JOSÉ Y EL EMBARAZO DE MARÍA

El Ángel Gabriel Hablando Con María

José Y El Embarazo De María: En su defensa del mesiazgo de Jesús de Nazaret, Mateo no se limita solamente a un análisis de profecías y de textos bíblicos. También funda sus argumentos en las mismas circunstancias y hechos de la vida de Jesús. Es un principio constante de la vida cristiana que lo que es auténtico en ella debe ajustarse (1) a la Palabra de Dios, y (2) a la experiencia real. No debemos predicar a otros lo que no sea una realidad para nosotros ni lo que no se apoye en la revelación de Dios en su Palabra.

CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO

Si Mateo hubiera limitado sus defensas a un estudio de textos, habría faltado algo en sus argumentos. Así pues, después de ofrecernos una defensa «objetiva» de las credenciales de Jesús mediante los datos históricos de la genealogía, ahora nos presenta el otro lado de la moneda: Jesús demuestra ser el Mesías también por los hechos de su vida. Esta evidencia experimental, existencial, se presenta a lo largo de todo el Evangelio de San Mateo, y es nuestro estudio de la vida de Jesús en su conjunto el que nos llevará, en última instancia, a la convicción personal de que Jesús es el Mesías. Pero esta evidencia comienza ya en el primer capítulo: con el sueño que recibió José (Mateo 1:18–20).

UNA CUESTIÓN DE ESTRUCTURAS

En el versículo 18 del primer capítulo de su Evangelio, pues, Mateo empieza su narración de los hechos y dichos de la vida de Jesucristo. Antes de entrar en materia, sin embargo, debemos detenernos un momento para considerar la estructura de la narración de estos primeros capítulos. Debemos hacerlo porque se trata de una estructura clarísimamente marcada por ciertas divisiones literarias. Estudiar estos capítulos sin tener en cuenta las divisiones y paralelismos señalados por el mismo autor, sería ignorar aspectos importantes de su mensaje y, posiblemente, equivocarnos en cuanto a su interpretación.
El Mateo 1:18–25 constituye el primero de los tres episodios en torno al nacimiento de Jesús contados por Mateo. El no pretende explicarnos todo aquello que ocurrió en aquellos días. Se limita a tres episodios por razones que tienen que ver con el mensaje que desea comunicarnos. Su selección de los hechos tiene una finalidad.
De estos tres episodios el protagonista es José. Suya ya ha sido la genealogía. (En contraste tenemos el Evangelio de Lucas que, como hemos dicho, nos cuenta la Navidad desde la perspectiva de María).
Pero ¿cuáles son estos tres episodios? El primero (Mateo 1:18–25) tiene que ver con el mismo engendramiento de Jesús. El segundo (Mateo 2:1–15) trata de la visita de los Magos y su consecuencia inevitable: la huida de la sagrada familia a Egipto. El tercero (Mateo 2:16–23) narra la matanza de los inocentes y el retorno de la familia a Nazaret.
Y ¿por qué dividir el texto de esta manera? ¿No sería más lógico, por ejemplo, tratar la visita de los Magos, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes y el regreso a Nazaret como cuatro episodios diferentes?
Si yo defiendo la idea de tres secciones es debido a las estructuras literarias, conscientemente introducidas por Mateo, que exigen nuestro respeto. Son ellas, no nuestro propio criterio personal, las que deben establecer las divisiones del texto.
Si observamos con cuidado la narración de Mateo, veremos que cada una de estas secciones sigue el mismo patrón. Hay una serie de paralelismos entre ellos que confirma una intención explícita en la redacción:
1.- Cada una de las tres secciones empieza con el planteamiento de una circunstancia que da origen a trastornos en la Familia Sagrada.
a.- El embarazo de María.
b.- La visita de los Magos.
c.- La matanza de los niños en Belén.
2.- En cada caso esta circunstancia provoca un peligro que amenaza la seguridad del niño Jesús:
a.- El nacer sin hogar, hijo de una madre soltera.
b.- La paranoia de Herodes, y su determinación de eliminar al niño.
c.- El peligro, no menos terrible, de una posible persecución por parte del rey Arquelao.
3.- En cada caso es José, como padre legal de Jesús, quien debe afrontar el peligro y buscar solución.
4.- En cada caso Dios interviene por medio de un ángel para poner a José en aviso del peligro e indicarle el camino a seguir. Aquí el paralelismo entre las tres secciones es tan patente que el texto es literalmente igual en el griego:
a.- He aquí un ángel del Señor le apareció en sueños, y le dijo… (1:20)
b.- He aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo.… (2:13)
c.- He aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José.… diciendo.… (2:19–20)
5.- En cada caso la situación es contemplada, no como una casualidad de la historia, sino como el cumplimiento de la voz profética del Antiguo Testamento. Nuevamente el lenguaje es textualmente igual en cada caso:
a.- …para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo… (1:22)
b.- …para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo… (2:15)
c.- …para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas… (2:23)

