LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN EN EL 70 D.C

DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN

Tabla de contenidos

El Período Posmonárquico de Israel, se refiere al período entre la destrucción neobabilónica de Jerusalén en el 586 a.C. y la destrucción de Jerusalén por los romanos en el 70 d.C.. Época formativa del judaísmo que fue testigo del nacimiento del cristianismo.

Resumen

El período desde el 586 a.C. al 70 d.C., conocido como el período posmonárquico, vio la transformación de la identidad nacional israelita en la comunidad étnico-religiosa conocida como judaísmo y, al final del período, el nacimiento del cristianismo. Este amplio período histórico se puede además subdividir en los períodos Neobabilónico, Persa, Helenístico (subdividido en Ptolemaico, Seléucida y Asmoneo) y Romano. Durante todos estos períodos, con excepción del Asmoneo, la tierra de Israel estuvo bajo el control de imperios extranjeros. Fue durante el período posmonárquico que la mayor parte de la Biblia hebrea se formó y tanto el judaísmo como el cristianismo surgieron como religiones reconocidas.

El período posmonárquico comenzó con la destrucción de Jerusalén y con el fin de la monarquía davídica en el 586 a.C. (2 Rey 25:8–12), culminando de esta manera la autonomía política israelita en Palestina. La destrucción neobabilónica, junto con las anteriores campañas neoasirias contra Israel en el 722 a.C. (2 Rey 17:5–6) y Judá en el 701 a.C. (2 Rey 18:13), crearon la Diáspora Judía, la cual continuó hasta los tiempos modernos. Según 2 Rey 25:12, “los pobres de la tierra”-una parte significativa de la población-permanecieron en Judá, la cual se había convertido en una provincia babilónica bajo la jurisdicción de un gobernador asignado (2 Rey 25:22). Pero el enfoque principal de la narrativa bíblica sigue a la porción de la población de Judá que fue deportada a Babilonia (e. d., el exilio babilónico) y a la incluso menor parte que regresó a Judá en el 538 a.C. tras la autorización de Ciro el Grande de Persia, quien conquistó Babilonia en el 539 a.C. (Esd 1).

Durante el período Persa, el pueblo judío reconstruyó el templo y los muros de la ciudad de Jerusalén (Esd 6:14–15; Neh 6:15), pero no pudo restablecer la monarquía davídica. En cambio, a Judá la rigieron gobernadores designados, quienes ejercían la autoridad en nombre del rey persa. A pesar de que la evidencia es escasa, los estudiosos como Grabbe y Fishbane creen que la Biblia hebrea comenzó a formarse durante el período Persa. También durante este período, el sacerdocio de Jerusalén llenó el vacío que dejó la monarquía davídica convirtiéndose en la institución central de la civilización judía en Judá. Judá fue una provincia persa hasta el 333 a.C., cuando Alejandro el Grande de Macedonia derrotó a los persas en la Batalla de Issos, tomando el control sobre Asia Menor y Siria, incluyendo Judá. Su victoria inició el período Helenístico en la historia de Israel.

Cuando Alejandro murió repentinamente en el 323 a.C., el vasto Imperio greco-macedonio se dividió entre sus generales (conocidos como los “diádocos”). Judá estaba generalmente bajo el control del reino ptolomeo egipcio hasta ca. 200 a.C., cuando el reino sirio seléucida, bajo el dominio de Antíoco III, tomó el control de Palestina. Mientras que las relaciones judías con los Ptolomeos eran generalmente pacíficas, el rey seléucida Antíoco IV “Epífanes” saqueó y profanó el templo en el 167 a.C. y lanzó severas persecuciones contra los judíos (que se reflejan en las visiones de Dan 7–12).

En respuesta, Judas Macabeo y sus hermanos dirigieron una resistencia judía y recapturaron el templo en el 164 a.C.. En el 142 a.C. Simón Macabeo estableció la independencia judía en Palestina, iniciando así el período Asmoneo: Un breve período de autogobierno judío que duró desde el 142 al 63 a.C.. La dinastía asmonea se diferenciaba de la dinastía davídica de Israel y Judá del preexilio en que los asmoneos eran de linaje sacerdotal, y en algunos casos un mismo individuo tomaba el cargo de rey y de sumo sacerdote. El conflicto interno llevó a que Roma interviniera, lo que resultó en la pérdida de la autonomía política judía en el 63 a.C., cuando Pompeyo conquistó Jerusalén y transformó Judea en una provincia romana.

El período Neobabilónico (586–539 a.C.)

