman en este poema, el Señor Jesús indicó con claridad que sin su ayuda y poder nada podemos hacer (Jn 15:5); además, entre sus grandes enseñanzas se incluye la que rechaza el afán y la ansiedad como métodos válidos para alcanzar la dicha en la vida (Mt 6:31–33).

SALMO 128: «LA BIENAVENTURANZA DEL QUE TEME AL SEÑOR»

El Salmo 128 prosigue el tema general que se explora en el poema anterior (Sal 127), y presenta las bases indispensables para el trabajo fructífero, el bienestar personal y la felicidad familiar. La bendición divina llega a la gente justa en formas concretas y específicas de dicha y prosperidad. Desde la perspectiva de la retribución temporal, característica de las teologías del Antiguo Testamento, esas bienaventuranzas representan la bendición divina por excelencia. El propósito educativo del poema es discutir el tema del sentido básico de la vida, además de articular en qué consiste la felicidad verdadera y plena.
Este poema de peregrinación se incluye entre los cánticos graduales o de las subidas (Sal 120–134), y muy bien se puede caracterizar como un salmo sapiencial o didáctico. Su objetivo principal es identificar dónde se encuentra la felicidad, y su contexto inicial es posiblemente los procesos educativos que preparaban a los adoradores para llegar a Jerusalén y subir al Templo con sentido de orientación espiritual y comprensión teológica. Este tipo de literatura educativa presenta lo esencial y necesario para el disfrute pleno de una vida digna e íntegra. Respecto a este particular tema, es importante señalar que en el salmo el bienestar personal da paso al disfrute social que se pone de manifiesto en el disfrute de la paz, que en hebreo es shalom, que sobrepasa los límites de la expresión castellana.
Este salmo se relaciona temáticamente con varias bendiciones divinas que se incluyen en el Pentateuco (véase Lev 26; Dt 28), y está relacionado, además, con la teología de la retribución, que se caracteriza por afirmar que la prosperidad humana y el bienestar nacional se relacionan íntimamente con el temor al Señor. Su autor es posiblemente un adorador judío que desea enfatizar la importancia de la felicidad en relación a la fidelidad que se debe al Señor. Su relación temática con el salmo anterior (Sal 127) lo puede ubicar en el período post-exílico, cuando los líderes religiosos del pueblo estaban tratando de encontrar sentido a la experiencia dolorosa del destierro, para proyectarse al futuro con salud mental y social. El título hebreo del poema lo identifica con la sección de cánticos graduales o de peregrinación (véase Introducción).
La estructura literaria del salmo se desprende rápidamente de la identificación de los temas expuestos.

• La bienaventuranza: vv. 1–3
• La bendición divina: vv. 4–6

vv. 1–3: Los dos elementos básicos y fundamentales del salmo, la bienaventuranza y la bendición, tienen como objetivo principal a la persona que teme al Señor, que es una forma sapiencial de referirse a la obediencia y fidelidad. Ambas afirmaciones son pronunciadas posiblemente por un sacerdote que deseaba poner de manifiesto la importancia de la paz en el individuo, la ciudad y la nación.
El poema comienza con la dicha de seguir los caminos del Señor. Ese tema, que recuerda el comienzo del Salterio (Sal 1), pone en evidencia la importancia de la fidelidad humana para disfrutar la bendición divina. La decisión de obedecer los mandamientos del Señor trae consigo una serie importante de bendiciones: El disfrute pleno del resultado del trabajo, la esposa será bendecida con fecundidad y familia numerosa, y los hijos e hijas serán muchos. El trabajo acompañado de felicidad y tranquilidad, se asocia a la familia numerosa y feliz.
Desde la perspectiva teológica, la gente que teme al Señor le va muy bien en la vida y participa de cierto modo del proyecto creador de Dios (Gn 2:15). La imagen de la mujer en el poema revela las costumbres y percepciones antiguas, características de las sociedades patriarcales. Y, como la fecundidad es un don de Dios, se compara a la mujer a la vid que lleva mucho fruto. ¡Ese tipo de sociedad recluía a la mujer a las esferas íntimas del hogar! Además, entendía el rol de la mujer como agente para la procreación, que era una forma de garantizar la posesión y propicia el trabajo adecuado que hace prosperar la tierra.
La tercera bendición del salmo se relaciona con la anterior, pues presenta la dicha de tener una familia numerosa, particularmente el procrear hijos varones. La imagen pone de relieve la vida nómada, que incentivaba la reunión del padre y los hijos varones alrededor de una alfombra en el suelo, que servía de «mesa» para comer. La referencia al olivo puede aludir a los muchos frutos que brinda un árbol envejecido pero lleno de vida. La idea es poner de manifiesto las bendiciones divinas prometidas en Génesis 1:28: El trabajo adecuado, la comida abundante, la felicidad y fecundidad de la esposa, y el diálogo grato y respetuoso con los hijos. ¡Esa es la felicidad plena para el salmista! La persona que teme al Señor será bendecida abundantemente de esa forma específica, concreta y clara.
vv. 5–6: En la segunda sección del poema se explora aún más el tema de la dicha y la felicidad. La bendición de Dios que emana del Templo, de la ciudad de Jerusalén, específicamente de Sión. El tema se mueve de las dimensiones familiares a las dinámicas sociales y nacionales. La bendición divina ahora se ubica en el nivel de la ciudad y en el futuro familiar, en los hijos de los hijos. Además, la paz, que es sinónimo de la implantación de la justicia, ahora sale de los entornos personales y familiares para llegar a todo el pueblo de Israel. Y ver el bien y la paz de la ciudad no solo es contemplar la dicha del progreso nacional y el desarrollo comunitario sino disfrutar personal y familiarmente de esa prosperidad nacional.
El mensaje del salmo presenta un tipo de sociedad en donde se han eliminado las dinámicas de injusticia que son las fuentes básicas de la desdicha y el dolor tanto personal como social. El poeta articula un mensaje que pinta una sociedad de paz y prosperidad, en contraposición a las ciudades donde imperan la guerra y el dolor. Para el salmista, la gente que le teme al Señor tiene la capacidad y también la responsabilidad de trabajar para transformar este ideal social en experiencias concretas en la vida. El mensaje del salmo es la importancia de traducir la teología del poema en experiencias concretas de paz y prosperidad.
El secreto del salmo está en la capacidad de temer al Señor. Ese tipo de temor no se relaciona con las ideas de miedo o temor ante la presencia divina. Es, en efecto, el reconocimiento pleno de la misericordia de Dios, y el deseo de obedecer a sus mandamientos. De acuerdo con la literatura sapiencial, ese temor al Señor es la fuerza que guía el ser humano a buscar y descubrir la voluntad divina para disfrutar la dicha y la bienaventuranza que se relaciona con la revelación del Señor.
En su predicación transformadora, Jesús articuló un mensaje de paz y transformación para los individuos y las ciudades. Y en uno de sus discursos más intensos y sentidos, el Señor lloró ante la ciudad de Jerusalén, y le indicó que había matado a los profetas; es decir, que la ciudad había perdido el poder de la paz, había olvidado su responsabilidad de contribuir positivamente a los procesos que propician la justicia entre las personas (Lc 13:34–35; 19:41–44).
En sus enseñanzas básicas en torno al reino de Dios, el Señor favoreció a las personas anhelantes de justicia y desenmascaró a quienes se escondían en las dinámicas religiosas para mantener cautivas a gente indefensa y necesitada. Sus denuncias firmes y valientes llegaron inclusive a las autoridades religiosas y a los doctores de la Ley, que eran capaz hasta de explotar a las viudas con pretextos legales y justificaciones religiosas (Mc 12:38–40).