6.- En cada caso el aviso del ángel es correspondido por la pronta obediencia de José. Nuevamente Mateo emplea el mismo vocabulario en cada caso a fin de subrayar para nosotros el paralelismo del texto. El paralelismo queda diluido en nuestra versión (1.960), porque los traductores han empleado distintas palabras para traducir una misma palabra en el griego. Pero en cada caso queda claro que José hizo dos cosas al saber la noticia del ángel: en primer lugar «se levantó» (así traducido en 2:21, aunque en 1:24 y 2:14 se emplea el verbo «despertar»; la idea no es la de «despertarse» a la mañana siguiente y luego empezar a obedecer al ángel, sino de «levantarse» inmediatamente a fin de cumplir puntualmente con las instrucciones divinas); en segundo lugar «tomó» o «recibió» (el verbo es el mismo en el original) a María y a Jesús (ver 1:24; 2:14; 2:21).
7.- Así pues, en cada caso la amenaza es obviada por la actuación del José, en obediencia al ángel, al «tomar» a la Familia Sagrada y llevarla a un lugar de seguridad:
a.- En primer lugar, lleva a María a su propia casa. Jesús no es mencionado por nombre (1:24) porque aún está en el vientre de su madre, pero es a ambos que José da abrigo.
b.- En segundo lugar, los lleva a Egipto, huyendo del terror sembrado por Herodes.
c.- En tercer lugar, los lleva a Nazaret, fuera del alcance de Arquelao.

Estos son los paralelismos que existen en las tres secciones, tanto en su contenido como en el mismo lenguaje y vocabulario. Son tantos que no nos puede caber la menor duda en cuanto a que se trata de una técnica conscientemente empleada por Mateo a fin de llamar nuestra atención a la estructura y, por ella, a la comprensión espiritual de su narración. No podemos ser fieles al texto e ignorar estas divisiones.
Esto aclarado, podemos proceder a mirar la primera de ellas, la que nos cuenta el embarazo de María.

EL EMBARAZO DE MARÍA (v. 18)

Para entender la situación planteada en 1:18–25, es necesario comprender las costumbres matrimoniales de los judíos de aquella época. Por supuesto, era una época en la que el matrimonio era decidido y organizado por los padres. (Así ha sido en la mayoría de épocas y culturas humanas. Nuestra situación, en la que el mismo joven elige a su novia y luego entre los dos deciden los detalles de su matrimonio y nuevo hogar, es una excepción en la historia. ¡Mayormente se ha considerado que éstas son cuestiones demasiado serias como para poder dejarlas al azar de pasiones juveniles y criterios de personas inmaduras!)
Los padres, pues, primero establecían un compromiso verbal con sus «consuegros». Esto podía ocurrir cuando los «novios» aún eran niños. Naturalmente pesarían mucho en esta decisión consideraciones de afinidad socio-cultural, intereses económicos, la amistad y los recursos materiales de la futura pareja, como también consideraciones espirituales y psicológicas. Una familia creyente buscaría casar a sus hijos con otra familia creyente, y estudiaría el carácter, la estabilidad emocional, la honradez y demás virtudes (y defectos) de la otra familia. Como he dicho, era un asunto serio y lo de menos era una afinidad erótica entre los jóvenes. Esto llegaría después de casados.
Lo más probable es que allá en Nazaret, hacía años, las familias de José y María habían llegado a este tipo de compromiso. Durante esta primera fase de la relación cualquiera de las dos partes contrayentes podían dar marcha atrás sin grandes consecuencias sociales.
Luego llegaba el día de los «desposorios». Aquel día el compromiso se hacía legal. A partir de aquel momento el contrato entre los novios era firme, ratificado ante los ancianos del pueblo y en presencia de testigos. Era un compromiso tan solemne y vinculante que los novios eran ya considerados «marido y mujer» y sólo podían separarse mediante un divorcio legal. Sin embargo, aún no había llegado el momento de la boda. Después de ratificar el compromiso los novios volvían cada cual a casa de sus padres y allí vivían durante un año más. Durante aquel año no había ningún tipo de contacto físico entre ellos.
La relación sexual quedaba para después de la boda, al final de aquel año. La boda misma era una celebración espléndida, un banquete que frecuentemente duraba siete días. Sólo después iba la novia a casa del novio y empezaba la convivencia.
El año de desposorios existía precisamente para asegurar que la novia no estuviera previamente embarazada. Si durante aquel período el embarazo era detectado el castigo de la ley era muy claro:

«Si hubiera una muchacha virgen desposada con alguno, y alguno la hallare en la ciudad, y se acostare con ella; entonces los sacaréis a ambos a la puerta de la ciudad, y los apedrearéis, y morirán» (Deuteronomio 22:23–24).

Y es precisamente durante aquel año de desposorios, cuando José y María se han comprometido legalmente como marido y mujer (ver v. 19, «su marido»; y v. 20, «tu mujer») pero aún no han celebrado la boda ni han empezado a convivir juntos, que José descubre que María está encinta. Dice el texto (v. 18) que estaban desposados, pero aún no se habían juntado, cuando se halló que María había concebido del Espíritu Santo.
Ponte un momento en el lugar de María. Sabes que no has sido infiel a José, que aún eres virgen, que tu embarazo no es el resultado de ninguna relación matrimonial con José ni mucho menos con otro hombre, sino, conforme a las palabras del ángel Gabriel (ver Lucas 1:26–33) es consecuencia de una intervención divina única en la historia, la operación vivificante del Espíritu Santo.
Ahora tienes que explicarlo a José. ¿Te imaginas con qué temor y temblor? Precisamente porque es un hecho único en la historia sabes que ningun hombre, ni siquiera alguien tan generoso y comprensivo como José, te lo va a creer. ¿Te imaginas cuál habrá sido la angustia de María al ver que José efectivamente no creía su historia?

LA REACCIÓN DE JOSÉ (v. 19)

Ahora pongámonos en el lugar de José. ¿Qué dirías -o más bien, qué creerías- si tu novia te dice que está embarazada? Sabes que no has tenido relaciones con ella. Supondrías lo peor, ¿verdad? Y si luego ella te dijera: Pero mira, ha sido un milagro; me vino un ángel para decirme que iba a ocurrir; el hijo que espero es obra del Espíritu Santo… ¿qué dirías? ¿Aceptarías que precisamente a tu novia le ha tocado vivir una intervención divina única en la historia? No. Si eres como yo, tu reacción sería de escepticismo. O bien creerías que, además de inmoral, esta chica que tenías por pura y fiel es embustera. O bien dudarías de su sanidad mental.
Pero aquí se manifiesta la bondad de José. Seguramente él pasó horas, quizás días o semanas, de gran angustia. Estaba convencido de que María le había sido infiel. Por lo tanto, no estaba dispuesto a proseguir con el matrimonio ni recibirla en su casa. Por otra parte, no hacer nada sería muy comprometedor para él. ¿Qué pensaría el pueblo de él cuando el embarazo llegara a ser evidente?
Por otra parte, él amaba a María. Desde hacía tiempo la había tenido por su prometida y esposa. Conocía sobradamente la buena reputación de virtuosa y amables que ella tenía en todo el pueblo. Le costaba muchísimo asimilar la noticia de su infidelidad. No casarse con ella traía abajo todas sus esperanzas e ilusiones.
El era justo. Es decir, él amaba la ley de Dios, la verdad y la rectitud. Muchos que van por la vida haciendo alarde de su propia veracidad y honradez -«yo siempre con la verdad por delante»- no habrían vacilado en denunciar a María «en honor a la verdad». Pero «ser justo», en el sentido bíblico de la frase, no sólo es cuestión de la verdad; también lo es del amor, la misericordia, la bondad, la lealtad.
Le quedan a José dos opciones. Por un lado él podía iniciar un proceso jurídico contra María y denunciarla ante los ancianos y testigos. Es probable que ella no sufriera la pena capital porque, con el paso de los siglos, los judíos habían introducido muchas excepciones y modificaciones a la ley del Antiguo Testamento. Pero estaría expuesta a una humillación que la dejaría marcada para siempre.
Por otro lado podía darle carta de divorcio (ver Deuterononio 24:1–2) y despedirla definitivamente. Así no justificaría tan fácilmente su propia reputación, pero al menos le ahorraría a María la vergüenza de un escándalo público.
José opta por este segundo camino. No por cobardía sino por generosidad. No por descuidar la verdad y la justicia, sino por entender que ellas deben ir acompañadas de la misericordia. Así pues, «no quería infamar a María sino quiso dejarla secretamente».

