EL LIBRO DE DANIEL [Rv60]

EL LIBRO DE DANIEL

Tabla de contenidos

El libro de Daniel se presenta como “el Apocalipsis del Antiguo Testamento”.

La palabra apocalipsis significa quitar el velo, mostrar cosas ocultas, revelar misterios divinos.

El libro de Daniel y el Apocalipsis de Juan tienen en el Nuevo Testamento mucho en común, aunque difieren en ciertos aspectos importantes. 

Las crisis dramáticas, el choque de fuerzas en escala cósmica, y la concentración en el tiempo del fin aparecen en ambos libros. Muchas de las imágenes simbólicas de Daniel se reflejan en el Apocalipsis. 

Las bestias con cuernos de Daniel, representantes de potencias terrenas, tienen sus contrapartes en las bestias del Apocalipsis. En ambos libros tenemos una visión del Glorioso cuya presencia anonada al espectador. En ambos vemos tronos, y el trono en que está sentado el Anciano de Días. Ambos describen la culminación de la historia, cuando los reinos humanos se rindan ante el reino triunfante y eterno de Dios.

Daniel y el Apocalipsis no están solos en la tradición apocalíptica.

Otros libros, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamentos contienen secciones caracterizadas como apocalípticas. Isaías 24–27 ha sido llamado “El Apocalipsis de Isaías”. Zacarías contiene elementos característicamente apocalípticos tales como visiones de símbolos místicos de caballos y carros, de candeleros y rollos voladores. La prefiguración del Mesías, como Sacerdote y Rey, se sugiere en los dos “ungidos”, Josué y Zorobabel. Y el juicio apoteósico de las naciones descrito en Zacarías 14 es evidentemente apocalíptico.

En el Nuevo Testamento, cada uno de los tres Evangelios sinópticos contiene secciones apocalípticas. Estas se hallan en Mateo 24:1–25:46; Marcos 13:1–37 y Lucas 21:5–36. La sección de Marcos ha sido llamada “El pequeño apocalipsis”. En 2 Tesalonicenses 1:7–2:12 se encuentra un apocalipsis paulino. Todas estas secciones neotestamentarias reflejan claramente elementos que se hallan en el libro de Daniel.

La literatura apocalíptica se distingue por una serie de características, todas las cuales están bien ilustradas en el libro de Daniel. Están en primer término todos los elementos de misterio contenidos en visiones y símbolos inusuales. Está también el elemento de revelación. 

El “apocalipsismo” está relacionado primordialmente con el futuro y con la consumación final del plan de Dios. A diferencia de la función de la profecía, que proclama la palabra más inmediata de Dios en la historia, el apocalipsis trasciende la historia. Describe acontecimientos del fin del tiempo en cataclismos y juicio. Revela el cumplimiento de los propósitos últimos de Dios mediante una manifestación divina que interrumpe el orden histórico. Y, lo que es más importante, en el apocalipsis sobresale el elemento mesiánico.

El libro de Daniel llegó a ser durante el período Inter testamentario y por más de un siglo de la era cristiana el modelo y estímulo para una asombrosa cantidad de escritos apocalípticos. 

Ninguno de éstos fue admitido en el canon de la Escritura, pues carecen de las señales esenciales de inspiración que posee Daniel. Pero revelan los anhelos y esperanzas del pueblo de Dios en épocas de intensa prueba.

Lugar en el Canon

El lugar de Daniel en el canon de las Escrituras del Antiguo Testamento nunca ha sido disputado seriamente. Entre los judíos, así como entre los cristianos, a lo largo de los siglos este libro ha gozado de una alta consideración. Tiene en sí mismo las marcas de la inspiración divina y las cualidades superiores exigidas a los escritos reconocidos como Escrituras. 

Contiene el mensaje de Dios y muestra claramente la acción de la revelación de Dios sobre la vida y sobre la historia. Tiene la cualidad de atemporalidad a la vez que de temporalidad.

En la Biblia hebrea, Daniel no está colocado entre los profetas (Nebhiim), sino entre los Escritos (Kethubhiim). Algunos han sugerido que esto tuvo por objeto disminuir la autoridad de Daniel debido al prominente testimonio que el libro le da al Mesías. 

Pero tal razón no parece del todo plausible en vista del lugar de autoridad que el libro recibió en el canon sagrado. Si hubiera habido un serio intento de aminorar la autoridad de Daniel, se lo hubiera excluido del todo del canon. Pusey explica que el mismo Daniel en realidad no fue técnica ni profesionalmente un profeta, sino un estadista.

No tenía el oficio profético. Por lo tanto, en las escrituras hebreas no se le incluía entre los profetas. Pero cumplió una función profética. Así, pues, su libro está en el canon de las Sagradas Escrituras y su mensaje es reconocido en las mismas escrituras como profecía. Young sigue en gran parte la misma línea de razonamiento con respecto a la colocación de Daniel en las Escrituras hebreas.

Autor

Tanto entre los judíos como entre los cristianos, a lo largo de los siglos Daniel ha sido considerado tradicionalmente como el autor del libro. El escrito se identifica en importantes secciones como obra directa de Daniel. La primera persona del singular: “Yo Daniel” se emplea repetidamente. El capítulo 7 comienza con la declaración: “Tuvo Daniel un sueño, y visiones de su cabeza mientras estaba en su lecho; luego escribió el sueño, y relató lo principal del asunto” (Dn. 7:1).

Pero durante el último siglo y medio la composición del libro de Daniel ha sido un importante campo de batalla. Se cayó en la costumbre de atribuir el libro a un escritor anónimo que habría vivido en los días de Antíoco Epifanes, 175–169 a.c. Consecuente con esta posición, se supone que el libro de Daniel es una alegoría, escrita algo así como en código, para sostener e inspirar a los judíos que estaban sufriendo bajo la tiranía y las persecuciones de Antíoco. 

Las historias del libro, en consecuencia, no debían ser aceptadas literalmente, sino consideradas simbólicamente. El libro se ubicaría entre los pseudepigrapha (escritos posteriores presentados con el nombre de grandes hombres de la antigüedad), que tenían cierta semejanza con él.

Para los que consideran la inspiración divina desde el punto de vista sobrenatural no hay razón válida para negar la tradicional creencia cristiana en la integridad del libro de Daniel. Sería irrazonable en sí buscar razones por las que Daniel no podría haber escrito este libro atribuido a su nombre. 

Tomar el libro tal como es, después de todos los interrogantes que se han levantado contra él, es más que credulidad. Es fe. Esta fe debiera ser firme y escuchar lo que Dios tiene que decirnos en nuestra época acerca del firme propósito que Él ha establecido en el tiempo y para las edades venideras.

Daniel no está solo e indefenso dentro de la Biblia misma. Indiscutiblemente la referencia más notable y autoritaria al libro de Daniel es la alusión a 9:27 en el mensaje apocalíptico del mismo Jesús: “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel…” (Mt. 24:15; cf. también Mr. 13:14). Aquí Jesús parece dar claramente su apoyo tanto a la validez de Daniel como profeta cuanto a la autenticidad de su mensaje.

También en otras enseñanzas de Jesús se hallan por inferencia numerosas referencias a la profecía de Daniel, particularmente en su uso de la frase “Hijo del Hombre”. En Mateo 24:30, leemos: “Verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria.” Palabras que parecen un eco claro de Daniel 7:13–14: “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre… y le fue dado dominio, gloria y reino” (cf. Mt. 16:27–28).

Cuando Pablo escribe del “hombre de pecado, el hijo de perdición… el cual se opone y se levanta sobre todo lo que se llama Dios o es objeto de culto” (2 Ts. 2:3–4), se está refiriendo evidentemente a Daniel 11:36: “Se ensoberbecerá, y se engrandecerá sobre todo dios; y contra el Dios de los dioses hablará maravillas.”

Las referencias a Daniel que se reflejan en el libro de Apocalipsis son suficientemente numerosas para justificar la inferencia de que la autoridad de este libro del Nuevo Testamento apoya la integridad de su contraparte en el Antiguo Testamento.

No deja de ser interesante observar que los miembros de la comunidad de Qumrán, que produjeron los manuscritos bíblicos más antiguos que se conocen hasta ahora, tuvieron un interés especial en el libro de Daniel.

Por los fragmentos recuperados en sus cuevas, es evidente que poseían una cantidad de copias de este libro. Viviendo como vivieron en los turbulentos días que siguieron a Antíoco, y hasta la destrucción de Jerusalén en el año 71 d.c., tenían un profundo interés en la esperanza apocalíptica.

Situación Histórica

El propio libro de Daniel describe muy definidamente la situación histórica y los tiempos en que tuvo origen. El asedio o invasión que hizo cautivos de Daniel y sus principescos compañeros ocurrió en el tercer año del rey Joaquín. Esto sucedía en los primeros días del imperio neo-babilonio. 

Nabopolasar había sacudido el yugo de Asiria y, con su hijo, Nabucodonosor, estaba sometiendo a todas las tierras del Cercano Oriente, así como a Egipto. Asimismo, Judá habría de caer bajo el poder de Babilonia. Desde el 606 a.c., año del exilio de Daniel, hasta el año 536 a.c., el año de la caída de Babilonia en poder de Ciro el persa, el reino neo-babilonio se levantó y declinó. 

La mayor parte del tiempo ocupó el trono el poderoso Nabucodonosor (606 a 561 a.c.). Daniel vivió y sirvió en este período y los primeros años del período persa. Parecería probable que el profeta haya vivido más de 90 años.

El período que abarcaron la vida y el servicio de Daniel coincidió con una época de tremendos trastornos internacionales. Asiria, que durante siglos había asolado las tierras del Medio Oriente, había sido eliminada para siempre por las fuerzas combinadas de sus ex súbditos los babilonios, los medos y los escitas. Egipto, que durante 1000 años había tratado de dominar no solamente el África, sino también las tierras del este del Mediterráneo, había sido reducido a sujeción. 

Babilonia tuvo un ascenso meteórico. Bajo el genio de Nabucodonosor, jefe militar, organizador político y constructor cívico, la tierra de los caldeos alcanzó una posición de poder, riqueza y liderazgo mundial superior a todo lo conocido hasta entonces.

Pero mientras los imperios antiguos estaban desapareciendo y un nuevo imperio escribía su brillante, aunque breve historia, el pueblo de Daniel, el pueblo de la promesa, estaba pasando por una noche oscura de prueba. Exiliado de su tierra, la tierra de la promesa, sometido a servidumbre en una tierra pagana, sus arpas pendían de los sauces y esperaba el amanecer de un nuevo día.

Aunque el libro de Daniel contiene implicaciones de alcance mundial y que llegan hasta el final de los tiempos, su foco principal está en las tierras del Oriente Medio y el Mediterráneo. No toma en cuenta para nada los reinos y las civilizaciones anteriores a los días de Daniel. 

No tiene nada que decir acerca de las civilizaciones y el surgimiento y caída de dinastías en el Lejano Oriente, la China o la India. Su centro es la tierra donde habría de desarrollarse el drama de la redención, con su acontecimiento cumbre, la venida del Mesías y la consumación de su reino.

Mensaje del Libro

El libro de Daniel es la revelación de un misterio. Y mientras lo revela, al mismo tiempo lo envuelve en maravilla, dejando que permanezca gran parte del misterio de la revelación.

Daniel era un hombre de extraordinaria sabiduría y percepción. Viviendo en medio de cambios repentinos que sacudían al mundo, fue capaz de mantener su aplomo y sensatez, contemplando los sucesos con mirada firme. Fue siervo de reyes. Valioso consejero de gobiernos. 

Pero, lo más importante, era íntimo del Dios del cielo. Tenía los pies fuertemente asentados en la tierra entre los asuntos mundanos. Pero su cabeza estaba en una atmósfera más clara: vivía entre las realidades de las cosas eternas.

En el mensaje de Daniel, revelador del plan de Dios para la Tierra y sus habitantes, se muestran claramente algunas verdades. Primero, el poder y las circunstancias terrenas son sumamente transitorios. Segundo, Dios hace que la ira del hombre lo alabe, y al resto de ella Él lo restringe. 

Tanto Nabucodonosor, el déspota furioso, como Ciro, soberano sabio y genial, atestiguan esta verdad. Tercero, Dios cumple la promesa que le ha hecho a su pueblo; El no olvida. Cuarto, Dios tiene su propio tiempo para hacer su obra. Ni se apresura ni se demora. 

Quinto, los reinos de este mundo están destinados a dejar paso al reino de nuestro Señor y de su Cristo. Sexto, si bien Dios tiene una visión eterna y cósmica, tiene también un amante interés por los asuntos menudos de un solo individuo.

El libro de Daniel fue un libro para Daniel y para el esforzado remanente del pueblo de Dios en los días de antaño. Y es también un libro para las edades, destinado a mantener una perspectiva de la historia. 

Es verdaderamente un libro para nosotros y para nuestros días. Ciertamente nosotros estamos más cerca de la consumación del reino de Dios, que cualquier pueblo que haya vivido antes que nosotros. En días de la más profunda oscuridad o el conflicto más cruento, bebamos esperanza y coraje del mensaje que le fue dado a Daniel.

Bosquejo

  1. Relato del Exilio de Daniel, 1:1–21

(Una Sección Hebrea)

  1. Preludio Histórico, 1:1–2
  2. La Juventud Puesta a Prueba, 1:3–16
  3. La Integridad Vindicada, 1:17–21
  4. El Apocalipsis Caldeo, 2:1–7:28

(Un Mensaje en Arameo a las Naciones)

  1. El Sueño de Nabucodonosor, 2:1–49
  2. El Coloso de Nabucodonosor, 3:1–30
  3. Juicio Personal de Nabucodonosor, 4:1–37
  4. Caída del Imperio Caldeo, 5:1–31
  5. Reinado de Darío, el Medo, 6:1–28
  6. Imperios Surgen y Caen Hasta la Consumación, 7:1–28

III.  El Apocalipsis Hebreo, 8:1–12:13

(Un Mensaje en Hebreo al Pueblo Escogido)

  1. Visión de Daniel de los Imperios en Guerra, 8:1–27
  2. Intercesión de Daniel por Israel, 9:1–27
  3. Una Visión Celestial de los Conflictos Terrenales, 10:1–12:13

Sección I Relato del Exilio de Daniel

(Una sección hebrea)

Daniel 1:1–21

Preludio Histórico, Daniel 1:1–2

Una ubicación histórica claramente enfocada introduce el libro de Daniel. Es interesante que esta breve sección está en hebreo, mientras la parte que sigue del libro, 2:4–7:28, está en idioma arameo o caldeo. Luego, la sección final del libro retorna al hebreo. Los intérpretes difieren en cuanto a las razones de esta rara característica. 

La explicación más plausible parece ser que esta sección y la parte final del libro están señaladas por su lenguaje como destinadas especialmente al pueblo de Dios en el exilio. La porción caldea por su lenguaje está señalada como dirigida para las naciones paganas, la primera y más inmediata de las cuales era Babilonia. 

Ambos idiomas eran comunes en los días de Daniel y ambos eran entendidos por el pueblo del exilio y de los siglos siguientes. El uso de estos dos idiomas relacionados ayudaba a mantener en gráfica relación la ubicación histórica del libro y su pertinencia para las personas para las que había sido escrito.

El libro de Daniel comienza: En el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió (1; véase el Diagrama A). Esto sería menos de tres años después que Necao había designado rey a Joacim, tan rápidamente cambiaban las fortunas políticas.

Aunque Nabopolasar era el monarca del nuevo reino de Babilonia, su vigoroso hijo Nabucodonosor era su heredero reconocido y ya corregente con él. Apenas había reunido su botín de tesoros y rehenes, cuando recibió un llamado de emergencia de Babilonia. Su padre había muerto y él debía apresurarse a volver para ocupar el trono.

De este modo Daniel y sus tres compañeros, junto con otros jóvenes príncipes de la realeza de Judá se encontraron en tierra extraña a 2.400 kilómetros de su patria. Y con ellos había llegado el sagrado tesoro de la casa de Dios (2) en Jerusalén, para adornar el templo de Bel en Babilonia. Sinar era la llanura central de Babilonia.

La Juventud Puesta a Prueba, 1:3–16

El proceder del rey (1:3–5)

Engreído con la victoria y su nuevo poder, el joven rey del nuevo reino babilonio procedió astutamente a consolidar su autoridad. ¿Cómo podría hacerlo mejor que escogiendo a los príncipes más dotados de sus recién ganados territorios y preparándolos para el liderazgo político? Nada sabemos de lo que pasó con los otros príncipes de Judá. 

Todos fueron seleccionados por sus dones naturales y su excelente apariencia. Se les dio la mejor preparación que podía ofrecer la corte de Babilonia. Eran jóvenes del linaje real de los príncipes (3) … en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey (4).

El programa de educación incluía las letras y la lengua de los caldeos, un curso de tres años de preparación intensiva. Para su bienestar físico se había asignado lo mejor que el reino podía proveer, alimentos de la mesa imperial.

Jóvenes de carácter (Daniel 1:6–16)

Entre todos los ganadores de los exámenes de competencia se destacaron los cuatro héroes del libro de Daniel. Estos, de los hijos de Judá, eran Daniel, Ananías, Misael y Azarías (6).

Estos cuatro jóvenes de Judá llevaban consigo en sus nombres un testimonio del Dios verdadero. Cualesquiera que hubieran sido las limitaciones de su ambiente religioso en Judá, sus padres les habían dado nombres que expresaban un claro testimonio. 

Daniel significaba: “Dios es mi juez”; Ananías significaba: “El Señor ha tenido gracia”; Misael proclamaba: “Es alguien que viene de Dios”; y Azarías declaraba: “El Señor es mi ayudador.” La continuación de la historia pareciera indicar claramente que, aunque otros en Judá pudieran haberles fallado a sus hijos, los padres de estos jóvenes les habían proporcionado una base de convicción y responsabilidad que iba mucho más allá de sus nombres. Su piadosa educación había nutrido profundas raíces de carácter.

Por deferencia hacia el rey y sus dioses paganos, el príncipe de los eunucos les dio nuevos nombres a los cuatro jóvenes. Beltsasar (7) significaba “el tesoro (o secretos) de Bel”. Sadrac significaba “la inspiración del Sol”. 

Mesac sugería “alguien que pertenece a la diosa Sesac”. Y Abed-nego significaba “siervo de Nego (la estrella de la mañana)”. Cuán levemente influyeron estos nombres sobre los jóvenes que los llevaron, lo revelan los relatos siguientes del libro.

