BIOGRAFÍA DE ALEJANDRO MAGNO [REY 331 al 323 a.C]

ALEJANDRO

Tabla de contenidos

Alejandro el Grande: Rey de Macedonia desde el año 331 al 323 a.C.. Uno de los conquistadores militares más grandes de todos los tiempos.

La historia del conquistador Alejandro Magno. (Alejandro el Grande)

La historia del conquistador Alejandro Magno es concisa e impactante. El texto lo señala como valiente (Daniel 11:3–4); no hace ninguna calificación negativa de él, en contraste con lo que se dice de los reyes del sur y del norte. Alejandro murió prematuramente y su imperio se dividió en cuatro partes —Macedonia, Asia Menor y Tracia, Siria y Asia, y Egipto—, cada una gobernada por uno de sus generales. El tamaño y el poder militar del imperio nunca tuvieron la misma contundencia que en tiempos de Alejandro.

Alejandro = «ayudador del hombre». || Alejandro Magno, rey de Grecia; no es mencionado por su nombre en las Escrituras, aunque sí en el apócrifo Primer Libro de Macabeos (1:1–9; 6:2). Sin embargo, sí es mencionado proféticamente, principalmente en el libro de Daniel, unos 200 años antes de que naciera; el Imperio Griego aparece en la estatua del sueño de Nabucodonosor (Dn. 2) como vientre y muslos de bronce, como sucesor del Imperio Medo-persa (el pecho y brazos de plata); el tercer animal de la visión de Daniel (Dn 7:6); el macho cabrío, en otra visión (Dn 8:5); «un rey valiente» (Dn 11:3). En Zac. 6:2, 3, donde se alude a los cuatro grandes imperios, el tercero, el reino de Grecia, es comparado a un carro con caballos blancos.

Alejandro Magno, ( Alejandro el Grande) hijo de Filipo II y de Olympias, nació en Pella el 356 a.C.  Vino a ser rey de Macedonia cuando su padre fue asesinado el 336; sometió a los griegos el 335; a los persas el 334; conquistó Tiro; conquistó Siria y Egipto el 331; conquistó Partia, Media, Bactria, e invadió la India, 330–324, y trató de llevar a cabo nuevas conquistas, pero murió en Babilonia el 323 a.C. 

Estas fechas muestran la velocidad aplastante de sus campañas, concordando con la imaginería que nos dan los pasajes citados en el párrafo anterior. Era de carácter sumamente cruel, como lo muestra su comportamiento en la conquista de Tiro; tras una larga y valiente resistencia, Alejandro, enfurecido, masacró a 8.000 habitantes, crucificando a 2.000 de ellos; del resto, los que no pudieron huir por mar, 30.000 fueron vendidos como esclavos. Vemos, tanto en su velocidad como en su ferocidad, al leopardo. Flavio Josefo da interesantes detalles acerca de su conquista de Palestina y su comportamiento en Jerusalén (Ant. 11:8).

Las conquistas.

Alejandro el Grande (356–323 a.C.) fue uno de los conquistadores militares más grandes de todos los tiempos. En menos de 13 años, logró dominar toda Grecia en el oeste y extendió su dominio hacia el valle del Tigris y el Éufrates, al este (Arriano, Anab. 7.28.1; Diodoro, Lib. Hist. 17. 8.1–2; 17.65.5; Plutarco, Alex. 11–12). Después de haber conquistado Persia, continuó su ataque hasta las fronteras de la India.

Su avance dentro del subcontinente no fue frenado por las fuerzas enemigas, sino por sus propios generales que, cansados de la guerra, se negaron a hacerle caso a su líder ambicioso y se rehusaron a cruzar el río Ganges. Sin embargo, en un corto período de tiempo, Alejandro había replanteado el mapa del mundo antiguo; todo antes de cumplir treinta años. Y, quizás lo más importante, Alejandro diseñó una estrategia de conquista y dominio que serviría como plan de acción para los gobernantes del mundo en años venideros, especialmente, para los romanos.

Pero el meteórico ascenso de Alejandro al poder no fue resultado de su genialidad solamente. Él construyó su imperio sobre los hombros de su padre, Filipo II de Macedonia. El impulso combativo de Filipo para someter a los países limítrofes, independientemente de la distancia, le allanó el camino a su hijo para conquistar el mundo. Sin embargo, para Alejandro, ni siquiera el legado épico de Filipo era suficiente. Él creía que por sus venas corría la sangre de los dioses. A su parecer, Hércules era progenitor del lado paterno de su familia, y su madre, Olimpia, era descendiente de Aquiles (Plutarco, Alex. 2.1). Alejandro asumió que eso significaba que él estaba destinado a dominar el mundo.

Influencia.Alejandro conquistó el mundo de maneras que apenas podría haber imaginado. Su contribución más duradera no procedería de la fuerza de las armas, sino del lenguaje y la cultura. Mucho después de que su imperio se hubiera desmoronado, el plan de Alejandro de difundir el lenguaje y la cultura griega perduró. Su campaña de helenización le cambiaría la cara al judaísmo y tendría consecuencias trascendentales para la iglesia primitiva.

La helenización amenazó la existencia misma de Israel como pueblo distinto. Por ejemplo, el idioma griego empezó a sustituir al idioma hebreo—a tal punto, que muchos judíos nacidos en el extranjero ya no pudieron seguir leyendo las Escrituras en su lengua materna. El idioma transmite ideales y prácticas culturales y, para consternación de muchos judíos, la manera griega de pensar y de actuar empezó a infiltrarse en cada área de su mundo. Muchos judíos temían que, si no le ponían un freno, el helenismo, a la larga, pondría en peligro cada aspecto de su identidad y de su creencia.

Por otra parte, lo que para el pueblo judío era la perdición, para la iglesia primitiva fue una bendición. La helenización sirvió de rúbrica común para los primeros predicadores y maestros de la fe. Ellos pudieron viajar por el mundo mediterráneo y proclamar el evangelio en el griego popular (koine). Además, los primeros evangelistas emplearon determinados aspectos de la filosofía griega, como la creencia en el Logos (comparar Juan 1:1–14) y las listas de virtudes y vicios de los estoicos (comparar Gál 5:22–23), para difundir su mensaje.

Por estos motivos, tener un conocimiento claro de Alejandro el Grande y de su influencia en la civilización occidental es imprescindible para entender la Biblia y el mundo antiguo, en el cual fue escrita.

Las fuentes

Quizás, el desafío más grande de relatar la vida y la trayectoria de Alejandro sea la naturaleza y la cantidad de fuentes (Kim, “Dream of Alexander in Josephus”, 435). Ninguno de los testigos primarios de la antigüedad ha sobrevivido. En cambio, tenemos que fiarnos de unas pocas fuentes, escritas cientos de años después de la muerte de Alejandro (ver Baynham, “The Ancient Evidence for Alexander the Great”, 3–29). Por ejemplo, el historiador griego Diodoro (ca. 80–20 a.C.) brinda un relato detallado de las conquistas militares de Alejandro en el volumen 17 de su Biblioteca Histórica.

Sin embargo, no especifica dónde obtuvo la información que manejaba sobre Alejandro. Los historiadores griegos Arriano (ca. 95–175 d.C.) y Plutarco (45–120 d.C.) fundamentan gran parte de su obra en los informes de Ptolomeo y Aristóbulo (Arrian, Anab. 1.1), dos contemporáneos de Alejandro. No obstante, estas memorias fueron escritas cuarenta años después de la muerte de Alejandro (Simmons, Peoples of the New Testament World, 30–31). Por último, el historiador judío Josefo (37–100 d.C.) aporta información sobre una reunión entre Alejandro y el sumo sacerdote Jadúa (Josefo, Ant. 11.327–339), pero ninguna otra fuente antigua da fe de su historia.

Debido a esta falta de recursos, tenemos que crear una imagen compuesta de Alejandro, recopilando la información de Diodoro, Arriano y Plutarco. Sumando esta información a los escritos del soldado e historiador Jenofonte (431–355 a.C.) y las notas del geógrafo de la antigüedad Estrabón (ca. 64 a.C.–24 d.C.), podemos comenzar a crear un perfil bien fundamentado de Alejandro. Por último, podemos confiar más en los testimonios de la antigüedad al ver la descripción que hicieron sobre Alejandro en el contexto del legado que dejó y su impacto en el mundo antiguo, un legado que permanece hasta el día de hoy.

La importancia de los predecesores de Alejandro el Grande.

