Y Fue Contado Con Los Pecadores

Y Fue Contado Con Los Pecadores: Aún nos quedan algunas frases de la genealogía que no hemos examinado. Vamos a mirarlas una por una.

«MARIDO DE MARÍA, DE LA CUAL NACIÓ JESÚS» v. 16

Primero volvamos a esta frase del versículo 16, que ya hemos dicho fue añadida por Mateo al no poder seguir con su fórmula habitual, por cuanto Jesús no fue engendrado por José. El dará la explicación oportuna más adelante (en los vs. Mateo 18–25). Ahora se limita a una afirmación concisa y exacta de la relación entre Jesús y sus padres: «José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo».
Quizás nuestra reacción natural ante esta afirmación sea la de preguntar: ¿para qué darnos la genealogía de Jesús a través de José, si José no era su padre físico? ¿Para qué hablarnos tanto de «engendramiento» si precisamente Jesús no fue engendrado por José?
Nuevamente hemos de buscar una respuesta en la mentalidad que predominaba en aquel entonces. Hemos dicho que para los judíos lo que contaba en asuntos de linaje era la paternidad, de ahí que hay un énfasis sobre el engendramiento más que sobre el nacimiento. Pero igualmente válida para ellos era una paternidad por vía legal, por adopción o, en el caso de José, por haber asumido la «patria potestad» en ausencia de otro padre humano. En el primer siglo, la razón por la que era importante establecer la paternidad no tenía que ver con los genes, ni con consideraciones de salud, sino con asuntos de herencia y linaje. Y para estos efectos era tan válida la paternidad legal como la física.
Jesús, por lo tanto, era legalmente hijo de José. Ningún judío lo habría cuestionado. Y José indudablemente era hijo de David. (El ángel así le saluda en 1:20). Así pues, Jesús recibe su derecho de heredero del trono de David a través de José.
Curiosamente es posible que haya otro ejemplo de paternidad legal en esta genealogía. Se trata del caso de Zorobabel. En 1o̱ Crónicas 3:17–19 parece ser que Zorobabel no es hijo de Salatiel sino de Pedaías, y que Salatiel habría sido su tío. Y, sin embargo, no sólo Mateo, sino Esdras y Hageo, dicen que Zorobabel es «hijo de Salatiel» (cp. Esdras 3:8; Hageo 2:23). Una posible resolución de esta dificultad consiste en que Salatiel habría sido el abuelo de Zorobabel y Pedeías su padre. Pero otra posibilidad, la que representaría una paternidad legal, es que Salatiel fuera el tío paterno de Zorobabel y que por alguna razón -quizás por no tener hijos propios- le hubiera adoptado.
En todo caso queda bien claro que José era el padre legal de Jesús. Le costó mucho sacrificio a José asumir esta paternidad (como veremos). Pero Dios le honró, incorporando al Mesías en su linaje, de forma que legítimamente Jesús puede ser llamado el «hijo del carpintero».

«JUDÁ Y SUS HERMANOS» v. 2

Ahora volvemos al principio de la genealogía. En el versículo 2 Mateo hace referencia a los hermanos de Judá. Estos doce hijos de Jacob eran cabezas de las doce tribus de Israel, a las cuales dieron sus nombres. ¿Por qué los menciona Mateo?
Una razón posible es que Judá no era el mayor de los hermanos. En general, al menos hasta el final de los reyes de la segunda columna, los nombres de las genealogías corresponden a primogénitos. Esto es de esperar en la genealogía de una casa real. Sin embargo, es del todo probable que no todos los nombres de la tercera columna sean de hijos mayores. No hay nada en el Nuevo Testamento que nos haga pensar que Jesús fuera el heredero del trono de David por ser el primogénito de antepasados primogénitos. Como David mismo, no había de ser Rey por ser el hijo mayor, sino por ser el vástago de Isaí elegido por Dios. Sin embargo convenía anticipar cualquier duda en cuanto a la realeza de Jesús. Cualquiera que dudara de sus derechos reales por no ser del linaje primogénito, haría bien en recordar el caso de Judá. El tenía tres hermanos mayores -Rubén, Simeón y Leví- y, sin embargo, Jacob, en su bendición final (Génesis 49:10), le señaló a él como portador del cetro de Israel.
El argumento más poderoso en contra de esta interpretación de la frase se encuentra precisamente en que David era un mejor ejemplo aún, ya que era el más pequeño de la familia, y sin embargo Mateo no menciona a sus hermanos.
Es más probable, pues, que Mateo incluya esta frase por otra razón, la de incluir a todos sus lectores hebreos dentro del ámbito de la genealogía. Al mencionar a los hermanos de Judá, implícitamente Mateo señala el lugar de cada una de las tribus de Israel dentro de la esperanza mesiánica de la genealogía, y su vinculación y parentesco con Jesús de Nazaret.
Por diferentes referencias neotestamentarias es obvio que todos los judíos daban mucha importancia a su descendencia tribal. Si no sabían a qué tribu pertenecían, difícilmente podían asegurar que fueran hijos de Abraham. Así pues, sabemos que Zacarías era de la casa de Abías y Elisabet de los hijos de Aarón, mientras Ana era de la tribu de Aser, para sólo mencionar algunos de los personajes que aparecen en torno al nacimiento de Jesús (ver Lucas 1:5; 3:36). A tales personas Mateo podía decir: vosotros encajáis aquí en el linaje del Mesías; vosotros también tenéis parte en Él.
En su Evangelio Mateo iba a enseñar el carácter universal del reino de Jesús y la incorporación de los gentiles en Él. Pero con esta pequeña frase Mateo indica discretamente que Jesucristo vino «primeramente a los judíos» (Romanos 1:16).