Con inconmovible convicción, santa osadía y delicada cortesía Daniel y sus compañeros revelaron pronto sus extraordinarios dones de sabiduría y carácter. El participar de las viandas del rey era mucho más que una cuestión de conveniencia o de salud. Era algo relacionado con la integridad de sus votos de consagración como hebreos al Dios de Israel.

Participar de alimentos dedicados a los dioses paganos de Babilonia hubiera significado quebrantar la fe de Jehová. Debían correr el peligro de rehusarse. Pero debían rehusarse de una manera que fuera cortés para con su superior y considerada para con aquellos encargados de su cuidado.

Cuando el jefe de los eunucos (8, 10) declinó el pedido, una sensible sugestión al subalterno Melsar (11), encargado directamente de los jóvenes, libró de la presión al funcionario superior y abrió un camino para la solución. 

El período de prueba de diez días (12) era justo, y suficiente para proporcionar una adecuada demostración del buen sentido higiénico del pedido y dar oportunidad a Dios para vindicar a sus jóvenes siervos. Legumbres significaba literalmente “semillas”, pero se refiere a una dieta de verduras en general.

Vindicación de la Integridad, Daniel 1:17–21

No está del todo claro si el examen final de sus estudios se realizó al final de tres años completos o si el período fue acortado. El resultado de la prueba fue una vindicación total en presencia del rey de la práctica de una disciplina personal de los cuatro muchachos (17). 

No se nos dice cuánto sabía el rey de la consagración religiosa de los jóvenes. Pero Daniel y sus compañeros sabían muy bien que Dios los había sostenido en todas sus decisiones y empresas. Y podemos estar seguros de que ese hecho del apoyo de la fidelidad de Dios sirvió para confirmar sus convicciones y su valor para vivir de acuerdo con ellas. 

Su nombramiento a puestos de prominencia y responsabilidad fue un reconocimiento obvio de sus dones y logros superiores. Así, pues, estuvieron delante del rey (19). Para magos y astrólogos (20), véase el comentario sobre 2:2.

La declaración de que continuó Daniel hasta el año primero del rey Ciro (21; 539 a.c.) evidentemente no pretende limitar el lapso que abarcó su vida, sino más bien mostrar su extensión general. En 10:1 se nos informa que Daniel vivía aún en el tercer año de Ciro.

Sección II El Apocalipsis Caldeo

(Un Mensaje en Arameo a las Naciones)

Daniel 2:1–7:28

El Sueño de Nabucodonosor, 2:1–49

Sueños perturbadores sin interpretación (Daniel 2:1–3)

Los tres primeros versículos de esta sección continúan el relato en hebreo. A continuación de las palabras: Entonces hablaron los caldeos al rey en lengua aramea, comienza la sección aramea que continúa hasta el final del capítulo 7.

Muchos expositores evangélicos identifican este capítulo y su contraparte, el capítulo 7, como los pasajes claves del libro. Aquí vemos al Dios del cielo revelando a un rey pagano la intención divina para las edades y las etapas de la historia hasta la consumación en el reino de Dios.

Nabucodonosor (1) estaba en la flor de su juventud y acababa de heredar el trono. El poder que se acumulaba bajo su mano aumentaba a una velocidad asombrosa. Además, por un imaginativo y osado programa de edificación en las ciudades de su tierra, estaba logrando el apoyo entusiasta de los jefes religiosos y la población civil.

En esta coyuntura en su carrera el rey mostró una notable cualidad de grandeza. En lugar de continuar en un creciente frenesí de realizaciones, hizo un alto a fin de poder pensar sobre el significado de su vida y del poder que había alcanzado. 

¿Cuál sería su destino? ¿Y cuál sería el resultado del imperio que tan recientemente había ayudado a fundar? En su meditación soñó y sus sueños, aunque confusos, sirvieron para estimular pensamientos aún más profundos y preguntas acerca del destino y la significación última. Y se perturbó su espíritu, y se le fue el sueño (1). Detrás de estos interrogantes y sueños estaba Dios.

Tan urgentes llegaron a ser estos interrogantes para Nabucodonosor, que adoptó medidas extremas para resolver sus problemas. Sus propios esfuerzos intelectuales no eran suficientes para responder a sus preguntas. Llamó en consulta a los expertos y especialistas en ciencia, filosofía y religión. 

No está del todo clara la función de cada uno de los cuatro grupos que se mencionan. Pero parece que los magos (2) eran expertos en las artes ocultas, los astrólogos se supone que tenían acceso a un conocimiento sobrenatural por medio del estudio del cielo, los encantadores eran manipuladores de poderes sobrenaturales por medio de encantamientos, y los caldeos eran los jefes de una casta sacerdotal de la sociedad babilónica.

Surge naturalmente la pregunta: ¿Por qué no incluyó Nabucodonosor desde el principio a Daniel y a sus amigos? Es muy probable que estos recién llegados no hubieran ganado todavía un lugar reconocido entre los sabios y consejeros profesionales. Además, estos hebreos, por dotados que estuvieran, no habían sido aceptados en la casta sacerdotal.

Las exigencias imposibles de un déspota (Daniel 2:4–13)

El rey expuso ante sus sabios el problema de su profunda preocupación por el sueño que lo había desvelado y sus palabras causaron considerable confusión en sus sabios. Los representantes sacerdotales, los caldeos (4), hablaron en nombre de los demás y pidieron una exposición más exacta del problema. Pidieron detalles específicos del sueño antes de intentar una explicación. Esta exigencia irritó al rey. 

Los acusó de hablar entre tanto que pasa el tiempo (9), es decir simplemente para ganar tiempo. Si su pretendida capacidad sobrenatural era genuina, debían garantizar su interpretación diciéndole qué había soñado. Esto, por supuesto puso al descubierto su hipocresía, ya que no tenían manera de saber cómo había sido el sueño.

Como el rey había hecho de esto una cuestión de vida o muerte para todos los sabios, éstos empezaron a maniobrar desesperadamente para sobrevivir. Cuando descubrieron que el propio rey no podía ayudarles, porque había olvidado el sueño, vieron cuán desesperada era su situación. Puestos contra la pared, se enfrentaron con la verdad. El asunto que el rey demanda es difícil, y no hay quien lo pueda declarar al rey, salvo los dioses cuya morada no es con la carne (11).

Keil insiste en que el rey no había olvidado realmente el sueño, sino que estaba decidido a probar si la capacidad de los presuntos sabios era genuina. Si podían establecer con precisión los detalles de su sueño, él podría estar seguro de la validez de su interpretación. 

Pero si no podían ni siquiera conocer el sueño, su pretensión de capacidad sobrenatural era un fraude y el tremendo castigo con que los había amenazado el rey sería justamente merecido. Pero, fuera que el sueño hubiera sido olvidado o no, la situación de los sabios se había vuelto desesperada.

El castigo decretado por Nabucodonosor era muy común entre los babilonios (véase 3:29). Aun los mismos hebreos habían practicado el descuartizamiento de los cautivos (1 S. 15:33) como manifestación de un juicio extremo. Nabucodonosor agregaba a este horror la confiscación de los bienes y la profanación de los hogares de las víctimas convirtiéndolos en muladares (5), es decir letrinas públicas.

Dios le da la clave a Daniel (Daniel 2:14–23)

Aunque Daniel y sus compañeros no habían sido citados por el rey, no dejaron de verse envueltos en el edicto de matar a los sabios de Babilonia (14). También ellos estaban incluidos en la ejecución. Cuando Daniel conoció la naturaleza del edicto y la razón de su severidad, se presentó inmediatamente al rey. 

El hecho de que tuviera tal posibilidad de acceso da testimonio de la elevada posición que había alcanzado en los exámenes que había pasado tan recientemente (1:19–20). En presencia de Nabucodonosor, Daniel manifestó osadamente que, si se le daba tiempo, él mostraría la interpretación al rey (16). 

Evidentemente la sinceridad y la firme confianza de Daniel impresionaron al rey, que acababa de mostrarse furioso ante las desesperadas manipulaciones de los sabios.

La acción de Daniel fue lo que sería de esperarse de lo que él era: un hombre de Dios. Llamó a sus tres compañeros y se dedicaron a un período de desesperada oración intercesora. La respuesta a esa oración no tardó en llegar. Cuando Daniel vio él mismo el sueño en una visión nocturna, irrumpió en un cántico de exultante alabanza a Dios.

¡Sea el nombre de Dios bendito desde la eternidad y hasta la eternidad;

porque suya es la sabiduría y el poder!

Asimismo, él muda los tiempos y los plazos;

El quita los reyes, y establece los reyes;

El da sabiduría a los sabios, y ciencia a los que poseen inteligencia.

El revela las cosas profundas y escondidas;

El conoce lo que está en tinieblas;

y la luz mora con él.

Presentación de Daniel al rey (Daniel 2:24–30)

La confianza de Daniel en Dios y en la respuesta que había recibido era completa: yo le mostraré la interpretación (24). La visión que Dios le había dado era idéntica a la que había visto el rey, porque ambas las había dado Dios. De modo que no necesitó ni preguntarle al rey cuál había sido su sueño.

La excitación de Arioc al saber que Daniel estaba preparado tan pronto se evidenció en sus acciones; llevó prontamente a Daniel ante el rey (25). Cuando el rey, dudando, preguntó si Daniel podría cumplir tan difícil cometido, se enfrentó con un hombre que pisaba terreno más firme que el suelo de Babilonia. 

Daniel declaró humildemente que la fuente de su conocimiento era una revelación de un Dios en los cielos, el cual revela los secretos (28). Rechazó toda idea de sabiduría propia. Además, esta revelación en particular estaba dirigida por Dios al mismo rey, para que pudiera conocer los pensamientos de su propio corazón y lo que ha de acontecer en los postreros días (28).

La interpretación de Daniel (Daniel 2:31–45)

Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible (31). Esta visión inmensa y resplandeciente había abrumado y confundido al rey. 

Aunque era una sola imagen, estaba compuesta. Comenzaba con una cabeza de oro brillante (32) y su calidad se iba deteriorando rápidamente a través del tórax y los brazos de planta, vientre y… muslos de bronce, piernas de hierro (33) y pies de una mezcla de hierro y… barro cocido

Luego, de una montaña, una piedra fue cortada (34) sin que se viera mano alguna. Cuando la piedra hirió a la imagen en su base toda la estructura se derrumbó en pedazos que se esparcieron como tamo (35) y se los llevó el viento. La piedra creció hasta hacerse un gran monte.

Inmediatamente Daniel identificó al rey con la imagen que había visto. Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad (37). Además, y más específicamente, tú eres aquella cabeza de oro (38).

No es difícil imaginar el asombro y la exultación con que el rey debe haber recibido esta notable revelación. Aquí veía claramente los más mínimos detalles del sueño que apenas si podía recordar. Y con ello había una segura garantía de la verdad de su mensaje sobrenatural para él. 

Pero al escuchar comprendió que él era solamente el primero de una sucesión de imperios, todos los cuales tenían una meta en la historia: su disolución ante el triunfo y la dominación del reino del Dios de los cielos, que nunca será destruido. Desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre (44).

Entonces Daniel remachó el propósito del sueño que, le recordó al rey, había venido de Dios. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir (45). Los más profundos interrogantes del rey habían sido contestados. El significado del destino para él y para todos los gobernantes terrenos era que la mano de Dios está sobre el curso de la historia y la meta final no es el creciente esplendor del gobierno del hombre, sino el gobierno de Dios sobre las ruinas de la locura humana.

Aunque los intérpretes difieren en la identificación de los cinco reinos del sueño de Nabucodonosor, la corriente principal de la tradición y la interpretación evangélicas han coincidido casi unánimemente. El primero (38) está claramente expresado; la cabeza de oro es el imperio neo-babilonio. El quinto (44) no es menos claro: es el reino de Dios. 

El segundo (39a) se acepta generalmente que es el imperio medo-persa. Sobre el tercero (39b) y el cuarto (40) ha habido más diferencias, especialmente entre aquellos que harían del cuarto reino el domino griego o el de los sucesores de Alejandro. Estos enfocarían los últimos mensajes del libro de Daniel sobre el reinado de Antíoco Epifanes. Pero por lo general, desde los días de Jerónimo, se ha identificado el tercer reino con el de Grecia fundado por Alejandro, y el cuarto con Roma. 

El versículo 43 ha sido interpretado como un reflejo ya sea de la debilidad de los matrimonios mixtos o de la rápida declinación de la sociedad en el colapso del cuarto reino. Puesto que la imagen del sueño de Nabucodonosor y la visión de Daniel del capítulo 7 son obviamente paralelas, la interpretación del sueño debe ser controlada por el contenido de la visión.

Exaltación de Daniel (Daniel 2:46–49)

La reacción de Nabucodonosor ante la asombrosa revelación fue total y abrumadora. Siendo pagano, reaccionó de la única manera que sabía. Cayó en adoración ante esta manifestación de lo sobrenatural encarnado, como creía ver en Daniel. Ordenó que se le ofrecieran oblaciones y se quemara incienso

Luego alabó al Dios de Daniel, Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios (47). Para mostrar su gratitud en una forma práctica, colmó de presentes a Daniel y lo promovió al cargo de jefe supremo de todos los sabios de Babilonia (48). A pedido de Daniel, sus tres compañeros recibieron importantes nombramientos políticos.

El Coloso de Nabucodonosor, 3:1–30

Auto deificación de un emperador (Daniel 3:1–7)

A. Seiss hace una vigorosa defensa de Nabucodonosor y su intención. Sostiene que el osado concepto de la gran imagen fue resultado directo del sueño que había visto el rey. ¿No se había postrado en adoración delante del hombre que le había transmitido el mensaje del Dios del cielo?

Ahora todo su reino se inclinaría ante esa maravillosa idea que le había sido revelada. En su confusa mentalidad pagana éste era un maravilloso tributo al Dios de Daniel y sus amigos hebreos. Esto haría que la negativa de ellos fuera tanto más irrazonable y condenable.

Bajo la clara y plena luz de la revelación y las instituciones divinas que Nabucodonosor no tenía, es evidente que cometió un gran error que en modo alguno puede ser justificado o excusado sobre bases bíblicas. Pero el error estuvo en el método y no en los motivos. 

Fue el error de una educación defectuosa, no de la intención. Honradamente se propuso reconocer y glorificar a aquel Dios del cielo que tan notablemente se había comunicado con él. Quiso que su imperio, mediante todos sus representantes reunidos, reconociera de ese modo a ese Dios en una copia tangible de la imagen del sueño. 

Todas las profundidades de su naturaleza, experiencias y convicciones religiosas se levantarían así para insistir en el deber y propiedad del cumplimiento de lo que tan devota y honestamente había arreglado y ordenado.

Pero es probable que este esfuerzo para defender al rey pagano de Babilonia no tome en cuenta todos los hechos. No parece probable que Nabucodonosor erigiera la imagen en honor de uno de los antiguos dioses de Babilonia, puesto que la tierra estaba llena de deidades competidoras y sus templos. Sin embargo, es posible que su sueño hubiera tenido un profundo efecto sobre él en relación con su lugar en el mundo y en la historia.

 ¿No era él la cabeza de oro? ¿No estaba primero y por encima de todos los reyes que habría en la tierra? No es difícil imaginar la creciente vanidad de este déspota oriental cuya mentalidad pagana no alcanzaba a sondear el significado real de las percepciones que Dios había tratado de compartir con él. Esta estatua de unos 3 metros de ancho y más de 25 metros de altura, dominando el campo de Dura (1) de modo que se divisaba desde kilómetros de distancia, proclamaría a todos la brillantez del hombre que la había diseñado y la gloria del rey a quien simbolizaba. La “llanura de Dura” al parecer estaba cerca de Babilonia, pero su ubicación exacta es desconocida.

Sea cual haya sido la motivación de Nabucodonosor, el edicto que convocaba a todos los jefes políticos del reino, grandes y pequeños (3), no dejaba duda acerca de lo que el rey exigía. Instantáneamente, a una señal preestablecida, el sonido de la orquesta imperial (5), todos debían caer en adoración delante de la imagen.

Conspiración contra los hebreos (Daniel 3:8–18)

No es sorprendente que los tres hebreos, tan recientemente ascendidos a posiciones de liderazgo político, hubieran suscitado celos en algunos funcionarios. El que Daniel parezca haber sido pasado por alto en la convocatoria sólo puede explicarse por su ausencia en la atención de asuntos de su cargo o en que estuviera ocupado en algún encargo especial del rey. 

Algunos varones caldeos (8), no de la casta sacerdotal, sino ciudadanos babilonios, se encargaron de que los tres hebreos no escaparan. Cuando fueron acusados ante el rey, éste montó en cólera y ordenó que comparecieran ante él inmediatamente (13). 

Sin escuchar su defensa, les presentó otra oportunidad de obedecer cuando sonara otra vez la música. Una negativa significaría la ejecución inmediata del decreto irreversible: seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos? (15), rugió el rey.

El aplomo y la calma de los tres siervos del Altísimo está en claro contraste con la desenfrenada turbulencia del rey. La osadía de su fe estaba a la altura de su domino propio. Oh Nabucodonosor, no es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado (16–18).

La fe verdadera no está ligada a las circunstancias ni a las consecuencias. Está fundada sobre la inmutable fidelidad de Dios. Y la fe es fuerte en relación con el elemento de fidelidad en el creyente. Puede haber parecido de poca importancia la claudicación en una cuestión tan nimia. ¿No le debían al rey alguna pequeña cortesía, algo de consideración? ¿No podían doblar las rodillas y mantener erguido el corazón? Una pequeña concesión a la limitada comprensión que tenía el rey de las cosas divinas sería cosa de poca monta.

¡Pero no! De este momento dependía la misma reputación del carácter del Dios vivo y verdadero. Multitudes de paganos de muchas tierras estarían observando. Decidiera Dios librarlos de las llamas o no, ellos debían ser fieles al honor de su nombre.

La prueba del fuego (Daniel 3:19–25)

El castigo con que se les amenazó fue puesto en ejecución casi inmediatamente. En la creciente ira del rey se demudó el aspecto de su rostro (19), e hizo septuplicar el calor del fuego. Mandó a un grupo escogido de sus soldados más vigorosos que atasen (20) a los tres sumisos prisioneros, vestidos como estaban con sus mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos (21), y los arrojaron al horno. Al caer Sadrac, Mesac y Abed-nego en las llamas, sus ejecutores murieron delante de ellos, alcanzados por el intenso calor.

Para el endurecido Nabucodonosor poco significaba ver morir a los hombres, aun en las formas más horribles. Pero lo que sucedió lo llenó de espanto, moviéndolo a la acción. Se puso en pie de un salto y llamó a sus consejeros. ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego?… He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses (24–25).