El éxito de Alejandro se debió, en gran parte, a factores sociales y políticos que habían comenzado mucho antes de su nacimiento. Uno de dichos factores fue el continuo conflicto entre las ciudades-estado griegas, que les impidió crear un frente unificado con la capacidad de detener la puja de Alejandro por el poder. La muy reñida Guerra del Peloponeso (431–404 a.C.) entre Esparta y Atenas es un buen ejemplo. Aunque Esparta venció en este conflicto, ambos estados salieron debilitados de la guerra (Jenofonte, Hellenica, 2.2.10–23; 2.3.20–21). Esparta resistió por un estrecho margen y continuó peleando contra los estados vecinos de Tebas y Atenas (404–401 a.C.). Además, la prolongada campaña de Esparta contra los persas (399–387 a.C.) instigó la ambición de sus enemigos locales. Una alianza de estados griegos peleó contra los espartanos en un intento por limitar su hegemonía en Grecia. La Guerra Corintia (394–387 a.C.) terminó de forma no concluyente (Jenofonte, Hellenica, 4.1.41–5.1.25), pero produjo una grieta para que Tebas llegara al poder en los años 369–362 a.C. (Jenofonte, Hellenica, 6.4.6–7.5.27).

Amintas III.

La incesante lucha por el poder entre las ciudades-estado griegas le allanó el camino a Amintas III, abuelo de Alejandro, para expandir la influencia macedonia. Para el año 393 a.C., Amintas logró dominar gran parte de la región (Jenofonte, Hellenica, 5.2.11–24). Mediante el poderío militar, tratados astutamente acordados y convenios económicos bien planificados, Amintas siguió consolidando su poder en toda la península griega. Este modus operandi—el uso coordinado del poderío militar y la diplomacia—se convertiría en el modelo de conquista de su hijo, Filipo II de Macedonia. A su vez, Filipo legó esta estrategia ganadora a su hijo, Alejandro.

Filipo.

Amintas murió en el año 370 a.C., dejando a Filipo bien posicionado para gobernar toda Grecia (Zarndt, “Macedonian Backgrounds”, 8–13). Filipo estableció rápidamente la supremacía sobre todos los griegos del norte (comparar Diodoro Lib. Hist. 16.69.7–8) y negoció hábilmente acuerdos con los atenienses en el sur (Diodoro, Lib. Hist. 15.69.5–8; Arriano, Anab. 7.9.2–3). Con el frente interno relativamente seguro, Filipo hizo planes para conquistar Tracia, la entrada al Imperio persa (Arriano Anab.7.9.3). Mientras Filipo se aventuraba al extranjero, le encomendó el reino a su hijo de dieciséis años, Alejandro (Briant, Alexander the Great, 2). Atenas aprovechó la oportunidad para huir de su acuerdo con Filipo, porque supusieron que estaba desbordado y distraído.

Este renovado conflicto entre Filipo y Atenas aporta el clásico caso práctico para las futuras tácticas de Alejandro. Demuestra cómo la genialidad de Amintas fue repetida por Filipo y llevada adelante por Alejandro, con un efecto devastador.

La Batalla de Queronea.

El primer paso de Filipo con respecto a Atenas fue negociar desde una posición de poder. Según comenta Diodoro: “Se dice que el propio Filipo se enorgullecía más de su conocimiento de estratega y de su éxito diplomático, que de su coraje en la batalla real” (Lib. Hist. 16.96.3–4). Pero cuando los atenienses se negaron a negociar, Filipo no dudó en usar su fuerza arrolladora. En el 338 a.C. dio inicio a un ataque militar único y aplastante contra sus enemigos y lanzó una embestida con todo su poderío contra la Grecia del sur, en lo que llegó a ser conocido como la Batalla de Queronea (Diodoro, Lib. Hist. 16.85.2; 88.3). Siempre dispuesto a guiar a su hijo en la práctica de la guerra, Filipo enfrentó al enemigo con su hijo Alejandro, de dieciocho años, a su lado (Diodoro, Lib. Hist. 16.86.1–3).

Juntos, no solo sometieron a los atenienses (Arriano, Anab. 7.9.4) sino que además pudieron establecer una guarnición militar estratégica en Corinto. De esta forma, Filipo instituyó su koine eirene (“la paz común”) a lo largo de la península griega (Arriano, Anab. 7.9.4). Entonces, pudo forjar la Liga de Corinto en el 337 a.C. (Diodoro, Lib. Hist. 16.89.3). Esta alianza política otorgaba la misma representación a cada una de las ciudades-estado griegas, y Filipo servía como el hegemon (“el gobernante supremo”) sobre todas (Diodoro, Lib. Hist. 16.91.1–2; comparar también Zarndt, “Macedonian Backgrounds”, 24–25).

A partir de esto, podemos ver que Alejandro heredó la estratagema política y militar de sus predecesores. Su esquema de conquista y dominio consistía en tres etapas diferentes: negociar, dominar y consolidar. Como resume Diodoro: “Algunas, las ganó mediante la persuasión y la diplomacia; a otras, las intimidó a la paz; pero otras tuvieron que ser dominadas por la fuerza y, de esta forma, rebajadas al sometimiento” (Lib. Hist. 17.3.6). Esta última etapa (la de consolidar) demostró ser sumamente eficaz para Alejandro. Como vencedor, rápidamente consolidaría acuerdos de paz con los vencidos. De esta manera, sus enemigos se veían obligados a hacer una alianza incómoda con Alejandro. A los conquistados les iría bien, si contribuían con su riqueza y poder. De este modo, desde el comienzo Alejandro mandaba un mensaje claro a los países de los alrededores: La oposición será destruida, pero la cooperación será recompensada.

Tracia.

Filipo utilizó el poder consolidado de la Liga de Corinto para reincorporarse a la campaña contra los persas. En el 336 a.C. envió una fuerza militar de avanzada de diez mil hombres para proteger sus posesiones en Tracia (Diodoro, Lib. Hist. 16.91.1). Planeó apoderarse completamente del Helesponto y usar este curso de aguas estratégico como puerta de entrada a Persia (Arriano, Anab.7.9.5).

Las fuentes están divididas en cuanto a porqué Filipo no acompañó personalmente la invasión inicial a Tracia. Diodoro cuenta que Filipo estaba ocupado planeando y elaborando la boda de su hija Cleopatra, y que por eso se demoró en Grecia (Lib. Hist. 16.91.4; ver “The Death of Philip II”, 106–112). Plutarco, por otra parte, asegura que Filipo se había divorciado de Olimpia y estaba intentando casarse con Cleopatra (quien, según Plutarco, no era su hija; ver Alex. 9.4).

En cualquier caso, mientras la fuerza de avanzada acampaba en Tracia, Filipo permanecía en Macedonia. Allí, en medio de las fiestas de boda en el año 336 a.C., Filipo fue asesinado por Pausanias, su guardaespaldas personal (Diodoro, Lib. Hist. 16.94.3; Plutarco, Alex. 10.4; Arriano, Anab. 2.14.5). Tras la muerte de Filipo, el mando le correspondió a Alejandro, quien se convirtió en el hegemon (“el gobernante supremo”) de todos los estados griegos, cuando apenas tenía veinte años de edad (Arraino, Anab. 1.1.1–2). Su primera tarea fue reprimir una revuelta a gran escala iniciada por las ciudades-estado importantes de Grecia.

El ascenso de Alejandro el Grande al poder.

Una muestra de dominio. Varios estados griegos recibieron de buena manera la muerte de Filipo, porque pensaban que la juventud y la inexperiencia de Alejandro les daba la oportunidad de liberarse del gobierno macedonio. En el año 335 a.C., Atenas y Tebas se negaron a reconocer el mando de Alejandro e incitaron a los estados griegos vecinos a sublevarse. En la mayoría de los casos, Alejandro convenció a los rebeldes por medio de la negociación y promesas de buena voluntad. No obstante, a los atenienses sólo los sometería una muestra de fuerza. En plena formación de la batalla, Alejandro marchó contra Atenas y amenazó a la ciudad con una destrucción rápida y total (Arriano, Anab. 1.1.3; Diodoro, Lib. Hist. 17.4.4–5). Ellos accedieron y, según las palabras de Diodoro, le pidieron “perdón por el tardío reconocimiento de su liderazgo” (Lib. Hist. 17.4.6).