El gobierno babilónico. El período Neobabilónico comienza cuando los babilonios destruyeron Jerusalén en el 586 a.C. y termina con la caída de Babilonia ante los persas en el 539 a.C.. El exilio babilónico de la clase alta de Judá fue un evento formativo del judaísmo y presenta un punto de inflexión en la narrativa de la Biblia hebrea. Según 2 Rey 24, el rey Joacim de Judá se rebeló contra Nabucodonosor de Babilonia en el 602 a.C.. En respuesta, los babilonios sitiaron Jerusalén en el 597 a.C. y capturaron al hijo de Joacim, Joaquín (quien había sido nombrado rey apenas tres meses antes), llevándolo prisionero a Babilonia junto con gran parte de la clase alta de Jerusalén. En su lugar, los babilonios pusieron al tío de Joaquín, Sedequías (Matanías), en el trono como un gobernador títere. Nueve años después, Sedequías también se rebeló. En el 586 a.C. el ejército babilónico destruyó Jerusalén y deportó a Babilonia a todos sus habitantes, con excepción de los más pobres (2 Rey 25:1–12; comparar Jer 52).

Nabucodonosor designó un gobernador en Judá en lugar de la monarquía (inicialmente Gedalías, hijo de Ahicam, a quien asesinaron algunos miembros de la familia davídica), presuntamente para asegurarse que la tierra permaneciera productiva como fuente de bienes dirigidos hacia Babilonia (2 Rey 25:22–25).

La tierra (¿vacía?). Se debate acerca del sistema administrativo neobabilónico y de la condición de Judá durante el período Neobabilónico a causa de la falta de evidencia. Hasta hace muy poco, el consenso general decía que Judá estuvo esencialmente vacía durante el período Neobabilónico (el llamado “mito de la tierra vacía”) con respecto a la actividad política y económica significativa. Sin embargo, recientemente, investigadores como Barstad han argumentado que los babilonios hicieron buen uso de las tierras conquistadas, tales como Judá, para así explotar sus recursos.

La información arqueológica del Tell en-Naṣbeh (Mizpa) es la clave para comprender el período Neobabilónico. Según 2 Rey 25:22–25 y Jer 40:5–6, Mizpa sirvió como la base administrativa de Gedalías hijo de Ahicam, a quien Nabucodonosor había asignado como gobernador de Judá. Las excavaciones han descubierto restos de un gran “edificio con estilo de patio de la tradición mesopotámica”. Mientras que la mayor parte de Judá experimentó un descenso dramático durante el período Neobabilónico, Mizpa parece haber crecido. Los arqueólogos han descubierto también varias casas grandes en el estrato del siglo sexto, así como un anillo con escritura cuneiforme y un ostracon que lleva un nombre babilónico, posiblemente el de un funcionario neobabilónico.

En contraste con la desolación extendida de Judá, el territorio de Benjamín muestra una falta general de destrucción. Un gran número de manijas de tinajas estampadas con la palabra מצה (mtsh) (una ciudad en Benjamín, la cual pudo haber actuado como centro de recaudación de impuestos) se encontraron en la zona de Benjamín, especialmente en Mizpa, lo cual sugiere que los babilonios perdonaron ampliamente a Benjamín y que Mizpa actuó como capital provincial.

La narrativa bíblica sigue a las clases altas de Judá, a las cuales deportaron a Babilonia (2 Rey 24:15–16; 25:11). Estas incluyen al rey Joaquín, a quien Nabucodonosor puso en la prisión en el 597 a.C.. Según 2 Rey 25:27–30, el sucesor de Nabucodonosor, Evil-merodac (Amel-Marduk), puso en libertad a Joaquín en el 560 a.C. y le asignó una porción de la mesa del rey por el resto de su vida. El relato neobabilónico detalla la asignación de raciones a “Ia-ku-ú-ki-nu, el hijo del rey de Ia-ku-du”.

El período Persa (539–333 a.C.)

Ciro y la tolerancia.

El período Persa comienza cuando Ciro conquista Babilonia en el 539 a.C. y con el posterior regreso de algunos exiliados judíos a Judá. Fue un período de restauración en medio de las dificultades; este período también fue testigo del desarrollo de muchas características del judaísmo del Segundo Templo. Ciro el Grande de Persia conquistó el Imperio neobabilónico en el 539 a.C. y rápidamente construyó el imperio más grande que el Cercano Oriente había visto hasta ese entonces. Una de sus primeras acciones fue firmar un decreto autorizando a las personas deportadas por los babilonios a regresar a sus tierras natales y a reconstruir los santuarios destruidos.

El famoso “Cilindro de Ciro” refleja esta política general, sin una referencia específica a los judíos. Los decretos registrados en 2 Crón 36:23 y Esd 1:2–4 se refieren específicamente a los judíos (comparar Ahström, History, 814–16). Al permitir que las personas deportadas regresaran a sus tierras natales, Ciro hizo uso de una larga tradición de los reyes del Cercano Oriente antiguo que se representaban a sí mismos como “quien[es] reúne[n] a los dispersos” y como “restaurador[es] de los dioses y sus santuarios”. Debido a que Nabonido, el último rey neobabilónico, fue inmensamente impopular, posiblemente Ciro estuvo deseoso de hacerse querer por sus nuevos súbditos. La imagen de los persas como libertadores era probablemente una propaganda que tenía el propósito de promover la pax Persica.