SALMO 129: «PLEGARIA PIDIENDO LA DESTRUCCIÓN DE LOS ENEMIGOS DE SIÓN»

El Salmo 129 manifiesta un muy profundo sentido de confianza en Dios; y, a la vez, que revela una serie de deseos de castigo y juicio hacia los enemigos del pueblo de Israel. El fundamento temático del poema son las vicisitudes históricas del pueblo, los dolores que ha vivido la comunidad judía a través de la historia. El particular objetivo educativo del salmista es afirmar que, aunque Israel ha experimentado muchas persecuciones, dolores y opresiones, esas dificultades extraordinarias no han podido destruir su sentido de vida y futuro, pues ha recibido, en medio de las crisis, la protección misericordiosa del Señor.
Aunque el tono del poema varía a medida que se desarrollan los temas, el salmo es esencialmente uno de confianza colectiva, de gratitud nacional. El salmista revela la seguridad que le imparte la presencia divina, que describe como liberadora. Y aunque responde con firmeza y rechazo a las acciones opresoras de sus enemigos, la expresión final del poema es de bendición y alabanzas al Señor.
El contexto inicial de este salmo es posiblemente las dinámicas educativas que se llevaban a efecto en el Templo, luego del regreso de los deportados de Babilonia. El autor debe haber sido un israelita piadoso que decide reflexionar en la historia nacional y afirmar que aunque han pasado y vivido muchos problemas, las dificultades históricas y los contratiempos políticos y sociales no han podido prevalecer contra el pueblo de Israel. El título hebreo del poema, como toda esta sección, lo relaciona con los cánticos de las subidas y las peregrinaciones (Sal 120–134; véase también la Introducción).
La estructura del poema que servirá de base a nuestro análisis, es la siguiente:

• Diálogo de seguridad y esperanza: vv. 1–4
• Deseos de justicia e imprecaciones: vv. 5–8

vv. 1–4: El poema comienza con un diálogo litúrgico. Dos grupos de creyentes conversan (véase Sal 124:1–2) y responden a los reclamos teológicos de algún líder. El primer lugar, se recuerda el pasado del pueblo, lleno de dolores y angustias. Las referencias a las dificultades se relacionan con «la juventud», que es una forma figurada de aludir al comienzo del pueblo de Israel como nación. Esos conflictos y aflicciones se pueden relacionar con la experiencia amarga de la opresión del Faraón de Egipto.
En el diálogo litúrgico, el segundo grupo confirma los problemas y las dificultades, pero añade una declaración teológica de seguridad y esperanza: ¡Aunque los dolores han sido intensos, esas dificultades y angustias nunca han prevalecido contra el pueblo de Dios! La respuesta a la crisis histórica es de futuro y confianza: Las adversidades no pueden destruir a la gente de fe. La vocación fundamental del pueblo de Israel es la libertad, y por esa razón fundamental los conflictos no pueden vencerlo.
Las imágenes del sufrimiento son vivas. Los opresores son descritos como labradores malvados que utilizan las espaldas del pueblo como si fueran surcos del arado. La intensión del poeta es presentar la gravedad de las dificultades históricas del pueblo. Además, añade a la imagen que, como Dios es justo, cortó las ligaduras, los látigos o las coyundas de los opresores, identificados teológicamente en el poema como impíos. En efecto, el mensaje inicial del poema es que, aunque el pueblo ha pasado problemas extraordinarios, el Señor ha sido justo y le ha quitado el poder a las personas y naciones opresoras. Y porque Dios ha intervenido con autoridad salvadora, el pueblo no ha sucumbido ante los ataques fieros e inmisericordes de sus detractores y enemigos.
Posiblemente el poema se refiere a los días del pueblo de Israel en las tierras de Egipto, desde donde fueron liberados por la mano de Dios y bajo el liderato de Moisés. Sin embargo, las imágenes poéticas no están cautivas a ese período histórico, pues pueden relacionarse con los diversos momentos de crisis en la historia nacional del pueblo de Israel.
vv. 5–8: La segunda sección del poema se fundamenta en la teología que se incluye en la parte inicial. Como el Señor es justo, la gente y las naciones que aborrecen y hieren a Sión, en referencia a la ciudad de Jerusalén, pero en representación de todo del pueblo de Israel, serán detenidos y avergonzados. La afirmación teológica es la siguiente: La justicia divina no faltará, pues responderá de manera efectiva a quienes atentan contra el pueblo de Dios.
La descripción del juicio a los enemigos es figurada. Serán como la hierba que se seca antes de crecer, y nunca llega a las manos de los segadores. Para el salmista, el juicio divino hará que los enemigos del pueblo, que son los que se han aventurado a oprimir a Israel a través de la historia, recibirán su merecido, que es una especie de aniquilación total y definitiva. El fin de quienes odian a Sión es la destrucción total.
La palabra final del salmo es una maldición. La gente que pase por su lado, al ver las acciones punitivas del Señor contra quienes oprimen al pueblo y hieren a sus ciudadanos no podrán pronunciar ninguna bendición. Por el contrario, cuando vean la manifestación de la justicia divina no dirán: «La bendición del Señor sea sobre vosotros» (v. 8).
La palabra e idea final del salmo, sin embargo, no es la maldición anterior, sino una bendición que pronunciaban los sacerdotes para todo el pueblo. Se pone de manifiesto con claridad de esta forma el propósito educativo del salmista. Aunque los problemas y las persecuciones han caracterizado el pueblo de Israel a través de su historia, la palabra final del Señor para su pueblo no es de maldición sino de bendición.
Una lectura teológica del salmo revela que Dios es descrito de tres formas importantes. En primer lugar, es justo. Esa característica divina es especialmente importante en momentos de crisis y dificultad. La esperanza de la gente de fe, cuando atraviesa momentos de crisis y desolación, es que la justicia divina transformará las condiciones de cautiverio y opresión, en dinámicas de liberación y justicia. La esperanza del salmista no está en la conversión de lo opresores sino en la justicia del Señor.
Además, el poema presenta al Señor que bendice a su pueblo. Y esa bendición se manifiesta en medio de las crisis de la vida. La intervención liberadora del Señor se produce en medio de las dinámicas humanas. Las personas y las naciones opresoras del pueblo de Dios serán testigos de las bendiciones de Dios hacia su pueblo, que son a la vez, maldiciones para la gente injusta e impía.
Finalmente esa bendición divina se presenta en el nombre del Señor, que es una forma de garantía, una manera de asegurar la manifestación de la justicia de Dios. En la antigüedad, el nombre no solo era el distintivo externo de alguna persona sino se consideraba que contenía su esencia básica y más profunda. La bendición en el nombre del Señor era una forma de desear la transformación de los dolores en alegrías. En esencia, la palabra final del Señor para su pueblo nunca es de maldición; por el contrario, el mensaje divino fundamental es de bendición y alabanzas.
Esa teología de la bendición se manifestó con claridad en la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. Su verbo elocuente estuvo al servicio de la gente marginada y necesitada, y su acción liberadora se puso de manifiesto entre los sectores más cautivos y desposeídos de la sociedad palestina antigua. La misión fundamental de Jesús fue liberar a las personas de las diferentes formas de opresión que se desprenden de las acciones pecaminosas de la humanidad.

SALMO 130: «EL SEÑOR REDIMIRÁ A ISRAEL»

El Salmo 130 pone de manifiesto una extraordinaria actitud de humildad humana y un sentimiento profundo de confianza en Dios. El poeta se despoja de todo sentimiento de orgullo y grandeza para presentarse ante el Señor con sencillez y esperanza. Clama a Dios desde lo más profundo de su vida; es decir, presenta ante el Señor una oración sentida. Su finalidad es recibir el favor divino y la misericordia que le permita recibir y disfrutar la redención que emana solo del trono de Dios. Este poema forma parte de los salmos penitenciales o de arrepentimiento (Sal 6; 32; 38; 51; 102; 143).
Este poema se puede catalogar como un salmo de súplica individual, en el que una persona en necesidad se presenta con humildad ante el Señor para implorar su intervención redentora. El poema comienza con una petición personal, pero culmina con un horizonte de esperanza para todo el pueblo.
El autor del salmo, abrumado por su condición personal, parece que atraviesa una grave crisis. ¡Quizá es una enfermedad terminal que atenta contra su vida! Y desde sus sentimientos de dolor y preocupación más profundos, espera la respuesta divina en forma de misericordia y perdón. Posiblemente este poema no solo se utilizaba en ceremonias personales de súplica durante momentos de adversidad individual, sino que puede relacionarse con los festivales nacionales de arrepentimiento, similares a los que se llevan a efecto en los tiempos de Esdras (p.ej., durante el día de la expiación; Lv 16). Por la naturaleza general y universal de las peticiones, es muy difícil precisar la fecha de composición de este salmo, aunque muy bien puede provenir de la época monárquica. Su título hebreo lo relaciona con los cánticos de peregrinación o de las subidas (Sal 120–134).
La estructura literaria y temática del salmo es la siguiente:

• El clamor profundo del salmista: vv. 1–2
• El perdón divino: vv. 3–4
• La esperanza del poeta: vv. 5–6
• La misericordia y redención del Señor: vv. 7–8

vv. 1–2: El poema comienza con una petición sincera, sentida y profunda. El salmista clama desde lo más profundo de su vida; su objetivo es que el Señor le escuche y responda. La súplica es humilde y el clamor sentido. Desde la frase inicial se pone claramente de manifiesto la gravedad de su condición, se revela la naturaleza de la crisis.
El clamor inicial puede ser una imagen y alusión a las profundidades de la mar, al abismo, a la región que en la antigüedad se pensaba estaba el Seol, que era la morada de los muertos. Es decir, el salmista desfallece, siente que la vida se le escapa, piensa que está al borde de la muerte. Y desde esa condición de debilidad y fragilidad, se presenta ante el Dios del poder, el Señor de la salud, el Dios de la liberación y el Señor de la esperanza. El clamor del salmista ante Dios es que le oiga, que esté atento a su súplica.
vv. 3–4: En la segunda estrofa del poema se presenta al salmista en una especie de negociación y diálogo con el Señor. La verdad es que si Dios se detuviera a mirar con pulcritud y rigurosidad los pecados de las personas, sería imposible mantenerse en pie, no sería posible la vida. Ante el poder, la sabiduría y el conocimiento del Señor, la gente solo puede confiar en la misericordia divina, el único camino es esperar la manifestación del perdón del Señor. En efecto, si Dios pidiera cuenta de todos y cada uno de los pecados de la humanidad nadie podría escapar de la condenación y el juicio. Por esa razón, la esperanza se fundamenta en la misericordia divina no en las bondades humanas.
vv. 5–6: En efecto, la esperanza del salmista está en el Señor, tema que el poeta repite con belleza literaria y con reiteración pedagógica. El alma del salmista, en referencia a lo más preciado de su vida, espera en la palabra de Dios.
La imagen que utiliza el poeta es de fundamental importancia. Los centinelas en la antigüedad eran los vigilantes nocturnos que anunciaban la llegada del día y servían de agentes de seguridad en medio de las horas de penumbra. En ese tipo de sociedad que no marcaba el paso del tiempo mediante los sistemas de relojes, los centinelas jugaban un papel protagónico pues desde las murallas de la ciudad estaban atentos a todo lo que sucedía. ¡El salmista espera la intervención divina con más intensidad que los centinelas aguardan la llegada de la mañana!
vv. 7–8: La palabra final del salmista mueve el tema de la esperanza personal del nivel individual al nacional. Como el salmista, el pueblo de Israel debe esperar en el Señor, pues la misericordia solo emana de su presencia. Y, de acuerdo con el salmista, la misericordia divina prepara el camino de la redención, pues el Señor redimirá a Israel de todos sus pecados. El mensaje que culmina el clamor del salmista es una muy clara profesión de fe, una declaración de esperanza, una manifestación de confianza, una afirmación de seguridad.
El salmo revela una clara teología de seguridad y de respuesta divina. El poeta reclama la intervención de Dios en un momento de grave necesidad personal, y afirma que esa manifestación de misericordia divina no está reservada únicamente para los individuos piadosos sino que está disponible para todo el pueblo. Cuando el ser humano, como el salmista, reconoce su condición, acepta su realidad y se allega con humildad al Señor, la misericordia divina no se hace esperar y se revela el perdón divino.
La imagen de los centinelas y los vigilantes es de importancia capital en la comprensión del poema. En el mundo de la Biblia se pensaba que las oraciones que se hacían durante las horas de la noche podían ser contestas a la llegada del alba. Esa esperanza de respuesta divina se manifiesta claramente en el salmo. La gran afirmación teológica del salmo es que el Dios bíblico responde al clamor de su pueblo. Y en medio de las oscuridades de la vida, la iluminación divina se hace realidad. Para el salmista esa luz divina se puede relacionar con la salud, para la humanidad es la intervención del Señor que responde a las necesidades concretas de la gente.
Los temas de la redención y el perdón de los pecados son de fundamental importancia en la teología del Nuevo Testamento, particularmente en el ministerio de Jesús. El mensaje transformador y redentor del famoso predicador palestino estuvo al servicio de la gente cautiva y en necesidad con el propósito específico y definido de perdonar los pecados de la humanidad y llevarles por los caminos de la redención y la salvación. El ministerio del Señor tomó en consideración las enfermedades, angustias, cautiverios y desesperanzas humanas para responder con misericordia y gracia divina. El cautiverio que más hiere y afecta adversamente a la humanidad es el del pecado, que fue perdonado por las acciones salvadoras del Señor.

SALMO 131: «CONFIANDO EN DIOS COMO UN NIÑO»

El Salmo 131 prosigue los temas de humildad, mansedumbre y sencillez que se revelan en el poema anterior. ¡Es uno de los poemas más hermosos del Salterio! Con la imagen del niño destetado, que confía en la sabiduría, el amor y la supervisión de su mamá, el salmista pone claramente de manifiesto su profundo sentido de fe, confianza y seguridad en el Señor. Su alma, que alude a la esencia más profunda y representativa de su persona, descansa en Dios. En efecto, la característica más importante del poeta es la humildad, que rechaza abiertamente toda pretensión de orgullo, superioridad o grandeza. Su mayor esperanza está en el Señor de forma continua y permanente.
Aunque el poema es un clamor personal, que puede ser muy bien caracterizado como un salmo de confianza y seguridad individual, su estructura revela un claro uso litúrgico. El llamado al pueblo de Israel a esperar en el Señor delata su relación con el culto, aunque es una persona la que hace el llamado. El autor es posiblemente un israelita que, luego de vivir la deportación en Babilonia y el regreso a Jerusalén, no solo reconoce abiertamente la grandeza divina y acepta su pequeñez, sino que reconoce sus limitaciones y acepta sus debilidades. Quizá este salmo se utilizaba en el Templo como parte de las ceremonias del día de la expiación, aunque no se debe descartar su uso personal en oraciones privadas. El título hebreo del poema además de ubicarlo en la tradición de los cánticos de las subidas o las peregrinaciones (Sal 120–134), lo relaciona directamente con David, el famoso monarca de Israel que debió manifestar gran humildad y mansedumbre en varios episodios importantes de su vida (véase la Introducción).
La estructura literaria y temática básica de este breve poema es la siguiente:

• Lo que el salmista no es, ni lo que hace: v. 1
• Lo que el salmista es, y lo que hace: v. 2
• Llamado a la esperanza: v. 3