Seiss, siguiendo a Keil y muchos otros, traduce la última frase del versículo 25: “como un hijo de los dioses”. Keil explica:

El cuarto ser que Nabucodonosor vio en el horno era de apariencia semejante a… un hijo de los dioses, es decir, a alguien de la raza de los dioses. En el versículo 28 el mismo personaje es llamado un ángel de Dios, siguiendo Nabucodonosor el concepto de los judíos, como consecuencia de la conversación que indudablemente tuvo con los tres que se salvaron. Aquí, por otro lado, habla en el espíritu y significación de la doctrina babilónica de los dioses…

Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno y les gritó a los tres hombres que salieran, dirigiéndose a ellos como siervos del Dios altísimo. Esta manera de hablar no trasciende el círculo de las ideas paganas. No llama al Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego el único Dios verdadero, sino el Dios altísimo, el jefe de los dioses.

Sea que limitemos o no la profundidad de la percepción de Nabucodonosor de la identidad del cuarto varón que andaba entre las llamas, es evidente que aquí había una manifestación de lo sobrenatural, y el rey no era tan ciego que no lo viera así. Dios estaba allí con sus siervos en el horno de la aflicción. Y la presencia del Dios que creó el principio mismo de la luz y el calor era suficiente para dominar el efecto de esas fuerzas naturales sobre las personas de aquellos hombres que habían osado poner en El su confianza.

Tributo de Nabucodonosor al Dios Verdadero (Daniel 3:26–30)

Las palabras de Nabucodonosor a sus tres siervos hebreos cuando salieron indemnes de las fauces del infierno contenían un espontáneo tributo al Dios en quien ellos confiaban. Y en ese tributo reconoció que ellos servían a un Amo mayor que él. Siervos del Dios Altísimo, salid y venid (26). El asombro del rey y de su oficialidad reunida fue instantáneo y evidente. ¿Cómo podía ser que hombres indefensos arrojados a las llamas pudieran escapar no sólo ilesos, sino sin que siquiera sus ropas olieran a humo? ¡Pero la evidencia estaba ante sus ojos! Lo sobrenatural estaba en acción.

Este fue un momento de vívida revelación. El rey clamó en alabanza a ese Dios vivo cuya poderosa acción acababa de presenciar. Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él (28).

Nabucodonosor rindió además un notable testimonio a la fidelidad y el valor de estos tres siervos de Dios. Ellos habían confiado en Dios sin temor a las consecuencias. Habían desafiado el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios (28).

El Señor, nuestro Dios, se da a conocer más claramente cuando revela su gloria a través de los vasos de carne de sus humildes siervos. Para el rey, éste era el Dios, no del cosmos ni de la eternidad, sino de Sadrac, Mesac y Abed-nego (29). Y en su condición indefensa, en su prueba por el fuego en el horno de la aflicción, el poder y la gloria de Dios se habían manifestado.

Además, en el horno era donde se había manifestado el aspecto del cuarto. Aquí, medio milenio antes del milagro de la encarnación, el Hijo eternamente preexistente de Dios vino y anduvo en medio de la aflicción con aquellos que eran suyos. Aquí brilló la gloria del Verbo que habría de encarnarse y habitar entre nosotros (Jn. 1:14). Más tarde esa misma gloria brilló resplandeciente en medio de los candeleros (Ap. 1:13).

El rey fue profundamente conmovido por esta experiencia. Ordenó que en todo su reino se tuviera un reverente respeto por este Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego. La terrible amenaza de descuartizamiento y destrucción de la propiedad que acompañó al edicto caracterizaba la crueldad pagana de este rey para quien la religión por coacción y miedo era una manera natural de pensar. No hay evidencias de que el rey Nabucodonosor se convirtiera, aunque se vio obligado a admitir que no hay dios que pueda librar como éste (29). Los dioses de Babilonia no fueron desechados, pero por el momento el Dios altísimo fue exaltado como el mayor entre ellos.

Como una expresión práctica de aprecio por los tres fieles testigos, el rey engrandeció a Sadrac, Mesac, y Abed-nego en la provincia de Babilonia (30). La expresión aramea es: “Los hizo prosperar”.

Juicio Personal de Nabucodonosor, 4:1–37

Atribución de alabanza al Dios altísimo (Daniel 4:1–3)

El capítulo cuarto de Daniel ha sido descrito como el más notable documento de estado que haya llegado hasta nosotros desde la antigüedad. Encabezado por la inscripción Nabucodonosor rey (1), hablaba con autoridad imperial a todos los pueblos, naciones y lenguas que reconocían su autoridad. Sin vergüenza o excusa esta proclamación exaltaba al Dios Altísimo (2). Pocos líderes mundiales de cualquier época han superado a Nabucodonosor en dar gloria a Dios o en presentar correctamente su carácter exaltado. Este pasaje bien podría llamarse “La teodicea del emperador”—una exaltada vindicación de los juicios de Dios y su justicia.

¡Cuán grandes son sus señales,

y cuán potentes sus maravillas!

Su reino, reino sempiterno,

y su señorío de generación

en generación (3).

Un sueño perturbador (Daniel 4:4–18)

No hay una indicación clara del momento en el reinado de Nabucodonosor en que tuvo esta humillante y esclarecedora experiencia. Keil sugiere que ocurrió “en el último período de su reinado, después de que no sólo había librado guerras para la fundación y consolidación de su reino mundial, sino también, terminado al menos la mayor parte de sus espléndidos edificios”.

No había nada en su ambiente que no diera profunda satisfacción al rey. Había recorrido el mundo con sus conquistas. Se había destacado como diseñador y constructor, tanto en Babilonia como en todo su reino. Ahora, en su palacio, estaba tranquilo y floreciente (4). Pero su tranquilidad y satisfacción fueron interrumpidas por un sueño que lo perturbó profundamente. Como lo había hecho en una ocasión similar, convocó a todos los sabios de Babilonia (6). Pero con toda la sabiduría de que se jactaban, no… pudieron mostrar su interpretación (7). No está del todo claro si Daniel fue llamado en la primera convocatoria. Tal vez fuera deliberadamente excluido por el rey hasta haber dado a la mayoría de los sabios la oportunidad de mostrar lo que podían hacer. Hasta que entró delante de mí Daniel (8). De él testificó el rey: he entendido que hay en ti espíritu de los dioses santos (9).

El rey había visto en su sueño un árbol (10) que crecía cada vez más en tamaño y altura y llegaba hasta el cielo (11) y parecía cubrir la tierra. El follaje era frondoso y los frutos tan copiosos que proporcionaba alimento y sombra para todos (12), hombres, aves y bestias. Entonces apareció un ser celestial al que se llama vigilante y santo (13) y rompió el silencio con una potente orden: Derribad el árbol, y cortad sus ramas, quitadle el follaje, y dispersad su fruto (14).

El mensajero celestial continuó con detalles específicos del terrible sueño que sonaban ominosamente como pronósticos de juicio. Y era un juicio, pero un juicio templado por la misericordia. Porque Nabucodonosor corría hacia el desastre, y Dios le sería fiel.

Keil sugiere la posibilidad de que en la identificación del rey del decreto de los vigilantes (17), haya una insinuación de la antigua teología babilónica. En la jerarquía de deidades había 30 dioses consejeros que servían a los 5 grandes dioses planetarios. La mitad de ellos estaban a cargo del mundo superior, y 15 del mundo inferior. Cada 10 días un mensajero de cada consejo visitaba el otro mundo llevando algún mensaje. Pero cualesquiera fueran las limitaciones teológicas de Nabucodonosor, evidentemente llegó a saber que un Dios más grande, el Altísimo (que) tiene dominio en el reino de los hombres (25).

La interpretación de Daniel (Daniel 4:19–27)

Cuando los filósofos y científicos paganos de la corte se rindieron presas de la confusión, fue introducido Daniel y el rey lo saludó con una deferencia que revelaba su alta opinión de este siervo de Dios: Tú puedes, porque mora en ti el espíritu de los dioses santos (18), dijo el rey. Pero cuando Daniel hubo oído el sueño, quedó atónito, y guardó silencio por una hora. Luego, alentado por el rey, dio la razón de su vacilación. Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para quienes mal te quieren (19).

El árbol alto era indudablemente el rey mismo. Su asombroso crecimiento y fortaleza eran una representación exacta de su gran poder. Creció tu grandeza y ha llegado hasta el cielo, y tu dominio hasta los confines de la tierra (22). Pero la trágica secuela era que estaba decretado que esa grandeza habría de terminar pronto. El rey, renombrado en toda la tierra por su genio, perdería la razón y se arrastraría por el suelo como una bestia. El que era honrado como el más grande de los seres humanos vivientes perdería su humanidad y se consideraría un buey que se alimentaba de hierba. Hasta que pasen sobre él siete tiempos (23) era una indicación de que la locura del rey duraría siete años.

Pero en medio de esta tremenda predicción de ruina, que al rey debe haberle parecido más terrible que la muerte, había seguridades de la infinita fidelidad y misericordia de Dios. Aunque el árbol era talado, la cepa de sus raíces (23) se dejaba para que reviviera y volviera a crecer. Además, estaba rodeado con atadura de hierro y de bronce, símbolo de la firmeza de la divina promesa de supervivencia y restauración. Al finalizar su interpretación, Daniel exhortó al rey a arrepentirse de sus pecados de injusticia y opresión, para que Dios prolongara su tranquilidad (27).

Cumplimiento y destronamiento (Daniel 4:28–33)

Pero Nabucodonosor no prestó atención a la advertencia, volviéndose a Dios genuinamente arrepentido, lo cual es una reflexión gráfica sobre la debilidad y la impiedad humanas. Pasaron doce meses (29) y la aterradora visión se disipó. Tal vez, después de todo, no se cumpliría.

Un día, en un momento de auto gratificación, el rey empezó a exaltar la gloria de sus logros. “Paseándose por la terraza del palacio real”, tenía debajo de sus pies el edificio más espléndido que Babilonia había visto jamás, adornado con oro y mármoles de brillantes colores. Cerca estaban la montaña artificial y los jardines colgantes construidos para su reina de las montañas de Media. Esa era la gran Babilonia (30). De una pequeña población en una de las orillas del Éufrates, él la había llevado a ambos lados del río duplicando su superficie. La había llenado de templos y edificios de una arquitectura característica. La había rodeado de murallas renombradas por su altura y espesor. Sobre ellas podían correr de frente los troncos de caballos de los carros de guerra. Doscientos diez kilómetros de estas murallas rodeaban la ciudad. Cien aberturas, con puertas de bronce controlaban el acceso a la ciudad. Y afuera había un depósito de 220 kilómetros de circunferencia, que conservaba y controlaba las aguas del Éufrates. Canales para la navegación y la irrigación surcaban el área. Represas dirigían el Éufrates al mar, y rompeolas hacían que el golfo Pérsico fuera seguro para la navegación.

Con su mente llena con esta visión, podemos imaginar la exaltación del rey. El que ya lo tenía todo, se atribuyó toda la gloria. ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué… para gloria de mi majestad? (30). Inflado hasta el punto de estallar con su autoestima, cayó en el abismo de la oscuridad espiritual y mental.

No hay otras noticias sobre el intervalo de locura de Nabucodonosor aquí mencionado, lo cual es muy comprensible. Cualquier referencia a él en las fuentes babilónicas habría sido cuidadosamente eliminada después que el rey recuperó su salud y su posición. El extremado orgullo del monarca fue castigado con un juicio terminante y humillante. La forma particular de la locura de Nabucodonosor se conoce como licantropía.

Restauración (Daniel 4:34–37)

La adecuada culminación del capítulo se encuentra en el recital de la recuperación del rey y su glorificación de Dios, el Altísimo. Como Dios lo había prometido, su reino le fue preservado. Su gabinete de consejeros, uno de los cuales bien pudo ser Daniel, administró el reino durante los “siete tiempos” (32) de incapacidad del rey. Si éstos fueron siete años, como los interpreta la mayoría de los comentaristas, ello mostraría algo de la estima en que el rey era tenido por sus súbditos, así como de la fiel providencia de Dios que inclinó a ello sus corazones.

Podríamos preguntar: ¿Por qué permitió Dios la restauración? Más aún, ¿por qué se la garantizó Dios a un autócrata egocéntrico como Nabucodonosor? ¿No era que a través de este hombre podría Dios revelar su gloria?

Dios había designado esta experiencia como una disciplina especial de enseñanza para Nabucodonosor. Su propósito especial era, en las palabras de Daniel, “hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien él quiere” (25). Y notamos que esa recuperación se produjo cuando yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo (34).

El rey había aprendido bien su lección. Sea que antes había conocido mucho o poco de Dios, ahora prorrumpió en alabanzas de profunda y amplia significación. La naturaleza del Altísimo resalta en claro relieve contra el paganismo y la superstición de la época. Vemos aquí reveladas: (1) La eternidad de Dios—el que vive para siempre (34); (2) Su soberaníasu reino, reino sempiterno, y su reino por todas las edades; (3) Su omnipresenciaél hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra (35); (4) Su omnipotenciano hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces? (5) Su justiciatodas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos (37).

Caída del Imperio Caldeo, Daniel 5:1–31

La primera mitad del libro de Daniel es el registro de una serie de encuentros cruciales entre el jactancioso poderío y orgullo de hombres pequeños y el Dios grande y bueno, que en el último análisis gobierna los asuntos de los hombres, sea que éstos lo reconozcan o no. El incidente de este quinto capítulo viene como el clímax del relato del meteórico viaje a través de la historia del reino neo-babilónico.

A la muerte de Nabucodonosor, su hijo, Evil-merodac, le sucedió en el trono. Este es el rey que honró en forma especial al rey Joaquín después de sus 37 años de exilio, liberándolo de la prisión y asignándole una pensión (Jer. 52:31–34; 2 R. 25:27–30).

Dos años después el cuñado de Evil-merodac, Neriglisar, encabezó una revuelta y lo asesinó. Neriglisar se había casado con una hija de Nabucodonosor y pretendía algunos derechos reales, especialmente a través de su joven hijo, Labasi Marduk. Pero el muchacho carecía de apoyo y pronto fue despachado por sus amigos de confianza. Los generales y dirigentes políticos eligieron a Nabonido, otro yerno de Nabucodonosor, y su probado ayudante de confianza durante gran parte de su reinado. Nitocris, hija de Nabucodonosor, le dio a Nabonido un hijo, Belsasar. Debido a su sangre real, Belsasar, tres años después de la asunción del mando por Nabonido, fue hecho corregente con su padre. Se le dio el cargo especial de gobernador de la provincia de Babilonia. Este fue el Belsasar de Daniel, como lo han revelado las tabletas cuneiformes después de décadas de confusión, aun para los eruditos conservadores, acerca de la identidad histórica de este rey.

La orgía profana de Belsasar (Daniel 5:1–4)

A pesar de toda su herencia real del gran Nabucodonosor, su abuelo, Belsasar se hizo famoso por su desenfreno y crueldad. Se atribuye a Jenofonte la anécdota de una partida de caza en la cual uno de los nobles de Belsasar se adelantó al rey y derribó la presa. Ante lo cual Belsasar mató al noble en el mismo punto. Más tarde, en una fiesta, uno de los huéspedes fue elogiado por una de las mujeres. El rey ordenó que el huésped fuera mutilado para que no hubiera ninguna otra ocasión de nuevos elogios. Criado en medio del lujo, y habiendo recibido desde temprano poder y adulación, difícilmente hubiera podido evitar llegar a ser un insensato egoísta y un autócrata sin corazón.

Pero ahora, después de 14 años como segundo en autoridad en el reino, Belsasar se enfrentaba con serias responsabilidades. Su padre, Nabonido, estaba en campaña con el ejército caldeo tratando de parar los golpes de las fuerzas combinadas de medos y persas. Una tras otra las tierras alrededor de Babilonia habían caído. Ahora la propia capital estaba rodeada por los ejércitos de Ciro, como su presa final.

¿Pero no era inexpugnable esta gran Babilonia? Sus muros podían soportar cualquier asalto. Su abundancia de provisiones y su inagotable suministro de agua podían aguantar cualquier asedio. Para demostrar su temerario desdén por la amenaza persa, Belsasar proclamó una festividad para toda la ciudad. Con una invitación especial a mil de sus príncipes (1) convocó a un banquete en el palacio real. Para aumentar la alegría de la reunión, invitó a las mujeres del harén real. Y él mismo presidió las festividades demostrando su capacidad de bebedor. Hasta que “recalentado con el vino” (2), cedió a un impulso temerario. Ordenó que trajeran los vasos sagrados que su abuelo había llevado de Jerusalén (3) a Babilonia 50 años antes. Beberían de ellos como nunca antes nadie había osado beber, y alabarían a todos los dioses (4) de Babilonia. Tanto aumentó la barahúnda que, según Jenofonte, Gobryas, el general de Ciro, dijo: “No me extrañaría que las puertas del palacio estuvieran abiertas, porque toda la ciudad parece entregada esta noche a una orgía.”

Aparición de la condenación (Daniel 5:5–9)

Repentinamente, sin advertencia previa, la algarabía se congeló en un silencio estupefacto. Sobre la pared apareció una mano de hombre (5) que escribía lentamente un mensaje. Pero ni el rey ni sus cortesanos pudieron entender una sola palabra. “Entonces se le mudaron al rey los colores, y sus pensamientos le aterraron, en términos que las coyunturas de sus lomos se le desencajaban, y sus rodillas se batían la una contra la otra” (6). Cuando recobró el habla, Belsasar empezó a llamar a gritos a los sabios magos, caldeos y adivinos (7), para que acudieran a explicar el misterio. El rey prometió recompensas y ascensos para quien pudiera leer la escritura y descifrar el mensaje. Sería vestido de púrpura (atuendo regio), se le pondría al cuello un collar de oro, y sería elevado al tercer puesto entre los líderes del reino. Este era el lugar más elevado disponible, pues Nabonido ocupaba el primer lugar y Belsasar el segundo.

Cuando sus sabios no pudieron darle respuesta alguna, el rey y todos los circunstantes fueron presa de la mayor consternación. El término arameo empleado aquí, mishettabbeshiyn, implica mucho más que perplejidad; más bien hubo “confusión y gran conmoción en la asamblea.”