La imagen de los señores persas como bondadosos y tolerantes, lo cual se reflejaba incluso en la actitud generalmente positiva de la Biblia hebrea hacia Persia (ej., Esd 6:1–12; 7:11–26; Neh 2:2–8; Isa 44:28; 45:1–7, 13–14), duraba solamente siempre y cuando los pueblos sometidos se mantuvieran obedientes y sumisos. Los persas no toleraban las rebeliones, y las consecuencias de las revueltas eran severas. La repentina desaparición de Zorobabel, uno de los primeros gobernadores persas de Judá y el nieto de Joaquín, del registro histórico después del 520/19 a.C. probablemente indique que los persas lo destituyeron o que incluso lo ejecutaron debido a la especulación mesiánica que lo rodeaba (Hag 2:20–23; Zac 4:6–10).

Judá experimentó un lento crecimiento bajo el dominio persa.

Durante este período también tuvo lugar la reconstrucción luego de la devastación que habían dejado las campañas neobabilónicas. Comenzando en ca. 538 a.C., oleadas de exiliados regresaron a Judá, y Zorobabel y el sumo sacerdote Josué comenzaron la obra de reconstruir el templo de Jerusalén (Esd 3). No obstante, luego de que el cimiento se completó el trabajo cesó debido a la oposición de “el pueblo de la tierra” (presuntamente samaritanos o quizás algunos de la población no exiliada de Judá; Esd 4:1–5). El trabajo no se reanudó hasta el 520–19 a.C., y se completó en el 516–5 a.C. (Esd 4:24; 6:15; Hag 1). La reconstrucción de los muros de la ciudad de Jerusalén no se completó hasta el 445 a.C., asumiendo que el Artajerjes que comisionó a Nehemías era Artajerjes I, quien reinó desde el 465 al 424 a.C. (Neh 2:1; 6:15). A pesar de que el relato bíblico sugiere que la mayoría de los exiliados regresó a Judá (y también que la mayor parte de Judá había ido al exilio), la información arqueológica indica que regresó un pequeño número de exiliados judíos en varias oleadas a lo largo de aproximadamente un siglo.

Los gobernadores.

El extenso Imperio persa se dividió en satrapías gobernadas por familiares y amigos poderosos del rey persa. Durante los primeros 50 años del período Persa, Judá y el resto de Ebir-nari (“Más allá del río [Éufrates]”) formaron parte de una misma satrapía que consistía de Mesopotamia y Ebir-nari: El territorio del antiguo imperio Neobabilónico. A pesar de que ninguna fuente histórica principal menciona a Judá, los arqueólogos han hallado varios sellos reales que llevan las palabras “gobernador” (פחוא, pchw’) y “Yehud” o “Judá” (יהוד, yhwd), lo que sugiere que eran gobernadores de una provincia persa de Judá.

La Biblia menciona a varios gobernadores judíos, incluyendo a Sesbasar (Esd 5:14), Zorobabel (Hag 1:1, 14; 2:2, 12), Esdras y Nehemías, y los sellos inscritos dan testimonio de muchos otros. Poco se sabe acerca de Sesbasar, solamente que lideró a un grupo inicial de repatriados después del decreto de Ciro (Esd 1:8–11) y que estableció los cimientos del templo (Esd 5:16). Zorobabel, junto con el sumo sacerdote Josué, se relaciona estrechamente con la reconstrucción del templo (Esd 4:1–3; 5:1–2; Zac 4:9–10a) y figura de manera prominente en los libros proféticos de Ageo y Zacarías. Como se mencionó anteriormente, su desaparición abrupta después del 519 a.C. llevó a la especulación de que probablemente lo destituyeron de su cargo, a causa del fervor mesiánico en torno a su papel como líder político y líder del proyecto de reconstrucción del templo (Hag 1:13–2:9; 2:20–23; Zac 4:6–10a).

La reforma.