Alejandro usó esta rebelión como una oportunidad para consolidar a toda Grecia. Formó fuertes acuerdos militares y políticos con los diferentes estados y les concedió un poder significativo a quienes le prometieron lealtad. Todos los acuerdos fueron sellados con grandes promesas de riquezas y gloria. De esta manera, Alejandro amplió enormemente sus recursos políticos, económicos y militares en el frente interno. Ahora podría reafirmar el dominio sobre los puestos de avanzada costeros estratégicos que su padre había logrado en Tracia.

En todo esto, Alejandro demostró su política victoriosa para organizar los gobiernos provinciales, recaudar impuestos, reclutar mercenarios, saquear los tesoros de las regiones conquistadas y aumentar el patrocinio. Ahora estaba preparado para embarcarse en un período de doce años de guerras constantes.

El cruce del Helesponto

El primer encuentro con Darío. En el 334 a.C. Alejandro se preparó para enfrentarse a los persas en la batalla, haciendo realidad el sueño de su padre. Con una fuerza de combate de 40.000 hombres de a pie y 5.000 a caballo, cruzó el Helesponto rumbo a Asia (Josefo, Ant. 11.313; Diodoro, Lib. Hist. 17.17.3–5; Plutarco, Alex. 15.1; Arriano, Anab. 1.11.3). Alejandro se encontró con los persas en el río Gránico y desplegó sus jinetes tesalios para impresionarlos.

Después de una intensa lucha, Alejandro reunió a sus hombres e hizo retroceder a los persas. Darío, el rey de los persas, huyó del campo de batalla para poder continuar peleando en la región montañosa al sur de Asia Menor. Sin embargo, en el apuro por salvarse a sí mismo, abandonó a su madre, a su esposa y a su familia (Josefo, Ant. 11.316). Alejandro tomó prisioneras a estas personas y, como era su costumbre, las trató con extremo cuidado. Al hacerlo, se ganó a la familia cercana de Darío (Diodoro, Lib. Hist. 17.19.1–21.4).

En la batalla contra los persas, Alejandro demostró la genialidad con la que tanto se había ganado el cariño de sus hombres. Siempre dirigía desde el frente y era el primero en galopar precipitadamente de cara al peligro. En el Gránico, se enfrentó personalmente con los persas en un combate mano a mano. Su predisposición a ser el primero en morir en la batalla conseguía que sus soldados le fueran profundamente leales. De esta manera, Alejandro cultivó intencionalmente un cuadro de “amigos” que le sirvió como su gabinete de guerra.

Estos hombres eran amigos en el sentido especializado griego: para los griegos, un verdadero amigo era tan íntimo, que era considerado como un “segundo yo” (Diogenes Laertius, 7.23). Efectivamente, la madre de Darío cayó a los pies de uno de los amigos de Alejandro (Diodoro, Lib. Hist. 17.37.6 38.4) confundiéndolo con él, y se cuenta que Alejandro le dijo: “No te preocupes, madre. Pues, de hecho, él también es Alejandro” (Diodoro, Lib. Hist. 17.114.2; comparar también 17.37.5–6). Con este tipo de camaradería, Alejandro era invencible.

“La Roca” de Mamares. Mientras Alejandro perseguía a Darío, que se replegaba, marchó hacia el sur para tomar Mileto y preparó un asedio eficaz contra Halicarnaso. Luego, guió a sus ingenieros de combate para que capturaran “La Roca”—la fortaleza de Mamares, que por mucho tiempo se creyó impenetrable. Aunque el ataque demostraría costar muchas vidas y material, y la fortaleza tenía poca importancia militar, esta victoria ganada a duras penas les mandó un mensaje escalofriante a las ciudades de los alrededores: nadie está a salvo de Alejandro.

Gobernantes menores se rindieron en masa a Alejandro, a medida que él arrasaba el país. La estrategia de consolidación de Alejandro era eficaz, ya que su ejército avanzaba pesadamente. Los que cooperaban, recibían puestos de autoridad y cantidades de oro y plata saqueadas a los persas. Estaba perfectamente claro que estos vasallos tenían que usar su poder administrativo y su riqueza para acentuar la ambición de Alejandro. (Diógenes, Lib. Hist. 17.35.1–4). De esta manera, Alejandro se hacía cada vez más fuerte, mientras avanzaba a través del continente.

Mano a mano en las Puertas de Cilicia.

Alejandro alcanzó a Darío en las Puertas de Cilicia, una estrecha garganta al sur de Turquía. Mientras la batalla sucedía, Alejandro distinguió a Darío y peleó contra él golpe a golpe. Darío sacó ventaja momentáneamente y Alejandro soportó una herida grave en la pelea. Darío volvió a escaparse y esta vez huyó alejándose más al este, a su capitolio de Susa. Las fuerzas de Alejandro finalmente tomaron el campo (Diodoro, Lib. Hist. 17.32.1–34.9; Josefo, Ant. 11.304–305). Con esta victoria, toda Asia fue dominada por Alejandro (Plutarco, Alex. 26–8).

La expedición a Gaza, Israel y Egipto. En vez de proseguir hacia Susa, Alejandro estaba decidido a proteger su frente occidental. Eso significaba que tenía que controlar el istmo que conectaba Europa, Asia y el Norte de África. A tal fin, guió sus fuerzas hacia la llanura costera de la antigua Israel. Es allí donde la historia de Alejandro se cruza con la de los judíos. El impacto que Alejandro causaría en el pueblo judío (y, finalmente, en la iglesia primitiva) sobrevivió largamente su ambición de dominar el mundo.

Tiro y Gaza. Alejandro tuvo poca resistencia para conquistar.Damasco y Sidón (Josefo Ant. 11.317). Pero su ataque a la ciudad de Tiro en el 331 a.C. fue más difícil. Tiro era la única ciudad de la costa este del Mediterráneo que gozaba de un puerto natural, y su captura tenía un lugar prominente en la estrategia de Alejandro. Tiro luchó poderosamente para darle tiempo al rey Darío para que reorganizara su ejército (Arriano, Anab. 2.22.2–5; 23.2–5). Aquí fue donde Alejandro demostró su innovación en el campo de batalla. Los mercenarios fenicios azotaron Tiro desde el mar, mientras los ingenieros de Alejandro construían una calzada para transportar las fuerzas terrestres hasta las puertas de la ciudad. Desde allí, construyó poderosos fundíbulos diseñados para derribar las murallas defensivas de la ciudad. El asedio completo duró siete meses (Diodoro, Lib. Hist. 17.40.2–46.6). Una vez que Tiro cayó, Alejandro dominó Gaza en dos meses (Josefo Ant. 11.320; Diodoro, Lib. Hist. 17.48.7). Entonces, preparó su ataque a Jerusalén, que estaba acorralada por Tiro en el norte y por Gaza en el sur.

La rendición de Jerusalén. Josefo es el único que registra el encuentro entre Alejandro y Jadúa, el sumo sacerdote de Jerusalén. Como era su costumbre, Alejandro le informó a Jadúa que debía unirse a él o sería destruido. Jadúa le contestó que, si no fuera por su pacto con Darío, lo obedecería con mucho gusto. Entonces, Alejandro movilizó a su ejército para atacar a Jerusalén.

Según Josefo, la noche anterior a que Alejandro atacara, Yavé le habló a Jadúa en un sueño y le dio instrucciones de que abriera las puertas de Jerusalén y diera la bienvenida a Alejandro con todos los honores (Josefo, Ant. 11.327–29; comparar también Kim, “The Dream of Alexander”, 425–25). Jadúa obedeció y, para el asombro de todos, Alejandro se inclinó en una reverencia respetuosa por “el Nombre” (esto es, por el Dios de Israel; Josefo, Ant. 11.331–32). 

Alejandro le explicó que, tres años antes, había tenido un sueño en el que un hombre vestido como el sumo sacerdote le aseguró que vencería a los persas. Ahora se daba cuenta de que Jadúa era ese mensajero divino y creyó en que el Dios de los judíos lo protegería y lo ayudaría a derrotar a los persas. Luego, Alejandro se dirigió hacia el Templo y, bajo la instrucción de Jadúa, ofreció un sacrificio a Yavé (Josefo Ant. 11.334–36; comparar también Cohen, “Alexander the Great”, 42). 

También les concedió a los judíos el pedido de que cada siete años estuvieran eximidos de pagar tributos y que a ellos, así como a los judíos que vivían en Babilonia, se les permitiera mantener sus leyes y sus prácticas. Josefo agrega que estas concesiones fomentaron que muchos judíos se unieran a Alejandro como mercenarios (Josefo Ant. 11.338–39).