v. 1: El salmo comienza rápidamente con una serie de declaraciones negativas, que revelan las actitudes y el sentimiento del poeta. Se pone claramente de manifiesto el ambiente de humildad, y se revela el gran sentido de sencillez que vive el poeta: El corazón no se ha envanecido, los ojos no se enaltecieron, no caminó en pos de las grandezas, ni buscó cosas demasiado sublimes. El salmista pone de relieve su actitud de humildad en la vida.
El corazón envanecido alude a las ambiciones humanas. Su meta en la vida no era la vanidad ni la prepotencia, sino el reconocimiento de su realidad como criatura de Dios. En la Biblia, «elevar el corazón» es una descripción de las personas soberbias que tienen mayor concepto de si del que deben tener. La primera negación del poeta es el rechazo claro al orgullo que desorienta y cautiva al ser humano.
Los ojos del salmista tampoco se desvanecieron, que alude a la altanería, a la altivez, a la hostilidad. En efecto, junto al rechazo de la vanidad, el poeta añade una segunda actitud humana que debe ser evitada. Los ojos del poeta están centrados en el Señor y en los valores que representa su nombre y esencia. Los ojos enaltecidos representan la actitud arrogante de las personas que desean sustituir o suplantar al Señor en la vida.
La tercera y cuarta negación se relaciona con el caminar, con las actitudes que mueven a las personas a perseguir ideales o algunas metas. Para el poeta, no se deben buscar grandezas ni cosas demasiado sublimes o prodigios. Estas expresiones se relacionan tradicionalmente con las intervenciones salvadoras de Dios en medio de las realidades humanas. Es decir, que el salmista no atribuirse las acciones liberadoras de Dios. Por el contrario, reconoce que solo Dios es capaz de intervenir para salvar y liberar a las personas.
v. 2: En el segundo versículo el poeta continúa el tema de la humildad que ha comenzado. En esta ocasión, sin embargo, no va por la vía negativa sino por la positiva. Ha vivido el salmista de acuerdo con la verdad, y esa actitud le ha traído paz y calma a su alma, que es la forma poética de referirse a la totalidad de su vida. Y como ha vivido en paz, el poeta describe su condición como la de un niño recién nacido, que confía pacientemente en la protección y el albergue de su madre. La imagen es reveladora: La función básica y responsabilidad principal de una madre es nutrir y guiar al bebé recién nacido hasta que pueda valerse por sí mismo.
Esa imagen del bebé destetado pone de manifiesto un claro sentido de paz, seguridad, bonanza, protección, salud, bienestar y abrigo. El propósito fundamental del salmista es afirmar las virtudes que se relacionan con el vivir en paz. Esa paz, que rechaza la prepotencia, el orgullo, la altivez y la hostilidad, se consigue cuando se espera y se confía en el Señor, que es el tema que culmina el salmo.
v. 3: Finaliza el poema con un llamado nacional a la esperanza. La superación de todas esas características de insanidad mental y espiritual, prepara el ambiente para el disfrute pleno y grato de la esperanza. Para el salmista, esa paz individual e higiene sicológica debe manifestarse también en toda la nación. El poema revela la importancia de la confesión personal no solo para el desarrollo emocional y espiritual de los individuos sino para el bienestar general e integral del pueblo.
Este salmo comienza y finaliza con dos referencias importantes al Señor. La oración de humildad (v. 1) y el llamado a la esperanza (v. 3) se dirigen a Dios. Es decir, que tanto para comenzar la confesión como para terminar el clamor al futuro el salmista incorpora el nombre personal divino. Esa particularidad literaria es también una gran afirmación teológica. El nombre de Dios representa su esencia más profunda, alude a sus características más distintivas. Y esa esencia divina se relaciona con la humildad.
El Dios bíblico rechaza la altivez y el orgullo como actitudes válidas en la vida. De forma reiterada, el mensaje de la Biblia rechaza las actitudes egoístas, orgullosas y vanidosas de la gente. Esas cualidades humanas traen a la humanidad cautiverio y desolación, pues ponen de manifiesto las peores acciones de las personas. Dios ciertamente detesta esas actitudes y comportamientos llenos de orgullo (Pr 21:4), altanería (Pr 30:13) y altivez (2 S 22:28). El camino que agrada al Señor es el de la humildad; y la oración que escucha, se relaciona con «los corazones contritos y humillados».
La humildad fue una de las cualidades que adornó la vida de María de Nazaret, madre de Jesús (Lc 1:46–55). De acuerdo con los relatos evangélicos, la joven madre guardaba humildemente «todas las cosas en su corazón», y su oración denota esa misma actitud de reconocimiento de la grandeza divina. Y esa actitud de humildad que se vivió en su hogar, marcó de forma permanente el ministerio de Jesús, que ante la más angustiante y violenta de las muertes fue capaz de perdonar, humildemente a quienes servían de inquisidores.

SALMO 132: «PLEGARIA POR BENDICIÓN SOBRE EL SANTUARIO»

El Salmo 132, el más largo de las cánticos graduales o de las subidas, es una oración ferviente que recuerda el celo de David al trasladar el Arca del Pacto al monte Sión, en la ciudad de Jerusalén (2 S 6:12–19); además, incluye una plegaria a favor del monarca, como respuesta a esa importante gestión. El poema pone de manifiesto cómo el Señor recompensa a David con una promesa que supera los límites del tiempo natural, pues durará para siempre (2 S 7). Esa promesa divina dio origen a las esperanzas mesiánicas que juegan un papel teológico preponderante en las Escrituras. En efecto, este salmo une los cánticos de las subidas o graduales (Sal 120–134) con las esperanzas mesiánicas.
Una lectura cuidadosa del salmo revela que este poema incorpora temáticamente características de varios tipos: Es un salmo real y mesiánico, pues con regularidad menciona a David (vv. 1, 10, 11, 17), y también alude al Mesías prometido (vv. 11–12). Además, por las referencias a Sión, es decir, a Jerusalén, ciudad donde estaba ubicado el trono del monarca, el poema puede ser considerado como un cántico de Sión. También en muy probable que el salmo se utilizara en las fiestas anuales que recordaban la procesión que llevó el Arca al Templo, que lo hace un salmo litúrgico. Finalmente se asoció a la sección de cánticos graduales o de peregrinación, como se indica en su título hebreo (véase la Introducción), por su afinidad temática con el Templo y la devoción de los peregrinos que llegaban a adorar.
El autor del salmo debe haber sido un adorador que, en profundo agradecimiento, recuerda los esfuerzos y el compromiso de David de llevar el Arca al Templo, como lugar adecuado para ubicar el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Algunos estudiosos asocian la redacción del poema con el mismo rey David; la fecha de composición proviene de los tiempos de la monarquía. Su contexto inicial fue posiblemente las celebraciones anuales que recordaban la dedicación del Templo (2 Cr 6:41–42).
La estructura literaria del salmo se desprende claramente de su análisis temático.

• Recuerdo de las acciones heroicas de David: vv. 1–5
• Clamor a por la intervención divina: vv. 6–10
• Promesa de Dios a David: vv. 11–12
• El Señor escoge a Sión como su morada eterna: vv. 13–18