Esdras y Nehemías instituyeron reformas sociales y religiosas en el siglo quinto a.C., especialmente al separar a los que tenían ascendencia “pura” de aquellos que se habían casado con no judíos. La construcción del templo y las reformas de Esdras y Nehemías marcaron el comienzo de una nueva era en la historia de Israel y en el nacimiento del judaísmo del Segundo Templo.
Con la ausencia de una monarquía davídica restaurada, el sacerdocio de Jerusalén surgió como la institución central en Judá. El trabajo de Esdras de recopilar y de hacer cumplir la Torá (Esd 7:25–26) probablemente señala el comienzo de una concientización acerca de la Escritura en el judaísmo post-exilio. Al mismo tiempo, la codificación de la ley judía tradicional y su designación como la ley de la tierra en la provincia de Judá, está en armonía con la promoción de las tradiciones legales y religiosas locales, siempre y cuando no socave la autoridad persa, durante el reino de Darío I. Fuera de Judá, el judaísmo de la Diáspora continuó desarrollándose a lo largo de diversas líneas, como se puede ver especialmente en un grupo de papiros de la colonia judía de Yeb en Elefantina en Egipto. Los papiros de Elefantina mencionan la existencia de un templo judío en Yeb, así como la posible evidencia de politeísmo/sincretismo residual, debido a que deidades como Anat y Betel aparecen junto a Yavé.

El período Helenístico (333–142 a.C.)

El período Helenístico vio el surgimiento, así como el ocasional colapso, de las culturas oriental y occidental a medida que los reinos greco-macedonio y helenístico remplazaron al Imperio persa. El judaísmo en ocasiones aceptaba o resistía al helenismo, y así la sociedad judía se fragmentó en respuesta al helenismo.

Bajo el poder de Alejandro el Grande (333–323 a.C.).

Durante casi dos siglos los persas habían intentado conquistar las ciudades-estado griegas, con limitado éxito; principalmente en las ciudades griegas del oeste de Asia Menor. Ya para la segunda mitad del siglo cuarto, eran los griegos-bajo el mando del rey macedonio Felipe II y su hijo Alejandro-quienes estaban en la ofensiva contra Persia. Poco después de conquistar Atenas y las demás ciudades-estado griegas en el 338 a.C., Felipe surgió como el nuevo señor de la Grecia unida, tan solo para ser asesinado en el 336 a.C.. Lo sucedió su hijo Alejandro, quien continuó expandiendo el Imperio greco-macedonio hacia el este y hacia el sur. Alejandro expandió el imperio rápidamente, alcanzando el río Indo en el 327 a.C. Aseguró el control de Siria y Palestina en el 333 a.C. con su victoria sobre Darío III en la Batalla de Issos, culminando así el período Persa en Judá y dando lugar al período Helenístico.

Los tratados históricos de la helenización de Palestina, tanto antiguos como modernos, varían considerablemente en sus opiniones acerca de la bienvenida que los griegos recibieron en Jerusalén. Se sabe que los samaritanos se rebelaron contra Alejandro, quien aplastó la revuelta, pero no hay indicativo de resistencia judía alguna. Josefo registra que en Jerusalén recibieron a Alejandro con considerable algarabía, quien devolvió las gentilezas adorando al Dios de los Judíos y demostrándoles especial preferencia. Por otra parte, las relaciones entre los judíos en Palestina y las autoridades persas habían sido bastante serenas, y habría sido extraño que el conquistador de los persas hubiera sido recibido tan cálidamente.

Durante los siguientes dos siglos, muchos judíos-especialmente los que pertenecían a las clases más altas de la sociedad-aceptaron la cultura helenística que las conquistas de Alejandro propagaron a lo largo del Cercano Oriente antiguo. Si bien la cultura griega se conocía en Palestina mucho antes de la época de Alejandro, su conquista (y el programa intencionado de helenización) crearon una nueva síntesis de la cultura griega con las culturas y tradiciones locales del Cercano Oriente antiguo. Muchos judíos, incluyendo gran parte de la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, adoptaron el estilo de vida helenístico y no encontraron conflicto alguno entre el judaísmo y el helenismo.

Cuando Alejandro murió repentinamente en el 323 a.C., su imperio se dividió entre varios de sus generales, conocidos conjuntamente como los “diádocos”. Durante las siguientes décadas, estos generales se enfrentaron entre sí por la supremacía, pero ninguno pudo reunir al imperio fracturado. Debido a su ubicación entre Mesopotamia, la cual estaba gobernada por Seleuco, y Egipto, dominada por Ptolomeo, Palestina se convirtió en objeto de contienda entre estos dos reinos helenísticos durante gran parte del tercer siglo y comienzos del segundo siglo a.C..

El período Ptolemaico (323–200 a.C.)

El gobierno bajo la autoridad de los Ptolomeos. El Egipto ptolemaico mantuvo el control sobre Palestina durante el tercer siglo a.C.. Los Ptolomeos aparentemente mantuvieron gran parte del sistema administrativo establecido por los persas y adoptaron el mismo enfoque no intervencionista; el único requisito era que los pueblos sometidos pagaran sus impuestos y no se rebelaran. Dejaron al sumo sacerdote judío como la principal autoridad sobre los asuntos judíos en Palestina. Diodoro cita a Hecateo, cuando escribe que el sumo sacerdote judío ejercía como el gobernante de los judíos en lugar del rey, y de quien se creía que era el mensajero de Dios.