Egipto. Habiendo dominado toda la llanura costera, Alejandro ahora tenía el camino despejado para entrar en Egipto y en el norte de África. Los egipcios, que se habían cansado del gobierno persa, recibieron de buena manera a Alejandro como su libertador (Diodoro, Lib. Hist. 17.49.1; 1 Mac 10:51–55). Mientras estaba en Egipto, Alejandro fundó Alejandría, que se convertiría en una de las ciudades más espléndidas del mundo antiguo (Plutarco Alex. 26.2–6; Arriano, Anab. 3.1.5; 3.2.1–2). Alejandría, además, llegaría a ser una ciudad griega modelo: la que difundió el helenismo por todo el mundo mediterráneo (Simmons, Peoples of the New Testament World, 30–34).

La renovada campaña contra Persia

El camino a Babilonia. Habiendo conseguido sus objetivos estratégicos en Occidente, Alejandro renovó su persecución a Darío por tercera vez. Mientras Alejandro marchaba por Siria camino a Babilonia, Darío decidió rendirse antes que seguir perdiendo. Mandó enviados para que le dieran la bienvenida a Alejandro en términos conciliatorios y proponiendo la paz. Darío prometió concederle todos los territorios al oeste del río Éufrates si Alejandro le ponía fin a sus ataques contra Persia (Diodoro Lib. Hist. 17.54.1–2). 

Tras recibir este mensaje, Alejandro convocó a un consejo de guerra y les presentó los términos para la paz. Parmenión, uno de los generales destacados de Alejandro, respondió: “Si yo fuera Alejandro, aceptaría estos términos”. Alejandro le contestó: “Y ciertamente, yo también lo haría, si fuese Parmenión” (Plutarco, Alex. 29.4). El tono del desplante de Alejandro demuestra tensión entre los dos; hay alguna evidencia de que Alejandro fue el responsable del posterior asesinato de Parmenión (Badian, “The Death of Parmenio”, 36–47). En cualquier caso, Alejandro no compartía la renuencia de Parmenión de volver a enfrentarse a los persas. Le ordenó a sus generales que se prepararan para la batalla.

Darío estaba seguro de la victoria. Sus fuerzas superaban ampliamente en número a las de Alejandro, y calculó que el Tigris era demasiado torrentoso para que los macedonios lo vadearan. Se equivocó en los dos cálculos. Alejandro rara vez tenía en cuenta las posibilidades cuando iba a la guerra, porque solía vencer a ejércitos mucho más grandes y mejor equipados que el suyo. Darío también subestimó la ingenuidad táctica de Alejandro. Para cruzar el río Tigris, Alejandro hizo que sus hombres formaran un puente humano entrelazando sus brazos uno detrás del otro hasta que llegaron a la otra orilla (Diodoro Lib. Hist. 17.55.3–6). Luego, a los soldados que quedaban les ordenó que treparan y avanzaran por el puente viviente y se prepararan para enfrentarse al enemigo.

La batalla de Gaugamela. La siguiente batalla de Gaugamela (Arriano, Anab. 3.11–15) está entre las más violentas de la carrera de Alejandro. Era incierto decir qué bando saldría victorioso. Las fuerzas de Alejandro finalmente atravesaron las defensas persas, y Darío y sus miles comenzaron a retirarse (Diodoro, Lib. Hist. 17.57.1–63.5).
Con las fuerzas persas retirándose por completo, Alejandro comenzó una campaña desenfrenada de destrucción y saqueo. Atesoró enormes riquezas de las principales ciudades persas, especialmente de la antigua capital Persépolis. El episodio de la borrachera de la celebración, que prácticamente se había convertido en un ritual en tiempos de guerra, culminó con la quema de Persépolis hasta los cimientos (Diodoro, Lib. Hist. 17.64.3–66.1 y 71.1).

La muerte de Darío. A pesar del éxito que tuvo en Persia, a Alejandro lo atormentaba saber que Darío todavía estaba vivo. Así que empezó a perseguirlo otra vez y dio con el paradero de Darío en una lejana región persa. Llegó demasiado tarde. Beso, uno de los gobernadores de Darío, ya lo había asesinado (Diodoro, Lib. Hist. 17.73.1–4).
El informe sobre la muerte de Darío desanimó a los hombres de Alejandro. El poderoso rey de los persas (el enemigo acérrimo de los griegos) estaba muerto y los macedonios añoraban su tierra. Después de todo, se habían metido en una batalla tras otra durante seis años. Sin embargo, desde el 329–328 a.C., Alejandro los incitó a continuar. El atormentado ejército marchó hacia el norte, a las regiones del mar Caspio, a los páramos helados de Afganistán y, luego, un poco más lejos, al Hindukush (Arriano, Anab. 3.28.4–30.11). Alejandro puso a Beso como el punto de convergencia de esta campaña. Convenció a sus tropas de que Beso iba a resucitar al Imperio persa y que si no lo capturaban y lo mataban, todo su sacrificio sería en vano.

En el interior de Persia. Como de costumbre, Alejandro dirigía desde el frente, aun después de recibir una flecha en un muslo que le partió el hueso de la pierna en dos (Arriano, Anab. 3.30.10–11). A medida que avanzaba por la región, organizó distritos provinciales y nombró dirigentes autóctonos donde le fue posible. Sin embargo, casi siempre confiaba el poder real en alguno de sus amigos. Alejandro indefectiblemente presionaba de dos maneras: con la amenaza militar y con el patrocinio benevolente. Para el 326 a.C., los aliados de Beso acordaron entregarlo a cambio de recibir clemencia. Alejandro los incorporó a su ya creciente colección de sátrapas y estados vasallos. A Beso no le fue muy bien. Tratando de averiguar más sobre traiciones en la región, Alejandro lo torturó y luego ordenó su ejecución (Diodoro, Lib. Hist. 17.83.4–9).

Uno de los encuentros más imaginativos de este período fue la supuesta reunión entre Alejandro y la reina de las amazonas. Cuando se le preguntó por qué había viajado tan lejos para encontrarse con Alejandro, ella expresó que deseaba darle un hijo. Calculó que, dado que ella era la mejor guerrera femenina de todos los tiempos y que Alejandro era su equivalente, sus hijos serían maravillosos (Diodoro, Lib. Hist. 17.77.2–3; pero ver Plutarco, Alex. 46.3).

Se podría decir que la citada nostalgia de los macedonios, junto con el relato de la odisea de Alejandro hacia el país del Norte parecen marcar un punto de inflexión en la historia. Esto es, el espíritu de equipo muestra un marcado deterioro desde este punto en adelante. Alejandro no contribuyó a mejorar la situación cuando adquirió la idiosincrasia y las costumbres de los persas derrotados. Después de que se puso una diadema persa y reemplazó a su guardaespaldas personal por soldados persas, se ganó el menosprecio y la desconfianza de sus hombres (Plutarco, Alex. 45.1–2; Diodoro, Lib. Hist. 17.77.4–5 y 78).

India. A pura fuerza de voluntad, Alejandro fue capaz de conducir a su ejército descontrolado hacia el sudeste y cruzó a la India. Él y sus hombres cruzaron el río Indo en el año 327 a.C. (Diodoro, Lib. Hist. 17.85.6–86.3; Arriano, Anab. 4.30.9). Para los macedonios, este tramo del viaje debe haber sido totalmente de otro mundo (ver Bosworth, “The Indian Campaigns, 327–325 BC”, 159–68). Empezaron a encontrar serpientes pitón que medían casi doce metros de largo. Algunos de sus hombres fueron mordidos por cobras mortales. Las higueras de bengala gigantes que veían no podían ser rodeadas ni por los brazos extendidos de doce hombres. Pero lo más inquietante eran las extrañas prácticas religiosas que encontraron en el camino. En particular, Alejandro y sus hombres observaban horrorizados cómo las viudas se arrojaban a las piras funerarias de sus difuntos esposos (Diodoro, Lib. Hist. 17.87.1–91.2; comparar también 17.105.2).

El conflicto en India tuvo sus propios horrores. Ver los aterradores elefantes de guerra completamente preparados con su armadura protectora perturbaba a los soldados más curtidos por la guerra. Además, un solo rasguño de un arma con la punta envenenada de los brahmanes instantáneamente causaba un dolor tan atormentador que llevaba a la muerte (Diodoro, Lib. Hist. 17.102.4). Plutarco informa que el enemigo soltó a muchísimos perros de ataque contra las fuerzas de Alejandro (Plutarco, Alex. 60.7).