«FARES Y ZARA» v. 3

Otra referencia cuya razón de ser no es fácil de determinar es la mención de Zara como hermano de Fares. Quizás se debe a que estos hermanos eran gemelos, y a que «por una disposición inesperada de la providencia divina» (Hendriksen) Fares consiguió la primogenitura en el último momento. Lo que dificulta esta interpretación es que Esaú también era hermano gemelo de Jacob, y Jacob le quitó inesperadamente la primogenitura y, sin embargo, Esaú no aparece en la genealogía.
Entonces ¿por qué figura aquí Zara? Zara era aquel niño que, en el momento del parto, sacó la mano del vientre de Tamar. La partera, creyendo que él iba a salir primero ató a su mano un hilo de grana. Pero Zara retiró la mano y salió primero Fares (ver Génesis 38:27–30). Zara, pues, es el niño del hilo de grana. Nada más sabemos de él.
Un hilo de grana. Si no me equivoco hay un solo caso más en el que las Escrituras mencionan explícitamente un hilo de grana. Fue cuando los espías hebreos, enviados por Josué a explorar las condiciones físicas y morales de Jericó, buscaron refugio en casa de Rahab. Ella manifestó fe en Jehová y dio protección a los espías, por lo cual, su casa se salvó de la destrucción de la ciudad. A fin de reconocerla los espías le dijeron que atara a la ventana de la casa un cordón de grana (Josué 2:18–19, 21). La casa de Rahab era identificada por los judíos como la «casa del hilo de grana».
Si miramos el versículo 5 de la genealogía vemos que ¡sorpresa de sorpresas! aparece Rahab. ¿Hay coincidencia aquí?
Desde luego, un hilo de grana recorre toda la historia del pueblo del Mesías. Está allí cuando Dios provee el «cordero para el holocausto» en sustitución de Isaac (Génesis 22:8, 13). Está allí cuando Naasón pintó de sangre los dinteles de la puerta de su casa en Egipto, para que el ángel vengador no matara a Salmón. Estaba allí en los sacrificios del templo construido por Salomón. Estaba allí cuando «en días de Uzías, Jotám, Acaz y Ezequías» Isaías proclamó en nombre de Dios: «Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (Isaías. 1:1, 18). Es un hilo de sangre que nos habla de sacrificio y sustitución (Zara), de protección y salvación (Rahab). Es un hilo que encuentra su fin y culminación en la cruz de Jesús, el Mesías.

TAMAR, RAHAB, RUT Y BETSABÉ

Y ahora el lector atento habrá observado que, de todas las frases especiales introducidas por Mateo en su genealogía, sólo nos quedan por contemplar las referencias a cuatro mujeres: Tamar (v. 3), Rahab (v. 5), Rut (v. 5) y «la que fue mujer de Urías» es decir, Betsabé (v. 6).
Entre los antepasados de Jesús encontramos muchos de los grandes héroes de la fe. De hecho, es difícil imaginar que una sola persona pudiera tener un linaje más ilustre. Consideremos algunos de ellos:

Abraham: El «Padre de la fe», el que inicialmente recibió la promesa, y fue tenido por el amigo de Dios.
Isaac: El hijo de la promesa.
Jacob: Quien luchó con Dios y recibió, no sólo su bendición, sino un nuevo nombre: Israel, «príncipe de Dios».
Judá: El que se ofreció a sí mismo como seguridad de Benjamín.
Aminadad: El suegro de Aarón.
Naasón: Líder de la tribu de Judá en su marcha por el desierto y el primero en ofrecer ofrendas para la dedicación del altar.