Junto con tales gobernadores “oficiales”, los hombres de negocios locales ocasionalmente también lograban suficiente riqueza y poder para establecer sus propios mini imperios, los cuales disfrutaban de considerable autonomía bajo el gobierno ptolemaico (y posteriormente seléucida). Entre estos estaba la familia judía de Tobías de Transjordania, la cual se hizo conocida a través de los escritos de Josefo y de las cartas escritas por un funcionario ptolemaico, Zenón, quien viajó a través de Palestina y Transjordania a mediados del siglo tercero a.C.

Desarrollos literarios. La Biblia hebrea, especialmente el corpus profético, parece haber experimentado un desarrollo importante durante el período Ptolemaico. Dos de los libros apocalípticos no canónicos más antiguos, El libro de los vigilantes (1 Enoch 1–36) y El libro del cambio de las luminarias celestiales (1 Enoch 72–82), se escribieron durante el período Ptolemaico. Ambos textos se han considerado como reacciones contra ciertos aspectos del helenismo y contra los eventos de comienzos del período Helenístico.

En el caso del Libro de los vigilantes, una teoría popular sostiene que la historia de los vigilantes caídos es una sátira de los Diádocos, quienes afirmaban su divinidad. Asimismo, la sabiduría astronómica que se incluye en El libro de las luminarias celestiales probablemente sea una revelación que se opone a la sabiduría mántica babilónica, la cual circulaba como parte de la síntesis helenística de las tradiciones griegas y del Cercano Oriente antiguo.

La traducción de la Biblia hebrea al griego también comenzó durante el período Ptolemaico y, según la Carta de Aristeas, Ptolomeo II fue quien la autorizó. Si bien la precisión histórica de la leyenda narrada en la carta es dudosa, la mayoría de los estudiosos creen que las traducciones griegas más antiguas de la Biblia hebrea (o al menos de la Torá), en el llamado “griego antiguo”, datan de ca. 250 a.C.

El período Seléucida (200–142 a.C.)

Los seléucidas y los sumos sacerdotes. En el transcurso del siglo tercero a.C., los imperios Ptolemaico y Seléucida libraron numerosas batallas por el control de Palestina. El poder ptolemaico declinó hacia fines del siglo, y alrededor del 200 a.C. los seléucidas (quienes entonces controlaban Mesopotamia y Siria) habían ganado el control de la región. En principio, poco cambió para los habitantes de Judá. Bajo el gobierno de Antíoco III (223–187 a.C.) disfrutaron en esencia del mismo nivel de autonomía y libertad religiosa que tenían bajo el gobierno ptolemaico, y estas condiciones continuaron con el sucesor de Antíoco III, Seleuco IV (187–175 a.C.).

No obstante, las rivalidades entre los propios judíos pronto iniciaron una serie de sucesos que culminaron con una horrenda persecución de los judíos en Judá en la década del 160. Cuando Onías III tomó el cargo de sumo sacerdote, su principal rival, Simón, buscó el apoyo seléucida contra Onías sugiriendo que los tesoros del templo se podrían confiscar para mantener al empobrecido imperio. Los intentos de los funcionarios seléucidas por robar el tesoro del templo ocasionaron que Onías visitara Antioquía para tener una audiencia con el rey. Sin embargo, Antíoco IV asesinó a Seleuco, su hermano, mientras Onías está en camino. Antíoco, quien había pasado muchos años como prisionero en Roma, lo sucedió como rey.

Durante la confusión que siguió, el hermano de Onías, Jasón, logró el sumo sacerdocio a través de sobornos. Unos años más tarde, otro rival, Menelao, logró robarle el cargo a Jasón al ofrecer un soborno aún mayor. El nombramiento de Menelao creó un alboroto en Jerusalén ya que no era de ascendencia zadoquita. Exacerbó la situación al saquear el templo para pagar los sobornos por medio de los cuales se había asegurado su cargo. Cuando el antiguo sumo sacerdote Onías intentó intervenir, Menelao lo mató. Quizá debido a estos eventos y al continuo respaldo de Antíoco a Menelao, la ira contra los seléucidas fue en aumento, y en el 169 a.C., el propio Antíoco saqueó el templo a su regreso de su primera campaña en Egipto. Durante su segunda campaña egipcia el año siguiente, se extendió el rumor de que Antíoco había muerto en batalla, y Jerusalén estalló en caos. Jasón organizó una revuelta violenta para recapturar el sumo sacerdocio de manos de Menelao, y cuando Antíoco entró en Jerusalén tras el fracaso de su campaña egipcia, aplastó la rebelión con igual violencia. Poco después, Antíoco desató persecuciones severas contra los judíos de Jerusalén, encendiendo la situación que resultó en una conflagración que consumiría la región durante el siguiente cuarto de siglo.