Pero Alejandro reiteradamente encontraba maneras de desconcertar al enemigo. Ponía a sus enemigos en contra de sí mismos, y cuando estaban completamente agotados de pelearse entre ellos, los atacaba. Si podía, ganaba a los pueblos mediante la diplomacia (Diodoro, Lib. Hist. 17.103.1–2; Arriano, Anab. 5.22.3). Incluso empleaba la guerra psicológica para quebrar la confianza de sus oponentes. Les ordenaba a sus hombres que armaran campamentos ficticios equipados con armas de gran tamaño y barracas. Los que los descubrían, llegaban a la conclusión de que los macedonios debían ser enormes (Plutarco, Alex. 62.4).

Más desmoralizados. Todo esto estaba costándole mucho a los hombres de Alejandro. Para el 326 a.C., habían estado continuamente involucrados en la guerra durante ocho años (Diodoro, Lib. Hist. 17.91.1). Vivían a costa de aquellos que conquistaban y la única razón para pelear era la de poder sobrevivir. Además, el ejército de Alejandro se había convertido en una masa de guerreros que representaban a muchas naciones distintas (Arriano, Indica, 6.5). Los macedonios empezaron a darse cuenta de que se estaban convirtiendo en una minoría dentro del ejército de Alejandro. Sumado a todas estas dificultades, los hombres siempre estaban empapados por las lluvias monzónicas. Por consiguiente, muchos de los generales de Alejandro se opusieron cuando él quiso adentrarse aún más en la India (Diodoro, Lib. Hist. 17.94.5).

Pero nada podía quitarle de la cabeza a Alejandro los oráculos que había recibido en Delfos y en Amón, ya que ambos le habían profetizado que él solo reinaría el mundo entero (Diodoro, Lib. Hist. 17.51.1 ss., Plutarco, Alex. 14.4). Siguió conduciendo a sus hombres, siempre dando muestras de una fortaleza y una valentía que parecían sobrehumanas. Siempre era el primero en treparse a las escaleras de las máquinas para escalar los muros y a menudo caía del otro lado sin ningún tipo de protección. Sus hombres tenían que amontonarse encima de él, lanzándose sobre su cuerpo para bloquear a último momento una lluvia de flechas del enemigo. Pero, en una de esas oportunidades, una flecha acertó en su pecho. La recuperación fue lenta y dolorosa. Durante su convalecencia, Alejandro comandó a su ejército desde su lecho de enfermo (Diodoro, Lib. Hist. 17.99.1–3). En esta etapa de la campaña, no fue otro sino el personaje de Alejandro el que logró que sus hombres siguieran adelante. Los historiadores resumen: “Luego, procedió a tomar todas las otras ciudades de este reino y las destruyó, y propagó el terror a su nombre por toda la región” (Diodoro, Lib. Hist. 17.102.6).

Las expediciones en el interior de la India, el fracaso en el desierto. Aunque la brutalidad de Alejandro opacaba los pocos episodios de amabilidad y gracia que demostraba de vez en cuando, no fue un bárbaro ignorante. A medida que pasaba el tiempo, la educación que había recibido de Aristóteles era cada vez más evidente. A Alejandro le interesó la importancia científica y geográfica de sus viajes (Diodorus, Lib. Hist. 17.106.6; Arrian, Anab. 6.19.1). Por consiguiente, en el año 325 a.C., a pesar de que sus hombres estaban agotados, trazó dos expediciones de exploración por separado. Él conduciría un equipo por el río Indo, mientras que el otro escuadrón exploraría la costa india. El plan era reunirse en la desembocadura del Indo, donde éste confluye en el océano Índico. Plutarco asegura que para completar esta exploración exhaustiva tardaron siete meses y que finalizó en el verano del 325 a.C. (Alex. 66.1).

Después de resistir muchas dificultades y pérdidas materiales, Alejandro finalmente llegó al punto de reunión en el océano Índico (Arriano, Anab. 6.19.3–4). Los hombres que habían navegado a lo largo de la costa informaron haber encontrado ballenas enormes que casi los hundieron. Alejandro tomó notas de los diversos tipos de hombres santos y sus costumbres. Mientras viajaban, su flotilla estuvo a punto de desaparecer en los impenetrables pantanos (Diodoro, Hist. Lib. 17.106.7). Una vez que todos habían dado el parte, Alejandro le encargó a otra flotilla que explorara el golfo Pérsico (Arriano, Indica, 19.5.9) mientras él y sus hombres viajaban por tierra. Las dos fuerzas tenían que volver a encontrarse en la desembocadura de los ríos Tigris y Éufrates (Arriano, Anab. 6.19.5).

Alejandro comenzó su parte de la travesía con un viaje audaz y mal planeado atravesando una zona desértica que destruyó a casi todo su ejército (Plutarco, Alex. 66.2). Este debacle marcó otra coyuntura crítica en la saga de Alejandro, a la altura de su poder e influencia. Fue el comienzo del fin para el conquistador del mundo, pues cuando su imperio había alcanzado su cénit, las cosas empezaron a desentrañarse gravemente. Sus últimos días estuvieron caracterizados por igual proporción de genialidad y estupidez.

Ambición y caída. La gran visión de Alejandro involucraba mucho más que conducir un ejército de saqueadores por territorios extranjeros. Él tenía un plan estratégico para construir y organizar la nación. Creó ciudades enteras desde cero, completas con ciudadanos que venían de otros lugares, y nombró dirigentes para gobernarlas. Literalmente, casaba su propio poder con los potentados de cada lugar porque arreglaba matrimonios entre sus amigos y las princesas locales. Además, los soldados rasos del campo tomaban por esposa a las de los prisioneros extranjeros. Se ha calculado que nacieron unos 10.000 niños a lo largo del camino, y Alejandro fue cuidadoso de educarlos en el idioma y las costumbres de los griegos (Arriano, Anab. 7.4.4–8 y 12; Plutarco, Alex. 71.5). De esta manera, todo lo que estaba al alcance de Alejandro llevaba la marca indeleble de la helenización.

Hacia el 324 a.C., la fama de Alejandro se había extendido. Diodoro describe el poder creciente de su reino al exponer: “Ahora, prácticamente desde todo el mundo habitado vinieron enviados en diferentes misiones: algunas para felicitar a Alejandro por sus victorias; algunas para traerle coronas; otras para firmar tratados de amistad y alianza; muchas para entregarle magníficos regalos y algunas preparadas para defenderse de acusaciones” (Lib. Hist. 17.113.1). Arriano y Diodoro registran listas impresionantes de embajadas extranjeras que fueron a rendirle homenaje a Alejandro, de lugares occidentales tan lejanos como Galia, en Europa, y del interior de India en Oriente, así como desde Libia y del norte al sur de África (Diodoro, Lib. Hist. 17.113.2–4; Arriano, Anab. 7.15.4–6).

La moral decae, los macedonios se van. Finalmente, según lo que indica su viaje a través del desierto, la soberbia de Alejandro demostraría ser su perdición. Sus hombres estaban agotados, desnutridos y desmoralizados (Plutarco, Alex. 65.2–3). Muchos de los recién conquistados vieron la oportunidad de librarse de Alejandro. 

Plutarco sintetiza cómo cambió su suerte cuando expone: “Pero las crecientes dificultades en su regreso, la herida que recibió entre los malhi y las pérdidas en su ejército (que según los reportes fueron cuantiosas), hicieron que los hombres tuvieran dudas de volver a salvo, predispuso a los pueblos sometidos a sublevarse y engendró una gran injusticia, voracidad y descaro en sus generales y en los sátrapas a los que él había nombrado. En una palabra, el descontento y el deseo de un cambio se desparramó por todas partes” (Alex. 63.2–3).