Llaman a Daniel (Daniel 5:10–12)

Mientras los hombres gritaban y las mujeres lloraban, la reina (10; Nitocris, la reina madre), que se había ausentado de la fiesta, volvió de sus aposentos en el palacio a la sala del banquete. Dominando la histeria de la situación con aplomo y dignidad, increpó amablemente al rey, su hijo, y le indicó cómo proceder inteligentemente. Le recordó que había en su reino un hombre en el cual mora el espíritu de los dioses santos (11). Este hombre había probado una y otra vez su capacidad para revelar secretos sobrenaturales en los días de su abuelo Nabucodonosor. Este no era otro que Daniel… por nombre Beltsasar (12), en un tiempo principal entre los sabios de Babilonia.

La interpretación de Daniel (Daniel 5:13–29)

Entonces Daniel fue traído delante del rey (13). Olvidado y menospreciado durante largo tiempo, el hombre de Dios era ahora el hombre de la hora. Habiéndosele ofrecido la misma extravagante recompensa que el rey había prometido antes (16), Daniel la rechazó (17) y pasó directamente a la crisis que confrontaba al beodo rey y su ciudad. Cortés pero directamente, lo enfrentó con un mensaje de Dios. Le recordó las lecciones que Belsasar debiera haber aprendido de la historia, especialmente de la vida de su abuelo y los tratos de Dios con él. Señaló la soberbia de Nabucodonosor y su trágica humillación (18–22). Luego hizo una embestida a la propia conciencia de Belsasar: Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu corazón, sabiendo todo esto; sino que contra el Señor del cielo te has ensoberbecido (22–23).

La escritura en la pared estaba terminada. Cuatro palabras crípticas brillaban sobre el yeso de la pared. Estaban escritas claramente, en caldeo, pero ¿qué significaban? Mene, Mene, Tekel, Uparsin (25). Daniel explicó cada palabra con un doble significado. Mene, Mene significaba “contado, contado”; Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin (26); Tekel—“pesado”; pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto (27). Parsin—“fragmentos rotos” (la U significa “y”). Usando la forma del participio singular, Peres—fragmentado, Daniel pronunció la condenación final, Tu reino ha sido roto, “dividido”, y dado a los medos y a los persas (28).

Ruina del imperio (Daniel 5:30–37)

Apenas habían sido colocadas en Daniel las preciadas condecoraciones, cuando irrumpieron aullando en el palacio los soldados de Gobryas y Ciro. La tradición dice que los ingenieros de Ciro desviaron el río y las tropas entraron en la ciudad por el lecho seco del canal. Pero parece haber evidencias más sólidas de que insurrectos dentro de la ciudad habrían abierto las puertas para dejar entrar a los ejércitos persas. La ciudad cayó sin gran pérdida de vidas, aparte de la de Belsasar. Cuando el ejército de Nabonido estuvo definitivamente derrotado, Ciro le asignó una residencia permanente en Carmania, una provincia no muy distante, donde vivió sus últimos días.

En cuanto a Belsasar, el hijo de Nabonido, ¡cuan patéticamente fútil fue la oración de su padre registrada en un gran cilindro cuneiforme hallado en el Zigurat de Ur! Dirigida a Sin, la diosa de la Luna, dice: “En cuanto a mí, Nabonido, rey de Babilonia, venerador de tu gran divinidad, que pueda satisfacerme con la plenitud de vida, y en cuanto a Belsasar, el primogénito de mis lomos, prolonga sus días; que no se entregue al pecado.”

En el capítulo 5 y contra el trasfondo del juicio del versículo 27 vemos el tema: “Cuándo Pronuncia Dios la Condenación.” (1) Cuando los hombres no aprenden de la experiencia de otros, 17–22; (2) Cuando desconocen a Dios y lo desafían, 22–23; (3) Cuando viven en la sensualidad, 1–3; (4) Cuando adoran a otros dioses, 23. Cf. también Seiss.

El Reinado de Darío, el Medo, Daniel 6:1–28

El versículo final del capítulo 5, con el primer versículo del capítulo 6 nos introduce en un nuevo gobierno. Aunque Ciro fue el conquistador, Darío de Media se nos presenta como el monarca de Babilonia. Parece haber sido la práctica de Ciro dejar la administración del gobierno en manos de otros mientras él proseguía sus campañas de conquista.

Durante muchos años uno de los problemas más críticos del libro de Daniel ha sido la identidad de Darío el medo, hijo de Asuero (5:31; 9:1). La historia secular no arroja luz sobre el problema. Lo mismo se podría haber dicho de Belsasar hasta que las inscripciones cuneiformes empezaron a revelar sus secretos. Josefo creía que Darío era el hijo de Astyages conocido por los griegos por otro nombre. Esto significaría que era nieto de Ciaxares, el gran aliado medo de Nabucodonosor.

Algunos han tratado de identificar a Darío con Gobryas, el general del ejército de Ciro que tomó Babilonia. Se le atribuye haber gobernado por un breve lapso. Pero su muerte a escasos dos meses de la toma de Babilonia no apoyaría esta teoría.

John C. Whitcomb, en su libro Darius the Mede, sugiere fuertes razones para identificar al medo Darío con un tal Gubaru cuyo nombre se descubrió en los registros cuneiformes. A éste se le llama “Gobernador de Babilonia y del Distrito más allá del río”. Bajo la autoridad de Ciro, Gubaru designó gobernadores que gobernaran con él en ausencia de Ciro, quien residía por períodos prolongados en su capital, Ecbatana. Gubaru recibió poderes prácticamente ilimitados sobre la gran satrapía de Babilonia. Autoridad que mantenía aún durante el reinado de Cambises, hijo de Ciro.

Progreso político de Daniel (Daniel 6:1–3)

En la reorganización del gobierno, Darío siguió la política liberal de Ciro y procedió inmediatamente a distribuir las responsabilidades de la administración. La designación de 120 sátrapas (1) sobre los cuales colocó tres gobernadores (2) puede haber sido un arreglo más o menos transitorio para asegurar la ordenada recaudación de los impuestos y la mantención de un sistema de cobranzas y contabilidad. La breve explicación de 2 parece indicar esto: a quienes estos sátrapas diesen cuenta, para que el rey no fuese perjudicado.

De los tres gobernadores, Daniel mismo era superior. Y Darío halló en él un espíritu superior (3) lo que le hizo pensar en extender su autoridad a todo el reino.

Daniel era ya octogenario. Había pasado por las pruebas de una crisis política tras otra. Su reputación de integridad y honestidad llegó ahora a conocimiento de los nuevos gobernantes. Tal vez éstos habían sido informados de su actuación en la noche fatal de la caída de Belsasar. En cualquier circunstancia, el hombre de Dios estaba dispuesto a servir donde fuera necesario.

Maquinación de los sátrapas (Daniel 6:4–9)

Un hombre fiel y honrado es desconcertante para los intrigantes indignos. Ver que Daniel estaba a punto de recibir una nueva promoción por encima de ellos era más de lo que los gobernadores y sátrapas (4) podían soportar. Debían destruirlo a cualquier costo. Como no podían señalarle fallas en el desempeño de su cargo, sabían que debían atacarlo en su punto más fuerte: su religión y la ley de su Dios (5).

El rey fue accesible a la sugestión. Era común que un gobernante medo o persa ocupara el lugar de uno de sus dioses y exigiera la adoración del pueblo. Darío se sintió halagado de ser el centro de la devoción religiosa durante un mes, de modo que firmó… el edicto (9).

La valiente devoción de Daniel (Daniel 6:10–24)

La respuesta de Daniel fue inequívoca. Alterar sus hábitos devocionales o mantener secreta su relación con su Dios hubiera sido una vileza. Se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes (10). Esta era una ley que no necesitaba estar en los libros. Hacer ilegal algo que era una cuestión de conciencia sería alta traición contra el Dios del cielo. La cuestión de la autoridad del estado y el derecho de la conciencia individual ha llegado a ser crucial una y otra vez en nuestro esclarecido siglo. Y, como Daniel, muchos se han visto obligados a defender la posición que su conciencia les indicaba. Los sátrapas conjurados informaron a Darío: “Ese Daniel, uno de los cautivos judíos, no hace caso de ti ni de tu ley. Tres veces al día pide favores a su Dios” (13). El rey se espantó cuando advirtió las implicaciones de su acción, y resolvió librar a Daniel (14) de la trampa legal en que habían caído juntos por ese nefando complot. Los maquinadores aprovecharon su ventaja sin vergüenza ni compasión (15) y obligaron al rey a hacer lo que le repugnaba hacer: echar a Daniel en el foso de los leones (16).

El foso fue sellado con el anillo real (17), de modo que Daniel no tuviera ocasión de escapar. El rey retornó al palacio, pero no comió ni durmió. Se acostó ayuno (18) y sin duda pasó la noche orando a los dioses que conocía. Apenas amanecía cuando se apresuró a ir al foso. La Versión Moderna traduce: “Y al llegar cerca del foso, llamó a Daniel con voz lastimera; y hablando el rey dijo a Daniel: ‘¡Oh, Daniel, siervo del Dios vivo, ¿ha podido tu Dios a quien tú sirves de continuo, librarte de los leones?’ ” (20).

Con una esperanza perdida, la tarde anterior le había dicho a Daniel: “Quiera tu Dios, a quien sirves tan fielmente, librarte” (16).

La respuesta de Daniel desde el fondo del foso fue el sonido más maravilloso que el rey hubiera podido esperar oír. Oh rey, vive para siempre. Mi Dios envió su ángel, el cual cerró las bocas de los leones (21–22).

El gozo del rey revela la estima en que tenía a Daniel. Y su sentido de la justicia ultrajada se ven en su esfuerzo para corregir la equivocación cometida mediante la inmediata reforma del edicto y el perentorio castigo de los malvados tramoyistas.

El decreto de Darío (Daniel 6:25–28)

Aunque la reacción inmediata de Darío fue corregir la injusticia cometida contra Daniel y castigar a los verdaderos culpables, fue mucho más lejos. Comprendió que la verdadera ofensa se había cometido contra el Dios de Daniel. En verdad, el edicto que había enviado a Daniel al foso de los leones había desalojado transitoriamente al Dios viviente (26) del reino de los medos y persas. Ese edicto debía ser contrarrestado por otro igualmente terminante y específico en sus alcances e implicaciones. Así, mientras el primer edicto había prohibido orar a nadie más que al rey, el segundo ordenaba reverenciar al Dios de Daniel en todo el reino. Si bien la verdadera adoración nunca puede ser asegurada por un decreto real, sí puede ser estimulada. El mandato del rey y la imputación de alabanza presentaban la gloria de Dios en términos casi tan claros y comprensivos como los proclamados por el gran Nabucodonosor, el caldeo. El Dios de Daniel… es el Dios viviente y permanece por todos los siglos, y su reino no será jamás destruido, y su dominio perdurará hasta el fin. El salva y libra, y hace señales y maravillas en el cielo y en la tierra (26–27).

El reconocimiento de Darío del carácter sobrenatural de la liberación de Daniel se revela en los dos términos arameos empleados en el verso 27 para describir la obra de Dios: ’Athiyn thiymhiyn, señales y maravillas. El nombre en singular ’ath implica “una señal o rayo de luz” y en consecuencia “un portento, un milagro o señal”. La segunda palabra, temah, implica “asombro, sorpresa, maravilla”, y por lo tanto también “milagro, maravilla”. Que las fieras hambrientas fueran mantenidas bajo tal dominio que no dañaran al hombre de Dios es realmente un milagro, especialmente cuando esos mismos animales, liberados del poder que los restringía, hicieron pedazos los huesos de aquellos que habían desafiado a Dios. Tal milagro es completamente inaceptable para los que insisten en hallar una explicación natural para todos los sucesos. Pero para los que aceptan la revelación de un Dios que se ha mostrado libre para actuar dentro de su propio universo, este milagro no es más imposible que cualquier otro acto de Dios por el cual haya escogido cumplir sus propósitos. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamentos están llenos de tales incidentes. Por esta clase de medios se revela la clase de Dios a quien servimos: el Dios viviente… permanece por todos los siglos (26).

En el capítulo 6 vemos: “El Coraje y Sus Consecuencias.” (1) Coraje para ser fieles, 1–10; (2) El coraje puesto a prueba, 11–17; (3) El coraje vindicado, 18–23; (4) El adelanto del reino de Dios, 25–27 (A. F. Harper).

El versículo 28 relaciona los reinados de Darío el medo y Ciro el persa con Daniel, que sirvió bajo ambos. La historia muestra que estos monarcas fueron corregentes, habiendo servido Darío el medo en Babilonia bajo Ciro, quien había consolidado los reinos de los medos y los persas y era su jefe reconocido. Al parecer, Darío no pudo haber reinado más de dos años a lo sumo. Otras referencias fechadas mencionan sólo el primer año de Darío (9:1; 11:1).

  1. Imperios Surgen y Caen Hasta la Consumación, 7:1–28

Con Daniel 7 concluye la sección aramea del libro (véase el comentario sobre 1:1–2) y terminan los mensajes relacionados con las potencias mundiales paganas. En un sentido este capítulo forma un puente entre la sección gentil y la sección judía que sigue. La primera, vestida en el lenguaje de las tierras a las cuales Israel y Judá habían sido exiliados, llevó la palabra de Dios a los emperadores e imperios de los gentiles. La segunda, en el lenguaje de la promesa al pueblo de la promesa, llevó la palabra segura de Dios al remanente de Israel. La perspectiva de la primera es el orden mundial gentil. La perspectiva de la segunda pone en primer plano el reino de Dios, si bien en conflicto con las fuerzas del mundo. Así, pues, en este capítulo siete convergen ambas perspectivas, la terrena y la celestial. Junto con el capítulo 2 ha sido caracterizado como el corazón del mensaje de Daniel.

Las cuatro bestias (Daniel 7:1–8)

Las bestias y la imagen de Nabucodonosor (Daniel 7:1–3).

El primer año de Belsasar (1) sería 14 años antes de la caída del reino neo-babilonio. El sueño de Daniel, de la forma de las cosas futuras, incluyó la contemplación de todos los tiempos, desde el momento en que se encontraba el profeta, más de cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, a través de nuestro tiempo, hasta el fin de las edades. Desde este punto de vista de Daniel, rodeado de la silenciosa oscuridad de la noche (2), surgió un cuadro de ruido y furia—furiosos vientos del cielo combatiendo sobre el gran mar, bestias rugientes (3) que ascendían de las aguas, y avanzaban por la tierra, cada una de ellas perseguida por la que la seguía.

Los vientos del cielo que luchan sobre el mar son una gráfica figura de las dos dimensiones de la realidad histórica. Está la existencia terrena de pueblos y naciones representados por el mar tumultuoso y la tierra sólida. Y está el orden celestial, sobrenatural. Ambos reinos están envueltos en el curso de los asuntos humanos, y entre ellos y dentro de ellos hay un dinámico conflicto de fuerzas.

Hay un notable paralelo entre la visión de Daniel descrita aquí y la visión de la gran estatua de Nabucodonosor. De hecho, ambas describen claramente las mismas realidades históricas, aunque desde diferentes puntos de vista. El capítulo 2 muestra la historia tal como Dios permitió que un monarca pagano la entreviera. La estatua tenía en sí elementos de la situación del propio Nabucodonosor. En la visión de Daniel compartimos la posición de un hombre de Dios que capta un fugaz resplandor de la perspectiva de Dios.

Nabucodonosor vio el orden mundial resaltando en magnífica grandeza, un brillante coloso de oro, pero Daniel vio la misma substancia como unas bestias terribles y rapaces.

Stevens señala la pertinencia del símbolo de la bestialidad aplicado a los tiranos de la historia. “Debemos inclinarnos respetuosos ante esta expresión de la divina estimación del carácter del gobierno imperial en el mundo. ¿Cuáles son los atributos de las bestias? Conservar lo suyo a cualquier costo gracias a su poder; reñir por lo que no tienen, pero quieren tener; inflamarse fácilmente con rabia sanguinaria ante cualquier afrenta… alcanzar bajo la pasión la mayor satisfacción en la sangre, las agonías, la pérdida, la muerte de los objetos de su furia… Dios vio que este espíritu prevalecería en los imperios mundiales hasta el fin. De hecho, es el espíritu mismo del imperio mundial. Y el militarismo es su implemento indispensable.” Verdaderamente, “Jehová no mira lo que mira el hombre” (1 S. 16:7).

El león alado (Daniel 7:4).

La identificación de las primeras tres bestias parece ser claramente paralela a la interpretación que Daniel dio de la imagen del capítulo 2. El león con alas de águila… levantada del suelo… enhiesta sobre los pies a manera de hombre y que recibió un corazón de hombre sugiere a Nabucodonosor como la gran personificación del imperio babilonio. Su degradación se sugiere en el arrancarle las alas, y su restauración en el don de un corazón de hombre y la posición erecta de un ser humano. El rey de las bestias por su fuerza y ferocidad y el rey de las aves por su gracia, rapidez y rapacidad se combinan en el cuadro del poder regio y la grandeza de este rey y su reino.

El oso (Daniel 7:5).

La segunda bestia, semejante a un oso, “que tenía su zarpa levantada, lista para golpear”, seguía al león en ferocidad. Las tres costillas que tenía en la boca y el mandamiento: Levántate, devora mucha carne, describen su carácter rapaz. Las costillas que el oso tiene entre los dientes representarían, según algunos, los reinos de Babilonia, Lidia y Egipto.

Pusey describe gráficamente la pesada e impasiva firmeza estolidez del osuno imperio persa—masivo y poderoso en su estrategia militar, malbaratador de vida humana y recursos. La expedición de Jerjes contra Grecia, que halló su derrota inicial en la batalla de Maratón, se pareció más a la migración de vastas hordas que al movimiento de un ejército. Se estima que consistió en más de dos millones y medio de combatientes.

El leopardo con alas de ave (Daniel 7:6).

El leopardo, con cuatro alas de ave es un símbolo adecuado de Alejandro, el girego, cuya asombrosa velociadad y notable poder pusieron rápidamente a sus pies a Persia y el mundo. Las cuantro cabezas sugieren la división de su reino en cuatro partes poco después de su muerte.

El monstruo indescriptible (Daniel 7:7–8).

La cuarta bestia es el tema especial de la interpretación del ángel en 15–28. Esta criatura espantosa, pero no descrita, recuerda fuertemente el carácter heterogéneo de la parte inferior de la estatua de Nabucodonosor, con piernas de hierro y pies de una mezcla de hierro y barro (2:40–43).

(1) Poder, pillaje y terror (7).

La característica distintiva de la cuarta bestia es el terror que intenta provocar en el que la contempla; era espantosa y terrible y en gran manera fuerte, y tenía unos dientes grandes de hierro. “Devoraba y hacía pedazos a sus víctimas, y pisoteaba con los pies los restos de ellas”. Se señala especialmente su marcada diferencia con las otras bestias que la precedieron.