Persecuciones de Antíoco y ascenso de los asmoneos. Por motivos poco claros, Antíoco IV lanzó un intento sistemático de aniquilar al judaísmo en el 167 a.C.. Pudo haberse hastiado de las incesantes peleas entre los sacerdotes rivales, pero su firme apoyo a Menelao y la ganancia que podía lograr aceptando sobornos de sus competidores hacen que esta sea una razón poco probable. Otra posibilidad es que Antíoco tenía la visión de una sociedad completamente helenizada unida por, entre otras cosas, una religión común. Como el epíteto de Antíoco, “Epífanes”, sugiere, afirmaba ser divino y se identificaba a sí mismo con Zeus. El judaísmo monoteísta probablemente representaba un obstáculo para este objetivo. Sea cual fuere el motivo, Antíoco profanó el templo en el 167 a.C. transformándolo en un santuario de Zeus, instalando imágenes de dioses paganos y sacrificando un cerdo en el altar. También prohibió la práctica de rituales y tradiciones judías y ordenó que se quemaran los rollos de la Torá (1 Mac 1:54–61).

En respuesta, bandas de milicia judía lideradas por la familia de Matatías, un sacerdote de Modín, lanzó una serie de ataques de guerrilla contra las fuerzas seléucidas. A comienzos del invierno del 164 a.C., liderados por el hijo de Matatías, Judas Macabeo, recapturaron el templo de Jerusalén (1 Mac 4:36–59). Esta limpieza y re-dedicación del templo se conmemora con el festival judío Janucá. La lucha contra los seléucidas continuó hasta el 142 a.C., cuando el hermano menor de Judas, Simón, finalmente logró que Judá se independizara del Imperio seléucida, estableciendo así la dinastía asmonea, así llamada por el nombre ancestral de la familia de Matatías.

Desarrollos literarios y culturales. Los primeros años de la revuelta de los macabeos formaron el contexto de las visiones de Dan 7–12 y del Libro de los Sueños (en 1 Enoch 83–90). A pesar de que los movimientos apocalípticos surgieron antes del período Seléucida, las feroces persecuciones bajo el gobierno de Antíoco IV y sus sucesores al parecer energizaron su crecimiento y desarrollo. De modo similar, se cree ampliamente que el sectarismo judío conocido de períodos posteriores tuvo sus raíces en el período Seléucida. El Documento de Damasco fecha la separación inicial de los pactantes (los antiguos esenios) a comienzos del período Seléucida. Los orígenes de los fariseos a menudo se remontan al hasidismo, un grupo piadoso que se alió con los macabeos tan solo para ser defraudados por que los macabeos adoptaron el mismo helenismo que antes habían rechazado (ver más adelante). Los saduceos posiblemente se originaron a partir de los conflictos entre los sadoquitas (de donde deriva el nombre “saduceos”) y otros, incluyendo los asmoneos, por el sumo sacerdocio.

El período Asmoneo (142–63 a.C.). Irónicamente, los asmoneos, quienes al principio lideraron la oposición judía al helenismo, más tarde fueron helenizados en gran manera y tan corruptos como lo había sido Menelao. Los asmoneos unieron la autoridad civil y política con la autoridad religiosa de una manera sin precedentes en la historia del antiguo Israel. En lugar de restituirle el sumo sacerdocio a los sadoquitas, los asmoneos mismos ocuparon el cargo, comenzando con Jonatán en el 152 a.C. A menudo cedían ante los seléucidas para así asegurar su posición; incluso aceptaron sobornos y otras intrigas políticas. A Jonatán lo asesinaron en el 142 y lo sucedió su hermano, Simón: El último de los líderes originales de la revuelta de los macabeos. El rey seléucida, Demetrio, confirmó la designación de Simón como sumo sacerdote y eximió a Judá de pagar tributos, concediendo la independencia efectiva del estado judío.

Bajo el liderazgo del hijo de Simón, Juan Hircano I, el estado asmoneo amplió su territorio considerablemente, conquistando Galilea, Samaria, partes de Transjordania e Idumea. Se aliaron progresivamente también con el ascendente poder de Roma, para protegerse contra los seléucidas (a quienes los romanos conquistaron en el 64 a.C.). El nieto de Hircano, Alejandro Janneo, fue el primer gobernador asmoneo de quien se sabe que tomó para sí el título de rey (además del de sumo sacerdote), a pesar de que su hermano Aristóbulo probablemente también afirmó su realeza durante su reinado de un año. Janneo fue infame por su crueldad contra sus compatriotas judíos que se le oponían (los cuales abundaban), especialmente los fariseos.