LA VISITA DEL ÁNGEL (v. 20)  El Ángel Gabriel Hablando Con María; José Y El Embarazo De María

José ha tomado su decisión. Sin embargo, antes de que él pueda ponerla en práctica, algo ocurre que le hace cambiar de idea.
Tiene que haber sido algo muy importante. Debemos recordar que José ha sido ofendido en su honor por la mujer que amaba. También debemos recordar que, ante los ojos del pueblo, si él recibe a María en su casa, sería tanto como confesar la paternidad del niño y aceptar la vergüenza social del embarazo. Alguien que se siente profundamente dolido y traicionado, abrumado por la confusión emocional y sentimental, difícilmente va a asumir el peso moral y social de la situación de la cual él mismo es víctima, a no ser que algo intervenga para aclararle la confusión, sanarle la herida, y restaurlarle la confianza en la persona amada. Además, en el caso de José, algo importante habrá ocurrido para inducirle a dar al hijo de María el nombre de Jesús.
Mateo nos dice que lo que ocurrió fue un sueño, y la aparición del ángel del Señor en el sueño. Tiene que haber sido un sueño muy poderoso y real. Su impacto es tal que, inmediatamente, José se levanta y obedece las instrucciones del ángel, sin ni un momento de vacilación ni de duda.
Como hemos visto, esta es la primera de tres veces en las que el ángel aparece a José en la narración de Mateo. Curiosamente en el Evangelio de Lucas el ángel también aparece tres veces: a Zacarías, a María y a los pastores. En la narración de Mateo el ángel siempre aparece por la noche en sueños. En cambio, en Lucas aparece en el curso normal de la vida diaria: a Zacarías mientras realiza sus funciones sacerdotales en el Templo; a María en su casa; a los pastores cuando velan las ovejas. Pero el impacto en José no es menor que en los otros tres.
El ángel empieza su mensaje saludando a José con las palabras «Hijo de David». En seguida recordamos la tesis principal de la genealogía de la primera parte del capítulo: que Jesús es el heredero legítimo del trono de David, y el cumplimiento de las esperanzas mesiánicas prometidas a Israel desde tiempos de Abraham. Con este título el ángel ya anticipa el carácter mesiánico de su anuncio.
Luego procede a explicarle los hechos ocurridos, y su origen divino. Sus palabras coinciden plenamente con lo que José seguramente ya ha escuchado de labios de María: «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es». María no le había sido infiel.
Con estas palabras, lo que hasta ahora le parecía a José la mayor desgracia de su vida, se va conviertiendo en el mayor privilegio imaginable. Dios mismo ha visitado el hogar que él está en vías de formar, y lo ha hecho de una manera única en la historia. Como María, él ha sido elegido para cuidar del Hijo de Dios en su infancia indefensa.
El ángel no sólo da explicaciones. También da instrucciones:

-«No temas recibir a María tu mujer» Con esta frase, «no temas», tan típica del anuncio angelical (Lucas 1:13, 30; 2:10), el mensajero divino demuestra su conocimiento del corazón de José. Si José «temía» recibir a María, o bien era por las repercusiones sociales, o bien por desconfiar en María misma. Pero el solo hecho de temer indica que la inclinación de su propio corazón habría sido de seguir adelante con el matrimonio. El ama a María. Ahora, con las dudas aclaradas, el deber de José también se hace claro. María es su mujer. Necesita el abrigo de su marido y un hogar en el cual poder refugiarse de las críticas del pueblo. José debe asumir su responsabilidad conyugal, solidarizarse con María en su dificultad, y recibirla en su casa.
-«Y llamarás su nombre Jesús» (v. 21). Era función del padre nombrar a su hijo. El verdadero Padre de este niño ya ha determinado cuál ha de ser su nombre. Pero ahora el ángel dice a José que él ha de asumir la paternidad legal del niño ante la sociedad. No le corresponde a él elegir el nombre. Sí le corresponde declarar ante las autoridades del pueblo cuál será su nombre y así tomar sobre sí, delante de todos, la responsabilidad de cuidar y formar a este niño como si fuera hijo suyo.