(2) Diez cuernos (7).

En la cabeza de esta bestia crecían diez cuernos. Símbolos del poder militar, estos cuernos representan diez reyes o reinos (cf. 24). Brotando de la cabeza única presentaban una unidad en la diversidad, como partes de una única bestia. También pertenecían al mismo período de la historia en contraste con las apariciones sucesivas de las bestias.

(3) El temible cuerno pequeño (8).

Surgiendo de la misma cabeza y desplazando a tres cuernos de los primeros había otro cuerno pequeño. Más devastador que cualquiera de los anteriores, este cuerno se torna un tema principal del resto del capítulo. Sus ojos como de hombre, y una boca que hablaba grandes cosas sugieren un ser humano dotado de extraordinaria inteligencia y sagacidad, con un descollante orgullo.

El Anciano de Días se sienta en juicio (7:9–14)

Los tronos de juicio (Daniel 7:9–10).

Al llegar al clímax la furia de la cuarta bestia, Daniel vio poner unos tronos, y al Anciano de días ocupar su asiento de juicio. Revestido de luz inefable, rodeado de millones de millones que le servían, el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos. Esta figura se refleja claramente en Apocalipsis 20:4.

El juicio de la bestia y de las bestias (Daniel 7:11–12).

La cuarta bestia encuentra su fin en el juicio de Dios. Mataron a la bestia, y su cuerpo fue destrozado y entregado para ser quemado en el fuego. Con ella fue el cuerno pequeño. A las otras bestias se les concedió cierta prolongación de la vida, aunque les fue quitada su autoridad y fueron sometidas al dominio divino.

Un nuevo rey y un nuevo reino (Daniel 7:13–14).

Sigue la beatífica visión de uno como un hijo de hombre (13), que viene con las nubes del cielo y recibe un reino… entero (14) del cual son súbditos todos los pueblos, naciones y lenguas. Inevitablemente se identifica a Jesús, que adoptó el título de “Hijo del hombre”, con el nuevo Rey. Y su proclamación del Reino identifica el nuevo dominio.

La relación de esta visión con la de 2:44 es evidente. Allí la piedra cortada de la montaña desplaza a los reinos (cf. Mt. 24:30 y Ap. 1:7).

La interpretación del ángel (7:15–28)

Explicación de las bestias (Daniel 7:15–18).

No es extraño que Daniel se sintiera abrumado y turbado (15) por la visión que acababa de ver. Entendido como era en los caminos de Dios, tenía suficiente capacidad para comprender algo de la significación del panorama que se había desarrollado delante de él. Pero su amplitud, y sus oscuras implicaciones para los pueblos de la Tierra, y para su propio pueblo, eran más de lo que él podía asimilar con tranquilidad.

Dios es bueno y ayuda a los suyos cuando se encuentran en gran necesidad. El ángel de Dios estaba allí para ayudar a Daniel a entender más claramente. Las cuatro bestias, le explicó, eran cuatro reyes (17), o reinos. Pero la culminación final de la historia es un quinto reino, el reino de los santos del Altísimo (18).

La cuarta bestia (Daniel 7:19–26)

era la principal ansiedad de Daniel, como ha sido desde entonces la preocupación de los estudiantes del libro de Daniel. De modo que el ángel se concentró en este aspecto y le prestó la mayor atención.

Esta bestia de grandes dientes de hierro y garras de bronce (19) era indescriptiblemente espantosa. Era más desenfrenada en su destructividad e implacable en su crueldad que cualquiera de sus predecesoras. Aunque al principio tenía diez cuernos (20), le brotó otro cuerno pequeño que desplazó a otros tres y se distinguió por su vigor y desarrollo. En ferocidad y jactancia era más grande que sus compañeros. Al final atacó al mismo Dios Altísimo, y hacía guerra contra los santos, y los vencía (21).

Esta cuarta bestia, explicó el ángel, será un cuarto reino en la tierra… diferente de todos los otros reinos, y a toda la tierra devorará, trillará y despedazará (23).

(1) ¿Qué imperio es éste? ¿Qué reino de la historia puede ser identificado con la terrible figura de esta cuarta bestia? Siguiendo la interpretación adoptada en el capítulo 2, sería el Imperio Romano, aunque la mayoría de los intérpretes modernos difieren de esta posición. El concepto popular es que la bestia semejante a un dragón representa a los griegos, y sus 10 cuernos a los 10 reyes que sucedieron a Alejandro. El cuerno pequeño es Antíoco Epifanes.

(2) Identificación con Roma. Young, en apoyo de la posición romana, dice: “Probablemente sea correcto decir que el concepto tradicional es que este cuarto imperio es Roma. Este concepto se expresó ya en el tiempo de Josefo, y ha sido sostenido ampliamente. Podemos mencionar a Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Lutero, Calvino como expositores, o al menos simpatizantes, de esta posición. En los últimos tiempos, creyentes eruditos tan grandes como E. W. Hengstenberg, H. Ch. Häevernick, Carl Paul Caspari, Karl Friedrich Keil, Edward Pusey y Robert Dick Wilson [apoyaron esta posición].”

Young da dos razones por las que el concepto romano logró aceptación en los tiempos del Nuevo Testamento y desde entonces haya sido sostenido por los intérpretes conservadores.

(a) “Nuestro Señor se identificó a Sí mismo como el Hijo del Hombre, el personaje celestial de Daniel 7, y relacionó ‘la abominación desoladora’ con la futura destrucción del templo (Mt. 24).

(b) “Pablo usó el lenguaje de Daniel para describir al anticristo, y el libro de Apocalipsis empleó el simbolismo de Daniel 7 para referirse a las potencias existentes entonces y en el futuro.

“La razón por la que el concepto romano llegó a ser dominante en la iglesia primitiva es que este concepto se encuentra en el Nuevo Testamento, no que los hombres creyeran haber hallado una manera sencilla de salir de la dificultad.”

(3) ¿Qué es el “cuerno pequeño” (8, 11, 20–22, 24–26)? Los intérpretes conservadores concuerdan casi universalmente en que el cuerno pequeño de Daniel 7 es el Anticristo que vendrá al final de los tiempos. Jerónimo insistió en esto, contra Porfirio. Pocos de los que aceptan una inspiración sobrenatural para Daniel han cuestionado la posición de Jerónimo. Sin embargo, algunos insisten en que el cuerno pequeño de este capítulo no ha de ser identificado con el cuerno pequeño del capítulo 8. En cuanto al que nos ocupa, la blasfema audacia, el soberbio egotismo, de este ser humano que surge del terreno político de la historia humana lo señalan como la culminación de la iniquidad y el ateísmo. Su caracterización con ojos como de hombre (8) sugiere que es un hombre de genio extraordinario, poseedor de inteligencia, sagacidad y visión muy superiores a las de sus contemporáneos. Conquistará al mundo tanto por su razonamiento y su lógica como por su poderío bélico. Su boca que hablaba grandes cosas (8) indica dones de elocuencia y persuasión y un poder de comunicación que sirven como armas de guerra contra Dios y el hombre.

Es el “hombre de pecado” del que habla Pablo, “el hijo de perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2 Ts. 2:3–4). Es el “misterio de la iniquidad” (2 Ts. 2:7), “aquel inicuo” (2 Ts. 2:8). Es imposible identificarlo con Antíoco Epifanes. En los días de Pablo hacía unos 200 años que había muerto este tirano. Hubiera podido simbolizar muy bien al “inicuo”, pero Pablo colocaba el Anticristo al final de los tiempos, en la culminación del conflicto entre Dios y el Anti-Dios.

La cláusula: Hablará palabras contra el Altísimo (25) está controlada por la preposición contra. La palabra aramea letsadh significa “al lado de, contra”. “Denota que usaría un lenguaje con el cual haría a un lado a Dios y mostraría consideración hacia otro. Se presentaría él mismo como Dios, haciéndose Dios y destruyendo a los santos de Dios.”

  1. Los reinos de los hombres y el reino de Dios (7:13–14, 18, 22, 27–28)

(1) Teorías divergentes. ¿Qué es este reino (18) que el Altísimo entregará al Hijo de hombre (13) y por su intermedio a los santos del Altísimo? (22) ¿Dónde está situado? ¿Quiénes son sus ciudadanos? ¿Cuándo vendrá? Numerosas teorías se han agrupado alrededor de este importantísimo tema. Tal vez no haya, aparte de la redención misma, un aspecto más importante de la revelación que el reino de Dios. Ni hay un tema más esencial para la comprensión de todas las implicaciones de la redención y la significación del evangelio en su alcance universal.

(a) Israel es el “ungido” de Dios, y constituye la médula del Reino. Este es el concepto liberal y se relaciona estrechamente con la teoría de que el cuarto reino es Grecia, y el cuerno pequeño Antíoco Epifanes. No hay reconocimiento de un Mesías personal sobrehumano. A veces se acepta que Onías, el sumo sacerdote que resistió a Antíoco y fue muerto por éste, podría ser “el ungido”. Pero se sostiene que el autor de Daniel no podría haber sabido nada acerca de un Mesías personal que vendría, y ciertamente nada de alguien que llagaría a ser el Rey del reino de Dios.

(b) Un concepto espiritualizado. Este concepto se atribuye en primer lugar a Orígenes y ha sido adoptado por muchos intérpretes a lo largo de los siglos. Desde este punto de vista no es necesario que haya ningún momento de juicio final, crucial. Cristo es Juez ahora y lo ha sido desde su primer advenimiento. El Reino ya está aquí, y donde quiera que el reinado de Dios extienda su palio sobre los corazones de los hombres. La mayoría de los escritores católicos, siguiendo a Agustín, sostienen esta posición con algunas modificaciones, identificando el Reino con la Iglesia. La ciudad de Dios, de Agustín, es un ejemplo clásico de esta presentación. La neo-ortodoxia en su escatología se inclina a la interpretación espiritualizada del encuentro continuo de hombres y naciones con el Juez justo y su juicio.

(c) Israel en Palestina. Esta teoría es sostenida por la mayoría de los intérpretes dispensacionistas y fundamentalistas de la profecía. Gabelin, Ironside, Blackstone, Larkin y muchos otros han promovido hábilmente esta “posición de paréntesis”. Se la llama así debido al largo paréntesis o hiato que la teoría exige entre el primer advenimiento y la segunda venida. La era o dispensación de la iglesia se considera como un espacio en blanco en la profecía, un tiempo de espera hasta que Dios pueda desarrollar sus propósitos de llevar a Israel del destierro a la tierra de la promesa, Palestina. El pacto del Antiguo Testamento fue hecho literalmente con Israel, y sólo puede ser cumplido en él.

El Reino se ve como un reino político del cual Cristo es el Rey e Israel el gobierno. La situación es la Tierra, y un pequeño punto de la Tierra: Palestina. La duración de esta edad de oro es mil años al final de los tiempos, el milenio.

(d) El Reino en continuidad hasta la consumación. Esta teoría combina dos de las anteriores en una suerte de síntesis mayor. Sostiene que el reino de Dios es el mismo gobierno de Dios que Jesús instituyó en su ministerio, muerte y resurrección. Esto es lo que proclamó cuando dijo: “El reino de Dios ha venido.” Esto es lo que quiso que sus discípulos pidieran cuando orasen: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt. 6:10).

Pero el reino de Dios es más que esto. Jesús proclamó el desarrollo y crecimiento del Reino en parábolas tales como la del sembrador. También señaló en las parábolas de juicio que habría una culminación del Reino al final de los tiempos. Esa culminación sería en tribulación y juicio, pero, lo más importante, terminaría con la victoria total de Dios y su pueblo en un reinado de justicia y paz en la Tierra.

Jesús no tuvo nada que decir sobre un milenio, ni tampoco Daniel. El Reino será un Reino eterno y su gobierno abarcará todas las naciones. Young señala que en el segundo (y lo mismo en el séptimo) capítulo de Daniel, “el reino mesiánico se representa como de duración eterna. Por esta razón no se justifica identificarlo con un milenio de solamente mil años de duración”.

La representación de la Escritura de que el Reino ha de ser eterno es un fuerte argumento contra la suposición de que ha de durar solamente mil años.

Pero, además, el reino de Dios es más que un estrecho régimen político con una pequeña raza, pisoteada como ha sido, ejerciendo un dominio autocrático sobre todos los otros pueblos. El reino de Dios que viene no contravendrá los principios de la gracia que Jesús estableció. El carácter esencial de la salvación, de la relación personal en una vida santa, no será desechado en el momento de la consumación. Este será más bien un momento de consumación, cuando acontecerá lo que anunciaron los ángeles en el nacimiento del Mesías; “¡En la tierra paz a los hombres en quienes él se complace!” (Lc. 2:14).

Entonces reinará en justicia Aquel a quien Isaías llama “Príncipe de Paz” (Is. 9:6) y “la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar” (Is. 11:9; Hab. 2:14).

(2) El Reino y los reinos. Uno de los problemas más discutidos de este capítulo es la relación del reino de Dios en su consumación, con los reinos de los hombres y el final del tiempo. La teoría del paréntesis requiere la hipótesis de un imperio romano redivivo, encabezado por 10 reyes y finalmente por el Anticristo mismo, quien desplaza a tres reyes. Este inicuo tratará específicamente con un Israel reconstituido que lo considerará como Mesías y hará un pacto con él. El rey quebranta sin razón este pacto y vuelve su furor contra el propio Israel. Estos son los santos contra los cuales este cuerno pequeño hacía la guerra… y los vencía (21); en realidad, a los santos del Altísimo quebrantará (25) y los destruiría si no fuera por la intervención divina.

Tanto Keil como Young se oponen a esta interpretación. Al interpretar tanto el capítulo dos como éste, Young señala que el Dios del cielo establece su reino, no después, sino “en los días de estos reyes”. En realidad, el capítulo 2 requiere, y el 7 permite, que estos reinos, en algún sentido, perduren hasta la consumación final. La imagen del capítulo 2 permanece entera hasta que, en la última etapa es golpeada en los pies. En 7:12 leemos: Habían también quitado a las otras bestias su dominio, pero les había sido prolongada la vida hasta cierto tiempo. Y en Apocalipsis 11:15: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo.” Y además leemos: “Y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella” (la Nueva Jerusalén, Ap. 21:24). Parecería que la existencia humana sobre la tierra no habría cesado en el tiempo de la consumación, ni hubieran desaparecido las estructuras sociales de la ley y el orden. Sería razonable que, al venir el propio rey de la Tierra, lo que es bueno en la vida humana fuera enaltecido más bien que desplazado o destruido.

Pero debemos ir más lejos. El reino mesiánico no sólo tiene un principio: ¡tiene una consumación! El que no veamos en los símbolos de Daniel del imperio la unidad esencial de los sucesivos reinos parecería una falla importante.

Hay un vínculo cultural esencial a través de todas las sucesivas edades. El simple hecho de que un emperador haya sido destronado no implica que su pueblo haya desaparecido de la faz de la tierra. Ni que hayan olvidado lo que aprendieron de sus padres, si parecía bueno o útil. La pompa y magnificencia de Babilonia se fundieron en el gigantismo de Persia, y la civilización sensual y materialista de Persia fluyó hacia Grecia, así como el brillo de la literatura y el arte y la filosofía de Grecia hicieron a los romanos más griegos que los griegos. Y hasta hoy las férreas leyes y estructuras políticas de Roma son parte de la trama y la urdimbre de la civilización occidental.

En cuanto a los 10 reyes, representados como los 10 cuernos de la cuarta bestia, Keil y Young muestran ambos que el número 10 no ha de ser interpretado matemática, sino simbólicamente. El 10 significa un número redondo de perfección y suficiencia.

Un interesante comentario marginal sobre esta discusión lo proporciona la figura de la bestia del fin de los tiempos presentada en el Apocalipsis. “Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas un nombre blasfemo. Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies como de oso, y su boca como boca de león. Y el dragón le dio su poder y su trono, y grande autoridad” (Ap. 13:1–2).

Obviamente esta bestia es un compuesto de las cuatro bestias de Daniel 7. Todos los elementos de poder y cultura e iniquidad están mezclados en uno. Parecería estar claro que la manifestación política del final del tiempo brotará directamente de las civilizaciones mundiales y será una manifestación superlativamente maligna de todo lo que es impío.

Pero los santos del Altísimo… recibirán el reino… y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre (18). El final de la historia no será una explosión atómica, ni la destrucción de lo que es bueno. La meta del designio de Dios es el reino de Dios y la consumación y preservación de todo lo que es bueno y hermoso y verdadero y santo.

Sección III El Apocalipsis Hebreo

(Un mensaje al pueblo escogido, en hebreo)

Daniel 8:1–12:13

Keil considera el capítulo ocho como el comienzo de la segunda parte del libro de Daniel. Lo titula: “El desarrollo del reino de Dios.” Esto concuerda con los anteriores análisis del libro (véase el comentario sobre 1:1–2 y el párrafo introductorio sobre 7:1–28).

Visión de Daniel de los Imperios en Guerra, Daniel 8:1–27

La visión del capítulo 8 muestra al pueblo de Dios bajo el nacimiento y la caída del segundo y el tercero de los imperios mundiales previstos en el capítulo 7.

La guerra del carnero y el macho cabrío (Daniel 8:1–12)

Ocasión y lugar de la visión (Daniel 8:1–2).

En este año tercero del reinado del rey Belsasar habían transcurrido dos años (cf. 7:1) desde la visión de Daniel de los cuatro reinos mundiales. Si el exilio de Daniel a Babilonia se produjo cuando tenía entre 15 y 20 años de edad, ahora estaría cerca de los 75. Había servido a su época inteligentemente bajo el gran Nabucodonosor. Bajo los reyes que le sucedieron, la notoriedad pública de Daniel parece haberse eclipsado un tanto. Pero era aún el hombre de Dios y con los años había madurado en sabiduría. Ahora Dios estaba a punto de revelarle los más preciados secretos de su plan para Israel y para la humanidad. Estaba en Susa (2), el palacio de verano de los reyes persas, a unos 320 kilómetros al este de Babilonia (véase el mapa 1). El río Ulai era un canal que conectaba los ríos Kerkha y Karún.

El carnero medo-persa (Daniel 8:3–4).