vv. 1–5: El poema presupone algún tipo de dinámica litúrgica en la cual varios grupos participaban. Al comenzar, un grupo coral se dirige al Señor para que recuerde las aflicciones que pasó el rey David cuando decidió bajo juramente solemne construir un templo a Dios. Se alude de esa forma a las vicisitudes del monarca que son recordadas y elogiadas por el poeta y el pueblo. La oración destaca los votos del rey ante Dios, que se identifica como «Fuerte de Jacob» (vv. 2, 5; véase también Is 1:24, donde la referencia es al «Fuerte de Israel»), que es un muy antiguo título divino que alude a la época patriarcal. Esa es una manera figurada de poner de manifiesto la antigüedad de la revelación divina, una forma de expandir el horizonte histórico y teológico del mensaje.
Esta sección del salmo puede relacionarse con un episodio importante en la vida de David: Se alude a los planes del monarca de mover el Arca del Pacto a una nueva morada en la recién conquistada ciudad de Jebús (2 S 6). El propósito primordial del rey era convertir el antiguo bastión histórico de los jebuseos en capital del imperio y en el centro político, militar, económico y religioso de la nación israelita. Las aflicciones de David se representan en su negativa de hacer varias cosas, necesarias para la vida normal y saludable: No entrará a su casa, ni se acostará en su cama, ni dará sueño a sus ojos, ni a sus párpados adormecimiento. La idea es indicar que el monarca no descansará hasta que haya construido la morada del Señor. El propósito del monarca, de acuerdo con la oración, era ubicar al símbolo de la presencia divina en un lugar adecuado, permanente y seguro.
vv. 6–10: El salmo forma parte de las celebraciones litúrgicas anuales del Templo en donde se recrean las dinámicas de la llegada del Arca a Jerusalén. El pueblo responde al llamado inicial y alude a Efrata, nombre derivado de Efraín, que se asociaba a la ciudad y región de Belén, de donde David era oriundo. El pueblo se anima a sí mismo: ¡Se motiva a entrar al Tabernáculo y a postrarse ante el estrado de sus pies! El Tabernáculo es la morada o el Templo, y el estrado alude al Arca, a donde el pueblo llega para postrarse con humildad y reconocimiento.
«Los campos del bosque» puede ser una referencia a la ciudad de Quiriat-yearim, que significa ciudad de los bosques, y que está ubicada a unos 15 kms. al noroeste de Jerusalén (Jos 9:17). El Arca del Pacto estuvo ubicada en esa ciudad por algún tiempo, cuando fue devuelta por los filisteos al pueblo de Israel (1 S 7:1).
La petición del pueblo se convierte en reclamo militar (v. 8). Levántate es una expresión de guerra, es un reclamo a la intervención divina, es una manera de suplicar la manifestación extraordinaria de Dios. El propósito del salmista es reclamar la respuesta misericordiosa de Dios ante los esfuerzos, el compromiso y la dedicación de David, y también ante la adoración humilde del pueblo. Y en medio de esas dinámicas de celebración, se reclaman las acciones justas de los sacerdotes y se afirma el regocijo del pueblo, que en esta ocasión se identifican como «santos». Se unen de esta forma los temas de la justicia y el gozo, que son tan importantes para la salud social y espiritual tanto de los individuos como de las naciones.
El pueblo suplica que Dios no quite su rostro de su ungido, en referencia al monarca de turno, por amor a David, su siervo. La oración toma nuevos niveles históricos y teológicos. La bendición de David debe pasar a sus descendientes en la monarquía, por amor a las acciones nobles y justas del iniciador de la dinastía. Esa referencia al Mesías davídico ha sido interpretada de forma figurada por las iglesias cristianas y los creyentes a través de la historia, y se ha asociado al ministerio de Jesús de Nazaret.
vv. 11–12: Ante la plegaria sentida del pueblo responde algún sacerdote con una palabra de afirmación y seguridad. El clamor ante Dios se convierte en una referencia clara a las promesas de Dios a David a través del profeta Natán (2 S 7): ¡La dinastía de David no tendrá fin! El poema afirma que Dios no se retractará de su promesa, que es una posible alusión solapada a la infidelidad de los monarcas. Aunque el pueblo sea desleal, Dios siempre mantiene y es fiel a sus promesas. El juramento divino no es como los compromisos humanos. Los descendientes de David pueden olvidar sus responsabilidades pero la esperanza del pueblo no está en las fidelidades humanas sino en las misericordias divinas.
vv. 13–18: La sección que finaliza el poema destaca nuevamente el tema de Sión como morada permanente del Señor. ¡Dios escogió la ciudad de Jerusalén como su morada eterna! ¡En Sión Dios habitará y descansará! Y esa ciudad se convertirá en lugar ideal, pues se caracterizará por la salud, el bienestar, la abundancia, el gozo y la salvación. En efecto, la presencia divina transformará las dinámicas naturales de la ciudad y las convertirá en representaciones de la justicia divina.
De particular importancia en el poema es la preocupación por las personas pobres. En la ciudad de Dios, donde se manifiesta la justicia, se saciará el hambre de la gente indigente. Entre las preocupaciones teológicas y pragmáticas del poeta es poner de manifiesto que ante la revelación extraordinaria de Dios habrá alimentación adecuada y justicia, que son los reclamos básicos del pueblo a sus monarcas. Y la felicidad y el regocijo de los habitantes de la ciudad son frutos de ese ambiente de salud social y virtud moral.
De acuerdo con el salmo, en ese ambiente de paz, justicia y seguridad, se pondrá de manifiesto el antiguo poder de David, en alusión a sus conquistas y compromiso de justicia. La palabra final del poema revela la intensión de su autor: Mientras los enemigos serán confundidos, derrotados y humillados, el pueblo de Dios, representado por David y su descendencia, disfrutarán del triunfo, ilustrado por las coronas, que son signos claros de abundancia y victoria.
El particular nombre de Dios aparece con regularidad en este salmo—Yahvé o Jehová en las traducciones de Reina-Valera—; además el poeta también alude al Señor como el «Fuerte de Jacob», que se relaciona con la época patriarcal, que alude al Dios que establece alianzas y camina con su pueblo a través de las dificultades políticas, económicas, sociales y espirituales del período antes de la conquista de la Tierra Prometida y la monarquía. De forma poética, el salmista relaciona al Dios de los patriarcas y matriarcas de Israel con el Señor que llamó a David y le prometió una dinastía permanente.
Ese es el Dios y padre de nuestro Señor Jesucristo, el Señor que se reveló a los antepasados de Israel y prometió a David una casa eterna. Para Jesús, esa convicción le permitió interpretar la historia del pueblo de Israel como el escenario natural de las intervenciones divinas. Y fundamentado en esas convicciones, enfrentó las más agónicas adversidades con autoridad y valor. En efecto, no se amilanó ante las amenazas, ni se detuvo antes las persecuciones, ni se desorientó por las negaciones y traiciones de sus amigos, ni mucho menos se arrepintió cuando enfrentó la cruz del Calvario.
La autoridad moral que orientó la vida y pasión del Señor se orientó por esas importantes convicciones teológicas: Dios se reveló a los antepasados del pueblo de Israel, estableció una alianza eterna con la dinastía de David, y escogió a Sión, la ciudad de Jerusalén, como su morada permanente. Y en esa extraordinaria tradición teológica y espiritual, el Señor fundamentó su ministerio de enseñanzas y liberación, que dio prioridad, como el salmista, a la gente en necesidad y a los sectores más marginados y dolidos de la sociedad.

SALMO 133: «LA BIENAVENTURANZA DEL AMOR FRATERNAL»

El Salmo 133 es un breve poema que afirma las virtudes de la unidad familiar y nacional del pueblo de Dios. Es una especie de cántico, meditación u oración que celebra la unión y la fraternidad; además, es un claro elogio a las buenas relaciones interpersonales; y también es la afirmación del respeto mutuo y la solidaridad. Este poema era particularmente importante en las fiestas anuales pues destacaba la necesidad de estrechar e incentivar los lazos de amistad y fraternidad, aunque los peregrinos vinieran de distancias considerables y de lugares lejanos.
Podemos catalogar este salmo como uno sapiencial, por la naturaleza de los temas expuestos. Su tema fundamental se relaciona con la dicha plena y verdadera y con la alegría significativa en la vida, que son temas característicos de la literatura de sabiduría. Los poemas sapienciales son particularmente buenos sintetizando los valores y las virtudes que le dan significación, propósito y sentido a la vida.
Posiblemente este es un poema bastante antiguo, quizá de la época monárquica, pues el tema de la unidad y las referencias litúrgicas y geográficas pueden ser indicadores de su fecha de composición. Su autor es quizá un israelita que incorpora la educación en las peregrinaciones anuales y desea destacar el tema de la solidaridad en los diversos niveles de la vida: p.ej., personal, familiar, nacional e internacional. El título hebreo del salmo lo relaciona tanto con los cánticos de las subidas o peregrinación (véase Sal 120–134 y la Introducción) como con el rey David, quizá para destacar los esfuerzos del antiguo monarca del Israel en unificar la nación al escoger a Jerusalén como su centro político y religioso.
La estructura del breve poema es muy sencilla, y se desprende de la identificación de los temas expuestos y las imágenes utilizadas.

• Afirmación teológica de la unidad: v. 1
• Imágenes de la bendición divina: vv. 2–3a
• Dios envía bendición y vida eterna: v. 3b