Cuando Janneo murió, su esposa Alejandra lo sucedió como reina. Durante el reinado de Alejandra hubo una relativa tranquilidad, y los fariseos disfrutaron de considerable poder e influencia. No obstante, hacia el fin de su reinado, una lucha de poder se desarrolló entre sus dos hijos, Juan Hircano II y Aristóbulo II. Ambos hijos apelaron al respaldo de Roma. El resultado fue que el general romano Pompeyo atacó las fuerzas de Aristóbulo en Jerusalén y conquistó la ciudad en el 63 a.C.. Si bien Pompeyo confirmó la asignación de Hircano como sumo sacerdote, no le concedió el trono. En cambio, Judea se convirtió en provincia romana, tal como el Imperio seléucida lo había hecho un año antes. Así culminó la independencia judía en Palestina. La misma no se restablecería por los siguientes dos milenios.

El período Romano (63 a.C.–70 d.C.)

La transición: Antípatro y Herodes. El período Romano trajo consigo el fin de la autonomía judía, así como una época de desconcierto e inquietud a Judea. El cristianismo y el judaísmo rabínico surgieron durante este período. Con la caída de la dinastía asmonea en el 63 a.C., el gobierno de Judea una vez más pasó a manos extranjeras. La autoridad máxima era Roma, pero la tarea de gobernar Judea cayó inicialmente sobre el gobernador romano de Siria. Hircano mantuvo el sumo sacerdocio, y en el 48 a.C. Julio César le concedió el cargo de “etnarca de los judíos”. Su ministro idumeo, Antípatro, pronto lo eclipsó como procurador de Judea.

Los ancestros de Antípatro se habían convertido al judaísmo durante el reinado de Juan Hircano I, quien conquistó Idumea y obligó a los habitantes no judíos a convertirse. Designó a sus hijos como gobernantes regionales sobre el remanente del antiguo reino asmoneo. Fasael actuó como gobernador de Judea y Perea, mientras Herodes era gobernador de Galilea. Cuando asesinaron a César en el 44 a.C., Antípatro le dio su apoyo a Casio y lo asesinaron. Con la ayuda de los invasores partos, el hijo de Aristóbulo II, Antígono, logró conquistar (brevemente) Palestina e intentó revivir el reino asmoneo. Herodes frustró sus planes. Herodes había huido a Roma para asegurarse la ayuda de las autoridades romanas, quienes lo nombraron “rey de Judea” en el 37 a.C.. Asesinaron a Antígono, conquistaron Jerusalén y Herodes se convirtió en un gobernador poderoso y semiindependiente sobre la gran Judea (incluyendo Galilea, Samaria, Perea e Idumea).

Herodes consolida su poder. La ascensión de Herodes marca el comienzo de la dinastía herodiana; a pesar de que esta designación puede ser un nombre poco apropiado dado que la mayoría de los herodianos no fueron en realidad reyes, sino tetrarcas, etnarcas u otro tipo de gobernadores menos ostentosos. Herodes el Grande gozó de una gran autonomía y de un largo reinado sobre un importante territorio. Cerca del comienzo de su ejercicio, logró congraciarse con Octavio (más tarde, César Augusto) tras la derrota de Antonio en Accio (31 a.C.), a pesar de que había sido originalmente partidario de Antonio.

Los conflictos domésticos lo inquietaron durante todo su reinado. A pesar de que su familia se había convertido al judaísmo varias generaciones antes y de que estaba casado con una princesa asmonea, Mariamna, sus súbditos judíos lo odiaban profundamente. Quizás como un intento de ganarse su favor, comenzó un enorme proyecto de renovación y expansión del templo de Jerusalén, el cual no se completó hasta el 64 d.C.. Por otra parte, Herodes se ganó una reputación de extrema crueldad contra todo aquél que consideraba una amenaza a su poderío. Hizo ejecutar a su esposa y a varios de sus hijos y otros parientes, y según Josefo, ordenó que a la hora de su propia muerte (4 a.C.) se asesinara a muchas figuras populares para asegurar que hubiera duelo ese día. Tales perspectivas de Herodes proporcionan un trasfondo posible para la “matanza de los niños” en Mat 2:16–18.

Hijos y nieto de Herodes. El reino de Herodes se dividió entre tres de sus hijos. Arquelao fue etnarca de Judea, Samaria e Idumea. Herodes Antipas fue tetrarca de Galilea y Perea. Filipo fue tetrarca de Auranitis, Traconitis e Iturea. Arquelao resultó incompetente, y varios levantamientos tuvieron lugar en su territorio. Debido a esto, el gobierno romano directo a través de prefectos romanos lo reemplazó. Entre estos estaba Poncio Pilato, quien gobernó Judea desde el 26 al 36 d.C..