En la primera visión de Daniel, en el capítulo 7, las bestias que simbolizaban las potencias mundiales eran salvajes. Ahora cambia el tono de la visión y dos de esas mismas potencias mundiales aparecen como animales domesticados: un carnero y un macho cabrío. ¿Podría ser que el Espíritu de Dios estuviera describiendo aquí otra fase importante de la vida y la historia humanas, el aspecto cultural? Mientras en el capítulo 7 el énfasis estaba puesto sobre el poder político de las naciones, en el capítulo 8 está sobre las influencias culturales. Si se acepta esto, sería posible concebir los dos aspectos, procediendo a través de dos diferentes reinos, que convergen en un momento dado en una manifestación culminante del mal, el Anticristo. Sea cual fuere el significado del cambio de carácter de las bestias, pronto el carnero y el macho cabrío estaban trabados en una lucha furiosa. Primero aparece el carnero, hiriendo al poniente, al norte y al sur (4). Keil sugiere que las direcciones mencionadas parecieran indicar que los avances hacia el este no eran tan estratégicamente importantes como las otras direcciones. Tanto Ciro como Darío llevaron con éxito campañas hacia el este, a la India. Pero lo que afectó más seriamente a la historia fue su impacto occidental.

La bestia de dos cuernos, uno de los cuales crece más que el otro, sugiere claramente la historia medo-persa. Ciaxares el medo, fue un poderoso jefe aliado con el caldeo Nabopolasar y su hijo, Nabucodonosor, en la derrota del imperio asirio en el 612 a.c. Después de Babilonia, se produjo el ascenso de Media en su día. Pero con el surgimiento del talentoso Ciro (de quien la tradición dice que era nieto de Astyages, rey de los medos) sus hazañas se hicieron tan evidentes que rápidamente ascendió a la cumbre de la alianza medo-persa.

La palabra bestia (chayywoth) significa criaturas vivientes en general y no tiene connotación de salvajismo o domesticidad. “Ninguna criatura viviente podía parar delante de él, ni había quien escapase de su poder; hacía lo que le placía, y se engrandeció” (4, lit.). Se engrandecía (higddil) aquí no significa “se tornó altivo” sino más bien “hizo grandes cosas”. Así en 8; cf. Salmos. 126:2–3: “Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros.”

El macho cabrío griego (Daniel 8:5–12).

Con esta escena entra en la historia un nuevo factor. Hasta aquí el centro de gravedad del poder mundial era oriental. Ahora, por primera vez, aparece el occidente. He aquí un macho cabrío venía del lado del poniente sobre la faz de toda la tierra (5). El ataque del macho cabrío contra el carnero fue rápido y aplastante. “Exasperado contra él” (7); es decir, “con furia brutal arremetió contra él”. Y no hubo quien librase al carnero de su poder.

(1) El cuerno roto y sus cuatro sucesores. En la cúspide del poder del carnero aquel gran cuerno fue quebrado (8) y en su lugar brotaron otros cuatro cuernos. Aquí el significado se refiere claramente a cuatro reyes y sus respectivos reinos que los sucedieron.

(2) El cuerno pequeño que creció. Mientras Daniel miraba, empezó a suceder algo asombroso. De uno de los cuatro cuernos brotó un cuerno pequeño, que creció mucho (9). La tierra gloriosa era “la tierra de Israel”. La misma palabra “se engrandeció” (gaddal) se usa aquí y en 4 y 8. Pero el contexto describe otra clase de crecimiento, un crecimiento en el mal. La soberbia del despreciable cuernito se magnifica aún contra el príncipe de los ejércitos (11). Intenta atacar a Dios destruyendo parte del ejército y de sus estrellas (10; sus santos).

La identificación del príncipe de los ejércitos está rodeada de una gran diversidad. Algunos han supuesto que se refiere al sumo sacerdote Onías, en tiempo de Antíoco Epifanes. Algunos han dicho que era el Dios de Israel. ¿Podríamos nosotros inclusive ver aquí al eterno Cristo pre-encarnado que se le apareció a Josué diciendo: “Como príncipe del ejército de Jehová he venido ahora” (Jos. 5:14)? Claramente el príncipe se refiere a la autoridad divina que gobierna sobre los santos de Dios. ¿Quién podría desempeñar este papel mejor que la segunda Persona de la divina Trinidad, como el pre-ordenado Príncipe Ungido del pueblo de Dios?

Para llevar a la práctica sus blasfemos propósitos, el cuerno pequeño quita el continuo sacrificio y profana el santuario (11). Fue una época en que habían desaparecido las restriciones usuales contra el mal y los malhechores. “Como resultado, la verdad y la justicia perecieron y el mal triunfó y prosperó” (12).

Significado de la visión (Daniel 8:13–27)

“¿Hasta cuándo?” (Daniel 8:13–14).

Dios le reveló a Daniel, por medio de la conversación de seres santos cercanos, que el tiempo del mal no sería prolongado. La pregunta era: ¿Hasta cuándo durará la visión del continuo sacrificio, y la prevaricación asoladora entregando el santuario y el ejército para ser pisoteados? (13). La respuesta fue: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado (14). ¿Cómo hemos de entender el simbolismo de estos números? Jerónimo da una interpretación muy simple y sensata:

Si leemos los libros de los Macabeos y la historia de Josefo, hallaremos registrado allí que… Antíoco entró en Jerusalén, y después de someterla a una devastación general regresó a los tres años y colocó la estatua de Júpiter en el templo. Hasta el tiempo de Judas Macabeo… Jerusalén estuvo desolada por un período de seis años, y durante tres de esos años el templo estuvo profanado; lo cual hace un total de dos mil trescientos más tres meses.

El mensajero de Dios, Gabriel (Daniel 8:15–19).

El profundo asombro de Daniel ante la visión que había tenido halló pronto una respuesta en la presencia de alguien con apariencia de hombre (15)—un mensajero especial enviado por Dios. Era Gabriel (16) que apareció anunciado por una voz de hombre. Para las riberas del Ulai cf. el comentario sobre el versículo 2.

Gabriel (heb., “Dios se ha mostrado poderoso”) es bien conocido en la Escritura. Fue el mensajero de Dios a Daniel (8:16; 9:21); y el mensajero de la anunciación del nacimiento de Juan el Bautista, así como de la concepción del mismo Jesús (Lc. 1:19, 26). Al anciano Zacarías, Gabriel le da razón de su oficio: “Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas” (Lc. 1:19).

En su asombro ante la presencia del ángel, Daniel escribe: “Caí sobre mi rostro… mientras él hablaba conmigo, me desmayé de cara contra el suelo; luego él me tocó y… dijo: ‘Yo estoy aquí para darte a conocer los acontecimientos finales… porque el fin viene en el momento señalado’ ” (17–19).

La interpretación (Daniel 8:20–27)

El carnero—Medo-Persia (Daniel 8:20).

La identificación de esta furiosa criatura es directa e inequívoca. Se trata de Media y Persia (20) en su ascenso al poder en dos secciones. Ciaxares, el gran jefe medo de los días de Nabucodonosor, había llevado su tierra al poderío y el prestigio. Con Lidia al noroeste, Media había sido uno de los victoriosos aliados de los babilonios en la destrucción de Asiria. Cuando se produjo la caída de Nínive en el 612 a.c., Persia era una pequeña tierra, poco conocida, al sur y el este de Media y Elam. Pero cuando surgió el joven genio, Ciro el persa, procedió rápidamente a absorber toda la tierra. Sus aliados y parientes eran medos.

Jerónimo comparte el conocimiento que ha obtenido sobre la relación entre los persas y los medos, volviendo a Josefo:

Ahora Darío que destruyó el imperio de los babilonios en cooperación con su pariente Ciro—porque ambos llevaron adelante la guerra como aliados—tenía 72 años de edad en el momento en que capturó Babilonia… Cuando Babilonia fue derrotada, Darío retornó a su propio reino en Media, y llevó consigo a Daniel en la misma honrosa posición a que había sido promovido por Belsasar. No cabe duda de que Darío había oído de la señal y portento que le había acaecido a Belsasar, y también de la interpretación que Daniel le había dado y de cómo había predicho el gobierno de los medos y los persas. Así, pues, nadie debiera molestarse por el hecho de que en un lugar se diga que Daniel vivió en el reinado de Darío, y en el otro lugar en el reinado de Ciro. La Septuaginta tradujo Darío por el nombre Artajerjes… De modo que fue bajo este Darío que dio muerte a Belsasar, que tuvieron lugar los acontecimientos de los cuales hablamos.

El macho cabrío de Grecia (Daniel 8:21–22).

El macho cabrío es el rey de Grecia, y el cuerno grande que tenía entre sus ojos es el rey primero (21). Esta parece una descripción de Alejandro el Magno, el macedonio. Ante su brillante estrategia se rendía todo lo que tenía delante. En Tebas conquistó a Egipto. En Jerusalén el sumo sacerdote y su séquito le abrieron de par en par las puertas en bienvenida y recibieron un trato preferencial por su previsión. En camino hacia el norte y el este se enfrentó dos veces a las huestes de Persia. Al fin en los llanos de Arbela, en Siria, derrotó a Darío III y dispersó a sus ejércitos. Por donde quiera que fuera, Alejandro era bienvenido, ya sea porque se lo aclamaba o porque obtenía fáciles victorias, hasta que al fin se detuvo en los límites de la India sobre las orillas de río Indo. En este primer encuentro agresivo del occidente con el oriente, el occidente había ganado gloriosamente, cambiando la faz de la historia y las corrientes de la cultura por dos milenios y medio.

Pero el imperio de Alejandro fue el más frágil y menos duradero de todos. Cruzó como un meteoro el cielo de la historia y estalló en fragmentos. Esos fragmentos fueron cuatro (22), forjados en reinos visibles por cuatro de sus más osados generales. Macedonia y Grecia fueron tomadas por el medio hermano de Alejandro, Felipe Arideo. El Asia Menor le tocó a Antígono. Egipto, a Ptolomeo, hijo de Lagos. La gran masa de Siria, Babilonia y todos los reinos del este hasta la India fueron el dominio de Seleuco Nicanor.

El feroz y despreciable “cuerno pequeño” (Daniel 8:9–12, 23–25).

La mayoría de los intérpretes reconocen la evidente diferencia entre el cuerno pequeño de este capítulo y el del capítulo 7. Este cuerno brota de uno de los otros cuatro cuernos. El cuerno pequeño del capítulo 7 sale entre los otros diez y desplaza a tres de ellos. Este cuerno es un producto del tercer reino. El del capítulo 7 es del cuarto reino.

Casi unánimemente, los intérpretes concuerdan en que quienquiera que sea el cuerno pequeño del capítulo 7, el Anticristo u otro personaje, el cuerno pequeño del capítulo 8 es Antíoco Epifanes.

Pero tan clara como es aquí la figura de Antíoco, se proyecta en el fondo, como una borrosa doble exposición en una película fotográfica, otra figura, la del terrible Anticristo. Jerónimo señala este hecho y sugiere que Antíoco es un tipo del Anticristo, así como Salomón lo era de Cristo, el Ungido.

La interpretación que da Gabriel presta apoyo a este concepto. Leemos: La visión es para el tiempo del fin (17); eso es para el tiempo del fin (19); y al fin del reinado de éstos, cuando los transgresores lleguen al colmo (23). Este último pasaje nos recuerda la referencia de Pablo y su aplicación de ella al “hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Ts. 2:3), que identificará el tiempo del fin.

El masivo secreto de Daniel (Daniel 8:26–27).

La reacción del profeta revela el profundo impacto espiritual y emocional que esta revelación tuvo sobre él. Yo Daniel quedé quebrantado, y estuve enfermo algunos días (27). El secreto que debía guardar para tiempos futuros le quemaba las entrañas. Pero el deber del día presente pesaba sobre este siervo de Dios. No se entregó a vagas y ociosas ensoñaciones. “Después me levanté, y y me puse a despachar los negocios del rey: pero estaba asombrado de la visión; mas no hubo quien la explicase” (27).

Intercesión de Daniel por Israel, Daniel 9:1–27

Hacia el final de su carrera terrenal vemos a Daniel empeñado en una de las batallas cruciales de su vida. Nos recuerda la declaración de Pablo acerca de la naturaleza de la oración: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12).

Ocasión de la oración de Daniel (Daniel 9:1–3)

Un cambio de gobierno trajo agudamente a la mente de Daniel la convicción de que algún gran cambio providencial debía ser inminente para el remanente de su pueblo en el exilio. El reino de los caldeos había llegado a su fin con la caída de Babilonia (5:30–31). Había sido desplazado por los persas y sus aliados los medos. Si el Darío que vino a ser rey sobre el reino de los caldeos (1), era el añoso pariente del persa Ciro, la situación política era, sin embargo, inestable. El equilibrio del poder se estaba desplazando de Media a Persia. Dentro de dos años, Ciro asumiría el poder civil, así como la jefatura militar.

Pero Daniel veía más allá de la escena secular. Entendió en los libros la palabra del Señor (2). Daniel estaba muy consciente de cuán fielmente se habían ido cumpliendo las advertencias de Dios a su pueblo. Había vivido los terribles días de calamidad descritos gráficamente en Levítico 26:14–35. Aun la merecida retribución por los años sabáticos no observados se iba haciendo inteligible. La promesa divina de misericordia y restauración basada en el pacto con los padres (Lev 26:40–45) con la condición exigida del arrepentimiento venía en seguida. Dios estaba aguardando la respuesta de su pueblo. Entonces Daniel dio con la asombrosa referencia profética de Jeremías a una serie de círculos sabáticos que culminaba precisamente en esos días: “Así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplan los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para haceros volver a este lugar” (Jer. 29:10; cf. 29:11–13; 2 Cr. 36:21). Sabía que el tiempo estaba cerca y veía claramente lo que debía hacer. En la profecía de Jeremías descubrió el designio de Dios para los tiempos en que estaba viviendo.

La ansiedad de la lucha en oración de Daniel la sugieren las frases con que la relata: Volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza (3).

He aquí un hombre empeñado en un período extraordinario de examen del alma y búsqueda de la ayuda divina. Calvino observa que “cuando Dios promete algo notable y valioso, debiéramos ser más incitados a sentir esa expectación como un estímulo más agudo”. Y señala a continuación que Daniel no usó el cilicio, las cenizas y el ayuno como obras meritorias para ganar el favor de Dios, sino como ayudas para aumentar el fervor al hacer sus oraciones. “Así, pues, observamos que Daniel hizo un uso correcto del ayuno, no tratando de apaciguar a Dios con esta disciplina, sino para ofrecerle oraciones más fervientes.”

En 9:1–3 vemos los “Factores de la Oración Eficaz”: (1) Un corazón abierto a la Palabra del Señor, 2a; (2) Una convicción dominante de que ahora es el tiempo de Dios, 2b; (3) Observación de las disciplinas de la oración importuna, 3.

La oración de confesión de Daniel (Daniel 9:4–14)

Al entrar Daniel en este crucial ministerio de intercesión hizo lo que todo verdadero intercesor debe hacer. Se identificó con aquellos por quienes estaba intercediendo. Los pecados de su pueblo eran sus pecados. Sus calamidades, las suyas. Su castigo era el suyo, plenamente merecido. No se colocó en un plano superior por encima de su pueblo, juzgándolo desde una posición exaltada. Es cierto que personalmente Daniel no era un idólatra rebelde contra Dios. Pero descendió al valle de la humillación entre su pueblo errante y tomó sobre sí su culpa y su vergüenza. ¡Cuán vividamente refleja esta actitud la de nuestro Salvador cuando tomó sobre Sí el pecado de un mundo perdido! ¡Cuán adecuadamente sugiere a todos los que quieran entrar en la comunión de los sufrimientos de Cristo, que debemos identificarnos en algún sentido real con aquellos descarriados a quienes queremos llevar ante el trono de la gracia!

En el acercamiento de Daniel a Dios, él tenía una clara visión de la naturaleza del carácter del Dios cuyo rostro buscaba. Dios era personal y accesible, pues Daniel se dirige a Él como mi Dios (4). También era soberano y santo, Dios grande, digno de ser temido. Era fiel, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman.

La confesión de Daniel era más que generalizaciones y lugares comunes. Los cuatro términos hebreos con que describió la maldad de Israel tienen un significado profundo. Hemos pecado (5; chata) significa dar un paso en falso, errar apartándose de lo recto. Hemos cometido iniquidad (’awah) profundiza más en los motivos; iniquidad implica ser perverso. Hemos hecho impíamente (rasha’) significa hacer lo malo en rebelión contra Dios. La frase siguiente: Hemos sido rebeldes (marad) y nos hemos apartado de tus mandamientos, sirve para reforzar este tercer término. Confusión de rostro (7 y 8) significa vergüenza o avergonzados.

El pecado de Israel era mucho más grave que algún error superficial. Era una impiedad profundamente arraigada que dominaba las acciones en forma perversa. Había cerrado los oídos y cegado los ojos y endurecido los corazones del rey y el pueblo común, de modo que los esfuerzos de Dios para influir en ellos mediante sus siervos los profetas de nada habían servido. Dios es justo y santo. Los hombres son malos y corruptos. Dios es misericordioso y bondadoso. El pueblo es rebelde y obstinado. Los juicios de Dios son justos. La calamidad de Israel es merecida; es simplemente el exacto cumplimiento del juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios (11). La maldad de los hombres sirve para acentuar la justicia de Dios.

La oración de suplicación de Daniel (9:15–19)

A la luz de la refulgente santidad de Dios, y frente a la cabal impiedad de su pueblo, Daniel no podía hacer otra cosa que abandonarse a la misericordia divina. Cualquier esperanza que Israel pudiera tener de restauración o salvación no podía basarse en méritos propios. Debía ser por gracia o no existiría. Así, pues, aun antes de la era de la gracia, vemos irrumpir sus manifestaciones. Oh Señor, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora tu ira y tu furor… porque a causa de nuestros pecados, y por la maldad de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos en derredor nuestro (16).

Luego la importunidad de Daniel rompe todos los límites y rebasa los canales del habla. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira… Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío (18–19).

He aquí un caso en que ciertamente “la oración eficaz del justo” (Stg. 5:16) pudo mucho.

En 15–19 vemos: “Enfoques Apropiados en Oraciones de Petición.” (1) Recordar anteriores bendiciones de Dios, 15a; (2) Confesar nuestra propia indignidad, 15b, 16b; (3) Orar persistentemente, 19a; (4) Pedir en nombre de la bondad de Dios y por los intereses de su reino, 16a, 17–18, 19a (A. F. Harper).

La respuesta de Dios (Daniel 9:20–27)

Gabriel, el ángel mensajero (Daniel 9:20–23).

Como la luz brillante que ilumina el fondo oscuro de una negra nube de tormenta, la respuesta de Dios irrumpió sobre Daniel en medio de su desesperada oración. Uno de los mensajeros angélicos de Dios, cuyas ministraciones ya había experimentado antes Daniel (8–16), se llegó rápidamente hasta él. Era Gabriel (21) el mensajero de las revelaciones especiales de Dios (Lc. 1:19, 26).