v. 1: El corazón del poema es la afirmación de unidad que presenta a su comienzo. Es bueno y delicioso que «los hermanos» habiten en unidad y armonía. La felicidad plena se relaciona con las actitudes de fraternidad que se manifiestan entre dos personas, dos grupos o dos naciones. En efecto, las implicaciones educativas del salmo llevan el mensaje de sus niveles personales y familiares a dimensiones nacionales e internacionales. La unidad no es un extra optativo para disfrutar la bendición divina sino un requisito indispensable. El fundamento de la felicidad plena y abundante es la solidaridad.
vv. 2–3a: En esta sección el poeta ilustra la enseñanza anterior. Y para lograr su objetivo presenta dos imágenes de importancia. La primera se relaciona con las ceremonias tradicionales de ungimiento de los sacerdotes. El aceite, que era símbolos de la presencia divina y su poder, se vierte sobre la cabeza de la persona ungida como signo de la protección y bendición divina. En este poema, se compara la unidad del pueblo de Dios con la unción sacerdotal, que ciertamente tenía gran significación en el pueblo pues se fundamenta en la selección y consagración de Aarón.
La imagen del rocío del monte Hermón es igualmente significativa para el pueblo y sus líderes. Este monte, que estaba ubicado en la frontera norte de Israel, tiene sus cumbres heladas gran parte del año. De mañana, uno de los efectos inmediatos de esas nieves es el rocío que envía hacia el sur, que llega hasta Sión, en referencia a la ciudad de Jerusalén. Esa idea es tomada por el poeta para comparar la unidad con el rocía de Hermón, que es tan necesario para el nacimiento y desarrollo del río Jordán y también para llevar humedad a las zonas desérticas del sur de Palestina.
El mensaje del salmo es claro: La unidad del pueblo es tan importante como la unción de los sacerdotes—que juegan un papel de importancia en la vida espiritual del pueblo—, y como el nacimiento de los ríos—que son indispensables para la vida natural—.
v. 3: La frase final del poema alude a la bendición y la vida eterna que envía el Señor. La unidad genera las condiciones necesarias para recibir la bendición divina y disfrutar se vida. ¡Ya no se necesitan sacerdotes para pronunciar la bendición! La unidad no solo es la conveniencia estratégica adecuada para lograr algunos objetivos en la vida sino que representa la voluntad divina que trae dicha y felicidad a individuos, familias y naciones.
El tema de la unidad es de vital importancia en el mensaje de Jesús, particularmente en el Evangelio de Juan. En la oración sacerdotal (Jn 17), cuando el Señor intercede por los creyentes de todos los tiempos, suplica a Dios por la unidad de su pueblo, en la tradición teológica y espiritual de este salmo. Y en ese contexto intenso de piedad, intercesión y oración, de acuerdo con Juan, el Señor relacionó la efectividad del ministerio cristiano con la unidad de su pueblo. El mundo conocerá que la iglesia y los creyentes son portadores de la revelación divina por las manifestaciones de unidad que representen.
La unidad no es un tema secundario en la predicación y las enseñanzas de las iglesias. Esa unidad representa la voluntad de Dios para las familias, las comunidades, las iglesias y las naciones. Es esa unidad la que trae salvación y vida eterna.

LIBRO QUINTO: SALMOS 107-150

SALMO 134: «EXHORTACIÓN A LOS GUARDAS DEL TEMPLO»

El Salmo 134 concluye con una muy apropiada bendición la sección de los cánticos de las subidas, graduales o de peregrinación (Sal 120–134). ¡De esta forma concluye la serie de oraciones de los peregrinos a Jerusalén! Es una especie de colofón al pequeño himnario de los peregrinos al Templo. La bendición que se presenta es propicia para la ocasión pues se envía desde Sión, que es la morada permanente del Señor, es el lugar de su reposo eterno, es el espacio sagrado donde se ubica el Templo.
El pueblo, al culminar sus celebraciones del día y retirarse a sus hogares, reclaman de los sacerdotes, que viven en las instalaciones físicas del Templo, que prosigan con las alabanzas y las bendiciones al Señor. Y la respuesta sacerdotal a esa petición es una bendición del Dios que habita en Sión y ha creado los cielos y la tierra. El Señor de los cielos y la tierra revela y manifiesta su misericordia y amor a sus adoradores.
Este poema se ha catalogado como un salmo litúrgico pues contiene elementos que delatan algunas de las celebraciones y los ritos que se llevaban a efecto en el Templo (véase también Sal 15; 24). En este particular caso, se trata de una ceremonia que se celebraba en las puestas del Templo, al finalizar el día. Quizá se trata de la ceremonia para iniciar la fiesta de los Tabernáculos; o mejor, de los ritos de cambio de guardas nocturnos en el Templo. El autor es un israelita que desea afirmar y mantener el ambiente y la vida de oración, alabanzas y bendición que ha sido signo de la misericordia divina en el Templo. Aunque este salmo puede venir de la época de la monarquía, la referencia al liderato religioso como «siervos del Señor» puede ser un indicador de su origen postexílico. El título hebreo lo identifica como un cántico gradual (véase Introducción).
La estructura de este breve poema es la siguiente:

• El pueblo pide la bendición de los sacerdotes: vv. 1–2
• Los sacerdotes bendicen al pueblo: v. 3

vv. 1–2: El poema comienza de forma abrupta—«mirad»—, que puede ser un indicador que se ha omitido alguna sección de la liturgia del Templo. Posiblemente esta es la respuesta a alguna afirmación sacerdotal previa que se ha perdido en el tiempo. El reclamo al liderato religioso, sin embargo, es claro y directo: ¡Bendigan al Señor!
El salmo se dispone en forma de diálogo. Dos grupos entran en esta conversación litúrgica para incentivar las bendiciones del pueblo, de los sacerdotes y de Dios. El primer grupo, que debe haber estado constituido por los peregrinos que culminan sus ceremonias religiosas de noche, para evitar las altas temperaturas del día, reclaman las bendiciones continuas de los sacerdotes, llamados en esta ocasión «siervos del Señor». Esa particular referencia, que tradicionalmente se relaciona en la Biblia con los profetas, puede ser una buena indicación de que el poema se escribió luego del destierro, cuando el liderato profético había sido sustituido por el sacerdotal, en el período posterior al exilio en Babilonia.
Los sacerdotes vivían en el Templo—¡un grupo siempre permanecía en vela!—y tomaban turnos para mantener y afirmar las diversas ceremonias religiosas. Eran los líderes religiosos que mantenían la oración cuando el pueblo dormía y descansaba. Su presencia continua en el Templo y su actividad perenne de alabanzas es una especie de seguridad al pueblo durante las vigilias de la noche.
El gesto de «alzar las manos» es un claro símbolo de oración y alabanzas. Es una forma física de poner de manifiesto la intensión religiosa. Además, dirigir las bendiciones y orientar las manos hacia el santuario, que era el sector más reservado y santo del Templo, es una manera piadosa de reconocer la santidad extraordinaria del lugar santísimo, donde estaba ubicada el Arca del Pacto.
v. 3: La respuesta de los sacerdotes a la petición del pueblo es significativa y especial. Los peregrinos reclaman las bendiciones de los sacerdotes a Dios, y los sacerdotes responden con la bendición divina a los adoradores. La bendición que se solicita a los sacerdotes es de alabanzas, cánticos, expresiones de reconocimiento divino. La bendición que imparten, sin embargo, es la virtud grata y extraordinaria del Dios creador, que vive en Sión para manifestar su poder y autoridad sobre toda la creación.
En efecto, el poema utiliza la misma palabra hebrea «bendición» en dos sentidos básicos e importantes: El primero alude a las expresiones humanas piadosas que llegan a la presencia divina; y el segundo, a las intervenciones divinas que son capaces de transformar y redimir a la humanidad, particularmente a los peregrinos que clamaban por la misericordia del Señor. El pueblo bendice, que es el reconocimiento y el aprecio de la gloria y grandeza divina; y los sacerdotes bendicen al pueblo, que representa la felicidad, el gozo, la dicha, el bienestar y la virtud que se desprenden de la palabra transformadora del Señor.
Aunque es un poema breve, el salmista utiliza el nombre personal de Dios de forma repetida—¡en cinco ocasiones!—, quizá para destacar la esencia y la presencia divina en medio de las peticiones y las alabanzas del pueblo. El nombre de Dios representa su presencia santa y su capacidad salvadora; el nombre alude a su capacidad de redención y a su deseo de liberación. Ese nombre no es un distintivo superficial, sino revela su esencia santa, noble, grata y justa. Y en el contexto de esas bendiciones de los sacerdotes y los peregrinos, el nombre divino es signo de futuro, seguridad, perdón y esperanza.
El salmo, además, presenta la importancia de los sacerdotes en las dinámicas religiosas de los peregrinos. Esos líderes religiosos son los representantes de Dios ante el pueblo, y también del pueblo ante Dios. Y en esa doble función espiritual y emocional, demuestran sus compromisos de fidelidad a Dios y de solidaridad a la comunidad. Además, las referencias a Sión son motivos de alegría, pues si Dios está en su morada hay esperanza de futuro para el pueblo.
Jesús de Nazaret, de acuerdo con las narraciones evangélicas, manifestó una actitud particularmente diferente en torno al Templo. En sus enseñanzas, aunque reconoció y apreció la importancia del santuario en Jerusalén con sus visitas y peregrinaciones anuales, reaccionó adversamente a las dinámicas comerciales que se llevaban a efecto en sus atrios. Inclusive, indicó el Señor, en torno a las dinámicas que rodeaban el santuario, que los mercaderes habían convertido el Templo en cueva de ladrones (Mt 21:12–13; Mr 11:15–19; Lc 19:45–48; Jn 2:13–22), que era una palabra profética muy difícil de aceptar y asimilar por el pueblo y el liderato religioso. Para el Señor el Templo es lugar de oración y alabanzas, no espacio para incentivar la opresión de la gente débil y necesitada.
Los evangelios presentan al Señor Jesús y a sus discípulos como personas piadosas y de oración. Sin embargo, las oraciones que hacían se llevaban a efecto en diversos lugares, no necesariamente en el Templo que había olvidado su razón de ser y su misión en el pueblo. Para el Señor, inclusive, el Templo podía ser destruido sin que se detuviera la mano de Dios hacia el pueblo. En efecto, en sus enseñanzas ubicó el Templo en su justa perspectiva: Es un lugar de alabanzas y bendiciones, donde los peregrinos se allegan para bendecir y recibir las bendiciones divinas. Si ese propósito fundamental e indispensable no se logra, entonces el lugar deja de ser el espacio sagrado que puede contribuir positivamente a la salud integral de las comunidades.