En respuesta a las muchas insurrecciones, Alejandro dividió sus fuerzas en tres compañías: una bajo su mando, otra bajo la dirección de Ptolomeo, y la tercera, dirigida por Leonato. La orden simplemente era cabalgar en todas las direcciones y sembrar el caos y el terror con el fin de que todos los rebeldes fueran obligados a someterse (Diodoro, Lib. Hist. 17.104.5–6). Y de esta manera Alejandro siguió adelante, pero al llegar al río Ganges, muchos de los macedonios que habían estado con él desde el principio se negaron a avanzar. Alejandro trató de convencerlos con un emotivo discurso que recordaba la gloria de su padre, Filipo, pero los hombres, a pesar de ello, se amotinaron. Alejandro reemplazó a los amotinados por tropas auxiliares persas y otorgó el mando de sus tropas a los que no eran macedonios (Plutarco, Alex. 71.1–5; Arriano, Anab. 7.8–11; Diodoro, Lib. Hist. 17.108.3–4). En un esfuerzo por apaciguar la tensión de un descontento mayor entre las tropas, también despidió a todos los mercenarios que habían rechazado seguir luchando. Para consternación de Alejandro, aquellos que fueron retirados del servicio, lisa y llanamente, formaron confederaciones y se repartieron porciones de su Imperio entre ellos (Diodoro, Lib. Hist. 17.106.3).

El fin en Babilonia. La última parte del drama de Alejandro tuvo lugar a las afueras de la antigua ciudad de Babilonia. Como si fuera el toque de difuntos, el anuncio del fin para Alejandro y su reino repicó cuando marchó hacia la ciudad, contrariando la advertencia de los astrólogos caldeos. A partir de ese momento, extraños presagios le anunciaron su muerte. Los prisioneros espontáneamente quedaron libres de sus cadenas (Plutarco, Alex. 73.3–4). Lo más alarmante fue que su entretenida excursión a los pantanos de Babilonia se convirtió en una pesadilla. Estuvo perdido durante días y, en un momento dado, se le enganchó la corona en la punta de un junco y se hundió en el lodazal del pantano (Plutarco, Alex. 74.1; Arriano, Anab. 7.24.3; Diodoro, Lib. Hist. 17.116.5–6).

Pero Alejandro no encontró su fin en el fragor de la batalla. En cambio, el que enfrentó peligros inefables moriría rodeado de alegría y festejos. A mediados del verano del 324 a.C., Alejandro dio inicio a un desenfreno épico. Tomando una jarra de vino “puro”, bebió enormes cantidades de bebida, un trago tras otro, sin separar ni una vez la vasija de sus labios. De pronto, emitió un horrendo grito de dolor y se desplomó en el piso (Diodoro, Lib. Hist. 17.117.1–3). El rumor de que Alejandro había sido envenenado pronto se hizo conocer, pero Plutarco no está de acuerdo (Alex. 77.1–3). El gran Alejandro efectivamente sucumbió al envenenamiento, pero fue autoinfligido: él mismo bebió hasta morir.

El conquistador que había vivido una vida tan espectacular no moriría de una manera menos dramática. En reiterados episodios de pérdida del conocimiento, Alejandro se dio cuenta de que le había llegado la hora. Se quitó el anillo de oro y se lo entregó a Perdicas, su general de mayor confianza. Sin saber qué significaba esto, sus amigos le preguntaron: “¿A quién le dejas el reino?” Con su último aliento, Alejandro dijo dos palabras: “τῷ κρατίστῳ (tō kratistō) (“Al más fuerte”)”.

Fragmentación e influencia. La lucha por el poder que vino a continuación enredó a todo el reino de Alejandro, desde Atenas a Babilonia, en una guerra sin cuartel (Plutarco, Alex. 75.1–77.3). Finalmente, se impusieron dos de sus generales. Seleuco controló toda Asia y Siria, mientras que Ptolomeo gobernó Egipto y el norte de África (Diodoro, Lib. Hist. 21.1–22.3; Josefo, Ant. 12:2). Ambos gobernantes se volcaron a la campaña helenizante de Alejandro (ver “Galilee under Ptolemies and Seleucids”, 27–35). En poco tiempo, el pensamiento y las costumbres griegas llegaron a influenciar cada faceta de la vida, desde el lenguaje y la política a la arquitectura, el arte, la ciencia y la filosofía. Al parecer, el legado cultural del tutor de Alejandro, Aristóteles, tuvo su peso finalmente (Plutarco, Alex. 7.2–4).

El proceso de helenización tuvo un profundo impacto en los judíos y el judaísmo. La helenización llenó cada recoveco y cada rincón de su mundo. Su presencia era ineludible y parecía filtrarse en cada hogar y sinagoga judía. Muchos judíos estaban alarmados de que “llenar” significara “desplazar”. A medida que crecía la presencia del pensamiento y la cultura griega, su presencia marcadamente judía mermaba.

El legado de Alejandro y su importancia para Israel y la iglesia primitiva
Alejandría. Ninguna ciudad fue más instrumental en la difusión del helenismo que la homónima de Alejandro, Alejandría. Alejandro sabía que si su campaña helenizante habría de tener alguna posibilidad de triunfar, necesitaría puntos estratégicos para esparcirla. Su imperio era demasiado grande como para que Atenas lo dominara en su totalidad. Lo que él necesitaba era un poderoso centro del helenismo en el sur. La gran ciudad de Alejandría cumplía bien ese papel.

Como se ha dicho con anterioridad, al haber expulsado a Darío de Asia Menor en el 332 a.C., Alejandro arrasó la llanura costera de Israel hasta Egipto, donde los egipcios le dieron la bienvenida como “libertador” (1 Mac 10:51–55). Los egipcios también le ofrecieron el lugar ideal para construir Alejandría, la ciudad modelo griega que él quería. A tal fin, Alejandro no dejó nada librado al azar y eligió personalmente la ubicación de la ciudad y su planificación (Diodoro, Lib. Hist. 17.52.1; Plutarco, Alex. 26.2–6; Arriano, Anab. 3.1–2). Siempre estratega, la ciudad tenía que ser construida entre el mar Mediterráneo al norte y un pantano impenetrable al sur, lo cual permitía que, en caso de un ataque, solamente pudiera llegarse a ella por dos lugares. Las calles estaban orientadas de tal manera que la brisa fresca del mar soplaba sin obstáculos por toda la ciudad (Diodoro, Lib. Hist. 17.52.3).

Diodoro nota que Alejandría rápidamente se convirtió en la ciudad más grande y ricamente decorada del mundo. Presumía de una población de más de trescientas mil personas y se transformó en una fuente de grandes entradas impositivas para sus gobernantes. Llegó a ser un centro de intensa actividad intelectual y académica y albergó a una de las bibliotecas más grandes del mundo. Ciertamente, no sería injustificado describir a Alejandría como la “Atenas de África del Norte”. Pero lo más importante fue que la ciudad se convirtió en un dínamo del helenismo, la polis modelo griega, que infundió el pensamiento, la cultura y el idioma griego en toda la región.

El pueblo judío en Alejandría. Los judíos no escaparon del panhelenismo que había tragado a la región. Cuando Ptolomeo capturó Jerusalén en el año 301 a.C., tomó prisioneros a muchos judíos y se los llevó a Alejandría. Josefo observa que muchos de los prisioneros fueron tratados como ciudadanos griegos y tuvieron rangos respetados en la cultura alejandrina (Ant. 1.9–10). De este modo, una diáspora judía diversa y numerosa estuvo presente en el corazón del helenismo desde sus comienzos (Ant. 12:7–8).

Josefo también observa que muchos prisioneros judíos pronto se convirtieron en colegas helenizados en Alejandría. Para consternación de los judíos más tradicionales, recibían de buena gana el clima cosmopolita de la ciudad y veían al helenismo como una manera de liberarse del limitado estancamiento del judaísmo. Desde su perspectiva, el sincretismo griego no debía ser resistido sino promovido. Quizás ningún judío represente más esta tendencia a adaptarse al helenismo que el gran filósofo y erudito judío Filón de Alejandría.

La asimilación de Filón. Los judíos enfrentaban una presión enorme para asimilarse a la cultura griega. Esto quería decir que los judíos de cada colonia helenizada del reino, incluidas Jerusalén y Samaria, se sentían amenazados por el sincretismo pagano (Josefo, Ant. 11.338; Ag. Ap. 2.43). Por ejemplo, a muchos judíos los incomodaba que los atletas participaran desnudos en el gimnasio griego (derivado de γυμνός, gymnos, que significa “desnudo”) que se estableció en Jerusalén (Ant. 12.241; 15.268–270).

Algunos judíos estaban contentos de que Israel se hiciera más cosmopolita. Para ellos, el helenismo era un beneficio, no una perdición. Pero los judíos más tradicionales consideraban que el helenismo invasivo era una amenaza para su identidad judía. Los aspectos clave de su fe estaban siendo moldeados por el diseño de los filósofos paganos griegos.Filón de Alejandría, un erudito judío contemporáneo de Jesús y de Pablo, fue un buen ejemplo. 