¡Qué consuelo debe haber colmado el corazón de Daniel cuando oyó las palabras del mensajero divino: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento (22)! Entonces le informó que desde el comienzo de su oración Dios había estado escuchando y respondiendo. Ya estaban en movimiento las ruedas para llevar a su cumplimiento lo que Daniel había estado pidiendo—y más aún. Luego, para culminar el mensaje de consuelo personal le dio un testimonio de confianza de Dios: Tú eres muy amado (23). Esto nos recuerda el relato de Lucas sobre un Intercesor mayor, en un huerto llamado el Getsemaní, a quien en su agonía “se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lc. 22:43).

La revelación de las setenta semanas (9:24–27).

Aunque parezca extraño, el mensaje de comprensión que Gabriel le trajo a Daniel no parece tener nada que ver con el tema inmediato de la oración de Daniel. El había estado pensando en la profecía de Jeremías de los 70 años y en el hecho de que el cumplimiento de ese tiempo estaba cercano. Este cumplimiento, de hecho, llegaría pronto en el edicto de Ciro y la libertad de los judíos para retornar a Jerusalén. Pero en el mensaje que le transmitió Gabriel se abre otra puerta de visión profética hacia una perspectiva más amplia de los propósitos de Dios, no solamente para Israel, sino para el mundo entero. Esta dimensión mayor de la revelación tiene que ver con la obra y el reinado del Mesías. Este tema había sido introducido en anteriores visiones y sueños, como el de la gran estatua de Nabucodonosor (2:44–45) y la visión de Daniel de las cuatro bestias (7:13–14). Pero aquí el mensaje procede de otro ángulo y con mayores detalles.

El ministerio y la época del Mesías (Daniel 9:24–25).

Algunos intérpretes limitarían el alcance de las setenta semanas y la obra en ellas incluida, al pueblo de Israel, la tierra de Palestina y la ciudad de Jerusalén. Al parecer, este mensaje tiene una pertinencia especial para esta tierra y este pueblo, pues la primera cláusula expresa: Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad (24). Pero a medida que se desarrolla el mensaje, se hace evidente que la cláusula tiene una connotación inclusiva más bien que exclusiva. El plan de Dios en el Mesías es, en realidad, para Israel, y los principales acontecimientos de la redención transcurren en Palestina y en Jerusalén. Pero en la salvación para Israel hay salvación para todos (Ro. 11:1, 11–12, 25–26). Porque la salvación es por medio de Cristo, y solamente por El, sea para los judíos o los gentiles.

(a) La séxtupla obra del Mesías (24). Dentro de la plenitud de las setenta semanas simbólicas se ha de hacer una obra completa de redención. Pareciera que, en extensión de tiempo, ésta llegaría más allá de las desolaciones, “hasta… la consumación” (27), esto es, hasta el fin de este mundo. Además, puesto que la clave de este pasaje es el Mesías, es evidente que esta obra es la obra del Mesías.

En el versículo 24 se dan seis aspectos de la obra de redención del Mesías:

  1. Terminar la prevaricación
  2. Poner fin al pecado
  3. Expiar la iniquidad
  4. Traer la justicia perdurable
  5. Sellar la visión y la profecía
  6. Ungir al Santo de los santos

Los primeros tres puntos tienen que ver con la conquista del pecado. Los otros tres, con los aspectos positivos de la terminación de la redención; poner para siempre todas las cosas bajo el justo dominio de Dios; sellar la visión y la profecía llevándolas a su cumplimiento; y ungir al Santo de los santos, el santuario celestial que es el antitipo eterno del lugar santo terrenal.

Keil sostiene que:

Debemos referir esta sexta expresión (ungir al Santo de los santos) también al tiempo de la consumación, y entenderla del establecimiento del nuevo lugar santísimo que le fue mostrado al santo vidente de Patmos como “el tabernáculo de Dios con los hombres”, en el cual Dios habitará con ellos, y ellos serán su pueblo y El será su Dios con ellos (Ap. 21:11–3). En esa santa ciudad no habrá templo, porque el Señor Dios Todopoderoso y el cordero es el templo de ella, y la gloria de Dios la iluminará (vv. 22–23). No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación (v. 27), porque el pecado será encerrado y sellado; allí morará la justicia (2 P. 3:13) y las profecías se acabarán (1 Co. 13:8) por su cumplimiento.

(b) Advenimiento del Mesías y expectación profética (25). Por más diversas que sean las interpretaciones de las palabras: desde la salida de la orden… hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas, está bien establecido lo siguiente: En el tiempo de la primera venida de Cristo había un aumento sin precedentes de la expectación del Mesías. Los documentos de la comunidad de Qumran de las cuevas del mar Muerto, con su elevado tono de excitación apocalíptica, lo confirman. Juan el Bautista no fue el primero en sus días en clamar por la necesidad de preparación. ¿Y de dónde podemos suponer que los sabios del Oriente sacaron la insinuación de que en esos días habría de nacer un rey en Judá? La estrella solamente no hubiera bastado, sin alguna tradición o enseñanza que les hubiera dado la base de un tiempo aproximado de expectación. Esos hombres procedían del país de Daniel, donde estas semanas de años se conocían y discutían.

Podemos estar seguros, pues, de que el mensaje místico de Daniel, envuelto en términos de tiempos y números, hizo que los corazones ansiosos se llenaran de esperanza y expectación mucho tiempo después de la partida de Daniel. Porque el Mesías-Príncipe, el Sacerdote y Líder ungido era la esperanza de Israel y del mundo.

Las semanas simbólicas (Daniel 9:25–27).

Las setenta semanas de Daniel han sido la roca contra la cual se han estrellado una serie interminable de sistemas de interpretación. Tal vez no haya en la Escritura un tema que haya ocasionado mayor diversidad de opiniones.

Young bosqueja cuatro tipos principales de interpretación que muestran la divergencia de posiciones:

(a) La interpretación mesiánica tradicional. Esta posición sostiene que las 70 semanas profetizan el primer advenimiento de Cristo, especialmente su muerte, y culminan en la destrucción de Jerusalén. Siguiendo a Agustín, quien primero describió esta interpretación, sus proponentes han incluido a Pusey, Wright, Wilson y el mismo Young.

(b) La interpretación liberal. Esta posición considera las 70 semanas no tanto como una profecía, sino más bien como una descripción de los días de Antíoco Epifanes y su derrota por los macabeos. El Mesías que fue muerto es identificado con el sumo sacerdote Onías, asesinado por desafiar a Antíoco.

(c) La interpretación de la iglesia cristiana. En ésta el número siete se interpreta, no como semanas exactas de años, sino más bien como un número simbólico que abarca el período entre el edicto de Ciro para repatriar a los judíos, pasando por el primer advenimiento y muerte del Mesías hasta el tiempo del Anticristo y su destrucción en el tiempo de la consumación.

(d) La interpretación del paréntesis. Aquí los 70 grupos de siete años se dividen en períodos de 7 sietes, 62 sietes, y un siete final separado del resto por un paréntesis o hiato indefinido. Los 69 sietes cubren el período hasta la primera venida y la muerte del Mesías y la destrucción de Jerusalén. El siete final es el período del Anticristo al final de la era.

La mayoría de los intérpretes desde los días de Jerónimo, excepto los de la escuela liberal, han interpretado los 70 sietes como semanas de años, totalizando 490. Jerónimo escribió: “Ahora el ángel mismo especificó 70 semanas de años, es decir, 490 años desde la salida de la orden de que fuera concedida la reconstrucción de Jerusalén. El intervalo especificado comenzó en el año 20 de Artajerjes, rey de los persas, porque fue su copero Nehemías… quien pidió al rey y obtuvo su permiso para que Jerusalén fuera reconstruida.”

Si aceptamos el año 454 a.c. como el año 20 del reinado de Artajerjes y calculamos el 7 más 62 sietes, 69 sietes o 483 años, llegamos al año 29 d.c. Este es el año culminante del ministerio de Jesús. En la primavera de ese año El apareció en Jerusalén como Mesías y Príncipe, cabalgando en triunfo rodeado por una alegre multitud (Zac. 9:9; Mt. 21:5).

Pero Calvino insiste en que la cuenta debe comenzar con el edicto de Ciro para el retorno de los exiliados a Jerusalén, conectando así directamente la profecía de Jeremías de los 70 años con las 70 semanas de Daniel. Por este medio Calvino identifica el bautismo de Cristo como el tiempo de su manifestación. Esto significaría que el total de los años no coincide, porque entre el edicto de Ciro en el 536 y el nacimiento de Jesús en el 4 d.c., pasaron más de 530 años, más otros 30 años adicionales hasta su bautismo. Hasta la muerte de Jesús en el 29 d.c., el tiempo se extendería a 565 años. Calvino no considera importante este dato.

Young concuerda con Calvino y sostiene que el número exacto de años no es significativo puesto que son simbólicos más bien que cronológicos. Dice:

“Setenta series de siete”—7x7x10—es el período en el cual llega a la perfección la más importante obra divina. Consiguientemente, puesto que estos números representan períodos de tiempo, cuya duración no se da, y puesto que son simbólicos, no es seguro tratar de descubrir la longitud precisa de los sietes. Esto no puede hacerse, como tampoco es posible, para el caso, descubrir o determinar la duración de cualquiera de los sietes individuales…

Sin embargo, una cosa debiera estar clara. Es que, según Daniel, lo importante no es el principio y el final de este período, sino los notables acontecimientos que tuvieron lugar en él.… Creemos… que cuando se completaron las 70 setenta semanas, también se cumplieron los seis propósitos del versículo 24. Y esto es lo que importa. Cuando Jesucristo ascendió al cielo, la poderosa salvación que El vino a realizar estaba realmente cumplida.

Keil también sostiene la posición simbólica de esta medida de tiempo. “Por la definición de estos períodos según una medida simbólica del tiempo, el cálculo de la duración real de los períodos mencionados está más allá del alcance de nuestra investigación humana, y la definición de los días y horas del desarrollo del reino de Dios hasta su consumación está reservada para Dios, el Gobernador del mundo y Soberano del destino humano.”

Pero mientras Keil sostiene que las 70 semanas abarcan la historia del reino de Dios hasta la consumación en el fin del tiempo, Young cree que con la muerte del Mesías (26) culminan no sólo las 69 semanas, sino también la septuagésima. El pacto que es confirmado con muchos (27) es el evangelio que Cristo proclamó, y su crucifixión a la mitad de la semana puso fin a la validez de todo otro sacrificio y oblación. Además, hizo del templo que estaba dedicado a tales sacrificios una abominación. La desolación que cayó sobre el templo y la ciudad de Jerusalén bajo la mano de Tito no fue sino una representación exterior de la desolación interior que ya se había apoderado de ellos.

Pero otros insisten en que los años de las 70 semanas deben ser tomados mucho más literalmente. Pusey comienza a partir del año 457 a.c. sus cálculos e interpretación de las 7 y 62 semanas, 483 años. Considera que esta fecha debe ser la de la primera autorización de Artajerjes Longimano a Esdras para retornar a Jerusalén. Esto nos traería al comienzo del año 27 d.c., el momento del bautismo de Jesús en el Jordán y ocasión de su unción por el Espíritu Santo. La primera mitad de la septuagésima semana de años está ocupada por el ministerio público de Jesús. Su muerte se produce en la mitad de esta semana crucial, después de tres años y medio. Durante otros tres años y medio el evangelio es predicado exclusivamente a los judíos hasta que en la casa de Cornelio se abre la oportunidad a los gentiles y termina el privilegio especial de Israel. A su tiempo se produce la destrucción del templo y la devastación de Jerusalén.

Seiss, Gabelein y otros de la escuela dispensacional también tienen una opinión exacta sobre las 70 semanas. La característica particular de esta interpretación es el hiato o paréntesis entre la terminación de la sexagesimonovena semana, cuando es muerto el Mesías, y el comienzo de la septuagésima, que está reservada para el final de la edad y el reinado del Anticristo. El príncipe que ha de venir (26) no es el Mesías Príncipe (25) sino el “cuerno pequeño” del capítulo 7. El pacto que él confirmará (27) es un pérfido tratado por el cual gana para su lado al pueblo judío. Después de tres años y medio, a la mitad de la semana, renuncia al pacto, pone fuera de la ley a la religión, y abre las compuertas al torrente de maldad sin restricciones que constituye el “tiempo de angustia” (12:1).

Una Visión Celestial de los Conflictos Terrenales, Daniel 10:1–12:13

La mayoría de los intérpretes concuerdan en que los tres capítulos finales del libro de Daniel constituyen una sola unidad. Keil describe el contenido de esta sección como “La revelación acerca de la aflicción del pueblo de Dios de parte de los gobernadores del mundo hasta la consumación del reino de Dios”. Esta sección no constituye un sueño o una visión. Es una revelación, dada directamente a Daniel por Alguien glorioso que actúa como mediador de la verdad. “Cierta cosa fue revelada a Daniel” (Dan 10:1 Se usa aquí la palabra niglah, forma pasiva del verbo que significa, “develar, descubrir, revelar”. Este descubrimiento culminante experimentado por Daniel vino a él en el más alto nivel de revelación, mediante la confrontación directa con la divinidad. Keil describe esta experiencia como una teofanía, una manifestación o aparición de Dios.

La revelación que contempló Daniel trajo una gloriosa comprensión del poder divino. Al mismo tiempo mostró una escena de trágico conflicto a través de las edades. Moffatt traduce 10:1: “Le fue hecha a Daniel una revelación… la verdadera revelación de un gran conflicto.” La KJV dice: “La cosa era verdadera, pero el tiempo asignado era largo.”

Esta revelación pertenece en un sentido especial al pueblo de Israel hasta el final del tiempo. En 10:14 leemos: He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu pueblo en los postreros días.

Visión de Daniel del Glorioso (Daniel 10:1–11:1)

La vigilia de Daniel (Daniel 10:1–3).

Cuatro años o más habían pasado desde que Daniel había tenido la experiencia de una revelación por medio de Gabriel. En ese tiempo Darío el medo (véase el comentario sobre 6:1–28) estaba actuando interinamente como rey en Babilonia. Ahora Ciro rey de Persia (1; véase el diagrama B) estaba en su tercer año. Daniel, que para ese entonces debe haber sido nonagenario, se lanzó a una vasta campaña de oración. Nuevamente se entregó no sólo a la oración, sino también al ayuno. Yo Daniel estuve afligido por espacio de tres semanas (2). No comí manjar delicado, no entró en mi boca carne ni vino, ni me ungí con ungüento (3). Tal incomodidad no podía dejar de abrir los portales de los lugares celestiales.

Apariencia del Glorioso (Daniel 10:4–11).

Lo que sigue es una revelación a Daniel de un Ser glorioso que nos recuerda lo que vio Juan el Vidente en Patmos (Ap. 1:10–20). Aquí, junto al río Hidekel (4; Tigris), Daniel vio un varón vestido de lino (5). En Patmos, Juan vio a alguien semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que le llegaba hasta los pies. Ambos estaban ceñidos de… oro. Ambos resplandecían de la cabeza a los pies con una luz excelsa. Ambos parecían tener ojos brillantes como de fuego, y hablaban con voz como el estruendo de una multitud (6). La Persona que vio Juan se identificó: “Yo soy… el que vivo y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Ap. 1:18). ¿Quién podría dudar de que Daniel vio, en un contexto diferente, al mismo Ser, el Verbo eterno? Sólo Daniel vio la visión (7), aunque los que lo acompañaban se maravillaron aparentemente al ver un resplandor y escuchar sonidos.

El efecto en Daniel y en Juan fue idéntico. No quedó fuerza en mí (8) confesó Daniel. “Caí como muerto a sus pies” (Ap. 1:17) registró Juan. En ambos casos había sido sobrepasada la capacidad humana para absorber las maravillas celestiales. “Luego que oí la voz de sus palabras, caí sin sentido sobre mi rostro, con mi rostro en tierra” (9) Aunque el profeta se desmayó al oír el sonido de las palabras del mensajero, recobró el sentido tan pronto como se le dio el mensaje de Dios. He aquí una mano me tocó (10), testificó Daniel. Agregada al toque reconfortante había una palabra de consuelo. Daniel, varón muy amado (11). ¿Qué palabra más impartidora de seguridad podía proceder de los labios de la deidad?

El Príncipe de Paz y los príncipes del mundo (Daniel 10:12–11:1).

Otra palabra consoladora viene de la experiencia de Daniel. El Señor toma nota de nuestras oraciones. Daniel había estado orando tres semanas con santa desesperación. ¿Había escuchado Dios? El Ser refulgente habla: Daniel, no temas; porque desde el primer día… fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido (12).

Mientras Juan vio al Hijo del Hombre en medio de los candeleros, en el círculo de la iglesia, Daniel vio al “hombre vestido de lino” envuelto en una lucha con los gobiernos terrenales. El mismo Cristo eterno que vino a ser revelado a la Iglesia y a través de ella, se ha preocupado también a lo largo de las edades por el curso de la historia humana.

No podemos saber qué fue precisamente la lucha de tres semanas con el príncipe del reino de Persia (13) y cuál fue el resultado de esa lucha. Ha de haber sido difícil e intensa, para requerir la ayuda de Miguel. La mayoría de los intérpretes sostienen que, como es usado en esta sección, el término príncipe (sar) se refiere a seres sobrenaturales que ejercen influencia especial sobre los asuntos de las naciones. Puesto que el príncipe del reino de Persia, así como el príncipe de Grecia (20) están en conflicto con el Glorioso y su ayudante, Miguel, parecería evidente que al menos algunos de esos seres no son ángeles buenos.

Una de las responsabilidades especiales del arcángel Miguel es el bienestar del pueblo de Israel. Llamado en 10:13 uno de los principales príncipes, se le menciona en 10:21 como Miguel, vuestro príncipe. Judas 9 nos dice que Miguel “contendía con el diablo, disputando con él por el cuerpo de Moisés”. Asimismo, Juan nos dice que Miguel es quien con sus huestes celestiales luchaban contra el dragón y lo arrojaron de las regiones celestiales (Ap. 12:7–9). Este príncipe de los más altos príncipes del cielo, sujeto al Redentor de Israel, está destinado a desempeñar todavía un importante papel en el destino de Israel. En esta ocasión Daniel lo vio con semejanza de hijo de hombre (16).

El Ángel de Jehová no sólo confiesa estar en lucha contra Ciro, y prevé un conflicto con el príncipe de Grecia (20), sino que revela que en el año primero de Darío el medo, había acudido para animarlo y fortalecerlo (11:1). Así, pues, el Príncipe de Paz lucha contra los príncipes de la Tierra para lograr la realización de sus propósitos.