SALMO 135: «LA GRANDEZA DEL SEÑOR Y LA VANIDAD DE LOS ÍDOLOS»

El Salmo 135 comienza, con una serie importante de alabanzas, una sección nueva del Salterio, luego de los cánticos graduales (Sal 120–134). El poema incluye algunos temas de gran importancia histórica para el pueblo e incorpora, además, varias referencias directas, citas y alusiones a poemas y relatos bíblicos anteriores. Y aunque los próximos tres salmos (Sal 135–137) no son propiamente de peregrinación o graduales, temáticamente están muy relacionados con esa previa sección del Salterio. El objetivo del salmista es recordar y celebrar las intervenciones salvadoras y liberadoras de Dios a través de toda la historia nacional. Y el tema central por el cual se debe agradecer y alabar al Señor, es por haber seleccionado a Israel como su pueblo.
Este poema se puede catalogar claramente como un himno de alabanza al Señor, pues incluye las características peculiares de este tipo de literatura en el Salterio. En efecto, el salmo canta, celebra y afirma las grandezas divinas, y reclama e incentiva las alabanzas de los diversos sectores del pueblo de Dios. Quizá este poema formaba parte de las celebraciones anuales en las que se recordaban los temas fundamentales del origen del pueblo de Israel como nación.
Por la naturaleza de los temas expuestos, particularmente las referencias a los ídolos, se desprende que el salmo tiene un origen postexílico. El autor es un israelita que responde teológicamente a la futilidad de las divinidades y los ídolos de las naciones, particularmente a los de Babilonia, y en su argumentación incorpora las voces y reflexiones de salmos anteriores. El título hebreo del poema expresa un sentido aleluya, que es la expresión final del salmo (véase la Introducción).
La estructura literaria de este salmo es similar a la del resto de los himnos del Salterio; en el particular caso de este poema, la estructura temática es la siguiente:

• Llamado a la alabanza: vv. 1–3
• Grandeza divina en la creación: vv. 4–7
• Poder de Dios en la historia del pueblo: vv. 8–14
• Sátira contra los ídolos: vv. 15–18
• Nuevo llamado a la alabanza: vv. 19–21

vv. 1–3: El salmo comienza con un llamado a la alabanza a Dios, y con un reconocimiento del nombre divino. Se invita a los sacerdotes, identificados como «siervos del Señor», quienes viven en el Templo, que se conoce en el poema como la «casa del Señor». En efecto, la primera llamada del salmista es a la alabanza que proviene de los círculos sacerdotales, del liderato religioso, de las personas que están continuamente en el Templo cumpliendo con diversas responsabilidades espirituales. El llamado puede también aludir a todo el pueblo que se congrega en los alrededores del Templo para cumplir con sus responsabilidades religiosas.
El poeta incentiva la alabanza y el reconocimiento del nombre de Dios, pues ese particular nombre incorpora y representa la esencia misma de la naturaleza santa y justa del Señor. El salmo incluye el nombre propio de Dios en cinco ocasiones; además, se hace referencia al Señor de forma genérica, y también se alude al nombre como representación grata de la esencia divina. Desde el comienzo mismo del poema se incentivan las alabanzas al Señor fundamentadas en su bondad y su benignidad. En decir, que el motivo de las bendiciones a Dios se basan en su naturaleza misericordiosa. En efecto, de acuerdo con el poeta, ¡Dios es bueno!
vv. 4–7: En esta sección del salmo se ponen de manifiesto las razones básicas por las cuales se alaba al Señor. Y en primer lugar se identifica en contexto histórico de la salvación divina. La bendición de Dios a su pueblo se manifiesta claramente en la elección del pueblo de Israel, que también es identificado en el poema como Jacob.
Las alabanzas también se deben presentar ante Dios pues, como es mayor que todas las divinidades, en también el Señor de todos los pueblos de la tierra. Para el salmista, el Señor merecedor de alabanzas no solo identificó a Israel de entre todos los pueblos de la humanidad sino que también tiene poder sobre las naciones. Y esa virtud divina internacional, que lo hace grande y poderoso, también se pone de manifiesto en la naturaleza, pues es el creador de cielos, tierra, mares y abismos. Su autoridad total y absoluta, además, hace que las nubes, los relámpagos, la lluvia y los vientos le obedezcan. En efecto, las alabanzas del pueblo y su liderato se hacen ante un Dios poderoso, grande, creador, misericordioso y liberador. La respuesta humana a esas manifestaciones extraordinarias de la gloria divina es la alabanza.
vv. 8–14: El pueblo alaba al Señor, en esta ocasión, por sus intervenciones liberadoras en medio de la historia nacional. El poeta en esta sección alude a tres etapas importantes en la historia del pueblo de Israel: La liberación de las tierras de Egipto y Faraón, el peregrinar por el desierto, y las gestas de conquista de la tierra prometida. Las alabanzas del pueblo no se fundamentan en ilusiones ni es espejismos, sino en eventos que están muy bien anclados en la memoria de la historia del pueblo. Israel alaba al Dios creador y también liberador.
En el recuento histórico, el salmista alude claramente a los prodigios o las plagas, que son símbolo del poder divino sobre la naturaleza y las divinidades egipcias; y también hace clara referencia a las victorias de los hijos e hijas de Israel sobre varios soberanos enemigos—p.ej., Sehón, el monarca amoreo; Og, rey de Basán; y todos los gobernantes cananeos—.
De acuerdo con el salmista, fue Dios quien le dio a Israel la heredad, que es una manera poética de referirse a la tierra prometida, Canaán. Y por esas intervenciones salvadoras, se afirma que su nombre es eterno, que su memoria es de generación en generación, y que implantará la justicia, mostrando compasión a sus siervos.
vv. 15–18: Esta sección del salmo viene inspirada en otro poema del Salterio (Sal 115:4–6, 8). El objetivo es hacer una crítica muy seria y definida a los ídolos y las divinidades de las naciones. Y en la articulación de esa burla, el poeta hace gala de su capacidad visual, de su poder de persuasión. La identificación de la vida se relaciona con algunas características que para el salmista son indispensables: Boca para hablar, ojos para ver, oídos para escuchar, y aliento en su bocas, que se relaciona con la capacidad de respirar, símbolo básico de la vida.
Los ídolos de las naciones son solo oro y plata; en efecto, las divinidades son el producto del ingenio humano, resultado de la labor artesanal de manos creativas. Sin embargo, el salmista añade un elemento adicional a la crítica mordaz: ¡Las personas que los adoran y los hacen tampoco tienen vida! La crítica es firme y decidida: ¡Los artesanos se vuelven iguales o peores que las imágenes que fabrican!
vv. 19–21: La sección final del salmo vuelve a los temas con que comenzó el poema. Se identifican las personas que deben alabar al Señor: La Casa de Israel, o todo el pueblo; la Casa de Aarón, o los sacerdotes; la Casa de Leví, o los levitas que trabajaban en el Templo; y la gente que tema al Señor, o los fieles, los peregrinos, las personas que reciben la bendición de parte de los sacerdotes.
La expresión final del salmo es posiblemente pronunciada por los sacerdotes. Es una expresión de alabanza final: Dios sea bendecido desde Sión, su morada. El pueblo se congrega en el Templo para ofrecer sus alabanzas al Señor, para expresarle su gratitud, para manifestar su reconocimiento. La voz que culmina el salmo es adecuada: Aleluya, que significa, alabado sea el Señor.
Los grandes temas de este salmo ponen de manifiesto una vez más la importancia de la alabanza al Señor. Esa alabanza debe estar fundamentada no es una experiencia pasajera o superficial, sino en convicciones reales de la capacidad divina.
El pueblo alaba al Señor por lo que es y también por lo que hace. Como Dios es santo y justo, grande y poderoso, misericordioso y amoroso el pueblo le expresa sus alabanzas y gratitudes. Además, las alabanzas se fundamentan en las manifestaciones históricas de su poder salvador. Alabamos a un Dios que no se queda estático ante las injusticias, ni permanece callado ante las vicisitudes de su pueblo. También se reconoce la grandeza del Señor al compararlo con los ídolos que hacen las personas. Las divinidades humanas no tienen vida, característica indispensable para la intervención redentora.
Jesús de Nazaret siguió claramente la teología de liberación y futuro que se revela en este salmo. Articuló una serie de enseñanzas que ponen de manifiesto el poder divino que es capaz de transformar a las personas. Los relatos de sanidades y de liberaciones son ejemplos elocuentes del deseo divino de redimir y renovar personas a través del ministerio de Jesús. El Señor no predicó para entretener a las multitudes, ni enseñó para adormecer los grupos para mantenerlos en sus dificultades y contratiempos. Su misión fue impartir vida y esperanza; su meta era afirmar la voluntad de Dios que es capaz de redimir y liberar a la gente de sus cautiverios físicos, emocionales y espirituales; y su propósito fundamental fue presentar un estilo de vida que fuera un modelo de altura y dignidad, un ejemplo de sobriedad y esperanza, un paradigma de nobleza y virtud.