Para Filón, Moisés se parecía más a un filósofo griego que a un profeta hebreo (Filón, Sobre la posteridad de Caín, 1–32). Utilizaba la filosofía platónica para interpretar las Escrituras y enseñaba que la ley de Moisés se parece mucho al adoctrinamiento estoico (Sobre la creación del mundo; Questions and Answers on Genesis 4,184; Problemas y soluciones sobre el Éxodo; On the Life of Abraham 5–6). Quizás Apolos, el de la iglesia primitiva, quien también era de Alejandría, empleaba métodos interpretativos parecidos, ya que fue descrito como “poderoso en las Escrituras” (Hech 18:24–28; comparar también 1 Cor 1:12, 3:4–6).

Por consiguiente, para muchos judíos, lo que Nabucodonosor no pudo hacer con el cautiverio babilónico, Alejandro pudo lograrlo mediante la helenización. Sentían que la marcada identidad de los judíos poco a poco era eliminada. Además, algunos de los sucesores de Alejandro no se contentaron nada más que con dejar que la helenización siguiera su curso en la sociedad judía. Estaban decididos a erradicar la identidad y la fe judía a la fuerza. El peor heleno de este período fue Antíoco IV.

Los intentos seléucidas para imponer la helenización. Antíoco IV “Epífanes” oprimió brutalmente a los judíos que no adoptaron las costumbres griegas (Josefo, Ant. 12.234; 1 Mac 1:10). Les prohibió cumplir la ley, observar el sábado y practicar el rito de la circuncisión. Tales atrocidades desencadenaron la rebelión de los Macabeos en el 168 a.C. (1 Mac 1:41–50, 2:17–18, 26–29). Estas agitaciones sociales y políticas enfrentaron a los judíos más tradicionales contra los que recibieron de buena manera al helenismo (1 Mac 3:5–6; Josefo, Ant. 12.278). Fue este tipo de desestabilización violenta y de larga data lo que le facilitó el camino a los romanos para conquistar Israel en el año 63 a.C. (Ant. 14.77, 20.242–243).

Tal vez la consecuencia más siniestra del helenismo, al menos para algunos judíos, fue que el griego koiné o “popular” se convirtiera en la lengua franca del reino. Por consiguiente, con una rapidez increíble el koiné pasó a ser la manera común de hablar entre los judíos de la diáspora. Las palabras prestadas griegas fueron utilizadas incluso en las Escrituras (comparar Dan 3:4). Los judíos más helenizados les ponían nombres griegos a sus hijos. Entre los veinte nombres más usados para los niños judíos de Palestina desde ca. 330 a.C.–200 d.C., el nombre Alejandro estuvo en el décimo séptimo lugar. Bartolomé, el nombre de uno de los discípulos de Jesús (Mat 10:3), es un patronímico que contiene el nombre Ptolomeo (Ilan, Lexicon of Jewish Names, 54, 304–05). Andrés y Felipe también son nombres griegos (Mar 3:18).

Los judíos que nacieron y fueron criados en el extranjero, especialmente en lugares como Alejandría, crecieron hablando griego como su lengua materna, y no el hebreo. Esto significaba que no podían leer ni entender el hebreo original de sus Escrituras.

La Septuaginta.

Paradójicamente, esta especie de crisis lingüística fue la que causó lo que podría ser el aporte más perdurable y quizás el más influyente de Alejandro: la traducción griega de la Biblia hebrea, comúnmente conocida como la Septuaginta (LXX).

La producción de esta traducción monumental probablemente sucedió durante el reinado de Ptolomeo II (285–247 a.C.). La razón expresada para el proyecto fue enriquecer la cantidad exhaustiva de ejemplares de la gran biblioteca de Alejandría (Josefo, Ant. 12:2). Según la leyenda, un cortesano llamado Aristeas apeló a Ptolomeo en nombre de los judíos. Su argumento fue que Ptolomeo realmente adoraba al mismo Dios que los judíos, sólo que con otro nombre.

Por lo tanto, para recibir el favor de Dios, Ptolomeo debía encargar la traducción de las Escrituras hebreas al griego (Ant. 12:12–22; 39, 48). El plan era hacer que el encargado de la biblioteca de Alejandría se pusiera en contacto con Eleazar, el sumo sacerdote de Jerusalén. Eleazar tenía que elegir seis sabios judíos bilingües de cada una de las doce tribus para que trabajaran en la traducción (Carta de Aristeas, 9–51, 121–127, 301–321; ver también Williams, The Jews among the Greeks and Romans, 120).

Estos 72 traductores, (de ahí la “Septuaginta” o “la Setenta”, a menudo abreviada como “LXX”) tenían que viajar a Alejandría con copias de las Escrituras hebreas. Cuando llegaron, Ptolomeo admiró la calidad exquisita de los pergaminos de cuero (Ant. 12:90) y les dio a los traductores todos los materiales necesarios para realizar el trabajo. Para descartar todas las distracciones y garantizar una medida de objetividad, Ptolomeo recluyó a cada uno de los traductores en cuartos separados (Ant. 12:103–107).

La traducción resultante fue de un valor incalculable para los judíos de la Diáspora y para la iglesia primitiva. La Septuaginta pronto se convirtió en la “Biblia” para los judíos helenizados. Ahora podían leer a Moisés y a los Profetas en griego y transmitir este conocimiento a su progenie greco-parlante. De esta manera, la LXX sirvió como una presencia unificadora extraordinaria entre los judíos que habían sido dispersos a lo largo de una amplia variedad de países y culturas. Además, muchos gentiles “que temían a Dios” ahora podían leer el Antiguo Testamento por sí mismos (Hech 10:1–2, 16:14).

La Septuaginta ayudó de gran manera para que la iglesia primitiva difundiera el evangelio. Los primeros testigos tuvieron la posibilidad de viajar interculturalmente y predicar en el segundo idioma, el griego koiné. La LXX les permitía a los primeros predicadores del evangelio hacer referencia a la ley de Moisés y a los Profetas sin un traductor. Por todos estos motivos, no debería sorprendernos que todos los manuscritos más antiguos del Nuevo Testamento hayan sido escritos en el griego koiné.

Conclusiones

La valoración “a distancia” sobre Alejandro puede conllevar una inquietante sensación de desproporción. ¿Cómo es posible que esta sola persona, cuya vida pública abarcó poco más de una década, deje una huella tan profunda en la historia de la humanidad? Solo cuando uno se acerca a Alejandro, cuando se lo coloca frente al espejo, es cuando aparece el poder impresionante de su personalidad. No fue “un soldado entre soldados”. Alejandro fue “un general entre generales” que fascinó a sus hombres con extraordinarias hazañas de fuerza y valor.

Desde esta perspectiva, decir que el hijo de Filipo de Macedonia vivió una vida desproporcionada sería quedarse corto. Diodoro redondea su detallada biografía de Alejandro manifestando: “Realizó hazañas más grandes que ningún otro, no solo de los reyes que habían vivido antes que él, sino también de todos los que habrían de venir después, en nuestro tiempo” (Lib. Hist. 17.117.5). No son palabras en vano, pues Alejandro vivió una vida intensamente concentrada, estaba en constante movimiento, siempre hambriento y nunca conoció el significado de la palabra “suficiente”.

La clave de su dramático ascenso al poder fue que Alejandro explotó plenamente el capital político de sus predecesores. Recogió la riqueza del pasado y la aprovechó al máximo, y fue esa rara pero poderosa mezcla de inteligencia y fuerza bruta. Aunque destruyó a todo el que se atrevió a oponerse a él, tenía un plan. Tuvo la capacidad de unir la cultura de elite griega con el desconcertante caos de la guerra. De este modo, difundió la cultura y el pensamiento de los griegos a lo largo de un vasto territorio. Protegió esta huella helenística nombrando líderes con ideas afines que gobernaron sus estados vasallos recién conformados a la manera alejandrina.

Además, esta transmisión de los ideales y las costumbres griegas fue posible gracias a la ubicua presencia del koiné, el idioma griego común. El koiné fue el que generó una clase de homogeneidad helenística que, con el tiempo, influiría de gran manera el rumbo de la civilización occidental. Por ejemplo, la literatura, el arte, la filosofía, la ciencia y los ideales políticos griegos fueron todos difundidos a través del koiné. A su vez, esta clase de fenómeno lingüístico y cultural dio a luz lo que ha llegado a ser conocido como el judaísmo helenístico, por el cual las antiguas creencias y prácticas de muchos judíos adquirieron un sabor marcadamente griego (Simmons, Peoples of the New Testament World, 34).