En 10:2–19 vemos “El Toque de Dios”, con el texto en el verso 19. (1) El toque de Dios viene a nosotros cuando lo buscamos ansiosamente, 2–3; (2) Viene a nosotros cuando Él se torna más real para nosotros, 5–6, 10–12; (3) El toque de Dios trae una nueva visión para nuestra tarea, 14; (4) Nos envía en nuestro camino con nuevas fuerzas, 15–19 (A. F. Harper).

El conflicto de las edades (11:2–12:3)

Esta sección de Daniel ha sido un campo de batalla desde los días de Porfirio. Su descripción asombrosamente detallada de acontecimientos ocurridos en los años que siguieron a la muerte de Alejandro Magno ha llevado a los críticos a fechar todo el libro en el tiempo de los reyes Seléucidas (312–64 a.c.), particularmente en los días de Antíoco Epifanes.

Las luchas de Persia y Grecia (Daniel 11:2–4).

La sucesión de reyes brevemente descrita en esta sección del mensaje evidentemente alcanza desde el reinado de Ciro, pasando por el clímax y la caída del imperio persa, hasta Alejandro y la ruptura del reino.

Aunque gobernaron en total 12 reyes persas (inclusive un impostor, Pseudo-Smyrdis), se señala a tres, antes que surja el cuarto… de grandes riquezas. Este es identificado generalmente con Jerjes I (Asuero, Est. 1:1), esposo de Ester y uno de los más ricos de los monarcas persas. Él fue quien levantó a todos contra el reino de Grecia (2). Reunió una inmensa fuerza de infantería, caballería, carros y barcos. Aunque se estima que sumaba unos cinco millones de hombres, esta marea de poder bélico fue rechazada por los valientes griegos en las batallas cruciales de las Termópilas y Salamina. Aunque se sucedieron otras expediciones, ninguna igualó a ésta, y el poder de Persia declinó hasta su derrota bajo Darío III.

La identificación de Alejandro, un rey valiente (3), que se levanta y gobierna con gran poder, es bien clara. Daniel previó que su reino sería quebrantado y repartido hacia los cuatro vientos del cielo (4), y que no dejaría descendientes que lo sucedieran. Los cuatro generales de Alejandro se dividieron el reino y llevaron adelante la helenización de las tierras que gobernaban, hasta que la cultura griega prevaleció por doquier.

Así, pues, esta sección de la profecía es evidentemente una ampliación de la visión del capítulo 8. Pero en este punto cambia el foco a un vistazo de cerca del conflicto en las tierras que rodeaban a la tierra del pacto.

Las tribulaciones de Israel y las naciones (Daniel 11:5–35).

Hasta ahora la profecía se ha concentrado en gran parte en los reinos gentiles. En esta coyuntura aparece enfocado agudamente el pueblo de Dios en un momento de intenso sufrimiento. Las profecías tienen que ver básicamente con el período intertestamentario entre el retorno del exilio y el nacimiento de Jesús. Al principio Israel es atrapado en medio de fuerzas opuestas, los reyes del sur y los del norte (5–28). Luego, trágicamente, el remanente de Israel se convierte en objeto del ataque concentrado de un rey vil y pérfido (29–35).

Los reyes del sur (5) eran los Ptolomeos, sucesores de Ptolomeo Soter, general de Alejandro en Egipto (véase el mapa 1). Desde la ruptura del imperio de Alejandro en el 323 a.c. estos reyes estaban luchando por dominar los territorios de sus vecinos más cercanos. Estos eran los reyes del norte (6), los Seléucidas, sucesores de Seléuco I, que gobernaban gran parte del Asia Menor, Siria y los antiguos territorios babilonio y persa (véase el mapa 1). Durante 125 años Palestina y Fenicia estuvieron bajo el poder de los Ptolomeos. El matrimonio de un Seléucida, Antíoco II, con la hija del rey del sur (6; Berenice, hija de un Ptolomeo) sólo condujo a más acciones guerreras, el asesinato de Berenice y su hijo, y la sangrienta venganza de su hermano (7–9). La subyugación de Palestina por los Seléucidas se produjo bajo Antíoco III (el Grande) en el 198 a.c. (10–19). Más tarde un hombre despreciable (21), Antíoco IV Epifanes, mediante un subterfugio, desplazó del trono al legítimo heredero y se apoderó del gobierno. Los versículos 21–35 se entienden como referencias a las intrigas y tiranías de Antíoco Epifanes. Con gran energía y astucia, extendió rápidamente su autoridad (21–24) y lanzó campañas contra su vecino, Ptolomeo VI Filométor (25–28).

Las persecuciones y restricciones demenciales que Antíoco lanzó contra los judíos y su religión (29–35) han hecho de él uno de los monstruos de la historia. Se enojará contra el pacto santo (30), y quitará el continuo sacrificio, y pondrá la abominación desoladora (31; la imagen de Zeus Olimpo) en el templo, todo lo cual es ejemplo de su furia profana. Prohibió todas las leyes, costumbres y culto de los judíos. Pasó a espada a las madres y crucificó a los padres que circuncidaban a sus hijos. Aunque quemó gran parte de Jerusalén, asesinó a muchos de los hombres, y esclavizó a mujeres y niños, no destruyó la voluntad de resistir. Aunque muchos contemporizaron y se sometieron a Antíoco, muchos más osaron resistir (32–35). Un ejército de judíos fieles y valientes rodeó a Matatías.

Cuando murió Matatías, su hijo Judas asumió el mando del ejército rebelde. Sus tácticas de guerra de guerrilla, atacando ferozmente y huyendo, se hicieron famosas y le ganaron el sobrenombre de “Martillo” o Macabeo. En tres años los macabeos habían dividido y conquistado a los ejércitos sirios de Antíoco y reconquistado Jerusalén. El templo fue restaurado, el altar purificado, y el culto reinstituido, el 25 de diciembre del 165 d.c. Hasta hoy los judíos celebran en conmemoración del acontecimiento la fiesta de la Dedicación o Hannukah. La casa de los macabeos, llamados los Hasmoneos, se convirtió en la casa gobernante reconocida hasta que los romanos se apoderaron de Palestina bajo Pompeyo, en el 63 a.c.

A través de la oscuridad del terrible cuadro profético de este capítulo, brilla una clara luz de fe y heroísmo. El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará (32). Aquí se sugiere “Un Programa de Acción para una Minoría Piadosa”. (1) Conoce… a Dios. (2) Se esforzará. (3) Actuará. Procede con un claro sentido de dirección. (4) Su batalla es en el elevado plano del espíritu, una batalla de ideas santas. Instruirán a muchos, 33. (5) Su causa triunfa. Para ser depurados… y emblanquecidos, hasta el tiempo determinado, 35.

El rey soberbio—el Anticristo (Daniel 11:36–45).

Jerónimo interpretaba toda la sección, 11:21–45, como una doble referencia, primero a Antíoco Epifanes, y segundo al Anticristo. Pero muchos comentaristas conservadores, inclusive Young y Seiss, sostienen que mientras los versículos 21–35 se refieren muy adecuadamente a Antíoco, y secundariamente al Anticristo, los versículos 36–45 deben referirse a uno mayor, más profano y más enemigo de Dios aún que Antíoco.

El rey hará su voluntad, y se ensoberbecerá y engrandecerá sobre todo dios; y contra el Dios de los dioses hablará maravillas (36). Aquí la clara imagen de Antíoco empieza a esfumarse en la bruma que se amontona, y empieza a resaltar la tosca forma del Anticristo sobre el fondo de sombras. Nos recuerda las advertencias de Pablo sobre “el hombre de pecado” (2 Ts. 2:3–4), y la visión juanina de la “bestia” (Ap. 13:5–8). Vemos claramente reflejado el “cuerno pequeño” de Daniel 7 y 8. Cuando comparamos los dos pequeños cuernos con este furibundo rey del capítulo 11, aparece una interesante diferencia. Mientras el cuerno pequeño del capítulo 8 y el rey del capítulo 11 están relacionados con el tercer reino de la profecía de Daniel, Grecia, el cuerno pequeño del capítulo 7 brota del cuarto reino, Roma. Tal vez esto sea para recordarnos que es de esperar que el Anticristo se apropie toda la gloria y el poder de los logros humanos y trate de combinar en una sola la cultura de Grecia con la gloria de Roma. No sería sorprendente que el genio supremo del mal se arrogara todo el bien humano, así como el culto divino.

Mas llegará a su fin (45). El notable poder y la furia del Anticristo están destinados a fenecer pronto. El “tiempo, y tiempos, y medio tiempo” (7:25), la media semana (9:27), el “tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” (12:7) concuerdan con Apocalipsis 12:14, en que los días del Anticristo están numerados por el Todopoderoso. Pablo declara de ese “Inicuo”, que “el Señor [lo] matará con el espíritu de su boca, y [lo] destruirá con el resplandor de su venida” (2 Ts. 2:8). Así, aunque plantará las tiendas de su palacio entre los mares y el monte glorioso y santo, hallará su fin en el “lago de fuego que arde con azufre” (Ap. 19:20). En la misma tierra y lugar donde el Anticristo tome su posición, allí el Cristo de Dios descenderá en su gloria. “Después saldrá Jehová y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén” (Zac. 14:3–4; Hch. 1:10–12).

La gran tribulación y el gran triunfo (Daniel 12:1–3).

Y será tiempo de angustia (1). La Escritura describe uniformemente el reinado del Anticristo como una crisis de maldad. Las palabras de Gabriel lo describen sucintamente como un tiempo “cuando los transgresores lleguen al colmo” (8:23). Un tema repetido en la Escritura es la enseñanza de que el clímax de la edad del desafío del hombre contra Dios será una época de gran tribulación que terminará en la culminación del reino de Dios. Jeremías habla del “tiempo de angustia para Jacob” (Jer. 30:7). Jesús, en su discurso del Monte de los Olivos, describió este tiempo de angustia como “días de retribución” (Lc. 21:22), y “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo… ni la habrá” (Mt. 24:21; Mr. 13:19–20). La interpretación futurista considera que gran parte del libro de Apocalipsis está dedicada a describir este período, especialmente los capítulos 6–19.

Pero la Gran Tribulación trae mucho más que la culminación del mal: introduce el triunfo de Dios. Si algo enseña el libro de Daniel, es que las potencias del mundo celestial están profundamente interesadas y comprometidas en los asuntos de los hombres de la tierra. En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está de parte de los hijos de tu pueblo. Este es el arcángel que acude en ayuda del Glorioso en 10:13. Vemos el dramático clímax en Apocalipsis 12:7–8: “Hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron.”

Es muy claro que el pueblo de Israel está involucrado en este clímax de la historia. Una y otra vez aparece en Daniel la frase: tu pueblo, los hijos de tu pueblo. Al mismo tiempo es necesario guardar una perspectiva. Dios tiene interés por toda la humanidad. Los acontecimientos que señalan el clímax de las edades son cósmicos; su impacto, internacional y de alcance mundial. Palestina es indudablemente un escenario de la acción divina. Pero toda la tierra y los cielos son la escena de las acciones finales de Dios en esta edad. El punto hacia el cual avanza la historia es la culminación del reino de Dios.

Los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados (2). Esta es la más clara revelación de la doctrina de la resurrección en el Antiguo Testamento. Nos recuerda que es Cristo quien “sacó a luz la vida y la inmortalidad” (2 Ti. 1:10). Algunos intérpretes creen que la resurrección que aquí se menciona es una resurrección parcial relacionada con los judíos que habían muerto en la tribulación. Calvino insiste en que esta restricción es injustificada, si no por otra razón, porque incluye a malos y buenos—algunos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua. Insiste en que la palabra muchos significa “los muchos” o “todos” y que aquí se hace referencia a la resurrección general.

Los entendidos… los que enseñan la justicia a la multitud,… resplandecerán como el resplandor del firmamento… y como las estrellas a perpetua eternidad (3). Estos entendidos son bendecidos con “la sabiduría que es de lo alto” (Stg. 3:17). La palabra “sabios” (chappim) usada frecuentemente en Daniel (14 veces) significa aquellos que son sabios con una sabiduría mundana, los magos. Pero aquí se usa hammaskkilim, de la raíz sakal, que significa ser circunspecto, inteligente, tener entendimiento, enseñar ( “los doctos”). D. L. Moody dijo: “No son los grandes de este mundo los que brillarán con más brillo. De Nabucodonosor y otros como él casi no sabemos nada, excepto que ocupan un lugar en la historia de estos humildes hombres de Dios… Pero el hombre de Dios brilla… Este Daniel murió hace 2500 años; pero todavía cada vez más millones leen de su vida y sus acciones. Y así será hasta el fin. Sólo será conocido mejor y amado más; brillará con más esplendor a medida que el mundo envejezca.”

Conclusión de la misión profética de Daniel (12:4–13)

Características de los últimos días (Daniel 12:4).

El mensaje final del Mensajero glorioso a Daniel fue: Cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin (4). Que las palabras han sido cerradas y el libro sellado ha sido evidente por la gran confusión que ha caracterizado a la interpretación de este libro durante los últimos más de dos milenios. Adam Clarke escribe: “La profecía no será entendida sino en su cumplimiento: y entonces se verán claramente la sabiduría y providencia de Dios en estas cuestiones.”

Pero con cerrar el libro no termina la cosa. Vendrá un tiempo de intensa actividad en los transportes, la educación y las comunicaciones. Entonces los mismos acontecimientos del mundo llevarán a los que son sabios a buscar una sabiduría más grande en la revelación del libro. No podemos dejar de identificar la breve descripción de Daniel con nuestros días. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará. El transporte en masa y la velocidad son señales de nuestra época. La inquieta movilidad de los pueblos del mundo, la comunicación en masa casi instantánea, la exigencia insistente y universal de educación de las masas, todas éstas son características de nuestro tiempo.

¿Cuándo será el fin? (Daniel 12:5–13).

Estando Daniel a la orilla del río (5, Tigris, véase el mapa 1), recibió un mensaje final acerca de los misterios que había visto. Plenamente consciente, estaba viendo más allá del velo de la vista humana. El mismo Glorioso vestido de lino (7), que se le había aparecido al comienzo de esta manifestación estaba presente para dar consuelo y entendimiento. Dice Young: “La descripción parece indicar que la majestuosa Persona aquí presentada no es otro que el Señor mismo. La revelación es, pues, una teofanía, una aparición pre-encarnada del Hijo eterno.”

Un ángel llamó al otro: ¿Cuándo será el fin de estas maravillas? (6). El Glorioso respondió, levantando las manos al cielo (7) en un dramático gesto de afirmación. Allí estaba el Hijo Eterno jurando por el Dios vivo y verdadero que los tiempos estaban en las manos de Dios y fijados por tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo. Y cuando se acabe la dispersión del poder del pueblo santo, todas estas cosas serán cumplidas. La Versión Moderna dice: “Cuando se haya acabado de destruir el poder del pueblo santo, todas estas cosas serán consumadas.” Cuando se cumpla “el tiempo de los gentiles”, terminarán el aplastamiento de Jerusalén y la destrucción del pueblo del pacto de Dios. Esto se cumplirá en el juicio del Anticristo expuesto anteriormente.

Daniel seguía estando intrigado, arrastrado por una santa curiosidad que lo caracterizaba desde su juventud. Pero Dios no le daría a su siervo un conocimiento perfecto—todavía. Los mil doscientos noventa días (11) y los 45 días más del verso 12 son una repetición del tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo (7). Son la seguridad dada por Dios de que el tiempo de la desolación está limitado por un decreto suyo. Daniel debe conformarse con esto. Las palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin (9). Dios tiene que hacer su obra entre los hombres. Muchos serán limpios y emblanquecidos y purificados. Es cierto que los impíos procederán impíamente… pero los entendidos comprenderán (10). Que no se apuren los que confían en Dios. “Del día y la hora nadie sabe” (Mt. 24:36), pero en el buen tiempo de Dios, cuando se requiera, el significado se aclarará. Bienaventurado el que espere (12).

Y Daniel recibe el mensaje: Tú irás hasta el fin, y reposarás, y te levantarás para recibir tu heredad al fin de los días (13; cf. 9).

Adam Clarke nos da un pensamiento que imparte fuerzas:

“Aquí hay un consejo adecuado para cada hombre. 1. Tienes un camino en la vida, que Dios te ha asignado; anda por ese camino, es tu camino. 2. Terminarán para ti todas las cosas terrenas. La muerte está a la puerta y la eternidad cercana; ve hasta el fin—sé fiel hasta la muerte. 3. Hay un reposo provisto por Dios para los suyos. Reposarás; tu cuerpo en el sepulcro; tu alma, en el favor divino aquí, y finalmente en el paraíso. 4. Así como en la tierra prometida había una heredad para cada miembro del pueblo de Dios, en el cielo hay una heredad para ti. No la cierres, no la vendas, no permitas que el enemigo te despoje de ella. Decídete a ocupar tu propia heredad al fin de los días. Mira que guardes la fe; muere en el Señor Jesús, para que puedas levantarte y reinar con él por toda la eternidad.”

Alexander Maclaren sugiere un mensaje de Año Nuevo con estos pensamientos del versículo 13. (1) El viaje—sigue tu camino; (2) El lugar de reposo del peregrino—reposarás; (3) El hogar definitivo—recibir tu heredad al fin de los días.

Daniel recibió una clara confirmación de su esperanza de inmortalidad. Habrían de pasar siglos, y aun milenios, antes de su plena realización. Pero al fin de los días, cuando venga la consumación, allí estará Daniel, entre la multitud de los redimidos de la tierra y del cielo. Entonces será, no un espectador de visiones, sino un participante en los tremendos acontecimientos de la introducción de la plenitud de la gloria del reino de Dios. Contemplará extasiado la gloria y la sabiduría y el honor de Aquel que desde el principio ordenó el resultado de la historia en el reino de Dios. Se unirá en el coro de aleluyas de los redimidos de las edades. Entonces “los reinos del mundo [habrán] venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos”

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El estudio del desarrollo del testimonio cristiano durante los mil años que los historiadores han designado como Edad Media es sumamente complejo. Lo es, primero, por cubrir un período de tiempo tan dilatado, en el que se sucedieron cambios notables en todas las esferas del quehacer humano: política, económica, social, cultural y religiosa. Segundo, en estos siglos el cristianismo llega en su expansión “hasta lo último de la tierra,” en su movimiento hacia el Este (China) y el Oeste (Inglaterra).

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