SALMO 136: «ALABANZA POR LA MISERICORDIA ETERNAL DEL SEÑOR»

El Salmo 136 continúa las alabanzas al Señor con los temas que se articulan en el poema anterior (Sal 135); en un sentido temático, es su continuación lógica. El propósito fundamental del salmista es poner de manifiesto la gratitud sincera de un pueblo que reconoce la misericordia divina, no solo en la creación (vv. 1–9) sino en la historia nacional (vv. 10–26).
El estribillo del poema delata clara y repetidamente las virtudes temáticas y teológicas del salmo, pues muestra el rostro divino lleno de ternura y amor. En veintiséis ocasiones se afirma: ¡La misericordia del Señor es eterna! Y por la función de gratitud y bendición que emana del salmo, la comunidad judía lo conoce como «el gran Hallel» o «la gran alabanza», y lo recitan al final de la cena pascual. «El pequeño Hallel», en contraposición, se encuentra en la sección de los Salmos 113–118.
Por su elaboración y desarrollo temático, este poema se puede catalogar muy bien como un himno de alabanzas; en efecto, es un salmo de acción de gracias a Dios de la comunidad. Su estructura literaria revela que se utilizaba en las ceremonias del Templo en las que participaban uno o dos coros, que formaban una especie de diálogo musical o poético con la repetición de sus estrofas y estribillos.
Entre las fiestas judías en las que podía incorporarse este poema, están las siguientes: El Año Nuevo, los Tabernáculos y la Pascua. La reflexión sobria y ponderada sobre la creación y sobre la histórica nacional puede ser una indicación de que el salmo proviene de la época postexílica, luego que Israel se encontró cara a cara con la multitud de divinidades en Babilonia. Su autor fue posiblemente un israelita que regresó del exilio para reconocer la grandeza divina y expresar esa gratitud en las celebraciones anuales de la nación en el Templo.
La estructura literaria del salmo se desprende no solo de la identificación del estribillo que caracteriza muy bien su composición, sino por el aprecio de los temas que se convierten en el fundamento de la gratitud y las alabanzas del pueblo.

• Llamado general a alabar a Dios: vv. 1–3
• Alabanzas a Dios por su creación: vv. 4–9
• Alabanzas por las intervenciones divinas en Egipto: vv. 10–15
• Alabanzas por las intervenciones divinas en el peregrinar y la conquista de la tierra prometida: vv. 16–22
• Alabanzas por las intervenciones de un Dios que recuerda, rescata y alimenta a su pueblo: vv. 23–25
• Llamado general a alabar a Dios: v. 26

vv. 1–3: El salmo comienza con tres invitaciones claras y directas a alabar al Señor, aunque las razones varían. En la primera ocasión se reclama la alabanza por la bondad divina; luego se afirma al Dios de dioses; y finalmente se celebra al Señor de señores. Las declaraciones teológicas son una forma figurada de indicar que el Señor es el único Dios. En efecto, las alabanzas que se solicitan para el único Señor de la humanidad, se fundamentan en la bondad, la divinidad y el señorío divino.
El famoso estribillo, «porque para siempre es su misericordia», parece que, antes incorporarse en algunos salmos (Sal 100:5; 106:1; 107:1; 118:1–4), formaba parte de las exclamaciones liturgias del pueblo de Israel en el Templo (véase, p.ej., 1 Cr 16:34; 2 Cr 5:13; 7:3; Esd 3:11; Jer 33:11). La palabra que se traduce en Reina-Valera como «misericordia»—en hebreo, heded—es una expresión bíblica cargada de significación teológica, pues también incorpora en su contenido semántico las ideas de amor, lealtad, bondad y fidelidad. El estribillo, entonces, afirma que la misericordia alude a una especial virtud divina que sobrepasa los límites del amor que tradicionalmente expresamos de forma interpersonal.
vv. 4–9: Las alabanzas se reclaman en el resto del salmo al Dios que lleva a efecto una serie de acciones extraordinarias que se identifican en el poema como «maravillas». Esas acciones maravillosas no son acciones superficiales o sin importancia del Señor. De acuerdo con el salmista las maravillas de Dios sobrepasan los límites humanos pues revelan su extraordinario poder sobre la naturaleza y la historia.
Las primeras maravillas identificadas en el salmo son las siguientes: La creación de los cielos con entendimiento, la tierra, las aguas, las grandes lumbreras, el sol, y la luna y las estrellas. La misericordia de Dios se manifiesta en la creación y en la naturaleza, de acuerdo con el salmista, pues con esos actos le brindó a los seres humanos el ambiente adecuado para la vida saludable e íntegra. La creación, desde esta perspectiva teológica, es la necesaria estructura física y natural que un Dios inteligente y con entendimiento le brinda a la humanidad, para que pueda vivir de forma adecuada y digna.
Un aspecto teológico de la creación de todas esas maravillas es importante destacar. En Babilonia, la gente adoraba a los astros del cielo; desde la perspectiva del salmo, sin embargo, esos astros y lumbreras son solo parte de la creación de Dios.
vv. 10–15: Las maravillas de Dios toman dimensión histórica en esta sección del salmo. De particular importancia en el poema son las intervenciones liberadoras de Dios en contra del ejército egipcio y las asechanzas del Faraón: Dios hirió a los primogénitos y sacó con poder y autoridad a Israel de Egipto; además, dividió el Mar Rojo para que el pueblo pasara en seco y para que los ejércitos del Faraón se ahogaran en el mar. La misericordia divina se manifiesta en las acciones protectoras y liberadoras de Dios a favor de su pueblo.
vv. 16–22: En esta sección el salmista continúa el recuento de las acciones maravillosas de Dios. Sin embargo, en esta ocasión identifica el período del desierto antes de conquistar a Canaán. Se alude a que el Señor pastoreó al pueblo durante el peregrinar por el desierto. Y esas acciones pastorales del Señor hacia Israel incluyen la herida y muerte de reyes grandes y poderosos, como Sehón (Nm 21:21–30) y Og (Nm 21:31–35). Esas intervenciones divinas hicieron posible que Israel recibiera la heredad que Dios le había prometido. En este contexto el poeta identifica a Israel como «su siervo», que es una manera de manifestar el aprecio y reconocimiento divino.
Con la llegada a Canaán se cumplen finalmente la promesa divina a los patriarcas y las matriarcas de Israel de poseer la tierra prometida. Y esa es una manifestación extraordinaria y grata de las maravillas del Señor.
vv. 23–25: Las maravillas de Dios en esta sección del poema toman dimensión íntima y personal. Las alabanzas a