Booz: El «redentor».

De David y de Salomón no necesitamos decir nada. Ni apenas de otros reyes de la lista, que gobernaron en el temor de Dios y vieron prosperidad: Asa, Josafat, Uzías, Jotám, Ezequías y Josías. Aun en la tercera columna, cuyos nombres son de personas desconocidas en su mayoría, aparece un Zorobabel, responsable del primer grupo de repatriados que volvió a construir el Templo en tiempos de Ciro de Persia.
Sin embargo, no todos los antepasados son tan gloriosos, y aun entre los que acabo de mencionar había mucho pecado (el engaño de Jacob, la inmoralidad de Judá y David, la sensualidad de Salomón…). Varios de los reyes de Judá eran hombres idólatras, algunos violentos, otros débiles. Uno de ellos, Manasés, a pesar de su arrepentimiento tardío, consiguió una reputación tal de impiedad que su nombre se convirtió en símbolo de apostasía, injusticia y crueldad.
Si Mateo elige incorporar algunas mujeres en la genealogía (cosa poco común en aquel entonces) ¿qué clase de mujeres son?
Seguramente si nosotros hubiéramos escrito este evangelio, habríamos incluido a algunas de las mujeres más virtuosas e ilustres. Nuestra genealogía habría rezado: Abraham engendró de Sara a Isaac, Isaac de Rebeca a Jacob, Jacob de Lea a Judá.… Pero nada de esto. No es que las cuatro mujeres hayan sido especialmente malas (Rut, por ejemplo, es uno de los personajes más atractivos de la Biblia), pero ninguna de ellas merecía estar en la genealogía del Mesías. Su presencia viene a reforzar la idea de que Jesús tenía entre sus antepasados a unas personas poco deseables.
Pero para entender esto necesitamos recordar brevemente quiénes son:
TAMAR. No sólo era la esposa de Judá ¡sino su nuera! Ella se vistió de prostituta y, siguiendo una tradición que ha perdurado hasta nuestros días, se colocó al lado de la carretera a fin de seducir a su suegro, quien había de pasar por allí. Puesto que las mujeres de entonces llevaban velo, Judá no la reconoció y fornicó con ella. El engendramiento de Fares y Zara, por lo tanto, fue un acto inmoral. Naturalmente Judá fue tan culpable como Tamar. Mucho más que ella si recordamos los detalles del caso. Su determinación de seducir a su suegro fue un acto de venganza, una reclamación de los derechos que Judá le había negado. Ella ya había estado casada con los dos hijos mayores de Judá, y las dos veces había enviudado. Aún le quedaba a Judá un tercer hijo y, según las costumbres de aquella época, Judá tendría que haberla casado con él a fin de «levantar descendencia» a sus hijos difuntos. Pero pudo más en Judá la superstición que el deber. Temiendo, pues, que perdería a su tercer hijo, decidió devolver a Tamar a casa de los padres (lo cual, para la mentalidad de entonces, era una desgracia y una vergüenza). Fue entonces que Tamar decidió que si no podía tener hijos con el cuñado, los tendría con el suegro. Su situación nos da pena. Pero mírese como se mire, era un engendramiento turbio y mezquino, caracterizado por la infidelidad y la lujuria.
Tamar hizo el papel de ramera. RAHAB era ramera profesional (Josué 2:1). Difícilmente podemos representar la degradación de su vida en una ciudad pagana como Jericó. Pero además, ella pertenecía a un pueblo del cual Dios había dado instrucciones de que todos debían ser eliminados por los judíos, debido a los excesos de su degeneración e idolatría.
Algo parecido ocurría en el caso de RUT. Ella era moabita, miembro de una nación de la cual Dios había dicho:

«No entrará moabita en la congregación de Jehová para siempre, por cuanto no os salieron a recibir con pan y agua al camino, cuando salisteis de Egipto, y porque alquilaron contra ti a Balaam hijo de Beor en Mesopotamia, para maldecirte … no procurarás la paz de ellos, ni su bien en todos los días para siempre» (Deuteronomio 23:3–6)