Bajo el gobierno de los prefectos romanos, se concedió al Sanedrín la jurisdicción sobre asuntos religiosos y ofensas civiles menores. Herodes Antipas, el responsable de la ejecución de Juan el Bautista (Mar 6:14–29), tuvo más éxito que Arquelao, pero finalmente Calígula también lo destituyó en el 37 d.C. El nieto de Herodes, Agripa I (comparar Hech 12), gobernó después como rey sobre todo el territorio que formaba parte del reino de su abuelo (41–44 d.C.).

El gobierno romano directo. Después de la muerte de Agripa I, toda Palestina regresó bajo el gobierno romano directo. Una serie de siete procuradores gobernó durante un lapso de 22 años. Estos años se destacaron por levantamientos y disturbios civiles generalizados, y el descontento judío con el gobierno romano alcanzó su pico máximo. Alimentado por el fervor mesiánico contra las autoridades romanas, varios líderes carismáticos, incluyendo Teudas y el “Profeta egipcio”, sumaron seguidores. Grupos organizados, como los sicarios y los zelotes, llevaron a cabo actos de violencia contra los romanos y sus seguidores.

Sumado a la volátil situación se registraba un alto desempleo debido a la finalización del proyecto del templo de Herodes en el 64 d.C.. El último procurador romano, Gesio Floro (64–66 d.C.), incitó una completa revuelta judía cuando saqueó el tesoro del templo y autorizó a sus soldados a que saquearan Jerusalén. En respuesta, los zelotes judíos organizaron una revuelta a gran escala en el 66 d.C..

La Guerra Judía. Desde el 66 hasta el 73 d.C., las fuerzas judías hicieron la Guerra Judía (o la Primera Revuelta Judía). La mayor parte de la información acerca de la Guerra Judía viene del historiador judío Flavio Josefo, quien fue originalmente un general de los rebeldes antes de desertar para unirse a los romanos. Las fuerzas rebeldes capturaron Masada y la fortaleza Antonia, así como el templo, y acuñaron monedas judías. En respuesta, Nerón envió al general romano Vespasiano para suprimir el levantamiento en el 67 d.C. Después de un año de desconcierto tras la muerte de Nerón (68 d.C.), Vespasiano surgió como el siguiente emperador y regresó a Roma, dejando la tarea de terminar la revuelta judía a su hijo, Tito.

El sitio de Jerusalén, iniciado por Vespasiano en el 69 d.C., culminó con la destrucción de la ciudad y el incendio del templo en el 70 d.C.. Según Josefo, Tito procuró evitar destruir el templo, pero debido a la persistencia de los judíos, se vio obligado a incendiar las puertas para poder entrar. Los judíos lucharon también contra los soldados encargados de apagar el fuego. La guerra continuó hasta el 73 d.C., cuando las últimas fuerzas judías fueron derrotadas en Masada.
La destrucción del templo marca el final del período del Segundo Templo. Su caída es el tema principal de numerosos textos judíos y cristianos, y alteró para siempre la identidad judía y cristiana. Los cristianos, quienes en general no participaron de la revuelta, percibieron la destrucción del templo como el cumplimiento de las palabras de Jesús en Mar 13:1–2. El judaísmo se vio obligado a redefinirse tras la pérdida del templo. Durante el siguiente siglo, el judaísmo rabínico surgió de las cenizas del Segundo Templo.

DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN

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El estudio del desarrollo del testimonio cristiano durante los mil años que los historiadores han designado como Edad Media es sumamente complejo. Lo es, primero, por cubrir un período de tiempo tan dilatado, en el que se sucedieron cambios notables en todas las esferas del quehacer humano: política, económica, social, cultural y religiosa. Segundo, en estos siglos el cristianismo llega en su expansión “hasta lo último de la tierra,” en su movimiento hacia el Este (China) y el Oeste (Inglaterra).

DOCTRINAS DE CRISTO

Las doctrinas de Cristo pueden incluir un estudio de Su persona y de Su obra. Pero, puesto que Su obra principal fue la expiación, la soteriología generalmente se separa de la cristología. Sus otras obras usualmente se tratan bajo la cristología. La doctrina se puede organizar más o menos en orden cronológico. Primero viene un estudio del Cristo antes de su encarnación y esto sería seguido de una sección sobre Cristo en Su humillación, durante Su vida terrenal.

Entonces vendría un estudio de Sus ministerios presente y futuro. Los mayores problemas teológicos aparecen en el período de la humillación de Cristo mientras estaba en un cuerpo terrenal, problemas como el significado de kenosis, la relación entre Sus dos naturalezas, y la impecabilidad.

Las doctrinas de la persona de Cristo son cruciales para la fe cristiana. Son básicas para la soteriología, porque si nuestro Señor no es lo que alegó ser, entonces Su expiación fue deficiente, no un pago suficiente por el pecado.

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