LA OBEDIENCIA DE JOSÉ (vs. 24–25)

Nada más «levantarse» del sueño, José se pone a realizar con toda prontitud lo que el ángel le ha mandado.
«Recibe» a su mujer. Es decir, adelanta la fecha de la boda. La busca y la lleva a su casa, sin esperar el cumplimiento del año de los desposorios. A fin de proteger a María del chismorreo del pueblo y de asegurar que el Niño nazca en el seno de una familia ya constituida, él hace lo necesario para que el matrimonio quede legalmente ratificado ya. No debemos perder de vista lo que antes veíamos: que al recibir a María en su casa, José permite que las malas lenguas vengan dirigidas hacia él. Estaba dispuesto a pagar el precio.
Recibe y cuida a María. Pero sin consumar el matrimonio hasta después del nacimiento de Jesús. Mateo no nos dice por qué fuera así. Sin embargo, podemos suponer que no sólo era por respeto a la naturaleza sagrada de aquel que María llevaba en el vientre, sino también para descartar toda clase de duda de que el engendramiento de Jesús fuera obra del Espíritu Santo. Nuestro texto es bien explícito. José no tuvo ninguna parte posible en la concepción de Jesús.
El sentido natural y sencillo de la frase («no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito») es que después del nacimiento y los ritos obligatorios de la purificación, José y María tuvieron relaciones matrimoniales normales.
Hay varios factores que nos llevarían a esta conclusión, además del lenguaje de estos versículos:
1.- Las costumbres hebreas. En aquella sociedad el sexo en el matrimonio era considerado no sólo bueno sino necesario. Había recibido la bendición divina (Génesis 1:28; 9:1). Y era esperado como normal (Proverbios 5:18; Salmo 127:3). El celibato sólo iba a ser admitido como válido en la tradición judeo-cristiana a partir de Cristo y los apóstoles, y ellos sostenían la costumbre hebrea de sólo abstenerse de relaciones sexuales dentro del matrimonio en momentos excepcionales, por razones específicas y durante un período corto (1a̱ Corintios 7:5, 9). La abstinencia durante el embarazo de María correspondería a esto, pero no una virginidad perpetua, que los judíos tendrían por aberrante.
2.- Los «hermanos» de Jesús. Con frecuencia los evangelios hablan de los «hermanos» de Jesús. (Para mayor detalles, ver el comentario de Hendriksen, p. 144). Es bien cierto que esta palabra solía emplearse en el primer siglo con un uso más amplio que en la actualidad, y podía abarcar a otros parientes. Pero su sentido natural sigue siendo «hermano». Sólo si uno supone de antemano que Jesús no tuvo hermanos carnales, entonces se tendría que pensar que se trata de primos. Pero por lo demás es de suponer que los «hermanos» de Jesús son hijos de José y María.
Todo el peso de la evidencia, por lo tanto, señala hacia una vida matrimonial normal después del nacimiento de Jesús y la procreación de otros hijos. En realidad la doctrina católica de la virginidad perpetua de María procede, no de evidencias bíblicas, sino de prejuicios paganos de siglos posteriores. Presupone que el celibato y la virginidad son más «santos» que el matrimonio, y que hay algo intrínsecamente inmundo en el acto sexual, aun dentro del matrimonio. Ambas son ideas desconocidas por la Biblia.
Sin embargo, volvamos a cuestiones menos polémicas. El último detalle de la obediencia de José, recogido en nuestro texto, es su nombramiento del Niño. No sólo recibe a María por mujer, también recibe al hijo de María por hijo propio. Con el nombramiento José asume públicamente su papel paterno.
El significado del nombre que le concede, Jesús, siguiendo siempre las instrucciones del ángel, será el tema de nuestro próximo capítulo.

José Y El Embarazo De María

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