La longevidad del plan de Alejandro fue protegida por el hecho de que el helenismo era atractivo, funcional y transferible. Ningún pueblo lo supo mejor que los romanos, quienes adoptaron el helenismo. Los romanos, en particular, entendieron las tácticas militares de Alejandro y perfeccionaron su sistema de agricultura tributaria hasta hacerlo un arte mayor (Simmons, “Tax Collectors”, 98–112).

Tomados en conjunto, la absorción de los romanos y la expansión de los ideales griegos fueron determinantes del mundo del Nuevo Testamento. De hecho, la difusión transcultural del evangelio a los gentiles, junto con todas las consecuencias sociales e históricas de este ministerio, probablemente haya sido inaugurada por los judíos helenizados de la iglesia (Hech 6:1–7; Simmons, “The Hellenists”, 175–85). Un judío helenizado, Saulo de Tarso, les predicó el evangelio a los gentiles desde Jerusalén hasta Roma (Hech 19:21, 23:11; Rom 15:19).

Por último, la convicción profundamente arraigada que tenía Alejandro de que conquistaría el mundo fue cierta. Pero Alejandro no pudo controlar el deseo violento que lo hacía avanzar a un ritmo vertiginoso y, finalmente, fue devorado por su propio personaje. Así que Arriano concluye su historia sobre Alejandro diciendo: “Pero seguramente, si algo puede, los elevados logros de Alejandro pueden, ser una lección para la humanidad, que si un hombre brillare en su fortaleza física, o en la gloria de sus ancestros, o aunque en hazañas de guerra, y éxito feliz … podría él unir el dominio de Europa, a sus antiguas adquisiciones de Asia y África y, de esta manera, llegar a ser el amo del mundo; todas estas cosas no le añadirían nada a la paz de su mente, ni sería una pizca más feliz, a menos que estuviera dotado de la adecuada moderación de temperamento, con que engañosa apariencia de tranquilidad tendría él que revestirse, para engañar al ojo del mundo”.

ALEJANDRO EL GRANDE

Después de la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio, siendo protagonistas durante veinte años de grandes luchas y peleas por obtener el poder. Fueron los llamados diádocos, (διάδοχοι) o sucesores.

4 Generales de Alejandro Magno

Ptolomeo I Ptolomeo I, Sóter (“salvador”).

Fundador y primer rey de la dinastía de habla griega que dominó Egipto después de la muerte de Alejandro Magno hasta que fue anexada por Roma en 30 a.C..

Ptolomeo (ca. 367–282 a.C.), también conocido como Lágida, era hijo de Lagos, general macedonio, y de Arsínoe, quien pudo haber sido concubina del rey Filipo II de Macedonia. Ptolomeo se convirtió en sátrapa de Egipto después de la muerte de Alejandro Magno. Secuestró el cuerpo de Alejandro antes de que arribara a su lugar de enterramiento en Macedonia y lo trasladó a Menfis, Egipto, mientras construía una tumba adecuada para él en Alejandría. En 319 a.C. intentó tomar control de Siria-Palestina. A pesar de fracasar en esta tarea, tomó muchos prisioneros de guerra judíos-los comienzos de una gran comunidad judía en Alejandría.

En los años tras la muerte de Alejandro, los sucesores del rey continuaron luchando por el control de su imperio. En 315 a.C. Ptolomeo dio refugio a otro de los generales de Alejandro, Seleuco, quien huyó de su satrapía en Babilonia cuando un tercer general, Antígono I, se apoderó de la zona. Ptolomeo y Seleuco unieron sus fuerzas y derrotaron a Antígono en Gaza en 312 a.C.. En 306 a.C. Antígono frustró otro intento de Ptolomeo de expandir su territorio más allá de Egipto.

Ptolomeó tomó el título de “rey” en 305 a.C. y finalmente tomó control de Siria-Palestina. Eventualmente tomó también control de Chipre, las islas del mar Egeo, y el sur de Asia Menor. En 285 a.C. nombró corregente a su hijo Ptolomeo II (hijo de la tercera esposa de Ptolomeo, Berenice). Ptolomeo I murió en 282 a.C. La dinastía que inició Ptolomeo I dominó Egipto durante casi 300 años (323–30 a.C.). Durante su gobierno, Ptolomeo I trasladó la capital egipcia de Menfis a Alejandría, donde fundó los famosos museo y biblioteca de la ciudad e instituyó la veneración de Serapis (la Osiris griega).

Seleuco I Seleuco I Nicátor (ca. 358–281 a.C.).

El fundador y el primer rey de una dinastía de reyes greco parlantes que gobernaron Siria después de la muerte de Alejandro el Grande, desde ca. 321–64 a.C.. Seleuco era el hijo de Antíoco, quien posiblemente fue el general de Filipo II de Macedonia.

Siendo uno de los generales destacados de Alejandro el Grande, Seleuco llegó a comandar mil hombres (e.d., una quiliarca) después de la muerte de Alejandro en el 323 a.C.. Dos años después, el sátrapa de Babilonia lo recompensó (321 a.C.); pero, como los sucesores de Alejandro se disputaban el dominio del enorme imperio, Antígono expulsó a Seleuco de Babilonia (316 a.C.). Huyó a Egipto para buscar la protección de Ptolomeo I, quien lo ayudó a recuperar Babilonia cuando derrotaron a Antígono en Gaza (312 a.C.).

En los años siguientes, Seleuco extendió su imperio para incluir Media, Susiana y la India Noroccidental. En el 301 a.C., logró el control de Siria y gran parte de Asia Menor cuando derrotó a Antígono en Ipsos. Impuso a Antioquía como la nueva capital y promovió con avidez el helenismo a lo largo de su imperio. Su ascenso al poder, que casi lo llevó al trono de Macedonia, se interrumpió cuando un hijo exiliado de Ptolomeo lo asesinó.

ANTÍGONO (Antígonus)

ANTÍGONO

Uno de los generales de Alejandro Magno, entre los primeros de los diádocos. Sátrapa en Frigia durante la vida de Alejandro, él comenzó a ampliar su poder a través de oriente en 316 a.C. Él reclamó la corona en 306, designándose así el sucesor de Alejandro. Atacado por una coalición de otro diádoco, él fue muerto en batalla en 302.

Casandro de Macedonia: (griego: Κάσσανδρος, Kassandros Antipatros; h. 350– 297 a. C.)

Casandro de Macedonia

Rey de Macedonia (305 – 297 a. C.), fue un hijo de Antípatro, y fundador de la dinastía antipátrida.

Después de la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio, siendo protagonistas durante veinte años de grandes luchas y peleas por obtener el poder. Fueron los llamados diádocos, (διάδοχοι) o sucesores.

Nació alrededor del año 350 a. C. y era hijo del general macedonio Antípatro, uno de los generales de Alejandro Magno; quien al morir en el año 319 a. C. dejó estipulado en su testamento que le sucediera en la regencia de Macedonia su compañero Poliperconte. Los historiadores coinciden en afirmar que no confiaba demasiado en las dotes que este hijo pudiera tener para gobernar, así es que no le nombró en su testamento como sucesor de la regencia. Sin embargo, en el año 305 a. C., Casandro obtuvo el poder mediante un golpe de Estado y se hizo nombrar rey de Macedonia, reinado que duró hasta el año 297 a. C. Durante estos años Grecia fue gobernada por una pequeña élite, a la que respaldaban las tropas destacadas allí.

Sus rivales no le reconocieron como monarca hasta el año 301 a. C. en que se dio la Batalla de Ipsos. En este combate se unieron Casandro, Lisímaco de Tracia y Seleuco I Nicátor contra el general Antígono I Monóftalmos (uno de los generales de Alejandro Magno), que se había hecho con el poder de casi todo el imperio macedonio. Antígono murió en esta batalla. Según algunos historiadores, Casandro se alió con Ptolomeo, Lago y Antígono contra Poliperconte, gobernador de la Macedonia.

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DOCTRINAS DE CRISTO

Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología. Sus otras obras usualmente se tratan bajo la cristología. La doctrina se puede organizar más o menos en orden cronológico. Primero viene un estudio del Cristo antes de su encarnación y esto sería seguido de una sección sobre Cristo en Su humillación, durante Su vida terrenal.

Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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