El libro de Deuteronomio podría haber añadido que los moabitas también fueron repudiados por Dios porque condujeron a Israel a la idolatría por vía de la fornicación (Números 25:1–3).
Rut misma era una mujer virtuosa, pero pertenecía a un pueblo excluido de la comunión con Israel por su inmoralidad. Y, sin embargo, ella no sólo fue admitida en Israel sino figura en esta genealogía como bisabuela de David.
Bien conocida es la historia de BETSABE. Mateo ni siquiera la llama por su nombre, porque tiene otra manera más significativa de referirse a ella. Cuando ella se acostó con el rey David, era «mujer de Urías». Luego, cuando ella se quedó encinta, David intentó encubrirlo por el engaño. Y cuando el engaño no tuvo éxito, David logró que Urías muriera en la guerra. Urías, que había sido uno de sus hombres valientes y leales. El adulterio, el engaño, el asesinato y la deslealtad eran las consecuencias de esta unión (ver 2o̱ Samuel 11).
Estas eran las cuatro mujeres mencionadas por Mateo. Al menos tres de ellas eran extranjeras. Tamar y Rahab eran cananeas y Rut moabita, y ya que Urías era hitita, es posible que Betsabé también lo fuera. Además los canaeos y moabitas eran pueblos explícitamente excluídos por Dios de la esperanza de Israel. No sólo esto, eran mujeres asociadas, directa o indirectamente, con la inmoralidad sexual.
¿Por qué, pues, han sido incluídas en la genealogía?
Algunos comentaristas indican que Mateo las incluye a fin de anticipar las preguntas y dudas que surgieron en sus lectores en torno al nacimiento de Jesús. Jesucristo mismo iba a tener que afrontar críticas acerca de la «irregularidad» de su nacimiento e incluso insinuaciones acerca de relaciones ilícitas entre sus padres. ¿No era esta la intención de aquellos judíos que le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación? (Juan 8:41).
Mateo contestará directamente a estas acusaciones en la segunda parte de este capítulo (vers. Mateo 18–25), demostrando que no hubo ningún amago de pecado en José y María sino que, al contrario, el carácter especial del engendramiento de Jesús se debió a la intervención directa de Dios mismo.
Otro matiz de esta misma crítica, sin embargo, podría haber mermado la confianza de los primeros creyentes hebreos: un nacimiento algo sospechoso, que daba pie al escándalo, no encajaba bien en el concepto tradicional de un Mesías glorioso y triunfante. ¿Cómo puede Dios permitir tal situación?
Por la misma razón -contesta Mateo- por la que permitió que el linaje de los reyes de Israel, de David, y Salomón, fuera corrompido: por su misericordia. Es cierto que en el momento del nacimiento de Jesús, los cielos se llenaron del canto de los ángeles. Pero no todo era «gloria y paz». Hay otra cara de la moneda. El que vino para salvar al nombre de su pecado, desde el primer momento tuvo que entrar en aquel ámbito pecaminoso que siempre ha caracterizado a la humanidad, y llevar sobre sí las críticas y sospechas del pueblo.
En otras palabras, la genealogía no es sólo una presentación de las credenciales de Jesús como Mesías. También Mateo tiene interés en hacernos ver qué CLASE de Mesías Jesús iba a ser. Otra vez debemos recordar que este Evangelio fue escrito para lectores judíos y que ellos tenían ciertos preconceptos acerca del Mesías. Esperaban a un Rey guerrero, libertador, que establecería, esto sí, un reino de justicia, pero que lo haría por vencer a los romanos y reivindicar las aspiraciones imperiales de la nación hebrea.
Jesús iba a ser un Mesías muy diferente de lo que ellos esperaban. El venía para salvar a su pueblo, no de los romanos, sino de su pecados (Mateo 1:21). Desde el primer capítulo Mateo quiere aclarar que la misión mesiánica de Jesús tendría, en primer lugar, una finalidad moral y no política.
Y si este Mesías venía con el propósito de solucionar el problema del pecado, haciéndose pecado por nosotros, la genealogía nos recuerda que se identificó con este propósito en su mismo nacimiento. Mateo aquí nos demuestra una dimensión más de la humillación que Cristo conoció (Filipenses 2:7–8) cuando Dios le envió «en semejanza de carne de pecado» (Romanos 8:3) para condenar en él al pecado. No nació de una raza de superhombres, ni de santos, sino de pecadores como nosotros.
(Es de observar que mientras Mateo señala deliberadamente la corrupción del linaje de Jesús, hay los que pretender «purificarlo» mediante dogmas acerca de la naturaleza inmaculada de su madre que son desconocidos para la Biblia.)
Si Jesús hubiese venido como Mesías guerrero para realizar una liberación política de su pueblo, Mateo probablemente habría hecho hincapié en los grandes héroes militares del linaje. Pero porque vino a salvar a su pueblo de sus pecados y establecer el reino de Dios sobre una base de justificación y santidad, por esto el evangelista nos recuerda la miseria moral de sus antepasados.
Lo muy, muy grande de la encarnación es esto: Dios venía al mundo en la persona de Jesucristo, y venía para identificarse plenamente con la condición humana, para llevar sobre sí nuestro pecados. Hasta tal punto Él estaba «con nosotros». Él vino a ser «contado con los pecadores» y por esto nació del linaje de Tamar, Rahab, Rut y Betsabé.
Todo ello representa una gloriosa esperanza para nosotros. Ya estamos en pleno «evangelio» cuando aún no hemos salido de la genealogía. Porque Aquel que incluyó a pecadores y gentiles entre los ascendientes del Mesías también será capaz de incluirlos entre los descendientes.
Dos de estas mujeres no sólo eran gentiles, sino procedían de pueblos malditos por Dios. Y, sin embargo, hallaron misericordia ante Dios y fueron incorporadas a su pueblo. La gracia divina puede alcanzar a gentiles, a los que no son pueblo de Dios y hacerles su pueblo.
Este será uno de los temas del Evangelio, aun cuando Mateo escribe para los hebreos. Los primeros en adorar al Mesías (en la narración de Mateo) son astrólogos gentiles. Es en «Galilea de los gentiles» que la luz del ministerio púplico de Jesucristo primero brillará. En Capernaum, el que mostró más fe en Jesús fue el centurión gentil. Y el mandato que Jesús dará a sus discípulos, antes de su ascensión, es el de llevar el Evangelio a todo el mundo gentil.
Pero sus lectores judíos no deben pensar que sólo ahora Dios abre la puerta a los gentiles. Mateo quiere enseñarles que hay antecedentes en el Antiguo Testamento. De la misma manera que la frase «Judá y sus hermanos» incluye al pueblo hebreo entero dentro de la esperanza mesiánica, la mención de estas cuatro mujeres incluye al mundo gentil.
Igualmente tres de estas mujeres tocaron fondo en cuanto a la degradación moral. Pero aun allí pudieron ser alcanzadas por la misericordia de Dios. La genealogía es elocuente no sólo por lo que dice de la participación de gentiles en la esperanza mesiánica, sino también de la inclusión de pecadores en la salvación de Cristo.
Este será otro de los temas de este Evangelio:

«No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» (Mateo 9:13).

Jesús iba a ser criticado por su asociación con gente pecadora (Mateo 9:10), pero en esto no hizo más de lo que Dios mismo, en su providencia, había hecho en la genealogía.
Si Jesús ha venido a salvar a su pueblo de sus pecados, cae por su propio peso que sólo pueden ser salvos por Él aquellos que se reconocen pecadores.
Mateo había apreciado especialmente esta dimensión del Evangelio. Él había sido cobrador de impuestos («publicano») y como tal, un marginado social. La gente «buena» de entonces colocaba juntos a los publícanos y las prostitutas como la escoria de la sociedad. El evangelista sabía que si la gracia de Dios es capaz de rescatar a la prostituta Rahab, también lo es de salvar al publicano Mateo.
Si una ramera cananea encuentra la salvación, evidentemente no es por su vida virtuosa. Entonces ¿a qué se debe? Pues a la fe. A aquella fe que tan difícilmente Jesús iba a encontrar en Israel (8:10). Rahab es todo un ejemplo de aquel mismo principio que Jesús enseñaría explícitamente a la mujer con el flujo de sangre: «Tu fe te ha salvado» (Mateo 9:22).

«Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes» (Hebreos 11:31).

Y, por supuesto, no hay otra manera de entrar en la verdadera genealogía de Jesucristo (la de la cuarta columna) excepto por la fe.

«A todos los que le recibieron (a Jesucristo), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12–13)

La descendencia de Jesucristo, su «nueva genealogía», depende de otra clase de «engendramiento». No es el de un nacimiento carnal, sino una obra de Dios mismo. Y este engendramiento divino corresponde a aquellos que tienen fe en Jesucristo, que le reciben como Señor y Rey, que acuden a Él para que Él les salve de sus pecados.

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